viernes, 30 de noviembre de 2012

El socialismo una lección aprendida en las calles




Por Milson Salgado

El socialismo que profesamos no ha sido fabricado en los laboratorios de la experimentación social como una formula de matemáticas al margen de nuestra voluntad humana. El socialismo que defendemos no es una receta importada del extranjero para sanar con presunciones de varita mágica nuestros eternos males sociales. El socialismo que proclamamos no es una herencia adquirida a base de imposiciones culturales como dogmas teóricos que marcan la senda que debemos recorrer. El socialismo que abrazamos no es tampoco el reino de la uniformidad ni la aniquilación burocrática por privilegios de una minoría, de nuestros más sinceros sueños. El socialismo que amamos no es la igualdad por decreto ni la libertad sin pan ni la solidaridad con ventajas, con mendicidades y con filantropía. Ese socialismo que se hizo semántica y sintaxis en la declaración de principios, en el programa de acción política y en los Estatutos del Partido Libre, nació en las calles con las luchas populares, se alimentó del llanto y del sudor de la resistencia hondureña, abonó con su sangre el amor a un país esclavo de la explotación económica, y preso de una minoría de burgueses parásitos que ha creado su mundo de abundancia a imagen y semejanza de sus egoísmos, del dinero saqueado al pueblo, de porcentajes y comisiones por nuestros recursos, y de ayudar para que el capital trasnacional, instale sus infiernos portátiles y se nos despoje de nuestros más elementales derechos sociales.
Ese socialismo se aprendió en lecciones de vida en la calle, con la inmolación sagrada de nuestros mártires que le apostaron al porvenir y practicaron el más alto principio de solidaridad humana: Dar la vida por los demás. La lección fue clara, ni las Fuerzas Armadas salvaban nuestra soberanía territorial peor aun la soberanía popular, y ni la policía respetaba nuestros derechos ciudadanos. La una y la otra cuidaban los intereses de la minoría burguesa, la una y la otra defendían las razones de un gobierno de facto que por motivos rastreros, y que lindan con la estupidez humana se sacrificó por las movidas geopolíticas del imperialismo estadounidense. La una y la otra demostraron que salvar las estructuras tradicionales de las clases poderosas era más importante que respetar la vida de los miembros de la resistencia, puesto que estos eran una chusma a la que había que aplastar.
Ya antes nos habíamos enterado que éramos seres para desechar, ya antes sabíamos que vivíamos de gratis en el mundo, como entes marginales atendiendo los caprichos más pueriles de los poderosos, desde hace mucho tiempo sabíamos que éramos piezas de una maquinaria mundial que amordazaba el destinos de millones de seres humanos, pero la burbuja de una falsa civilización nos ofrecía un mundo de sueños fabricado en pantallas rectangulares, y en castillos comerciales que ofrecían el cielo del consumo a cambio del infierno de los míseros salarios de los trabajadores manuales, y la fantasía nos agobió y el espejismo nos afilió a la lista de ciudadanos. Sin embargo, el Golpe de Estado y la bestialidad de sus secuaces y la falta de humanidad de sus verdugos nos expulsaron de nuestro ridículo sueño, y descendimos al lugar que ocupábamos en su mundo cuadrado de categorías y jerarquías, al papel de ciudadanos de tercera clase. 
La lucha de clases que antes leíamos como lecciones obligatorias en los colegios y las universidades, de la que se quejaban los sacerdotes y los pastores evangélicos en los pulpitos, y a la que aludían los miembros de la derecha y de la izquierda, unos para negar otros para reconocer el mundo de “los contrarios”, se hizo presencia en nuestras luchas, traducida en una clase que manda y pretende seguir mandando, y la otra que obedece y pretende no seguir obedeciendo. Esa lección de ciencias políticas ininteligible, se apoderó de las calles de Tegucigalpa y de Toda Honduras. 
En una calle los de camisa y cuello blanco, los que transpiraban Channel y Victoria Secret. En la otra calle los de camiseta roja y pantalón negro, los sudorosos a trabajos y sol, la chusma, la de pelos revueltos y hambres ambulantes. Los blancos bonitos con cara de polvos Menen y ejército en ristre para defenderlos incluso de la rapacidad del sol. Los de rojos y negros golpeados y heridos por el propio ejército que no entendía como estos malos hondureños sentían simpatía por hombres tan odiosos como Hugo Chávez y Manuel Zelaya. 
Los Blancos, los ricos estaban furiosos con el Presidente Zelaya ¿Cómo era posible que éste que había nacido de una familia de ricos hacendados se pasara al bando de los miserables? ¿Cómo era posible que este loco de remate le subiera el 60% de salario mínimo a la chusma y les quitara la ganancia a los pobres empresarios que están al día con el pago de sus impuestos? ¿Cómo era posible que este señor Zelaya haya bajado los intereses bancarios si los banqueros nunca han quebrado un plato mucho menos un banco y siempre se han sacrificado por Honduras? ¿Cómo era posible que este loco de Zelaya haya querido preguntar al pueblo si el pueblo es tonto y no tiene capacidad para contestar?
Ellos creían que nuestra lucha concluía cuando terminara el gobierno de facto, pero en el camino comprendimos que el gobierno elegido por unas elecciones fraudulentas, era la continuación del golpe que pretendía arrancar todas nuestras conquistas sociales; y en el bajo Aguan le arrebataba la vida y la tierra a los humildes campesinos.
Las calles también nos enseñaron que el principio de la igualdad de todos ante la ley es una estafa que vendieron los romanos al precio de la mentira oficial, y que la igualdad no es tal si ésta no es igualdad económica y si no se borran las falsas deudas y se colectivizan las ganancias.
La calle nos dio muchas lecciones, pero nos enseñó sobre todo que debíamos abandonar las calles transitoriamente para organizarnos, para darle contenidos vinculantes a nuestras luchas, para no ser cómplices con nuestros silencios, para impedir con nuestra voz y nuestro voto el despilfarro de nuestras riquezas y el robo legal de nuestra soberanía económica, para no continuar como zombis esperando redenciones celestiales fuera del musculo y el temple de nuestros esfuerzos de asociación y de movilización de conciencias. Así nació el partido libre, así se institucionalizaron sus pesadillas. 
Ahora nuestro partido Libre aspira al gobierno e inmediatamente al poder político, para transformar nuestro país en un lugar más humano, más justo y más solidario. Nuestras decisiones están precedidas por análisis socioeconómicos científicos y el serio debate y la autocrítica dialéctica. Ni la improvisación tiene espacio ni la falta de planificación tiene cabida, porque la iniquidad tiene el tamaño del sol y la utopía histórica la distancia de nuestros sueños. 
Nuestro espíritu es revolucionario, es una constante autocrítica la que guía nuestros pasos. Somos conscientes que nuestra realidad no esta dicha y que las soluciones buscan cada día más a los valientes para que se aventuren en las aguas turbulentas de las contradicciones históricas, en el debate permanente en que empeñamos nuestras egolatrías y claudicamos a nuestros dogmas teóricos.
Nuestro espíritu revolucionario nos convence que no debemos adoptar un triunfalismo estéril, conscientes de que las luchas son parte de procesos que pueden trascender nuestro tiempo o pueden resumir veinte años en un dia. Así de impredecible es la historia, y la suma de voluntades y los engranajes con que moviliza al mundo y a sus relaciones. En uno u otro caso está involucrado nuestro compromiso decidido para entregar al futuro un mejor planeta y a hombres y a mujeres nuevas. 
La revolución es una indagación sin pausas ni puntos de llegada. Es el encuentro de buscadores para descifrar el acertijo, es el trabajo autentico por la humanidad. Es la materia informe en nuestras manos de forjadores. Es el machete que corta la maleza para abrir caminos, es la salida del sol, y la luna, y la salida del sol y la luna, y los amaneceres, y las albas, nunca la puesta del sol, porque ello supondría empequeñecer el horizonte, y nuestra revolución es mundial. 
Hoy la conciencia es nuestra mayor arma. Con la conciencia movemos las montañas de imposición y de encubrimiento, con nuestras consciencia los corazones generosos siembran la paz que genera la solidaridad, y al mismo tiempo siembran la guerra de las ideas en la que desenmascaran permanentemente los planes insidiosos de los que tratan de crear un mundo a la medida de sus pequeñeces y sus mezquindades. Por la conciencia sabemos que la libertad es un discurso hueco si no hay pan, y si no hay condiciones humanas para vivir y para pensar. Por la conciencia sabemos que no somos libres si no tenemos la información y los medios auténticos para ejercer la libertad. Por la conciencia sabemos que somos capaces de reunir todas nuestras diferencias, todos nuestros sueños y todas nuestras más caras inquietudes, y que no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas que nos han atado a nuestra milenaria desidia y a nuestros tradicionales y heredados miedos.

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