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jueves, 9 de septiembre de 2021

Estados Unidos, China y América Latina


Página/12

Por Dilma Rousseff 

Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

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Desde la crisis financiera de 2008, las crecientes fricciones entre China y Estados Unidos se han hecho evidentes. Durante la administración Obama, y más aún en la administración Trump, de manera declarada y abierta, las fricciones se han amplificado. La pandemia del COVID-19 aceleró estas tendencias.

En este contexto, China ha estado utilizando un manejo más sofisticado del llamado “poder blando”. Durante la 73° Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en mayo del 2020, propuso considerar a la vacuna contra el COVID-19 un bien público mundial. Al mismo tiempo, destinó dos mil millones de dólares en dos años a la OMS, institución boicoteada por Estados Unidos.

La administración Trump demostró una incompetencia fantástica en el manejo de la pandemia. China, por su parte, mostró una de las mejores gestiones de esta crisis excepcional, con un bajo número de muertes y un control estricto de la tasa de contagios. La decisión del expresidente norteamericano de retirar su país de la OMS contrasta con la posición más colaborativa y proactiva de China frente a la pandemia.

Creo que el COVID-19 marca un punto de inflexión en la historia de las relaciones internacionales, particularmente, en la relación conflictiva entre Estados Unidos y China.

El desarrollo de China y su inserción en el sistema internacional

China tuvo un desempeño muy impresionante desde 1978, cuando Deng Xiaoping asumió el liderazgo del Partido Comunista de China (PCCh), la Comisión Militar Central y el gobierno chino, adoptando una política de reforma y apertura. Esta es la fase de oportunidad estratégica que se extiende por más de tres décadas, que será seguida, con algunas modificaciones, por los siguientes líderes y jefes del gobierno chino, como Jiang Zemin, Hu Jintao, Wen Jiabao y ahora también, de alguna manera, expandida por Xi Jinping.

Este proceso, que se desarrolló con la primacía y el dominio del PCCh, tuvo como objetivo acelerar cuatro modernizaciones: la agricultura, la industria, el área de defensa y el área de ciencia y tecnología. De 1979 a 2013 la economía china creció a una tasa promedio del 9,8% y superó el 10% durante dos subperíodos: de 1991 a 2001 y de 2001 a 2013. El crecimiento chino prácticamente no se vio afectado ni por la crisis financiera asiática de 1997, ni por la crisis financiera global de 2008. Lo que se dio desde 2009 fue una brutal inyección de recursos y estímulos por parte del gobierno chino. En 2010, la economía china creció un 10,4%, mientras que el mundo desarrollado tuvo tasas de crecimiento muy bajas o incluso negativas.

Durante este período, el gobierno chino promovió un sector privado fuerte, inicialmente en las llamadas “Zonas Especiales de Exportación” en el sur de China y en las cercanías de Hong Kong. Este sector productivo privado se ha extendido al resto de China durante las últimas tres décadas. También construyó un sector público más dedicado a áreas consideradas estratégicas, destacándose en la producción de bienes intermedios como acero, petróleo y armamento y en la industria espacial y aeronáutica. Al mismo tiempo, promovió importantes reformas en la agricultura, principalmente al permitir la expansión de la pequeña producción de la agricultura familiar, coordinarla con las cooperativas y, simultáneamente, con las fincas estatales.

Es importante destacar que la civilización china tiene la tradición de otorgar una importancia central a la producción de conocimiento. En los últimos años, China ha enviado millones de estudiantes a graduarse en las mejores universidades del mundo. La educación, la ciencia y la tecnología del país ha estructurado, reestructurado y modernizado sus instituciones con enormes inversiones gubernamentales. China invierte mucho en investigación científica y desarrollo tecnológico. También en innovación, posicionándose para recibir grandes inversiones extranjeras, sin duda manteniendo un fuerte control sobre su destino, y sin enajenar ni enfriar su control interno sobre el sector bancario y las finanzas.

A su vez, se llevó a cabo una gran descentralización, privilegiando las provincias, que es una característica china desde el Imperio en sus diferentes dinastías. Los sucesivos gobiernos continuaron en esta dirección y han mejorado los mecanismos macroeconómicos de gestión e intervención en el mercado, instituyendo principalmente un sistema de precios combinado con un sistema de planificación indicativa.

Vale señalar que, luego del colapso y caída de la Unión Soviética en 1991, la economía china decidió profundizar una remodelación radical del Ejército Popular de Liberación. Esto, porque percibió la influencia de la tecnología y de las nuevas formas de conflicto armado que anticipó la Guerra del Golfo.

En 2010, China reemplazó a Japón como la segunda economía más grande del mundo. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2014, la economía china, alcanzó una nueva marca al convirtirse en la mayor economía del mundo según el criterio de paridad del poder adquisitivo del PIB. De hecho, el PIB nominal de China fue de 10,4 billones de dólares, lo que lo situó en alrededor del 60% del PIB nominal estadounidense. Pero, en cualquier caso, es muy significativo haber alcanzado el 60% en términos nominales y superado la paridad en términos de poder adquisitivo. China, por cierto, mantiene su tasa de crecimiento actual y un buen desempeño relativo. Por lo tanto, se espera que supere a la economía de Estados Unidos en PIB nominal antes de 2030. Incluso antes de la pandemia del COVID-19, en 2019, el PIB chino creció el equivalente al doble del PIB estadounidense. El crecimiento puede ser aún mayor, debido a los efectos globales de la pandemia y al mal manejo que ha hecho de ella el gobierno de los Estados Unidos, durante la gestión Trump.

China también ejerce su condición de mayor exportador y se distingue por ser el mayor poseedor de reserva de moneda, siendo la única gran economía con un elevado superávit de capital y que, por tanto, no está sobrecargada de enormes deudas externas. En los últimos años, el crecimiento chino ha comenzado a desacelerarse y está alcanzando la denominada «nueva normalidad», con una tasa de entre el 6% y el 7%, lo que se atribuye al agotamiento del modelo impulsado por las exportaciones e inversiones en capital fijo, especialmente en infraestructura. Con la planificación quinquenal ya se veía que era necesario combinar este crecimiento, impulsado por las exportaciones y las inversiones, con uno logrado a partir del aumento, la expansión y el dinamismo del consumo interno. No obstante, incluso considerando niveles entre el 6% o el 7%, el crecimiento chino sigue siendo mucho mayor que el de las economías desarrolladas, que estarán en torno a un pico del 3,1%.

Xi Jinping está acelerando las estrategias chinas derivadas de los planes y decisiones quinquenales del gobierno y del PCCh. Una razón es, sin duda, afrontar la pandemia. La otra es el conflicto entre Estados Unidos y China y la amenaza de un desacople (decoupling) entre la economía china y la economía estadounidense. Por ejemplo, dentro del plan «Hecho en China 2025», el presidente Xi Jinping propone una aceleración fuerte de la producción nacional de semiconductores, lo cual es importante porque, ante la amenaza de desencaje de la economía china con la economía estadounidense, China tiene que intentar anticipar su casi autosuficiencia en la producción local a través del mencionado plan. Al mismo tiempo, el presidente Xi Jinping lanzó una propuesta denominada «circulación dual», en la que combina el crecimiento impulsado por la demanda interna desde el consumo con el comercio exterior.

La política de contención a China bajo la administración Trump se caracterizó por la guerra comercial sobre aranceles, más aún por el intento de bloquear la tecnología. Por ejemplo, Huawei en cuanto a la red 5G o con la persecución de TikTok. La estrategia principal de los Estados Unidos ha sido promover el desacople de ambas economías, para debilitar a China.

La encrucijada latinoamericana

El conflicto entre Estados Unidos y China impacta, claro, en América Latina.

China ha establecido acuerdos bilaterales con Argentina, Brasil, México y con muchos países de la región, convirtiéndose en nuestro mayor comprador comercial y nuestro principal proveedor de inversión extranjera directa.

También ha sido muy importante el apoyo de China para el fortalecimiento y el reconocimiento de la UNASUR y la CELAC. Incluso, en la última cumbre de los BRIC, durante mi gobierno, hubo una reunión de casi todos los países de América Latina con China.

En lo que respecta a Estados Unidos, que constituye la mayor economía del mundo y la mayor potencia militar, dos grandes cambios afectaron la relación con América Latina y la geopolítica mundial en las últimas décadas. Por un lado, la expansión del neoliberalismo. Por otro, el fin de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín, que convirtió a Estados Unidos en un “hegemon” casi unipolar. Estas tendencias-fuerzas han actuado e influyen en el marco económico y político hasta ahora.

El neoliberalismo ha alterado la dinámica misma del sistema capitalista. Desde la financiarización de la economía, la búsqueda del Estado mínimo, la adopción de un sistema tributario regresivo y de una desregulación más radical del mercado laboral y la actividad bancaria y financiera, se produjo una gran concentración de ingresos en la cúspide de la pirámide social, reduciendo el crecimiento económico. Procesos que, además, se convirtieron en modelos para todo el orden internacional liderado por Estados Unidos. El crédito y las finanzas, que eran los motores de la economía productiva y los facilitadores del crecimiento económico, se convirtieron en un verdadero obstáculo y un viento en contra para el crecimiento: una barrera cuyo centro está en la especulación financiera desenfrenada desde la cual se succiona toda la riqueza. El peor síntoma de esta patología es la inmensa desigualdad que se introduce en Estados Unidos y también en los países occidentales, producto de una concentración fantástica de ingresos y riqueza, la imposición de un trabajo precario con salarios estancados, lo que también produjo una fragilidad económica abrumadora con sus respectivas graves consecuencias políticas como, por ejemplo, el surgimiento de una ola de extrema derecha y la creación de burbujas y crisis especulativas.

Quiero resaltar un tema que es muy serio: la forma en que Estados Unidos interfiere hoy en algunos países. No solo las guerras en Afganistán e Irak, que fueron extremadamente desastrosas para la propia economía estadounidense, sino también todos los procesos de la llamada «guerra híbrida», especialmente aquí en nuestro continente: con Zelaya, en Honduras, Lugo, en Paraguay, con mi gobierno, en Brasil. Además, el bloqueo económico contra Cuba y Venezuela, que considero un desastre. También, lo sucedido en Bolivia, con la OEA sirviendo de instrumento para esta trama similar a otras ocurridas aquí en Latinoamérica, pero con la característica, además, de una fuerte presencia policial y militar.

El desafío de la inserción latinoamericana en la economía mundial

Las presiones de Estados Unidos sobre América Latina y contra China se han extendido cada vez más a nuevos campos. Un ejemplo de esto es el grave caso del ataque a la empresa china Huawei y la presión sobre la red 5G.

El gran problema con la red 5G es que hoy no hay alternativa de otras compañías, además de Huawei, para establecer una red de estas características. Principalmente porque la red de Huawei usa tecnología 4G LTE y la actualiza, por lo que es más barata. Pero no solo es más económica: es mucho más eficiente y consistente. Hoy en día, dos requisitos son fundamentales. El primero, tener una comunicación ultra confiable y de baja latencia, necesaria para usos críticos, por ejemplo, en automóviles autónomos donde no puede haber latencia y la red no puede caer. Estos son casos concretos en los que no se pueden tolerar retrasos en la conectividad. La otra es la capacidad para lidiar con la próxima explosión de la llamada “internet de las cosas” (IoT, por sus siglas en inglés): la comunicación de máquina a máquina, con dispositivos interconectados transfiriendo océanos de datos, cada vez más intensos y profundos. Estos recursos requerirán una infraestructura sustancialmente nueva y, por lo tanto, serán ampliamente explotados en ésta y en la próxima década. Obligar a los países de América Latina a no adoptar la tecnología 5G es evitar que tengan acceso a una estructura ultramoderna imprescindible. No es que estén diciendo «no compre este, compre otro». Lo que están haciendo es, simplemente, bloqueando la tecnología 5G. En todo el mundo, existe un reconocimiento generalizado de que tanto la latencia como la capacidad de datos de esta red desarrollada por la empresa Huawei es muy grande.

La guerra de comercial, política y tecnológica de los Estados Unidos contra China nos exige responder a una serie de cuestiones cruciales para nuestra región. ¿Cuál es el rumbo de América Latina y cómo entrará en la Cuarta Revolución Industrial y Tecnológica? El umbral de la innovación no es Uber o Airbnb, que son plataformas. El umbral de ingreso a las transformaciones tecnológicas y económicas es la infraestructura, en este caso, el desarrollo de la red 5G. La clave es tener acceso a un intercambio de tecnología que permita llegar a la inteligencia artificial, a la comunicación máquina a máquina y al desarrollo de nuevas aplicaciones. Entonces, la discusión en América Latina es cómo acceder a la tecnología en este conflicto.

Hay un prejuicio que subyace en cierta mirada geopolítica hegemónica que demoniza a China. Este prejuicio se basa en dos supuestos. El primero, que China, especialmente para el establishment estadounidense, nunca sería una amenaza para el predominio económico de Estados Unidos a nivel mundial porque era un país agrario, casi feudal, con una economía muy precaria. Una opinión concebible en 1980, cuando la economía china era solo el 5% de la economía estadounidense. Pero totalmente desatinada hoy. La única explicación plausible para esta lectura es una alta miopía ideológica, la cual se basa en el segundo supuesto: que el crecimiento chino era insostenible ya que el sistema político chino no estaba definido por las ideas liberales de Estados Unidos, sino por la doctrina del PCCh, lo que sería un obstáculo insuperable para el desarrollo nacional.

Podemos constatar que existía una visión del PCCh como burocrático y decadente, al igual que la del Partido Comunista de la Unión Soviética a finales de los años 80 y 90. Al mismo tiempo, no se percibía que, a pesar de todas las contradicciones políticas y de los conflictos internos del PCCh tanto en el período pre-Mao como post-Mao —especialmente en el período de reforma y apertura—, lo que más repudio produjo en los liderazgos chinos, tanto de Deng, e incluso de Jiang Zemin y Xi Jinping, fue que los consideren como «el Kruschev chino» o el «Gorbachov chino». Esto, porque en China atribuyeron tanto a Kruschev como a Gorbachov graves errores que colaboraron en la destrucción de la Unión Soviética. Según los líderes chinos, la reforma política (Glasnost) nunca podría haberse realizado antes de una reforma económica que produjera crecimiento y prosperidad para la gente. Depende de nosotros evaluar esto a la luz de la historia. Pero, en cualquier caso, no es posible asumir que el socialismo chino, con su absoluta practicidad que interfiere con una economía de mercado, con el sistema de precios y con la planificación indicativa bajo el monopolio político del PCCh, desconozca que esto ha estado produciendo cohesión política, cultural y crecimiento económico.

Es interesante observar que el PCCh también abandonó la idea de que representaba sólo los intereses de los trabajadores, e incluyó también la representación de los capitalistas. En 2002, el sucesor de Deng Xiaoping, Jiang Zemin, propuso la teoría de las tres representaciones, según la cual el PCCh representa simultáneamente las fuerzas productivas sociales avanzadas que explican la producción, incluidos los capitalistas; la cultura avanzada que explica el desarrollo y la inmensa acumulación de la civilización china; y los intereses sociales de la mayoría de las personas que responden por el consenso político.

Tenemos que pensar cómo insertarnos en un mundo en donde estas tensiones se agudizarán.

Sabemos que Estados Unidos tiene una característica fundamental: un gran desarrollo científico básico, que no es, no puede y no será, al menos en el corto y mediano plazo, objeto de una disputa significativa porque alcanza una dimensión internacional, a través de sus universidades, los laboratorios y centros de innovación públicos y privados. Al mismo tiempo, China avanza hacia la formación y el fortalecimiento de su base educativa, científica y tecnológica. Creo que es muy importante que América Latina se dé cuenta de que tiene que salir de la comoditización y buscar una reindustrialización con otras características. Debemos tener una posición autónoma e independiente. Aquél que sea capaz de tener la relación más constructiva con América Latina, es a quien tenemos que apoyar y con quien tenemos que relacionarnos.

Quiero complementar diciendo que, por varias razones, en este momento, América Latina no debe estar de ninguna manera dominada por la subordinación ciega a Estados Unidos. No podemos condenarnos al atraso científico, tecnológico y de innovación. No podemos condenarnos a nosotros mismos a ser objeto de injerencias indebidas. Creo que el gobierno de Biden abre alguna perspectiva. Pero, hasta el día de hoy, no tenemos evidencia de cambios importantes en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina durante los gobiernos demócratas. Espero que con Biden sea diferente.

En esta correlación de fuerzas, América Latina es muy débil. Pero debemos ejercitar una no alineación altiva y activa. Cuando Brasil ingresó a los BRICS, junto con China, India, Rusia y Sudáfrica, no teníamos una alineación subordinada con nadie. Teníamos una política independiente. Lo que está ocurriendo hoy en el mundo latinoamericano es un gran debilitamiento del poder de negociación de nuestras economías. Brasil está sujeto a los designios de Bolsonaro, espero que solo hasta las próximas elecciones. Argentina atraviesa su momento más difícil, porque la deuda dejada por Macri —con la complacencia del Fondo Monetario Internacional— se sumó a la crisis del COVID-19, encontrando a la economía argentina en una situación de extrema fragilidad. Alberto Fernández está haciendo milagros. Y México… tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Entonces, no creo que podamos sostener una neutralidad. Creo que en esta relación lo que podemos tener es una mayor posición negociadora, porque somos el continente con la mayor capacidad para alimentar al mundo. Tenemos toda la riqueza mineral que se pueda imaginar, desde la costosa tierra que se usa para fabricar baterías, hasta el petróleo: no olvidemos que Argentina tiene mucho petróleo; no olvidemos que Brasil tiene el PreSal; no olvidemos que Venezuela es la reserva petrolera más grande del mundo; no olvidemos la enorme relevancia de México. Entonces, nuestra inserción puede ser autónoma y puede negociarse en igualdad de condiciones con otros países.

Ahora bien, no es posible seguir reproduciendo el complejo de inferioridad de unas élites y unas oligarquías que no han hecho otra cosa que someterse a Estados Unidos de una manera vergonzosa. Además de la no alineación, debemos tener nuestras habilidades de negociación; una fuerza común integrada como la que teníamos en UNASUR o podemos tener en la CELAC. El G20, con tres países latinoamericanos, es fantástico. Ahora, tendría que haber más países latinoamericanos. ¿Por qué no Colombia? Es un proceso en el que solo nosotros, sumando los 680 millones que somos, nos daremos la fuerza necesaria para negociar con eficacia.

China, de hecho, no es una democracia liberal. China está controlada por el PCCh. Como dijo el Primer Ministro de Singapur, hay una incomprensión con respecto al PCCh, que es un partido civilizador que se enmarca en toda la tradición civilizadora de China. Creo que China es extremadamente pragmática. Por lo tanto, no está en la mente de China interferir con la forma en que la gente elige internamente su organización social, económica, política y su cultura. Hay una diferencia de enfoque, de visión.

El propio Kissinger mostró dos cosas. Primero, que la visión estratégica de China era diferente a la occidental. El juego de estrategia occidental más complejo es el ajedrez, con el objetivo de rodear a la reina y matar al rey. El juego chino, el Go, es un juego de estrategia y asedio. No se gana con acciones directas y con conquista, con guerra: la mejor forma de ganar es no pelear. Ésta es la visión china, y tenemos que buscar entenderlo de la misma forma que debemos comprender que no tienen la misma perspectiva religiosa que nosotros. Lo que se llama realismo chino se expresa en el dicho «confuciano en la vida pública, taoísta en la vida privada y budista en la muerte».

Nuestro lugar no está con Estados Unidos. Nuestro lugar es la independencia, junto a China.

El presente texto es una adaptación de la clase que Dilma Rousseff realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Marco Enriquez-Ominami. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global

El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Puebla, el Observatorio Latinoamericano de la New School University, el Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.

Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili


miércoles, 11 de agosto de 2021

Centenario del Partido Comunista de China


Investigaction.net

Por Marc Vandepitte 

Conmemoraciones en Pekín del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino (EFE/XINHUA/CHEN YEHUA)]

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Hace cien años trece hombres se reunían en secreto para crear el Partido Comunista Chino. Tras muchas errancias y múltiples aventuras el Partido se ha convertido en la mayor agrupación política del mundo. Sin lugar a dudas iba a determinar en gran medida el curso del siglo XXI. Texto y explicaciones de Marc Vandepitte, experto en China.

Contexto histórico

China fue durante siglo un imperio influyente y poderoso. Esta situación cambió radicalmente tras las guerras del opio a partir de 1840 (1). El país se convirtió en una semicolonia. Las potencias extranjeras ocuparon vastas regiones o pasaron a estar bajo su esfera de influencia. Los países imperialistas destruyeron la naciente industrialización. La población se empobreció totalmente y las hambrunas se hicieron frecuentes (2). En ese periodo murieron decenas de millones de personas en China víctimas de privaciones y de violencia política. También en esa época la trata de esclavos negros fue sustituida por la trata de obreros chinos.

La población china se rebeló en muchas ocasiones contra las malas condiciones vida y a favor de la independencia nacional. En 1911 hubo una revolución en la que fue derrocado el emperador. El nuevo presidente, Sun Yat-sen, fue el fundador de la República de China, aunque no logró acabar con la dominación extranjera ni con las estructuras feudales del país.

Este es el contexto en el que diez años después trece delegados se reunieron con el mayor de los secretos para crear un nuevo partido comunista, el Partido Comunista Chino, PCCh). Uno de ellos era Mao Zedong. Su gran modelo era la Revolución rusa de 1917. En aquel momento el partido no contaba más que con 53 miembros.

Un partido centrado en el desarrollo

Los partidos políticos desempeñan un papel importante en la vida política de las sociedades modernas. Históricamente aparecen de dos maneras: en el seno del capitalismo aparecieron partidos electorales o «electoralistas». Tras la desaparición de la posición monopolística de la nobleza, la burguesía ascendente y más tarde el movimiento obrero fundaron sus propios partidos para defender sus propios intereses y facilitar la participación en las elecciones y en la administración del Estado. En esos países ya se había establecido una estructura estatal moderna y fuerte.

El segundo tipo se podría describir como partidos «orientados al desarrollo». Nacieron en un contexto completamente diferente, concretamente en la periferia del capitalismo. Generalmente aparecieron tras la estela de los movimientos de liberación nacional posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aspiraban a la independencia nacional y al desarrollo rápido de su país. Querían acabar con las condiciones de vida miserables y con la opresión imperialista.

En la mayoría de estos países todavía no existía una estructura estatal moderna. Precisamente lo que hacía falta para conseguir tenerla era la creación de un partido político fuerte y bien organizado (3). Este tipo de partido no se crea para cumplir los ideales políticos por medio de la competición parlamentaria, sino que, al contrario, aspira a un nuevo orden político y/o económico que a menudo se logra a través de una revolución. Los partidos centrados en el desarrollo consideraban que necesitaban una organización sólida y una disciplina estricta para derribar los sistemas antiguos y construir uno nuevo orden.

El sistema del partido único

Tras la revolución de 1911 Sun Yat-sen optó por un sistema multipartito basado en el modelo de Estados Unidos y Gran Bretaña, pero como en la mayoría de los países del tercer mundo fue un fracaso. Pronto se vio que el modelo de la Revolución rusa era más apropiado para hacer progresar China. Sun Yat-sen creó su partido revolucionario, el Kuomintang (KMT) sobre una base leninista (4).

En 1925 muere Sun Yat-sen y Chiang Kai-shek se convierte en el nuevo líder del KMT. Era mucho más conservador y desencadenó una verdadera caza de brujas contra las personas comunistas que provocó muchas muertes. Durante la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) el KMT formó una alianza con el Partido Comunista para luchar contra la ocupación japonesa. En aquel momento Japón era un imperio fascista y una de las potencias del Eje, aliadas de la Alemania hitleriana. Esta guerra se convirtió en un capítulo importante de la Segunda Guerra Mundial. Tras la victoria sobre Japón se reanudó la guerra civil entre el KMT y el PCCh.

El PCCh contaba con muchos menos hombres y recursos que el KMT, pero estaba mejor organizado y era más disciplinado. Los comunistas, además, estaban mucho más en contacto con el campesinado. El pueblo consideraba a los comunistas, y no al KMT, patriotas y abanderados de la lucha contra los japoneses y por la independencia de China (5). En 1949 el PPCh ganó finalmente esa guerra civil y Mao Zedong proclamó la República Popular de China. Los dirigentes del KMY y muchos de sus partidarios se refugiaron en la isla de Taiwan.

El PCCh tuvo que lidiar con un desafío enorme. Tuvo que hacer frente a un Estado roto, una economía destruida y una población totalmente empobrecida. En aquel momento China era uno de los países más pobres del mundo. Contaba con más de una quinta parte de la población mundial, pero su PIB apenas representaba el 4,5 % del total mundial. El nivel de vida, que se expresa como PIB per cápita, era la mitad del de África y una sexta parte del de América Latina. La esperanza de vida media era de 35 años (6).

Para afrontar estos retos se requería un partido fuerte, centralizado y disciplinado. Pero esta no es la única razón. Las proporciones del país son enormes. China tiene las dimensiones de un continente: es 17 veces mayor que Francia y tiene tantos habitantes como Europa Occidental, Europa Oriental, los países árabes, Rusia y Asia Central juntos. Si traspolamos esto a la situación europea, significaría que Egipto o Kirguistán tendrían que ser gobernados desde Bruselas. Teniendo en cuenta estas proporciones, las grandes diferencias entre las regiones y los gigantescos retos a los que se enfrenta el país, se requiere una poderosa fuerza de cohesión para mantener la gobernabilidad del país y dirigirlo con fuerza. Según The Economist, «los líderes chinos creen que el país no puede permanecer unido sin un sistema de partido único tan sólido como el de un emperador y puede que tengan razón».

En resumen, el sistema actual de China está adaptado a la escala del país y se arraiga en la lucha contra la ocupación japonesa del país, contra el reaccionario Kuomintang y contra la espantosa miseria y el atraso en los que entonces estaba sumido el país. De esta lucha surgió el PCCh como líder del país, un líder que se impuso la tarea de restablecer la dignidad, salvaguardar la soberanía de la nación china, sacar al país del subdesarrollo y luchar por una sociedad socialista humana.

El fardo de la historia

Parafraseando a Marx: «Los partidos hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos […]». Estas condiciones fueron particularmente difíciles para el PCCh. El país estaba subdesarrollado y su economía totalmente destruida. La Guerra Fría hacía estragos y el país estaba sometido a un embargo tecnológico por parte de Occidente. Esta situación duró hasta 1971, cuando mejoraron las relaciones con Estados Unidos.

La Unión Soviética prestó ayuda al principio de la revolución, pero en 1958 ambos países entraron en conflicto. Cesó toda la ayuda y se marcharon los técnicos soviéticos. Mao había contado con que estallaran revoluciones en varios países del tercer mundo y entonces estos países podrían formar un frente conjunto y reforzarse mutuamente. Sin embargo, estas revoluciones no se produjeron y China se encontró sola.

Durante los primeros años también había una verdadera amenaza militar por parte de Estados Unidos. En dos ocasiones, en 1954 y en 1958, el presidente estadounidense amenazó con utilizar armas atómicas contra China, que también fue testigo de cómo bajo la dirección de Nikita Serguéyevich Jrushchov la Unión Soviética empezaba a adoptar un rumbo cada vez más capitalista.

La huida hacia adelante

En estas circunstancias Mao cada vez veía más la necesidad de desarrollar el país de forma acelerada y superar el atraso en poco tiempo. En particular, propuso la consigna de alcanzar a Inglaterra en quince años. Creía poder compensar las condiciones desfavorables con una movilización masiva e incesante de la población.

El corto esprint hacia Utopía llevó a unas experiencias temerarias y locas. El Gran Salto Adelante (1958-1961) fue un intento voluntarista de industrialización acelerada del campo sin ningún estudio ni preparación seria. El partido era inexperto y carecía de conocimiento suficiente de las leyes económicas. Este intento excesivamente optimista fracasó completamente y provocó una hambruna que mató a millones de personas (7).

Mao temía que China siguiera el mismo camino que la URSS, por lo que quería hacer todo lo posible para erradicar las ideas procapitalistas dentro de su propio partido. En ese sentido lanzó la Revolución Cultural (1966-1976) (8). Esta movilización masiva se volvió totalmente incontrolable y acabó llevando a la anarquía, hasta el punto de que hubo incluso que desplegar al ejército. La Revolución Cultural fue un período trágico e hizo mucho daño al PCCh.

Con todo, la huida hacia adelante de Mao no fue un fracaso total. A pesar de los fracasos del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, China logró alimentar a su población con bastante rapidez, a diferencia de India, por ejemplo (9). Durante los primeros treinta años de la Revolución el país conoció un más que respetable crecimiento económico anual del 4,4 %. Se sentaron las bases para el rápido desarrollo industrial que comenzó en 1978. En este periodo se triplicó la renta y el Índice de Desarrollo Humano (10) se multiplicó por 4,5 (11).

Reformas económicas

Al final de este periodo, sin embargo, cada vez era más evidente que la política económica debía cambiar de rumbo. Occidente seguía disponiendo de un aplastante monopolio científico y tecnológico, lo que hacía a China particularmente vulnerable. Y económicamente el país perdía terreno frente a los cuatro tigres asiáticos: Singapur, Corea del Sur, Taiwan y Hong Kong.

En el camino hacia el comunismo, el socialismo es una larga fase de transición en la que es preferible no saltar ninguna etapa. Es lo que demostraron las debacles de años anteriores. Marx hablaba en sus escritos de la «misión histórica del capitalismo» que consistía en desarrollar las fuerzas productivas (principalmente la tecnología) (12). Es precisamente lo que los chinos querían hacer en ese momento.

Durante los treinta primeros años el acento se puso sobre todo en las relaciones de producción (propiedad) y la lucha de clases. Todo se colectivizó al máximo para lograr la mayor igualdad posible. A partir de 1978 se puso el acento en el desarrollo de las fuerzas productivas (13). Para ello se siguieron dos vías. En primer lugar, integraron en el desarrollo económico del país los efectos dinamizadores de las fuerzas del mercado. Se autorizaron los capitales privados. Todavía existía una sólida planificación a nivel macroeconómio, elaborada bajo la dirección del gobierno central y centrada en los objetivos de desarrollo mundial. Pero la planificación rígida e hipercentralizada de la fase inicial se relajó y descentralizó. Para ello se utilizó la metáfora del «pájaro enjaulado»: el pájaro (fuerzas del mercado) tiene cierta libertad para volar, pero no puede salir de la jaula (planificación central). El futuro nos dirá si se puede dominar esta dinámica de mercado controlado.

La segunda vía consistió en atraer capitales extranjeros. Los inversores extranjeros eran bienvenidos a condición de que pusieran a disposición del país una parte de su tecnología y de su savoir-faire. En muchos países del tercer mundo la apertura de la economía al exterior (comercio, inversión y flujos de capitales financieros) ha tenido unas consecuencias desastrosas. En China, en cambio, esta apertura ha tenido éxito por estar determinada por las necesidades y objetivos nacionales y por estar plenamente integrada en una sólida estrategia de desarrollo (14).

La historia de un éxito

Esta doble estrategia ha dado sus frutos. De 1978 a 2020 la tasa media de crecimiento anual ha sido casi del 10 %. Se trata del crecimiento económico más rápido que ha registrado nunca un gran país. En 75 años China habrá pasado de ser casi el país más pobre del mundo a una economía de altos ingresos. El país también ha logrado mantener su economía a flote durante las tormentas de los últimos 25 años: la crisis financiera asiática de 1997, el crac de la burbuja de internet en 2001, la crisis del SARS, la gran crisis financiera de 2008 y, más recientemente, la crisis del COVID. En lo que concierne a la crisis de 2008, Richard McGregor, experiodista del Financial Times, escribió que «China estaba mejor equipada que cualquier otro lugar del mundo para hacer frente a la recesión repentina» (15).

La tecnología y la ciencia también han avanzado mucho. Hoy en día se reconoce a las empresas chinas como líderes o primeras figuras mundiales de equipamientos de telecomunicaciones 5G, trenes de alta velocidad, líneas de transmisión de alta tensión, fuentes de energía renovable, vehículos de nuevas energías, pagos digitales, inteligencia artificial y muchos otros dominios. En 2018 China superó a Estados Unidos en cantidad de publicaciones científicas y en 2019 ocurrirá lo mismo con la cantidad de patentes.

Según la ONU, desde 1981 853 millones de personas han salido de la pobreza en China, lo que supone el 76 % de todas las personas que salieron de la precariedad en el mundo durante ese periodo. Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, lo considera «el logro más impresionante de la historia en materia de reducción de la pobreza». La mortalidad infantil es el principal indicador del desarrollo social de un país. En este sentido la puntuación de China, un 9 por mil, es notable. Por ejemplo, si India ofreciera a sus ciudadanos la misma atención médica y apoyo social que China, cada año morirían 680.000 niños y niñas indias menos (16).

Mientras que en muchos países los salarios están estancados o disminuyen, en China se han triplicado en la última década. Entre 1978 y 2015 los ingresos del 50 % de las personas chinas más pobres aumentaron un 400 %, mientras que en Estados Unidos disminuían un 1 % en el mismo periodo.

La resiliencia de la sociedad china ha sido evidente durante la crisis del COVID. La OMS describe la forma de afrontarla en China como «quizá la lucha contra la enfermedad más ambiciosa, más flexible y más agresiva de la historia». A The Economist no se le pasó por alto el importante papel que ha desempeñado el PCCh en este sentido: «Los esfuerzos de China no han consistido solo en movilizar los elementos evidentes, como el personal médico, los trabajadores sanitarios, los científicos y la policía. También ha hecho un amplio uso de la red de secciones del partido para proporcionar la mano de obra y la experiencia de gestión necesarias para una operación dirigida por el partido a una escala rara vez vista en la era post-Mao».

Las sombras de este panorama

Por otra parte, este éxito presenta importantes defectos. La introducción de elementos de mercado a partir de 1978 reintrodujo la explotación capitalista, aunque de manera controlada. Se abrió un enorme abismo entre la ciudad y el campo. Una masa de 230 millones de «migrantes internos» tiene menos derechos sociales y a menudo es víctima de la discriminación. A menudo los abuelos tienen que intervenir para criar a los hijos de quienes migran. La política del hijo único (desde 1979 hasta 2015) ha provocado muchos abortos selectivos y un excedente de hombres de más de 30 millones, con todas las consecuencias sociales que ello implica.

El rápido desarrollo económico ha provocado abusos de poder y una corrupción generalizada. La introducción del capital privado ha generado una clase superior de capitalistas. Ambos fenómenos encajan difícilmente con los ideales socialistas. El individualismo y el arrivismo, el consumismo y el gusto por el lujo y la ostentación han socavado enormemente los valores del PCCh.

Una gran legitimidad

Con todo, los inconvenientes no superan las ventajas. El partido puede contar con un gran apoyo popular. Casi tres cuartas partes de la población china afirma apoyar el sistema de partido único. En los últimos años el apoyo al gobierno central se ha situado incluso entre el 80 % y el 90 %. Esta cifra supera con mucho la de los países occidentales. Según The Economist, que no es precisamente amigo de China, no es sorprendente: «El Partido Comunista Chino tiene una poderosa historia que contar. A pesar de sus muchos defectos, ha creado una prosperidad y una esperanza que una generación anterior habría considerado impensables». Esto también explica la gran estabilidad política de los últimos 30 años.

Esto resulta difícil de entender desde un punto de vista occidental porque a nuestros ojos la sociedad china no es democrática. Pero para la mayoría de la población china la democracia significa sobre todo gobernar velando por el interés general con una buena gobernanza (17). Damos mucha más importancia a cómo se toman las decisiones y por quién. Las y los chinos dan más importancia a la calidad de sus políticos que a los procedimientos de selección de sus dirigentes.

Según Daniel Bell, experto en China, el sistema político chino es una combinación de meritocracia en la cima, democracia en la base y de espacio para la experimentación en los niveles intermedios. Se selecciona a los líderes políticos en base a sus méritos y antes de llegar a la cima pasan por un proceso muy duro de formación, práctica y evaluación. Hay elecciones directas en el ámbito municipal y para los congresos provinciales del partido. Las innovaciones políticas, sociales o económicas se prueban primero a pequeña escala, en algunas ciudades o provincias, y después, tras una evaluación y ajuste exhaustivos, se introducen a mayor escala (18).

Además, el gobierno central hace muy regularmente sondeos de opinión para evaluar la gestión del gobierno en los ámbitos de la seguridad social, la sanidad pública, el empleo y el medio ambiente; también se sondea la popularidad de los líderes locales. Las políticas se ajustan o corrigen en función de estos sondeos.

Sin duda este sistema político se puede mejorar. Los propios dirigentes chinos lo reconocen explícitamente. No tienen miedo de admitir abiertamente sus errores (19). Está lejos de haber terminado la búsqueda de un sistema mejor de toma de decisión, pero el sistema actual ha dado muestras de eficacia. Según Francis Fukuyama, «la principal fuerza del sistema político chino es su capacidad para tomar rápidamente decisiones importantes y complejas, y tomarlas relativamente bien, al menos en materia económica. China se adapta rápidamente, toma decisiones difíciles y las aplica eficazmente».

Los retos

La lista de los retos a los que se enfrenta el país y el PCCh es larga. Nos limitaremos a los principales. En el plano social está la redistribución de la riqueza y la cuestión de los «migrantes internos». En el plano económico está la cuestión del envejecimiento de la población, la transición a un mercado interior y la reducción de la deuda. En el plano político, la coexistencia armoniosa de las diferentes etnias, el control de los resentimientos nacionalistas, la lucha contra la corrupción, el desarrollo del Estado de derecho, continuar con la democratización del proceso de toma de decisiones, el control de la clase superior capitalista, la restauración de la moral socialista y llenar del vacío ideológico. En el plano ecológico está, por supuesto, la cuestión del cambio climático y, sobre todo, la reducción del carbón, pero también la eliminación de la contaminación ambiental.

El enfrentamiento del siglo

Sin embargo, el mayor reto es la amenaza cada vez mayor que supone Estados Unidos. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética Estados Unidos se ha impuesto como el líder indiscutible de la política mundial. En 1992 el Pentágono afirmaba: «Nuestro primer objetivo es impedir la aparición de un nuevo rival en la escena mundial. Debemos conservar los mecanismos de disuasión de los rivales potenciales, tanto si están tentados de desempeñar un papel regional más importante como un papel global» (Wolfovitz). Treinta años después China se ha convertido en el principal «rival» que hay que controlar. Como dice Domenico Losurdo, «China sigue siendo el último gran territorio fuera de la influencia política estadounidense; es la última frontera por conquistar» (20).

Esa es a razón de que Estaos Unidos considere a la República Popular China su principal enemigo. En el marco de los debates sobre el presupuesto de 2019 el Congreso estadounidense declaró que «la competencia estratégica a largo plazo con China es una prioridad esencial para Estados Unidos». Se trata de una estrategia global que se debe establecer en varios frentes. Estados Unidos trata de contrarrestar el auge económico y tecnológico de China o, como dice, de «embotarlo» (21).

En caso de que sea necesario, se hará por medios extraeconómicos. La estrategia militar respecto a China sigue dos vías: la carrera armamentística y la presión sobre el país (22). Estados Unidos utiliza cuatro puntos estratégicos para avivar el fuego: Taiwán, los uigures, Hong Kong y el Tíbet (23). Por una parte sirven para debilitar a China en el plano interno y, por otra, para volver a la opinión pública mundial contra China (24) con el fin de justificar futuras agresiones.

Estados Unidos tiene el belicismo en su ADN. Los yankees se han peleado 227 de sus 244 años de historia. A lo largo de los veinte últimos años han lanzado una media de 46 bombas al día. Obama, el presidente que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 2009, bombardeó siete países simultáneamente en 2016. China, por su parte, libró su última guerra en 1979, contra Vietnam. Aparte del incidente fronterizo de 2020 con India, el auge de China ha estado notablemente libre de conflictos en Asia Oriental (25).

Mientras tanto, Joe Biden ha convertido las fanfarronadas bufonescas de Trump acerca de China en una doctrina hábilmente preparada, lo cual es muy inquietante. «Las declaraciones y acciones cada vez más agresivas del gobierno estadounidense respecto a China […] amenazan la paz mundial e impiden a la humanidad abordar con éxito los gravísimos problemas comunes a los que se enfrenta, como el cambio climático, la lucha contra las pandemias, la discriminación racial y el desarrollo económico», afirma la declaración «No Cold War» [No a la Guerra Fría].

Más allá de la perspectiva occidental

Huntington escribió en su influyente libro Elchoque de las civilizaciones: «La emergencia de nuevas grandes potencias siempre es muy desestabilizador y si se produce la emergencia de China como gran potencia empequeñecerá cualquier fenómeno comparable durante la última mitad del segundo milenio» (26). No podía ser de otra manera. El ascenso de Estados Unidos como superpotencia desde 1870 ya ha modificado profundamente las relaciones mundiales. Pero la China de 1978 tenía una población 24 veces superior a la de Estados Unidos entonces aquel momento y una tasa de crecimiento de más del doble (27). Tras un siglo de guerras, ocupaciones y humillaciones imperialistas, este país de civilización milenaria recupera su lugar en la escena mundial.

Hasta hace poco Occidente tenía el monopolio absoluto de la tecnología, las armas de destrucción masiva, los sistemas monetarios y financieros, del acceso a los recursos naturales y de la comunicación de masas. Gracias a ese monopolio podía controlar o someter a los países del Sur (28). Actualmente Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, corre peligro de perder este monopolio. Un mundo unipolar da paso a un mundo multipolar. China, y tras ella la India y otros países emergentes, revolucionan rápidamente las relaciones internacionales y transforman el mundo como nunca antes.

Por primera vez en la historia reciente un país pobre y subdesarrollado ha ascendido en muy poco tiempo a la categoría de superpotencia económica. China ha demostrado al mundo que el modelo occidental no es la única forma de modernizarse (29). La crisis financiera de 2008 y la desastrosa gestión de la crisis del COVID por parte de Occidente han puesto aún más en tela de juicio nuestro modelo capitalista.

Nos parece una idea provocativa, por lo que nos resulta difícil mirar a China con un espíritu abierto. Martin Jacques se expresa así: «Cualquier discusión casi siempre está teñida de un juicio de valor según el cual, como China tiene un gobierno comunista, ya conocemos las respuestas a todas las preguntas importantes. Se trata de una mentalidad de guerra fría, que no nos permite comprender la naturaleza de la política china ni del régimen actual (30)».

En cualquier caso, el proyecto chino está lejos de haber terminado. Está lejos de haberse alcanzado el ideal comunista, todavía comporta demasiados desequilibrios graves. Es un proceso largo, que está en su punto álgido de su evolución. Se han obtenido resultados extraordinarios, pero el camino todavía es largo y difícil, y está lleno de contradicciones, de riesgos y de desafíos. El resultado es totalmente imprevisible. Después de muchos errores, experimentos y guerras sangrientas, la Revolución francesa tardó más de 80 años en formar una república parlamentaria estable. En cualquier caso, los dirigentes chinos consideran que su proyecto es un proyecto de larga duración. Nuestra evaluación también tiene en cuenta esta perspectiva a largo plazo.

Fuente original De Wereld Morgen

Traducido del neerlandés al francés por Anne Meert para Investig’Action


Notas:

(1) Entre 1839 y 1860 se libraron dos guerras del opio entre Reino Unido y China. Los británicos tenían el monopolio del tráfico de opio, que intoxicaba a millones de personas. Cuando China adoptó medidas, los británico emprendieron una guerra contra ella. De hecho, los conflictos servían para doblegar a China con el fin de imponerle unas condiciones comerciales desfavorables.

(2) Sesam Atlas bij de wereldgeschiedenis, Deel 2, Apeldoorn 1989, p. 91; Shouy B., An Outline History of China, Beijing 2002, p. 388 y ss.

(3) Yongnian Z., The Chinese Communist Party as Organizational Emperor, Londres 2010, p. 12-4.

(4) McGregor R., The Party. The Secret World of China’s Communist Rulers, New York 2010, p. 123; Yongnian Z., op. cit., p. 60; Chuntao X. (ed.), Why and How The CPC Works in China, Beijing 2011, p. 107

(5) Jacques M., When China Rules the World. The Rise of the Middle Kingdom and the End of the Western World, Londres, 2009, p. 92.

(6) Angus Maddison, L’économie chinoise. Une perspective historique. Segunda edición, revisada y actualizada: 960-2030, París, OCDE, 2007 ; Hobsbawm E., L’Âge des extrêmes, histoire du court XXe siècle, Ed. Complexe 1999,;

Chuntao X. (ed.), op. cit., p. 72.

(7) Losurdo D., Fuir l’histoire? La révolution russe et la révolution chinoise aujourd’hui, Ed. Delga, París 2007, p. 69-72 y 175-6; Chuntao X. (ed.), op. cit., p. 29-30. El Gran Salto Adelante hizo que la mortalidad en China pasara de 12 por mil habitantes a 25,4 por mil en 1960, y después a 4 y 10 por mil en 1960 y 1962 respectivamente. Pero esa tasa de mortalidad del peor año, 1960, a penas difería de la de India, es decir, 24,8 por mil, que era una media «normal».

(8) La revolución cultural emprendida por Mao Zedong consistió en el levantamiento de estudiantes y trabajadores chinos para preservar los logros del socialismo. Su objetivo eran algunos jefes de partido y cuadros del aparato de Estado que se habían instalado en una cómoda posición de poder y a los que cada vez preocupaban menos los ideales comunistas de igualdad y de solidaridad. Todo ello se produjo en el contexto de un alejamiento (político e ideológico) cada vez mayor del Partido Comunista de la Unión Soviética, al que se acusaba de seguir una línea procapitalista («revisionista»). Por lo que se refiere a la llamada «reeducación social», muchos intelectuales, cuadros y jóvenes estudiantes eran enviados una temporada al campo para realizar trabajos físicos y practicar la solidaridad con los campesinos u obreros. Los primeros años de la revolución cultural fueron particularmente caóticos y en un momento dado incluso hubo que desplegar al ejército para restablecer el orden. La revolución cultural dejó unas cicatrices profundas en el pueblo chino.

(9) En 1976 la producción alimentaria había aumentado la mitad respecto a 1965. La producción petrolera se multiplicó por siete en ese periodo. Chuntao X. (ed.), op. cit. p. 34-5.

El Índice de Hambre en el mundo (GHI) se eleva en India a 27,5 por lo que pertenece al grupo de países que presentan un problema grave. Hay aproximadamente 200 millones de indios que padecen hambre. China pertenece a la categoría de «problema débil» (GHI < 5).

(10) El Índice de Desarrollo Humano o IDH es un índice estadístico compuesto para evaluar el índice de desarrollo humano de los países del mundo teniendo en cuenta el PNB per cápita, el nivel de vida, el nivel de educación y de salud. Es un índice que elabora el PNUD, el organismo de la ONU encargado del desarrollo y de la reducción de la pobreza en el mundo.

(11) Jacques M., op. cit., p. 99.

(12) «La misión histórica del sistema de producción capitalista es elevar estas bases materiales del nuevo modo de producción hasta cierto grado de perfección», Marx, K., Capital III, p. 306. Marx elaboró este tema en Grundrisse (Introducción general a la crítica de la economía política, 1857).

(13) Thompson I., “China and the ‘socialist market economy’’, en : China: Revolution and Counterrevolution, San Francisco 2008, 87-97.

(14) Herrera R. & Long Z., La Chine est-elle capitaliste ?, Éditions Critiques, París 2019, p. 29-30.

(15) McGregor R., op. cit., p. 28.

(16) Calculado sobre la base de Unicef.

(17) Shambaugh D., China’s Communist Party. Atrophy and Adaptation, Washington D.C. 2009, p. 37.

(18) Bell D., The China Model. Political Meritocracy and the Limits of Democracy, Princeton 2015, p. 179-188. (la «meritocracia vertical democrática»).

(19) Así, por ejemplo, se establece una lista de los principales problemas del país, se discuten y se traducen en puntos de acción antes y durante el XVIII Congreso.

(20) Losurdo D., op. cit., p. 18.

(21) Rush Doshi, nuevo director para China en el Consejo de Seguridad Nacional del presidente Biden, compara esta estrategia de zapa con un «asymmetric blunting» (embotamiento asimétrico).

(22) Para un análisis detallado, véase Vandepitte M., Trump y China: ¿Guerra caliente o fría?

(23) Losurdo D., op. cit., p. 219.

(24) Este objetivo ya ha tenido bastante éxito. Según un reciente estudio del Pew Research Center, en 14 países las opiniones desfavorables sobre China han aumentado considerablemente en el último año. Los cuatro puntos estratégicos mencionados y los informes sobre ellos tienen mucha importante al respecto.

(25) Jacques M., op. cit., p. 315.

(26) Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, New York 1996, p. 216.

(27) Maddison A., op. cit.; Herrera R. & Long Z., op. cit., p. 53.

(28) Amin S., Obsolescent Capitalism, Londres 2003, p. 63-4.

(29) McGregor R., op. cit., p. 272

(30) Jacques M., op. cit., p. 206.


jueves, 5 de agosto de 2021

Estados Unidos ya no puede detener a China


Rebelión

Por Hedelberto López Blanch 

Washington está buscando por todos los medios debilitar a la República Popular China que con un constante e indetenible crecimiento amenaza convertirse en pocos años en la primera economía mundial.

La hegemonía imperial estadounidense ha perdido en los últimos tiempos grandes espacios, no solo en el ámbito económico sino también en el militar, y ya no puede imponer sus designios a varios países del orbe.

En el caso de China, la anterior administración de Donald Trump aplicó numerosas extorsiones para intentar frenar el avance del gigante asiático y el actual gobierno de Joe Biden ha continuado y ampliado esa política para lo cual ha logrado sumar a países de la Unión Europea.

En la reciente reunión del Grupo de los Siete (G-7) realizada en Carbis Bay, Reino Unido, Estados Unidos presionó para que se criticaran supuestas prácticas anticompetitivas de Beijing y presuntas violaciones de los derechos humanos en esa nación. Los líderes del Grupo abogaron por “contrarrestar y competir” con el gigante asiático en desafíos que van desde “salvaguardar la democracia” hasta la carrera tecnológica.

Biden dedicó un amplio esfuerzo diplomático a lograr una oposición más sólida contra China, país al que contempla como competidor por la hegemonía mundial.

China inmediatamente respondió que han quedado atrás los días en que las decisiones globales eran dictadas por un pequeño grupo de países e instó a Washington y a otros miembros del grupo a respetar los hechos, dejar de calumniar a Beijing, además de no intervenir en sus asuntos internos para contribuir al desarrollo de la cooperación internacional, no a la creación artificial de confrontaciones.

Para el próximo 2 de agosto está prevista la entrada en vigor de una nueva orden ejecutiva firmada por Biden que amplia una anterior de Trump la cual afectará a 59 firmas del país asiático, incluyendo al gigante Huawei y las tres mayores compañías de telecomunicaciones de la nación.

El supuesto motivo es que esas empresas “respaldan los esfuerzos de los aparatos de inteligencia, militares y de seguridad de Beijing” pero la intención es detener el avance del gigante asiático en la arena internacional.

Con el fin de impulsar producciones y desarrollar el país para no rezagarse frente a China, Biden había propuesto un megaproyecto de infraestructura de 2 300 millones de dólares, pero el pasado 24 de junio se conoció que solo se destinarán 1 200 millones en un período de ocho años.

La mayoría de los recursos se destinarán a crear nuevas infraestructuras, entre las que destacan los 580 000 millones de dólares destinados a inversiones de redes eléctricas, Internet de banda ancha, transporte de pasajeros y de mercancías.

Estados Unidos observa con turbación y desasosiego los avances de Beijing en todos los ámbitos y sobre todo el impulso que ha significado para el gigante asiático la Nueva Ruta de la Seda iniciada en 2013.

En marzo de 2021, Biden propuso a los países capitalistas de occidente crear una alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta porque Beijing “la utiliza como instrumento de presión económica y política sobre varios países”.

Mediante este mecanismo, China ha entregado créditos blandos a las naciones involucradas que les ayuda a mejorar la situación económica e impulsa el desarrollo de sus infraestructuras. Además de favorecer un desarrollo sostenible, fortalece los vínculos de intercambios culturales entre las diferentes civilizaciones.

De esa forma, también las decenas de naciones involucradas se desligan de los empréstitos que le pudieran otorgar bajo exigencias onerosas y abusivas el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

Los datos sobre los resultados obtenidos hasta el momento son sumamente halagüeños lo cual provoca alteraciones nerviosas para Occidente.

El canciller de China, Wang Yi informó a finales de junio que 150 países participan en la Nueva Ruta de la Seda y el intercambio comercial entre Beijing y sus socios superó los 9,2 billones de dólares, mientras las inversiones directas en diferentes esferas de empresas y compañías del gigante asiático en esas naciones alcanzaron 130 000 millones de dólares.

En el reciente mes de mayo, durante la Quinta Exposición Internacional de la Ruta y la Seda, fueron firmados numerosos acuerdos de cooperación con una proyectada inversión de 24 500 millones de dólares los cuales agrupan 72 proyectos en áreas de la educación, altas tecnologías y modernizaciones en la agricultura.

Cifras relevantes ha alcanzado China en los últimos cinco meses pese a los efectos mundiales de la pandemia de la covid-19.

Las principales empresas industriales del país aumentaron las ganancias en un 83,4 % según divulgó la Oficina Nacional de Estadísticas. La industria minera logró un beneficio de 387 000 millones de yuanes, un crecimiento de 136 % interanual; la manufacturera, 2,9 billones de yuanes, o sea, 85,2 %; las industrias de producción y suministro de electricidad, calefacción, gas y agua, 223,2 millones de yuanes para 29,1 %. Asimismo, en este período de enero a mayo, 39 de los 41 principales sectores industriales vieron aumentar sus ganancias.

El Banco Mundial espera que el Producto Interno Bruto (PIB) de China crezca 8,5 % a medida que su recuperación económica se amplíe. El informe indica que la mayor confianza de los consumidores, las empresas y las mejores condiciones del mercado laboral apoyarán un cambio en la demanda interna privada, la inversión pública y las exportaciones.

Con las enormes relaciones comerciales internacionales de China y sus abundantes producciones en todas las esferas, a Estados Unidos y otras naciones occidentales les será muy difícil detener los avances del gigante asiático que ya se perfila como la principal potencia económica en el futuro cercano.


viernes, 4 de junio de 2021

¿Volverán los locos años veinte?


Sin permiso

Por Michael Roberts 

Los últimos datos sobre la recuperación económica en China y EEUU sugieren que ambas economías deberían volver a los niveles de producción nacional previos a la pandemia o por encima de estos a finales de este año (en el caso de China probablemente un 10% por encima).  Se ha renovado el optimismo de que la depresión pandémica puede revertirse rápidamente.  

Keynesianos como Larry Summers y Paul Krugman han argumentado ya que la economía de EEUU se recuperará rápidamente porque la crisis del COVID se parece al cierre estacional de los sitios turísticos en los complejos vacacionales durante el invierno. Una vez que llega el verano, las empresas de servicios vuelven a abrir y las economías vuelven a funcionar a medida que las flores florecen.

Como lo expresó un think-tank de economía ortodoxa: “Juntas, estas mejoras en las perspectivas han llevado al fondo a predecir que, en su conjunto, las economías avanzadas perderán menos del 1% de la producción ya en 2024 en comparación con su pronósticos previo a la pandemia, un resultado que parecía apenas plausible en octubre pasado. Estados Unidos está en la cima del grupo y ahora tiene pronósticos que muestran que está en vías más sólidas que antes de la pandemia, pero otras economías avanzadas no se quedan atrás en el medio plazo».

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martes, 20 de abril de 2021

Latinoamérica el vector de la guerra EE.UU.-China


El Tábano Economista

Por Alejandro Marcó del Pont 

Aunque no hay un amo nuevo todavía, las reglas siguen siendo las viejas

Desde hace un tiempo China se convirtió en una preocupación para los Estados Unidos, pero se figuraba un problema relativamente lejano. La crisis del 2008 y la pandemia del Covid-19 aceleraron la posición de China en el centro de la disputa por la hegemonía mundial.

Durante la Administración Trump se modificó el enfoque que se tenía del país asiático. China pasó a ser un “competidor estratégico”, y se convirtió en el objetivo de una política de agresión y contención. De igual forma, su presencia en América Latina, considerada hasta no hace muchos años inofensiva, o incluso beneficiosa, pasó a ser percibida como una amenaza desde la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 norteamericana.

En el apogeo del crecimiento anterior a la crisis del 2008 los observadores comenzaron a alertar con respecto a lo que parecía una tendencia preocupante hacia la desindustrialización y la reprimarización de las economías latinoamericanas. Dejando a un lado las divergencias de la crisis mundial y la desaceleración del crecimiento de China, esta produjo dos efectos nocivos para las economías latinoamericanas: el fin del boom de las materias primas y la inactividad industrial.

Hoy, ante el advenimiento de un renovado ciclo de commodities con precios altos, en un escenario de pandemia y guerra comercial, vuelve a ponerse en duda qué lugar y rol debe ocupar América Latina en la disputa mundial del comercio, dadas las características estructurales de crecimiento de la economía china, con fuerte dependencia de la importación de recursos naturales y bienes primarios. El dilema es mayor cuando nos damos cuenta que cada estado latinoamericano reacciona independientemente y no en bloque frente a los estímulos del entorno internacional. Entonces se entiende fácilmente la fragmentación regional y la necesidad de reeditar una narrativa de Patria Grande, que se encuentra en franco retroceso, sin la cual se comprometen aún más los desafíos económico, financiero, tecnológico y comercial futuros.

América Latina ha sido históricamente la región más desigual del mundo, con un débil desempeño económico y en la actualidad con niveles de deuda que acentúan los lazos de dependencia que siempre han marcado su condición en el escenario global. La idea es descifrar cómo afrontar los riegos de un mundo en el cual se percibe un monumental desorden, un alto grado de incertidumbre, una fuerte entropía. Anteriormente se trataba de regular el futuro, hoy la incertidumbre es más transversal y los diseños de política tienden a mitigar las consecuencias como el calentamiento global, el fraude o robo de datos, los ciberataques, entre otros, agregándoles problemas geoeconómicos, geopolíticos, socioespaciales y geotecnológicos, excelentemente descrito en el artículo “Las políticas exteriores de América Latina en tiempos de autonomía líquida”

Los autores de dicho artículo entienden que, en el marco de la disputa comercial sino–estadounidense, la contienda en AL se lleva a cabo, por un lado, en el marco de los estados, y por otro, en el de la mundialización (globalización). Los primeros “ponen el acento en los Estados-nación, las fronteras, el territorio, la soberanía y el control de los flujos transnacionales. La Mundialización diluye la noción de fronteras, dejando traslucir el papel de los actores no gubernamentales, las grandes corporaciones digitales, la banca financiera multinacional, las organizaciones criminales y los movimientos sociales transnacionales de ambientalistas, feministas o de derechos humanos, entre otros”.

Esta competencia viaja en medio de una disputa por la hegemonía global dentro de un continente que ha perdido peso de todo tipo. Cuando se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, 20 de los 51 miembros iniciales eran países latinoamericanos. Hoy, son 193 países miembros perdiendo peso político específico del Grupo Regional de América Latina y el Caribe (GRULAC). En lo económico, el continuo declive en la colaboración de América Latina en las cadenas globales de valor. “De una participación en el total de exportaciones mundiales de 12% en 1955, la región pasó a 6% en 2016, para llegar a su peor performance de 4,7% en 2018. Las solicitudes de nuevas patentes tecnológicas provenientes de la región equivalían a 3% del total global en 2006, bajaron a 2% en 2016 y llegaron a un insignificante 0,62% en 2018.”

Todo este quebranto, en un escenario políticamente fragmentado, en el que las iniciativas de integración regional, como el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), la Alianza del Pacífico (AP), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) atraviesan situaciones de irrelevancia, estancamiento o desmantelamiento, según el caso.

Además, por cierto, en la cuarta revolución industrial la geografía de la economía digital está liderada de manera sistemática por un país desarrollado y otro en desarrollo: los Estados Unidos y China. Esos dos países representan, por ejemplo, el 75% de todas las patentes relacionadas con las tecnologías de cadenas de bloques, el 50% del gasto mundial en la internet de las cosas y más del 75% del mercado mundial de la computación en la nube dirigida al público. Además, lo que es quizá más extraordinario, representan el 90% de la capitalización de mercado de las 70 plataformas digitales más grandes del mundo. La cuota de Europa es del 4% y la de África y América Latina juntas es solo del 1%. Siete “superplataformas”, Microsoft, seguida de Apple, Amazon, Google, Facebook, Tencent y Alibaba, representan dos tercios.

Como dijimos, en fechas relativamente cercanas AL cobró relevancia para China en todos los aspectos y en esta disputa comercial en particular. AL tiene cerca de 650 millones de habitantes, un promedio de edad de 29 años, por lo que el futuro es prometedor. La naturaleza ha sido pródiga, dotándola de vastos recursos, desde poseer la mayor biodiversidad del planeta hasta explotación ganadera, agrícola y minera que evidencian su riqueza. Destacan entre estos últimos el litio, la plata y el cobre, con porcentajes superiores al 50% de las reservas probadas a nivel mundial, y estaño, níquel, zinc, con reservas cercanas al 25%, todos necesario para el desarrollo chino. Con un PBI que representa el 8% del producto mundial, es una región atractiva, tan solo superada por en su PBI por la UE, Estados Unidos y China, y por delante de India y Japón.

Las naciones latinoamericanas tienen poco peso específico en el intercambio comercial con China, algo que resulta importante considerar cuando se toma cada país de manera individual. El único país que tiene un peso relevante en el comercio con China es Brasil, los demás países latinoamericanos no son determinantes de manera aislada, pero sí en  conjunto y por diversidad de exportaciones. En cuanto a las inversiones, la incursión china también se ha ido modificando, de fusiones y adquisiciones a infraestructura. En un principio, respondiendo a una estrategia de expansión económica acelerada tratando de asegurar el suministro de materias primas y de otros insumos. En esta etapa las empresas estatales tenían un papel protagónico en muchas de las inversiones directas en el extranjero. Tras importantes errores y fricciones con las autoridades locales de diversos países, las compañías estatales chinas abrieron paso a otro tipo de organizaciones, empresas privadas de gran tamaño, pero desconocidas en Occidente.

Entonces, entre  los años 2000 a 2018 la centralización fue evidente en materias primas (60%), servicios (31%) y manufactura (9%). La concentración también ocurre en los países receptores: de 2000 a 2019, Brasil atrajo U$S 48.701 millones, Perú U$S 24.655 millones, Chile U$S 14.900 millones, Argentina U$S 12.884 y México U$S 7.924 millones. Entre los años 2015 y 2019 la inversión directa de China en América Latina sufrió una transformación. El rubro de infraestructura alcanzó el 40% del total y aumentó en una miscelánea de áreas, principalmente a costa de la minería.

Como queda expresado, las necesidades chinas juegan un papel fundamental en su desarrollo estratégico, por lo que la idea asiática de hegemonía y los instrumentos utilizados no son diferente a los ideados por los acuerdos de Bretton Woods​ de 1944 y los organismos internacionales que lo sustentan, FMI, BM, y hasta el Plan Marshall. La idea del “asenso pacífico” y el “sueño de China”, el modelo oficial basado en la cooperación, la armonía y el entendimiento como ejes rectores de su política exterior, se apoyan en el New Development Bank (NDB) y el Asian Infrastucture Investment Bank (AIIB), el Banco de los BRICS como organizaciones gemelas a Bretton Woods​. Y podría decirse naturalmente que la Nueva Ruta de la Seda sería la zanahoria equivalente al Plan Marshall.

El soft power garantizar una presencia estable en la región, haciendo uso de la llamada diplomacia de negocios, acercamiento que siguió las directrices contenidas en el Plan de Cooperación China-Estados latinoamericanos y caribeños (2015-2019). El plan también se conoció como 1+3+6, en alusión a la planificación, a los tres motores, comercio, inversión y finanzas, y a las seis áreas estratégicas de colaboración, que comprendían recursos, comercio, infraestructura, cultura, industria y tecnología.

Mediante ese tipo de convenios multilaterales China se aproxima a la región en su conjunto, generalmente con compromisos de buena voluntad. Algo similar ocurre con los acuerdos en el marco de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda con algunos acuerdos formales de adhesión, que incentivan los préstamos blandos y hasta inspiran ideas de mayores movimientos de comercio, ya que más de 60 países están adheridos a la iniciativa. El Banco Mundial atribuye a esta iniciativa “el 30% del PIB mundial, el 62% de la población y el 75% de las reservas energéticas conocidas”, un imán sumamente atractivo para Latinoamérica, si es que la membresía aporta privilegios.

En el comercio los barcos siguieron la ruta marítima transpacífica, conocida como La Nao o el Galeón de Manila, que transportaban mercancías desde los puertos marítimos mexicanos, y que entre 1565 y 1724 cruzó el océano en su travesía cuasi anual, transportando especies, seda, porcelana y otros productos chinos para abastecer a la población de las colonias españolas en América, y no tendría que cambiar nada ahora. Quedan en el tintero el comercio digital, la tecnología 5G, sobre todo la apertura al comercio cross-border (compras en línea) y al comercio digital en general. Hasta el momento, la presencia de Alibaba en América Latina es muy limitada, pero se encuentra dentro de la disputa por desplazar a Amazon y a otras plataformas del e-commerce y establecer el yuan.

Si bien en el tema financiero china ha ingresado a AL sin demasiados contratiempos para seducir con financiamiento obras de infraestructura y proyectos faraónicos. El yuan puede ser el catalizador de enfrentamientos entre las dos potencias, ya que Estados Unidos es especialmente sensible a su uso y sus cualidades de financiamiento. Mucho mayor impacto tendría el uso del yuan reemplazando al dólar en transacciones del sector energético o como instrumento de deuda. También se comienzan a generar dudas respecto a empresas icónicas chinas, como Huawei, o aquellas ligadas al 5G, aplicaciones de inteligencia artificial, robótica industrial o geolocalización. El mayor temor, sin embargo, reside en la expansión     de la denominada Nueva Ruta de la Seda Digital, aunque hasta el momento parece estar limitada a Eurasia y África, pero será motivo de disputa en América Latina.

La realidad demarcaría cual es el poder que tiene AL para ejercer de manera autónoma decisiones que le permitan desarrollarse y llevar a cabo convenios que no la sometan a imposiciones como ya las conocidas con los EE. UU. y sus organismos de control, en medio de esta disputa. El tema de la autonomía y sus significados y conceptos teóricos no se encuentran dentro de la lógica del artículo, pero se puede leer en el artículo “De la autonomía antagónica a la autonomía relacional: una mirada teórica desde el Cono Sur Roberto Russell, Juan Tokatlian”

Pero, sí, al menos, la condición del Estado-nación que le posibilita articular y alcanzar metas políticas en forma independiente. Conforme a este significado, autonomía es una propiedad que el Estado puede tener o no a lo largo de un continuo en cuyos extremos se encuentran dos tipos ideales: total dependencia o completa autonomía. Sea esta o cualquiera de las definiciones de autonomía, se percibieron que el sistema internacional tenía un efecto particularmente negativo en América Latina, tanto en el plano político como económico.

La lógica del poder es tratar de conseguir un grado de autonomía nacional, articularse a partir de un uso inteligente de los recursos de poderes tangibles e intangibles de América Latina como un todo, más allá de las particularidades y seducciones propuestas e intentos de acuerdos para la región por alguna de las partes de la guerra comercial, ya sea China o Estados Unidos. Llevarlo a cabo en un continente donde el mayor país está gobernado por militares y alineado con Estados Unidos, pero su mayor socio comercial, es China, es más complejo. Pero de esta idea de autonomía depender el desarrollo futuro de la región.


lunes, 8 de marzo de 2021

La tercera vía de Joe Biden


Observatorio de la Política China

Por Xulio Ríos 

¿Qué hará Joe Biden con China? Se diría que es la incógnita más inquietante en la política mundial. Está descartado que imite el modus operandi de Donald Trump. También el retorno a una especie de tercer mandato de la era Obama. Las indicaciones generales parecen claras: mantener el fondo y cambiar las formas, pero incluso admitiendo esto, el marco de elasticidad es tan grande que multiplica el valor de los matices.

¿Qué datos objetivos podemos destacar en estas semanas posteriores al 20 de enero? La OMS descartó el origen de la pandemia en un laboratorio de Wuhan. Se anuncia para marzo una reunión entre Anthony Fauci y Zhong Nanshan, principales epidemiólogos respectivos. La cooperación bilateral en la lucha contra la Covid-19 tiene visos de prosperar, dejando atrás la nefasta política de Trump en tal sentido, incluida la abrupta salida de la propia OMS. Esto puede orillar los despropósitos conspiracionistas aireados por M. Pompeo y que encontraban idéntico nivel de retruque en Beijing. Otro campo factible es la cooperación climática.

Por el contrario, en el sensible asunto de Taiwán, las espadas siguen en alto, con incursiones militares de unos y otros y avisos a navegantes en todas las direcciones. Hong Kong, Tibet o Xinjiang nublan los cielos a otra escala con una retórica altisonante que no hace concesiones. Las demostraciones de inflexibilidad alcanzan también al Mar de China meridional.

Yang Jiechi, miembro del Buró Político y director de Asuntos Exteriores en el Comité Central del PCCh, ha buscado vías para recuperar la normalidad en las relaciones bilaterales sobre la base de que “China debe ser vista como es”, huyendo de errores de juicio estratégicos pues China, dice, en modo alguno tiene la intención de desafiar o reemplazar la posición de EEUU en el mundo. Para Yang, la clave está en respetar los “intereses centrales” del otro que en el caso chino son, básicamente, la soberanía, la integridad territorial, el sistema político y, ahora, los intereses de desarrollo. Son “líneas rojas”, dijo. El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y Kurt Campbell, coordinador para la región del Indo-Pacífico, señalaban en Foreign Affairs en octubre del pasado año, que “el mundo debe vivir con China tal y como es” en un marco de coexistencia competitiva, alejándose del discurso de Pompeo en la Biblioteca Nixon en julio de 2020 cuando clamó por una lucha universal contra el PCCh.

Frente a la búsqueda de puntos de encuentro, la irrupción de documentos como el anónimo del Atlantic Council, abonado a la tesis de la resurrección de la guerra fría, ansía intervenir en el debate e inclinar la balanza. Otro ejemplo: bajo la dirección de Jared Cohen, ex asesor de Condoleezza Rice, y Eric Schmidt, exdirector general de Google, un grupo independiente de 15 republicanos y demócratas, investigadores, empresarios, ingenieros y sinólogos, presentó recientemente un informe confidencial al gobierno de Estados Unidos en el que se aboga por una estrategia de mayor resistencia tecnológica a China. Otros firmantes del documento son Richard Fontaine, director general del “Center for a New American Security CNAS”, fundado con el citado Kurt Campbell o también Elizabeth Economy, sinóloga del Instituto Hoover de Stanford, Alexander Wang, formado en el MIT, o Marissa Giustina, ingeniera de Google. Si en el debate digital global siempre han predominado las voces que alertaban sobre los peligros de una ruptura del flujo de datos científicos abogando por compartir la investigación sin límites en consonancia con un espíritu de apertura que se resistía a los imperativos de otra naturaleza que no fuera la promoción del conocimiento, los autores sostienen que el dominio tecnológico, factor clave para la seguridad, la prosperidad y la garantía del modo de vida democrático, se ve ahora amenazado por la aparición de China como potencia que está a punto de superar a Estados Unidos en áreas sensibles. La idea principal del documento es que el “desacoplamiento”, del que muchos científicos recelaban, se ha convertido ahora en una “solución deseable”.

Biden, por otra parte, debe haber tomado buena nota de una realidad inapelable: la guerra comercial de Trump con China fue un fracaso en todos los sentidos. Ni alcanzó sus metas políticas (doblegar a China) ni frenó el déficit comercial ni alentó sus exportaciones. Veremos como ese diagnóstico repercute en los aranceles. En lo tecnológico, ha supuesto dificultades inapelables para empresas chinas, pero también estadounidenses y está por ver quién puede invertir más en los próximos años en los sectores capitales, desde la inteligencia artificial a las biotecnologías o las energías verdes y otras altas tecnologías. No hay un claro ganador y si algo sorprende es el ritmo y la proyección de la innovación china.

Se dice que en EEUU hay un consenso bipartidista acerca de China, pero este podría quebrarse en la medida en que los demócratas se alejen de los postulados de Trump y sus acólitos. Y también que Biden lo tendrá más fácil que su antecesor para alargar la unidad de criterio con los países aliados, un vínculo que Trump debilitó. Pero tampoco esto debe darse por seguro si China con la UE, o Japón o Corea del Sur, etc., logra fraguar y/o desarrollar acuerdos comerciales potentes. Que la opción de seguridad para muchos de ellos es EEUU no ofrece dudas; más discutible es que fórmulas como el QUAD (EEUU, Japón, India y Australia) cuajen del todo ni tampoco que eso llegue a ser suficientemente disuasivo ante el fortísimo esfuerzo chino en defensa. En cualquier caso, no debe darse por seguro que todos seguirán a pies juntillas la política de EEUU, cualquiera que fuese, respecto a China.

El Financial Times recordaba días atrás como los flujos de inversión desmienten las tensiones geopolíticas entre ambos países. Muchas multinacionales estadounidenses recelan de los llamamientos al desacoplamiento aun reconociendo la existencia de diferentes enfoques en algunas cuestiones. Pero todas admiten haber ganado mucho dinero en China, un mercado que no es prescindible en un contexto de elevado entrelazamiento de todas las economías y con tantas incertidumbres en cuanto a la recuperación del crecimiento. Tampoco la UE, Japón o Corea del Sur pueden desprenderse de la atracción gravitatoria ejercida por China con un mero chasquido de dedos.

Estos cuatro años de presidencia Biden serán claves para concretar una posible alternativa en la relación con China, diferente a la firmeza hegemónica de Trump que ha conducido a un peligroso bloqueo de la situación. Ante la perspectiva de “cambios nunca vistos en un siglo”, no es descabellado imaginar que las tensiones estarán al orden del día, ya hablemos de la economía, el comercio, la tecnología, la diplomacia o la seguridad, campos en los que Beijing se juega el futuro de su proyecto. Beijing dice no tener prisa, pero juega con algunas fechas marcadas (2027, 2035, 2049). Aun así, la ansiedad estratégica pesa más del lado estadounidense ante el temor de un irremediable declive, que tantos vaticinan (y otros relativizan). El contraste entre un país roto y otro aglutinado es reflejo también del contraste entre dos nacionalismos.

Lo que de ambas partes se exigiría es moderación en todos los sentidos, la recuperación del diálogo, la delimitación precisa de los campos en que es posible avanzar conjuntamente y su potenciación, al igual que el señalamiento de las áreas de discrepancia para ser encapsuladas y tratadas con profesionalidad. En suma, rebajar las tensiones, buscar la estabilidad y dejar que el tiempo haga su trabajo y ponga a cada cual en su lugar. La tercera debiera ser una vía en permanente construcción.


miércoles, 24 de junio de 2020

La nueva guerra fría de EE.UU. contra China



Por Michael T. Klare *

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

¿Cómo puede afectarnos?

Los expertos y los políticos de Estados Unidos han llegado en gran medida a la conclusión de que ha comenzado una nueva guerra fría con China, un período de intensa hostilidad y competitividad que no llega al combate armado. “La guerra fría de EE. UU. contra China amenaza con una ruptura”, como expresaba el titular del New York Times del 15 de mayo, citando recientes enfrentamientos en comercio, tecnología y exigencia de responsabilidades por la propagación de la covid-19. La decisión de Pekín de someter a Hong Kong a nuevas y estrictas leyes de seguridad no ha hecho sino aumentar aún más esas tensiones. El presidente Trump amenazó rápidamente con eliminar la relación económica especial de esa ciudad-estado con este país, a la vez que imponía nuevas sanciones a los líderes chinos. Mientras tanto, los demócratas y los republicanos en el Congreso están trabajando juntos para diseñar duras sanciones propias contra los chinos.

Para cualquiera que pueda recordar la Guerra Fría original, los últimos desarrollos pueden parecer extrañamente familiares. Traen a la mente lo que ocurrió poco después de que se derrumbara amargamente la colaboración en la Segunda Guerra Mundial de Estados Unidos con los soviéticos cuando los rusos emplearon cada vez más la mano dura en su enfoque respecto a Europa del Este. En aquellos días la desconfianza no hizo sino aumentar, mientras Washington decidía lanzar un impulso global para contener y derrotar a la URSS. Y parece que hoy nos vamos acercando a una situación parecida. Aunque China y Estados Unidos continúan manteniendo lazos comerciales, científicos y educativos, los líderes de ambos países amenazan con cortar esos vínculos y emprender toda una amplia gama de movimientos hostiles.

Es verdad que algunos de los aspectos que se están discutiendo en Washington para castigar a China por su (percibido) mal comportamiento tendrán un escaso impacto inmediato en la vida de los estadounidenses. En realidad, muchas de las amenazas pueden resultar ser poco más que los clásicos golpes de pecho para hacerse el macho. Consideren, por ejemplo, la propuesta presentada por los miembros mayoritarios y minoritarios de alto rango del Comité de Servicios Armados del Senado, el republicano de Oklahoma, Jim Inhofe, y el demócrata de Rhode Island, Jack Reed, para financiar una multimillonaria “Iniciativa de disuasión en el Pacífico” destinada a reforzar las fuerzas estadounidenses en Asia. Según afirmaron, ese esfuerzo “enviará una firme señal al Partido Comunista Chino de que el pueblo estadounidense se compromete a defender los intereses de EE. UU. en el Indo-Pacífico”.

Bueno, ¡eso es bien fácil! Todo lo que nosotros, ciudadanos contribuyentes de Estados Unidos, tenemos que hacer en esta salva de apertura de una nueva guerra fría es aplaudir al Congreso mientras canaliza aún más miles de millones de dólares a los contratistas habituales de la defensa, enviando así “una señal” a Pekín de que “vamos a defender los intereses estadounidenses” por todo el planeta. (¡Ahora pónganse a agitar la banderita!)

Pero no cuenten con que tal momento dure mucho, no si una nueva guerra fría comienza de verdad. Un vistazo rápido a la original debería recordarnos que todos pagaremos un precio de algún tipo si se intensifica la hostilidad hacia China (aunque el resultado no sea una guerra caliente). Quizás no sea demasiado pronto para empezar considerar cómo nos impactaría, a ustedes y a mí, un mundo así.

Una débil recuperación económica

Para la mayoría de los estadounidenses, la primera consecuencia de la intensificación de la guerra fría podría ser una recuperación más débil de la esperada de la crisis económica de la covid-19. Cualquier cosa que se interponga en el camino de un rápido restablecimiento -y una nueva guerra fría con China cae en esa misma categoría- sería una mala noticia.

A diferencia de la Guerra Fría original, cuando Washington y Moscú mantuvieron pocos vínculos económicos, las economías de EE. UU. y China permanecen entrelazadas, contribuyendo a la riqueza neta de ambos países y beneficiando a las industrias de este país orientadas a la exportación, como la agricultura y la fabricación de aviación civil. Es cierto que tales lazos han perjudicado también a los trabajadores manuales, que han visto cómo sus puestos de trabajo emigraban a través del Pacífico, y las compañías tecnológicas han tenido que soportar que unos advenedizos chinos robasen su propiedad intelectual. Donald Trump avivó los resentimientos ante esos problemas para conseguir salir elegido en 2016. Desde entonces, ha tratado dedesenmarañar las dos economías, proclamando que nos iría mejor por nuestra cuenta (America first!). Como parte de esta campaña, ya impuso duros aranceles a las importaciones chinas y bloqueó el acceso de las empresas chinas a la tecnología estadounidense.

Siéntanse libres para ponerse a discutir si China ha abusado de las reglas del comercio internacional, como han acusado Trump y sus aliados, y si imponer aranceles (pagados por importadores y consumidores estadounidenses, no por proveedores chinos) es la mejor manera de abordar el crecimiento económico de ese país. Sin embargo, lo más importante a tener en cuenta es que el crecimiento económico en ambos países se había desacelerado a raíz de la guerra comercial de Trump incluso antes del impacto de la covid-19. De hecho, a medida que 2019 llegaba a su fin, la perspectiva de aranceles aún más altos y una guerra económica intensificada estabahundiendo ya toda la economía global.

Y aunque algunos expertos creen que una relajación de los aranceles y otros pasos para mejorar el comercio entre Estados Unidos y China estimularía la economía en tiempos difíciles, Trump y sus halcones para los asuntos de China, liderados por el Secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor comercial de la Casa Blanca Peter Navarro, parecen considerar este momento como la oportunidad perfecta para redoblar las medidas anti-China. El presidente ya ha insinuado que está preparado para ordenar aún más aranceles sobre los productos chinos y tomar otras medidas para acelerar el “desacoplamiento” de las dos economías. “Hay muchas cosas que podríamos hacer”, le dijo a Maria Bartiromo de Fox Business a mediados de mayo. “Podríamos cortar toda relación”.

¿Cortar toda relación? Algunos de los responsables de la formulación de las políticas afirman que tal desacoplamiento estimularía el crecimiento en el país siempre que las empresas estadounidenses trasladaran la fabricación a Estados Unidos y a sus aliados cercanos. Sin embargo, este argumento ignora dos factores clave cuando se trata de estadounidenses desesperados ya por trabajar: primero, muchas de las tareas que actualmente realizan los trabajadores chinos se trasladarían a las plantas de México, Tailandia, Vietnam y otros centros de fabricación de bajo coste; y segundo, cualquier reubicación de líneas de producción completas a este país llevaría años lograrlo y, al final, sin duda, se va a acabar utilizando más robots que trabajadores. En resumidas cuentas: a nivel económico está garantizado que una guerra fría cada vez más intensa reducirá cualquier posibilidad de recuperación rápida de la depresión por  el coronavirus, lo que perjudicará las perspectivas de empleo de millones de estadounidenses.

El gasto militar no va a estimular la recuperación

Hay otro elemento que garantiza una nueva guerra fría: el aumento significativo en el gasto militar en un momento en el que la deuda nacional se ha incrementado y hay una necesidad desesperada de invertir en la recuperación económica interna.

A finales de junio, a menos que el Congreso vote a favor de la concesión de nuevas ayudas, se habrá agotado una gran parte de los 2.200 millones de dólares en ayuda de emergencia pandémica anteriormente autorizados, dejando sin empleo a millones de estadounidenses y en situación desesperada a muchos propietarios de pequeñas empresas. Los demócratas en la Cámara de Representantes dieron a conocer un plan de 3.000 millones de dólares adicionales para fondos de emergencia, incluida la ayuda para los estados y ciudades en dificultades y otra ronda de pagos directos a los ciudadanos. Sin embargo, los funcionarios de la Casa Blanca y muchos republicanosinsisten en que cualquier donación adicional a los estadounidenses comunes elevará la deuda federal a niveles insostenibles (un problema que nunca les preocupa cuando se trata de recortes de impuestos a favor de las corporaciones y los ricos). Por lo tanto, aprobar algo como ese paquete de estímulo parece cada vez menos concebible, y en el mes de julio puede haber millones de estadounidenses que no pueden pagar el alquiler, así como otros gastos esenciales.

Sin embargo, en lo que respecto al aumento del gasto militar, los republicanos no tienen esos reparos. Por ejemplo, el senador Tom Cotton, de Arkansas, ha presentado una Ley para la Creación de Resistencia Operativa a la Expansión China (FORCE, por sus siglas en inglés) de 43.000 millones de dólares (un título estupendo, ¿eh?) Su objetivo, afirma, sería “ayudar a frustrar el principal objetivo geopolítico del Partido Comunista Chino de expulsar a Estados Unidos del Pacífico occidental [y] lograr la unificación a través del estrecho con Taiwán mediante la fuerza militar”. Incluye, entre otras cosas,  3.900 millones para otro submarino tipo Virginia (que se suman a los 4.700 millones solicitados para ese mismo submarino en el presupuesto propuesto para el Pentágono en 2021) y 3.000 millones de dólares más para uno de los sistemas de armas más caros de la historia: el avión de combate F-35 (además de los 4.600 millones de dólares solicitados para 48 de esos aviones en ese mismo presupuesto).

Con los demócratas desesperados por demostrar sus propias credenciales antichinas, la aprobación de la Ley FORCE, o de la algo más modesta Iniciativa de Disuasión del Pacífico introducida por los Senadores Reed e Inhofe, parece ser algo seguro. De hecho, la necesidad de más fondos militares puede ser la razón de los republicanos para rechazar nuevas solicitudes de ayuda para la pandemia.

Pero, ¿actuará un mayor gasto militar como estímulo económico, tal como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial cuando ayudó a Estados Unidos a salir de la Gran Depresión?

De hecho, la aprobación de la Ley FORCE o una variante de la misma bombeará dinero adicional a la economía. Pero el complejo militar-industrial de hoy tiene poco que ver con el de hace 80 años, cuando millones de trabajadores fueron movilizados para producir miles de tanques y aviones mensualmente en un esfuerzo total para derrotar a la Alemania nazi. Hoy en día, el hardware militar se ha vuelto tan complejo que la mayor parte de los dólares gastados en un nuevo avión, tanque o barco se destina a materiales especializados y sistemas informáticos, no a ejércitos de trabajadores. Por lo tanto, es probable que los miles de millones de dólares para un nuevo submarino y más F-35 generen solo unos pocos miles de nuevos empleos, mientras que gastar las mismas cantidades en atención médica o educación primaria generaría muchas veces esa cifra.

Reclutamiento

Es conveniente tener también en cuenta el problema que debería estar en la mente de todos los hombres y mujeres jóvenes en Estados Unidos (junto con sus padres, abuelos y seres queridos): la llamada a filas.

A diferencia de la Guerra Fría original, los hombres jóvenes en este país ya no están obligados a servir en el ejército de EE. UU., aunque ellos (y sus colegas femeninas) pueden elegir hacerlo, ya sea por razones patrióticas, por necesidad económica o por ambas. A pesar de que Estados Unidos ha estado continuamente involucrado en “guerras interminables” desde los ataques del 11 de septiembre, los servicios armados han podido utilizar una variedad de incentivos económicos y educativos para llenar sus filas (y evitar las protestas pública por esas guerras que seguramente habría acompañado al reclutamiento). Esto ha sido posible en parte porque el número de soldados que participaron en combate en un momento dado no era tan enorme en comparación, por ejemplo, con las épocas de la guerra de Corea o Vietnam, y porque un inmenso número de tropas ya no estaban disponibles para “contener” a la Unión Soviética en Europa.

Sin embargo, una guerra fría a gran escala con China podría demostrar otra cuestión muy distinta, aunque los requerimientos de mano de obra del Pentágono se redujeran de alguna manera por las retiradas de tropas estadounidenses de Afganistán e Iraq. Sin duda serán necesarios grandes despliegues de fuerzas para participar en una versión moderna de la “contención” de China, por no hablar de la disuasión del aventurerismo adicional de la Rusia de Vladimir Putin. ¿Puede hacerse todo esto con un ejército de voluntarios? No si aumentan las tensiones con Pekín.

Cuenten con ello: en algún momento, la cuestión del reclutamiento volverá a surgir. Hasta ahora, el Departamento de Defensa no ha optado por restablecer la llamada a filas, una medida que requeriría de la aprobación del Congreso e indudablemente encendería un intenso debate político de tal índole que los altos funcionarios preferirían evitarlo en este momento. Aun así, la guía general del liderazgo, la Estrategia de Defensa Nacional de 2018, dejó bastante claro que Estados Unidos deberá enfrentar años de intensa rivalidad con sus “grandes competidores por el poder” y que una lucha tan épica bien podría requerir la movilización total de las capacidades de guerra estadounidenses. “La competencia estratégica a largo plazo [con China y Rusia]”, afirmaba, “requiere la integración perfecta de los múltiples elementos del poder nacional”. El reclutamiento no se mencionó específicamente, pero dado el nuevo enfoque en una China en ascenso y una Rusia temeraria, estará sobre la mesa más pronto que tarde.

Represión y discriminación

Otra característica de la Guerra Fría original que cabe esperar en una nueva es un ambiente de represión, intolerancia y discriminación. En este caso, sería contra los estadounidenses de origen chino, los estudiantes e investigadores chinos que se encuentran actualmente en este país, y los no chinos considerados de alguna manera como dependientes de esa potencia. Lamentablemente, ya han surgido señales de esto. Se ha enviado a agentes del FBI y del Consejo de Seguridad Nacional, por ejemplo, a las principales universidades de la Ivy League para advertir a los administradores que no admitan ni retengan a estudiantes chinos que puedan estar recopilando información científica y técnica para compartir con instituciones patrocinadas por el gobierno de su país. Al mismo tiempo, se ha denegado el visado a unos 30 profesores chinos vinculados con tales instituciones, a pesar de la historia de colaboración con académicos estadounidenses. En una medida de mucha mayor gravedad, se arrestó en enero al presidente del departamento de química de la Universidad de Harvard, Charles Lieber, por no informar sobre los ingresos que había recibido de una universidad china.

Muchos académicos estadounidenses han criticado tales acciones como un ataque a la libertad académica. Sin embargo, cada vez más, los funcionarios estadounidenses insisten en que representan un componente necesario de la nueva guerra fría. Y aunque esos funcionarios también insisten en que nuestro adversario en esta lucha es el Gobierno chino o las personas asociadas con él (aunque sea tangencialmente), muchos chino-estadounidenses están experimentando cada vez más sospechas y hostilidad solo por ser chinos. “Los chino-estadounidenses se sienten atacados, y eso es realmente doloroso”, dijo Charlie Woo, un destacado empresario chino-estadounidense.

La experiencia de la primera Guerra Fría sugiere que este tipo de intolerancia y represión no hará sino aumentar, con efectos potencialmente escalofriantes sobre la libertad intelectual y la situación racial ya profundamente inestable en este país.

Guerra caliente

Y no olviden nunca que las guerras frías siempre corren el riesgo de convertirse en guerras calientes. Mirando hacia atrás, es bastante fácil recordar esos años de enfrentamiento entre Estados Unidos y la URSS como una era relativamente libre de guerra, ya que las dos superpotencias temían que un conflicto directo de cualquier tipo entre ellas podía provocar una conflagración termonuclear total, dejando un planeta en ruinas. Sin embargo, en realidad, ambas partes se involucraron en una sombría variedad de sangrientas “guerras por poderes”: conflictos regionales en Corea, Vietnam y Afganistán, entre otros lugares, involucrando por un lado a las tropas de una superpotencia y a los aliados locales armados por la otra. Además, Estados Unidos y la Unión Soviética casi se enfrentaron en conflicto directo en varias ocasiones. La más notable, por supuesto, fue la crisis de los misiles en Cuba de 1962, cuando Moscú instaló misiles balísticos con armas nucleares en Cuba y Estados Unidos estuvo a punto de entrar en guerra para eliminarlos, lo que probablemente se habría convertido en un conflicto nuclear. Solo un último esfuerzo de negociación entre el presidente John F. Kennedy y su homólogo ruso, Nikita Khrushchev, evitó tal resultado.

Es bastante fácil imaginar que tanto las versiones contemporáneas de esos conflictos por poderes como de la crisis de los misiles en Cuba podrían surgir de una creciente confrontación con China. Un incidente en la península de Corea, sin importar cómo se haya desatado, podría convertirse rápidamente en una guerra por poderes. Sin embargo, el mayor peligro sería que las fuerzas estadounidenses y chinas se enfrentaran directamente, quizá a causa de un conflicto naval en el este o el sur del mar de China.

En estos momentos, los buques de guerra estadounidenses y chinos se encuentran regularmente en esas aguas, a menudo dentro del alcance de tiro (o incluso de embestida). La Marina estadounidense insiste en que está llevando a cabo “operaciones de libertad de navegación» (FRONOPS, por sus siglas en inglés) permitidas en aguas internacionales. Los chinos -que reclaman la propiedad de los numerosos atolones e islotes que salpican esos mares- acusan a los barcos estadounidenses de violar su territorio marítimo nacional. En ocasiones, las cañoneras chinas han navegado peligrosamente cerca de ellos, obligándolos a cambiar de rumbo para evitar una colisión. A medida que estos incidentes se multipliquen y las tensiones aumenten, crecerá elriesgo de un enfrentamiento grave que implique la pérdida de vidas en uno o ambos lados, proporcionando posiblemente la chispa para una confrontación militar a gran escala. Y no hay duda de una cosa: una guerra fría cada vez más intensa con China solo aumentará las probabilidades de que tal hecho suceda.

Nadie puede decir en qué momento ustedes o cualquiera de nosotros comenzará a sentir los efectos directos de esta nueva guerra fría, pero, a medida que las tensiones y los actos hostiles aumenten, las consecuencias van a ser realmente duras. Así que disfruten ahora si se aprueban las medidas ya tomadas para aislar y castigar a Pekín, reflexionen detenidamente antes de aceptar una guerra fría en toda regla con China y mediten en todo lo que puede conllevar.

* Michael T. Klare, colaborador habitual de TomDispatch.com, es profesor emérito de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y un destacado investigador en la Arms Control Association. Es autor de quince libros, entre los que figura el recién publicado All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change (Metropolitan Books).