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sábado, 2 de septiembre de 2017

¡Atención! Un bufón comanda el imperio


Por Emir Sader

EEUU siempre ha tenido el temor de no lograr mantener dos guerras a la vez. En el entusiasmo del consenso logrado para invadir y destruir a Afganistan – chivo expiatorio de los atentados a las Torres Gemelas, para librar de responsabilidades a Arabia Saudita, su aliado carnal -, el Gobierno norteamericano se lanzó, en ese momento solo con el apoyo de Reino Unido, a invadir y a destruir el país de la mas antigua civilización del mundo, Irak. Media década después, todavía continúan allí. No han logrado salir de ninguno de los dos países, a pesar de haberlos destruido.

Ahora, Donald Trump, que dirige el Imperio por twitter, dio dos declaraciones explosivas, a su más puro estilo. Dijo que Corea del Norte será victima del mayor y brutal ataque que el mundo ha conocido y, no contento con ello, de que contempla la posibilidad de una “solución militar” en Venezuela.

La Agencia Reuters dijo que hay una vía de comunicación directa y secreta entre Corea del Norte y los EEUU, una especie de teléfono rojo o amarillo. El New York Times alineó las razones por las cuales EEUU no se meterian con Venezuela: perdida de ganancias de empresas norte-americanas del petróleo, costo caro de importar petroleo de otros países mas lejos, ademas de las reacciones, que resucitarían más apoyo al Gobierno venezolano.

Pero Trump ya ha jugado con apretar el botón de la guerra, bombardeando a Siria y a Afganistán. Le gustó y tuvo apoyos dentro y fuera de EEUU, después de la operación de algunos medios sobre las crueldades que el gobierno de Assad habría cometido y que llevaron a Trump casi a las lágrimas. No fue necesario nada de ello para que tirara la madre de todas las bombas en Afganistan.

Racionalmente nadie tomaria en serio a los EEUU, metido todavía en Afganistán y en Irak , ademas de Siria y metiéndose a luchar contra Corea del Norte e invadiendo Venezuela, a la vez. Pero el hecho de ser el presidente con menor apoyo en los primeros seis meses de mandato, puede incitar a Trump a montar operaciones de miedo– como la que él hizo sobre Siria, yendo a las lágrimas con la exhibición de escenas de crueldad atribuidas al gobierno de Assad – para justificar alguna operación que, cree el, pueda aumentar su apoyo interno y mostrar al mundo que el está todavía en el comando del mundo.

Después de tantas barbaridades por parte de Trump, ya hay gente que no duda que se pueda meter en alguna nueva aventura nuclear en contra de Corea del Norte. Y que pueda querer “dar una lección” en Venezuela, valiéndose del del clima favorable en el continente, antes que pueda mudar, por ejemplo, con un eventual retorno de un gobierno hostil en Brasil.

Lo cierto es que un bufón, un boquirroto, está en el comando del Imperio y tiene el botón nuclear al alcance de su dedo y de su Twitter. Esa es la contribución de EEUU hoy a restablecimiento de la paz mundial. Solución que ya no resultó en Siria y tampoco ha logrado ser puesta en práctica en contra de Irán. Rusia salió fortalecida, como la gran adversaria del llamado Estado Islámico, y promotora de soluciones que superen la crisis de Siria. Todo ha resultado mal para EEUU. Además de que la incomodidad de las relaciones estrechas con Arabia Saudita implican el desgaste, por ser el país promotor de apoyo al Estado Islámico, agente mas importante del terrorismo en Próximo Oriente y en otros lugares del mundo.

Una locura de Trump en contra de Venezuela podría tener consecuencias, que se alastrarían por todo el continente. Hasta la misma OEA se vio obligada a condenar las declaraciones de Trump, lo mismo que hizo Vicente Fox.

Una locura de Trump en contra de Corea del Norte no podría sino tener efectos graves, con respuestas hacia Corea del Sur, ademas de que lo que quede de los países se volverían ingobernables. En Venezuela promovería un nuevo aislamiento grave de EEUU en América Latina. Y tampoco es seguro que los norteamericanos siguieran apoyando locuras de ese tipo, después de los fracasos y los desgastes en Afganistán, Irak y Siria.

Pero es bueno saber que un bufón está en el comando del Imperio y todo de malo puede ocurrir a partir de esa situación. Incluso la crisis final de la hegemonía imperial norteamericana en el mundo.


jueves, 30 de marzo de 2017

Assange



Por Horacio González

En Página/12 del domingo hay una entrevista que me gustaría comentar, no para agregar nada a lo que desde ya dice tan sugestivamente, sino para permitirme algunas reflexiones contiguas al tema que trata, con el deseo de seguir una discusión. El tema al que me refiero está en una excelente entrevista hecha por Santiago O’Donnell a Julian Assange, que provisoriamente me lleva a formular una inquietud. ¿Cómo se reconstruye una forma de la ciudadanía abierta, sustentada en un sujeto complejo y autodeliberativo, menos vulnerable a maniobras de agencias estatales que manejan operaciones secretas, sean políticas, jurídicas o militares? De otro modo, se trataría de la pregunta sobre cuánto de lo que nuestra conciencia cree ser una verdad, poseída exclusivamente por nosotros, se debe dejar pasar al mundo público. Ya sea para decirlo todo “brutalmente” o para dejar filtrar lo civilmente necesario, sin incurrir en “sincericidio” o retaceo de información. Es la antigua discusión sobre qué es un ciudadano, figura en declive en todo el mundo.

Julian Assange actúa con una ética personal, una suerte de protocolo reflexivo del débil, pero conoce perfectamente el funcionamiento de las comunicaciones políticas corporativas basadas en el sigilo o en el secreto, bajo la obvia hipótesis de que lo fundamental de la política sucede en torno a engarces secretos, encapsulamiento de claves, flujos informáticos reservados entre agentes de inteligencia (notoriamente en casos de guerras: Irak, Afganistan, Libia, Siria, etc.) o correos electrónicos sobre asuntos públicos circulados por vía privada (en el caso de Hillary Clinton). Hay pues un tipo de militancia novedosa en Assange dando a conocer el soporte secreto de “operaciones sigilosas” de Estados y Corporaciones, que suelen implicar muertes en acciones militares clandestinas o decisiones financieras sigilosas o ilegales que afectan a millones de personas.

En todas estas cuestiones ha intervenido la organización de Assange, con numerosos militantes en todo el mundo y respaldo de periódicos generalmente vinculados a un genérico y resistente progresismo mundial. Agreguemos que el gobierno de Cristina Kirchner y el de Lula en su momento lo han sostenido en su refugio en la Embajada de Ecuador en Londres, y formaron parte de su círculo de protección ante los violentos requerimientos judiciales que recibe de otros países. De la muy interesante entrevista de O’Donnell, se desprende la idea de un nuevo tipo de militancia planetaria de tipo tecnológica y con una red de agentes confidenciales preparados o espontáneos, casi siempre exógenos pero también en el seno de los grandes Bancos Mundiales de Información Secreta. Todo ello le exige al creador de WikiLeaks (nombre tomado a medias de lo que ya inventó Internet por su cuenta, y de las palabras fuga, escape… no de “gas” sino de “información”, que a su manera también es un tipo de fluido etéreo y asfixiante). Todo ello exige una visión geopolítica del mundo, una idea de lo estratégico –este viejo concepto Assange lo emplea a menudo– y una polarización nueva en las formas de lucha, como sería una confrontación con los establecimientos más poderosos de control de flujos o stocks de información mundial (Corporaciones, CIA, la incendiaria Iron Mountain y sus afines en todo el mundo) lo que sugiere un tipo de lucha en una esfera especial. No hay una sola Catalogación Secreta Universal, sino varias, escindidas por Estados, coaliciones, empresas, medios monopólicos de comunicación, etc., y por contraparte, la nueva militancia tecnológica neolibertaria, de revelación por filtración masiva –esperándose que su difusión sin más produzca efectos democratizadores en el horizonte social público.

El secreto mundial de países coaligados o no, hace de la información una lógica sistémica, pero muy movediza, con su correspondiente entropía (espero haber usado bien esta palabra). Los grupos de dominio ejercen un tipo de meta-control que posee sistematizaciones pero también sus propios puntos de fuga aparentemente dispersos, asimismo previstos o inspeccionados por ellos mismos. Es muy interesante el análisis de Assange del comportamiento del grupo de Hillary Clinton (con sus mails desplazados desde la dimensión pública a la encubierta), para lo cual, ante las pertinentes preguntas sobre sus “fuentes” que le hace el entrevistador, Assange debe decir que si esas informaciones las hubiera recibido de otro país con intereses en la elección norteamericana, de Rusia, por ejemplo,”no las aceptaría aun en el caso de ser documentos verdaderos”, pero potencialmente capaces de alterar relaciones de fuerza en las que el frágil perdería la potencia de lo que podríamos llamar su “interés desinteresado”, su causa vinculada a la ética universal altruista.

Assange asombra por la precisión de su lenguaje, con especulaciones de alta política y refinamientos geopolíticos, todo pasado por la creación de un poder contrainformático, cuyas notaciones de lenguaje son, lógicamente, las de la llamada bien o mal “revolución informática”. En Assange la descripción de lo que hace WikiLeaks es cruda, incisiva, directa, absolutamente profesional. Obliga a pensar en la distancia con los estilos y destinos militantes que muchos conocimos y practicamos, y seguimos practicando, fuera de este proyecto tan complejo de captura de información reservada, enseguida convertida en actos judiciales (pues difunde secretos, masacres o maniobras de Agencias especializadas en vigilancias, escuchas y seguimientos de vidas), luego en un juego de fuerzas entre países, y en la laboriosa construcción de una ética del uso de la información. Esta última tarea de profundo interés, que se evidencia en las entrelíneas de la entrevista a Assange, merece atención y debate. Pues todo indica que esta experiencia modifica la estructura tradicional del juicio político, al menos en cuanto a que este tenía (y tiene) un componente literal y otro de paradoja de las consecuencias –ambos públicos– a lo que se agrega la amplia faja de comunicaciones cerradas a espaldas del arcaico “contrato social”, con planificaciones militares, políticas o financieras al margen del supuesto panóptico social democrático, en vías de extinción como espacio público.

Si este espacio existe ya no lo vemos nosotros sino que está disuelto en las redes precintadas del Estado o corporaciones aledañas; es él quien siempre nos ve a nosotros. La paradoja de las consecuencias que permitía un tinte trágico pues se refería a quien quería el bien y producía el mal, ahora es al revés y enfoca el caso Trump, que invierte la ecuación. Es lo más inconveniente por su patoterismo racista, pero sus “efectos” reales pueden ser favorables a que se abran fisuras alternativas, reacciones populares, una nueva unidad latinoamericana y acciones por el estilo. ¿Podemos pensar así? Zizek, en este diario, lo ha insinuado. “La única manera de responder a Trump hubiera sido apropiarse de la rabia contra el establishment y no descartarlo como primitivismo de basura blanca”. Assange no ha expulsado de su lenguaje la palabra “tragedia”, propia de la paradoja de las consecuencias entendidas a la manera clásica, como lo incierto e imprevisible de cualquier acto político. La emplea para el caso Hillary. La tragedia de ella está irónicamente descrita. Primero ocultó procedimientos irregulares en redes, luego ocultó lo que ocultaba y en una tercera vuelta de tuerca ocultó lo que ocultó que ocultaba. Una tragedia alude a la más vieja noción sobre lo político, elegir entre dos polaridades inconvincentes. Respiramos: ella anima una consideración sobre la naturaleza última de lo político, que nos devuelve a la lógica de lo público, del viejo ciudadano informado de por sí, que sabe de las contradicciones mundanas más que de estas maniobras en las tinieblas, que precisan un nuevo tipo de héroe perseguido para develarse. Pero éste no es tema de Assange.

Y cuando habla de este tema, Assange lo simplifica: libertad de expresión contra autoridad. Aperturas de los cofres secretos de los países imperiales ante crímenes militares y financieros. Recibimos, es claro, la tarea imaginativa de Assange como necesaria, además de su tarea provocarnos solidaridad y honda simpatía. Pero intuimos que estas opiniones deben ser pasadas nuevamente por el cedazo de los legados militantes por todos conocidos. Por eso, otra cuestión es la que se abre ante el juicio sobre Trump. Todo lo que dice sobre él Assange ingresa dramáticamente en el debate actual: ¿Qué hay que acentuar primero, su xenofobia, su desprecio a instituciones y personas, su guerrerismo real o impostado, o lo que llamaríamos la paradoja de que con sus arbitrariedades flagrantes, facilita el reagrupamiento mundial de radicalizaciones democráticas o izquierdas nuevas, hoy aletargadas? No está claro en Assange, porque lo que no prima en él es la clásica manera del análisis político, en la que la reflexión política complementa con sus conocimientos históricos el estilo de investigación en las tinieblas. Así es entre nosotros en la larga tradición que tiene este tema desde Rodolfo Walsh a Horacio Verbitsky.

Assange evoca a menudo consignas libertarias, o del liberalismo anarquista. Cuando explica el triunfo de Macri apela a las “redes sociales” y agrega que probablemente ahora está más débil también por las mismas redes. Por cierto, nunca, nada o nadie dejan ahora de usar las redes sociales, pero todavía no se ha escuchado una teoría sobre ellas al nivel de lo que propone Assange, que inevitablemente debería conceptualizar más profundamente las menciones u omisiones a la fuente, el sistema jurídico ya reventado por dentro, el secreto sobre operaciones no legales, los efectos de una revelación y –como si esto fuera poco–, la existencia de un operador cuya biografía es conocida, el propio Assange, asumiendo la figura encomiada del perseguido internacional, refugiado en la embajada europea de un país latinoamericano, por querer recrear una “polis genuinamente informada” a la altura de la “razón comunicativa”. Pero filosóficamente corresponde a una historia sin sujeto, que por momentos debe aclarar cómo se producen otras operaciones similares. Por ejemplo, con la apertura de los Panama Papers, Assange comunicó que ese procedimiento provino de un organismo norteamericano de estrepitoso nombre, la Organized Crime and Corruption Reporting Project. Al parecer el objetivo era Rusia, para lo cual no importaba que otros, los muy conocidos bribones vernáculos, la ligaran de rebote. ¿Cómo juzgar entonces esta guerra entre organismos que investigan las entrañas del monstruo, incluso los que el propio monstruo alimenta? No dudamos de que este es un nuevo elenco de contradicciones, pero lo que hay que ver es si éstas explican las formas clásicas de la ética y el análisis político, o si a la inversa, la vieja tarea militante social e historizada, no ha fenecido, obligándose sin embargo a estar al tanto de estas luchas entre agrupaciones especializadas en revelaciones diseminables en el seno de lo popular-ciudadano.

Este movimiento de piezas geopolítico-informáticas embutidas en la dialéctica del secreto y revelación del secreto, a diferencia de los viejos ejercicios de “desenmascaramiento ideológico” muestran necesariamente su preferencia a analizar los acontecimientos mundiales por sus consecuencias y no por la forma ética de su origen. Algo semejante ocurre con Zizek, pero este es el caso de un filósofo que intenta reconstruir el sujeto desde sus propios vacíos e inconsistencias, incluso sin abandonar del todo al sufrido Descartes. Para quienes obviamente seguimos sosteniendo las militancias clásicas y también apoyamos a Assange, sin embargo deberíamos sostener en primer lugar lo inadmisible de la figura de Trump, antes de postular que habrá consecuencias inversas de sus biliosas acciones, gracias a su obtusa inhumanidad. Eso podrá suceder; seguramente ya está sucediendo, pero si empezamos por ahí, luego nos obligamos a declarar “¡eh, pero nada que ver con Trump!”, lo que en verdad, para Assange y todos nosotros, no debe ser una aclaración a posteriori –a pesar de Hillary y de que la CIA estaba más de acuerdo con ella que con él–, sino un punto de partida moral, para luego ser consistentes en la reflexión sobre lo inevitablemente paradójico de toda afirmación política. Esto nunca dejará de ocurrir, si no el mundo entero estaría a merced de los burócratas de la escucha secreta y su corte de difusores que se arrogan la primicia del análisis de la palabra “pelotudo”* dicha de un modo que hasta la Real Academia –organización no clandestina de España– dictaminaría como “uso irónico y de sentido reversible entre personas que se tienen confianza”.

* Gilipollas, en castellano estándar.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Siete preguntas incómodas sobre ISIS y las guerras contra el terrorismo


Por Iñigo Sáenz de Ugarte

¿Es el terrorismo yihadista el más peligroso?

Sí, para los musulmanes. Hace unos días, ISIS asesinó a 37 civiles en Beirut en una zona habitada en su mayoría por chiíes. En nuestros países, nadie puso en circulación hashtags o campañas de homenaje. Incluso muchos medios titularon que el atentado se había producido en una “zona controlada por Hizbolá”. No se hacen hashtags por Hizbolá.

En las guerras de Irak y Siria decenas o centenares de miles de musulmanes han muerto en esas guerras civiles cuyo punto de arranque fue la invasión norteamericana de Irak. No lo olvidemos. El derrocamiento de Sadam Hussein tenía como objetivo no ya acabar con una dictadura, sino rediseñar las fronteras políticas de Oriente Medio e iniciar una nueva era.“Seremos recibidos como libertadores”, dijo Cheney en marzo de 2003.

Fue uno de los grandes errores históricos de siempre, a la altura de la invasión soviética de Afganistán o la decisión de Hitler de lanzarse sobre la URSS. Reforzó a Irán al llevar a sus aliados al poder en Bagdad y alentó una paranoia creciente en los regímenes suníes sobre el creciente poder de los chiíes. La campaña de bombardeos saudíes en Yemen debe mucho, casi todo, a esa confrontación que se repite con distintas formas en varios puntos de Oriente Medio y ha creado suficientes monstruos como para que nos atormenten durante años. Siempre estamos a tiempo de crear más.

¿Es ISIS, como antes Al Qaeda, un amenaza real e inminente para los habitantes de Europa y EEUU?

La horrible carnicería de París nos lleva a pensar que el terror tiene en este planeta la forma de un joven musulmán fanático que hará lo que sea para matar a un europeo o norteamericano. La realidad indica que eso no es cierto. En EEUU, es más fácil acabar tiroteado por un compatriota.

Pero hay muertes que no exigen lanzar una guerra universal.

Evidentemente, si el que comete una matanza es un ultra cristiano, no hay que profundizar demasiado. Es sólo un loco. Su odio no representa a nadie y aquí no hay nada más que ver.

¿Nos enfrentamos a una guerra que hay que afrontar como tal y sin contemplaciones?

Ese es el punto de vista de los halcones y de los que piensan que no hay problema estratégico que no se pueda solucionar matando gente. Son los que creen que cada año nos enfrentamos al dilema de Neville Chamberlain y que ignoramos que siempre hay que luchar contra el mal absoluto con las armas en la mano.

Desde 2001, los países occidentales han invadido Afganistán e Irak. Han lanzando sus drones sobre Pakistán, Yemen y Somalia en una campaña permanente que nunca tendrá fin. Han impuesto en Libia una zona de exclusión aérea que propició el derrocamiento de Gadafi. Han tolerado la invasión saudí de Yemen. Han reconstruido ejércitos como el iraquí que se han revelado como una banda mediocre y corrompida. Han anunciado que el régimen sirio debía desaparecer, ayudado a algunos grupos insurgentes y tolerado que saudíes y turcos armen a los más peligrosos de los enemigos de Asad. Han lanzado una campaña de bombardeos contra ISIS que lleva ya 8.125 ataques aéreos hasta el 12 de noviembre (con un coste de 5.000 millones de dólares, una media de 11 millones diarios), a la que ahora se ha sumado Rusia.

No parece que en catorce años la ideología oficial de Occidente haya sido el pacifismo. Sarkozy ha dicho que “nada puede ser como antes, debe ser una guerra total”. Entonces, ¿cómo definiría lo que ya ha ocurrido desde 2001?

¿Es una guerra contra el Islam en la que todos los musulmanes son sospechosos?

Nada gustaría más a los yihadistas que se extendiera esa idea en Europa. No hay que negar que muchos europeos piensan así, de lo contrario Marine Le Pen no insistiría tanto en ello. Para ISIS, sí es una guerra de civilizaciones frente al Occidente de los “cruzados” en la que pretenden reclutar a los musulmanes para convencerles de que la “yihad” que les exige su religión no consiste en esforzarse en vivir bajo sus preceptos, sino embarcarse en una guerra permanente contra los infieles.

Precisamente, eso es lo que sostenía una y otra vez Al Qaeda. Pensemos en todos los artículos tras el 11S que nos alertaban de que la organización de Bin Laden pretendía llevar el Islam al corazón de Europa, recuperar “Al Andalus” y sus glorias del pasado. Era la guerra definitiva en la que la típica pusilanimidad europea hacía prever un futuro oscuro.

Nada de eso ocurrió. No hubo ningún Al Andalus yihadista. Los musulmanes de Francia, Reino Unido y España no se rebelaron contra sus amos paganos. Bin Laden acabó escondido en un chalé viendo cintas de vídeo, fue eliminado a sangre fría y su cuerpo, tirado al mar. Su organización en Irak fue aniquilada (aunque resucitaría con otro nombre, el de ISIS, gracias a ese Estado fallido que es Irak y a la guerra siria).

Hay otra forma de ver lo que Bin Laden consiguió por si nos da alguna pista sobre lo que pasará con ISIS. En una época en la que a los líderes europeos les cuesta dejar su huella, podríamos preguntar si no es cierto que Bin Laden tendría razones, si siguiera vivo, para presumir de sus logros.

En cierto modo, esa guerra permanente ha tenido en Occidente un precio terrible en términos políticos, económicos y morales. Nuestros inmaculados valores se defendieron en la prisión de Abú Ghraib desnudando a los presos y colocándoles una correa en el cuello; en Haditha, Irak, asesinando a sangre fría a hombres, mujeres y niños; y en las prisiones ocultas de la CIA aplicando el ‘waterboarding’ a los sospechosos de terrorismo.

Me pregunto de dónde sacarán algunos que la prosperidad de Occidente nos ha vuelto blandos.

¿Cómo se alimenta la base ideológica del yihadismo?

La superioridad racista y xenófoba que sienten los yihadistas tiene uno de sus principales orígenes contemporáneos en el wahabismo saudí. A partir de aquí, no es necesario escribir más. En estos momentos tan dolorosos sería de mal gusto destacar que los valores republicanos franceses tienen un precio, eso sí, muy alto. Francia venderá a Riad todas las armas que necesite, por ejemplo para sostener futuras guerras como la actual de Yemen. Quizá esas armas vuelvan para despertarnos de nuestros sueños dentro de unos años, aunque habrá quien diga que somos inocentes. Lo nuestro sólo eran negocios.

¿Existe una amenaza interior en Occidente, una quinta columna yihadista?

Si fuera así, hace tiempo que atentados como los de Madrid, Londres y París se habrían repetido con una frecuencia insoportable. Pero es cierto que Francia tiene un grave problema. Cualquiera que conozca Londres y París conoce las diferencias entre ambas ciudades, sabe que en la capital francesa una generación de jóvenes, hijos y nietos de inmigrantes, ha crecido en su rechazo al Estado y el odio al único organismo público con el que tienen relación, la Policía. No conocen nada de laégalité y fraternité que aparecen en las grandes declaraciones de los políticos.

Los poderes públicos sí hacen promesas, muchas, sobre la necesidad de que el Estado no abandone a las banlieues. Diez años después de los disturbios de 2005, “nada ha cambiado”.

Muchos de esos jóvenes se conforman con una cierta violencia de baja intensidad con la que responder a las injusticias, sean reales o exageradas. Algunos pueden ir más lejos y el Estado empieza a temer que sean demasiados como para controlarlos.

¿Significan los atentados de París que ISIS está más fuerte que nunca?

En los últimos días, los yihadistas han sufrido claras derrotas en la guerra siria. Una, ante los kurdos de las milicias del YPG, con el apoyo norteamericano, en la localidad de Sinjar, y la segunda en la provincia de Alepo, donde el Ejército ha levantado el sitio de la base de Kuweiris.

No está más fuerte que hace seis meses. No tiene ninguna posibilidad de avanzar hacia Damasco, mucho menos con el apoyo aéreo ruso a Asad. EEUU está aumentando sus suministros a los kurdos, su única manera de debilitar a ISIS sin fortalecer al mismo tiempo a Al Qaeda o Asad.

Pero hay que aceptar que mientras haya una guerra en Siria y el Estado iraquí sea incapaz de controlar su territorio, ISIS seguirá existiendo.

Cabe una posibilidad muy preocupante, que los yihadistas decidan que su “califato” no verá aumentar el territorio que controlan en Siria, y que su próximo campo de batalla está en Europa. Que quieran emular a la Al Qaeda de Bin Laden y su proyecto de atacar al “enemigo lejano”. Causarán mucho dolor, pero correrán el mismo destino.

martes, 10 de noviembre de 2015

Los turistas del Imperio


Por William Astore *

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Haciendo selfies en Iraq y Afganistán
Introducción de Tom Engelhardt

¡Afganistán!

Aunque la historia vaya de la caída de una ciudad importante en manos de los talibán, de la destrucción de un hospital con su personal y pacientes dentro o del anuncio del presidente de que las tropas de EEUU van a seguir en ese país al menos hasta 2017, la verdad es que nunca sientes que haya un signo de exclamación en la palabra “Afganistán”. Catorce años después, sigue formando parte del ambiente relativamente monótono de la realidad de la vida estadounidense. No obstante, imaginen por un momento que saltan a una máquina del tiempo y realizan un viaje al pasado, a 1978. Allí, le dicen al primer estadounidense con el que se tropiezan que acaban de chutarse hacia el futuro y han descubierto que, a partir de 1979, EEUU iba a involucrarse en dos guerras (rotas por una semiausencia de una década de duración) en un único país hasta sumar un cuarto de siglo de conflicto. Si a continuación hubieran planteado una adivinanza sobre qué país podría ser ese, puedo garantizarles una cosa: que ningún estadounidense hubiera respondido que Afganistán.

Puedo también garantizarles algo más: si hubieran insistido en que se trataba del futuro bélico de EEUU, es posible que les hubieran recluido. Volviendo a 1978, si un estadounidense sabía algo de ese país, probablemente fuera como una parada exótica de la “ ruta hippie ”, no como una tierra devastada por una guerra de la que EEUU no podría salir nunca. La mera idea de que Afganistán era crucial para la “seguridad nacional” estadounidense o de que EEUU bombearía algún día hacia ese país cientos de miles de millones de dólares en un infructuoso intento por lograr “seguridad” habría parecido ridícula. Del mismo modo, en los interminables años de nuestra segunda guerra afgana, en los que el país se convertiría en el principal productor mundial de un único producto agrícola con rendimientos que batenconsistentemente records –por supuesto, estoy hablando de opio- y que es responsable del 75% del suministro mundial de heroína, habría parecido material para una novela de ciencia ficción y no la realidad. Todo esto hubiera sido inimaginable en los EEUU de 1978.

Así pues, ¡bienvenidos de vuelta al siglo XXI! Que nada de esto nos sorprenda hoy en día, que la palabra “Afganistán” no se sitúe entre signos de exclamación (o al menos de interrogación) en nuestro pensamiento, no hablemos ya de las noticias, nos dice lo extraño –y sin embargo normal- que ha llegado a ser el mundo imperial de la “única superpotencia” del planeta. Como el colaborador habitual de TomDispatch, el teniente coronel retirado de la fuerza aérea William Astore sugiere hoy, lo que este país necesita es una intervención médica. Después de todo, como bien señala, en Afganistán y otros lugares estamos sufriendo del Síndrome del Turismo Imperial. 

Tom.

* * *

Estados Unidos es una especie peculiar de imperio. Para empezar, los estadounidenses llevan instalados en lo que podría llamarse negación imperial desde la guerra de España y EEUU de 1898, cuando no antes. Imperio, ¿nosotros? Negábamos su existencia incluso cuando nuestros soldados estaban administrando “curas de agua” (aka, simulacro de ahogamiento) a los recalcitrantes filipinos hace más de un siglo. ¡¿Cómo demonios?! Incluso nos contábamos a nosotros mismos que estábamos liberando a esos mismos filipinos, lo que nos lleva al segundo punto: EEUU no sólo niega sus ambiciones imperiales, sino que las envuelve en un estilo curiosamente estadounidense de cristianizada teología de la liberación. En él, los soldados estadounidenses no son nunca considerados como conquistadores u opresores, siempre como liberadores y portadores de libertad, o al menos como ayudantes e instructores. Hay suficiente sustancia en este mito (II Guerra Mundial y Plan Marshall, por ejemplo) como para ocultar realidades imperiales mucho más feas.

Negar que somos un imperio mientras ocultamos su parte fea con palabras de misionero son dos aspectos duraderos de la marca del imperialismo estadounidense, y hay un tercero también, aunque rara vez se señala. Mientras el ejército estadounidense acuartela el planeta y sólo sus fuerzas de operaciones especiales visitan más de 140 países al año, las tropas estadounidenses se han convertido efectivamente en el equivalente imperial de los turistas trotamundos. Sobrecargados de equipo técnico y artilugios (armas letales, sensores intrusivos), en gran medida ignorantes de las culturas extranjeras, llegan con ganas de ayudar y predispuestos para la acción, pero nunca (individualmente) se quedan mucho. Piensen en ellos como la versión siglo XXI del estadounidense feo de la era de Vietnam.

El estadounidense feo de nuestros días puede que no sea ya el entrometido operativo de la CIA de antaño; puede que “él” incluso no sea humano sino un avión no tripulado [drone] “made in USA”. Piensen en esos drones como si fueran turistas estadounidenses especialmente inoportunos, cruzando las exóticas y pintorescas periferias del planeta cargados de cámaras y armamento, listos para intervenir de forma letal mientras sus operadores, posiblemente a miles de kilómetros de distancia, no entienden nada. Como turistas normales de carne y hueso, el dron “ve” el terreno local, “siente” la actividad local, “detecta” pautas de comportamiento entre los habitantes que parecen amenazadoras y entonces los cose a bombazos. Por supuesto, el dron y sus operadores no viven en la tierra ni captan los matices de la vida local, al igual que los turistas de verdad. Están literalmente por encima de ellos, desconectados de todo, e incluso cuando matan, a menudoequivocadamente, vuelan sanos y salvos de vuelta a casa.

El síndrome del turismo imperial

Llámenlo síndrome del turista imperial, una estrafalaria desgracia estadounidense que crea su propia dinámica autosostenible. Para un habitante local, podría parecer algo como esto: las fuerzas estadounidenses llegan a tu país, disparan unas cuantas cosas (¡liberación!), hacen algunos selfies y después, con un poco de suerte, cogen y se van (al menos por un rato). Si no hay suerte, mantienen mucho tiempo su “bienvenida”, aumentan su presencia un tanto y generan el caos hasta que, tarde o temprano (en lugares como Iraq y Afganistán, mucho, mucho más tarde), van y se largan, no siempre con gallardía (de lo que fueron testigos Saigón en 1975 o Iraq en 2011).

Y aquí viene lo más extraño de esta versión inequívocamente estadounidense de lo imperial: una persistente mentalidad de brevedad en el tiempo que sólo parece alimentar lo opuesto: guerras que persisten sin fin. En esas guerras, muchos de los turistas imperiales del país, armados hasta los dientes, se encuentran con que son enviados de vuelta una y otra vez para un período de servicio abreviado, hasta que deja de parecer una aventura y se asemeja cada vez más a una sentencia de cárcel.

La paradoja de los tiempos breves aplicados a guerras de largo plazo es irresoluble porque, como se ha demostrado repetidamente en el siglo XXI, es imposible ganar esas guerras. Los expertos miliares critican a la administración Obama por carecer de estrategia global, ya sea en Siria, Iraq, Afganistán o cualquier otro lugar. No se enteran de nada. Los turistas imperiales no tienen una estrategia: tienen un itinerario. Si es martes, esto deber ser Yemen; si es miércoles, Libia; y si es jueves, Iraq.

De este modo, los turistas de combate estadounidenses siguen haciendo ciclos yendo y viniendo a zonas conflictivas del planeta, algunas veces en viajes de un año, pero a menudo mucho más breves. Van bien armados, como cabría esperar en zonas bélicas activas como Iraq o Afganistán. Sin embargo, al igual que los turistas normales, llevan cámaras además de otros sensores y permanecen alerta para hacerse fotos exóticas que compartir con sus amigos o compañeros de vuelta a casa. (Echa aquí un vistazo, ¡una pirámide humana de desnudos en la prisión de Abu Ghraib!)

Al igual que los turistas, también se mantienen alerta ante la posibilidad de que en este particular safari imperial algunas de esas gentes exóticas puedan necesitar que les dispares. Hay un chiste que tiene garantizado provocar conocidas risas dentro de los círculos militares: “Incorpórate al ejército, viaja a tierras exóticas, conoce a gente interesante, y mátalos”. Originalmente un eslogan antibelicista de la era de Vietnam, se ha convertido en algo así como una broma en los militarizados EEUU tras el 11-S, una broma inaceptable cuando consideras la magnitud de los recuentos de víctimas extranjeras de estos años, que se hacen más reales (al menos para nosotros) cuando van acompañados de las desasosegantes fotos-trofeo de tropas estadounidense orinando sobre los cadáveres enemigos o posando con alguna parte de los cuerpos del enemigo.

Esta es la realidad de fondo de los conflictos del siglo XXI de Washington: no importa qué “estrategia” inventemos para combatirlos, siempre seremos breves turistas en guerras a largo plazo.

Turismo imperial: Una receta infalible para la derrota

Es todo tan trágicamente previsible. Cuando los turistas imperiales van contra los “terroristas” extranjeros, ¿adivinan quién gana? No llamen a las tropas estadounidenses. No carecen de espíritu combativo. Luchan para ganar. Pero cuando sus vacaciones imperiales (intervenciones militares/invasiones) se convierten en permanencias neocoloniales (ejercicios interminables para construir nación, entrenamiento de tropas, asistencia a la seguridad y cosas parecidas), ya han perdido, no importa cuántas cartas estilo “lo estamos pasando muy bien” –o los brillantes informes de avances al Congreso- se envíen a los padres en casa.

Por definición, los turistas, imperiales o de otra clase, siempre quieren volver a casa al final. El enemigo, desde el principio, está por lo general ya en casa. Y no hay tácticas inteligentes, ni manual COIN (contrainteligencia), ni armas de última tecnología o cazadores-robot que puedan cambiar nunca esa realidad fundamental.

Era una dinámica que resultaba ya obvia hace cinco décadas en Vietnam: una mentalidad burocrática que implicaba la rotación constante de unidades y comandantes; un proceso de innecesaria reinvención de los conocimientos más básicos mientras las unidades desplegadas se largaban corriendo y eran sustituidas por nuevas unidades; y el uso de todo tipo de armas y sensores de exterminio de última tecnología; todo ello, desde el agente naranja al napalm a las batallas electrónicas y a lo último en aviones de combate y bombarderos, todo para nada. En esas condiciones, incluso la superpotencia estadounidense carecía de poder de permanencia, precisamente porque nunca intentó quedarse. En EEUU se hacía a menudo referencia al aspecto de “permanencia” de la guerra de Vietnam como “atolladero”. Por supuesto, para los vietnamitas, su país no era el “inmenso lodazal” que te va succionando. Era su patria. Tenían pocas opciones al respecto; se quedaron y lucharon.

Combinen un itinerario militar con uno turístico y una mentalidad que hace que ambos coincidan, un alto mando que en sus propias responsabilidades de rotación carece de toda responsabilidad ante los errores y una burocracia bizantina muy pesada y habrán encontrado la receta segura para la derrota. Y, una vez más, en el siglo XXI, ya sea entre los soldados rasos o en los mandos más altos, hay poca continuidad o rendición de cuentas en lo que respecta a la presencia militar de EEUU en tierras extranjeras. Los comandantes están continuamente rotando fuera y dentro de las zonas de guerra. A menudo, hay uno nuevo cada año. (He contado 17 comandantes de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad para Afganistán, la coalición militar liderada por EEUU, desde diciembre de 2001). Las tropas estadounidenses pueden servir en múltiples misiones en el exterior, sin embargo rara vez son enviados a la misma zona. Las misiones son secuenciales, no acumulativas, por tanto, la curva de aprendizaje que se exhibe es plana.

Hay una escena al principio de la cuarta temporada de “Homeland” en la que el exjefe de la CIA, Saul Berenson, está hablando con unos cuantos generales de cuatro estrellas. Dice: “Si en 2001 hubiéramos sabido que íbamos a quedarnos tanto tiempo en Afganistán, habríamos tomado decisiones muy diferentes. ¿Verdad? En cambio, nuestros ciclos de planificación pocas veces iban más allá de doce meses. Por tanto, no se trata de que hayamos librado una guerra de catorce años, sino una guerra de un año emprendida catorce veces”.

Bastante cierto. En Afganistán, y también en Iraq, EEUU ha luchado de forma secuencial en vez de acumulativa. No resulta sorprendente por tanto que esos esfuerzos secuenciales, no importa lo masivos y costosos que hayan sido, no se hayan sumado. Sólo ha sido un maldito tour tras otro.

Pero el eslogan de Saul sobre Afganistán es más sospechoso: “Creo que nos vamos con el trabajo medio hecho”. Para él, así como para el establishment de Washington de este momento, EEUU necesita mantener el rumbo (al menos hasta 2017, según el reciente anuncio del presidente Obama), tiempo durante el cual supuestamente vamos a tropezar con una estrategia a largo plazo similar a la de El Dorado en la que realmente EEUU se impone.

Por supuesto, la opción que nunca ha estado sobre la mesa de Washington es la opción obvia y lógica: sencillamente poner fin al turismo imperial. Con mis disculpas hacia Elton John, “lo siento” es sólo la segunda expresión más difícil para los oficiales estadounidenses. La primera es “adiós”.

Una gran derrota (Vietnam, 1975) podía haber mantenido bajo control la fiebre del turismo imperial durante un tiempo. Pero dadnos una década o tres y los estadounidenses estamos de vuelta, cabalgando de nuevo por colinas extranjeras, confiando contra toda lógica en que el viaje de este año sea mejor que el desastre del año anterior.

Dicho de otro modo, ¡una estrategia sostenible a largo plazo para Afganistán es precisamente lo que el gobierno estadounidense ha sido incapaz de generar durante catorce años! ¿Por qué debería ser 2015 o 2017 o 2024 diferente de 2002 o 2009 o de hecho cualquier otro año de la implicación estadounidense?

A algún nivel, el ejército de EEUU sabe que está jodido. Esa es la razón de que sus comandantes jugueteen tanto con el armamento, el entrenamiento, la tecnología y las tácticas. Son las cosas que pueden controlar, las cosas que parecen reales mientras que los pueblos extranjeros no (al menos para nosotros). Seamos realistas: los acontecimientos del pasado, así como los del presente, sugieren que las armas, y cómo usarlas, son lo que los estadounidenses mejor conocen.

Pero, ¿las tierras, los pueblos extranjeros? No podemos controlarlos. No los comprendemos. No podemos contar con ellos. Son sólo parte del paisaje que estamos eternamente atravesando, en ocasiones como pueblos a los que ayudar y lugares a reconstruir, otras veces, como pueblos a los que matar y lugares a destruir. No los sentimos como verdaderamente reales. Son las atracciones turísticas del proceso bélico estadounidense, algunas veces exóticas, otras letales, pero (para nosotros) extrañamente carentes de sustancia.

Y precisamente por eso fracasamos. 

* William J. Astore, es teniente coronel retirado (USAF) y profesor de historia. Colabora habitualmente con TomDispatch. Es editor del blog Contrary Perspective.

martes, 9 de junio de 2015

La nueva geopolítica del petróleo


Por Ignacio Ramonet

Josetxo Ezcurra

¿En qué contexto general se está dibujando la nueva geopolítica del petróleo? El país hegemónico, Estados Unidos, considera a China como la única potencia contemporánea capaz, a medio plazo (en la segunda mitad del siglo XXI), de rivalizar con él y de amenazar su hegemonía solitaria a nivel mundial. Por ello, Washington instauró secretamente, desde principio de los años 2000, una “desconfianza estratégica” con respecto a Pekín.

El presidente Barack Obama decidió reorientar la política exterior norteamericana considerando como criterio principal este parámetro. Estados Unidos no quiere encontrarse de nuevo en la humillante situación de la Guerra Fría (1948-1989), cuando tuvo que compartir su hegemonía mundial con otra “superpotencia”, la Unión Soviética. Los consejeros de Obama formulan esta teoría de la siguiente manera: “Un sólo planeta, una sola superpotencia”.

En consecuencia, Washington no deja de incrementar sus fuerzas y sus bases militares en Asia Oriental para intentar “contener” a China. Pekín constata ya el bloqueo de su capacidad de expansión marítima por los múltiples “conflictos de los islotes” con Corea del Sur, Taiwán, Japón, Vietnam, Filipinas… Y por la poderosa presencia de la VIIª flota de Estados Unidos. Paralelamente, la diplomacia norteamericana refuerza sus relaciones con todos los Estados que poseen fronteras terrestres con China (exceptuando a Rusia). Lo que explica el reciente y espectacular acercamiento de Washington con Vietnam y con Birmania.

Esta política prioritaria de atención hacia el Extremo Oriente y de contención de China sólo es posible si Estados Unidos logra poder alejarse de Oriente Próximo. En este escenario estratégico, Washington interviene tradicionalmente en tres ámbitos. En primer lugar, en el ámbito militar: Washington se encuentra inmerso en varios conflictos, especialmente en Afganistán contra los talibanes y en Irak-Siria contra la Organización del Estado Islámico. En segundo lugar, en el ámbito de la diplomacia, en particular con la República Islámica de Irán, con el objetivo de limitar su expansión ideológica e impedir el acceso de Teherán a la fuerza nuclear. Y, en tercer lugar, en el ámbito de la solidaridad, especialmente con respecto a Israel, para quien Estados Unidos sigue siendo una especie de “protector en última instancia”.

Esta “sobreimplicación” directa de Washington en la región (particularmente después de la Guerra del Golfo en 1991) ha mostrado los “límites de la potencia norteamericana”, que no ha podido ganar realmente ninguno de los conflictos en los cuales se ha implicado fuertemente (Irak, Afganistán). Conflictos que han tenido, para las arcas de Washington, un coste astronómico con consecuencias desastrosas incluso para el sistema financiero internacional.

Actualmente, Washington tiene claro que Estados Unidos no puede realizar simultáneamente dos grandes guerras de alcance mundial. Por lo tanto, la alternativa es la siguiente: o Estados Unidos continúa implicándose en el “pantanal” de Oriente Próximo en conflictos típicos del siglo XIX; o se concentra en la urgente contención de China, cuyo fulgurante impulso podría anunciar a medio plazo la decadencia de Estados Unidos.

La decisión de Barack Obama es obvia: debe hacer frente al segundo reto, pues éste será decisivo para el futuro de Estados Unidos en el siglo XXI. En consecuencia, este país debe retirarse progresivamente –pero imperativamente– de Oriente Próximo.

Aquí se plantea una pregunta: ¿por qué Estados Unidos se ha implicado tanto en Oriente Próximo, hasta el punto de descuidar al resto del mundo, desde el fin de la Guerra Fría? Para esta pregunta, la repuesta puede limitarse a una palabra: petróleo.

Desde que Estados Unidos dejó de ser autosuficiente en lo que al petróleo se refiere, a finales de los años 1940, el control de las principales zonas de producción de hidrocarburos se convirtió en una “obsesión estratégica” norteamericana. Lo cual explica parcialmente la “diplomacia de los golpes de Estado” de Washington, especialmente en Oriente Medio y en América Latina.

En Oriente Próximo, en los años 1950, a medida que el viejo Imperio Británico se retiraba y quedaba reducido a su archipiélago inicial, el Imperio estadounidense lo reemplazaba mientras colocaba a la cabeza de los países de esas regiones a sus “hombres”, sobre todo en Arabia Saudí y en Irán, principales productores de petróleo del mundo, junto con Venezuela, ya bajo control estadounidense en la época.

Hasta hace poco, la dependencia de Washington respecto al petróleo y al gas de Oriente Próximo le impidió considerar la posibilidad de retirarse de la región. ¿Qué ha cambiado entonces para que Estados Unidos piense ahora en retirarse de Oriente Próximo? El petróleo y el gas de esquisto, cuya producción por el método llamado “fracking” aumentó significativamente a comienzos de los años 2000. Eso modificó todos los parámetros. La explotación de ese tipo de hidrocarburos (cuyo coste es más elevado que el del petróleo “tradicional”) fue favorecida por el importante aumento del precio de los hidrocarburos que, en promedio, superaron los 100 dólares por barril entre 2010 y 2013.

Actualmente, Estados Unidos ha recuperado la autosuficiencia energética e incluso está convirtiéndose otra vez en un importante exportador de hidrocarburos. Por lo tanto, ya puede por fin considerar la posibilidad de retirarse de Oriente Próximo, con la condición de cauterizar rápidamente varias heridas que, en algunos casos, datan de más de un siglo.

Por esa razón, Obama retiró casi la totalidad de las tropas norteamericanas de Irak y de Afganistán. Estados Unidos participó muy discretamente en los bombardeos de Libia y se negó a intervenir contra las autoridades de Damasco, en Siria. Por otra parte, Washington busca a marchas forzadas un acuerdo con Teherán sobre el tema nuclear y presiona a Israel para que su gobierno progrese urgentemente hacia un acuerdo con los palestinos. En todos estos temas se percibe el deseo de Washington de cerrar los frentes en Oriente Próximo para pasar a otra cuestión (China) y olvidar así las pesadillas de Oriente Próximo.

Todo esto se desarrollaba perfectamente mientras los precios del petróleo seguían altos, cerca de 100 dólares el barril. El precio de explotación del barril de petróleo de esquisto es de aproximadamente 60 dólares, lo que deja a los productores un margen considerable (entre 30 y 40 dólares el barril).

Aquí es donde Arabia Saudí ha decidido intervenir. Riad se opone a que Estados Unidos se retire de Oriente Próximo. Sobre todo si Washington establece antes un acuerdo sobre el tema nuclear con Teherán, lo que los saudíes consideran demasiado favorable a Irán. Además, según la monarquía wahabita, expondría a los saudíes, y a los suníes en general, a convertirse en víctimas de lo que llaman “el expansionismo chií”. Hay que tener presente que los principales yacimientos de hidrocarburos saudíes se encuentran en zonas de población chií.

Considerando que dispone de las segundas reservas mundiales de petróleo, Arabia Saudí decidió usar el petróleo para sabotear la estrategia norteamericana. Oponiéndose a las consignas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Riad decidió, contra toda lógica comercial aparente, aumentar considerablemente su producción y hacer de ese modo bajar los precios del petróleo, inundando el mercado de petróleo barato. La estrategia dio rápidamente resultados. En poco tiempo, los precios del petróleo bajaron un 50%. El precio del barril descendió a 40 dólares (antes de subir ligeramente hasta aproximadamente 55-60 dólares actualmente).

Esta política asestó un duro golpe al “fracking”. La mayoría de los grandes productores estadounidenses de gas de esquisto están actualmente en crisis, endeudados y corren el riesgo de quebrar (lo que implica una amenaza para el sistema bancario norteamericano que, generosamente, había ofrecido abundantes créditos a los neopetroleros). A 40 dólares el barril, el esquisto ya no resulta rentable. Ni las excavaciones profundas “off shore”. Numerosas compañías petroleras importantes ya han anunciado que cesan sus explotaciones en alta mar porque no son rentables, provocando la pérdida de decenas de miles de empleos.

Una vez más, el petróleo es menos abundante. Y los precios suben ligeramente. Pero las reservas de Arabia Saudí son suficientemente importantes para que Riad regule el flujo y ajuste su producción de manera que permita un ligero aumento del precio (hasta 60 dólares aproximadamente) pero sin que se lleguen a superar los límites que permitirían reanudar la producción mediante el “fracking” y en los yacimientos marítimos a gran profundidad. De este modo, Riad se ha convertido en el árbitro absoluto en materia de precio del petróleo (parámetro decisivo para las economías de decenas de países entre los cuales figuran Argelia, Venezuela, Nigeria, México, Indonesia, etc.).

Estas nuevas circunstancias obligan a Barack Obama a reconsiderar sus planes. La crisis del “fracking” podría representar el fin de la autosuficiencia de energía fósil en Estados Unidos. Y, por lo tanto, la vuelta a la dependencia de Oriente Próximo (y también de Venezuela, por ejemplo). Por ahora, Riad parece haber ganado su apuesta. ¿Hasta cuándo? 

viernes, 3 de octubre de 2014

Magra memoria


Rebelión

Por Eduardo Montes de Oca

A todas luces, en la actualidad -¿siempre?- la memoria histórica pasa de magra. Está más bien distrófica. Porque si no constituye mera táctica de las elites, de sus corifeos y coros, alabarderos, muchos están obviando lo que la vida enseña palmariamente y recoge de epigramática manera un analista de fuste: “Basta estudiar los sucesos del Imperio romano entre el 250 y el 350 D.C. (con la breve excepción del período de Adriano) para encontrarnos con esa violencia sin sentido como única respuesta a la pérdida del poder interno y externo. Este ejemplo se repite cuando estudiamos los colapsos y desintegraciones de otros Imperios”.

Aun a riesgo de cometer pecado de lesa autoridad intelectual, aventuremos que hogaño se reitera en son de drama, que de no farsa, lo que antaño fue eso mismo: drama. Tragedia. Como bien apunta Miguel Guaglianone, en el digital Barómetro Internacional, “los éxitos de las intervenciones armadas que EE.UU. realizó en todo el mundo a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial empezaron a convertirse en fracasos a partir de la derrota en Vietnam y vienen haciéndose sistemáticos. Las ‘guerras nunca ganadas’ de Afganistán e Irak son paradigmas al respecto. Los fiascos en las intervenciones de nuevo tipo pueden ejemplificarse con Libia, donde aún hoy el objetivo de apoderarse de su petróleo no ha podido ser cumplido (lo que queda de Libia solo produce el 20 por ciento del crudo que producía cuando Kaddafi)...”

Sí, la cita es larga, pero más larga deviene la cadena de estropicios que un gran paquidermo llamado Estados Unidos anda acarreando en la cristalería del orbe –y recurrimos a una analogía ensayada por nuestra fuente-. “Solo la balcanización y el caos ha sido el resultado de sus intervenciones, como en la propia Libia, en Ucrania o en Irak. En los dos primeros casos, cualquier análisis político previo serio mostraba que no era posible provocar rupturas institucionales en estos Estados-nación sometidos a grandes tensiones internas, sin provocar inevitablemente su balcanización. Hacer desaparecer a Kadaffi y a Yanukovich, que eran los factores estabilizadores de esas tensiones, provocó un efecto centrífugo que cualquiera con ‘dos dedos de frente’ o un mínimo de competencia hubiera previsto fácilmente. La incompetencia también se muestra en la imposición de gobiernos ‘títeres’ sin ningún tipo de apoyo interno, destinados al fracaso. En otras épocas los EE.UU. buscaban en las sociedades que intervenían a factores de poder internos que pudieran mantener ‘gobiernos amigos’ estables, hoy no solo no son capaces de lograrlo, sino que muestran que ni siquiera lo tienen en cuenta antes de actuar”.

¿Por qué? Por eso de que hablábamos. Por la suerte de ceguera que aqueja a las potencias en la carrera de relevos que supone el decurso de la existencia de la humanidad. Desesperación e impotencia estremecen al Tío Sam ante la caída de su influencia en el orbe y el surgimiento de nuevos actores en la escena geopolítica. Frente a acontecimientos tales la reemergencia de Rusia como uno de los principales actores planetarios, la consolidada gravitación de China en el panorama universal, y la creciente significación de los Brics.

Por cierto, cambios que, convengamos con el conocido sociólogo Atilio Borón, “favorecen los proyectos emancipatorios de Nuestra América, porque el derrumbe del unipolarismo norteamericano y la acelerada –y por lo que parece, irreversible- edificación de una estructura multipolar de poder mundial abre nuevos e inéditos márgenes de maniobra para los países de América Latina y el Caribe, tradicionalmente sometidos al yugo estadounidense”.

Ojo: lo que aquí voceamos está muy lejos de simple desiderátum de izquierdista dizque trasnochado –curémonos en salud ante un ataque desde la susodicha memoria anoréxica-. No en balde Alexander Donetsky pone énfasis en que Europa fue realmente impactada por la réplica de Moscú a las acciones punitivas recién impuestas en su contra. En el colorido lenguaje del observador, la política de sanciones implementada por Estados Unidos y la Unión Europea es como escupir hacia el cielo.

“La Unión Europea podría perder hasta 12 mil millones de euros (16 mil millones de dólares) debido a la prohibición de Rusia de importación de sus alimentos. Esto fue pronosticado antes de las sanciones de Rusia, en el sentido que los Estados bálticos perderían alrededor del 10 por ciento de su Producto Interno Bruto. Latvia [Letonia] exportaba el 90 por ciento de su pesca hacia Rusia. Ahora muchos productores de pescados y mariscos del país se enfrentan a la quiebra. Lituania tiene problemas al perder el mercado para los dos tercios de sus exportaciones de porcino. Estonia la está pasando mal debido a que antes exportaba entre un cuarto y un tercio de sus productos agrícolas a Rusia. Los productores finlandeses de mantequilla han entrado en pánico. Ellos exportaban su producto a Rusia desde comienzos del siglo pasado. Los horticultores polacos también están en problemas. Los agricultores holandeses, húngaros, búlgaros, alemanes, franceses e italianos y los pescadores noruegos perderán ingresos que se calculan en miles de millones de euros...”.

Y esto representa apenas el escorzo de una situación que viene a confirmarnos la tesis de la desmemoria, espontánea o provocada. La reincidencia en un error de “prosapia” está dictada en estos momentos por el paranoide -¿baldío?- objetivo de prevenir la reaparición de un rival, anhelo que ha lanzado a la potencia de cada época a un aquelarre de guerras que en el presente podrían dar al traste con la especie toda, dados los artilugios de holocausto acumulados por tirios y troyanos. Más en el caso de unos estrategas que, al decir de la articulista Vicky Peláez, en RIA Novosti, están obsesionados con un “autoproclamado rol divino de ser el Gran Patrón del mundo entero”...

Por lo cual, rumiándolo bien, uno llega a dudar de la desmemoria como explicación. Quizás reine un irracional empecinamiento, en lugar de la incapacidad de reproducir los eventos y extraer las consiguientes lecciones. Tal vez hayan barajado las consecuencias. Pero qué hacer, si aun cuando los obsesivos compulsivos saben que la frenética imagen que los asedia no tiene un asidero real, no pueden escapar de los rituales a manera de conjuro. En el caso de los Estados Unidos, aquello de que “lo que es bueno para América [la anglosajona, la que usurpó incluso la toponimia] es bueno para todo el mundo”, como ha remarcado irónicamente el escritor norteamericano Johnson Chalmers, citado por Peláez, viene a ser el imparable tic tac del tiempo, de su tiempo. Una idea fija empotrada en el cráneo de los mandamases.

¿Llegará el águila a aceptar un cielo donde ella no planee en solitario? Menuda temeridad la de responder positivamente, tomando en cuenta el ¿orgánico olvido? de los imperios, cuya desintegración, converjamos una vez más, ha sido siempre seguida por oscuros lapsos de terror y caos, que los historiadores, tan puntillosos, califican de interregnos. “Estos períodos pueden llegar a ser prolongados, hasta que comienzan a aparecer nuevas estructuras de poder e instituciones que restauran los procesos sociales y políticos desaparecidos. Todo parece indicar que estamos dirigiéndonos hacia allí”.

Pero coincidamos también en que “corremos el riesgo de que el colapso nos arrastre a todos”. Por ende, “la tarea consiste hoy en prepararnos para resistir la dispersión. Consolidar las nuevas estructuras sociopolíticas de poder nacientes y promover las visiones culturales propias y los sistemas de valores alternativos que surgen del seno de nuestros pueblos emergentes, como las armas más adecuadas para enfrentar la situación”.

Trabajemos, entonces, por que cobre el peso requerido el don de recordar. El mismo que, si enteco, distrófico, podría derivar en apocalipsis. Así. Sin vuelta de hoja.

lunes, 21 de julio de 2014

Cuba, Estados Unidos y el tráfico de seres humanos (2/2)



Por Salim Lamrani *

Según Human Rights Watch, Estados Unidos es el único país desarrollado que permite legalmente la explotación de los niños en el trabajo a partir de los 12 años de edad. 

El tráfico de seres humanos en Estados Unidos 
Estados Unidos considera prioritaria la lucha contra el tráfico de seres humanos. Según John F. Kerry, los estados “tienen una obligación moral de aceptar este reto [pues] el tráfico de seres humanos es una ataque contra nuestros valores más caros como la libertad y la dignidad humana”. [1] 
No obstante, el propio informe del Departamento de Estado es abrumador para Washington. En efecto, “Estados Unidos es un país fuente, de tránsito y de destino para hombres, mujeres y niños – a la vez ciudadanos estadounidenses y residentes extranjeros – víctimas de tráfico sexual y de trabajos forzados”. [2] 
Según este mismo informe, 
“Los medios informativos informaron de abusos de los cuales fueron víctimas súbditos extranjeros que trabajan para el ejército estadounidense en Afganistán. Varias ONG reportaron que los detentores de visa que trabajan como sirvientes fueron sometidos a trabajos forzados por el personal de las misiones diplomáticas y de las organizaciones internacionales presentes en Estados Unidos. Mujeres y niñas indo-americanas fueron sometidas al comercio sexual y la juventud LGBT ha sido particularmente vulnerable con respecto a los traficantes”. [3] 

El informe de Human Rights Watch 
Por otra parte, Estados Unidos es sin duda el único país desarrollado donde los niños pueden ser explotados en el trabajo a partir de los 12 años de edad. Human Rights Watch, organización de defensa de los derechos humanos, denunció la explotación de los niños en los campos de tabaco. Según la entidad tienen como promedio 13 años de edad y trabajan hasta 60 horas por semana. Según una investigación de HRW, el 53% de ellos son expuestos a los pesticidas; el 66% sufren de síntomas recurrentes tales como “nauseas, vómitos, dolores de cabeza, mareos y pérdida de apetito” debidos a la exposición a la nicotina; y el 73% ya han estado enfermos por “nauseas, dolores de cabeza, enfermedades respiratorias, problemas de piel y otros síntomas”. [4] 
Según HRW, los niños “trabajan durante largas jornadas sin que se remuneren las horas extras, a menudo bajo un calor extremo sin zona sombreada o pausas suficientes y sin protección adecuada”. Resultan “expuestos a una nicotina peligrosa sin haber fumado un solo cigarrillo”. Los niños también están obligados a manipular “herramientas y máquinas peligrosas, levantar cargas pesadas, escalar varios niveles sin protección para colgar el tabaco en las granjas”. [5] 
La organización agrega que “los tractores han vertido pesticidas cerca de las zonas de trabajo los campos”, afectando gravemente la salud de los niños, los cuales subrayaron que “el espray los alcanzaba directamente, ocasionado vómitos, dándoles mareos, y provocando dificultades respiratorias y una sensación de irritación en los ojos”. Además, la mayoría de los pesticidas usados en la producción de tabaco son “neurotóxicos notorios, veneno que altera el sistema nervioso”. Semejante exposición puede provocar a largo plazo “cáncer, problemas cognitivos y de aprendizaje y esterilidad”. HRW subraya que “los niños son particularmente vulnerables pues sus cuerpos y cerebros todavía no han terminado su desarrollo”. Por otra parte, “la mayoría de los niños entrevistados por Human Rights Watch declararon que no habían tenido acceso a los servicios o a un lugar para lavarse las manos en su zona de trabajo, quedándose con residuos de tabaco y pesticidas en las manos, incluso durante los periodos de comida”. [6] 
En 2012, el 70% de los niños con menos de 18 años muertos en accidentes de trabajo eran trabajadores agrícolas. El Código de Trabajo de Estado Unidos no ofrece protección suficiente. Así, los niños pueden ser explotados en la agricultura a partir de los 12 años y trabajar “durante largas horas, con un salario inferior, en condiciones más peligrosas que en cualquier otra industria”. [7] 
La inclusión de Cuba en la lista de países involucrados en el tráfico de seres humanos parece que está más motivada por consideraciones políticas e ideológicas que por una base factual precisa y verificable. En efecto, las organizaciones internacionales, particularmente las encargadas de la protección de la infancia como la UNICEF, contradicen las afirmaciones de Washington respecto a la explotación de menores. Al contrario, alaban la política social a favor de la protección de las personas en la isla del Caribe. Por otra parte Estados Unidos, centro de tráfico de seres humanos según el Departamento de Estado, es el único país desarrollado que autoriza la explotación de niños a partir de los 12 años, lo que arroja así una sombra sobre su credibilidad cuando se trata de defender los derechos humanos. 
Notas
[1] Le Monde, « Le rapport américain sur la traite d’humains provoque un tollé », 20 de junio de 2013. 
[2] State Department , « Trafficking in Persons Report 2014 », junio de 2014. http://www.state.gov/documents/organization/226849.pdf (sitio consultado el 30 de junio de 2014), p. 30-36. 
[3] Ibid. 
[4] Human Rights Watch , « US: Child Workers in Danger on Tobacco Farms”, 14 de mayo de 2014. http://www.hrw.org/news/2014/05/14/us-child-workers-danger-tobacco-farms#infographic (sitio consultado el 30 de junio de 2014). 
[5] Ibid. 
[6] Ibid. 
[7] Ibid.

* Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Salim Lamrani es profesor titular de la Universidad de La Reunión y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Cuba. Les médias face au défi de l’impartialité , Paris, Editions Estrella, 2013, con un prólogo de Eduardo Galeano.  http://www.amazon.fr/Cuba-m%C3%A9dias-face-d%C3%A9fi-limpartialit%C3%A9/dp/2953128433/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1376731937&sr=1-1 Contacto: lamranisalim@yahoo.fr ; Salim.Lamrani@univ-reunion.fr    Página Facebook: https://www.facebook.com/SalimLamraniOfficiel.

sábado, 18 de enero de 2014

Lo que EE.UU. hizo a Afganistán



Por Patrick Cockburn *

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Hace unos años, en Kabul, estaba escuchando a un portavoz de una organización del Gobierno afgano que me informaba prolongada, optimista y no muy convincentemente de los logros de la institución para la que trabajaba. Para aliviar el aburrimiento, y sin muchas esperanzas de obtener una respuesta interesante, le pregunté –con una garantía de anonimato– qué beneficios había aportado a su pueblo el Gobierno afgano. Sin dudar, el portavoz respondió que era muy posible que los beneficios fueran muy limitados “mientras nuestro país sea gobernado por gánsteres y señores de la guerra”.

Aproximadamente en esos días decidí que el principal problema en Afganistán no era la fuerza de los talibanes sino la debilidad del Gobierno. No importa cuántos soldados de la OTAN estén en el país porque están allí en apoyo de un Gobierno detestado por gran parte de la población. Dondequiera que iba en la capital había señales de esto, incluso entre gente próspera de la que podría esperarse que fuera el apoyo natural del statu quo. Entrevisté a un agente inmobiliario que no debería tener muchos motivos de queja ya que en los 10 años siguientes a la caída de los talibanes en 2001 Kabul fue la ciudad de más rápido crecimiento del mundo. Señaló a algunos trabajadores frente a la ventana de su oficina diciendo que ganaban entre 4 y 6 dólares diarios una ciudad en la cual el arriendo de una casa decente para sus familias costaría 1.000 dólares mensuales. Dijo: “Es imposible que esta situación continúe sin una revolución”.

El año 2014 ha sido presentado hace tiempo como un año decisivo para Afganistán porque la mayor parte de las tropas extranjeras que quedaban, 38.000 estadounidenses y 5.200 británicos, se retirarán del país antes de que termine. Las predicciones de una fecha exacta para un hito histórico usualmente resultan ser erróneas, pero en este caso la sabiduría convencional podría tener razón. Ya hay señales de un drástico cambio político, como el anuncio del Gobierno afgano de la semana pasada de su intención de liberar a 72 prisioneros talibanes de la línea dura, provocando furiosas protestas de Washington. Es probable que el motivo del presidente Hamid Karzai sea conciliar a los dirigentes locales que quieren que sus parientes salgan de la cárcel, porque Karzai necesita su apoyo en la elección presidencial de abril, en la cual no puede participar por haber gobernado dos períodos, aunque quiere determinar su sucesor.

Una característica importante de esta retirada de tropas estadounidenses y británicas es el poco interés que ha despertado en sus respetivos países, aunque 2.806 soldados estadounidenses y 447 británicos han muerto desde 2001. El coste total de la guerra, la reconstrucción y la ayuda durante el mismo período es de 641.700 millones de dólares, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington. Por supuesto, dinero gastado en Afganistán no significa gastado en ese país, pero incluso considerando esto es extraordinario que, a pesar de las enormes sumas gastadas, las cifras del Gobierno afgano revelen que un 60% de los niños están desnutridos y solo un 27% de los afganos tiene acceso a agua potable segura. Muchos sobreviven solo gracias a remesas de los parientes que trabajan en el extranjero o mediante el narcotráfico, que representa cerca de 15% del producto interno bruto afgano.

Las cifras antes mencionadas provienen de un estudio condenatorio del resultado de 12 años de intervención internacional en Afganistán de Thomas Ruttig, de la Red de Análisis Afganistán en Kabul. Su informe, sucinto y bien documentado, sobre dónde se encuentra Afganistán actualmente subraya el hecho de que la intervención militar estadounidense y británica ha terminado en un fracaso casi total. Los talibanes no han sido aplastados, operan en todas partes del país y en provincias como Helmand están listos para tomar el poder en cuanto partan las tropas estadounidenses y británicas. Incluso con el respaldo de tropas extranjeras, el control del Gobierno afgano a menudo termina a un par de kilómetros afuera de la capital del distrito. Los 30.000 soldados estadounidenses adicionales enviados como parte de la "oleada" de tropas en 2010-2011, que llevó a un total de 101.000 en su despliegue máximo, han tenido poco impacto a largo plazo.

Todo el fiasco afgano se discute con frecuencia en términos de tácticas militares, mientras los motivos más importantes para el fracaso estadounidense y británico son políticos y se remontan a las secuelas inmediatas del derrocamiento de los talibanes en 2001. Hay que subrayar cuatro puntos sobre esa era fundamental: entonces los talibanes no eran populares fuera de una pequeña minoría de afganos, pero su derrota militar fue menos decisiva de lo que apareció en los medios occidentales porque gran parte se había retirado o dispersado. Los seguí por la carretera principal de Kabul a Ghazni y finalmente a Kandahar y hubo pocos combates. Con las circunstancias políticas adecuadas, siempre podrían resurgir. De igual importancia, la frontera de 2.400 kilómetros entre Afganistán y Pakistán permaneció abierta, de modo que los talibanes tuvieron refugios para descansar, entrenar y reabastecerse.

Que resurgieran tan rápida y poderosamente después de 2006 fue el resultado de un cuarto factor, es decir la naturaleza tóxica del nuevo régimen que emergió en Kabul. Estaba compuesto de los mismos señores de la guerra y comandantes yihadistas cuya corrupción y violencia había provocado la toma del poder por los talibanes, respaldados por Pakistán y Arabia Saudí, en 1996. Dominaron el Parlamento, el poder judicial y los servicios de seguridad.

“Los que recibieron medios financieros de EE.UU. en 2001 para combatir a los talibanes a menudo invirtieron en el narcotráfico”, escribe Thomas Ruttig, “y partiendo de ahí, se apoderaron gradualmente de sectores lícitos de la economía como el negocio de importación-exportación, la construcción y los sectores de bienes raíces, bancario y la minería”. Se tragaron la ayuda extranjera, y por lo tanto en 2013 Afganistán se encontró al final de los 177 países (junto a Somalia y Corea del Norte) en la liga de Transparency International de percepción de corrupción de empresarios.

La nueva elite post-talibanes se caracterizó por una mezcla letal de un sistema de señores de la guerra e islam yihadista. Un periodista llamado Mir Hossein Musawi acuñó el término “fascismo sagrado” para describir la mezcla de las dos cosas en un artículo en la prensa en Kabul en 2003. Fue rápidamente obligado a huir del país acusado de insultar al islam.

Las elecciones son ahora tan fraudulentas que despojan de legitimidad a a los vencedores. La elección de abril de 2014 probablemente será peor que cualquiera anterior, con 20,7 tarjetas de votantes distribuidas en un país en el cual la mitad de la población de 27 millones no llega a la edad de votar, 18 años. Instituciones independientes de monitoreo de la elección han sido reemplazadas y son actualmente controladas por el Gobierno.

Frente a estos múltiples desastres los dirigentes occidentales simplemente ignoran la realidad afgana y se refugian en un sesgo que no está lejos de las mentiras deliberadas. Durante una visita a la provincia Helmand en diciembre pasado David Cameron afirmó que se había establecido un nivel básico de seguridad de modo que tropas las británicas pudieran justamente afirmar que su misión estaba cumplida.

Nadie en Afganistán cree esto. Pero la partida de las tropas extranjeras no significa necesariamente el triunfo de los talibanes, que forman un movimiento pastún que tendrá gran dificultad para establecerse en áreas dominadas por otras etnias como los tayikos, hazara y uzbecos. Muchos afganos temen una suerte peor y creen que 2014 presenciará el comienzo de una vuelta a la era de salvaje y anárquica crueldad en los años 90, cuando las bandas armadas yihadistas gobernaban Afganistán.

* Patrick Cockburn es autor de Muqtada: Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq. Cockburn acaba de obtener el Editorial Intelligence Comment Award 2013 for Foreign Commentator of the Year.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los Estados Unidos preparan ejércitos regionalizados


Rebelión

Por Roberto M. Yepe Papastamatin *

El pasado 19 de octubre el diario The New York Times publicó un reportaje que debiera preocupar seriamente a todos los gobiernos y las fuerzas políticas y sociales que defienden la soberanía de sus respectivos países y que luchan por un mundo más equilibrado. Con el sugestivo título de “Los Estados Unidos preparan una estrategia para África, en Kansas”, el trabajo del periodista Eric Schmitt impresiona por la claridad con la que revela la estrategia del Pentágono para superar los fiascos de Afganistán e Iraq y mantener la supremacía hegemónica de los Estados a nivel mundial, esta vez con una utilización más eficiente del poder militar.

Según el reportaje, miles de efectivos militares anteriormente destinados a Iraq y Afganistán se están alistando en Fort Riley, Kansas, para desarrollar misiones en África, como parte de una nueva estrategia del Pentágono para entrenar y asesorar fuerzas nativas en el enfrentamiento a “amenazas terroristas” y “otros riesgos de seguridad”, de manera que las fuerzas estadounidenses no tengan que hacerlo directamente. En la etapa inicial de este programa, se está utilizando una brigada de 3 mil 500 efectivos de la Primera División de Infantería del Ejército, conocida como la Big Red One, para desarrollar más de 100 misiones en África durante el próximo año. Estas misiones abarcarían desde equipos de dos francotiradores en Burundi, hasta ejercicios aerotransportados y humanitarios en Sudáfrica con agrupaciones de 350 soldados. Equipos de la brigada que se prepara en Kansas ya han entrenado a fuerzas en Kenya y Tanzania que en este momento están enfrentando al movimiento Al-Shabab en Somalia. Según el teniente coronel Robert E. Lee Magee, cuyo batallón ha enviado tropas a Burundi, Níger y Sudáfrica durante los últimos meses, y cuya unidad se desplegará en Djibouti el próximo mes de diciembre, “nuestro objetivo es ayudar a los africanos a resolver los problemas africanos, sin tener una gran presencia estadounidense”.

Siempre siguiendo el reporte del diario neoyorquino, “el Comando militar de los Estados Unidos para África es el balón de ensayo para este nuevo programa del Ejército, con la finalidad de crear brigadas alineadas regionalmente que eventualmente se extenderán a todos los comandos del Pentágono que se ocupan de las distintas zonas geográficas del mundo, incluyendo Europa y América Latina el próximo año”. Para el general Ray Odierno, Jefe del Estado Mayor del Ejército, el objetivo es alistar un ejército que pueda ser utilizado regionalmente en todos los comandos combativos, “con la finalidad de sostener y ejecutar nuestra estrategia de seguridad nacional”.

Para cualquier lector bien informado resultará evidente el significado del manido concepto de la “seguridad nacional” estadounidense. En tiempos de crisis fiscal y de un deterioro moral sin precedentes del imperialismo norteamericano, los estrategas políticos y militares de los Estados Unidos están buscando la manera de mantener su supremacía global de la manera más económica posible y minimizando la presencia y las pérdidas de efectivos militares propios. Y para eso buscan potenciar la preparación y la movilización de fuerzas militares de otros países, en función de los intereses estadounidenses en cada escenario regional.

En el caso de América Latina y el Caribe, este nuevo diseño estratégico fue plasmado de manera transparente hace un año, en el documento del Pentágono titulado “ La política de defensa para el Hemisferio Occidental ”, en el que se señala sin ningún pudor: “Continuará la identificación de oportunidades de colaboración para desarrollar asociaciones que trasciendan el hemisferio. Este enfoque no solo fortalece las asociaciones de los Estados Unidos en el hemisferio, sino que realza la importancia que ellas revisten para apoyar las prioridades globales de los Estados Unidos, incluyendo el vuelco hacia Asia y el Pacífico.” Es decir, lo que se pretende es lograr la movilización subordinada de las fuerzas militares latinoamericanas y caribeñas en función de los intereses estadounidenses a nivel global, y particularmente en su objetivo estratégico de mantener una posición dominante en Asia y contener la emergencia de una nueva superpotencia en esa región.

La nueva estrategia regional de los Estados Unidos requiere una respuesta de América Latina y el Caribe, y esa respuesta también debería ser regional. Sin dudas es un tema sumamente pertinente para discutir en el Alba-TCP, el Consejo de Defensa de Unasur y en la Celac. No se trata de previsiones agoreras de militantes radicales de izquierda o anti norteamericanos. Los propios documentos del gobierno de los Estados Unidos y la prensa de ese país nos están advirtiendo sobre lo que viene. En el nuevo equilibrio mundial que se va conformando, urge defender la autonomía estratégica de América Latina y el Caribe no solo en la dimensión política, sino también en la militar.
* Roberto M. Yepe Papastamatin es profesor en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García”. 

sábado, 1 de mayo de 2010

La civilización occidental está condenada al fracaso


GlobalResearch

Por John Kozy
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

      “No se puede lograr la paz mediante la violencia. Solo se puede lograr a través de la comprensión.” Ralph Waldo Emerson

Cuando yo era niño, conocí a un hombre que reparaba relojes de pared y de pulsera como hobby. (Los relojes de cuarzo aún no habían sido inventados.) A menudo estuve sentado durante horas en absoluta fascinación viéndolo trabajar. Y un día le pregunté: “Frank, ¿cómo sabe hacer eso?” Respondió: “Johnny, lo que el hombre ha hecho, el hombre lo puede hacer.” En ello yace la falacia del Tratado de No Proliferación Nuclear. La ciencia y la tecnología son una caja de Pandora. Una vez abierta por un hombre, una compañía, o un país, lo que aparece pronto se convierte en propiedad de todos.

EE.UU. hizo la primera bomba atómica en 1945. El primer intento de no proliferación se limitó a conservar el conocimiento de cómo construir el secreto de la bomba. Fracasó, y dentro de una década, la URSS (1949), el Reino Unido (1952), Francia (1960), y China (1964) habían construido bombas. Desde entonces India (1974), Israel (1979), Pakistán (1998) y Corea del Norte (2006) se han convertido en potencias nucleares, y Sudáfrica tiene la capacidad, después de haber producido seis armas nucleares en los años ochenta, pero después las desmontó. Ahora el saber hacer es ampliamente generalizado.

Sólo dos naciones se beneficiaron con la Segunda Guerra Mundial: Rusia y EE.UU. Otras naciones que constituían lo que llaman Civilización Occidental se convirtieron en Estados vasallos de EE.UU.; ya no podían actuar solos. Sus políticas nacionales llegaron a depender de la aprobación estadounidense, y cuando EE.UU. llama forman parte, aunque sea renuentemente, de alguna coalición que EE.UU. decide constituir. Al final de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. se había convertido en la potencia occidental predominante. Pero el hecho de ser la potencia occidental predominante no significaba que se había convertido en la potencia predominante, y el mundo no occidental se dio pronto cuenta de ese hecho aunque los estadounidenses suponían que lo era.

Las Naciones Unidas fueron aparentemente establecidas:

* para preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles,
* para reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas,
* para crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional,
* para promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad,

Y con tales finalidades,
* para practicar la tolerancia y convivir en paz como buenos vecinos,
* para unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales,
* para asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común, y
* para emplear un mecanismo internacional a fin de promover el progreso económico y social de todos los pueblos…

Obviamente, ha fracasado. Pero aunque esas palabras provienen de la Carta, fueron y son pura propaganda. La organización fue formada por las potencias victoriosas en la Segunda Guerra Mundial en un intento de controlar el mundo. El Consejo de Seguridad fue establecido de manera que diera a esas naciones un control absoluto sobre la organización. Cada uno de los cinco miembros permanentes del Consejo puede vetar cualquier resolución que desapruebe.

Los cinco miembros permanentes son China, Francia, la Federación Rusa, el Reino Unido y EE.UU. –todos potencias nucleares. Originalmente fueron China Nacionalista, Francia, la URSS, el Reino Unido EE.UU. –los países que formaron la coalición aliada que derrotó al Eje en la Segunda Guerra Mundial. Pero la mayoría de esas naciones ya no eran realmente grandes potencias. Francia y el Reino Unido se habían convertido en Estados vasallos de EE.UU. China Nacionalista había sido reducida a una isla; la verdadera China era comunista y ocupaba China continental. La URSS era una potencia mundial comunista, que ahora ha sido reemplazada por la Federación Rusa. La cooperación que EE.UU. esperaba de otros miembros del Consejo de Seguridad se ha disipado.

Cuando Corea del Norte invadió el Sur en un intento de unificar la nación que había sido dividida por razones políticas al terminar la Segunda Guerra Mundial, el Consejo de Seguridad de la ONU, a pedido de EE.UU., menos el delegado soviético ausente, aprobó una resolución pidiendo la ayuda de todos los miembros de la ONU para frenar a los norcoreanos. La coalición de la ONU consistió de dieciséis naciones, en su mayoría occidentales: Australia, Bélgica, Canadá, Colombia, Etiopía, Francia, Grecia, Luxemburgo, Holanda, Nueva Zelanda, las Filipinas, Sudáfrica, Tailandia, Turquía, el Reino Unido, y EE.UU. Aunque nunca fue totalmente derrotada, la coalición sólo logró preservar el status quo que precedió a la invasión. La guerra demostró que las potencias occidentales que fueron victoriosas en la Segunda Guerra Mundial no eran invencibles, y las debacles francesa y estadounidense en Vietnam confirmaron esa vencibilidad.

La Guerra del Golfo Pérsico (Tormenta del Desierto) fue nuevamente iniciada con una autorización de las Naciones Unidas por una fuerza de coalición de 34 naciones para expulsar a las fuerzas iraquíes de Kuwait, después que fue invadido. Veintiséis naciones contribuyeron con personal, en muchos casos en papeles no combativos: EE.UU. Afganistán, Bahréin, Bangladesh, el Reino Unido, Canadá, Checoslovaquia, Egipto, Francia, Alemania, Honduras, Italia, Kuwait, Nueva Zelanda, Níger, Omán, Rumania, Arabia Saudí, Siria, los Emiratos Árabes Unidos, y Corea del Sur. Más de un sesenta por ciento del personal provino de EE.UU. Aunque totalmente victoriosa sobre el ejército convencional de Iraq la guerra nuevamente sólo restableció, por razones políticas, el status quo. Corea del Sur, cuya existencia fue preservada por una guerra semejante, librada por una coalición similar, contribuyó sólo un batallón médico. ¡Interesante! ¿Fue realmente una coalición de los “dispuestos”?

Desde entonces, las fuerzas de EE.UU. han sido expulsadas del Líbano (1983) y de Somalia (1993) y se han visto empantanadas junto con otras fuerzas de la coalición en Iraq y Afganistán durante más de ocho años. Lo que se ha hecho obvio para el resto del mundo, y tal vez incluso para diplomáticos estadounidenses, es que las fuerzas armadas de coaliciones occidentales, y de otros socios en ellas, no son invencibles. La Civilización Occidental ya no puede hacer progresar sus objetivos utilizando medios militares convencionales. Pero las principales naciones occidentales siguen siendo miembros del club nuclear. La última opción que esas naciones tienen de mantener su control es seguir limitando el club nuclear a las naciones occidentales, en la medida de lo posible, mediante el TNP y utilizando su poder nuclear como amenaza.

Pero las políticas estadounidenses en sí lo han imposibilitado: compartieron sus armas nucleares con aliados de la OTAN; Bélgica, Alemania, Italia, Holanda, y Turquía almacenan y pueden desplegar bombas atómicas. Y aunque EE.UU. espera obligar a Corea del Norte a renunciar a sus armas e impedir que Irán las adquiera, los estadounidenses no dicen nada sobre las capacidades nucleares israelíes, indias y paquistaníes. El resultado, por cierto, es un argumento para que el TNP sea visto como hipócrita; carece de convicción, y la influencia estadounidense y occidental sobre el mundo se disipa.

Norcoreanos e iraníes no son impresionados por las protestas estadounidenses. Israel rechaza rutinariamente las iniciativas políticas de EE.UU. Rusos y chinos se muestran, en el mejor de los casos, tibios respecto a sanciones contra Irán, y los chinos se ríen abiertamente de diplomáticos estadounidenses que hablan en China. Incluso los pueblos de muchas naciones occidentales se burlan de las iniciativas políticas de EE.UU. EE.UU. ha perdido su posición preeminente. Ahora se ha convertido en un Estado vasallo de su propia creación. Todo lo que quiere hacer requiere la cooperación de sus coaliciones, e incluso cuando la obtiene, las iniciativas fallan frecuentemente.

¿Puede tener éxito la expansión y la imposición del TNP? ¡Es improbable! El conocimiento de cómo construir armas atómicas es extenso; ya no puede ser contenido. De modo que la política actual es mantener el control sobre el material fisionable necesitado para hacer las bombas. Pero eso tiene pocas probabilidades de éxito. Las políticas occidentales son demasiado contradictorias.
Como dijera tan aptamente Emerson: “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices.”

EE.UU., con todos sus poderes de control, ha demostrado que ni siquiera puede detener el contrabando en su propio país. Las naciones de las cuales proviene el contrabando no pueden detenerlo, incluso con ayuda estadounidense. ¿Cómo puede esperar EE.UU. que otras naciones lo detengan? En muchas partes del mundo, especialmente en las partes no occidentales, el contrabando ha tenido lugar durante siglos. Incluso negocios occidentales son frecuentemente cómplices en el desafío a los controles de exportación y sanciones estadounidenses. La iniciativa se parece a una arremetida contra molinos de viento, el último suspiro de una civilización moribunda. La única esperanza de evitar una futura guerra nuclear es la abolición total de las armas nucleares. Pero una vez que las naciones que forman el mundo occidental lo hagan, su control del mundo se evapora.

Ninguna civilización en la historia que ha colapsado después de un período de grandeza ha logrado recuperar su dominación. Egipto duró tres milenios; actualmente es poco más que un campo para estudios arqueológicos. El Imperio Persa, que duró más de trescientos años, se convirtió en el imperio más grande y poderoso de su época; actualmente, todo lo que queda es Irán. Grecia no se ha recuperado nunca de su colapso después de su Edad de Oro, y la grandeza de Roma se ha reducido a Italia. Cuando Mussolini trató de resucitar la grandeza romana, fracasó miserablemente. Los imperios español, holandés, francés e inglés han expirado y esas naciones son ahora simples Estados vasallos, aunque Francia e Inglaterra siguen pretendiendo que son potencias mundiales. Una grandeza duradera no se logra a través de la imposición del poder. Como en el caso de todas las grandes civilizaciones del pasado, la Civilización Occidental está condenada mientras siga manteniendo su método de dominación. El TPN no la salvará.
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John Kozy es profesor en retiro de filosofía y lógica y escribe blogs sobre temas sociales, políticos y económicos. Después de servir en el ejército de EE.UU. durante la Guerra de Corea, pasó 20 años como profesor universitario y otros 20 como escritor. Ha publicado un libro de texto sobre lógica formal, en revistas académicas y en una pequeña cantidad de revistas comerciales, y ha escrito una serie de editoriales como invitado en periódicos. Sus artículos en línea se encuentran en: http://www.jkozy.com/ y se le puede escribir desde ese sitio.

© Copyright John Kozy, Global Research, 2010