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sábado, 25 de agosto de 2018

Veinte años a la sombra de Neruda


Por Miguel Ángel Ortega Lucas *

El verano es ese espigón del puerto donde regresar a los veinte poemas y la canción desesperada adolescente

Pablo Neruda dando un discurso en la URSS, agosto de 1950. MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES DE CHILE

“Encima de mi cabeza el cielo tenía un azul tan violento como jamás he visto otro. Yo escribía en el bote, escondido en la tierra. Creo que no he vuelto a ser tan alto y tan profundo como en aquellos días. Arriba el cielo azul impenetrable. En mis manos el Juan Cristóbal o los versos nacientes de mi poema. Cerca de mí todo lo que existió y siguió existiendo para siempre en mi poesía: el ruido lejano del mar, el grito de los pájaros salvajes, y el amor ardiendo sin consumirse como una zarza inmortal”.
Raras veces volveremos a ser “tan altos y tan profundos” como en aquellos días de la adolescencia, de la adolescencia tardía. Cuando el mundo no descabalgaba jamás de su fragor palpitante: la gozosa catástrofe de ser tan jóvenes y de saberlo. Cuando nos perdíamos hacia nosotros mismos, en la muchedumbre de nuestra soledad; bajo el crepúsculo del muelle del verano y a la sombra de los versos de Pablo Neruda.

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.
Allí se estira y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.
Como náufragos eufóricos y delirantes, como capitanes dementes de un navío varado en la locura y el deseo (y la melancolía que produce el deseo, y el placer diabólico que exhala esa tristeza), miles de adolescentes durante el último siglo han llevado alguna vez en el bolsillo esos poemas del mago Neruda, escritos –será delincuente– cuando él mismo tenía veinte años; poco después de renunciar a llamarse Neftalí Ricardo Reyes Basoalto.

Hace un siglo o veinte años o veinte minutos que leímos esos versos del Neruda veinteañero, fundacional y adolescente, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. ¿Por qué parece que el tiempo aquí no existe? Los escribió –contaba– entre la ciudad del interior y los viejos muelles de Carahue, en Chile, en la desembocadura del río Imperial: “...los tablones rotos y los maderos como muñones golpeados por el ancho río; el aleteo de gaviotas se sentía y sigue sintiéndose en aquella desembocadura”.

¿Por qué parece que los escribimos con él? Él escribía esos poemas “en el bote”: cualquier bote pobre, abandonado, varado en algún recodo de esos muelles del sur de Chile; nosotros lo leímos varados en la desembocadura de cualquier curso, entre la nostalgia y la expectación de lo que pudo ser y quizás, quizás sería al fin; de lo que no será jamás, tal vez, pero qué importa, qué importaba...: era la borrachera continua de estar vivo y de saberlo. Era la ebriedad de mundo y brisa y costa, y de anhelo y de abandono y de “blancas colinas, muslos blancos...”

Oscuros sauces donde la sed eterna sigue, 
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Nos hacían falta estos poemas, entonces, en el instituto, como la confidencia de un amigo, como la copa primera, como la noche en que vivirlo y sufrirlo todo. Éramos ingenuos, idiotas y temerarios: gracias a eso podíamos inventar el amor de cada día, que no existía más que en nuestra sed eterna, en nuestro dolor infinito... y en unas cuantas canciones, unas cuantas películas, unas cuantas páginas leídas una y otra vez, acuchilladas a lápiz, tratando de sellar en ellas el temblor de lo irrepetible que no había llegado en realidad a consumarse aún... ¿Por qué parece que escribimos estos poemas con él, con Neruda? Porque quizá lo hacíamos. Cualquier obra de arte no está viva del todo hasta que llega el mensaje dentro de la botella hacia la orilla del Otro Lado. Donde puede ocurrir el cumplimiento: que alguien que escribió algo sobre otro alguien en algún lugar, alguna vez, seamos ahora nosotros, escribiendo (proyectando) en este, esta alguien de aquí, exactamente la misma aventura.

“Siempre me han preguntado cuál es la mujer de los Veinte poemas”, escribía él mucho después: “pregunta difícil de contestar. Las dos o tres que se entrelazan en esta melancólica y ardiente poesía corresponden, digamos, a Marisol y a Marisombra. Marisol es el idilio de la provincia encantada con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros como el cielo mojado de Temuco. Ella figura con su alegría y su vivaz belleza en casi todas las páginas, rodeada por las aguas del puerto y por la media luna sobre las montañas. Marisombra es la estudiante de la capital. Boina gris, ojos suavísimos, el constante olor a madreselva del errante amor estudiantil, el sosiego físico de los apasionados encuentros en los escondrijos de la urbe”.

Porque el fulgor del erotismo y la creación adolescentes (la misma cosa son en realidad) no se contentan con perder cada día a una sola imagen para su sed, para la fecundidad escandalosa que quiere cantarlo y nombrarlo todo, la fantasía, el anhelo y la pasión se bifurcan, van a dar a muchas tentativas posibles (¿recuerdas?; cuando podíamos enamorarnos en cada estación de una, o de uno distinto)... con el fin secreto de esbozar una sola imagen definitiva de todo aquello que se sueña.

Ese vaivén sentimental de Neruda, exprimiendo del óleo de cada tarde un fulgor y una esperanza y una pérdida distinta pero paralelas, es el mismo de la barcarola de nuestros pensamientos a la deriva, fantaseando sobre todos los amores, todas las tentativas (adolescentes o no) por vivir.

Entonces, ya es otra –tú sabes quién–, ya es alguien que tú sabes, aquella del último otoño, “la boina gris y el corazón en calma”: quien esperarás encontrar quizás, todavía, a la vuelta de este verano, cuando suenen los tambores íntimos de nuevo al volver a clase, a la ciudad. (Soñarás de nuevo, cuando ella se vaya otra vez sin esperarte al mediodía:

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.)
Otra u otro será quien te evoque, ahora, aquí, en las tardes del puerto o en la desembocadura del río, algún silencio que lo dice todo,

pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad,

preguntándole (preguntándote)

¿Quién eres tú, quién eres?

...¿Por qué parece que aún estamos allí –dios mío–, al volver a estos versos? ¿Por qué volvemos al espigón de la costa, al parque solitario, a los atardeceres irreparables? ¿A la ventana de la luna donde sellar que éstos serán definitivamente los últimos versos que yo te escribo?

“Cerca de mí todo lo que existió y siguió existiendo para siempre en mi poesía”. Tenía veinte años, Neruda, al escribir sobre toda aquella “zarza inmortal” del amor en la costa. Pudimos leer hace veinte años esos veinte poemas; podíamos tener veinte años entonces. Podemos volver a tener veinte años ahora.

* Miguel Ángel Ortega Lucas.  Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza (ficha policial). @Ortega_Lucas

martes, 1 de agosto de 2017

La conversión de Pablo Neruda



La trascendencia de la guerra española en la literatura universal se mide con toda claridad en dos autores: George Orwell y Pablo Neruda (1904-1973). Nunca llegaron a conocerse pero me gustaría pensar que se vieron desde lejos en el otoño de 1927, siluetas distantes sobre las cubiertas de sus respectivos barcos, rumiando cada uno las incógnitas de sus nuevos destinos, mientras uno abandonaba Rangún para volver a Europa después de cinco años en la policía militar del Imperio Británico y el otro avanzaba hacia la misma ciudad para asumir su puesto de cónsul de Chile, iniciando así un largo descenso al infierno. Un cuarto de siglo después, las obras de estos dos escritores serían los paradigmas de los grandes bloques en que se había dividido el mundo: el apocalíptico anticomunismo de 1984 por un lado; el fervoroso comunismo de Canto general por otro. La existencia de ambos li bros está directamente relacionada con la experiencia de sus au tores en la guerra de España.

No hay en la lengua española una poesía de tanta soledad y tanta angustia como la deResidencia en la tierra (1935), fruto en gran parte de los años en el Lejano Oriente, una poesía en la que Neruda, “como un vigía tornado insensible y ciego, / incrédulo y condenado a un doloroso acecho” o “como un párpado atrozmente levantado a la fuerza”, ofrece su testimonio de un mundo sometido a una destrucción permanente, un sinsentido que lo envuelve en sus sofocantes y extenuantes sistemas y se ha convertido en una de las expresiones clásicas de la alienación moderna:

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

La vuelta a Chile en 1932 no supuso un alivio para la angustia del poeta. De las soledades de un mundo donde nadie hablaba español llegó a su país natal, pero aunque publicara una segunda edición de Veinte poemas de amor y una canción desesperada y el primer tomo de Residencia en la tierra, fue recibido con uñas y dientes por un mundo literario abarrotado por grandes y vociferantes figuras. El temible Pablo de Rokha, en reseñas fulminantes —“Pablo Neruda, Poeta a la Moda” y “Epitafio a Neruda”— describió los Veinte poemas... como “la biblia típica de la mediocridad versificada” y diagnosticó en el anhelo expresivo truncado de Residencia… “el desorden, el pulso anormal, y, según el complejo de inferioridad de Adler, la astucia, la maña, la fórmula, la máscara”. Vicente Huidobro, por su parte, que años antes había tachado su ejemplar de un opúsculo vanguardista de Neruda con la palabra “mío”, divulgó ahora en una revista suya el plagio flagrante de Tagore (una paráfrasis, dirá Neruda) en uno de los Veinte poemas…


Pero la estrella del poeta cambió cuando fue enviado como cónsul, primero en agosto de 1933 a Buenos Aires, donde se ha – ría amigo de Federico García Lorca, y luego desde mediados de 1934 a España. Resulta difícil imaginar hasta qué punto los dos años que pasó en España marcaran a Neruda. Él mismo lo diría, décadas después: “Pocos poetas han sido tratados como yo en España. Encontré una brillante fraternidad de talentos y un conocimiento pleno de mi obra. Y yo, que había sido durante muchos años martirizado por la incomprensión de las gentes, por los insultos y la indiferencia maliciosa, drama de todo poeta auténtico en nuestros países, me sentí feliz”. Estuvo feliz en Madrid, instalado en la “Casa de las Flores”: por primera vez se encontraba reconocido entre poetas —un “Homenaje a Neruda de los poetas españoles”, respuesta a los ataques que le llegaron desde Chile, fue firmado por todos los grandes de la Generación del 27—, y llegaría a ser íntimo amigo de varios de ellos. Lorca lo presentó en la Universidad de Madrid como “un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía; más cerca del dolor que de la inteligencia; más cerca de la sangre que de la tinta”, y Miguel Hernández celebró Residencia en la tierra diciendo que “ganas me dan de echarme puñados de arena en los ojos, de cogerme los dedos con las puertas, de trepar hasta la copa del pino más dificultoso y alto. Sería la mejor manera de expresar la borrascosa admiración que despierta en mí un poeta de este tamaño gigante”.


Pablo Neruda y Delia del Carril en Isla Negra en 1939

Además, Neruda encontró en Madrid no sólo amigos sino un nuevo amor. Infelizmente casado con la holandesa María Antonieta Hagenaar y padre reciente de Malva Marina, una niña crónicamente enferma de hidrocefalia —“un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”—, quedó deslumbrado cuando Rafael Alberti le presentó a la argentina Delia del Carril, pintora de caballos, comunista y veinte años mayor que él. “El firme amor, España, me diste con tus dones”, diría el poeta en Canto general, y vivirían juntos los dos hasta mediados de los años cincuenta. Este entorno militante sin duda afectó a un poeta hasta entonces ajeno a la política. Hacía poco, en Chile, Huidobro —un “comunista de culo dorado” en palabras de Neruda— había aprovechado una defensa del deber del escritor de “aprender humildemente a servir la gran causa de la revolución” para añadir: “aunque le pese al señor Neruda y sus compinches que son tan finos y tan sutiles que la vista de un obrero les ataca los nervios”.

España supuso, también, un encuentro con los clásicos de la lengua. Neruda se encargó de la edición de Los sonetos de la muerte de Quevedo y de las Poesías del Conde de Villamediana, ambas publicadas en Cruz y Raya, la editorial de Manuel Altolaguirre, quien fue el impulsor también de Caballo verde para la poesía, la revista dirigida por el chileno y donde publicó su célebre manifiesto “Sobre una poesía sin pureza”, reclamando una poesía “gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley. Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecía, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias, políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos”. En abierta polémica con Juan Ramón Jiménez, el manifiesto expresaba un contacto con el mundo que había sido para Neruda problemático, fragmentario y angustiado en los años anteriores, pero que a partir del comienzo de julio de 1936 se haría fluido, directo y didáctico.

“La guerra de España, que cambió mi poesía, comenzó para mí con la desaparición de un poeta.” Un cónsul, en principio, debe permanecer neutral en situaciones de guerra, pero cuando llegaron a Madrid, a comienzos de septiembre, las noticias sobre la muerte de Lorca, la neutralidad fue insostenible y Neruda dio un giro total y espectacular a su línea poética. Dos semanas después, Alberti publicaría en El Mono Azul un anónimo “Canto a las madres de los milicianos muertos”, el primer poema políticamente comprometido del chileno.

Neruda expuso las razones de este cambio en un texto estremecedor, publicado en El Mono Azul bajo el título “Es así” pero conocido en su versión definitiva como “Explico algunas cosas”. Empieza el poema con una pregunta de los hipotéticos lectores hacia el autor: “Y dónde están las lilas? / Y la metafísica cubierta de amapolas?”. La respuesta se articula en tres partes. La primera es una descripción de “mi barrio de Argüelles” y de su “bella casa / con perros y chiquillos”, interrumpida sólo por una apelación patética a sus amigos Alberti, Lorca y González Tuñón: “Raúl, te acuerdas? / Te acuerdas, Rafael? / Federico, te acuerdas, / debajo de la tierra, / te acuerdas de mi casa con balcones en donde / la luz dura de junio jugaba con tu pelo? / Hermano, hermano!”. La gran ciudad, en su libro anterior, había sido un espacio de fragmentación, de establecimientos, jardines y ascensores, donde el olor de las peluquerías hacía “llorar a gritos”. Ahora, en cambio, en los primeros meses de la guerra, Neruda mira atrás hacia el Madrid de la República y junta los fragmentos, conformando con ellos la cornucopia (“Todo / eran grandes voces, sal de mercaderías, / aglomeraciones de pan palpitante”) y celebrando los elementos esenciales de la vida en imágenes de extraordinaria belleza: “delirante marfil de las patatas, / tomates repetidos hasta el mar”. El ser humano de su poesía de antes se había cansado de sí mismo, de sus pies y sus uñas, en imágenes surrealistas de desmembramiento, como si el hombre urbano se hubiera despojado de su integridad física y mental, pero ahora “un profundo latido / de pies y manos llenaba las calles”: las partes corporales se reúnen en el corazón de la masa, en la plenitud de la vida.

La segunda parte del poema se inicia con la destrucción de este espacio de plenitud: “Y una mañana todo estaba ardiendo”. Llegaron un día los enemigos para prender fuego a la ciudad y para matar a los niños. El poeta los enumera: “bandidos con aviones y con moros, / bandidos con sortijas y duquesas, / bandidos con frailes negros bendiciendo”. Son el Capital, la Aristocracia, la Iglesia y sobre todo el Ejército. El poeta deja ahora de dirigirse a los lectores y se enfrenta a los verdugos, imprecándolos en una acumulación grandilocuente de imágenes bestiales cargadas de odio: “Chacales que el chacal rechazaría, / piedras que el cardo seco mordería escupiendo, / víboras que las víboras odiaran”. La destrucción de España queda reflejada en la destrucción de la Casa de las Flores: “Generales / traidores: / mirad mi casa muerta, / mirad España rota”. Son versos que en 1973 serían recitados de memoria durante el cortejo fúnebre que llevó el ataúd de Neruda desde su casa destrozada por los militares hasta el cementerio general de Santiago de Chile, sólo dos semanas después del golpe militar de Augusto Pinochet, en lo que fue la primera manifestación pública contra la dictadura. No es sorprendente, quizá, que sea así. En este poema, por primera vez, Neruda asumía cons cientemente el papel de profeta. Desde la visión del 265 pasado idílico de la República y la posterior agresión nacionalista, vira de pronto hacia el presente (“pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos”), y en seguida desde el presente hacia el futuro: “pero de cada crimen nacen balas / que os hallarán un día el sitio / del corazón”.

En la tercera parte, el poeta vuelve a la pregunta inicial de sus lectores y da su respuesta definitiva:

Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

Esta sangre por las calles tuvo un impacto duradero en la obra de Neruda. Jamás volvería a la oscuridad dolorida de Residencia en la tierra y en cierta etapa llegó incluso a prohibir que se tradujera el libro. Sin embargo, la grandeza del chileno es que, después de publicar el libro de poesía amorosa más leído de la historia y luego una de las obras más impresionantes de la poesía vanguardista en español, haya sido capaz de renovarse, convertirse al prójimo, y años después escribir quizá el libro de poesía política —directa, polémica, accesible y deslumbrante— más grandiosa del siglo XX: Canto general (1950).

Pablo Neruda, José Caballero, Matilde Urrutia, Gabriel García Márquez y Maria Fernanda Thomás de Carranza en Barcelona, junio de 1970.

En diciembre de 1936, Neruda tuvo que abandonar su puesto diplomático por su actividad política y a la vez se separó definitivamente de su mujer. Instalado en París, se dedicó por entero a la defensa de la República. Participó en enero con Robert Desnos y Jean Cassou en un homenaje a Lorca, terminando su intervención con las siguientes palabras: “Y perdonad que de todos los dolores de España os recuerde sólo la vida y la muerte de un poeta. Es que nosotros no podremos nunca olvidar este crimen, ni perdonarlo. No lo olvidaremos ni lo perdonaremos nunca. Nunca”. Por otro lado, dirigió con Nancy Cunard la revista Los poetas del mundo defienden al pueblo español, fundó con César Vallejo el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a España y participó en la organización del Congreso de Escritores Antifascistas. Al volver a Chile en octubre de 1937 siguió con este activismo, fundando la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura y publicando en noviembre España en el corazón, que saldría un año después en una edición española de Altolaguirre. Neruda describió la hazaña de esta edición en sus memorias póstumas, Confieso que he vivido: a falta de papel suficiente los impresores tuvieron que emplear “desde una bandera del enemigo hasta la túnica ensangrentada de un soldado moro” y en seguida, ante el avance nacionalista, emprendieron el camino hacia el exilio. “Mi libro”, afirma, “era el orgullo de esos hombres que habían trabajado mi poesía en un desafío a la muerte. Supe que muchos habían preferido acarrear sacos con los ejemplares impresos antes que sus propios alimentos y ropas. Con los sacos al hombro emprendieron la larga marcha hacia Francia”. Incluso en Chile, como bien se ve, el poeta seguía siendo o queriendo ser protagonista en la lucha y después de la guerra, con el apoyo del flamante presidente del Frente Popular chileno, Pedro Aguirre Cerda, Neruda se encargó de la embarcación a su país en el barco Winnipeg de centenares de exiliados españoles.

Neruda regresó a España sólo una vez en su vida, en 1970, cuando pasó doce horas en Barcelona en compañía de su mujer Matilde Urrutia, Gabriel García Márquez y el pintor José Caballero, entrevistándose allí con Luis María Ansón: “España es para mí una gran herida y un gran amor”, declaró, y al recordar los años que había pasado en el país afirmó que “casi todo lo que he hecho después, casi todo lo que he hecho en mi poesía y en mi vida, tiene la gravitación de mi tiempo de España”. En efecto, la memoria de España recorre su obra, sobre todo en lamentos nostálgicos por “aquellas muertes que me hicieron / tanto daño y dolor / como si golpearan hueso a hueso”, por Lorca y más aún por Miguel Hernández, cuya militancia comunista lo convirtió doblemente (como amigo y camarada) en mártir ejemplar para el chileno. En el poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, de Canto general, no sólo permanecen vivos el dolor y el odio que llegaron a su vida y obra con la guerra, sino que la maldición contra los verdugos se extiende hasta los poetas del 27 afectos al régimen franquista: “Que sepan los que te mataron que pagarán con su sangre. / Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día. / Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre / en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos / de perra, silenciosos cómplices del verdugo, / que no será borrado tu martirio, y tu muerte / caerá sobre toda su luna de cobardes”.


Muchos de los escritores incluidos en este libro vinieron a la guerra española como militantes o compañeros de viaje del comunismo, para luego terminar alejándose o renegando violentamente del Partido. El caso de Neruda es el inverso. Su experiencia de la guerra —y quién sabe hasta qué punto su amistad con Alberti y su relación con Delia del Carril— lo propulsaron hacia el compromiso político y llegaría a ser senador comunista de la República en 1945, a vivir en la clandestinidad como perseguido político en 1948, y a ser precandidato comunista para las elecciones presidenciales de 1970 antes de acordar una coalición con el socialista Salvador Allende. Esta militancia comenzó en España. Allí eligió un camino, como cuenta el poeta en sus me – morias: “Aunque el carnet militante lo recibí mucho más tarde en Chile, cuando ingresé oficialmente al partido, creo haberme definido ante mí mismo como un comunista durante la guerra de España”. Recuerda con horror los descontrolados “paseos” de los anarquistas: “Mientras esas bandas pululaban por la noche ciega de Madrid, los comunistas eran la única fuerza organizada que creaba un ejército para enfrentarlo a los italianos, a los alemanes, a los moros y a los falangistas. Y eran, al mismo tiempo, la fuerza moral que mantenía la resistencia y la lucha antifascista. Sencillamente: había que elegir un camino. Eso fue lo que yo hice en aquellos días y nunca he tenido que arrepentirme de una decisión tomada entre las tinieblas y la esperanza de aquella época trágica”. El hecho de haber vivido los años más felices de su vida en Madrid, de haber perdido a su amigo Lorca y de haber visto su casa y su barrio bombardeados, su ciudad asediada, el país que amaba roto en dos, significa que el comunismo de Neruda nació de un trauma inmenso, un quiebre emocional difícilmente superable mientras sobreviviese Franco —y el dictador resultaría más longevo que el poeta. Fue, en este sentido, una construcción noble y sólida, terca ante los embates y decepciones de los años, surgida de las ruinas que había cantado en España en el corazón:

                                 Sed celeste, palomas
con cintura de harina: épocas
de polen y racimo, ved cómo
la madera se destroza
hasta llegar al luto: no hay raíces
para el hombre: todo descansa apenas
sobre un temblor de lluvia.

                                  Ved cómo se ha podrido
la guitarra en la boca de la fragante novia:
ved cómo las palabras que tanto construyeron,
ahora son exterminio: mirad sobre la cal y entre el mármol
deshecho
la huella —ya con musgos— del sollozo.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Poema inédito de Pablo Neruda para Juan Rulfo


Por Mario Casasús

La Sociedad de Escritores de Chile convocó, del 18 al 21 de agosto de 1969, a los poetas y narradores de Latinoamérica, en el comité organizador del encuentro participaron Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Fernando Alegría, Carlos Drouguett, Jorge Edwards, Alfonso Escudero, Pedro Lastra, Luis Oryazún, Carlos Rozas y Wilfredo Mayorga (según la investigación del doctor David Schidlowsky). De Sudamérica llegaron Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Nicanor Parra, David Viñas, Ernesto Sábato, Manuel Rojas, Martha Traba, Jorge Enrique Adoum, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Poli Délano, Gustavo Valcárcel, Jorge Ruffinelli, Carlos Martínez Moreno, entre otros; de España invitaron a Camilo José Cela y José Hierro. Dos escritores representaron a México: Rosario Castellanos y Juan Rulfo.
Al concluir el Encuentro Latinoamericano de Escritores, el 21 de agosto, la Universidad Católica de Chile otorgó el grado de Doctor Scientia et Honoris Causa a Pablo Neruda (el primer doctorado honoris causa lo recibió en la Universidad de Michoacán, el 17 de agosto de 1943). El poeta reunió dos celebraciones, y en su papel de anfitrión, invitó a los delegados de Latinoamérica a una tertulia en Isla Negra. La fotógrafa Sara Facio recordó: “Se habló, se escuchó música y Neruda solo hizo un aparte en su habitación con Juan Rulfo” (Pablo Neruda, 1988). Nunca conoceremos sobre qué temas conversaron el poeta chileno y el narrador mexicano, probablemente hablaron de literatura, los dos fueron traductores de Rainer Maria Rilke, o tal vez recordaron a los amigos que compartían. Las cartas inéditas que nunca llegaron a su destinatario podrían darnos algunos indicios para resolver este enigma; el historiador Abraham Quezada está siguiendo las pistas de un posible epistolario Neruda-Rulfo.

Pablo Neruda escribió cuatro referencias sobre Rulfo, la primera está en el poema Algunos: “Oh tú, Juan Rulfo de Anáhuac” (Fin de mundo, 1969); la segunda cita está en las memorias póstumas: “ En los últimos años la novela tomó una nueva dirección en nuestros países. Los nombres de García Márquez, Juan Rulfo, Vargas Llosa, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, el chileno Donoso, se oyen y se leen en todas partes. A algunos de ellos los bautizaron con el nombre de boom. Es corriente también oír decir que ellos forman un grupo de autobombo. Yo los he conocido a casi todos y los hallo notablemente sanos y generosos" (Confieso que he vivido, 1974). El poema y la prosa coinciden en la palabra “algunos”.

La tercera cita, prácticamente desconocida en México, pertenece a un libro publicado en España por las fotógrafas Sara Facio y Alicia D’Amico, el texto manuscrito Mi casa allí entre las rocas (1973) acompaña las imágenes del poeta en Isla Negra, la página que corresponde a Rulfo comienza: “y María Martner, piedrecista, artista del granito redondo y las rocas litorales, aquí está un hombre con guitarra, como se debe estar, y Juan Rulfo honrando con sus hombros mi mano, Mario Vargas Llosa, íntegro y sonriente, Skármeta y Ehrman, Cochrane de Londres, Bárbara y Sergio Insunza, el mejor Edwards” (Geografía de Pablo Neruda, 1973). “Y Juan Rulfo honrando con sus hombros mi mano”, refleja la admiración del poeta chileno y la descripción de la fotografía de Sara Facio, ella conversó con el autor de Pedro Páramo: “Sabía que había sido fotógrafo en su juventud, y encaminé el diálogo hacia el tema. El mismo lo prefería; nada de hablar de su persona o literatura. Mucho después vi sus fotos originales del interior de México que conocía como nadie y tuve la dicha de presentar su muestra en la Fotogalería del Teatro San Martín de Buenos Aires” (Foto de escritor, 1998), según la investigación del doctor Alberto Vital, se conservan 7,000 negativos del fotógrafo Juan Rulfo.

El texto Mi casa allí entre las rocas (1973) fue reeditado en las Obras Completas de Neruda (España, 2002), sin incluir el facsimilar escrito con tinta verde. En el caso de las fotografías de Rulfo “honrando con sus hombros” a Neruda, las imágenes se reeditaron en la colección La Azotea de Sara Facio (Pablo Neruda, 1988). Las personas mencionadas en la misma página junto a Rulfo son: María Martner (artista chilena, trabajó el mural Tupahue con el arquitecto Juan O’Gorman), “un hombre con guitarra” (el cantautor y fotógrafo Jorge Aravena Llanca), Mario Vargas Llosa y Antonio Skármeta (escritores), Juan Ehrman (editor de la revista Ercilla), Cochrane de Londres (Vicealmirante de la Armada de Chile en el siglo XIX), Bárbara y Sergio Insunza (Ministro de Justicia del Presidente Salvador Allende y abogado de Neruda durante los trámites de la Fundación Cantalao), y “el mejor Edwards” (Jorge Edwards, “el peor” sería Agustín Edwards, dueño del periódico El Mercurio). El párrafo termina: “el invencible Homero Arce, poblado de sonetos como una colmena de abejas, y yo de aquí y allá, entre planos y diálogos, vagando y activando, partidario del ocio activo, de las siestas reparadoras, partidario de todos”. El colofón del libro de Sara Facio registró la fecha exacta de impresión, 25 de septiembre de 1973, “Un día antes nos llegó la triste noticia del fallecimiento de Pablo Neruda”.

La cuarta referencia de Neruda nunca ha sido publicada, el historiador y diplomático Abraham Quezada cuenta –en exclusiva para La Jornada Morelos- los detalles del hallazgo: “ Cuando vi el original en la colección de un bibliófilo chileno, hace varios años, copié el texto. Estaba escrito con tinta verde, en hojas sin el logo nerudiano, era un manuscrito inédito. No tenía otras fechas o indicaciones. Está transcrito al pie de la letra del original. Es inédito. Tiene cara de dedicatoria, pero eran hojas sueltas, que no estaban dentro o sobre un libro específico” (correo electrónico, 20/10/2014). Cuarenta y cinco años después, las palabras de Neruda dedicadas a Rulfo llegaron a México y le darán la vuelta al mundo:

Aquí, sobre

estas olas

está el recuerdo

de tantas

lágrimas

que han

navegado

a través de

días y años

en la soledad

de una luna

olvidada.

Para ti querido

Juan nace

este canto

perdido a

orillas del

mar.

Pablo Neruda

Para Juan Rulfo

querido amigo

de paso por Isla Negra

1969.

La última referencia de Neruda sobre Rulfo pertenece a la tradición oral, durante la extensa entrevista de Rita Guibert, publicada originalmente en el libro Seven voices (New York, 1972), reeditado con el título Siete voces (México DF, 1974), la periodista argentina preguntó: “¿Quiénes son los escritores latinoamericanos que usted mencionaría?”, después de citar “algunos” representantes del boom (Julio Cortázar, García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa), Neruda respondió: “No podemos olvidar a Juan Rulfo, que con su silencio y obra delgada es de los más importantísimos escritores de nuestro continente". En los apuntes biográficos publicados por la Fundación Rulfo, que dirige el arquitecto Víctor Jiménez, destacan algunos nombres e ntre los admiradores del autor de Pedro Páramo, El Llano en llamas y El gallo de oro: “Mario Benedetti, José María Arguedas, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Günter Grass, Susan Sontag, Elias Canetti, Tahar Ben Jelloun, Urs Widmer, Gao Xingjian, Kenzaburo Oe, Enrique Vila-Matas y muchos otros”. Por citar a Jorge Luis Borges: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas en lengua hispánica, y aun de la literatura”, por otra parte, Gabriel García Márquez escribió para el catálogo del Homenaje Nacional a Juan Rulfo: “No son más de 300 páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles” (fragmentos del libro Juan Rulfo: Otras miradas, 2010). Para completar la lista de los admiradores, hacía falta la cita de Neruda: “ No podemos olvidar a Juan Rulfo, que con su silencio y obra delgada es de los más importantísimos escritores de nuestro continente".

martes, 6 de noviembre de 2012

Poeta de Amor y de Combate


Rebelión

Por Luz Marina López Espinosa

Después del inmortal Rin Rin Renacuajo de Pombo que marcó nuestra infancia, siento que todos nacimos a la poesía cuando la melancolía, ilusiones y tristezas de la adolescencia fueron interpretados en un solo verso que son tres:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,

Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

Y ahí nos quedamos. Ya éramos poetas; o al menos así nos lo creíamos. Averiguamos luego el nombre, y el señor se llamaba Pablo Neruda. Luego supimos que era chileno, y mucho más tarde, que en realidad no se llamaba así, sino como cualquier vecino, como nuestro héroe el señor de la tienda de la esquina que tenía su negocio de alquiler de cuentos: Neftalí Reyes.
Lo cierto es que Neftalí hizo el milagro. Porque nos tocó seguir leyendo, continuar el descubrimiento de ese algo tan maravilloso, tan inefable, que sin saber cómo ni por qué, nos arrobaba, nos interpretaba, nos hacía sentirnos parte de algo extraordinario. Y no sólo en los territorios del amor, de esos primeros amores tan bellos como doloridos. Porque más tarde nos encontramos que esos astros azules tiritando a lo lejos permitían también todo el dolor, toda la maldad y la concupiscencia asechando en el alma humana. Que la poesía igualmente gritaba, denunciaba, espetaba, y sin dejar de serlo, enrostraba al mundo la perfidia que lo afea.
Y de ahí, descubrir sorprendida que en ese amplio marco cabía todo: la cebolla, el sudor del minero, la España asesinada, las alturas de Machu Picchu, nuestros héroes y nuestros bandidos, los pájaros y los platos exquisitos, la sangre sobre la nieve en la estepa rusa y el goce incomparable de las sábanas abrigadas por otro cuerpo.
Porque Neruda fue poeta cósmico, vital y universal. Hay muchos Nerudas que no gustan. Pero aún así, a ese mismo lector muchos Nerudas le gustan. Porque su militancia fue primeramente con la vida y el mundo todo, de forma que era comprensible que a todos no llegara de la misma manera. Pero esto es más virtud que defecto. Y aún su obra que no destaca, es manifestación del fuego que lo quemaba y lo impulsaba a producirla como un acto de afirmación política y humanista, así de pronto la proclama sacrificara la poesía. Cosa inevitable además en una obra tan vasta y que cubrió todos los tópicos posibles.
Neruda ha acompañado varias generaciones que nacen y crecen en la poesía con él. Con el mérito especial de que él es una cátedra de la poesía sí al servicio de luceros y magnolias, pero también, férreamente, de la lucha del hombre contra el fascismo, el militarismo, el capitalismo despojado del ápice de alma que tiene. Contra el despotismo que es el poder cuando no está al servicio de los más. Por eso Neruda, hedonista y bon vivant, se salva con exceso en poesía y humanidad. ¿La prueba? Murió de pena y desengaño cuando apenas abiertos los portalones que conducirían a obreros, indígenas, mujeres y campesinos a los recintos de la justicia que se les debía, la bestia militar los cerró bruscamente asesinando de paso a su Camarada autor de esa gesta. 
Fecha entonces la de esa muerte, señera para el Movimiento Poético Mundial que la conmemora reivindicando una obra tan humana y comprometida, que en el Nuevo Canto de Amor a Stalingrado, no tiene reparos en clamar:
Guárdame un trozo de violenta espuma,

Guárdame un rifle, guárdame un arado,

Y que lo pongan en mi sepultura

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Para que sepan, si hay alguna duda,

Que he muerto amándote y que me has amado..

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martes, 5 de junio de 2012

Los últimos días de Pablo Neruda



Rebelión

Por Enric Llopis

Le dijo Pablo Neruda a su esposa Matilde Urrutia en el lecho de muerte de la clínica Santa María, en Santiago de Chile: “Están matando a gente, entregan cadáveres despedazados. La morgue está llena de muertos, la gente está fuera por cientos, reclamando cadáveres. ¿Usted no sabía lo que le pasó a Víctor Jara?, es uno de los despedazados, le destrozaron sus manos… ¿Usted no sabía esto? ¡Oh Dios mío! Si esto es como matar a un ruiseñor, y dicen que él cantaba y cantaba y que esto les enardecía”.
Neruda falleció el 23 de septiembre de 1973, doce días después que el general Pinochet y una parte del ejército, con el apoyo de la alta burguesía chilena y los Estados Unidos, perpetrara la asonada fascista que marcaría la realidad de Chile hasta hoy. A reconstruir los últimos días del poeta dedica el periodista e historiador, Mario Amorós, el libro “Sombras sobre Isla Negra. La misteriosa muerte de Pablo Neruda”, recientemente publicado por Ediciones B-Chile, y presentado esta semana por el Intitut d’Estudis Polítics d’Esquerra Unida del País Valencià (EUPV-IU).

Las incógnitas y las sombras planean sobre la muerte de Neruda. Oficialmente, según la versión sostenida por la dictadura militar y avalada por la Fundación Pablo Neruda, el autor de “Canto general” y “20 poemas de amor y una canción desesperada” murió por un cáncer de próstata en fase terminal. Pero se trata de una explicación muy cuestionada desde el primer día por gente muy cercana al poeta. Matilde Urrutia, su viuda, siempre negó (desde la entrevista que le realizó el diario “Pueblo” en 1974”) que su marido pereciera por el cáncer. El eminente urólogo que atendía al escritor le confirmó esta tesis.

Pero el libro de Mario Amorós recoge otro testimonio que, a la postre, será el que más dudas vierta sobre la exégesis oficial. La denuncia del chófer de Pablo Neruda –Manuel Araya-, que achaca directamente a la dictadura militar la responsabilidad en la muerte del literato. Según esta versión, el veneno suministrado por una inyección letal acabó con la vida de Neruda, cuando se hallaba éste hospitalizado en la Clínica Santa María de Santiago (donde otros dirigentes de la izquierda chilena fenecieron en condiciones muy extrañas). El testimonio del exchófer no es baladí. Ha servido como soporte a la querella criminal presentada por el Partido Comunista chileno el 31 de mayo de 2011, que la Corte de Apelaciones de Santiago –a través del ministro, Mario Carroza- ha admitido a trámite. Es precisamente esta instancia judicial la que actualmente investiga las causas de la defunción.

¿Qué riesgos entrañaba Neruda con vida para la Junta Militar? Sin duda, su prestigio como poeta militante y su voz autorizada, su compromiso, en la denuncia de las injusticias. Tal vez por ello la dictadura evitó con un hipotético asesinato que se exiliara a México, donde ya se había expatriado en una ocasión y se le reconocía y admiraba desde la década del 40. El embajador mexicano ya había tramitado los pasaportes para Neruda y su esposa, e incluso el avión para trasladarlos había aterrizado en Santiago de Chile. Pero el viaje a México se frustró por la muerte previa del escritor. En todo caso, no era Neruda un personaje bienquisto por los militares: le destrozaron la casa de Santiago (también la de Valparaíso), le destruyeron los cuadros y quemaron los libros como prueba macabra de la desafección.

Y tal vez lo asesinaron. Pero Mario Amorós no deja esta hipótesis cerrada. El mismo título del libro apela a “sombras” y a una muerte “misteriosa”. Las versiones de Matilde Urrutia y Manuel Araya no coinciden e incluso presentan múltiples contradicciones. Por eso, “la verdad sólo se sabrá si el juez decide la exhumación de los restos emplazados en Isla Negra; de lo contrario, siempre albergaremos dudas”, explica el periodista. Pero más allá de la disyuntiva crimen de estado/cáncer terminal, Pablo Neruda fue, según Amorós, “una víctima de la dictadura de Pinochet, del sufrimiento que le causó el bombardeo al Palacio de la Moneda y de la represión que padecieron sus compañeros y amigos; es esto, sin duda, lo que le condujo a la muerte”.

Porque si por algo reluce la biografía de Pablo Neruda es por su “compromiso político”, por mancharse de barro, subraya el periodista. “Y es algo en lo que insiste el libro”. Pese a que en Chile se extienda hoy un relato castrador, que ve a Neruda exclusivamente como a un poeta lírico que coleccionaba caracolas y mariposas, Mario Amorós recuerda que la poesía de Neruda no puede desligarse de su militancia. Intervenía, de hecho, muy activamente, y con un discurso muy nítido, en las reuniones del Comité Central del Partido Comunista, del que formaba parte. Militante del PC desde 1945, el corazón y la pluma de Neruda se pusieron al servicio de la II República –“España en el corazón” (1937)- y del gobierno de la Unidad Popular chilena.

Como embajador en Francia del ejecutivo de Salvador Allende, para nada ocultó este compromiso: defendió la nacionalización del cobre frente a los intereses multinacionales; ante la UNESCO puso de relieve el valor del sistema educativo chileno y negoció, además, la deuda externa de su país en foros internacionales. No por casualidad se sentía parte de un gobierno –el de la Unidad Popular- que hizo posible que más de tres millones de niños accedieran a la alimentación básica, que en sólo tres años los salarios aumentaran 10 puntos en la renta nacional, se devolvieran tierras ocupadas a los campesinos; 15.000 comités de base (sobre los que se había cimentado el triunfo electoral de la UP) prolongaran su influencia por empresas, pueblos y ciudades, y se nacionalizaran sectores estratégicos de la economía.

El funeral de Neruda celebrado en Santiago de Chile (el 25 de septiembre de 1973) también se convirtió en un acto de homenaje y reivindicación netamente políticos. La sangre aún estaba fresca en el asfalto, cuando en torno al millar de personas retaron a los jerarcas de una dictadura recién estrenada, y acompañaron al poeta desde su casa de “La Chascona” hasta el camposanto general de Santiago. Leyeron poesías del “Canto General” y otras sobre el Madrid cercado de 1936. Recuerda Mario Amorós que algunas mujeres, rodeadas por tanquetas militares, despidieron al poeta universal cantando la internacional. Santiago no era, entonces, una capital plácida para la gente rebelde: el estadio nacional se convertía en un gigantesco campo de concentración, mientras tres mil soldados se dedicaban al allanamiento de casas y a quemar libros y publicaciones de izquierda en el centro de la urbe.

Sintetizar en 246 páginas con documentos, fuentes de primera mano, entrevistas y numerosos testimonios el último año de la vida de Pablo Neruda (desde su retorno de Francia en 1972, hasta sus cuatro días finales en la Clínica de Santa María), requiere una labor de investigación a conciencia. Lo hace Mario Amorós en un terreno que le resulta familiar: la Historia de Chile, sobre la que ha escrito una tesis doctoral (“Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario”), seis libros y numerosos artículos traducidos a 10 idiomas. Al final, “se trata de investigar el pasado y conocerlo, para hacer una democracia mejor”, concluye el historiador y periodista. “Sólo en 2007, tras tres décadas de investigaciones, se pudo saber cómo la dictadura de Pinochet eliminó dos direcciones clandestinas del partido comunista”, recuerda. Es por esto por lo que debe aclararse, hoy, lo que ocurrió durante los últimos días en la vida de Pablo Neruda.