- Mario Goloboff: Escritor, docente universitario.
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sábado, 2 de marzo de 2019
Otra mirada sobre la poesía de Juan Gelman
Por Mario Goloboff *
Para llegar a lo que es hoy, a cinco años de su fallecimiento, una obra inmensa en la que hablan, y escriben, como en un extendido palimpsesto, múltiples voces soterradas, superpuestas, argentinas, americanas y mundiales, el primer libro de poemas que publicaba Juan Gelman, Violín y otras cuestiones (1956), tenía que ser, necesariamente, de continuidad (algo secreta y hasta inconsciente) y de ruptura: lo primero, con la gran poesía latinoamericana, encabezada por César Vallejo y por Pablo Neruda (y, antes, por José Martí y por Rubén Darío); lo segundo, hacia un costado de la diferencia, con “la torre de marfil” y las poéticas de espaldas a la sociedad; hacia el otro, con las políticas del realismo ingenuo, la denuncia expresa, la versificación masiva y hueca; el cantar, decía Nikola Vaptzarov, “vocinglero y entusiasta”.
Raúl González Tuñón lo saluda, en un prólogo fraternal, donde afirma, militante y profético (retomando un epígrafe de Shelley), que “los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo”; lo elogia por su “contenido principalmente social”, por sus “saludables vientos de afirmación civil”, y le transmite, implícito, el legado de no cesar en la poesía política, aunque integrándose con las grandes voces del arte, de la literatura universal. Violín y otras cuestiones es un libro primero, juvenil y, al mismo tiempo, maduro: recoge aquel mandato, pero comienza a elaborar el lenguaje personal que lo distinguirá después. Empiezan a ingresar, sujetas a una modulación particularmente afectiva, las voces diversas, colectivas, de lengua e identidad confusas, “impuras”, en las que hablan lo bajo, lo marginal, el loco, el niño (“Corazón de madera, ojo pintado, / gira el caballo de la calesita”), el inmigrante (“con los dedos del hambre en la mejilla”), el expulsado. En el mítico sello de Manuel Gleizer, el libro fue el primero en publicarse a instancias de “El pan duro”, grupo que vio la luz en 1955 con una lectura de poemas en el teatro “La Máscara” (y que integraron Juana Bignozzi, Hugo Ditaranto, Guillermo Harispe, Rosario Mase, Héctor Negro), proponiéndose, con palabras del propio Gelman, la poesía como actitud, la poesía en contradicción con “un mundo que, por su propia esencia, niega toda poesía”. Y entendíendo la vanguardia, habida cuenta de la entrada e influencia tempranas del Surrealismo en nuestra batalla cultural, como “aventura permanente del espíritu /.../ no injertación de lo externo traducido de lo nuevo”.
Siguieron El juego en que andamos (1959), Velorio del solo (1961) y Gotán (1962), una poesía de sesgo intimista sumada a lo que en otras épocas daba en llamarse “realismo crítico”. Su poética se afianza y se matiza a lo largo del tiempo, ya en las apócrifas traducciones de Cólera buey (1971) (“Traducciones I. Los poemas de John Wendell” (1965-68), “Traducciones II. Los poemas de Yamanokuchi Ando” (1968)) o en Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1969) (falsa evocación de la Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters, y Les chants de Maldoror, de Lautréamont), ya en el diálogo con los textos, urdido, enriquecido, siempre ficticio, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús, los grandes místicos españoles, los alemanes –Eckhardt, Hildegarde de Bingen– u holandeses, y “con los autores de tangos que son verdaderos místicos argentinos”. Ya en los textos que va publicando a partir de 1979, dedicados al tema de la represión dictatorial, los asesinados y desaparecidos, especialmente “Notas” y “Carta abierta”, en Si dulcemente (1980), citas y comentarios (1982), La junta luz (1985), Carta a mi madre (1989).
Esta enorme tarea literaria parece perseguir la conjunción de valores de otras culturas con la nuestra o, mejor, una re-culturación, muy latinoamericana y argentina, de expresiones externas, y una lengua que combine (como el habla argentina) la mezcla de lenguajes, sus “impurezas” (lo a-gramatical, lo a-morfológico, lo impuntuado, el desorden), propias de sociedades cosmopolitas, así como sus mezclas, la transgresión de los géneros: “...pertenezco a la gran patria de la lengua castellana -declaró-, a su visión, su sonido, sus silencios, sus continentes y sus islas, sus maneras de estallar en el odio y el amor. Todos nosotros somos hablados por esa lengua, y lo extraordinario es que otras lenguas, las lenguas del exilio, desembocan en el gran río del idioma de los argentinos, ensanchándolo, sumándole camalotes que descienden del Po, del Dniéper, o del Vístula, cambiando el color de sus aguas con limos que la lengua arrastra y deposita en la profundidad de su aventura, una aventura que nunca acabará”. Buscaba en las fuentes del idioma las auténticas versiones del español perdido, no solo el del siglo XVI sino más allá, en la poesía judeo sefaradí, donde, como afirmaba, se encuentra “ese castellano en estado naciente” y las palabras “conservan un candor como intocado, o tal vez nos parece ahora después de tantos siglos”.
Sus últimos libros (Valer la pena, País que fue será, Mundar) ahondan en una poesía más abstracta y conceptual, donde la figura del poeta va tornándose transparente, atravesada, casi sin rozarla, por la luz; verso en el cual se es hablado o se es escrito: “Al fondo, / el ser que es haber sido lee / lo que el tiempo escribió”. Se trata de una suerte de coronación, de trabajo sobre un depósito geológico. Él mismo sostenía que “la poesía es lenguaje calcinado”, y algunas veces sus metáforas, cuando hablaba de la tarea poética, han sido materiales, arcillosas, correntosas, minerales.
Tal vez a esta suma convenga poco la expresión tan acudida de la intertextualidad. Las imágenes del depósito, del aluvión, la idea de lo que está “debajo” de la lengua, corresponden más bien a algo ligado al palimpsesto, textos escritos sobre una escritura anterior, borrada, pero de la que quedan huellas, y donde lo que se ve prevalece, aunque no oculta totalmente lo primero: dibaxu (1994), se titula coincidentemente uno de los libros donde da forma poética a tales ideas. Recupera aquí “una vieja técnica de los poetas hebreos del siglo XIII del Al-Andalus” y a la vez “el aluvión de citas y alusiones deja de ser efecto para convertirse en la sustancia misma del poema...”. Y, por otra parte, porque esa herencia recuperada, esos orígenes siempre actualizados, esas huellas presentes, ocultas y mostradas, van convirtiendo el obrar poético con la lengua en un trabajo, ya no de individuos aislados sino colectivo y, a lo largo de un muy largo tiempo, de pueblos y naciones.
martes, 11 de marzo de 2014
Gerardo Bavio recuerda la militancia de Juan Gelman
Rebelión
Por Mario Hernandez
- Mario Hernandez (MH): Escuchando al “Tata” Cedrón en el tema “El caballo de la calesita”, letra de Juan Gelman, para recibir a Gerardo Bavio. Puse este tema porque Gelman fue tu compañero de lucha, de militancia y me gustaría que nos hablaras de esta faceta de su personalidad.
- Gerardo Bavio (GB) *: Con Juan militábamos en la misma corriente de lo que llamamos el peronismo de izquierda, en la organización Montoneros. Lo conocí personalmente en Madrid, recién en 1978, cuando tuve oportunidad de salir de Argentina, residí un tiempo en México y después en España. Ahí nos conocimos y nos vimos varias veces. En gran medida participábamos de la misma opinión con respecto a las críticas que se le formulaban a la Conducción Nacional de Montoneros desde algunos ámbitos.
Al respecto quería mencionar lo que fue la ruptura de Juan con la Conducción Nacional junto a varios compañeros, entre los cuales estaban Pablo Fernández Long, Arnaldo Lizaso y Rodolfo Galimberti, que plantearon una serie de críticas en un acto que se desarrolló en febrero de 1979, previo a la denominada Contraofensiva.
Todos estos compañeros eran críticos a la posición de la Conducción Nacional de Montoneros y los criterios que se manejaban. Los acusaban de una concepción militarista, de elitismo, de ausencia total de democracia interna, una serie de críticas que nosotros también compartíamos. No participamos porque podríamos decir que nos sorprendió hasta cierto punto la Declaración de París.
Para aclarar, quiero leer brevemente unos conceptos que Gelman le dirige a Rodolfo Puigróss en una carta de mayo de 1979. Leo textual:
“Nuestro referente son las masas en el país y no el aparato al cual renunciamos porque está equivocado. Hay que empezar por reconocer humildemente quiénes y cuántos somos. Hay que empezar por reorganizar nuestro espacio en el país. El peronismo montonero, con toda humildad repito, con paciencia, sin cortoplacismos, sin soberbia, reconociendo verdaderamente nuestros errores, el militarismo foquista es el principal, empujando la unidad del peronismo pero por las bases, por las conducciones naturales reconocidas por la gente, que hoy lucha contra la dictadura, procurando articular sin sectarismos, sin voluntad controlista ni falsamente hegemónica, todo el enorme espacio de esa resistencia hoy debilitado por su falta de articulación y carencia de conducción”. Y agrega: “vos sabés que la lucha interna de este llamado Partido dura hace años y se viene manifestando de diferentes maneras. Rodolfo Walsh fue uno de los nuestros, de los más lúcidos, también Sergio (quien era hijo de Puigróss y fue detenido y desaparecido por la dictadura militar) y esto no es demagogia barata, no la puede hacer quien como yo también ha perdido un hijo muy querido en esta lucha. Lo que nos duele son tantos muertos para ver que esto se termina en un suicidio del proyecto a menos que reaccionemos, a menos que hagamos algo para que siga vivo como debe seguir”.
Estos eran los conceptos que Juan Gelman le decía a Rodolfo Puigróss quien se mantuvo en la misma línea hasta el final de sus días.
Nosotros rescatamos todas esas palabras y cuando rompimos en diciembre de ese mismo 1979, esos conceptos también estaban presentes. Lamentablemente, se tradujo en la derrota de un proyecto revolucionario, nacional. Ahora pensamos en el socialismo del siglo XXI como seguramente pensaba el querido compañero Juan Gelman a quien debemos hacer también un elogio a su poesía, a su literatura, a todas esas virtudes que tenía.
Para terminar este homenaje podría leer un epitafio escrito por Juan:
Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín).
Este es el “Epitafio” escrito por Juan Gelman y le rendimos un sentido homenaje a este compañero tan querido que estuvo acá, en Tucumán, en 2004, 2005, no recuerdo exactamente. Visitamos el Parque de la Memoria en el cerro San Javier y después Juan nos deleitó con su poesía en un acto que tuvimos. Vino junto con su compañera, Mara Lamadrid. Fue la última vez que lo vi, pero seguimos manteniendo un cierto contacto mientras vivió y que todavía está vivo entre nosotros, en nuestro corazón.
- MH: Sentidas palabras. Te agradezco porque al igual que el miércoles pasado lo hiciera Guillermo Almeyra, cuando recién conocíamos el fallecimiento de Juan Gelman, has reivindicado su militancia, sin duda de uno de los más grandes poetas en lengua castellana, pero también una persona que supo poner su cuerpo y su espíritu al servicio de un proyecto político revolucionario, socialista como acabás de mencionar.
* Gerardo Bavio. Nacido en Salta el 23 de febrero de 1926. Se recibió de Ingeniero Civil en la Universidad de Córdoba. En 1962 fue contratado por el Ministerio de Industrias de Cuba, a cargo de Ernesto Che Guevara. A principios de los ´70 milita en la organización Montoneros. El 25 de mayo de 1973 es designado Intendente de la ciudad de Salta. Fue detenido durante la gestión de Isabel Perón. Liberado en febrero de 1975 constituye la Junta Promotora del Partido Peronista Auténtico. Dado el golpe genocida permanece en Argentina hasta mayo de 1978. Parte al exilio en México, allí suscribe un documento crítico a la conducción de Montoneros junto a Jaime Dri y Miguel Bonasso, entre otros. En 1990 regresa a Argentina. En 2008 es nombrado Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Salta. Actualmente reside en Tucumán y está próximo a publicar junto a Mario Hernandez El peronismo que no fue. La (otra) otra historia.
viernes, 28 de febrero de 2014
Hagamos un mundo para Gelman se quede
Rebelión
Por José de León
El poeta Juan Gelman, con varias copas de más, inaugura el Salón de la Poesía
Sin embargo, y a pesar de todo, yo soy otro … nos decía Juan, allá por la mitad del siglo que nos dejó. Y fui otro.
Recuerdo aquel libro sin tapas, de páginas amarilla gastadas por el tiempo. Llegó a mis manos, en una fría tarde lagunera, obsequio del amigo Víctor Caro. Estábamos enredados en militancias, enredo que me sigue acompañando. Lo encontró en un rastro en Madrid, después de haber pasado por manos, ojos, sentimientos y compromisos anónimos.
Y fui otro. Y otras empezaron a ser algunas de mis manías y mi forma de ver algunas cosas y de escribir y pintar algunas cosas, también fueron otras. Ya Juan Gelman, formaba parte de mis bolsillos y de mi todavía escasa biblioteca.
Bartolomé y su juventud morida, Javier Fernández Quesada y nuestra batalla contra el olvido, huelgas, tejerazos, luchas y amores, Gelman ya formaba parte de los grandes carteles, de los urgentes panfletos, de los encuentros poéticos, de las dedicatorias y de mis amares y andares.
¿A dónde fue la obrera enamorada?¿por qué caminito se fue? Y aparecía Gelman en un 8 de marzo y en las letras del Taller Canario.
Voy a firmar aquí porque me digo, que es bueno andar con la sonrisa entera, silbar bajito una canción cualquiera, tener un perro, un árbol, un amigo…… voy a formar aquí contra el espanto, por la paz, por la vida por el canto, por el gorrión que vuela cuando beso . Brotaba el encanto de Juan en Tefía cuando nos reunimos para proclamar nuestro rechazo a las máquinas de guerra y a la entrada en la OTAN.
Salía Gelman de la tierra, enredado en tabaibas y barrancos, para decir con la tibieza de sus frases que no queríamos cemento en Veneguera, y allá el Juan nos echó una mano en forma de palabras.
El inmenso dolor que se formó en su aliento, lejos de caminar a la agonía, caminaba a la esperanza y se convertía en una fuerza enorme salida del papel… o de la voz. Hijos, nueras, amigos, que compañeraron y acompañaron su tiempo, robados de la vida, habitaron en su corazón, en su mente, en sus sueños y en su irreductible abrazo a la verdad.
Encontró a su nieta, nacida del secuestro y la muerte de su madre, justo en mi paisito, por esos milicos de ambos lados del Plata, en una tarea común y con unos galones comunes que no sabían de frontera, porque la barbarie era su patria. Allá otra buena gente, como José Saramago, le ayudaron a encontrarla. Gelman la imaginó para luego presenciarla, besarla, abrazarla para que venciera el olvido y el fracaso.
Amó Gelman, seguro que amó intensamente, según delata el rastro de sus versos y la huella de sus andares.
Se quedó por México y allí, en estos últimos años, Gelman se había hecho amigo íntimo del presente, y hablaba de él con un gran conocimiento de causa. Muchos y bellos artículos de opinión. Hablaba de la guerra, de la discriminación de la mujer, de la causa de los más débiles, del mundo que vendrá, …
Pero como él mismo se preguntaba, hablando de ese mundo tierno de los que se juegan el tiempo y el tipo, ¿A dónde irán a parar? A dónde, a dónde, cuando la vida es ancha a partir de ellos, a partir de sus brazos tendidos hacia el mundo. ..
A ese poeta que nos dejó, que se fue mucho más acá del recuerdo, al que le ocurría la suavidad del alma, en el aliento de cada revolución, quiero desde este mundo tan necesitado en el que andamos, donde hace falta tanta gente que haga algo por torcer tanta injusticia… esperarlo. A ese poeta, digo, le espero de nuevo en el primer amanecer que me tropiece, para salir con él, por ese camino largo que nos queda todavía.
José de León (Pepe el Uruguayo)
jueves, 23 de enero de 2014
Juan Gelman y Octavio Paz
Rebelión
Por Atilio Borón *
Dos poetas, dos posturas diametralmente opuestas: Gelman fue un poeta exquisito a la vez que un notable y comprometido estudioso de la realidad contemporánea. El más grande de la Argentina y uno de los mayores de la literatura hispano-americana. Pero a lo anterior añadió una virtud que no tuvo Octavio Paz, el otro de los grandes poetas de nuestra lengua : el mexicano cambió de bando y en lo más fragoroso del combate desertó y saltó al otro lado de la barricada. Gelman, en cambio, fiel a sus principios siempre estuvo donde tenía que estar. Paz, que había sido un ardiente revolucionario en su juventud, terminó sus años convertido en un repugnante apologista del imperialismo y del neoliberalismo.
Con el derrumbe de la Unión Soviética Paz dio rienda suelta a un visceral anticomunismo y su figura sirvió como polo de aglutinación a cuanto reaccionario anduviera suelto por el mundo. Con el generoso (y caudaloso) apoyo del gobierno de Salinas de Gortari y la Casa Blanca organizó un gran evento dizque académico en México -¡transmitido en simultáneo por Televisa y la cadena Cablevisión de Estados Unidos!- para celebrar la buena nueva y, de paso, promover la organización internacional de los intelectuales de todo el mundo para colaborar en la innoble tarea de crear el nuevo sentido común que requería un neoliberalismo que se abría paso a fuerza de ajustes, corrupción y represión.
En las antípodas de esta decadente trayectoria se yergue la figura de Gelman, que permaneció firme en su puesto mientras arreciaba el tsunami neoliberal. Contrariamente a lo ocurrido con Paz, las zozobras de la época jamás lo llevaron a exaltar lo que había repudiado a lo largo de toda su vida. Por eso fue un enemigo implacable del imperialismo, mientras Paz se convertía en su bien recompensado publicista. A la exquisitez de su poesía Gelman añadió una coherencia ejemplar que se manifestaba, semanalmente, en la solidez de sus artículos periodísticos publicados en Página/12, donde exponía con minuciosidad los crímenes, las maquinaciones y los mecanismos económicos, políticos y culturales de la dominación imperialista. Sus notas fueron a lo largo de muchos años una fuente obligada de consulta para quienes querían combatir de verdad -no con gestos y palabras vacías- al monstruo que pone en cuestión la sobrevivencia de la humanidad.
Por eso podemos decir que ha partido uno de los "imprescindibles", como decía Brecht. Extrañaremos sus incisivas columnas semanales, pero aún así la obra de Gelman seguirá siendo fuente de inspiración para todos los que creen que debemos, y podemos, construir un mundo mejor. Sembró palabras e ideas que ya están germinando con fuerza en los corazones de millones de militantes antiimperialistas de Nuestra América.
* Atilio Borón es Director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini
Juan Gelman, militante
Por Elena Poniatowska
El 15 de agosto de 1994, invitados por el subcomandante Marcos, acudimos a la Primera Convención Nacional Zapatista en La Realidad, cerca de San Cristóbal, en las montañas del sureste mexicano, para la cual los zapatistas habían construido, en medio del bosque con troncos de árbol y lonas de gran tamaño, una nave como la de Fitzcarraldo, el personaje de Werner Herzog, absolutamente extraordinaria. De pronto, después de que saludaran desde un presidio improvisado los invitados de honor, Carlos Payán, Alberto Gironella (quien donó una magnífica pintura de Zapata que desapareció con la tempestad), Pablo González Casanova, Luis Villoro, doña Rosario Ibarra de Piedra, Eraclio Zepeda, Antonio García de León, Manuel Tello, el fotógrafo Heriberto Rodríguez y otros, cayó una tempestad que tiró a tierra las velas, es decir, el techo de la enorme tienda de campaña donde se celebraría el primer congreso zapatista. Ya el Sup nos había dicho antes de que cayera el primer aguacero que fue arreciando: No le hagan caso a la televisión, a la radio; no se pasmen, no se vendan, no se rindan, no se dejen, no tengan miedo, no se callen, no se sienten a descansar. Todos nos mojamos, nos enlodamos y absolutamente empapados fuimos a refugiarnos a otra tienda más o menos improvisada en la que mal que bien nos acomodamos para pasar la noche, alineados sobre la tierra mojada como sardinas. Éramos más de 70. Otros no corrieron con la suerte de un techo y pasaron la noche bajo el agua entre Durito, el escarabajo y el viejo Antonio que repetía Ocosingo, Oventic, Altamirano, Las Margaritas, La Independencia, Trinitaria. No te puedes dormir así, te vas a enfermar –me dijo Eugenia León, quien me prestó un pantalón que de tan largo me impedía caminar. Mariana Yampolsky, a quien le quitaron su cámara, la pasó muy mal. No puedo vivir sin mi cámara. Graciela Iturbide tomaba fotos con una pequeña que escondió en su bolsillo. Monsiváis decretó que se había torcido un tobillo y fue a pasar la noche en el único sitio en el que había un catre: la enfermería. Fui a visitarlo: Te pasas de listo. Jesusa Rodríguez encontró una hamaca y ofreció: El que sabe dormir en hamaca, que venga. Margarita González de León se preocupaba por la fosa séptica y el papel del excusado. Alguien dijo que el subcomandante Marcos, su pipa en la boca, se había asomado por una abertura a ver cómo íbamos y eso nos animó a todos. Al físico Manuel Fernández Guasti se le ocurrió sacar una pequeña guitarra y entonar con su jarana una y otra pieza recordándonos a Veracruz. Otros, agotados como Enrique González Rojo, pidieron que se callara y los dejara dormir. La mayoría nos lamentábamos y llorábamos nuestra desventura, cuando de pronto oímos a Juan Gelman que nunca levantaba la voz: Dejen ya de quejarse. Es una vergüenza escucharlos. De pie, enojado, una cobija sobre los hombros, siguió: Si venimos aquí es para ayudar, no para complicar más las cosas. No recuerdo si dijo algo más, pero sí el tono de su voz y la autoridad que emanaba de su figura alta a media tienda de campaña. Todos nos callamos avergonzados. Jesusa me recordó: La dictadura militar de Argentina eliminó a 30 mil, y él es un luchador. A la mañana siguiente fui a abrazarlo y todavía me dijo con la bondad que siempre vi en sus ojos: Córrele, a ver si alcanzas café caliente. Allá, debajo del árbol, lo está repartiendo Moisés.
No sé si los zapatistas tenían una clara conciencia de quién era su ilustre visitante, a lo mejor el poeta que escribió Ahí está la poesía de pie contra la muerte era sólo uno más de quienes admiramos al zapatismo. Lo que sí recuerdo es su entereza y su lealtad que lo hizo ir hasta Chiapas a acompañar a los más pequeños para darles –lo supieran o no– el abrigo de su obra clásica, cálida, sencilla y, por tanto, indestructible.
lunes, 20 de enero de 2014
El hombre que hizo hablar a las palabras más allá de la muerte
Por Silvina Freira
Ni el recuento de los merecidos premios literarios ni el repaso de su imponente obra, ni el recuerdo de sus luchas y sus pérdidas alcanzan para darle dimensión a lo ocurrido: con Gelman se van el poeta, el periodista y el militante que cruzó las imposibilidades del lenguaje para crear nueva vida.
“Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,/ querido juan, has muerto finalmente./De nada te valieron tus pedazos/mojados en ternura./ Cómo ha sido posible/que te fueras por un agujerito/ y nadie haya ponido el dedo/ para que te quedaras.” La tristeza es enorme, infinita, insoportable. La lengua castellana está de riguroso luto. Ha muerto Juan Gelman, ayer, a los 83 años, en la ciudad de México, donde residía desde hace más de veinticinco años. Ha muerto el poeta que llevaba la poesía tatuada en los huesos. Ha muerto el más grande de los poetas argentinos, nuestro Premio Cervantes, el hombre que extremó el elástico del lenguaje y sus imposibilidades convirtiendo verbos en sustantivos y sustantivos en verbos para arañar la realidad que se escurre entre las manos. El poeta que mutaba para permanecer, refractario a las normas, al piloto automático o al funcionamiento aluvional de “la maquinita” expresiva, como prefería llamarla. Ha muerto el hombre que transformó las heridas en versos memorables –”la memoria es una cajita que revuelvo sin solución” o “el frío tiembla en puertas del pasado que vuelven a golpear”–; una voz indomable, tan cercana y querida, en la cornisa del susurro, con esa cadencia grave y profunda por donde flameaban siempre las chispas de una ironía elegante y juguetona.
Tercer hijo de una familia de inmigrantes ucranianos, Gelman nació en Buenos Aires el 3 de mayo de 1930. No sobraba dinero en esa familia, pero se ahorraba de a centavitos para ir al Colón una vez al año. Su hermano mayor, Boris, le recitaba versos de Pushkin en ruso. Lo llevaba a un rincón apartado y Gelman, a sus siete años, caía rendido por el ritmo y la musiquita de aquellas palabras que no entendía en absoluto. A los nueve años decidió escribir poemas a una vecina dos años mayor. Al principio le mandaba versos de Almafuerte, como si fueran propios, pero la indiferencia de la nena lo obligó a dar un paso más. La batalla no sería sencilla. Entonces probó escribir él mismo; tampoco obtuvo respuesta. Ella siguió por su camino; él se quedó con la poesía. Y sus lectores del mundo, claro, agradecidos de la reticencia de la vecinita. Todavía no había pegado el estirón cuando “el pibe taquito”, como era conocido en los potreros de Villa Crespo por el modo de empujar la pelota, publicó su primer poema en la revista Rojo y Negro. Tenía once años. Juan, niño precoz que aprendió a leer a los tres años, cursó la secundaria en el Nacional de Buenos Aires. Empezó a estudiar la carrera de Química, pero, como contó más de una vez, le interesaba “mucho más la poesía que la descomposición del átomo, los protones y los neutrones”. Probó varios trabajos, pero eligió el oficio de periodista para ganarse la vida. Lejos de despreciar la faena periodística, Gelman lo entendía como un género literario “que se escribe bien o se escribe mal”.
Su itinerario periodístico arrancó en Orientación, semanario del Partido Comunista Argentina (PCA), continuó en el diario La Hora hasta que en 1962 entró en Xinhua, la agencia china de noticias. En la revista Confirmado, a la que ingresó en 1966, se encargaba de la sección de libros. Después seguirían la sección internacional de Panorama y La Opinión (1971-1973), la revista Crisis (1973-1974) y la jefatura de redacción del diario Noticias (1974). Con el regreso de la democracia se sumó a Página/12, donde escribió desde su primer número (cubriendo el histórico juicio del criminal de guerra nazi Klaus Barbie) hasta la contratapa del último domingo.
Del ambiente de la militancia en el PC, surgió el grupo El pan duro, integrado por Gelman, José Luis Mangieri, Héctor Negro y Juana Bignozzi, todos muy jóvenes y por entonces poetas desconocidos. Eran tiempos difíciles para publicar y peor aún cuando se trata de poesía, “esa Cenicienta de la literatura que apenas ocupa rinconcitos en los catálogos de las grandes editoriales”. Los miembros del grupo decidieron autofinanciar sus propias ediciones a través de un método: venían bonos de diez pesos, que era lo que podía costar un ejemplar. Hacían recitales, fiestas populares en clubes como Vélez Sarsfield y a medida que reunían el dinero elegían por votación el orden de los libros a publicar. Así apareció Violín y otras cuestiones, su primer libro de poesía, publicado en 1956, prologado por Raúl González Tuñón, quien destacó que en ese poemario “palpita un lirismo rico y vivaz y un contenido social, pero social bien entendido, que no elude el lujo de la fantasía”. Entre otras virtudes, Tuñón ponderaba “la forma ágil, fresca, variada en tonos y matices”, de un poeta “nacional, porteño, muy nuestro”, que “recién comienza y ya está maduro”. Esa sorprendente madurez se expandió en Gotán (1962), que significa tango al revés; en Cólera Buey (1965) y en Los poemas de Sydney West (1969) con formas y ritmos que pescaban al vuelo las inflexiones del habla porteña, además de traducciones simuladas de poemas. Entonces ya se vislumbraba lo que pronto sería una certeza: que ninguno de los libros de Gelman se parecen entre sí. Que cada libro nuevo postulaba una ruptura radical con el anterior. Como si fuera y no fuera a la vez el mismo poeta.
En la década del ‘60 sus ideas se radicalizarían más a la izquierda y se alejaría del PC, partido que luego lo expulsó de sus filas. “Fue el momento de la Revolución cubana y un grupo de nosotros sostenía que ese hecho era una línea divisoria”, explicó. “Se hablaba de llegar al socialismo por la vía pacífica; nosotros vimos en Cuba otro tipo de posibilidades.” En 1967 se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y cuando FAR y Montoneros se fusionaron en una única organización, en 1975, Juan fue enviado al extranjero para denunciar públicamente la represión y la violación de la Triple A. Hay golpes en la vida, tan fuertes... se podría parafrasear a César Vallejo, uno de sus poetas preferidos. En 1976 secuestraron a sus hijos Nora Eva y Marcelo Ariel, junto a su nuera María Claudia Iruretagoyena, quien se encontraba embarazada de siete meses. Su hijo y su nuera desaparecieron, junto a su nieta nacida en cautiverio. La ruptura con Montoneros llegó cuando la conducción planteó “esa locura que la contraofensiva militar, que condujo a la muerte a las mayoría de la gente que participó en ella”. El poeta, por entonces ya exiliado, volvió clandestinamente al país en 1978, con el objetivo de que un puñado de periodistas pudiera ver lo que estaba pasando en Argentina, el terror de la dictadura cívico-militar. Durante siete años no escribió ni publicó. Regresaría al ruedo con Hechos y relaciones, texto en donde emerge el dolor en carne viva del exilio y las muertes. En 1989 el presidente Carlos Menem firmó el indulto. Juan objetó la medida a través de una nota publicada en este diario: “Me están canjeando por los secuestradores de mis hijos y de otros miles de muchachos que ahora son mis hijos”, se quejó.
“Me cavo para no encubrirte más con visiones de tu abrigo largo. Un parpadeo dura mucho cuando se aparta el ser de sí en vuelos sin rumor. Libre aún entre muros de cemento y cal viva/arrojado a que nunca fueras certidumbre”, se lee en uno de los poemas recientes que le dedicó a su hijo. El 7 de enero de 1990, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Marcelo, encontrados en un río de San Fernando dentro de un tambor de grasa lleno de cemento. Lo habían matado de un tiro en la nuca. En 1998 descubrió que su nuera había sido trasladada a Uruguay y que había sido mantenida con vida al menos hasta dar a luz a una niña en el Hospital Militar de Montevideo. A partir de ese momento lanzó una búsqueda incansable para hallar a su nieta, apoyado por escritores, artistas e intelectuales. En 2000 finalmente se reunió con su nieta María Macarena Gelman García. “¡Marcelo Gelman! ¡Presente!” El hijo del poeta, entre otras víctimas de la dictadura militar, sonó más vivo que nunca ese jueves 31 de marzo de 2011, cuando el Tribunal Oral Federal 1 juzgó a los represores del centro clandestino Automotores Orletti. Eduardo Cabanillas, el asesino de Marcelo, fue condenado a prisión perpetua. Juan decía que no sintió nada. Ni alegría, ni odio. Nada. Y se preguntó por qué. La respuesta está encadenada en los textos que integran Hoy, el último libro que publicó el año pasado. El poema “VIII” es el primero dedicado a su hijo: “¿Cuánta sangre cuesta/ ir de saber a contramano/ del olvido al horror/ de la injusticia a la justicia? ¿Hay que tocar los altares ardientes/ evitar la vergüenza/ la falta que preocupaba a Teognis/ interrupción del día? El beso del lazo se convierte en el lazo que el asesino ajusta. Desvío sin límite ni fondo ni virtud. La mismidad es un espejo roto en tercera persona y oigo tu mano dibujando un pájaro azul”.
Definir su poesía como política –un malentendido generalizado– es reducir y etiquetar la obra de un poeta que ha demostrado, libro tras libro, la insensatez de enjaularlo cuando él se ha dedicado, con una obstinación pocas veces vista, a deshacer y rehacer los modos de poner en juego la lengua. “Cuando se habla de mi poesía como política pienso que el error está en pensar que vivo conectado a la realidad las 24 horas del día. No todo lo que sucede en el mundo me despierta la necesidad de escribir un poema. Como ciudadano, tengo compromisos y responsabilidades que no tienen que estar necesariamente en la poesía. La ideología de alguien forma parte de su subjetividad, pero no es toda su subjetividad –decía el poeta en una entrevista de Página/12–. No me afecta ni en un sentido ni en otro que digan que mi poesía es política. Lo que me importa es mi trabajo como poeta, no me preocupa lo que digan los demás, tienen todo el derecho a opinar. Pero francamente lo único que influye es la lectura de la poesía, y el trabajo de escribirla.” Todo lo que se escribe, advertía Juan, es un largo fracaso en el intento de conseguir atrapar a la poesía. “Si uno insiste en este oficio ardiente que es la poesía es porque espera la aparición del milagro, pero como decía Dylan Thomas lo milagroso de los milagros es que a veces se producen.”
Juan agradecía los premios que fue recibiendo en los últimos años: el Premio Nacional de Poesía en Argentina (1997), el Premio Cervantes en 2007; los premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2005) y el Reina Sofía (2005); y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2000), entre otros. Sin dudas eran un estímulo y reconocimiento. “La poesía habla al ser humano no como ser hecho, sino por hacer, le descubre espacios interiores que ignoraba tener y que por eso no tenía –planteó en el discurso de aceptación del Reina Sofía–. Va a la realidad y la devuelve otra. Espera el milagro, pero sobre todo busca la materia que lo hace. Nombra lo que la esperaba oculto en el fondo de los tiempos y es memoria de lo no sucedido todavía. Sólo en lo desconocido canta la poesía. Ella acepta el espesor de la tragedia humana, pero no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Choca contra los límites de la lengua y va más allá en el intento de responder al llamado de un amor que no cesa. Es un movimiento hacia el Otro, pasa de su misterio al misterio de todos y les ofrece rostros que duran la eternidad de un resplandor. Corrige la fealdad, es ajena al cálculo y da cobijo en sus tiendas de fuego. Se instala en la lengua como cuerpo y no la deja dormir.”
Cómo no evocar las palabras que pronunció cuando recibió el Cervantes, frente a los Reyes de España. “Es algo verdaderamente admirable, en estos tiempos mezquinos, tiempos de penuria, como los calificaba Holderlin, preguntándose: ¿para qué poetas? ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte”. El poeta repasó el significado que tuvo leer a Santa Teresa y San Juan de la Cruz durante el exilio al que lo condenó la dictadura. “Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino ‘que no es sino morir muchas veces’, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado”, confesó el autor de una obra descomunal compuesta por más de treinta títulos en la que cabe destacar Citas y comentarios (1982), Interrupciones II (1986), Carta a mi madre (1989), Salarios del impío (1993), Dibaxu (1994), Incompletamente (1997), Ni el flaco perdón de Dios/Hijos de desaparecidos, junto a su esposa Mara La Madrid (1997), Valer la pena (2001), País que fue será (2004) y Mundar (2007), entre otros.
La lengua de Juan fue la llama que encendió la temperatura la noche del lunes 26 de agosto pasado, en la Biblioteca Nacional, cuando el poeta presentó Hoy, 288 poemas en prosa que transitan el camino del duelo por la desaparición y asesinato de su hijo Marcelo, pero también dan cuenta del abismo insondable del mal en el mundo. El poeta leyó durante más de media hora. No volaba una mosca en la sala. Todos mudos ante versos que se pegan en los labios de la memoria: “La tierra pule huesos que el tiempo roba sin retorno”.
sábado, 18 de enero de 2014
Murió Juan Gelman
El poeta, traductor y periodista argentino había nacido en Buenos Aires el 3 de mayo de 1930. Hijo de emigrantes judíos ucranios, ejerció diversos oficios antes de dedicarse al periodismo. Por su actividad profesional y política vivió en el exilio entre 1975 y 1988, residiendo alternativamente en Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y México, donde murió. En 1997 ganó el Premio Nacional de Poesía en Argentina; el Juan Rulfo en 2000; en 2004 el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde; en 2005 los premios Iberoamericano Pablo Neruda y Reina Sofía de Poesía. Columnista de Página/12 desde su primer número, en 2007 ganó el Premio Cervantes.
En su juventud colaboró en el periódico Rojo y negro. Fue uno de los fundadores del grupo de poetas "El pan duro" y fue secretario de redacción de Crisis, director del suplemento cultural de La Opinión y jefe de redacción de Noticias.
De su producción poética se destacan Violín y otras cuestiones, El juego en que andamos, Velorio del solo, Gotán, Sefiní o Cólera Buey, así como Los poemas de Sidney West, Traducciones, Fábulas, Relaciones, Hechos y relaciones o Si tan dulcemente. Escribe Exilio en colaboración con Osvaldo Bayer. Citas y comentarios, Hacia el sur, Composiciones, Carta a mi madre y País que fue será, forman parte de su obra.
El 24 de agosto de 1976 su hijo Marcelo fue secuestrado en Buenos Aires junto con María Claudia García Iruretagoyena. Ella tenía 19 años y estaba embarazada de siete meses. La pareja fue llevada al centro clandestino de detención “Automotores Orletti”, una sede del Plan Cóndor. Los restos de Marcelo fueron encontrados en 1989 por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). De María Claudia se supo que fue trasladada por oficiales de la Fuerza Aérea uruguaya al Servicio de Información de Defensa (SID). María Claudia y Macarena estuvieron juntas hasta aproximadamente diciembre de 1976 en esa dependencia de Montevideo. Los represores dejaron el 14 de enero de 1977 a la beba en una cesta en la puerta de la casa de la familia del expolicía Angel Tauriño. Después de años de búsqueda, su abuelo Juan la encontró en los primeros meses de 2000.
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viernes, 18 de noviembre de 2011
“El pueblo está creando y recreando la lengua a cada rato”
Página/12
Por Silvina Friera
Al pie de una palabra que no se deja decir. O de pensamientos que no quieren dormir. O de viejas heridas que esperan que les pongan nombres. El sortilegio de “la señora” –la poesía– no cesa. Juan Gelman cuenta, desde México, que anda “laburando” con el deseo bajo el brazo y la ironía en la punta de la lengua. Lo milagroso de los milagros es que, efectivamente, a veces se producen. La voz del poeta, empecinada en la apertura de nuevos territorios verbales, no oculta el asombro de tener que enfrentarse, a los 81 años, en el espejo de las páginas que escribió. “Estos poemas, esta colección de papeles esta/ manada de pedazos que pretenden respirar todavía/ estas palabras suaves ásperas ayuntadas por mí/ me van a costar la salvación.” Esta yunta de versos escogidos al azar podría condensar, si esto fuera posible, las “pruebas de la infamia”, como las definirá el poeta con ese humor que amortigua el impacto del milagro. Página/12 presenta las Obras completas de Gelman a partir de mañana. Y arranca por el principio: Violín y otras cuestiones, esa pieza clave que resultó un acontecimiento para la poesía argentina, el punto que funda y un antes y un después, con todos los poemas que aparecieron en la primera edición y el prólogo completo de Raúl González Tuñón.
– ¿Qué sentimientos lo asaltaron al volver sobre lo que publicó? ¿Intentó corregirse?
– No corregí nada porque el delito ya se cometió, ¡qué querés que haga! (risas). Van a publicar las futuras pruebas de la infamia; esas pruebas no las puedo corregir. Lo que pasó es que me encontré con una enorme cantidad de poemas, muchos más de lo que pensaba. Aquí salen las obras completas por Fondo de Cultura Económica y se presentan en la Feria del Libro de Guadalajara; son mil trescientas y pico de páginas. El trabajo de reelerme fue más pesado que escribirme.
– ¿Por qué más pesado? ¿Qué encontró en la relectura?
– Una confirmación de mis insatisfacciones, ¿no?; que todavía no alcanzo a dar en la tecla, que sigo persiguiendo a “la señora” para agarrarla por la cola. Y parece que “la señora” no tiene cola. O en todo caso evita que se la agarren. En general corrijo poco porque le tengo un gran respeto al momento más feliz, que es el momento de la escritura. Al día siguiente viene la amargura. Cuando escribís, te sentís sacado de vos mismo; y como a la edad que tengo ya estoy aburrido de mí mismo, salir de mí mismo escribiendo me produce una gran felicidad.
Más allá de la piel de los poemas que está escribiendo y los pormenores de esa dicha, la marea del tiempo que trae la edición completa de las obras de Gelman recupera el paisaje de la iniciación. Un joven poeta con inquietudes políticas y estéticas forjó junto a Héctor Negro, Julio César Silvain y Hugo Ditaranto, entre otros, el grupo de poesía conocido como El Pan Duro, en 1954. Los unía la afiliación comunista y la necesidad de difundir sus incipientes poemas a través de recitales públicos en el teatro La Máscara. Dos años después, en 1956, el grupo editó, a través del sello de Manuel Gleizer, el primer libro de ese joven poeta, Violín y otras cuestiones. “¡Quién pudiera agarrarte por la cola/ magiafantasmanieblapoesía!/ ¡Acostarse contigo una vez sola/ y después enterrar esta manía!/ ¡Quién pudiera agarrarte por la cola!” Estos versos inoxidables, como tantos otros, fundan un destino. Tuñón, con un ojito visor que capturó el porvenir, celebraba este poemario en el que “palpita un lirismo rico y vivaz y un contenido social, pero social bien entendido, que no elude el lujo de la fantasía”.
– ¿Cómo fue el encuentro con Tuñón?
– En una lectura que hicimos los miembros del Pan Duro en el teatro La Máscara lo invitamos a Tuñón. Era un hombre generoso; después de que los amigos me convencieron de que tenía que publicar, junté algunos poemas y se los mostré a él para ver qué pensaba. Si servían. A Tuñón le pareció bien y le pregunté si podía tener la gentileza de hacerme el prólogo. Me dijo que sí, que con mucho gusto lo haría. Además, para todas las ediciones del Pan Duro, conseguimos que un editor mitológico como era Gleizer aceptara darnos su sello. Así que ése fue el primer libro que publiqué por elección popular de todos los miembros del grupo.
– Siempre se señaló que en Violín... irrumpe una manera de llevar el habla popular a la poesía. ¿Qué recuerda que le pasaba a ese joven de veintipico mientras escribía sus primeros poemas con el habla que escuchaba?
– En el habla de la gente hay mucha riqueza, mucha capacidad de inventar. Pero lo que hay, sobre todo, es un ritmo. Y Buenos Aires es un ritmo porteño que podía conocer. En el habla encuentro una música, pero yo no hago una división entre poesía popular y poesía culta, porque la poesía es poesía o no lo es. La poesía es lenguaje calcinado, entonces todo lo que es exterior, lo que es experiencia, vivencia, interroga la imaginación para buscar una expresión. Ahí quema lo que está de más, en materia de palabras.
– ¿Por qué entre tantas cuestiones que se podrían subrayar de Gotán se percibe un énfasis en la ironía?
– Yo fui milonguero y en ese momento empezó a crecer toda una mitología alrededor del tango. La ironía es con aquellos que como Borges decían que el tango era una manera de caminar. A mí siempre me pareció que el tango es una manera de conversar cuerpo a cuerpo y en silencio. Y también ciertas cosas que pasaban en la milonga, que eran un poco ironizables. Recuerdo que escribí un poema, una cuarteta, que no figura en el libro, no figura en ninguna parte... Estoy tratando de hacer memoria (piensa). “La costurerita, cálida y mustia, que pesa lo que puede pesar un hilo, nos dice con su voz llena de angustia: ‘El tango es para bailar, hay que sentirlo’.” La escribí cuando volvía de una milonga. Yo tendría unos 18 años.
– Lo que hace complejo encasillar su poesía es el hecho de que siempre está rompiendo algo. En sus primeros poemas está la tensión entre tradición y ruptura con la lengua. ¿Su libro más rupturista, como se ha dicho, sería Cólera buey?
– Sí, efectivamente, pero sin la tradición nada se puede romper, empezando por la tradición. Ahí el tema es que sentí, como siento todavía, pero ya de otra manera –me tranquilicé un poco–, los límites de lenguaje. Los neologismos surgen por necesidad expresiva, nunca como juego. No me alcanzaban las palabras para decir ciertas cosas que sentía, que la imaginación me traía a la boca. No encontraba palabras para expresar. Y todavía no las hay. En eso estamos los poetas para nombrar esa especie de misterio invisible.
– ¿La idea de violentar la sintaxis de la lengua, presente en toda su obra, le confiere a cada libro un plus diferencial?
– Esto tiene una tradición, sólo que no es una tradición extendida ni mucho menos. En el Quijote hay invención de palabras; Lope de Vega también se mandó las suyas, ¿no? Ellos entendieron lo que hace el pueblo, que es el inventor de la lengua y el que la está creando y recreando a cada rato. Uno escribe por obsesiones y cada nueva obsesión es nueva en el sentido de que necesita una nueva expresión. La obsesión quiere ver la cosa desde otro lugar. Estoy de acuerdo con la definición de la belleza en Sor Juana. Ella decía que la belleza es una espiral. Y yo siento eso. Uno escribe sobre pocos temas, pero al pasar el tiempo y al seguir leyendo y viviendo se ve lo mismo –por ejemplo el amor, la muerte o lo que fuere– desde otro punto de vista. Y eso requiere otra expresión. Por eso mis libros son tan diferentes, creo yo.
En los arrabales de una voz que anda siempre “gelmaneando”, las Obras completas enhebran un collar de obsesiones de libro en libro. Ahí están los versos de “La pretensión” de Mundar (2007), como un modo de invocar el nudo de esta búsqueda expresiva. “Hay palabras que esperan y nadie las toma./ Solas ahí en el silencio florido.”
– ¿Por qué recurrió en Cólera buey a la supuesta traducción de poetas y a los heterónimos o seudónimos?
– Yo los llamo seudónimos porque no creo que sean heterónimos en el sentido de Pessoa. Los seudónimos empezaron por razones personales y políticas; al comienzo de los años ’60 estaba en cierta crisis: lo que escribía era “intimista” y no otra cosa. La intimidad forma parte de una subjetividad, pero no es toda la subjetividad. Entonces me dije que podía inventar un poeta inglés para que escribiera otras cosas. Así apareció John Wendell y después el japonés, Yamanokuchi Ando; pero escribió poquito porque decía que yo como buen occidental lo explotaba (risas). Y después vino Sidney West, que fue extraordinario. Hace dos o tres años se publicó la versión inglesa y se completó el círculo. Lo traduje antes de que su libro se publicara en inglés. Yo trabajaba en Confirmado y en todas las revistas siempre hay un hombre culto. Y vino un día y me dijo: “Juan, leí tu traducción de Sidney West, no te voy a hablar de Sidney West porque ya sabemos qué gran poeta es. Pero estuve chequeando la traducción y es im-pe-ca-ble”. Entonces lo abracé porque Sidney West ya tenía padrino (risas).
– ¿En serio ese hombre culto creyó que Sidney West existía o es una ironía de Gelman hacia esta interlocutora?
– Sí, es en serio. Cuando me dieron el Premio Cervantes, en 2007, Visor me había grabado un disco con unos poemas de Sidney West. Un año después me enteré en Madrid de que alguien de Valencia había entrado a una librería para comprarlo y el vendedor le dijo: “Le tengo que advertir que éstos no son poemas de Gelman, son poemas que lee Gelman” (risas). Así que hasta no hace mucho había gente que creía que esos poemas no eran míos.
– Este coqueteo con la traducción, los seudónimos y las atribuciones, podría remitir a Borges, ¿no?
– No, son dos cosas diferentes; es otra cuestión. Yo no tengo nada que ver con la poesía de Borges, afortunadamente para Borges. Algunos suelen decir que si Kafka hubiera nacido en Buenos Aires sería un escritor costumbrista. Inventar un otro me dio más libertad, me sacó del atasco en que estaba en la escritura.
Algo queda repiqueteando. Quizás el reverso de una réplica que se mastica en silencio. “¿Tenés dos minutos?”, pregunta Juan. En el tono se anticipa los compases de la ironía al pie de la lengua. “Esto que voy a leer apareció en un archivo de La Matanza y es de 1881”, avisa. “El infrascrito, Eusebio Rodríguez, alcalde, certifica que don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente y tapao con un poncho, al parecer reyuno, le sorprendió la muerte al salir del baile de don Rufino el Catalán, de la quebrada de doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogado el cadáver, por tercera vez, y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica alguna, resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadra su circunstancia física, de la que certifico.”
La lectura no termina aún, aunque el lector esté llorando de la risa. ¿Cuántos pagarían por ser testigos de ese momento en que el alcalde interrogó por tercera vez al cadáver? Unos cuantos, seguramente. Hay una nota que le añade más espesura a este texto desopilante. “Hago constar que el finao era muy amante a la bebida y muy dado a las galanterías amorosas y por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producida por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa –continúa leyendo–. No se sabe por qué zafaduría. Vale.” Este texto, repite el poeta, fue hallado en el archivo de la Municipalidad de La Matanza. “Por eso digo que Kafka sería un escritor costumbrista. Y Borges también”, dice Gelman.
– En Notas al pie escribió: “Algo escucho en el acto de escribir”. ¿Qué está escuchando en lo que escribe por estos días?
– En este momento escucho que están poniendo los platos para comer. Así que, si no te molesta, lo dejamos aquí. ¿Qué te parece? (risas).
Por Silvina Friera
Al pie de una palabra que no se deja decir. O de pensamientos que no quieren dormir. O de viejas heridas que esperan que les pongan nombres. El sortilegio de “la señora” –la poesía– no cesa. Juan Gelman cuenta, desde México, que anda “laburando” con el deseo bajo el brazo y la ironía en la punta de la lengua. Lo milagroso de los milagros es que, efectivamente, a veces se producen. La voz del poeta, empecinada en la apertura de nuevos territorios verbales, no oculta el asombro de tener que enfrentarse, a los 81 años, en el espejo de las páginas que escribió. “Estos poemas, esta colección de papeles esta/ manada de pedazos que pretenden respirar todavía/ estas palabras suaves ásperas ayuntadas por mí/ me van a costar la salvación.” Esta yunta de versos escogidos al azar podría condensar, si esto fuera posible, las “pruebas de la infamia”, como las definirá el poeta con ese humor que amortigua el impacto del milagro. Página/12 presenta las Obras completas de Gelman a partir de mañana. Y arranca por el principio: Violín y otras cuestiones, esa pieza clave que resultó un acontecimiento para la poesía argentina, el punto que funda y un antes y un después, con todos los poemas que aparecieron en la primera edición y el prólogo completo de Raúl González Tuñón.
– ¿Qué sentimientos lo asaltaron al volver sobre lo que publicó? ¿Intentó corregirse?
– No corregí nada porque el delito ya se cometió, ¡qué querés que haga! (risas). Van a publicar las futuras pruebas de la infamia; esas pruebas no las puedo corregir. Lo que pasó es que me encontré con una enorme cantidad de poemas, muchos más de lo que pensaba. Aquí salen las obras completas por Fondo de Cultura Económica y se presentan en la Feria del Libro de Guadalajara; son mil trescientas y pico de páginas. El trabajo de reelerme fue más pesado que escribirme.
– ¿Por qué más pesado? ¿Qué encontró en la relectura?
– Una confirmación de mis insatisfacciones, ¿no?; que todavía no alcanzo a dar en la tecla, que sigo persiguiendo a “la señora” para agarrarla por la cola. Y parece que “la señora” no tiene cola. O en todo caso evita que se la agarren. En general corrijo poco porque le tengo un gran respeto al momento más feliz, que es el momento de la escritura. Al día siguiente viene la amargura. Cuando escribís, te sentís sacado de vos mismo; y como a la edad que tengo ya estoy aburrido de mí mismo, salir de mí mismo escribiendo me produce una gran felicidad.
Más allá de la piel de los poemas que está escribiendo y los pormenores de esa dicha, la marea del tiempo que trae la edición completa de las obras de Gelman recupera el paisaje de la iniciación. Un joven poeta con inquietudes políticas y estéticas forjó junto a Héctor Negro, Julio César Silvain y Hugo Ditaranto, entre otros, el grupo de poesía conocido como El Pan Duro, en 1954. Los unía la afiliación comunista y la necesidad de difundir sus incipientes poemas a través de recitales públicos en el teatro La Máscara. Dos años después, en 1956, el grupo editó, a través del sello de Manuel Gleizer, el primer libro de ese joven poeta, Violín y otras cuestiones. “¡Quién pudiera agarrarte por la cola/ magiafantasmanieblapoesía!/ ¡Acostarse contigo una vez sola/ y después enterrar esta manía!/ ¡Quién pudiera agarrarte por la cola!” Estos versos inoxidables, como tantos otros, fundan un destino. Tuñón, con un ojito visor que capturó el porvenir, celebraba este poemario en el que “palpita un lirismo rico y vivaz y un contenido social, pero social bien entendido, que no elude el lujo de la fantasía”.
– ¿Cómo fue el encuentro con Tuñón?
– En una lectura que hicimos los miembros del Pan Duro en el teatro La Máscara lo invitamos a Tuñón. Era un hombre generoso; después de que los amigos me convencieron de que tenía que publicar, junté algunos poemas y se los mostré a él para ver qué pensaba. Si servían. A Tuñón le pareció bien y le pregunté si podía tener la gentileza de hacerme el prólogo. Me dijo que sí, que con mucho gusto lo haría. Además, para todas las ediciones del Pan Duro, conseguimos que un editor mitológico como era Gleizer aceptara darnos su sello. Así que ése fue el primer libro que publiqué por elección popular de todos los miembros del grupo.
– Siempre se señaló que en Violín... irrumpe una manera de llevar el habla popular a la poesía. ¿Qué recuerda que le pasaba a ese joven de veintipico mientras escribía sus primeros poemas con el habla que escuchaba?
– En el habla de la gente hay mucha riqueza, mucha capacidad de inventar. Pero lo que hay, sobre todo, es un ritmo. Y Buenos Aires es un ritmo porteño que podía conocer. En el habla encuentro una música, pero yo no hago una división entre poesía popular y poesía culta, porque la poesía es poesía o no lo es. La poesía es lenguaje calcinado, entonces todo lo que es exterior, lo que es experiencia, vivencia, interroga la imaginación para buscar una expresión. Ahí quema lo que está de más, en materia de palabras.
– ¿Por qué entre tantas cuestiones que se podrían subrayar de Gotán se percibe un énfasis en la ironía?
– Yo fui milonguero y en ese momento empezó a crecer toda una mitología alrededor del tango. La ironía es con aquellos que como Borges decían que el tango era una manera de caminar. A mí siempre me pareció que el tango es una manera de conversar cuerpo a cuerpo y en silencio. Y también ciertas cosas que pasaban en la milonga, que eran un poco ironizables. Recuerdo que escribí un poema, una cuarteta, que no figura en el libro, no figura en ninguna parte... Estoy tratando de hacer memoria (piensa). “La costurerita, cálida y mustia, que pesa lo que puede pesar un hilo, nos dice con su voz llena de angustia: ‘El tango es para bailar, hay que sentirlo’.” La escribí cuando volvía de una milonga. Yo tendría unos 18 años.
– Lo que hace complejo encasillar su poesía es el hecho de que siempre está rompiendo algo. En sus primeros poemas está la tensión entre tradición y ruptura con la lengua. ¿Su libro más rupturista, como se ha dicho, sería Cólera buey?
– Sí, efectivamente, pero sin la tradición nada se puede romper, empezando por la tradición. Ahí el tema es que sentí, como siento todavía, pero ya de otra manera –me tranquilicé un poco–, los límites de lenguaje. Los neologismos surgen por necesidad expresiva, nunca como juego. No me alcanzaban las palabras para decir ciertas cosas que sentía, que la imaginación me traía a la boca. No encontraba palabras para expresar. Y todavía no las hay. En eso estamos los poetas para nombrar esa especie de misterio invisible.
– ¿La idea de violentar la sintaxis de la lengua, presente en toda su obra, le confiere a cada libro un plus diferencial?
– Esto tiene una tradición, sólo que no es una tradición extendida ni mucho menos. En el Quijote hay invención de palabras; Lope de Vega también se mandó las suyas, ¿no? Ellos entendieron lo que hace el pueblo, que es el inventor de la lengua y el que la está creando y recreando a cada rato. Uno escribe por obsesiones y cada nueva obsesión es nueva en el sentido de que necesita una nueva expresión. La obsesión quiere ver la cosa desde otro lugar. Estoy de acuerdo con la definición de la belleza en Sor Juana. Ella decía que la belleza es una espiral. Y yo siento eso. Uno escribe sobre pocos temas, pero al pasar el tiempo y al seguir leyendo y viviendo se ve lo mismo –por ejemplo el amor, la muerte o lo que fuere– desde otro punto de vista. Y eso requiere otra expresión. Por eso mis libros son tan diferentes, creo yo.
En los arrabales de una voz que anda siempre “gelmaneando”, las Obras completas enhebran un collar de obsesiones de libro en libro. Ahí están los versos de “La pretensión” de Mundar (2007), como un modo de invocar el nudo de esta búsqueda expresiva. “Hay palabras que esperan y nadie las toma./ Solas ahí en el silencio florido.”
– ¿Por qué recurrió en Cólera buey a la supuesta traducción de poetas y a los heterónimos o seudónimos?
– Yo los llamo seudónimos porque no creo que sean heterónimos en el sentido de Pessoa. Los seudónimos empezaron por razones personales y políticas; al comienzo de los años ’60 estaba en cierta crisis: lo que escribía era “intimista” y no otra cosa. La intimidad forma parte de una subjetividad, pero no es toda la subjetividad. Entonces me dije que podía inventar un poeta inglés para que escribiera otras cosas. Así apareció John Wendell y después el japonés, Yamanokuchi Ando; pero escribió poquito porque decía que yo como buen occidental lo explotaba (risas). Y después vino Sidney West, que fue extraordinario. Hace dos o tres años se publicó la versión inglesa y se completó el círculo. Lo traduje antes de que su libro se publicara en inglés. Yo trabajaba en Confirmado y en todas las revistas siempre hay un hombre culto. Y vino un día y me dijo: “Juan, leí tu traducción de Sidney West, no te voy a hablar de Sidney West porque ya sabemos qué gran poeta es. Pero estuve chequeando la traducción y es im-pe-ca-ble”. Entonces lo abracé porque Sidney West ya tenía padrino (risas).
– ¿En serio ese hombre culto creyó que Sidney West existía o es una ironía de Gelman hacia esta interlocutora?
– Sí, es en serio. Cuando me dieron el Premio Cervantes, en 2007, Visor me había grabado un disco con unos poemas de Sidney West. Un año después me enteré en Madrid de que alguien de Valencia había entrado a una librería para comprarlo y el vendedor le dijo: “Le tengo que advertir que éstos no son poemas de Gelman, son poemas que lee Gelman” (risas). Así que hasta no hace mucho había gente que creía que esos poemas no eran míos.
– Este coqueteo con la traducción, los seudónimos y las atribuciones, podría remitir a Borges, ¿no?
– No, son dos cosas diferentes; es otra cuestión. Yo no tengo nada que ver con la poesía de Borges, afortunadamente para Borges. Algunos suelen decir que si Kafka hubiera nacido en Buenos Aires sería un escritor costumbrista. Inventar un otro me dio más libertad, me sacó del atasco en que estaba en la escritura.
Algo queda repiqueteando. Quizás el reverso de una réplica que se mastica en silencio. “¿Tenés dos minutos?”, pregunta Juan. En el tono se anticipa los compases de la ironía al pie de la lengua. “Esto que voy a leer apareció en un archivo de La Matanza y es de 1881”, avisa. “El infrascrito, Eusebio Rodríguez, alcalde, certifica que don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente y tapao con un poncho, al parecer reyuno, le sorprendió la muerte al salir del baile de don Rufino el Catalán, de la quebrada de doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogado el cadáver, por tercera vez, y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica alguna, resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadra su circunstancia física, de la que certifico.”
La lectura no termina aún, aunque el lector esté llorando de la risa. ¿Cuántos pagarían por ser testigos de ese momento en que el alcalde interrogó por tercera vez al cadáver? Unos cuantos, seguramente. Hay una nota que le añade más espesura a este texto desopilante. “Hago constar que el finao era muy amante a la bebida y muy dado a las galanterías amorosas y por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producida por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa –continúa leyendo–. No se sabe por qué zafaduría. Vale.” Este texto, repite el poeta, fue hallado en el archivo de la Municipalidad de La Matanza. “Por eso digo que Kafka sería un escritor costumbrista. Y Borges también”, dice Gelman.
– En Notas al pie escribió: “Algo escucho en el acto de escribir”. ¿Qué está escuchando en lo que escribe por estos días?
– En este momento escucho que están poniendo los platos para comer. Así que, si no te molesta, lo dejamos aquí. ¿Qué te parece? (risas).
miércoles, 13 de julio de 2011
Amores perros
Por Juan Pablo Bertaza
En su madurez poética, Juan Gelman vuelve al lenguaje y los trajines de la infancia, la libertad, el amor, la palabra y los objetos de la vida cotidiana. En El emperrado corazón amora, título que remite a un verso de Cólera Buey, uno de sus más grandes libros, Gelman vuelve hacia atrás, pero también proyecta un futuro que no se termina para la poesía. Diana Bellessi, Susana Cella, Daniel Freidemberg, Jorge Boccanera y Sergio Kisielewsky le rinden homenaje y analizan su nueva producción.
Entre todos los neologismos, juegos de palabras y cultismos que brillan como afiladas gemas en el último libro de Juan Gelman, El emperrado corazón amora, hay una palabra que se destaca entre las demás, no sólo por su frecuencia en el texto sino, sobre todo, por su contundente potencia, que la convierte en algo parecido a un hallazgo: “aujero”, palabra que recupera, entre otras cosas, la sonoridad del diptongo, la unión de vocal fuerte con vocal débil.
En el poema “qué” –a diferencia de lo que sucede últimamente con los libros de poesía, acá cada poema tiene un título, un nombre–, Gelman la inaugura, la saca de su fábrica de léxica magia: “los que son/ en un pedazo de silencio y/ tienen madres perdidas/ ésos palabran de verdad./ No hablan, dicen, la noche/ pasa por el aujero de su aguja/ rápida como un golpe”.
Interesante, porque podemos llegar a encontrarnos con una de esas palabras clave que sintetizan al mismo tiempo que despliegan toda una obra, una trayectoria poética que aun laureada, aun consagrada –sobre todo a partir del Premio Cervantes en 2007– todavía continúa experimentando. Aujero remite y vislumbra todos los tópicos y recovecos por los que se metió la poesía de Gelman; lo popular de Violín y otras cuestiones (1956) y Gotán (1956), pero también la descalabrada precisión de Cólera Buey (1964) y Los poemas de Sidney West (1969): un aujero que habla de ese hueco generacional ocasionado por la dictadura, una ausencia que demuestra –como si hiciera falta– que los delitos de lesa humanidad
nunca pueden ser considerados cosa del pasado porque azotan no sólo al presente sino también al futuro.
El aujero también remite a esa potencia original y auténtica del rock que, tal como establece Diana Bellesi comparándolo con Dylan y Hendrix, debería relacionarse con mayor frecuencia a la estética e impronta de Juan Gelman: su poesía también es un gran paso a la hora de salir –Virus dixit– del agujero interior, largar la piña en otra dirección, y sobre todo una demostración cabal de que todavía a la vida se le puede hacer el amor, algo que se destaca especialmente en los últimos libros de Gelman: Valer la pena (2001), Mundar (2007), De atrásalante en su porfía (2009) y ahora más que nunca con El emperrado corazón amora, tal vez el primer libro en que Gelman habla lisa y llanamente acerca del amor en toda su complejidad.
Pero el último libro de Gelman también ahonda en otro de los sentidos de esa constelación creada por la palabra aujero: la imposibilidad del decir, la insuficiencia de la palabra ante los extremos tanto de la angustia como de la alegría. Rara batalla, entonces, la que libran los poetas; una batalla que, en cierta forma, aparece perdida antes de tiempo, antes de empezar a decir, antes de empezar a jugar: si lo real carece de nombre y de forma para llamarlo, cómo hace la poesía para desear, cómo hace para decir: la poesía de Gelman es, en ese sentido, un ejemplo de lo que significa llegar hasta el borde de un abismo sin caer en él.
En el poema “Mil”, Gelman le habla a su madre, justamente, desde los bordes del discurso: “Qué hermosa eras en tu desolación,/ te parecías a/ la palabra que no alcanzo a decir,/ la línea negra de la pureza/ que nadie sabe cruzar”.
sábado, 23 de abril de 2011
Lo de Playa Girón
Página/12
Por Juan Gelman
Se han cumplido 50 años de la fallida invasión a Cuba que dirigió la CIA con el objetivo de derrocar a Fidel Castro: empezó con bombardeos aéreos el 15 de abril de 1961 y el 17 desembarcaban más de 1500 exiliados cubanos. En octubre del mismo año, el inspector general del servicio, Lyman Kirkpatrick, preparó una evaluación de los hechos en 150 páginas impiadosas e involuntariamente irónicas. El documento exhibe un claro top secret al pie de cada folio y fue obtenido, convenientemente “higienizado”, por The National Security Archive en virtud de la Ley de libertad de información (FOIA, por sus siglas en inglés). La crítica del inspector es incluyente: analiza las condiciones políticas y militares del fracaso desde los preparativos de la invasión (www.gwv.edu, 14-4-2011).
Kirkpatrick comienza señalando que el “frente” (sic) de los exiliados cubanos se formó a instancias de la CIA “pero estaban en desacuerdo entre ellos o con los agentes de la Agencia encargados” de las operaciones políticas y militares. Transcurrían momentos de cambio de la administración: “El presidente Eisenhower aprobó la operación el 29 de noviembre (de 1960) y la confirmó el 3 de enero de 1961”. El 20 de enero John Kennedy asumió la presidencia y el 28 autorizó a la CIA a “continuar sus actividades y le prescribió que debía presentar el plan paramilitar táctico al Estado Mayor para que lo analizara”. El grupo de la Agencia al mando ya había adquirido botes y aviones, establecido campos de entrenamiento en Guatemala y Nicaragua, negociado con gobiernos extranjeros, lanzado una campaña propagandística preparatoria y discutido la posibilidad de un gobierno provisional en la isla. En Miami funcionaba una base de apoyo.
El plan consistía en apoderarse de unos 70 kilómetros de playa en la Bahía de los Cochinos y había armamentos preparados para los 30.000 opositores que –se calculaba– iban a unirse a la invasión. Kennedy ordenó cesar los bombardeos el Día D y a esto se atribuye la derrota que desembocó en la muerte de más de 100 invasores y la prisión de otros 1200. Kirkpatrick no pensaba lo mismo: “La causa fundamental del desastre fue la incapacidad de la Agencia de darle al proyecto, a pesar de su importancia y del inmenso potencial de peligro que entrañaba para EE.UU., el manejo que requería: organización apropiada, empleo de personal muy calificado y dirección y control permanentes de la mayor calidad”. Las insuficiencias en estas áreas, agrega, se tradujeron en “errores y omisiones operativos graves... y en graves errores de juicio”.
El autor del informe enumera cuatro: fallas en procurar “una apreciación fría y objetiva” del proyecto; la incapacidad de “advertir al Presidente en el momento apropiado que el éxito era dudoso, recomendar la cancelación de la operación y volver a estudiar la cuestión de derrocar a Castro”; la incapacidad de “reconocer que el proyecto se había ampliado y que el esfuerzo militar se había convertido en algo demasiado grande para ser manejado sólo por la Agencia”; el fallo de no llevar al papel los planes y dejar copias oficiales “al Presidente y sus asesores y solicitar su aprobación y confirmación por escrito”. Señala, además, que un escrutinio objetivo y oportuno del material de inteligencia hubiera demostrado a los agentes de la CIA “que no existía un movimiento clandestino controlado y listo para unirse a la fuerza invasora y que la capacidad de Castro de responder (al ataque) y de avasallar a la oposición interna había aumentado considerablemente”.
Pasaban cosas. Kirkpatrick refiere que siete veces se lanzaron en paracaídas armas, municiones y equipo para los opositores que “fueron totalmente o en gran parte recuperadas por las fuerzas de Castro...; de 75 toneladas (de armamento) transportadas por aire, los agentes paramilitares sólo consiguieron unas 12”. Un avión sobrevoló dos veces sobre un grupo anticastrista sin soltar su carga y “esto alertó al ejército de Castro, que atacó al grupo y lo dispersó”. Tampoco hubo un plan efectivo para introducir hombres y equipo utilizando botes pequeños. Y fue deficiente el entrenamiento de exiliados cubanos en Guatemala para que, una vez en la isla, pudieran entrenar a otros. Había comenzado el 29 de noviembre de 1960, unos cinco meses antes de que el 16 de abril del ’61 Fidel Castro proclamara que Cuba era un país socialista.
El inspector general de la CIA reprocha a la Agencia que pasara de organizar guerrillas clandestinas a emprender una operación militar abierta, no sin antes preocuparse por los gastos de la invasión: el presupuesto inicial de 4,4 millones de dólares terminó en una inversión de 46 millones. La regaña porque “falló en reunir información adecuada sobre las fuerzas del régimen de Castro y el verdadero alcance de la oposición y falló en evaluar correctamente la información disponible”. Pareciera que no todas las críticas de Lyman Kirkpatrick cayeron en saco roto.
Por Juan Gelman
Se han cumplido 50 años de la fallida invasión a Cuba que dirigió la CIA con el objetivo de derrocar a Fidel Castro: empezó con bombardeos aéreos el 15 de abril de 1961 y el 17 desembarcaban más de 1500 exiliados cubanos. En octubre del mismo año, el inspector general del servicio, Lyman Kirkpatrick, preparó una evaluación de los hechos en 150 páginas impiadosas e involuntariamente irónicas. El documento exhibe un claro top secret al pie de cada folio y fue obtenido, convenientemente “higienizado”, por The National Security Archive en virtud de la Ley de libertad de información (FOIA, por sus siglas en inglés). La crítica del inspector es incluyente: analiza las condiciones políticas y militares del fracaso desde los preparativos de la invasión (www.gwv.edu, 14-4-2011).
Kirkpatrick comienza señalando que el “frente” (sic) de los exiliados cubanos se formó a instancias de la CIA “pero estaban en desacuerdo entre ellos o con los agentes de la Agencia encargados” de las operaciones políticas y militares. Transcurrían momentos de cambio de la administración: “El presidente Eisenhower aprobó la operación el 29 de noviembre (de 1960) y la confirmó el 3 de enero de 1961”. El 20 de enero John Kennedy asumió la presidencia y el 28 autorizó a la CIA a “continuar sus actividades y le prescribió que debía presentar el plan paramilitar táctico al Estado Mayor para que lo analizara”. El grupo de la Agencia al mando ya había adquirido botes y aviones, establecido campos de entrenamiento en Guatemala y Nicaragua, negociado con gobiernos extranjeros, lanzado una campaña propagandística preparatoria y discutido la posibilidad de un gobierno provisional en la isla. En Miami funcionaba una base de apoyo.
El plan consistía en apoderarse de unos 70 kilómetros de playa en la Bahía de los Cochinos y había armamentos preparados para los 30.000 opositores que –se calculaba– iban a unirse a la invasión. Kennedy ordenó cesar los bombardeos el Día D y a esto se atribuye la derrota que desembocó en la muerte de más de 100 invasores y la prisión de otros 1200. Kirkpatrick no pensaba lo mismo: “La causa fundamental del desastre fue la incapacidad de la Agencia de darle al proyecto, a pesar de su importancia y del inmenso potencial de peligro que entrañaba para EE.UU., el manejo que requería: organización apropiada, empleo de personal muy calificado y dirección y control permanentes de la mayor calidad”. Las insuficiencias en estas áreas, agrega, se tradujeron en “errores y omisiones operativos graves... y en graves errores de juicio”.
El autor del informe enumera cuatro: fallas en procurar “una apreciación fría y objetiva” del proyecto; la incapacidad de “advertir al Presidente en el momento apropiado que el éxito era dudoso, recomendar la cancelación de la operación y volver a estudiar la cuestión de derrocar a Castro”; la incapacidad de “reconocer que el proyecto se había ampliado y que el esfuerzo militar se había convertido en algo demasiado grande para ser manejado sólo por la Agencia”; el fallo de no llevar al papel los planes y dejar copias oficiales “al Presidente y sus asesores y solicitar su aprobación y confirmación por escrito”. Señala, además, que un escrutinio objetivo y oportuno del material de inteligencia hubiera demostrado a los agentes de la CIA “que no existía un movimiento clandestino controlado y listo para unirse a la fuerza invasora y que la capacidad de Castro de responder (al ataque) y de avasallar a la oposición interna había aumentado considerablemente”.
Pasaban cosas. Kirkpatrick refiere que siete veces se lanzaron en paracaídas armas, municiones y equipo para los opositores que “fueron totalmente o en gran parte recuperadas por las fuerzas de Castro...; de 75 toneladas (de armamento) transportadas por aire, los agentes paramilitares sólo consiguieron unas 12”. Un avión sobrevoló dos veces sobre un grupo anticastrista sin soltar su carga y “esto alertó al ejército de Castro, que atacó al grupo y lo dispersó”. Tampoco hubo un plan efectivo para introducir hombres y equipo utilizando botes pequeños. Y fue deficiente el entrenamiento de exiliados cubanos en Guatemala para que, una vez en la isla, pudieran entrenar a otros. Había comenzado el 29 de noviembre de 1960, unos cinco meses antes de que el 16 de abril del ’61 Fidel Castro proclamara que Cuba era un país socialista.
El inspector general de la CIA reprocha a la Agencia que pasara de organizar guerrillas clandestinas a emprender una operación militar abierta, no sin antes preocuparse por los gastos de la invasión: el presupuesto inicial de 4,4 millones de dólares terminó en una inversión de 46 millones. La regaña porque “falló en reunir información adecuada sobre las fuerzas del régimen de Castro y el verdadero alcance de la oposición y falló en evaluar correctamente la información disponible”. Pareciera que no todas las críticas de Lyman Kirkpatrick cayeron en saco roto.
jueves, 6 de enero de 2011
Una Nochebuena particular
Página/12
Por Juan Gelman
Cesaron los tiros. Los combatientes de una trinchera comenzaron a cantar un villancico. En la trinchera de enfrente respondieron con el mismo villancico en otro idioma. Los adversarios de ambos bandos salieron a la tierra de nadie sembrada de cadáveres y confraternizaron. Sucedió el 24 de diciembre de 1914 en el frente de la Bélgica francesa donde terminó la guerra de posiciones y tuvo lugar la batalla de Flandes. A esa altura, la Gran Guerra o “la guerra que iba a terminar con todas las guerras” había cobrado decenas de miles de vidas en cuatro meses. Y el pronóstico falló.
La Historia conoce treguas desde Troya, concertadas entre los mandos enemigos para enterrar a sus muertos, rezar por la victoria, dar algún descanso a las tropas. Esta fue espontánea. La instauraron los efectivos alemanes y británicos enfrentados corriendo el riesgo de padecer sendas cortes marciales, tal vez movidos por el encuentro de la memoria de Navidades pasadas en compañía de sus familias, con la fe en Dios y la fatiga de una guerra sin sentido aparentemente provocada por el asesinato de un remoto archiduque. No se trata de un mito ni de un cuento de Navidad: ocurrió, aunque relatos, novelas, canciones y películas que nacieron de este hecho excepcional lo envolvieron luego con capas de fantasía.
Una fuente legítima de conocimiento son las cartas que los soldados, suboficiales y oficiales británicos enviaron a sus familiares y se publicaron en periódicos ingleses locales hasta que su aparición fue prohibida en 1915 (www.chris tian.co.uk). Construyen una narrativa sin tapujos que deshace toda posibilidad de literatura fantástica. No hace falta. Menos de 60 metros separaban las trincheras de los contendientes en Ypres y los de un lado podían escuchar las conversaciones del otro cuando callaban los fusiles. El 24 de diciembre de 1914 un extraño silencio acompañó la caída del crepúsculo. A las 11 de la noche, los alemanes alzaron un árbol de Navidad con velas encendidas que recibió algunos tiros hasta que se oyó el “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Fue respondido enfrente con el “Silent Night”, el villancico “Noche de Paz” en otras lenguas. Y siguieron otros: “Oh, Come All Ye Faithful” y “Adeste Fideles”.
Los soldados salieron entonces de los pozos de fango en que se habían convertido las trincheras, cremaron o enterraron los restos de los caídos que llevaban semanas bajo el frío invernal, se dieron la mano en medio de la tierra de nadie -ahora de ellos-, intercambiaron cigarrillos ingleses por schnaps y caramelos alemanes y no tardaron en jugar al fútbol con una pelota de verdad aportada por un militar precavido. Los puntiagudos cascos alemanes delimitaban los arcos y no se oían cañonazos, sino gritos de “goal” y “tor”. Los Fritzs les ganaron a los Tommies 3 a 2.
“La noche pasó como en sueños”, escribió el soldado británico Henry Williamson. “Descubrimos que los del otro lado no eran bárbaros, como se nos hizo creer -declaró el escocés Alfred Anderson-, eran como nosotros.” “Nos separamos estrechándonos las manos largamente y deseándonos lo mejor”, anotó en carta a su familia Percy Jones, de la Brigada Westminster. Abundan en esas misivas la mención “soñando despierto”. Los altos mandos franceses negaron lo sucedido, pero Víctor Granier, tenor de la Opera de París, interpretó “Minuit, Chrétiens” y Walter Kirchoff, un astro de la Opera Imperial de Berlín, cantó para los ingleses.
Los jefes militares estaban presos en su indignación: la guerra debía seguir, la matanza debía seguir en aras del interés nacional de cada quien. El general sir Horace Smith-Dorrien ordenó cesar los contactos con el enemigo porque “debemos conservar nuestro espíritu de lucha para acabar con esta guerra rápidamente”. Más rápido hubiera sido ponerle fin: el armisticio se firmó cuatro años después con un saldo de diez millones de muertos y 20 millones de heridos.
El 25 a la mañana se ofició una suerte de misa por los muertos de los dos ejércitos y la confraternización continuó. Como las tropas de reemplazo de los “pacifistas” tardaban en llegar, la tregua se prolongó varios días. Los cañones inauguraron el 1915 creando un Año Nuevo inédito para casi todos. George Wilson, de la 3ª Compañía de Rifleros de Londres, escribió en su diario: “Nos separamos sabiendo que difícilmente nos volveríamos a ver”.
Los capitanes Miles Barnes y sir Iain Colquhoun, de la 1ª Compañía de Guardias Escoceses, intentaron convertir esa tregua en tradición: en la Nochebuena de 1915, efectivos británicos y alemanes sólo se mezclaron media hora en la tierra de nadie, pero durante todo el día de Navidad se sentaban en sus respectivos parapetos a la vista del enemigo sin disparar un tiro. Una Corte Marcial juzgó a los capitanes y el hecho ya no se repitió.
En un mundo que no conoce un solo día de paz desde 1939, con una guerra siempre en algún rincón del planeta, esa tregua parece una ficción. Será que la Naturaleza imita al Arte, como observó Oscar Wilde.
Por Juan Gelman
Cesaron los tiros. Los combatientes de una trinchera comenzaron a cantar un villancico. En la trinchera de enfrente respondieron con el mismo villancico en otro idioma. Los adversarios de ambos bandos salieron a la tierra de nadie sembrada de cadáveres y confraternizaron. Sucedió el 24 de diciembre de 1914 en el frente de la Bélgica francesa donde terminó la guerra de posiciones y tuvo lugar la batalla de Flandes. A esa altura, la Gran Guerra o “la guerra que iba a terminar con todas las guerras” había cobrado decenas de miles de vidas en cuatro meses. Y el pronóstico falló.
La Historia conoce treguas desde Troya, concertadas entre los mandos enemigos para enterrar a sus muertos, rezar por la victoria, dar algún descanso a las tropas. Esta fue espontánea. La instauraron los efectivos alemanes y británicos enfrentados corriendo el riesgo de padecer sendas cortes marciales, tal vez movidos por el encuentro de la memoria de Navidades pasadas en compañía de sus familias, con la fe en Dios y la fatiga de una guerra sin sentido aparentemente provocada por el asesinato de un remoto archiduque. No se trata de un mito ni de un cuento de Navidad: ocurrió, aunque relatos, novelas, canciones y películas que nacieron de este hecho excepcional lo envolvieron luego con capas de fantasía.
Una fuente legítima de conocimiento son las cartas que los soldados, suboficiales y oficiales británicos enviaron a sus familiares y se publicaron en periódicos ingleses locales hasta que su aparición fue prohibida en 1915 (www.chris tian.co.uk). Construyen una narrativa sin tapujos que deshace toda posibilidad de literatura fantástica. No hace falta. Menos de 60 metros separaban las trincheras de los contendientes en Ypres y los de un lado podían escuchar las conversaciones del otro cuando callaban los fusiles. El 24 de diciembre de 1914 un extraño silencio acompañó la caída del crepúsculo. A las 11 de la noche, los alemanes alzaron un árbol de Navidad con velas encendidas que recibió algunos tiros hasta que se oyó el “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Fue respondido enfrente con el “Silent Night”, el villancico “Noche de Paz” en otras lenguas. Y siguieron otros: “Oh, Come All Ye Faithful” y “Adeste Fideles”.
Los soldados salieron entonces de los pozos de fango en que se habían convertido las trincheras, cremaron o enterraron los restos de los caídos que llevaban semanas bajo el frío invernal, se dieron la mano en medio de la tierra de nadie -ahora de ellos-, intercambiaron cigarrillos ingleses por schnaps y caramelos alemanes y no tardaron en jugar al fútbol con una pelota de verdad aportada por un militar precavido. Los puntiagudos cascos alemanes delimitaban los arcos y no se oían cañonazos, sino gritos de “goal” y “tor”. Los Fritzs les ganaron a los Tommies 3 a 2.
“La noche pasó como en sueños”, escribió el soldado británico Henry Williamson. “Descubrimos que los del otro lado no eran bárbaros, como se nos hizo creer -declaró el escocés Alfred Anderson-, eran como nosotros.” “Nos separamos estrechándonos las manos largamente y deseándonos lo mejor”, anotó en carta a su familia Percy Jones, de la Brigada Westminster. Abundan en esas misivas la mención “soñando despierto”. Los altos mandos franceses negaron lo sucedido, pero Víctor Granier, tenor de la Opera de París, interpretó “Minuit, Chrétiens” y Walter Kirchoff, un astro de la Opera Imperial de Berlín, cantó para los ingleses.
Los jefes militares estaban presos en su indignación: la guerra debía seguir, la matanza debía seguir en aras del interés nacional de cada quien. El general sir Horace Smith-Dorrien ordenó cesar los contactos con el enemigo porque “debemos conservar nuestro espíritu de lucha para acabar con esta guerra rápidamente”. Más rápido hubiera sido ponerle fin: el armisticio se firmó cuatro años después con un saldo de diez millones de muertos y 20 millones de heridos.
El 25 a la mañana se ofició una suerte de misa por los muertos de los dos ejércitos y la confraternización continuó. Como las tropas de reemplazo de los “pacifistas” tardaban en llegar, la tregua se prolongó varios días. Los cañones inauguraron el 1915 creando un Año Nuevo inédito para casi todos. George Wilson, de la 3ª Compañía de Rifleros de Londres, escribió en su diario: “Nos separamos sabiendo que difícilmente nos volveríamos a ver”.
Los capitanes Miles Barnes y sir Iain Colquhoun, de la 1ª Compañía de Guardias Escoceses, intentaron convertir esa tregua en tradición: en la Nochebuena de 1915, efectivos británicos y alemanes sólo se mezclaron media hora en la tierra de nadie, pero durante todo el día de Navidad se sentaban en sus respectivos parapetos a la vista del enemigo sin disparar un tiro. Una Corte Marcial juzgó a los capitanes y el hecho ya no se repitió.
En un mundo que no conoce un solo día de paz desde 1939, con una guerra siempre en algún rincón del planeta, esa tregua parece una ficción. Será que la Naturaleza imita al Arte, como observó Oscar Wilde.
martes, 7 de diciembre de 2010
Descomposturas
Página/12
Por Juan Gelman
La reacción más bien destemplada de la Casa Blanca ante la difusión de los documentos filtrados por Wikileaks oscila entre la soberbia más cruda y la hipocresía no menos. Robert Gates, el jefe del Pentágono, señaló que EE.UU. no tiene amigos, sólo países que lo respetan, le temen o lo apoyan por mera conveniencia y les restó toda importancia. A los países y a los documentos. Si son inofensivos, habrá que lamentar los afanes que Hillary Clinton desplegó para atenuar su impacto entre sus colegas en la reunión cumbre de la Organización para la Seguridad y Colaboración en Europa (OSCE) que acaba de finalizar en Kazajstán.
Una foto muestra a la número uno de la diplomacia estadounidense estrechando la mano de Berlusconi después de asegurarle que no había aliado más importante para Washington que Roma. Los dos sonríen. Después de todo, el primer ministro italiano se mostró divertido, tal vez halagado, por la referencia a sus fiestitas con menores de edad. Putin, en cambio, se irritó, algunos gobernantes se apresuraron a decir que el hecho no dañaba sus relaciones con EE.UU. y otros prefirieron el silencio. Como se acostumbra decir, la procesión va por dentro.
Se prohibió al personal del Departamento de Estado consultar el sitio de Wikileaks (The Christian Science Monitor, 1-12-10) y el secretario de prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, subrayó que Hillary Clinton nunca había ordenado a sus funcionarios que espiaran en las Naciones Unidas (AP, 1-12-10). Quizás se trate de un caso de miopía aguda.
Gibbs no debe haber leído bien el memo secreto con la firma de la secretaria en el que imparte, entre otras, las siguientes instrucciones: conseguir los números de las tarjetas de crédito y de viajero frecuente, el correo electrónico, los pases de los diplomáticos de otros países –-incluidos el secretario general, Ban Ki-moon y los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU– y aun sus datos biométricos. Que incluyen, según especifica una directiva del 31 de julio de 2009 enviada a las embajadas de 33 países, las huellas digitales, las fotos del pasaporte y el escaneo del iris de los espiados (www.spiegel.de, 11-28-10). Se ha dicho que los documentos difundidos por Wikileaks son el producto de un robo. Es verdad. Y se sabe: el que roba a un ladrón...
Julian Assange, el director de Wikileaks, figura ya en la lista de los más buscados por Interpol y suceden otras cosas curiosas. Legisladores republicanos lo acusan de traicionar a EE.UU., aunque nació en Australia. El predicador bautista Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas y tercero en la lista de candidatos a la presidencia por el Partido Republicano, pidió la ejecución de quienes filtraron los documentos. Acompañó el pedido de este hombre de Dios, entre otros, Tom Flanagan, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Calgary y ex asesor del primer ministro canadiense Stephen Harper. Flanagan precisó un par de métodos para asesinarlo: “Contratar (a un sicario) o tal vez emplear una avión no tripulado” (www.cbc.ca, 1-11-12). Por qué no.
Si las afirmaciones de Robert Gates son ciertas –haciendo a un lado su desdeñosa connotación– los documentos filtrados poco dañarían las relaciones de EE.UU. con sus aliados, con la excepción quizás de Turquía. Pero sin duda socavan las posibilidades de Obama de lograr un segundo mandato. El mandatario estadounidense no fatigó su apoyo a un gobierno honesto y de absoluta transparencia –el suyo– y el ser consecuente con esa promesa lo llevaría a tomar decisiones extremas: no aceptar la responsabilidad del contenido de los documentos lo obligaría a despedir y aun procesar a muchos funcionarios del Departamento de Estado que él mismo designó. La alternativa es de hierro y parece improbable que Obama proceda a tal limpieza para evitar las acusaciones de debilidad que sus competidores le enrostrarían.
Farhan Haq, uno de los voceros de Ban Ki-moon, calificó de ilegal la directiva de espiar al secretario general de Naciones Unidas y se estima que éste pedirá aclaraciones a la Casa Blanca. Haq recordó en conferencia de prensa que, en virtud de la Convención sobre los privilegios e inmunidades de la ONU de 1946, el intento de apropiarse de los datos precisados en la directiva de Hillary Clinton es un delito grave para el derecho internacional (www.guardian.co.uk, 29-11-10). Se estima que esta declaración no movió un solo pelo de la cabellera de Gates. Debe haber agitado mucho la de Hillary.
El vocero del Departamento de Estado, P. J. Crowley, admitió el jueves que la filtración hacía más dura la vida de los diplomáticos estadounidenses (www.voanews.com, 2-12-10). Explicó que su jefa se la pasó telefoneando a mandatarios de China, Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países para lamentar la filtración. También llamó a Buenos Aires y conversó cordialmente unos 20 minutos con Cristina Fernández de Kirchner. Meses antes estaba muy preocupada por la salud mental de la Presidenta argentina.
Por Juan Gelman
La reacción más bien destemplada de la Casa Blanca ante la difusión de los documentos filtrados por Wikileaks oscila entre la soberbia más cruda y la hipocresía no menos. Robert Gates, el jefe del Pentágono, señaló que EE.UU. no tiene amigos, sólo países que lo respetan, le temen o lo apoyan por mera conveniencia y les restó toda importancia. A los países y a los documentos. Si son inofensivos, habrá que lamentar los afanes que Hillary Clinton desplegó para atenuar su impacto entre sus colegas en la reunión cumbre de la Organización para la Seguridad y Colaboración en Europa (OSCE) que acaba de finalizar en Kazajstán.
Una foto muestra a la número uno de la diplomacia estadounidense estrechando la mano de Berlusconi después de asegurarle que no había aliado más importante para Washington que Roma. Los dos sonríen. Después de todo, el primer ministro italiano se mostró divertido, tal vez halagado, por la referencia a sus fiestitas con menores de edad. Putin, en cambio, se irritó, algunos gobernantes se apresuraron a decir que el hecho no dañaba sus relaciones con EE.UU. y otros prefirieron el silencio. Como se acostumbra decir, la procesión va por dentro.
Se prohibió al personal del Departamento de Estado consultar el sitio de Wikileaks (The Christian Science Monitor, 1-12-10) y el secretario de prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, subrayó que Hillary Clinton nunca había ordenado a sus funcionarios que espiaran en las Naciones Unidas (AP, 1-12-10). Quizás se trate de un caso de miopía aguda.
Gibbs no debe haber leído bien el memo secreto con la firma de la secretaria en el que imparte, entre otras, las siguientes instrucciones: conseguir los números de las tarjetas de crédito y de viajero frecuente, el correo electrónico, los pases de los diplomáticos de otros países –-incluidos el secretario general, Ban Ki-moon y los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU– y aun sus datos biométricos. Que incluyen, según especifica una directiva del 31 de julio de 2009 enviada a las embajadas de 33 países, las huellas digitales, las fotos del pasaporte y el escaneo del iris de los espiados (www.spiegel.de, 11-28-10). Se ha dicho que los documentos difundidos por Wikileaks son el producto de un robo. Es verdad. Y se sabe: el que roba a un ladrón...
Julian Assange, el director de Wikileaks, figura ya en la lista de los más buscados por Interpol y suceden otras cosas curiosas. Legisladores republicanos lo acusan de traicionar a EE.UU., aunque nació en Australia. El predicador bautista Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas y tercero en la lista de candidatos a la presidencia por el Partido Republicano, pidió la ejecución de quienes filtraron los documentos. Acompañó el pedido de este hombre de Dios, entre otros, Tom Flanagan, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Calgary y ex asesor del primer ministro canadiense Stephen Harper. Flanagan precisó un par de métodos para asesinarlo: “Contratar (a un sicario) o tal vez emplear una avión no tripulado” (www.cbc.ca, 1-11-12). Por qué no.
Si las afirmaciones de Robert Gates son ciertas –haciendo a un lado su desdeñosa connotación– los documentos filtrados poco dañarían las relaciones de EE.UU. con sus aliados, con la excepción quizás de Turquía. Pero sin duda socavan las posibilidades de Obama de lograr un segundo mandato. El mandatario estadounidense no fatigó su apoyo a un gobierno honesto y de absoluta transparencia –el suyo– y el ser consecuente con esa promesa lo llevaría a tomar decisiones extremas: no aceptar la responsabilidad del contenido de los documentos lo obligaría a despedir y aun procesar a muchos funcionarios del Departamento de Estado que él mismo designó. La alternativa es de hierro y parece improbable que Obama proceda a tal limpieza para evitar las acusaciones de debilidad que sus competidores le enrostrarían.
Farhan Haq, uno de los voceros de Ban Ki-moon, calificó de ilegal la directiva de espiar al secretario general de Naciones Unidas y se estima que éste pedirá aclaraciones a la Casa Blanca. Haq recordó en conferencia de prensa que, en virtud de la Convención sobre los privilegios e inmunidades de la ONU de 1946, el intento de apropiarse de los datos precisados en la directiva de Hillary Clinton es un delito grave para el derecho internacional (www.guardian.co.uk, 29-11-10). Se estima que esta declaración no movió un solo pelo de la cabellera de Gates. Debe haber agitado mucho la de Hillary.
El vocero del Departamento de Estado, P. J. Crowley, admitió el jueves que la filtración hacía más dura la vida de los diplomáticos estadounidenses (www.voanews.com, 2-12-10). Explicó que su jefa se la pasó telefoneando a mandatarios de China, Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países para lamentar la filtración. También llamó a Buenos Aires y conversó cordialmente unos 20 minutos con Cristina Fernández de Kirchner. Meses antes estaba muy preocupada por la salud mental de la Presidenta argentina.
martes, 12 de octubre de 2010
“La poesía no es una isla”
Página/12
Por Silvina Friera
En la excepcional rabia del sol de otoño resiste agazapada la tristeza del invierno. Un poeta dueño de todas las sonoridades de la lengua no puede pasar inadvertido. Aunque quiera. Una travesura sorda campea por las pupilas de Juan Gelman. La picardía humedece sus ojos durante unos segundos. “Yo no estoy en la tercera edad, estoy en la cuarta”, afirma con su voz en baja potencia, como si generara un tajo en el tiempo que obliga a callar para escuchar mejor la explicación. “La primera es la niñez; la segunda es la juventud y la madurez, la tercera es la vejez. Pero la cuarta es ‘¡qué bien se te ve!’. Lo que piensan entre paréntesis y no dicen es: ¡Para los años que tenés, pibe!” El poeta que hoy cierra la 62ª edición de la Feria del Libro de Frankfurt –ceremonia de traspaso en la que se entregará a Islandia la categoría de invitado de honor– consigue despejar la maleza de los lugares comunes con el grano de una pequeña ironía de su puño y letra, que le sirve para masticar o digerir la cifra del tiempo.
En cada caminata que emprende –por el pabellón argentino o por el stand editorial–, las bocas de hombres y mujeres, que saben que Gelman cumplió 80 años en mayo pasado, lanzan una seguidilla de elogios y piropos a nuestro Premio Cervantes. Todos arrancan con el “¡qué bien se te ve, Juan!” La cuarta edad –es cierto– le sienta muy bien. La serenidad se dibuja en su rostro cuando habla. Aunque el paisaje de los negocios de la Feria le resulta ajeno –lo contempla y transita como convidado de piedra–, comenta las impresiones inmediatas de la participación argentina en la vidriera mundial del mercado editorial. “Hay que esperar que pase el tiempo a ver qué sucede. Lo que me alegra es que muchas obras de autores argentinos fueron traducidas al alemán; así se abre camino la literatura argentina. ¿Qué va a pasar después? Yo no lo sé”, admite el poeta que tiene uno de sus últimos libros, Mundar, traducido al alemán gracias al programa Sur.
–El modo en que participó la Argentina, haciendo hincapié en la memoria y los derechos humanos con la muestra Ausencias y la antología de escritores desaparecidos, era impensado hace diez años, ¿no?
–Escuché críticas por ahí, pero que corresponden a cosas un poco diferentes. Ausencias, la muestra fotográfica, me parece absolutamente extraordinaria, sin palabras... creo que tenemos el mejor gobierno posible al que podía aspirar la Argentina; ahí están los datos, pero no voy a incurrir en ellos. Hay cosas no resueltas, hay errores que comete el Gobierno, pero al mirar un poco lo que es la oposición, ¡Dios mío!; es una oposición sin programa que lo único que propone es que cualquier medida o proyecto del Gobierno es malo. Me gustaría saber qué proponen porque no veo que haya propuestas. Una buena oposición ayudaría a enriquecer el trabajo del Gobierno, pero tenemos una oposición tonta, destructiva... no, no es tonta: obedece a intereses muy claros.
–Parte de esa oposición que pertenece a la izquierda progresista sostiene que el Gobierno usa la política de los derechos humanos. ¿Qué piensa cuando se plantea este tipo de crítica?
–Esa izquierda tiene que hacer algo, no puede opinar desde el punto de vista de los intereses de la oligarquía o de los ganaderos; tiene que criticar desde aquello que está teóricamente en su campo. Me parece que toda insistencia es poco, todavía no se puede decir que la sociedad en su conjunto haya tomado conciencia de lo que realmente ocurrió. Aunque no se repita la dictadura militar –que yo no lo excluyo–, ninguna sociedad puede caminar con paso firme si no hay una conciencia cívica. Y la falta de memoria debilita la conciencia cívica.
–¿Por qué dice que no excluye que se repita una dictadura militar?
–Me parece que empezamos una nueva era de golpes de Estado –Honduras y Ecuador–, de manera que no veo por qué vamos a estar exentos. No digo que vaya a ocurrir ya ni nada por el estilo. El Ejército cambió un poco, pero los intereses en juego son muy fuertes. Hay que estar en estado de vigilia permanente.
La mirada súbitamente turbia de Juan parece cruzada por ramalazos del pasado. O de un presente que no tiene el menor remilgo de intentar emular –con otros ropajes– las experiencias del terrorismo de Estado de los años ’70. Un vecino en los territorios del dolor se aproxima, luchando contra esa forma de timidez que irrumpe, a veces, cuando se está ante alguien admirado y leído hasta el paroxismo. Fernando, el nieto de Elsa Oesterheld, le pide a Gelman si le puede dedicar la antología bilingüe de poesía, compilada por Daniel Samoilovich. “Ya me firmó Diana Belle-ssi”, le cuenta y le aclara que admira a la poeta y a él. El acento afectivo de la letra de Juan, que se imprime sobre la primera página del libro, se nota a la legua. Cumple el pedido como si en verdad fuera el guiño que estaba esperando; algo que debía suceder. La brevísima interrupción inclina la cancha hacia el terreno de la poesía. Juan dice y repite esa suerte de estribillo que recita cuando se enciende un grabador o le ponen un micrófono: “Ni los premios ni los reconocimientos escriben por uno”.
–¿Pero les sirve a sus libros y a la poesía en general que sea tan premiado?
–El problema de la poesía y el arte en general es que está vinculado con fenómenos sociológicos más complejos. La poesía no es una isla de la realidad. Peor que el poeta que vende poco es la situación de la gente que no puede leer; no sólo por el precio del libro, sino por la situación de pobreza, que me parece más grave que lo otro. La poesía siempre estuvo arrinconada en los catálogos de las editoriales; pero la necesidad de escribir poesía siempre va a existir.
–¿Cómo explica esa necesidad de seguir escribiendo poesía a los 80 años?
–Porque nunca la agarré; la sigo buscando a ver si la agarro alguna vez (risas). La señora es muy huidiza y supongo que ése es el motor. Soy tenaz, a ver si algún día la puedo acostar de espaldas, pero mientras tanto me pone de espaldas ella a mí. Y esto no es coquetería.
–Cuando mira sus libros, ¿cree que alguno envejeció distinto?
–El que envejece distinto a todos mis libros soy yo. No sé qué decirle porque todos obedecen a distintos momentos y esos momentos son importantes para mí. Después, que envejezcan o no... ahí está Cronos que decide.
–Sus libros no son parecidos entre sí; cada obra representa una pequeña ruptura. ¿Esto respondió a un plan, al hecho de no querer repetirse, no escribir en piloto automático siempre el mismo libro?
–No, no creo. Uno escribe en general de pocas cosas, pero en la medida en que el tiempo pasa diría que es como una espiral: lo mismo se ve desde otro lugar; entonces ese otro lugar exige otra expresión. Lo que me mueve a escribir son obsesiones. El otoño que viví en 1960 no es el mismo que estoy viviendo ahora; y no me refiero a la edad, sino a las estaciones. Cuando esa obsesión te acosa, si trazás una coordenada, la obsesión empieza en círculo y la expresión en cero. En la medida en que vas logrando de algún modo la expresión de esa obsesión, la obsesión baja en intensidad y la expresión gana. El peligro es repetirse cuando la obsesión está muerta porque conseguiste un mecanismo. Cuando cierro algo que agotó la obsesión, leo con mucha atención los últimos poemas para que no sean la repetición de la maquinita. Pero no me propongo nada; es imposible proponerse algo con la poesía. Los poemas andan por donde ellos quieren.
–¿Festejamos el Nobel de Literatura el próximo año?
–No creo que me lo puedan dar. Hace 26 años que la Academia Sueca no premiaba a nadie en lengua castellana, un espacio de tiempo muy grande tratándose de la tercera lengua en importancia. Hasta que vuelva a ser premiado un escritor en lengua castellana pueden pasar otros 26 años, como mínimo.
Juan vive la experiencia de silabear el mundo en cada poema que escribe. Ahora mismo desglosa pedacitos de versos que mañana –tal vez– serán un nuevo poemario. “El libro impreso nunca va a desaparecer”, subraya con la convicción de quien ha oído muchos falsos apocalipsis. “Internet no tiene nada que ver con el momento de la escritura, pero sí con la difusión de poemas. Hay grandes dificultades para editar poesía, especialmente para los jóvenes y los que no son best sellers, aunque en general la poesía no lo es”, plantea. “Por Internet se difunden a los grandes poetas; pero también ha favorecido un cierto ejercicio light de la poesía. Muchos creen que escriben un poema y los cuelgan. Y algunos son para colgarlos a ellos. A los poemas me refiero.” (Risas.)
Por Silvina Friera
En la excepcional rabia del sol de otoño resiste agazapada la tristeza del invierno. Un poeta dueño de todas las sonoridades de la lengua no puede pasar inadvertido. Aunque quiera. Una travesura sorda campea por las pupilas de Juan Gelman. La picardía humedece sus ojos durante unos segundos. “Yo no estoy en la tercera edad, estoy en la cuarta”, afirma con su voz en baja potencia, como si generara un tajo en el tiempo que obliga a callar para escuchar mejor la explicación. “La primera es la niñez; la segunda es la juventud y la madurez, la tercera es la vejez. Pero la cuarta es ‘¡qué bien se te ve!’. Lo que piensan entre paréntesis y no dicen es: ¡Para los años que tenés, pibe!” El poeta que hoy cierra la 62ª edición de la Feria del Libro de Frankfurt –ceremonia de traspaso en la que se entregará a Islandia la categoría de invitado de honor– consigue despejar la maleza de los lugares comunes con el grano de una pequeña ironía de su puño y letra, que le sirve para masticar o digerir la cifra del tiempo.
En cada caminata que emprende –por el pabellón argentino o por el stand editorial–, las bocas de hombres y mujeres, que saben que Gelman cumplió 80 años en mayo pasado, lanzan una seguidilla de elogios y piropos a nuestro Premio Cervantes. Todos arrancan con el “¡qué bien se te ve, Juan!” La cuarta edad –es cierto– le sienta muy bien. La serenidad se dibuja en su rostro cuando habla. Aunque el paisaje de los negocios de la Feria le resulta ajeno –lo contempla y transita como convidado de piedra–, comenta las impresiones inmediatas de la participación argentina en la vidriera mundial del mercado editorial. “Hay que esperar que pase el tiempo a ver qué sucede. Lo que me alegra es que muchas obras de autores argentinos fueron traducidas al alemán; así se abre camino la literatura argentina. ¿Qué va a pasar después? Yo no lo sé”, admite el poeta que tiene uno de sus últimos libros, Mundar, traducido al alemán gracias al programa Sur.
–El modo en que participó la Argentina, haciendo hincapié en la memoria y los derechos humanos con la muestra Ausencias y la antología de escritores desaparecidos, era impensado hace diez años, ¿no?
–Escuché críticas por ahí, pero que corresponden a cosas un poco diferentes. Ausencias, la muestra fotográfica, me parece absolutamente extraordinaria, sin palabras... creo que tenemos el mejor gobierno posible al que podía aspirar la Argentina; ahí están los datos, pero no voy a incurrir en ellos. Hay cosas no resueltas, hay errores que comete el Gobierno, pero al mirar un poco lo que es la oposición, ¡Dios mío!; es una oposición sin programa que lo único que propone es que cualquier medida o proyecto del Gobierno es malo. Me gustaría saber qué proponen porque no veo que haya propuestas. Una buena oposición ayudaría a enriquecer el trabajo del Gobierno, pero tenemos una oposición tonta, destructiva... no, no es tonta: obedece a intereses muy claros.
–Parte de esa oposición que pertenece a la izquierda progresista sostiene que el Gobierno usa la política de los derechos humanos. ¿Qué piensa cuando se plantea este tipo de crítica?
–Esa izquierda tiene que hacer algo, no puede opinar desde el punto de vista de los intereses de la oligarquía o de los ganaderos; tiene que criticar desde aquello que está teóricamente en su campo. Me parece que toda insistencia es poco, todavía no se puede decir que la sociedad en su conjunto haya tomado conciencia de lo que realmente ocurrió. Aunque no se repita la dictadura militar –que yo no lo excluyo–, ninguna sociedad puede caminar con paso firme si no hay una conciencia cívica. Y la falta de memoria debilita la conciencia cívica.
–¿Por qué dice que no excluye que se repita una dictadura militar?
–Me parece que empezamos una nueva era de golpes de Estado –Honduras y Ecuador–, de manera que no veo por qué vamos a estar exentos. No digo que vaya a ocurrir ya ni nada por el estilo. El Ejército cambió un poco, pero los intereses en juego son muy fuertes. Hay que estar en estado de vigilia permanente.
La mirada súbitamente turbia de Juan parece cruzada por ramalazos del pasado. O de un presente que no tiene el menor remilgo de intentar emular –con otros ropajes– las experiencias del terrorismo de Estado de los años ’70. Un vecino en los territorios del dolor se aproxima, luchando contra esa forma de timidez que irrumpe, a veces, cuando se está ante alguien admirado y leído hasta el paroxismo. Fernando, el nieto de Elsa Oesterheld, le pide a Gelman si le puede dedicar la antología bilingüe de poesía, compilada por Daniel Samoilovich. “Ya me firmó Diana Belle-ssi”, le cuenta y le aclara que admira a la poeta y a él. El acento afectivo de la letra de Juan, que se imprime sobre la primera página del libro, se nota a la legua. Cumple el pedido como si en verdad fuera el guiño que estaba esperando; algo que debía suceder. La brevísima interrupción inclina la cancha hacia el terreno de la poesía. Juan dice y repite esa suerte de estribillo que recita cuando se enciende un grabador o le ponen un micrófono: “Ni los premios ni los reconocimientos escriben por uno”.
–¿Pero les sirve a sus libros y a la poesía en general que sea tan premiado?
–El problema de la poesía y el arte en general es que está vinculado con fenómenos sociológicos más complejos. La poesía no es una isla de la realidad. Peor que el poeta que vende poco es la situación de la gente que no puede leer; no sólo por el precio del libro, sino por la situación de pobreza, que me parece más grave que lo otro. La poesía siempre estuvo arrinconada en los catálogos de las editoriales; pero la necesidad de escribir poesía siempre va a existir.
–¿Cómo explica esa necesidad de seguir escribiendo poesía a los 80 años?
–Porque nunca la agarré; la sigo buscando a ver si la agarro alguna vez (risas). La señora es muy huidiza y supongo que ése es el motor. Soy tenaz, a ver si algún día la puedo acostar de espaldas, pero mientras tanto me pone de espaldas ella a mí. Y esto no es coquetería.
–Cuando mira sus libros, ¿cree que alguno envejeció distinto?
–El que envejece distinto a todos mis libros soy yo. No sé qué decirle porque todos obedecen a distintos momentos y esos momentos son importantes para mí. Después, que envejezcan o no... ahí está Cronos que decide.
–Sus libros no son parecidos entre sí; cada obra representa una pequeña ruptura. ¿Esto respondió a un plan, al hecho de no querer repetirse, no escribir en piloto automático siempre el mismo libro?
–No, no creo. Uno escribe en general de pocas cosas, pero en la medida en que el tiempo pasa diría que es como una espiral: lo mismo se ve desde otro lugar; entonces ese otro lugar exige otra expresión. Lo que me mueve a escribir son obsesiones. El otoño que viví en 1960 no es el mismo que estoy viviendo ahora; y no me refiero a la edad, sino a las estaciones. Cuando esa obsesión te acosa, si trazás una coordenada, la obsesión empieza en círculo y la expresión en cero. En la medida en que vas logrando de algún modo la expresión de esa obsesión, la obsesión baja en intensidad y la expresión gana. El peligro es repetirse cuando la obsesión está muerta porque conseguiste un mecanismo. Cuando cierro algo que agotó la obsesión, leo con mucha atención los últimos poemas para que no sean la repetición de la maquinita. Pero no me propongo nada; es imposible proponerse algo con la poesía. Los poemas andan por donde ellos quieren.
–¿Festejamos el Nobel de Literatura el próximo año?
–No creo que me lo puedan dar. Hace 26 años que la Academia Sueca no premiaba a nadie en lengua castellana, un espacio de tiempo muy grande tratándose de la tercera lengua en importancia. Hasta que vuelva a ser premiado un escritor en lengua castellana pueden pasar otros 26 años, como mínimo.
Juan vive la experiencia de silabear el mundo en cada poema que escribe. Ahora mismo desglosa pedacitos de versos que mañana –tal vez– serán un nuevo poemario. “El libro impreso nunca va a desaparecer”, subraya con la convicción de quien ha oído muchos falsos apocalipsis. “Internet no tiene nada que ver con el momento de la escritura, pero sí con la difusión de poemas. Hay grandes dificultades para editar poesía, especialmente para los jóvenes y los que no son best sellers, aunque en general la poesía no lo es”, plantea. “Por Internet se difunden a los grandes poetas; pero también ha favorecido un cierto ejercicio light de la poesía. Muchos creen que escriben un poema y los cuelgan. Y algunos son para colgarlos a ellos. A los poemas me refiero.” (Risas.)
lunes, 16 de agosto de 2010
Bajas silenciosas
Página/12
Por Juan Gelman
Se producen en soledad y secreto entre los efectivos estadounidenses que combaten o combatieron en las guerras que W. Bush lanzó y Barack Obama continúa. Junio fue el mes más cruel: se suicidaron 32 soldados, un número superior al de cualquier mes de la guerra de Vietnam. Once no estaban en actividad y siete de los restantes cumplían servicio en Irak y/o Afganistán. Son cifras oficiales (www.defense.gov, 15-7-10). En el 2009 segaron su propia vida 245 efectivos y la cifra se superaría este año: 145 se suicidaron en el primer semestre y 1713 lo intentaron sin éxito. La tasa es más alta que la correspondiente a la población civil de EE.UU.
El militar Tim Embree testimonió el 25 de febrero ante la Comisión de Asuntos relativos a los Veteranos de la Cámara de Representantes. Declaró en nombre de los 180.000 asociados de Veteranos Estadounidenses de Irak y Afganistán (IAVA, por sus siglas en inglés), países a los que fue enviado a combatir dos veces. “El año pasado se quitaron la vida con sus propias manos más efectivos de los que cayeron en combate en Afganistán –señaló–. La mayoría de nosotros conoce a un compañero que lo hizo al regresar a casa y los guarismos no incluyen siquiera a quienes se suicidan al terminar su servicio: están fuera del sistema y sus muertes suelen ser ignoradas” (//iava.org, 15-7-10). Tal vez no fueran seres humanos, apenas material desechable.
Embree recordó las cifras publicadas por el semanario Army Times, que divulga noticias del ejército y posibilidades de carrera en la institución: “18 veteranos se suicidan cada día y se registra un promedio mensual de 950 intentos suicidas entre veteranos que reciben del departamento federal correspondiente algún tipo de tratamiento (www.armytimes.com, 26-4-10)”. Se trata de veteranos de todas las guerras que EE.UU. desató en tierras extranjeras y padecen, en general, de PTSD. Antes se lo llamaba neurosis de guerra o fatiga de combate o shock y aun otros nombres. El PTSD los reúne a todos.
La publicación mensual Archives of General Psychiatry dio a conocer una investigación independiente sobre 18.300 soldados examinados a los tres meses y al año de ser enviados a Irak: del 20 al 30 por ciento sufrían de PTSD y una depresión profunda agobiaba al 16 por ciento (//archpsyc.amaassn.org, junio de 2010). Se explica la dificultad de los veteranos para reintegrarse a la vida civil, la violencia hogareña que protagonizan, los matrimonios rotos, la drogadicción y los suicidios. A fines del 2009, según cifras del Departamento de Veteranos del gobierno, más de 537 mil de los 2,04 millones que sirvieron en Irak y Afganistán pidieron atención médica (www.ptsd.va.gov, febrero 2010).
La dificultad se agrava porque regresan a un país con un desempleo cada vez mayor. Según una investigación de la IAVA, el 14,7 de los veteranos son desocupados, un 5 por ciento superior al promedio nacional (//iava.org, 2-4-10). Aumenta así el número de los que han perdido su vivienda. Un informe de la National Coalition for the Homeless indica que el 33 por ciento vive a la intemperie y que un millón y medio corre el riesgo de quedarse sin techo debido a la pobreza y la falta de apoyo oficial (www.nchv.org, septiembre 2009). Están ausentes de estas cifras los veteranos físicamente incapacitados para buscar y mantener un trabajo.
Kevin y George Lucey, padres de un soldado que se quitó la vida, contaron una de las tantas historias que los números ocultan. El 22 de junio del 2004, su hijo Jeff, de 23 años, se colgó en el sótano de la casa (www.democracynow.org, 9-8-10). Era cabo del cuerpo de marines y había regresado de Irak en julio del año anterior. La madre relató que al mes de participar en la invasión enviaba cartas a su novia en las que hablaba de las “cosas inmorales” que él estaba haciendo. Una vez en el hogar, Jeff comenzó a soltar frases inconexas sobre Nasiriya, la ciudad al sudeste de Bagdad en la que tuvo lugar la primera gran batalla de los invasores contra el ejército regular iraquí. Un día recibió a su hermana Amy con lágrimas en los ojos diciéndole que era un asesino. Antes de suicidarse, dejó sobre su cama las chapas de identificación de dos efectivos iraquíes que había matado aunque no portaban armas. Jeff solía mirarlas con frecuencia.
Los psiquiatras y psicólogos militares carecen de conocimientos para enfrentar estas dolencias. Mark Russel, comandante de la Marina especializado en enfermedades mentales, descubrió que el 90 por ciento del personal que cumple esas funciones no tiene la formación necesaria para atender el PTSD. Se limita a prescribir drogas como el Paxil, el Prozac o el Neurontin, que acentúan y hasta producen los síntomas, y a devolver a los soldados a sus unidades (www.usatoday, 17-1-07).
El lunes pasado, el presidente Obama declaró ante una convención de veteranos discapacitados en Atlanta que su gobierno estaba haciendo los máximos esfuerzos para prevenir el suicidio y otras consecuencias del PTSD. Para el padre de Jeff, eso es pura hipocresía.
Por Juan Gelman
Se producen en soledad y secreto entre los efectivos estadounidenses que combaten o combatieron en las guerras que W. Bush lanzó y Barack Obama continúa. Junio fue el mes más cruel: se suicidaron 32 soldados, un número superior al de cualquier mes de la guerra de Vietnam. Once no estaban en actividad y siete de los restantes cumplían servicio en Irak y/o Afganistán. Son cifras oficiales (www.defense.gov, 15-7-10). En el 2009 segaron su propia vida 245 efectivos y la cifra se superaría este año: 145 se suicidaron en el primer semestre y 1713 lo intentaron sin éxito. La tasa es más alta que la correspondiente a la población civil de EE.UU.
El militar Tim Embree testimonió el 25 de febrero ante la Comisión de Asuntos relativos a los Veteranos de la Cámara de Representantes. Declaró en nombre de los 180.000 asociados de Veteranos Estadounidenses de Irak y Afganistán (IAVA, por sus siglas en inglés), países a los que fue enviado a combatir dos veces. “El año pasado se quitaron la vida con sus propias manos más efectivos de los que cayeron en combate en Afganistán –señaló–. La mayoría de nosotros conoce a un compañero que lo hizo al regresar a casa y los guarismos no incluyen siquiera a quienes se suicidan al terminar su servicio: están fuera del sistema y sus muertes suelen ser ignoradas” (//iava.org, 15-7-10). Tal vez no fueran seres humanos, apenas material desechable.
Embree recordó las cifras publicadas por el semanario Army Times, que divulga noticias del ejército y posibilidades de carrera en la institución: “18 veteranos se suicidan cada día y se registra un promedio mensual de 950 intentos suicidas entre veteranos que reciben del departamento federal correspondiente algún tipo de tratamiento (www.armytimes.com, 26-4-10)”. Se trata de veteranos de todas las guerras que EE.UU. desató en tierras extranjeras y padecen, en general, de PTSD. Antes se lo llamaba neurosis de guerra o fatiga de combate o shock y aun otros nombres. El PTSD los reúne a todos.
La publicación mensual Archives of General Psychiatry dio a conocer una investigación independiente sobre 18.300 soldados examinados a los tres meses y al año de ser enviados a Irak: del 20 al 30 por ciento sufrían de PTSD y una depresión profunda agobiaba al 16 por ciento (//archpsyc.amaassn.org, junio de 2010). Se explica la dificultad de los veteranos para reintegrarse a la vida civil, la violencia hogareña que protagonizan, los matrimonios rotos, la drogadicción y los suicidios. A fines del 2009, según cifras del Departamento de Veteranos del gobierno, más de 537 mil de los 2,04 millones que sirvieron en Irak y Afganistán pidieron atención médica (www.ptsd.va.gov, febrero 2010).
La dificultad se agrava porque regresan a un país con un desempleo cada vez mayor. Según una investigación de la IAVA, el 14,7 de los veteranos son desocupados, un 5 por ciento superior al promedio nacional (//iava.org, 2-4-10). Aumenta así el número de los que han perdido su vivienda. Un informe de la National Coalition for the Homeless indica que el 33 por ciento vive a la intemperie y que un millón y medio corre el riesgo de quedarse sin techo debido a la pobreza y la falta de apoyo oficial (www.nchv.org, septiembre 2009). Están ausentes de estas cifras los veteranos físicamente incapacitados para buscar y mantener un trabajo.
Kevin y George Lucey, padres de un soldado que se quitó la vida, contaron una de las tantas historias que los números ocultan. El 22 de junio del 2004, su hijo Jeff, de 23 años, se colgó en el sótano de la casa (www.democracynow.org, 9-8-10). Era cabo del cuerpo de marines y había regresado de Irak en julio del año anterior. La madre relató que al mes de participar en la invasión enviaba cartas a su novia en las que hablaba de las “cosas inmorales” que él estaba haciendo. Una vez en el hogar, Jeff comenzó a soltar frases inconexas sobre Nasiriya, la ciudad al sudeste de Bagdad en la que tuvo lugar la primera gran batalla de los invasores contra el ejército regular iraquí. Un día recibió a su hermana Amy con lágrimas en los ojos diciéndole que era un asesino. Antes de suicidarse, dejó sobre su cama las chapas de identificación de dos efectivos iraquíes que había matado aunque no portaban armas. Jeff solía mirarlas con frecuencia.
Los psiquiatras y psicólogos militares carecen de conocimientos para enfrentar estas dolencias. Mark Russel, comandante de la Marina especializado en enfermedades mentales, descubrió que el 90 por ciento del personal que cumple esas funciones no tiene la formación necesaria para atender el PTSD. Se limita a prescribir drogas como el Paxil, el Prozac o el Neurontin, que acentúan y hasta producen los síntomas, y a devolver a los soldados a sus unidades (www.usatoday, 17-1-07).
El lunes pasado, el presidente Obama declaró ante una convención de veteranos discapacitados en Atlanta que su gobierno estaba haciendo los máximos esfuerzos para prevenir el suicidio y otras consecuencias del PTSD. Para el padre de Jeff, eso es pura hipocresía.
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