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jueves, 1 de mayo de 2014
Los anacronismos de Vargas Llosa
Rebelión
Por Juan Manuel Karg
A una semana del fallecimiento de Gabriel García Márquez, que conmocionó a toda América Latina, otro Premio Nobel de Literatura fue noticia: esta vez el conservador Mario Vargas Llosa, en las antípodas ideológicas de Gabo, inauguró en Caracas un encuentro titulado “América Latina: la libertad es el futuro”, realizado en conmemoración los 30 años de la organización Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice).
Antes de su llegada a Caracas, Vargas Llosa manifestó que “mi impresión es que Venezuela ha dejado de ser una democracia, el régimen se ha ido endureciendo y ha reduciendo el espacio que le permitía a la oposición manifestarse, sobre todo a través de los medios audiovisuales y la prensa”. Días después, a su arribo al aeropuerto de Maiquetía, situado a unos 20 km del centro de Caracas, lo esperaban una decena de medios de comunicación, los cuales difundieron en vivo y en directo –y luego en reiteradas ocasiones- todas sus ideas, demostrando a todas luces la incongruencia entre el mensaje que pretendía dar y la realidad que allí acontecía.
El “manual” de la desestabilización política en nuestra región ha seguido algunos parámetros determinados, tal como lo ha ilustrado el propio Gene Sharp, entre ellos la denuncia de la ausencia de libertad de prensa y el rechazo a una supuesta “única voz”, que estaría constituida, precisamente, por los gobiernos posneoliberales. El dato no es casual: han sido estos gobiernos los que impulsaron precisamente legislaciones que han ampliado el acceso a la generación de medios de comunicación populares, en detrimento de diversos monopolios informativos privados. Son estos medios masivos, entonces, los que bajo un pretexto de “ausencia de libertad de prensa” siguen pujando por mantener –o incluso ampliar- la concentración mediática que tienen, intentando “no perder” los privilegios conquistados durante las administraciones neoliberales.
¿Cómo es el “mapa de medios” de Venezuela hoy? 65% medios privados, 31% medios comunitarios, y sólo 3% de medios estatales, según informó recientemente el analista Luis Britto García, un reconocido estudioso del tema, referencia en el ámbito nacional e internacional. Son estos fríos –y sólidos- datos que rebaten velozmente el argumento de una concentración mediática “monstruosa” en manos del Ejecutivo. De esto, vaya a saber si por falta de información o simplemente para ocultar una realidad, Vargas Llosa no ha dicho nada durante su paso por Caracas.
Cuando hablar de futuro significa hablar de pasado
Alguna vez Hugo Chávez, polemizando en un programa de televisión con el empresario argentino Mauricio Macri –ahora Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires-, afirmó que “el pasado es parte del presente. No se puede manejar en el presente sin entender el pasado. Y sobre todo hoy en América Latina, porque el pasado es terrible. Todo ese plan neoliberal que nos vendieron: vendían a Argentina como el modelo, y ahí está el resultado”. Esas palabras, en mayo de 2003, tras la asunción de Kirchner, eran respuesta a una idea que Macri había llevado allí en plan propositivo: “hay que dar vuelta la página, mirar al futuro”.
¿Por qué este ejemplo? Porque es indudable a esta altura que las fuerzas conservadoras de la región han cambiado el discurso, y tras un velo de “novedad” -y a veces hasta “apolítica”-, apuntan a intentar frenar el proceso de cambios abierto por distintos gobiernos de orden posneoliberal. El discurso pronunciado por Vargas Llosa en el evento es interesante para analizar: allí, tras denunciar un supuesto“anacronismo radical” por parte del gobierno de Maduro, el escritor peruano advirtió que “hay una peste que se puede extender por la región (…) La utopía estatista tiende a ser expansiva”. Es decir: de ese pensamiento se deduce que la política “novedosa” que nos brindaría la libertad es una masiva liberalización comercial, frente a una supuesta concentración estatal que es, de acuerdo a esta lógica de razonamiento, “ineficiente”.
¿No ha experimentado ya América Latina las consecuencias de una amplia política de liberalización comercial, durante la década del 90´, que vino acompañada de una oleada de reformas estatales, privatización de servicios públicos y aumento de desempleo en la mayor parte de nuestros países? ¿Hay algo más “anacrónico” que creer en las supuestas bondades de la “teoría del derrame”, criticada por Francisco por no haber sido demostrada en los hechos -tal como afirmó el primer Papa latinoamericano en su Exhortación Apostólica-? Los conceptos de “futuro” y “libertad”, que pomposamente ha utilizado Cedice para el evento, no son el problema; el problema es si ese “futuro” y esa “libertad” están pensados para las mayorías populares de nuestros países, o sólo para aquellas elites que quieren volver a ejercer su pleno dominio sobre todas las área de la vida social, económica y política de la región, tal como hicieron en la década del 90´. Vargas Llosa, de acuerdo a sus constantes diatribas en contra de los gobiernos posneoliberales, y a su participación en este tipo de eventos, se inclina con claridad por esta segunda -y anacrónica- opción.
lunes, 1 de abril de 2013
Don Mario vuelve a las andadas…
Rebelión
Por Roberto Quesada *
"… la Revolución Cubana es, hoy mismo, una sociedad más justa que cualquier otra sociedad latinoamericana y defenderla contra sus enemigos es para mí un deber más apremiante que honroso.”
Mario Vargas Llosa, 29 de mayo de 1971.
Aclaratoria, en defensa de la Revolución Cubana.
Es de imaginárselo como en una escena de una película o de una serie en donde aldeanos jóvenes —allá por el Viejo Oeste de por donde son los Bush— salen en una camioneta pintarrajeada, bebiendo, armando gran alboroto dando gritos de yijiyujuuyiiijiiiyaaa, disparando al aire y a los pobladores no les queda sino sonreír con aparente indulgencia, que no es sino temor porque los fulanitos esos son los hijos de ricachones rancheros ultraderechistas a quienes hasta los sheriff’s les temen pues tienen el poder en el dinero y el plomo y son capaces de intimidar a cualquiera.
Así me imagino más o menos a don Mario cada vez que sale con su cháchara contra los líderes latinoamericanos, y al decir líderes incluimos a las mujeres porque no se le salva nadie. Afortunadamente la guillotina de don Mario es extemporánea, desafilada, que carraspea, escandaliza pero a nadie sorprende, mucho menos atemoriza. Mario el de la guillotina mohosa seguirá por allí rezongando, amenazando, pero su maquinilla otrora tenebrosa ya no decapita, el capitalismo está siendo decapitado no por unos lideres sino por el orgullo de unos pueblos que anestesiados a lo largo de la historia han encontrado el antídoto para curarse del aletargamiento y se levantan impetuosos no en amenaza para otros pueblos ni para nadie en especial sino para recuperar lo que por ley divina y terrenal les pertenece: sus territorios y las riquezas que en ellos se encuentran.
Hay quienes se enojan, lo maldicen, le insultan pero yo no, creo que mi amor por la literatura me hace verlo como si fueran dos: el grandioso novelista y el pésimo profeta político. Una especie de doble personaje (no agente) como el de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson.
Claro, me quedo con el primero, el segundo a veces hasta lo compadezco. Sí, así es, Mario Vargas Llosa, no hay por qué siempre condenarlo, basta con mirar su historial como profeta político para asumir sus predicciones y maldiciones con mucho sentido del humor. Supe que como profeta no daba una desde que no pudo adivinar su propia “suerte” y se aventuró a enfrentarse en la arena electorera al entonces desconocido Alberto Fujimori, recibiendo tan humillante derrota que resentido con el pueblo peruano, frustrado, decidió poco después asumir la nacionalidad española. Agregándole a esto que en su campaña hizo cosas tan lejanas del pueblo como presentarse en televisión nacional en una larga entrevista con un personaje francés, hablando francés. Creyó que esto, tal como sucediera con los espejitos y baratijas cambiadas por oro durante la invasión española, deslumbraría a la “indiada” peruana.
Ahora ha vuelto a meterse contra el comandante presidente Hugo Chávez, llevándose de refilón al próximo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Esto dejémoslo para después, continuemos con su historial de falso profeta.
Agredió de manera feroz, con inusitada bajeza, al presidente nicaragüense Daniel Ortega, en un iracundo artículo lleno de saña, tomando como base y desarrollo el golpe bajo creado por la oligarquía de una nunca confirmada treta que involucró a la hijastra de Ortega. El escritor, parte de un genero literario de alto nivel como lo es la novela, descendió a la telenovela, a la sub-literatura, tomando como cierto lo que hasta el sol de hoy no ha pasado de ser chismes e intrigas políticas intentando aniquilar políticamente al comandante Ortega.
No funcionó, Ortega ganó esas elecciones, y no hace mucho fue reelecto con más del 60 por ciento, se impuso el pueblo. Ese chisme equivaldría a que dijéramos que cuando Mario Vargas Llosa le dio aquel puñetazo a Gabriel García Márquez, en público, y le dijo que era “por lo que le hiciste a Patricia (su esposa) en Barcelona”, lo anunciáramos nosotros como una posible puesta de cuernos al autor de La fiesta del chivo.
No hace mucho, don Mario en sus andadas, llamó al pueblo ecuatoriano a que no apoyara el proyecto del presidente Rafael Correa sobre la banca, y, entre líneas, no votes por ese. Otra falsa profecía, Correa del Sur salió victorioso y, como suele decir él, no es su triunfo es del pueblo ecuatoriano.
Tampoco su guillotina chillona se ha olvidado de Evo Morales, a quien quizá menosprecia por sus marcados rasgos indígenas, y le ha atacado una y otra vez. Pero el indígena salió más listo que el “conquistador”. Evo no le respondió sino hasta que encontró el momento propicio, y fue cuando Vargas Llosa obtuvo el Nobel, entonces dijo el presidente Evo: “He llegado a la conclusión de que el Premio Nobel de la Paz jamás va a ser para movimientos sociales o personalidades anticapitalistas y antiimperialistas. De eso estoy convencido (…) Si ese es el supuesto premio de la Paz, cómo serán otros premios, (como) el de Literatura. Vargas Llosa, que trimestralmente me ataca a mí personalmente, pero nunca hemos respondido”.La presidenta argentina no ha escapado, y Vargas Llosa, luego que su gobierno expropiara el 51% de la petrolera YPF, propiedad de la española Repsol, la comparó con Hugo Chávez. Esto no amerita comentario: ha de sentirse orgullosa Cristina Fernández.
Cuando el golpe de Estado asestado en Honduras el 28 de junio del 2009, contra el presidente Manuel Zelaya Rosales y el pueblo hondureño, creí que Mario Vargas Llosa nos caería con todo, pero no, culpó al presidente Chávez (bueno, lo culpaba casi de todo en la faz de la tierra) y, por el contrario, dijo algo que yo cito con frecuencia contra los golpistas: “En Honduras se dio un golpe de Estado militar de una gran torpeza”.
Entrevisté a Vargas Llosa en Nueva York días antes de que le dieran un Honoris Causa, en mi país, Honduras, para un noticiero local, ahora identificado col golpe Abriendo Brecha. Hablamos de literatura y evitamos la política, así ha sido en nuestros pocos encuentros. Cuando estuvimos en la premier de La fiesta del chivo, lo más que llegó a preguntarme es cómo se miraba al entonces presidente de Perú Alejandro Toledo, en las Naciones Unidas, respuesta que no quería mucha ciencia, como uno más, nadie le daba bola.
La vez más reciente que lo vi fue en septiembre del año pasado, en el Instituto Cervantes, con motivo de una bella edición del 25 aniversario de su libro Los cachorros. El hombre andaba amargado, enojado, vociferando con fiereza en contra de los indignados españoles, por estarle haciendo la vida a cuadros a su protegido Rajoy, con quien, por cierto, junto a José María Aznar (si no lo recuerdan es aquel ex presidente español que se le fue a poner a la orden a su patrón Bush para invadir Irak), han armado un trío para insistir en darle la razón a los recortes de Rajoy, y atacar las protestas del pueblo español.
El 10 de marzo Vargas Llosa ha escrito en El País, de España, sí, ese mismo periódico que tuvo que disculparse por publicar una foto falsa del presidente Chávez entubado, en su columna Piedra de toque (¿piedra en los dientes?) La muerte del caudillo, naturalmente dedicado al presidente Hugo Chávez. La misma cantaleta de siempre contra Fidel Castro y todo aquello que huela a pueblo, a poder popular. Pero lo noto más prudente como profeta: “la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde”. Esto es como una profecía que podría hacer cualquiera: “El planeta tierra está podrido por la avaricia de unos pocos y va a desaparecer si no hoy en un millón de años”.
Quizá lo más “duro” que dice en su artículo es: “…dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón Bolívar”. Esto sí que es gracioso, puesto que Nicolás no se cree ni siquiera Chávez, mucho menos para que se crea Bolívar, al igual que Chávez nunca se creyó Bolívar. Esto es como que uno le dijera a Mario Vargas Llosa: “Por mucho Nobel que te hayan dado, no eres el autor de Cien años de soledad”.
Lucy, mi esposa, indignada por lo que Mario Vargas Llosa escribió contra el presidente Chávez, me dijo esta mañana que quitaría de la sala su foto con Vargas Llosa. Espero que luego de leer este artículo no lo haga, pues nosotros, los que estamos del lado del pueblo, no profesamos el odio sino el amor, no apostamos al aniquilamiento de la humanidad sino a la convivencia pacífica basada en la equitativa distribución de la riqueza, America Latina no odia a los Estados Unidos, a su pueblo, sino que se defiende del imperialismo, de donde quiera que este proceda. Ojala Lucy deje la foto de ella y Vargas Llosa allí, se me ocurre una solución negociada, que haga otra copia, deje la que está en la sala y la otra la lleve al sótano, al lugar de las cosas olvidadas, después de todo don Mario nos recuerda esa dualidad de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, quien era bondadoso de día y una especie de satanás por la noche.
Y, de todas maneras, sus profecías solo es cuestión de saber leerlas, con un aderezo de humor, como ya le dio el no a Nicolás Maduro, me atrevo a contraprofetizar que Nicolás no solo será presidente sino con amplia ventaja. Cada vez es más difícil engañar a los pueblos latinoamericanos, ni de día ni de noche.
* Roberto Quesada escritor y periodista hondureño.
martes, 7 de agosto de 2012
Desmontando la Venezuela de Mario Vargas Llosa
Por Francesca Emanuele
Además de tener a un premio Nobel de literatura que siempre está de lado de los malos, en las últimas contiendas electorales de nuestro hemisferio lo estamos teniendo del lado de los perdedores. Hace unas semanas vimos cómo en México, su candidata favorita del partido del PAN, Josefina Vázquez Mota, era vencida en las elecciones presidenciales por el también nefasto Enrique Peña Nieto del PRI.
Esta vez el escritor Mario Vargas Llosa se aventura a asegurar que el actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez, perdería la próxima contienda presidencial frente a su principal contrincante, el acaudalado Henrique Capriles. Una idea más que peregrina al constatar que, excepto por unos pocos sondeos de dudoso rigor estadístico, Hugo Chávez encabeza por más de 15 puntos todas las encuestas publicadas.
En un ataque de esperpéntico desconocimiento, nuestro Nobel se atrevió a afirmar en una entrevista al diario El Mercurio de Chile que “Si las elecciones son libres, Venezuela tiene una oportunidad magnífica de librarse pacíficamente de un gobierno autoritario, que ha fracasado completamente en el campo económico”.
Cómo se nota que no ha seguido los anteriores comicios presidenciales en Venezuela desde que está Chávez en el poder, sino sabría que todos han sido declarados libres, transparentes y confiables por misiones de observadores internacionales de la talla de la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter de Estados Unidos. El Consejo Nacional Electoral de Venezuela es reconocido mundialmente por sus avanzadas técnicas, gracias a las que se puede afirmar que las elecciones de este 7 de octubre serán 100% auditables y, además, que se le podrán aplicar 17 tipos distintos de auditorías. Y si no lo cree, lo exhorto a que vaya a Venezuela a verlo con sus propios ojos.
La otra parte de la oración, en la que volvemos a distinguir una brújula estropeada, es cuando tilda al gobierno venezolano de autoritario y de haber fracasado económicamente. Encuentro que nuestro Nobel, defensor de la intangibilidad de la propiedad privada (sin importar que un proceso justo de nacionalización beneficie a millones de personas), puede considerar al gobierno chavista autoritario por haber decidido recobrar la soberanía Estatal de la industria petrolera desde 2003. De hecho, gracias a la buena gestión del gobierno, desde 2003 el ingreso per cápita de los venezolanos ha crecido en un 39% (porcentaje ajustado a la inflación), la pobreza se ha reducido en la mitad y la pobreza extrema en más de un 70%. El sueldo mínimo más alto de toda América Latina lo tiene este país, pero también su población goza de educación y sanidad gratuitas. Desde 2010 Venezuela ha sido declarada territorio libre de analfabetismo por la UNESCO. Es además el quinto país del mundo con más población universitaria respecto del total. Asimismo, el 70% de los niños entre 3 y 5 años reciben diariamente desayuno en las escuelas. Se ha reducido la mortalidad infantil a la mitad, y gracias a que se destina el 42,5% del presupuesto anual del Estado a inversiones de carácter social, el dinero que reciben las arcas estatales es repartido con el fin de aminorar las desigualdades sociales que aún persisten en el país, pero que con los trece años de existencia (1999-2012) de la Revolución Bolivariana han ido menguando considerablemente.
Entonces, ya no solo es que la economía venezolana sea positiva, más aún si la comparamos con los 18 años anteriores a Hugo Chávez (1980-1998), cuando era una de las peores economías del hemisferio; sino que además privilegia la redistribución de la riqueza.
La mitología y rumorología que se cierne alrededor de Venezuela es tal, que tal vez Vargas Llosa, cuando denominó “autoritario” al gobierno venezolano, pensó en la falacia que se repite hasta la saciedad en los medios de derecha por más de una década: Chávez controla los medios de comunicación venezolanos. Nada más falaz. En el país sudamericano el 89% de las emisoras de radio y televisión son de titularidad privada, y los principales diarios, El Nacional y El Universal, además de estar en manos privadas se presentan abiertamente contra el régimen.
Por tanto, conociendo todos estos datos no puedo dejar de quedarme con la boca abierta al leer las declaraciones de nuestro Nobel, una persona que hace mucho que mea fuera del water y que abraza a personajes tan impresentables como el principal opositor electoral de Hugo Chávez, Henrique Capriles, quien sí debería recibir el título de autoritario por haber sido uno de los artífices del golpe de Estado contra Hugo Chávez el 11 de abril de 2002 y haber participado en el asalto a la embajada de Cuba en Caracas el 12 de abril de ese mismo año.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Mario Vargas Llosa: La huella de un peruano bendecido por Europa
Otra América
Por Paco Gómez Nadal
El mundo de Vargas Llosa no es igual al mundo real. Su peculiar mirada, autodeclarada ultra liberal, es, como mínimo, peculiar. Hoy, su editorial lo presenta en la Feria Internacional de Guadalajara. Hasta llegar allí, Vargas Llosa se ha paseado por Panamá y por ciudad de México, donde la élite lo ha premiado y alabado.
Una periodista panameña titulaba así un perfil ‘humano’ del premio Nobel peruano: “Un hombre de este mundo”. La aclaración era ‘necesaria’ por si alguien pensaba que ser Nobel y tener la clarividencia alejaba de la realidad. Vargas Llosa participaba de la reunión de las Academias de la Lengua española y había recomendado a los vetustos guardianes de la pureza lingüística que “escucharan a la calle” para enriquecer su trabajo. Sin embargo, Vargas Llosa pisó poca calle.
En Panamá fue recibido con honores por el presidente, Ricardo Martinelli, enredado en múltiples escándalos de corrupción, denunciado por violación de Derechos Humanos y por abuso de poder. Martinelli le impuso la orden Vasco Núñez de Balboa, que lleva el nombre del sanguinario conquistador, y destacó el orgullo que es para Panamá condecorar al escritor. En ese mismo acto, el presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, José Manuel Blecua, quien dirige también la Real Academia Española, entregó a Martinelli la medalla de esa institución. Quedará en los archivos.
A cambio de la condecoración de Martinelli, Vargas Llosa dijo que tener la impresión “de que Panamá vive un periodo muy positivo de desarrollo económico” y alabó la democracia frente la “vergüenza autoritaria” de Cuba. La isla nubló su visión periférica también en México.
“México ha tenido el gran coraje de enfrentar un problema que no es mexicano, sino latinoamericano y en buena parte mundial, que es el problema de narcotráfico"
El mismo día que la Corte Penal Internacional (CPI) recibía una denuncia contra Felipe Calderón, presidente de México, varios de sus ministros y el jefe del cártel de Sinaloa, Vargas Llosa recibía en ciudad de México el premio “Una vida por la Libertad”, que otorga el Grupo Salinas. Allí se deshizo en elogios al gobierno de Calderón por enfrentar “de manera resuelta la bestia del narcotráfico”. “México ha tenido el gran coraje de enfrentar un problema que no es mexicano, sino latinoamericano y en buena parte mundial, que es el problema de narcotráfico, una de las fuentes más peligrosas de la corrupción que está socavando las instituciones democráticas en muchos países”.
Ni una palabra sobre las más de 35.000 víctimas mortales que ya ha dejado la llamada “Guerra contra el narco” de Calderón, ni una palabra sobre la corrupción en el Estado mexicano o sobre las denuncias de las defensoras y defensores de Derechos Humanos acosados por las fuerzas de seguridad y los paramilitares de ese país.
Con la presencia de representantes del Gobierno y de la Iglesia católica, el escritor insistió: “Nuestros países se quedaron rezagados y han vivido en buena parte de su historia republicana en la violencia, en la pobreza y sometidos a gobiernos dictatoriales. Afortunadamente, las cosas comienzan a cambiar, es verdad que América Latina tiene todavía algunos ejemplos de esa horrible tradición autoritaria, de violencia, represión, de miedo, como es el caso de Cuba”.
Antes, en Panamá, ya había abogado por conseguir que los latinoamericanos “sean ciudadanos cultos, sensibles y dotados de imaginación”, lo que, en lectura inversa, significa que los actuales latinoamericanos son incultos, insensibles y limitados en su imaginación. Sus buenos propósitos los hizo públicos al recibir el título de doctor honoris causa por una de las decenas de universidades privadas de Ciudad de Panamá.
Un tipo normal
Vargas Llosa, nacionalizado español en 1993 tras perder las elecciones presidenciales de Perú en 1990, vive a caballo entre Reino Unido y España. Durante las entrevistas en Panamá se quiso dibujar como un hombre común. Y como todo hombre común contó que forja su criterio en base a la lectura de Le Monde, El País, Financial Times y The Economist; que la fiesta no le interesa mucho: “Nunca he sido bohemio... nunca me interesó ni tuve tiempo para ello. Voy a los cafés, pero a trabajar...”; y que, como todo hombre común se interna una vez al año en una clínica privada de Marbella, balneario de descanso de jeques árabes y farándula española, para ayunar 17 días tras los cuales pasa otros 4 a punta de sopitas. “Es una limpieza extraordinaria”, pero no es buena para el trabajo intelectual, explica, “porque la concentración se debilita muchísimo, y la memoria también se ve afectada”
Al final, Vargas Llosa deja su legado de pensamiento, su compromiso con la “dimensión ética y la dimensión moral de la cultura, porque el puro pragmatismo no basta para preservarnos de la catástrofe a la que nos puede llevar la pura ciencia”.
En alguna de sus intervenciones, y ejerciendo su ciudadanía española, el premio Nobel, se mostró contento y “esperanzado” con la nueva mayoría absoluta del Partido Popular en España, aunque unos días antes de las elecciones del 20 de noviembre en la Península Ibérica se había declarado votante del partido UPyD (Unión progreso y Democracia), de declaradas intenciones españolista y ambigüa definición frente al tema de la inmigración.
Por Paco Gómez Nadal
El mundo de Vargas Llosa no es igual al mundo real. Su peculiar mirada, autodeclarada ultra liberal, es, como mínimo, peculiar. Hoy, su editorial lo presenta en la Feria Internacional de Guadalajara. Hasta llegar allí, Vargas Llosa se ha paseado por Panamá y por ciudad de México, donde la élite lo ha premiado y alabado.
Una periodista panameña titulaba así un perfil ‘humano’ del premio Nobel peruano: “Un hombre de este mundo”. La aclaración era ‘necesaria’ por si alguien pensaba que ser Nobel y tener la clarividencia alejaba de la realidad. Vargas Llosa participaba de la reunión de las Academias de la Lengua española y había recomendado a los vetustos guardianes de la pureza lingüística que “escucharan a la calle” para enriquecer su trabajo. Sin embargo, Vargas Llosa pisó poca calle.
En Panamá fue recibido con honores por el presidente, Ricardo Martinelli, enredado en múltiples escándalos de corrupción, denunciado por violación de Derechos Humanos y por abuso de poder. Martinelli le impuso la orden Vasco Núñez de Balboa, que lleva el nombre del sanguinario conquistador, y destacó el orgullo que es para Panamá condecorar al escritor. En ese mismo acto, el presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, José Manuel Blecua, quien dirige también la Real Academia Española, entregó a Martinelli la medalla de esa institución. Quedará en los archivos.
A cambio de la condecoración de Martinelli, Vargas Llosa dijo que tener la impresión “de que Panamá vive un periodo muy positivo de desarrollo económico” y alabó la democracia frente la “vergüenza autoritaria” de Cuba. La isla nubló su visión periférica también en México.
“México ha tenido el gran coraje de enfrentar un problema que no es mexicano, sino latinoamericano y en buena parte mundial, que es el problema de narcotráfico"
El mismo día que la Corte Penal Internacional (CPI) recibía una denuncia contra Felipe Calderón, presidente de México, varios de sus ministros y el jefe del cártel de Sinaloa, Vargas Llosa recibía en ciudad de México el premio “Una vida por la Libertad”, que otorga el Grupo Salinas. Allí se deshizo en elogios al gobierno de Calderón por enfrentar “de manera resuelta la bestia del narcotráfico”. “México ha tenido el gran coraje de enfrentar un problema que no es mexicano, sino latinoamericano y en buena parte mundial, que es el problema de narcotráfico, una de las fuentes más peligrosas de la corrupción que está socavando las instituciones democráticas en muchos países”.
Ni una palabra sobre las más de 35.000 víctimas mortales que ya ha dejado la llamada “Guerra contra el narco” de Calderón, ni una palabra sobre la corrupción en el Estado mexicano o sobre las denuncias de las defensoras y defensores de Derechos Humanos acosados por las fuerzas de seguridad y los paramilitares de ese país.
Con la presencia de representantes del Gobierno y de la Iglesia católica, el escritor insistió: “Nuestros países se quedaron rezagados y han vivido en buena parte de su historia republicana en la violencia, en la pobreza y sometidos a gobiernos dictatoriales. Afortunadamente, las cosas comienzan a cambiar, es verdad que América Latina tiene todavía algunos ejemplos de esa horrible tradición autoritaria, de violencia, represión, de miedo, como es el caso de Cuba”.
Antes, en Panamá, ya había abogado por conseguir que los latinoamericanos “sean ciudadanos cultos, sensibles y dotados de imaginación”, lo que, en lectura inversa, significa que los actuales latinoamericanos son incultos, insensibles y limitados en su imaginación. Sus buenos propósitos los hizo públicos al recibir el título de doctor honoris causa por una de las decenas de universidades privadas de Ciudad de Panamá.
Un tipo normal
Vargas Llosa, nacionalizado español en 1993 tras perder las elecciones presidenciales de Perú en 1990, vive a caballo entre Reino Unido y España. Durante las entrevistas en Panamá se quiso dibujar como un hombre común. Y como todo hombre común contó que forja su criterio en base a la lectura de Le Monde, El País, Financial Times y The Economist; que la fiesta no le interesa mucho: “Nunca he sido bohemio... nunca me interesó ni tuve tiempo para ello. Voy a los cafés, pero a trabajar...”; y que, como todo hombre común se interna una vez al año en una clínica privada de Marbella, balneario de descanso de jeques árabes y farándula española, para ayunar 17 días tras los cuales pasa otros 4 a punta de sopitas. “Es una limpieza extraordinaria”, pero no es buena para el trabajo intelectual, explica, “porque la concentración se debilita muchísimo, y la memoria también se ve afectada”
Al final, Vargas Llosa deja su legado de pensamiento, su compromiso con la “dimensión ética y la dimensión moral de la cultura, porque el puro pragmatismo no basta para preservarnos de la catástrofe a la que nos puede llevar la pura ciencia”.
En alguna de sus intervenciones, y ejerciendo su ciudadanía española, el premio Nobel, se mostró contento y “esperanzado” con la nueva mayoría absoluta del Partido Popular en España, aunque unos días antes de las elecciones del 20 de noviembre en la Península Ibérica se había declarado votante del partido UPyD (Unión progreso y Democracia), de declaradas intenciones españolista y ambigüa definición frente al tema de la inmigración.
viernes, 29 de abril de 2011
Vargas Llosa, América Latina y la participación política
Rebelión
Por Juan Manuel Karg
Se encuentra desde hace algunos días en nuestro país el escritor peruano Mario Vargas Llosa. Si nos guiáramos por los grandes medios de comunicación de la Argentina, deberíamos decir que el arribo de Vargas Llosa a nuestras pampas se debe a la presentación inaugural que realizó en la Feria Internacional del libro de Buenos Aires.
Debemos afirmar, además, que la presencia de Vargas Llosa tiene también que ver con la realización de un “conclave porteño” de derechas con ilustres invitados como José María Aznar, Arnold Schwarzenegger, y Carlos Alberto Montaner. Esta reunión, que tomó el nombre “The Populist Challenge to Latin American Liberty”, fue convocada por la Mont Pelerin Society, una institución fundada por Friederich Hayek, uno de los más afamados Chicago Boys. Tal como afirma el politólogo argentino Atilio Borón en una reciente nota de opinión, reuniones como esta “demuestran la agresiva internacionalización de la derecha, bajo la dirección general de Washington, y la importancia que le conceden a la “reconquista” de este continente” [1].
Me interesa, sin embargo, problematizar algunas de las nociones generales que Vargas Llosa planteó en su discurso de la Feria del Libro. En primer lugar su consideración de que “es el liberalismo quien defiende a la libertad: en la política, en la economía, en todos los campos de la vida”, ya que “siempre está el peligro de que el Estado atropelle esos derechos individuales”. Este tipo de argumentaciones han sido repetidas hasta el cansancio en nuestro continente en los años 90` para llevar a cabo una política predatoria y privatizadora de áreas estratégicas de las economías de nuestros países: “el área es deficitaria”, “hay una corrupción generalizada”. Con esa argumentación, la célebre frase de Margaret Thatcher condecoró un programa general en 4 siglas: “TINA, there is no alternative”. No hay alternativa al neoliberalismo. El fin de la historia, al decir de Fukuyama.
Sin embargo, los pueblos de Nuestra América, desde 1999 a esta parte, y en mayor o menor medida, han venido planteado un panorama que no se condice con esta idea ahistórica de supremacía neoliberal. El enfrentamiento franco y radical del eje ALBA a la hegemonía estadounidense, con Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador a la cabeza, muestra que, mal que le pese a Thatcher y sus agoreros –los Vargas Llosa, Aznar y Montaner- si hay alternativa independiente y autónoma respecto a EEUU y el imperialismo.
Es interesante, en este punto, describir el concepto de democracia que permea tras la argumentación del escritor peruano. En su presentación afirmó, sin sonrojarse, que “Hoy día tenemos una izquierda democrática y una derecha democrática en muchos países. Uruguay, México, Brasil, Perú, Salvador, Chile son ejemplo de ello”. El carácter de democracia que Vargas Llosa encuentra en estos países tiene que ver con la idea de mera representación. Un esquema donde la política se hace sólo cada cuatro años (o en el mejor de los casos, cada dos). Mi “libertad individual” pasa por ir al cuarto oscuro, y elegir entre las múltiples opciones alguien que me represente.
Aparece la idea de lo político como algo externo, alejado del conjunto de la sociedad. La política la deben hacer otros, según esta visión. No nosotros. La paradoja se torna más irreverente cuando desde este nicho discursivo se critica, por ejemplo, a procesos que se plantean pasar a una democracia protagónica y participativa. El caso venezolano es el más interesante para trabajar, ya que allí se dan instancias cotidianas del quehacer político, como por ejemplo los Consejos Comunales, con dos leyes -2006 y 2009- que regulan su funcionamiento. ¿Este tipo de consideraciones aparece en algún momento en el discurso de Vargas Llosa? De ninguna manera. Si la crítica permanente al “caudillo” y “antidemocrático” Chávez, quién, paradójicamente, es el presidente contemporáneo que más elecciones disputó y ganó. ¿Puede un “caudillo” crear instancias alternativas al poder estatal, que, en cierta forma, debilitan su propio poder?
Podemos incluso ir un paso más allá y verificar si en algún país de los mencionados como ejemplos democráticos por el escritor peruano ha habido, en el último tiempo, algún proceso constituyente referido a la inclusión de minorías postergadas en los derechos ciudadanos. Este elemento, que si podemos verificar en Bolivia y Venezuela, no es menor ya que da cuenta de una efectiva apertura democrática para actores que no estaban incluidos en el quehacer político heredado del neoliberalismo.
Compartimos, para finalizar, la idea de Vargas Llosa de que en América Latina hemos sufrido “mucha intolerancia, mucho dogma, y la idea de que existe un Dios y una verdad única”. Desde esta parte de Nuestra América sólo podemos afirmar que dicha intolerancia y dogma han venido desde Washington, como bien afirma Atilio Borón. El Dios único del mercado y la sumisión al neoliberalismo –tanto en lo económico como en lo político- sólo produjeron saqueo a nuestras tierras. Afirmamos, sin temor a equivocarnos, que la misión de todas las organizaciones del campo popular de Nuestra América es impedir la “reconquista”, luchando palmo a palmo por la radicalización de los proyectos alternativos y autónomos a la hegemonía yanqui.
Juan Manuel Karg es Licenciado en Ciencia Política UBA / Militante de la Juventud Rebelde - Argentina
Nota:
[1] Borón, Atilio. “La derecha y su fábrica de mentir”. Vease online en: http://www.atilioboron.com/2011/04/la-derecha-y-su-fabrica-de-menti.html
Por Juan Manuel Karg
Se encuentra desde hace algunos días en nuestro país el escritor peruano Mario Vargas Llosa. Si nos guiáramos por los grandes medios de comunicación de la Argentina, deberíamos decir que el arribo de Vargas Llosa a nuestras pampas se debe a la presentación inaugural que realizó en la Feria Internacional del libro de Buenos Aires.
Debemos afirmar, además, que la presencia de Vargas Llosa tiene también que ver con la realización de un “conclave porteño” de derechas con ilustres invitados como José María Aznar, Arnold Schwarzenegger, y Carlos Alberto Montaner. Esta reunión, que tomó el nombre “The Populist Challenge to Latin American Liberty”, fue convocada por la Mont Pelerin Society, una institución fundada por Friederich Hayek, uno de los más afamados Chicago Boys. Tal como afirma el politólogo argentino Atilio Borón en una reciente nota de opinión, reuniones como esta “demuestran la agresiva internacionalización de la derecha, bajo la dirección general de Washington, y la importancia que le conceden a la “reconquista” de este continente” [1].
Me interesa, sin embargo, problematizar algunas de las nociones generales que Vargas Llosa planteó en su discurso de la Feria del Libro. En primer lugar su consideración de que “es el liberalismo quien defiende a la libertad: en la política, en la economía, en todos los campos de la vida”, ya que “siempre está el peligro de que el Estado atropelle esos derechos individuales”. Este tipo de argumentaciones han sido repetidas hasta el cansancio en nuestro continente en los años 90` para llevar a cabo una política predatoria y privatizadora de áreas estratégicas de las economías de nuestros países: “el área es deficitaria”, “hay una corrupción generalizada”. Con esa argumentación, la célebre frase de Margaret Thatcher condecoró un programa general en 4 siglas: “TINA, there is no alternative”. No hay alternativa al neoliberalismo. El fin de la historia, al decir de Fukuyama.
Sin embargo, los pueblos de Nuestra América, desde 1999 a esta parte, y en mayor o menor medida, han venido planteado un panorama que no se condice con esta idea ahistórica de supremacía neoliberal. El enfrentamiento franco y radical del eje ALBA a la hegemonía estadounidense, con Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador a la cabeza, muestra que, mal que le pese a Thatcher y sus agoreros –los Vargas Llosa, Aznar y Montaner- si hay alternativa independiente y autónoma respecto a EEUU y el imperialismo.
Es interesante, en este punto, describir el concepto de democracia que permea tras la argumentación del escritor peruano. En su presentación afirmó, sin sonrojarse, que “Hoy día tenemos una izquierda democrática y una derecha democrática en muchos países. Uruguay, México, Brasil, Perú, Salvador, Chile son ejemplo de ello”. El carácter de democracia que Vargas Llosa encuentra en estos países tiene que ver con la idea de mera representación. Un esquema donde la política se hace sólo cada cuatro años (o en el mejor de los casos, cada dos). Mi “libertad individual” pasa por ir al cuarto oscuro, y elegir entre las múltiples opciones alguien que me represente.
Aparece la idea de lo político como algo externo, alejado del conjunto de la sociedad. La política la deben hacer otros, según esta visión. No nosotros. La paradoja se torna más irreverente cuando desde este nicho discursivo se critica, por ejemplo, a procesos que se plantean pasar a una democracia protagónica y participativa. El caso venezolano es el más interesante para trabajar, ya que allí se dan instancias cotidianas del quehacer político, como por ejemplo los Consejos Comunales, con dos leyes -2006 y 2009- que regulan su funcionamiento. ¿Este tipo de consideraciones aparece en algún momento en el discurso de Vargas Llosa? De ninguna manera. Si la crítica permanente al “caudillo” y “antidemocrático” Chávez, quién, paradójicamente, es el presidente contemporáneo que más elecciones disputó y ganó. ¿Puede un “caudillo” crear instancias alternativas al poder estatal, que, en cierta forma, debilitan su propio poder?
Podemos incluso ir un paso más allá y verificar si en algún país de los mencionados como ejemplos democráticos por el escritor peruano ha habido, en el último tiempo, algún proceso constituyente referido a la inclusión de minorías postergadas en los derechos ciudadanos. Este elemento, que si podemos verificar en Bolivia y Venezuela, no es menor ya que da cuenta de una efectiva apertura democrática para actores que no estaban incluidos en el quehacer político heredado del neoliberalismo.
Compartimos, para finalizar, la idea de Vargas Llosa de que en América Latina hemos sufrido “mucha intolerancia, mucho dogma, y la idea de que existe un Dios y una verdad única”. Desde esta parte de Nuestra América sólo podemos afirmar que dicha intolerancia y dogma han venido desde Washington, como bien afirma Atilio Borón. El Dios único del mercado y la sumisión al neoliberalismo –tanto en lo económico como en lo político- sólo produjeron saqueo a nuestras tierras. Afirmamos, sin temor a equivocarnos, que la misión de todas las organizaciones del campo popular de Nuestra América es impedir la “reconquista”, luchando palmo a palmo por la radicalización de los proyectos alternativos y autónomos a la hegemonía yanqui.
Juan Manuel Karg es Licenciado en Ciencia Política UBA / Militante de la Juventud Rebelde - Argentina
Nota:
[1] Borón, Atilio. “La derecha y su fábrica de mentir”. Vease online en: http://www.atilioboron.com/2011/04/la-derecha-y-su-fabrica-de-menti.html
martes, 12 de octubre de 2010
Contra la escritura letrada de Vargas Llosa
Rebelión
Por Luis Martín-Cabrera
No creo que el Premio Nobel de literatura o los premios literarios en general tengan ninguna legitimidad. No me interesa por tanto discutir si el premio Nobel de literatura a Vargas Llosa es justo o injusto, es simplemente tan arbitrario como todos los demás. Lo que me interesa explorar es el modo en el que amplios sectores de izquierda parecen asumir explícita o implícitamente que Vargas Llosa es un intelectual orgánico de la internacional neoliberal conservadora, un esbirro del imperio y, al mismo tiempo, el autor de algunas novelas de indudable valor literario. Algunos son incluso más específicos y añaden que sus mejores novelas son aquellas que publica en su primera época, antes de su ruptura con la revolución cubana y de abandonarse a un tipo de escritura eminentemente comercial y oportunista. Esta concepción de la obra de Vargas Llosa asume sin discutirlo nunca que el estilo, la calidad literaria o la literatura en general están al margen de la realidad, au dessus de la mêlé. Pero la literatura, como cualquier otro discurso, está no sólo inserta en la realidad, sino que es un modo de construir, conocer y atravesar esa realidad. Por eso, no hay estilo inocuo ni estética literaria que no esté siempre ya determinada por todas las tensiones del poder: el fondo y la forma son inseparables y están abocados a producir efectos ideológicos.
En América Latina, nadie como Ángel Rama entendió las estrechas conexiones de la literatura con las estructuras de poder, dominación y explotación que constituyen la historia de la región desde la colonia a la formación de los estados modernos. Rama teoriza las relaciones entre escritura y poder a partir de la figura del letrado, una singular versión del intelectual orgánico gramsciano. Para el critico uruguayo, la escritura desempeña un papel fundamental en América Latina, porque desde la conquista en adelante, son sólo una minoría los intelectuales que tienen el privilegio de acceder a la escritura y lo hacen siempre en contraposición a las culturas orales precolombinas y sus particulares formas de entender el lenguaje y la historia. A partir de la independencia y con mayor ímpetu todavía con la llegada de la modernidad, el letrado latinoamericano se transforma en una suerte de mediador entre el Estado y las clases subalternas. El letrado es, por tanto, traductor y representante de las clases subalternas en su proceso de integración a los procesos de modernidad en América Latina. Esta particular singladura está en el corazón, por ejemplo, de toda la literatura indigenista del continente. El escritor indigenista está entre el Estado y las masas de indígenas tratando de imaginarles un lugar en el corazón de la patria tras siglos de invisibilidad, explotación y opresión. Esta importante y ambivalente posición de representantes de "los sin voz" que ocupan los escritores letrados en América Latina es crucial para entender la producción literaria y cultural.
En este sentido, cabe decir que Mario Vargas Llosa es un escritor letrado por definición y, no sólo eso, es un escritor letrado que siempre o casi siempre ha escrito a favor del poder de las clases dominantes, primero en América Latina y más tarde a nivel global. Esta adscripción al poder constituido se puede leer en novelas a priori tan alejadas de la política como La tía Julia y el escribidor (1977). La novela, escrita en clave autobiográfica, cuenta la historia de "Varguitas" un joven escritor latinoamericano que se inicia en la literatura y en el amor con una turgente tía suya, a pesar y contra los valores burgueses de su familia. Pero la novela es también la historia de Pedro Camacho, un “escribidor” boliviano de guiones de radionovela que inicia a “Varguitas” en la escritura. Al cabo de escribir tantos folletines, Camacho acaba volviéndose loco y produciendo un discurso delirante, donde el folletín, la realidad y la ficción se vuelven inoperativos. Por tanto, lo que esta en juego no es sólo la iniciación del joven escritor, sino la autoridad del letrado sobre la cultura popular oral, lo que la novela produce es la distinción entre el escritor letrado con capital simbólico y el escribiente popular sin capital cultural ni legitimidad, el otro abyecto.
Esta obsesión por ejercer y reclamar la autoridad del escritor letrado sobre las clases subalternas aparece en infinidad de novelas de Vargas Llosa y llega a su clímax con la publicación de El Hablador (1987), novela que vuelve a mezclar dos planos narrativos y dos voces, la del hablador y la del escritor letrado. El “hablador” es una figura clave en las culturas indígenas de la amazonía, porque es el encargado de preservar y actualizar la historia de la comunidad, una suerte de archivo oral andante. A medida que avanza la novela la contraposición entre oralidad y escritura se acentúa y se vuelve más violenta, hasta que descubrimos que, en realidad, el “hablador” es, Saúl Zuratas, un compañero de facultad del escritor/narrador. Zuratas, apodado “Mascarita” por una mancha oscura que le cubre la mitad de la cara y por su cabello endiablado y pelirrojo era famoso por su fealdad, era hijo de un judío y una criolla. Así de crudo y poco sofisticado: Zuratas se interesa en las culturas indígenas porque es feo. De hecho, la novela no es más una burda reactualización de la dicotomía civilización y barbarie que inaugura el Facundo del escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento. Los indios, para Vargas Llosa, representan simplemente la barbarie y el atraso. Tal y como expresara con singular brutalidad en un artículo publicado en la revista norteamericana Harper’s: “Questions of Conquest: What Columbus Wrought and What He Did Not”, el precio que debe pagar Perú por el desarrollo y la modernidad es la extinción de sus culturas indígenas, porque éstas no son más que un lastre antimoderno e irracional.
Vargas Llosa, que seguramente es un lector ferviente de “Kafka y sus precursores”, sabe como Borges que todo escritor se inventa su propia genealogía literaria. Por eso, además de desplazar continuamente la oralidad, la cultura popular y el indigenismo, el escritor hispano-peruano, como lo llama El País , también está obsesionado por ejercer su autoridad y desplazar a otros escritores, sobre todo a aquéllos que han puesto su escritura a favor de la revolución y de los excluidos (los otros letrados). La guerra del fin del mundo (1981) es ejemplar en este sentido, porque se trata de una reescritura de la novela Os Sertoes (1902), del escritor brasileño, Euclides da Cunha. Las dos novelas cuentan la historia de Antonio Consejero, una especie de líder religioso-político de Canudos que forma una comunidad que suprime, entre otras cosas, el dinero y el sistema métrico decimal. Los rebeldes de Canudos, los más desposeídos y olvidados del Brasil, se resisten a la dominación del Estado liberal hasta que el ejército les aniquila. Sin embargo, mientras que Euclides da Cunha se esfuerza en intentar comprender Canudos como una forma de "cotrarracionalidad" y resistencia al Estado liberal, Vargas Llosa construye a los rebeldes como obstinados místicos milenaristas y transforma a da Cunha en un periodista ciego. Apoyar la revolución produce ceguera política.
Pero no sólo son da Cunha o García Márquez, ningún escritor inquieta y preocupa tanto a Vargas Llosa como José María Arguedas. Arguedas era quechuahablante y su literatura, al contrario que la de Vargas Llosa, se movió siempre en una tensión entre dos mundos, dos lenguas y dos historias; El Zorro de arriba y el zorro de abajo, como tituló su última novela. Arguedas, como José Carlos Mariátegui aunque de manera diferente, no vio en las culturas indígenas una rémora, sino la posibilidad misma del comunismo incaico, de una sociedad y una modernidad asentadas sobre el comunitarismo y no sobre el genocidio cultural y físico de los indígenas. Si, como Borges imaginó en “La biblioteca de babel”, todo libro tiene su contralibro, sin duda el contralibro de la Ciudad y los Perros (1962) es Los ríos profundos (1956). Mientras que La ciudad y los perros es el relato iniciático de la burguesía limeña, Los ríos profundos es el relato iniciático de un sujeto cuzqueño radicalmente mestizo y utópicamente bicultural; mientras que la Ciudad y los perros está escrita en el español de la clase media limeña, Los ríos profundos está escrita un español liberado de sus trabas por la sintaxis del quechua; mientras el protagonista de La ciudad y los perros se debate entre sus amores y su solidaridad con “el esclavo”, Ernesto, el protagonista de Los ríos profundos , se identifica con la rebelión de las indias chicheras contra la opresión neocolonial; mientras que Arguedas se pegó dos tiros para firmar su última novela, desesperado por las contradicciones de la modernidad andina, Vargas Llosa gana el premio Nobel de literatura.
A Vargas Llosa le preocupa tanto Arguedas que escribió un panfleto infame, La utopía arcaica, cuya única función es desplazar a Arguedas del canon literario peruano para ponerse él. Los ejemplos podrían multiplicarse, podemos pensar muchas cosas de Vargas Llosa, pero no podemos decir, si somos lectores serios y rigurosos, que su literatura se hizo al margen de las voluntades de los poderosos; podemos pensar que es buena literatura, pero no podemos ignorar que su literatura se construyó sobre el desprecio más absoluto a las clases populares latinoamericanas.
(Para Daniel Noemi, por las conversaciones de literatura latinoamericana hasta altas horas de la madrugada en Toronto y por tantos años de lecturas y aprendizajes compartidos).
Luis Martín-Cabrera es profesor asistente del Departamento de Literatura de la Universidad de California, San Diego.
Por Luis Martín-Cabrera
No creo que el Premio Nobel de literatura o los premios literarios en general tengan ninguna legitimidad. No me interesa por tanto discutir si el premio Nobel de literatura a Vargas Llosa es justo o injusto, es simplemente tan arbitrario como todos los demás. Lo que me interesa explorar es el modo en el que amplios sectores de izquierda parecen asumir explícita o implícitamente que Vargas Llosa es un intelectual orgánico de la internacional neoliberal conservadora, un esbirro del imperio y, al mismo tiempo, el autor de algunas novelas de indudable valor literario. Algunos son incluso más específicos y añaden que sus mejores novelas son aquellas que publica en su primera época, antes de su ruptura con la revolución cubana y de abandonarse a un tipo de escritura eminentemente comercial y oportunista. Esta concepción de la obra de Vargas Llosa asume sin discutirlo nunca que el estilo, la calidad literaria o la literatura en general están al margen de la realidad, au dessus de la mêlé. Pero la literatura, como cualquier otro discurso, está no sólo inserta en la realidad, sino que es un modo de construir, conocer y atravesar esa realidad. Por eso, no hay estilo inocuo ni estética literaria que no esté siempre ya determinada por todas las tensiones del poder: el fondo y la forma son inseparables y están abocados a producir efectos ideológicos.
En América Latina, nadie como Ángel Rama entendió las estrechas conexiones de la literatura con las estructuras de poder, dominación y explotación que constituyen la historia de la región desde la colonia a la formación de los estados modernos. Rama teoriza las relaciones entre escritura y poder a partir de la figura del letrado, una singular versión del intelectual orgánico gramsciano. Para el critico uruguayo, la escritura desempeña un papel fundamental en América Latina, porque desde la conquista en adelante, son sólo una minoría los intelectuales que tienen el privilegio de acceder a la escritura y lo hacen siempre en contraposición a las culturas orales precolombinas y sus particulares formas de entender el lenguaje y la historia. A partir de la independencia y con mayor ímpetu todavía con la llegada de la modernidad, el letrado latinoamericano se transforma en una suerte de mediador entre el Estado y las clases subalternas. El letrado es, por tanto, traductor y representante de las clases subalternas en su proceso de integración a los procesos de modernidad en América Latina. Esta particular singladura está en el corazón, por ejemplo, de toda la literatura indigenista del continente. El escritor indigenista está entre el Estado y las masas de indígenas tratando de imaginarles un lugar en el corazón de la patria tras siglos de invisibilidad, explotación y opresión. Esta importante y ambivalente posición de representantes de "los sin voz" que ocupan los escritores letrados en América Latina es crucial para entender la producción literaria y cultural.
En este sentido, cabe decir que Mario Vargas Llosa es un escritor letrado por definición y, no sólo eso, es un escritor letrado que siempre o casi siempre ha escrito a favor del poder de las clases dominantes, primero en América Latina y más tarde a nivel global. Esta adscripción al poder constituido se puede leer en novelas a priori tan alejadas de la política como La tía Julia y el escribidor (1977). La novela, escrita en clave autobiográfica, cuenta la historia de "Varguitas" un joven escritor latinoamericano que se inicia en la literatura y en el amor con una turgente tía suya, a pesar y contra los valores burgueses de su familia. Pero la novela es también la historia de Pedro Camacho, un “escribidor” boliviano de guiones de radionovela que inicia a “Varguitas” en la escritura. Al cabo de escribir tantos folletines, Camacho acaba volviéndose loco y produciendo un discurso delirante, donde el folletín, la realidad y la ficción se vuelven inoperativos. Por tanto, lo que esta en juego no es sólo la iniciación del joven escritor, sino la autoridad del letrado sobre la cultura popular oral, lo que la novela produce es la distinción entre el escritor letrado con capital simbólico y el escribiente popular sin capital cultural ni legitimidad, el otro abyecto.
Esta obsesión por ejercer y reclamar la autoridad del escritor letrado sobre las clases subalternas aparece en infinidad de novelas de Vargas Llosa y llega a su clímax con la publicación de El Hablador (1987), novela que vuelve a mezclar dos planos narrativos y dos voces, la del hablador y la del escritor letrado. El “hablador” es una figura clave en las culturas indígenas de la amazonía, porque es el encargado de preservar y actualizar la historia de la comunidad, una suerte de archivo oral andante. A medida que avanza la novela la contraposición entre oralidad y escritura se acentúa y se vuelve más violenta, hasta que descubrimos que, en realidad, el “hablador” es, Saúl Zuratas, un compañero de facultad del escritor/narrador. Zuratas, apodado “Mascarita” por una mancha oscura que le cubre la mitad de la cara y por su cabello endiablado y pelirrojo era famoso por su fealdad, era hijo de un judío y una criolla. Así de crudo y poco sofisticado: Zuratas se interesa en las culturas indígenas porque es feo. De hecho, la novela no es más una burda reactualización de la dicotomía civilización y barbarie que inaugura el Facundo del escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento. Los indios, para Vargas Llosa, representan simplemente la barbarie y el atraso. Tal y como expresara con singular brutalidad en un artículo publicado en la revista norteamericana Harper’s: “Questions of Conquest: What Columbus Wrought and What He Did Not”, el precio que debe pagar Perú por el desarrollo y la modernidad es la extinción de sus culturas indígenas, porque éstas no son más que un lastre antimoderno e irracional.
Vargas Llosa, que seguramente es un lector ferviente de “Kafka y sus precursores”, sabe como Borges que todo escritor se inventa su propia genealogía literaria. Por eso, además de desplazar continuamente la oralidad, la cultura popular y el indigenismo, el escritor hispano-peruano, como lo llama El País , también está obsesionado por ejercer su autoridad y desplazar a otros escritores, sobre todo a aquéllos que han puesto su escritura a favor de la revolución y de los excluidos (los otros letrados). La guerra del fin del mundo (1981) es ejemplar en este sentido, porque se trata de una reescritura de la novela Os Sertoes (1902), del escritor brasileño, Euclides da Cunha. Las dos novelas cuentan la historia de Antonio Consejero, una especie de líder religioso-político de Canudos que forma una comunidad que suprime, entre otras cosas, el dinero y el sistema métrico decimal. Los rebeldes de Canudos, los más desposeídos y olvidados del Brasil, se resisten a la dominación del Estado liberal hasta que el ejército les aniquila. Sin embargo, mientras que Euclides da Cunha se esfuerza en intentar comprender Canudos como una forma de "cotrarracionalidad" y resistencia al Estado liberal, Vargas Llosa construye a los rebeldes como obstinados místicos milenaristas y transforma a da Cunha en un periodista ciego. Apoyar la revolución produce ceguera política.
Pero no sólo son da Cunha o García Márquez, ningún escritor inquieta y preocupa tanto a Vargas Llosa como José María Arguedas. Arguedas era quechuahablante y su literatura, al contrario que la de Vargas Llosa, se movió siempre en una tensión entre dos mundos, dos lenguas y dos historias; El Zorro de arriba y el zorro de abajo, como tituló su última novela. Arguedas, como José Carlos Mariátegui aunque de manera diferente, no vio en las culturas indígenas una rémora, sino la posibilidad misma del comunismo incaico, de una sociedad y una modernidad asentadas sobre el comunitarismo y no sobre el genocidio cultural y físico de los indígenas. Si, como Borges imaginó en “La biblioteca de babel”, todo libro tiene su contralibro, sin duda el contralibro de la Ciudad y los Perros (1962) es Los ríos profundos (1956). Mientras que La ciudad y los perros es el relato iniciático de la burguesía limeña, Los ríos profundos es el relato iniciático de un sujeto cuzqueño radicalmente mestizo y utópicamente bicultural; mientras que la Ciudad y los perros está escrita en el español de la clase media limeña, Los ríos profundos está escrita un español liberado de sus trabas por la sintaxis del quechua; mientras el protagonista de La ciudad y los perros se debate entre sus amores y su solidaridad con “el esclavo”, Ernesto, el protagonista de Los ríos profundos , se identifica con la rebelión de las indias chicheras contra la opresión neocolonial; mientras que Arguedas se pegó dos tiros para firmar su última novela, desesperado por las contradicciones de la modernidad andina, Vargas Llosa gana el premio Nobel de literatura.
A Vargas Llosa le preocupa tanto Arguedas que escribió un panfleto infame, La utopía arcaica, cuya única función es desplazar a Arguedas del canon literario peruano para ponerse él. Los ejemplos podrían multiplicarse, podemos pensar muchas cosas de Vargas Llosa, pero no podemos decir, si somos lectores serios y rigurosos, que su literatura se hizo al margen de las voluntades de los poderosos; podemos pensar que es buena literatura, pero no podemos ignorar que su literatura se construyó sobre el desprecio más absoluto a las clases populares latinoamericanas.
(Para Daniel Noemi, por las conversaciones de literatura latinoamericana hasta altas horas de la madrugada en Toronto y por tantos años de lecturas y aprendizajes compartidos).
Luis Martín-Cabrera es profesor asistente del Departamento de Literatura de la Universidad de California, San Diego.
lunes, 11 de octubre de 2010
Vargas Llosa, el brillante
La Tempestad
Por Nicolás Cabral
En algunos, la mención de su nombre produce espasmos. Un “espíritu incómodo”, lo llaman, apelando a una supuesta lucidez, a una hipotética capacidad crítica. Pero ¿incómodo para quién? No para su admirado amigo José María Aznar, que le ha dado trabajo en su organización neofalangista, la FAES. Ni para El País de Madrid, uno de los medios más mentirosos de la lengua, que lo tiene como columnista estrella. Tampoco para los encuentros que la Internacional Reaccionaria organiza –llamémosle por su verdadero nombre a esa reunión periódica de egresados de la Escuela de las Américas, agentes de la CIA, ex presidentes neoliberales e “intelectuales” como el que nos ocupa–, donde siempre se oye la misma cantaleta: Democracia, Libertad, pero sobre todo Libre Mercado. En una extraña pirueta psíquica, a los liberales les da por sentirse perseguidos, a pesar de ser las comparsas del poder hegemónico: ¡estamos hablando de un miembro de la Comisión Trilateral!
A Mario Vargas Llosa, que hace algunas décadas escribió dos o acaso tres novelas buenas, le sucedió algo extraño en cierto momento de su vida: pretendió pensar. No es, por supuesto, un deseo ilegítimo. Ya decía Descartes que “el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo”, aunque sin duda estaba equivocado. La afirmación es refutada cada vez que Vargas Llosa se acerca al teclado para opinar. Como se sabe, no es potestad universal la producción de ideas. Por desgracia, en el caso del peruano vuelto español ni siquiera las nociones ajenas sirven para pensar: lo suyo es el arte de la repetición servil. Ya Juan José Saer enlistó, cuando Vargas Llosa –en una de sus abundantes páginas negras– se opuso al enjuiciamiento de los militares genocidas de la última dictadura argentina, los componentes de su prosa periodística: “La amalgama, la información trunca, la petición de principio y la pura mitomanía”.
Para medir los alcances del pensamiento de Vargas Llosa sirve cualquiera de sus artículos, pero dejemos de lado sus columnas de opinión política: en ese campo siempre ha sido un lamentable amateur, un servidor puntual del Consenso de Washington. Detengámonos en sus intervenciones culturales, un territorio en el que, presuntamente, algo entiende.
(Antes, brevemente, sólo para alimentar cierto placer obsceno, reparemos en un poema. Su título: “Padre Homero”. No conforme con ser, hoy por hoy, el mejor narrador peruano del siglo XIX, Vargas Llosa se lanza a una nueva aventura: ser un poeta arcaico menor. La primera estrofa es un momento cumbre de la torpeza intemporal: “No sabemos si era uno o muchos. / Ni siquiera sabemos si existió / o lo inventamos / para dar un dueño o una leyenda / a los poemas que fundaron / el mundo en que vivimos.” Homero es imaginado por su pretendido descendiente: “Yo lo adivino / como un viejecito bondadoso / y excéntrico / divirtiendo a niños y ancianos / con fabulosas aventuras / de guerreros y monstruos”. Se inaugura una nueva tendencia, el lirismo liberal.)
A Vargas Llosa le preocupa a últimas fechas lo que percibe como decadencia o banalización de la cultura. En dos conferencias recientes –“La civilización del espectáculo” y “Breve discurso sobre la cultura”– pretende llamar al orden. Finalmente el escritor, que tan convulsas transformaciones ideológicas ha experimentado, se deja ver como lo que es: un conservador, un defensor de la cultura burguesa. El par de textos ayuda a entender por qué, después de haber sido un narrador que valoraba las innovaciones de Faulkner, hoy Vargas Llosa sólo sabe hablar de Victor Hugo. Lo que le preocupa es que, al democratizarse, la cultura (según la entiende su “humanismo”) se esfuma. Esta concepción, profundamente elitista, se explica bien a través del célebre dictum de Benjamin: “No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”. Al defender cierta concepción (aristocrática) de la cultura, Vargas Llosa defiende su reverso bárbaro. Piénsese, si no, en su apasionada defensa (¡a posteriori!) de la invasión de Iraq.
La estatura intelectual de Vargas Llosa puede medirse en función de uno de sus temas: el espectáculo. No se trata de comparar un artículo suyo con el célebre libro de Guy Debord, La sociedad del espectáculo (no hay condiciones intelectuales ni morales para hacerlo), sino de contrastar los procedimientos: donde el francés devela el mecanismo por el cual el capitalismo vuelve redituable el tiempo de ocio del trabajador a través del entretenimiento, Vargas Llosa encuentra un efecto de los ataques a la autoridad que formaron parte del movimiento de Mayo del 68: la pulverización de su amada cultura burguesa. ¿Con qué autoridad habla de banalización de la cultura un defensor radical de la economía de mercado, que convierte en mercancía absolutamente todo, incluyendo los libros y la figura del escritor?
El engaño de los medios que privilegian la opinión sobre el pensamiento ha encumbrado a figuras como Vargas Llosa (o incluso a figurines como su hijo Álvaro, ese Vargas Llosa reloaded que dedica su vida a convencer a quien se deja de que todo progresista es un idiota, acaso aterrorizado por la imagen que el espejo le devuelve). Articulista peso mosca, quien ahora lamenta la decadencia de la cultura occidental es la encarnación del más flagrante cinismo. En tanto plumífero de las peores causas, su prosa escolar colabora secretamente en el fenómeno que denuncia desde el púlpito.
Por Nicolás Cabral
En algunos, la mención de su nombre produce espasmos. Un “espíritu incómodo”, lo llaman, apelando a una supuesta lucidez, a una hipotética capacidad crítica. Pero ¿incómodo para quién? No para su admirado amigo José María Aznar, que le ha dado trabajo en su organización neofalangista, la FAES. Ni para El País de Madrid, uno de los medios más mentirosos de la lengua, que lo tiene como columnista estrella. Tampoco para los encuentros que la Internacional Reaccionaria organiza –llamémosle por su verdadero nombre a esa reunión periódica de egresados de la Escuela de las Américas, agentes de la CIA, ex presidentes neoliberales e “intelectuales” como el que nos ocupa–, donde siempre se oye la misma cantaleta: Democracia, Libertad, pero sobre todo Libre Mercado. En una extraña pirueta psíquica, a los liberales les da por sentirse perseguidos, a pesar de ser las comparsas del poder hegemónico: ¡estamos hablando de un miembro de la Comisión Trilateral!
A Mario Vargas Llosa, que hace algunas décadas escribió dos o acaso tres novelas buenas, le sucedió algo extraño en cierto momento de su vida: pretendió pensar. No es, por supuesto, un deseo ilegítimo. Ya decía Descartes que “el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo”, aunque sin duda estaba equivocado. La afirmación es refutada cada vez que Vargas Llosa se acerca al teclado para opinar. Como se sabe, no es potestad universal la producción de ideas. Por desgracia, en el caso del peruano vuelto español ni siquiera las nociones ajenas sirven para pensar: lo suyo es el arte de la repetición servil. Ya Juan José Saer enlistó, cuando Vargas Llosa –en una de sus abundantes páginas negras– se opuso al enjuiciamiento de los militares genocidas de la última dictadura argentina, los componentes de su prosa periodística: “La amalgama, la información trunca, la petición de principio y la pura mitomanía”.
Para medir los alcances del pensamiento de Vargas Llosa sirve cualquiera de sus artículos, pero dejemos de lado sus columnas de opinión política: en ese campo siempre ha sido un lamentable amateur, un servidor puntual del Consenso de Washington. Detengámonos en sus intervenciones culturales, un territorio en el que, presuntamente, algo entiende.
(Antes, brevemente, sólo para alimentar cierto placer obsceno, reparemos en un poema. Su título: “Padre Homero”. No conforme con ser, hoy por hoy, el mejor narrador peruano del siglo XIX, Vargas Llosa se lanza a una nueva aventura: ser un poeta arcaico menor. La primera estrofa es un momento cumbre de la torpeza intemporal: “No sabemos si era uno o muchos. / Ni siquiera sabemos si existió / o lo inventamos / para dar un dueño o una leyenda / a los poemas que fundaron / el mundo en que vivimos.” Homero es imaginado por su pretendido descendiente: “Yo lo adivino / como un viejecito bondadoso / y excéntrico / divirtiendo a niños y ancianos / con fabulosas aventuras / de guerreros y monstruos”. Se inaugura una nueva tendencia, el lirismo liberal.)
A Vargas Llosa le preocupa a últimas fechas lo que percibe como decadencia o banalización de la cultura. En dos conferencias recientes –“La civilización del espectáculo” y “Breve discurso sobre la cultura”– pretende llamar al orden. Finalmente el escritor, que tan convulsas transformaciones ideológicas ha experimentado, se deja ver como lo que es: un conservador, un defensor de la cultura burguesa. El par de textos ayuda a entender por qué, después de haber sido un narrador que valoraba las innovaciones de Faulkner, hoy Vargas Llosa sólo sabe hablar de Victor Hugo. Lo que le preocupa es que, al democratizarse, la cultura (según la entiende su “humanismo”) se esfuma. Esta concepción, profundamente elitista, se explica bien a través del célebre dictum de Benjamin: “No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”. Al defender cierta concepción (aristocrática) de la cultura, Vargas Llosa defiende su reverso bárbaro. Piénsese, si no, en su apasionada defensa (¡a posteriori!) de la invasión de Iraq.
La estatura intelectual de Vargas Llosa puede medirse en función de uno de sus temas: el espectáculo. No se trata de comparar un artículo suyo con el célebre libro de Guy Debord, La sociedad del espectáculo (no hay condiciones intelectuales ni morales para hacerlo), sino de contrastar los procedimientos: donde el francés devela el mecanismo por el cual el capitalismo vuelve redituable el tiempo de ocio del trabajador a través del entretenimiento, Vargas Llosa encuentra un efecto de los ataques a la autoridad que formaron parte del movimiento de Mayo del 68: la pulverización de su amada cultura burguesa. ¿Con qué autoridad habla de banalización de la cultura un defensor radical de la economía de mercado, que convierte en mercancía absolutamente todo, incluyendo los libros y la figura del escritor?
El engaño de los medios que privilegian la opinión sobre el pensamiento ha encumbrado a figuras como Vargas Llosa (o incluso a figurines como su hijo Álvaro, ese Vargas Llosa reloaded que dedica su vida a convencer a quien se deja de que todo progresista es un idiota, acaso aterrorizado por la imagen que el espejo le devuelve). Articulista peso mosca, quien ahora lamenta la decadencia de la cultura occidental es la encarnación del más flagrante cinismo. En tanto plumífero de las peores causas, su prosa escolar colabora secretamente en el fenómeno que denuncia desde el púlpito.
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