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viernes, 18 de febrero de 2022

Assange o liquidar al mensajero

Cubadebate



La libertad de expresión está en peligro. En el Estado fallido estadounidense, mientras la administración de Joe Biden juega a la espiral del disimulo en forma de cumbre de la democracia para la región, se cuenta una vez más con el Caballo de Troya de la justicia británica y de su Estado, históricamente alineado hacia los intereses norteamericanos para ejemplificar así un “aviso a navegantes”.

Bien es sabido que la información es poder y que la captura del código es central en el nuevo régimen de mediación social, pero sólo desde que Wikileaks reveló con documentación oficial las formas de operación y control de la CIA, la mayoría de la población ha empezado a ser consciente de la era del “Gran Hermano”.

Una de las conclusiones más evidentes de los estudios sobre las formas de hegemonía en la comunicación mundial es, precisamente, la imperiosa necesidad de un sistema de comando, encargado de imponer y propiciar la devastadora lógica de dominio o seguridad total, colonizando así la esfera pública y extendiendo la política de información de las “bellas mentiras” como relato único y verdadero de los acontecimientos históricos.

Y ello, incluso, a condición de planificar y producir masivamente programas de terror mediático y militar para cubrir los objetivos imperiales, anulando todo resquicio de crítica y pluralismo informativo en la comprensión de los problemas fundamentales de nuestra sociedad.

En este contexto hay que situar la persecución de Julian Assange. Parafraseando a Slavoj Žižek, Assange representa una nueva práctica de comunismo que democratiza la información. Lo público sólo se salvará mediante la épica lucha de héroes de la civilización tecnológica. Assange, Manning, Snowden son, como sentencia Žižek: “…casos ejemplares de la nueva ética que corresponde a nuestra época digital”.

Como espía del pueblo, la autonegación de Assange escenifica la épica del héroe que socava la lógica del secreto para afirmar lo público por razones geopolíticas y de derechos. Sobre todo, hablamos del derecho a tener derechos frente al discurso cínico de la Casa Blanca que Wikileaks reveló deconstruyendo, punto a punto, documento a documento, la vergüenza de un orden social arbitrario.

Quienes hemos participado en la campaña internacional por la libertad del fundador de Wikileaks sabemos, en este sentido, que en esta lucha nos jugamos el futuro de la democracia y de los derechos humanos. En la era de la videovigilancia global, la defensa de Assange es la protección de todos contra la NSA y la clase estabilizadora del aparato político de terror que trabaja al servicio del Wall Street.

Si es que, de acuerdo con Mike Davis, la globalización acelera la dispersión high-tech de grandes instituciones de la sociedad industrial como la banca, dando lugar a procesos de desanclaje e incertidumbre, en esta dinámica, no es posible el control social sin recurrir al discurso del miedo.

El temor siempre ha sido un eficaz recurso de propaganda y hoy de nuevo la principal función de dominación ideológica. Así, por ejemplo, como recuerda Eagleton, los soviets y el enemigo rojo han desaparecido, pero quedan para simular esta función los musulmanes, con los que Occidente conjura sus contradicciones en forma de “Acta Patriótica”.

La percepción aguda de inseguridad en nuestro tiempo es, en este sentido, la condición de la eficacia de la política de aporafobia y la principal lección que hemos de asimilar del caso Assange. Esta lógica es propia de lo que la sociología, desde Stanley Cohen, denomina pánico moral, una reacción irracional de construcción y rechazo de amenazas veladas o abiertamente contrarias a la norma dominante a partir, fundamentalmente, de la capacidad de estereotipia de los medios.

El análisis de cultivo de la Escuela de Annenberg hace tiempo que ha demostrado cómo la violencia simbólica es alimentada por la pequeña pantalla en una suerte de revival de la dominación original.

De ello ya hemos dado cuenta más que detalladamente en el libro “La Guerra de la Información” (CIESPAL, Quito 2017). Y de ello hablamos con Assange en el Congreso Internacional de Movimientos Sociales y Tecnologías de la Información celebrado en Sevilla.

La conferencia de apertura del encuentro fue sin duda reveladora. Y la constatamos con la peligrosa resolución de la justicia británica, que valida el principio de superioridad informativa y la costumbre, habitual desde los años noventa, de eliminar al mensajero. Sólo poner en contraste el caso Pinochet y el fallo en favor de la extradición a Estados Unidos da cuenta de la lógica de dominio que impera con el lawfare.

La cuestión es qué dicen los medios que publicaron los cables de Wikileaks, cómo se posicionan Reporteros sin Fronteras, la SIP y otras organizaciones gremiales ante tales ataques, acostumbrados a denunciar problemas de libertad de expresión en Venezuela al tiempo que mutan su posición en Colombia. ¿Van a denunciar las actuaciones de la CIA y el Pentágono en su empeño por eliminar a Assange?, ¿Respaldarán la posición de la Federación Internacional de Periodistas o ULEPICC? Nos tememos que no.

Hace pocos años, el CIESPAL lideró la campaña internacional en defensa de la libertad de Assange; creamos la cátedra Julian Assange de Tecnopolítica y Cibercultura; contribuimos en Nuestramérica a pensar el reto de la mediación social desde valores democráticos; y no cesamos en medios públicos y privados de defender los derechos comunes a la comunicación.

Hoy el gobierno ultraderechista de Ecuador calla, y ya otorgó a su antecesor la debida rendición y pleitesía a Washington, vulnerando los derechos constitucionales del líder de Wikileaks.

Sin embargo, los pueblos tienen memoria, lo común se impondrá contra los enemigos de la libertad, la democracia y los Derechos Humanos. Es cuestión de tiempo, pero Julian Assange no dispone más. Toca desplegar un cerco contra el Pentágono y la Casa Blanca. Sin duda, ¡es la gran batalla de 2022!

martes, 16 de noviembre de 2021

Assange


Página/12

Por Santiago O'Donnell 

A Julian Assange lo metieron preso por lo que publicó. No por robar, no por matar, no por cometer actos violentos y mucho menos terroristas.

Ni siquiera lo metieron preso por lo que piensa. Fue por publicar a cualquier precio, pero no cualquier cosa. No publicó chismes ni intimidades. Publicó filtraciones muy fuertes de Rusia y de China, además de Estados Unidos. Revelaciones de su Australia natal, de Kenia, Indonesia y Perú. Cruzó un límite cuando publicó cientos de miles de cables de embajadas estadounidenses, exponiendo los crímenes que esos cables detallan. Y pagó el precio. Por su defensa tecnológica del independentismo catalán había quemado sus últimos puentes con las potencias de la Unión Europea. Por eso lo metieron preso: por publicar hasta quedarse solo.

Últimos cartuchos

Lo vi gastar sus últimos cartuchos en la embajada de Ecuador cuando preparaba Vault Seven, la mayor filtración de la historia de la CIA. Tenía a Donald Trump comiendo de su mano después de conquistarlo con la publicación de los mails de Hillary Clinton, un hecho determinante en el triunfo electoral del magnate norteamericano. Con el apoyo de Trump, Assange se había ganado su libertad, su prosperidad y el fin del calvario de años de encierro en tres cuartos de embajada. Solo tenía que no publicar. Pero publicó. Nada menos que Vault Seven, documentos ultrasecretos que muestran cómo la CIA espía celulares y televisores inteligentes. Ahí es cuando se reunieron los espías de la CIA de Trump y se pusieron a pensar cómo hacían para matarlo. Se supo hace un mes gracias a una investigación de Yahoo! News que el propio director de la CIA de entonces, Mike Pompeo, confirmó diciendo que la fuente anónima que dio la información debería ser criminalizada.

Ese es el problema. Mientras que en estos días se decide la suerte de Assange en un extraordinario juicio de extradición en Gran Bretaña a pedido de Estados Unidos, es importante decir que lo metieron preso y lo quieren matar por publicar. Y que por eso lo quieren mostrar como una especie de terrorista solitario con aires de intelectual, una especie de Unabomber que amenaza la seguridad estadounidense. Pero Unabomber, además de haber escrito un manifiesto anticapitalista, usaba explosivos que mataban personas. En el caso de Assange, las bombas son sus verdades. Jamás, ni siquiera en Suecia, ha sido tan siquiera acusado de ejercer la violencia en cualquiera de sus formas. Ni él ni ningún miembro de WikiLeaks, pasado o presente. Más aún, nadie ha podido demostrar que alguien haya muerto a raíz de las revelaciones de WikiLeaks. Pero el sitio publicó verdades muy pesadas. Tanto que a su editor lo metieron preso y lo quieren matar. 

Palomas y halcones

O, para ser más precisos, las palomas tipo Joe Biden, Hillary Clinton y Barack Obama lo quieren preso. Igual que muchos ingleses, suecos y ecuatorianos, por solo mencionar a los directamente involucrados en esta historia. En cambio, los Pompeo, los amigos de Trump y los espías británicos y estadounidenses prefieren verlo muerto. Y si no lo pueden matar con un dron porque sólo aplican esa clase de castigo sumario a personas de rasgos arábigos que viven en países lejanos, y ya que no pueden freírlo en una silla eléctrica porque ningún tribunal lo va a condenar a muerte en Estados Unidos, van a tratar de hacer que se pudra en una cárcel. O que se vuelva loco, que para el caso es lo mismo. 

Ya lo tuvieron siete años encerrado en un pedacito de embajada a la vuelta de Scotland Yard. No lo dejaban respirar. De día ni se acercaba a las ventanas por miedo a que le disparen. Por las noches se escondía detrás de las cortinas y le sacaba fotos a los policías y espías que lo vigilaban. Pobre, pensaba todo el tiempo que lo iban a matar. 

Amenazas de muerte

Guardaba sus amenazas de muerte prolijamente en una carpeta que siempre tenía a mano para mostrarle a sus amigos y a los periodistas que lo iban a ver. Él ya sabía que lo querían matar, pero aún gozaba de dos libertades que para él eran todo, o casi: “tengo acceso a internet y visitas ilimitadas,” me dijo confiado más de una vez, mientras el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa lo cobijaba con cama, comida, asilo y ciudadanía. Después vino Lenin Moreno y primero le sacó una habitación, la sala de reuniones, prácticamente un tercio de su preciado territorio. Después le recortó las visitas, después le sacó la compu y al final lo tiró a los perros ingleses que entraron a la embajada para llevárselo de los pelos a la peor celda que pudieron encontrar. Todo eso y más a cambio de un crédito del Fondo Monetario Internacional. Assange terminó en la cárcel de máxima seguridad de Belmarsh entre asesinos seriales y pesados de caño, aislado, enfermo, casi siempre lejos de su familia y abogados por disposición de funcionarios anónimos que se esconden detrás de la burocracia de la pandemia, y por la inacción de Su Señoría Vanessa Baraister, la jueza del caso. Encima en las audiencias de su juicio lo exhiben en uniforme carcelario, encerrado en una jaula de vidrio, como si fuera la reencarnación rubia de Abimael Guzmán. 

Por eso el fallo de Baraister a favor de Assange contiene un par de, digamos, mentiras, que no conviene mencionar en voz alta porque a fin de cuentas es un fallo a favor de Assange que muy pocos esperaban, que Estados Unidos apeló y en pocos días más se decide esa apelación. El fallo dice, en esencia, que Estados Unidos tiene razón en que Assange es un peligroso terrorista que se choreó un montón de información. Sin embargo, agrega la jueza, no lo pueden extraditar porque está muy deprimido, las cárceles estadounidenses son muy rigurosas y es probable que en semejantes condiciones Assange encuentre la manera de suicidarse. Las mentiras de la jueza no están en aceptar que Assange es un peligroso terrorista que choreó información. OK, no choreó información, se la pasaron, y no atacó a nadie. Pero en todo caso es lo que dice el pedido de extradición. Las mentiras de la jueza son, primero, dar a entender que no lo manda a Estados Unidos porque supuestamente las cárceles de ese país vendrían a ser mucho peores que las inglesas. La segunda mentira es dar a entender que a la jueza le importa la salud mental de Assange cuando es tanto lo que podría haber hecho para mejorarla. 

¿Cuánto lleva preso y aislado? ¿Dos años? ¿Tres? ¿Tres más siete en la embajada? En la vida de Assange horas, días, meses y años se suceden en un trance continuo, me contó una vez, como una película que nunca termina. No hay que criticar el fallo de la jueza porque es a favor y hay que esperar calladitos que se decida la apelación, pero uno no puede dejar de pensar que el fallo llegó después de que los que quieren verlo muerto perdieran las elecciones con los que quieren verlo preso. Y los que quieren verlo preso prefieren que se pudra en una cárcel lejos de Estados Unidos: no quieren un juicio que sería un papelón en un país con una Primera Enmienda constitucional que defiende la libertad de expresión. Entonces la jueza falla a favor de Assange, pero lo deja encerrado para que se vaya muriendo de a poco. Estirando el proceso pese a que Assange no tiene ninguna cuenta pendiente con la justicia británica. En una cárcel de máxima seguridad pese a que nunca mató ni a una mosca.

Se podría decir, desde nuestro chauvinismo, que la jueza le aplicó a Assange la doctrina Irurzun. Pero sería más justo decir que Irurzun aplicó en Argentina la doctrina Assange: castigo preventivo para no depender del resultado un juicio. 

El costo de publicar

 El tema es que lo metieron preso y lo quieren matar por lo que publicó. Y no es porque lo odian. O no es solo por eso. Las razones de Estado van más allá. Lo quieren silenciar y lo quieren ver sufrir porque publicó verdades que nunca más deben salir a la luz. Y para que eso no vuelva a pasar, nadie más debe atreverse a publicarlas sin sentir el riesgo de terminar loco o muerto o pudriéndose en alguna cárcel de máxima seguridad. Entonces mejor callamos o publicamos pavadas. Por eso su liberación inmediata es tan importante para el oficio, para la libertad de expresión y para la democracia. Por eso miles de personas en todo el mundo exigimos que lo suelten y lo dejen en paz. Ojalá se sumen muchos más.

“Conseguir información es fácil, lo difícil es publicar,” me dijo una vez. Tan difícil que lo metieron preso y lo quieren matar. Por publicar.    


jueves, 15 de octubre de 2020

Daniel Ellsberg, el analista que filtró los "Papeles del Pentágono", defendió a Julián Assange


Página/12

Por Juan Manuel Boccacci

Durante la presidencia de Richard Nixon, Ellsberg filtró 7.000 páginas de documentos clasificados sobre la guerra de Vietnam al New York Times y al Washington Post. «Las publicaciones de WikiLeaks tienen una importancia comparable”, sostuvo el exmilitar.

Daniel Ellsberg, exanalista de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que filtró en 1971 los “Papeles del Pentágono”, declaró en el juicio de extradición contra Julian Assange. Durante la presidencia de Richard Nixon, Ellsberg envió 7.000 páginas de documentos clasificados sobre la guerra de Vietnam al New York Times y luego al Washington Post. Los documentos mostraron que el gobierno norteamericano había decidido continuar la guerra aun sabiendo que no la ganarían y que causaría miles de muertes en sus filas. Ahora, el fiscal James Lewis que representa a la Justicia estadounidense intentó mostrar que a diferencia de las filtraciones hechas por Ellsberg, Wikileaks puso en riesgo la vida de informantes secretos. Sin embargo el exmiembro de las FFAA rechazó ese contrapunto. “Estoy totalmente en desacuerdo con la teoría del ‘buen Ellsberg / mal Assange’”, sostuvo el analista informático.

«No es un juicio justo»

El miércoles fue el día siete de esta segunda parte del juicio que había empezado en febrero pero fue suspendido tras la llegada de la pandemia. El jueves pasado la jueza Vanessa Baraitserhabía decido detener otra vez el proceso ya que algunos de los asistentes tuvieron síntomas de la covid-19. La justicia inglesa deberá decidir si acepta la extradición del creador de Wikileaks a Estados Unidos. El gobierno norteamericano lo acusa de espionaje y piratería informática tras haber publicado en 2010 más de 700.000 documentos clasificados. De avalarse su extradición, podría ser condenado a 175 años de cárcel. Assange se encuentra detenido en una cárcel de máxima seguridad de Inglaterra desde abril de 2019. Antes había pasado siete años encerrado en la embajada de Ecuador en Londres.

Las revelaciones que hizo Wikileaks habían mostrado los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos en Iraq y Afganistán. A su vez el sitio también había publicado miles de cables diplomáticos del gobierno norteamericano, que dejaron al descubierto la influencia directa de la Casa Blanca sobre buena parte del mundo. Por ese motivo la Justicia estadounidensepidió la extradición del periodista australiano con la finalidad de juzgarlo puertas adentro.

Durante la audiencia del miércoles la defensa de Assange presentó a Ellsberg como uno de sus testigos. El analista de inteligencia de 89 años reconoció la importancia de las revelaciones hechas por Wikileaks. “A lo largo del tiempo reconocieron que mis acciones en relación con los Papeles del Pentágono´y las consecuencias de su publicación generaron un cambio de interpretación radical. Considero que las publicaciones de WikiLeaks de 2010 y 2011 tienen una importancia comparable”, sostuvo el exmilitar. A su vez también destacó la valentía de su colega Chelsea Manning quién filtró los archivos clasificados. “Me impresionó mucho que la fuente de estos documentos, Chelsea Manning, estuviera dispuesta a arriesgar su libertad e incluso su vida para hacer pública esta información. Fue la primera vez en 40 años que vi a otra persona haciendo eso, y sentí afinidad con ella «, dijo el analista.

Tras la publicación de los “Papeles del Pentágono” Ellsberg y su colaborador Anthony Russo fueron acusados por el gobierno estadounidense de robo, conspiración y violación a la Ley de Espionaje. El exmilitar criticó esta norma ya que imposibilita un proceso legal justo. “La Ley de espionaje no permite filtraciones. Así que no yo tuve un juicio justo, nadie desde que mi caso tuvo un juicio justo por estos cargos, y Julian Assange no puede ni remotamente obtener un juicio justo por esos cargos si fuera juzgado”, sostuvo el analista informático. Tras un largo proceso judicial Ellsberg y su colaborador fueron sobreseídos. El juicio había sido anulado al constatarse que la administración Nixon y la Fiscalía habían cometido toda clase de atropellos como prevaricación, supresión de pruebas, ocultación de testigos, obstrucción a la justicia, e incluso robo de información.

El efecto de las filtraciones

A la hora de interpelar a Ellsberg el fiscal Lewisintentó establecer una comparación entre su caso y el de Assange. Según el fiscal en 1971 el exmilitar no había publicado cuatro volúmenes de documentos para resguardar al gobierno norteamericano. Pero sí había entregado todos los archivos al Senado. Sin embargo, el analista aclaró que al momento de dar con los documentos secretos Estados Unidos y Vietnam estaban en negociaciones de paz. Ellsberg no quería que la publicación de los mismos se usara como pretexto para romper el diálogo, por lo que demoró su entrega a los medios. Respecto al argumento del fiscal de que Assange puso en riesgo la vida de informantes, el exmilitar dijo que él también había dado información sobre un agente clandestino de la CIA. Justificó esa decisión argumentando que no quería que el público pensara que los archivos habían sido editados o interferidos. Para demostrar que el gobierno estaba cometiendo atrocidades en Vietnam Ellsberg necesitó que esos documentos se mantuvieran impolutos y que nadie pudiera decir que con su intervención estaba encubriendo algo, sostuvo el exmilitar

Lewis también intentó que Ellsberg admitiera que los archivos de WikiLeaks eran más dañinos. Sin embargo el analista dijo que ya durante el juicio a Manning el Departamento de Defensa no había podido mostrar una sola muerte como resultado de esas filtraciones. El fiscal mencionó que algunos informantes habían tenido que huir de sus países. El exmilitar pidió comparar esos casos y el del periodista australiano. “Las personas que tienen que abandonar el país deben ubicarse en el contexto de Assange tratando de poner fin a una guerra que causó 37 millones de refugiados y más de un millón de muertes”, sostuvo Ellsberg.


lunes, 5 de octubre de 2020

Los periodistas han allanado el camino de Assange al Gulag de EE.UU.

Counter Punch

Por Jonathan Cook 

Detención de Assange en la embajada ecuatoriana en Londres, abril de 2019

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Esta semana han comenzado las audiencias en un tribunal británico para dictaminar sobre la extradición de Julian Assange. Las vicisitudes de más de una década que nos ha llevado hasta el punto en que nos encontramos deberían horrorizar a todo aquel preocupado por la creciente fragilidad de nuestras libertades.

Un periodista y editor ha sido privado de libertad durante diez años. Según los expertos de Naciones Unidas, Assange ha sido arbitrariamente detenido y torturado la mayor parte de ese tiempo mediante un estricto confinamiento físico y una presión psicológica continuada.  La CIA ha pinchado sus comunicaciones y le ha espiado cuando estaba bajo asilo político, en la embajada de Ecuador en Londres, vulnerando sus derechos legales más fundamentales. La jueza que ha supervisado las vistas tiene un grave conflicto de intereses (su familia está muy relacionada con los servicios de seguridad británicos) que no ha declarado y que debería haberla impedido hacerse cargo del caso.

Todo indica que Assange será extraditado a Estados Unidos para enfrentarse a un juicio amañado frente a un gran jurado dispuesto a enviarle a una prisión de máxima seguridad para cumplir una sentencia de hasta 175 años de prisión.

Todo esto no está pasando en una dictadura de pacotilla del Tercer Mundo. Está teniendo lugar bajo nuestras narices, en una gran capital occidental y en un Estado que dice proteger los derechos de la prensa libre. Está ocurriendo no en un abrir y cerrar de ojos, sino a cámara lenta, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

La única justificación para este ataque implacable a la libertad de prensa –dejando de lado la sofisticada campaña de ataque que los gobiernos occidentales y los medios de comunicación sumisos han llevado a cabo  contra la personalidad de Assange– es que un hombre de 49 años publicó documentos que mostraban los crímenes de guerra de EE.UU. Esa es la razón –la única razón– por la que Estados Unidos pretende su extradición y por la que Assange ha estado languideciendo en confinamiento solitario en la prisión de alta seguridad de Belmarsh durante la pandemia del covid-19. La solicitud de libertad bajo fianza promovida por sus abogados fue rechazada.

Una cabeza en una pica

Mientras toda la prensa le abandonaba hace una década, y se hacía eco de los comentarios oficiales que lo ridiculizaban por su higiene personal y el tratamiento a su gato, Assange se encuentra actualmente en la situación que predijo en su día que estaría si los gobiernos occidentales se salían con la suya. Está a la espera de su entrega a Estados Unidos para ser encerrado el resto de sus días.

Dos son los objetivos que Estados Unidos y Reino Unido querían lograr mediante la evidente persecución, reclusión y tortura de Assange.

En primer lugar, la inhabilitación de el propio Assange y de Wikileks, la organización de transparencia que fundó con otros colaboradores. El uso de Wikileaks tenía que ser demasiado arriesgado para potenciales denunciantes de conciencia. Esa es la razón por la que Chelsea Manning (la soldado estadounidense que filtró los documentos sobre crímenes de guerra de Estados Unidos en Irak y Afganistán por los que Assange se enfrenta a la extradición) también fue sometida a una rigurosa reclusión. Posteriormente sufrió repetidos castigos en la prisión para forzarla a testificar contra Assange.

El propósito era desacreditar a Wikileaks y organizaciones similares y evitar que publicaran nuevos documentos reveladores, del tipo de los que muestran que los gobiernos occidentales no son los “chicos buenos” que manejan los asuntos del mundo en beneficio de la humanidad, sino matones globales muy militarizados que promueven las mismas políticas coloniales de guerra, destrucción y pillaje que siempre han aplicado.

Y, en segundo lugar, había que sentar ejemplo. Assange tenía que sufrir horriblemente y a la vista de todos para disuadir a otros periodistas de seguir sus pasos. Sería el equivalente moderno de colocar la cabeza del enemigo en una pica a las puertas de la ciudad.

El hecho evidente –confirmado por la cobertura mediática del caso– es que esa estrategia promovida principalmente por EE.UU. y Reino Unido (con Suecia jugando un papel secundario) ha tenido un enorme éxito. La mayor parte de los periodistas de los grandes medios siguen vilipendiando con entusiasmo a Assange, ahora al ignorar su terrible situación.

 Una historia oculta a vista de todos

Cuando Assange se apresuró a buscar asilo político en la embajada de Ecuador en 2012, los periodistas de todos los medios convencionales ridiculizaron su afirmación (ahora claramente justificada) de que intentaba evadir la iniciativa de EE.UU. para extraditarle y encerrarle de por vida. Los medios continuaron con su burla incluso cuando se acumularon pruebas de que un gran jurado se había reunido en secreto para redactar acusaciones de espionaje contra él, y que dicho jurado actuaba desde el distrito oriental de Virginia, sede central de los servicios de seguridad e inteligencia estadounidense. Cualquier jurado de la zona está dominado por el personal de seguridad y sus familiares. No tenía ninguna esperanza de lograr un juicio justo.

Llevamos ocho años soportando que los grandes medios eludan el fondo del caso y  se dediquen complacientes a atacar su personalidad, lo que ha allanado el camino para la actual indiferencia del público ante la extradición de Assange y ha permitido la ignorancia general de sus horrendas implicaciones.

Los periodistas mercenarios han aceptado, al pie de la letra, una serie de razonamientos que justifican el encierro indefinido de Assange en interés de la justicia –antes incluso que su extradición– y que se pisotearan sus derechos legales más básicos. El otro lado de la historia –el de Assange, la historia oculta a vista de todos– ha permanecido invariablemente fuera de la cobertura mediática, ya sea de la CNN, o del New York Times, la BBC o el Guardian.

Desde Suecia hasta Clinton

Al principio se dijo que Assange había huido para no responder a las acusaciones de agresión sexual presentadas en Suecia, a pesar de que fueron las autoridades suecas las que le permitieron salir del país; a pesar de que la fiscal original del caso, Eva Finne, descartara la investigación contra él por “no existir sospecha alguna de cualquier delito”, antes de que otra fiscal tomara el caso por razones políticas apenas ocultas; y a pesar de que Assange posteriormente invitara a la fiscalía sueca a interrogarle en el lugar donde se encontraba (en la embajada), una opción que normalmente no supone ningún problema en otros casos pero fue absolutamente rechazada en este.

 No se trata solo de que los grandes medios no proporcionaran a sus lectores el contexto de la versión de Suecia. Ni de que se ignoraran muchos otros factores a favor de Assange, como la prueba falsificada en el caso de una de las dos mujeres que alegaron agresión sexual y la negación por parte de la otra a firmar la acusación de violación que la policía había preparado para ella.

Se mentía burda y repetidamente al decir que se trataba de una “denuncia de violación”, cuando Assange simplemente era requerido para un interrogatorio. Nunca se levantaron cargos de violación contra él porque la segunda fiscal sueca, Marianne Ny –y sus homónimos británicos, entre otros Sir Keir Starmer, entonces fiscal jefe del caso y ahora líder del Partido Laborista– aparentemente intentaban evitar la poca credibilidad de las alegaciones interrogando a Assange. Era mucho mejor para sus propósitos dejar que Julian se pudriera en un pequeño cuarto de la embajada.

Cuando el caso sueco se vino abajo –cuando resultó evidente que la fiscal original tenía razón al concluir que no existía prueba alguna que justificara nuevos interrogatorios, por no decir acusaciones firmes– la clase política y los medios de comunicación cambiaron de táctica.

De repente la reclusión de Assange estaba implícitamente justificada por razones completamente diferentes, razones políticas –porque supuestamente había contribuido a la campaña presidencial de 2016 de Donald Trump publicando correos electrónicos, presuntamente “hackeados” por Rusia de los servidores del partido Demócrata. El contenido de esos correos, ocultos por los medios en aquel entonces y muy olvidados en la actualidad, desvelaban la corrupción en la campaña de Clinton y las iniciativas llevadas a cabo para sabotear las primarias del partido y debilitar a su rival para la nominación presidencial, Bernie Sanders.

The Guardian fabrica una mentira

A la derecha autoritaria no le ha preocupado mucho el prolongado confinamiento de Assange en la embajada y su posterior encarcelamiento en Belmarsh por haber sacado a la luz los crímenes de guerra de EE.UU., por tanto la prensa no ha invertido ningún esfuerzo en unirla para la causa. La campaña de demonización contra Assange se ha centrado en temas a los tradicionalmente son más sensibles los liberales y la izquierda, que de otro modo tendrían escrúpulos en tirar por la borda la Primera Enmienda y encerrar a la gente por hacer periodismo.

Al igual que las alegaciones de Suecia, a pesar de que no concluyeran en ninguna investigación, se aprovecharon de lo peor de las impulsivas políticas identitarias de la izquierda, la historia de los correos “hackeados” fue diseñada para distanciar a la base del partido Demócrata. Por extraordinario que parezca, la idea de que Rusia penetró en los ordenadores del partido Demócrata persiste a pesar de que pasados los años –y tras una ardua investigación del “Rusiagate” a cargo de Robert Mueller– todavía no se puede sostener con pruebas reales. De hecho, algunas de las personas más cercanas a la materia, como el antiguo embajador británico Craig Murray, han insistido todo el tiempo en que los correos no fueron hackeados por Rusia, sinofiltrados por un miembro desengañado del partido Demócrata desde el interior.

Pero todavía es un argumento de mayor peso el hecho de que una organización de transparencia como Wikileaks no tenía más opción que exponer los abusos del partido Demócrata, una vez que obraron en su poder dichos documentos, fuera cual fuera la fuente.

Una vez más, la razón por la que Assange y Wikileaks acabaron mezclados con el fiasco del Rusiagate –que desgastó la energía de los simpatizantes demócratas en una campaña contra Trump que lejos de debilitarle le fortaleció– es la cobertura crédula que realizaron prácticamente todos los grandes medios del caso. Periódicos liberales como el Guardian fueron aún más lejos y fabricaron descaradamente una historia –en la que falsamente informaban de que el asistente de Trump, Paul Manafort, y unos “rusos” sin nombre visitaron en secreto a Assange en la embajada– sin que ello les trajera repercusiones ni llegaran a retractarse en ningún momento.

Se ignora la tortura de Assange

Todo ha posibilitado lo ocurrido posteriormente. Una vez que el caso de la fiscalía sueca se desvaneció y no existían motivos razonables para impedir que Assange saliera en libertad de la embajada, los medios de comunicación decidieron en comandita que el quebrantamiento técnico de la libertad vigilada era motivo suficiente para su reclusión continuada en la embajada o, mejor aún, para su detención y encarcelamiento. Dicho quebrantamiento se basada, desde luego, en la decisión de Assange de buscar asilo en la embajada motivada por el justificada creencia en que Estados Unidos planeaba pedir su extradición y encarcelamiento.

Ninguno de estos periodistas bien pagados pareció recordar que, según el derecho británico, está permitido no cumplir las condiciones de la fianza si existe una “causa razonable”, y huir de la persecución política entra evidentemente dentro de las causas razonables.

Los medios de comunicación también ignoraron deliberadamente las conclusiones del informe de Nils Melzer, académico suizo de derecho internacional y experto de Naciones Unidas en la tortura, según las cuales Reino Unido, EE.UU. y Suecia  no solo habían negado a Assange sus derechos legales básicos sino que se habían confabulado para someterle a años de tortura psicológica –una forma de tortura, según señalaba Melzer, perfeccionada por los nazis por ser más cruel y más efectiva que la tortura física.

Como resultado, Assange ha sufrido un importante deterioro en su salud  física y cognitiva y ha perdido mucho peso. Nada de ello ha merecido más allá de una simple mención por parte de los grandes medios –especialmente cuando su mala salud le ha impedido asistir a alguna audiencia. Las repetidas advertencias de Melzer sobre el maltrato a Assange y sus efectos han caído en oídos sordos. Los medios de comunicación simplemente han ignorado las conclusiones de Melzer, como si nunca hubieran sido publicadas, en el sentido de que Assange ha sido, y está siendo, torturado. Solo tenemos que detenernos a pensar la cobertura que habría recibido el informe de Melzer si hubiera sido motivado por el tratamiento a un disidente de un Estado oficialmente enemigo como Rusia o China.

La sumisión de los medios de comunicación ante el poder

El año pasado la policía británica –en coordinación con un Ecuador presidido por Lenin Moreno, ansioso por estrechar sus lazos con Washington– irrumpió en la embajada para sacar a la fuerza a Assange y encerrarle en la prisión de Belmarsh. Los periodistas volvieron a mirar hacia otro lado en la cobertura de este suceso.

Llevaban cinco años manifestando la necesidad de “creer a las mujeres” en el caso de Assange, aunque eso supusiera ignorar las evidencias, y luego proclamando la santidad de las condiciones de la fianza, aunque se usaran como un simple pretexto para la persecución política. Ahora, todo eso había desaparecido en un instante. De repente, los nueve años de reclusión de Assange basados en la investigación de una agresión sexual inexistente y una infracción menor de la fianza fueron sustituidos por la acusación por un caso de espionaje. Y la prensa volvió a unirse contra él.

Hace unos pocos años la idea de que Assange pudiera ser extraditado a EE.UU. y encerrado de por vida, al considerar “espionaje” su práctica del periodismo, era objeto de mofa por su inverosimilitud. Era algo tan ofensivamente ilegal que ningún periodista “establecido” podía admitir que fuera la verdadera razón para su solicitud de asilo en la embajada. La idea fue ridiculizada como un producto de la imaginación paranoide de Assange y sus seguidores y una excusa fabricada para rehuir la investigación de la fiscalía sueca.

Pero cuando la policía británica invadió la embajada en abril del pasado año y le detuvo para facilitar su extradición a Estados Unidos, precisamente acusándole de espionaje, lo que confirmaba las sospechas de Assange, los periodistas informaron de ello como si desconocieran el trasfondo de la historia. Los medios olvidaron deliberadamente el contexto porque les habría obligado a aceptar que son unos ingenuos ante la propaganda estadounidense, unos apologistas del excepcionalismo de Estados Unidos y de su ilegalidad, y porque habría demostrado que Assange, una vez más, tenía razón. Habría demostrado que él es el verdadero periodista, y no ellos y su periodismo corporativo apaciguado, complaciente y sumiso.

La muerte del periodismo

En estos momentos todos los periodistas del mundo deberían rebelarse y protestar ante los abusos que ha sufrido y está sufriendo Assange, un fatídico destino que se prolongará si se aprueba su extradición. Deberían estar publicando en las primeras páginas y manifestando en los programas informativos de televisión su protesta por los abusos interminables y descarados del proceso contra Assange en los tribunales británicos, entre otros el flagrante conflicto de intereses de Lady Emma Arbuthnot, la juez que supervisa el caso.

Deberían armar un escándalo por la vigilancia ilegal de la CIA  a la que fue sometido Assange mientras se hallaba recluido en las instalaciones de la embajada ecuatoriana, e invalidar la falsa acusación contra él por haber violado las relaciones entre abogado y cliente. Deberían mostrarse indignados ante las maniobras de Washington, a las que los tribunales británicos aplicaron una fina capa del barniz del procedimiento reglamentario, diseñado para extraditarle bajo la acusación de espionaje por realizar un trabajo  que está en el mismo núcleo de lo que se supone es el periodismo: pedir cuentas al poder.

Los periodistas no tienen por qué preocuparse por Assange ni este tiene por qué caerles bien. Tienen que manifestar su protesta porque la aprobación de su extradición marcará la muerte oficial del periodismo. Significará que cualquier periodista del mundo que desentierre verdades embarazosas sobre Estados Unidos, que descubra sus secretos más oscuros, tendrá que guardar silencio o se arriesgará a pudrirse en una cárcel el resto de su vida.

Esa perspectiva debería horrorizar a cualquier periodista. Pero no ha ocurrido así.

Carreras y estatus, no la verdad

Claro está que la inmensa mayoría de periodistas occidentales no llegan a desvelar un secreto importante de los centros de poder en toda su carrera profesional, ni siquiera aquellos que aparentemente se dedican a monitorizar esos centros de poder. Dichos periodistas reescriben los comunicados de prensa y los informes de los grupos de presión, sonsacan a fuentes internas del gobierno que los utilizan para llegar a las grandes audiencias y transmiten los chismes y maledicencias de los pasillos del poder.

Esa es la realidad del 99 por ciento de lo que llamamos periodismo político.

No obstante, el abandono de Assange por parte de los periodistas  –la completa falta de solidaridad ante la persecución flagrante de uno de ellos, similar a la de los disidentes que tiempo atrás eran enviados a un gulag– debería deprimirnos. No significa solo que los periodistas han abandonado la pretensión de hacer auténtico periodismo, sino también que han renunciado a la aspiración de que cualquier otro lo haga.

Significa que los periodistas de los grandes medios, los medios corporativos, están dispuestos a ser considerados por sus audiencias con mayor desdén de lo que ya lo son. Porque, a través de su complicidad y su silencio, se han puesto del lado de los gobiernos para que cualquiera que pida cuentas al poder, como Assange, termine entre rejas. Su propia libertad les encasilla como una élite cautiva; la prueba irrefutable de que sirven al poder es que no lo confrontan.

La única conclusión posible es que a los periodistas de los grandes medios les importa menos la verdad que su carrera profesional, su salario, su estatus y su acceso a los ricos y poderosos. Como Ed Herman y Noam Chomsky explicaron hace tiempo en su libro Los guardianes de la libertad, los periodistas alcanzan la clase media tras un largo proceso diseñado para deshacerse de aquellos que no están claramente en sintonía con los intereses ideológicos de sus editores.

Una ofrenda sacrificial

En resumen, Assange desafió a todos los periodistas al renunciar a su “acceso” (a dios) y a su modus operandi: revelar destellos ocasionales de verdades muy parciales obtenidas de sus fuentes “amigables” (e invariablemente anónimas) que utilizan los medios de comunicación para marcar puntos a sus rivales de los centros de poder.

En vez de eso, a través de denunciantes de conciencia, Assange desenterró la verdad cruda, sin adornos, plena, cuya exposición a la luz pública no ayudaba a ningún poderoso, solo a nosotros, al público, cuando tratábamos de entender lo que se estaba haciendo y se había hecho en nuestro nombre. Por primera vez pudimos ser testigos del comportamiento peligroso y a menudo criminal de nuestros dirigentes.

Assange no solo puso en evidencia a la clase política, también a los medios de comunicación, por su debilidad, su hipocresía, su dependencia de poder, su incapacidad para criticar el sistema corporativo en el que están inmersos.

Pocos de ellos pueden perdonarle ese delito. Y esa es la razón por la que estarán ahí, alentando su extradición, aunque solo sea mediante su silencio. Unos pocos escritores liberales esperarán hasta que sea demasiado tarde para Assange, hasta que haya sido empaquetado para su entrega, y expresarán en columnas dolientes, con poco entusiasmo y de forma evasiva, que por muy desagradable que se supone que sea Assange no se merecía el tratamiento que Estados Unidos le había reservado.

Pero eso será demasiado poco y demasiado tarde. Assange necesitaba hace tiempo la solidaridad de los periodistas y de las asociaciones de prensa, así como la denuncia a pleno pulmón de sus opresores. Él y Wikileaks estaban a la vanguardia de un combate para reformular el periodismo, para reconstruirlo como el verdadero control del poder desbocado de nuestros gobiernos. Los periodistas tenían la oportunidad de unirse a él en esa lucha. En vez de eso huyeron del campo de batalla, dejándole como una oferta sacrificial ante sus amos corporativos.

Más información sobre la persecución a Assange (vídeo en inglés): The War on Journalism: The Case of Julian Assange (38’)

* La presente traducción puede reproducirse libremente a condición de que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelión como fuente de la misma.


jueves, 6 de febrero de 2020

"En defensa de Julian Assange"



Por Sally Burch *

El libro In Defense of Julian Assange1, publicado recientemente (en inglés) por OR Books, aporta nuevas luces al debate en curso en torno a este periodista-editor y la entidad mediática que fundó, WikiLeaks. Editado por Tariq Ali y Margaret Kunstler, el libro explora diferentes facetas del trabajo de Assange y sus contribuciones a la revelación de información clave de interés público que los gobiernos interesados han intentado ocultar. Expone la ofensiva mediática para desacreditarlo, y examina las implicaciones del enredo legal al que se ha enfrentado en el Reino Unido, Suecia y los Estados Unidos.

Con profunda preocupación, varios de los autores y autoras aportan su testimonio sobre el actual estado de aislamiento del periodista en la prisión de alta seguridad de Belmarsh, en Londres; otros relatan aspectos de su anterior estadía durante siete años en la Embajada ecuatoriana y su posterior expulsión, el pasado mes de abril. El 23 de septiembre pasado, se completó su sentencia de seis meses por violar la libertad bajo fianza en el Reino Unido, pero él sigue detenido a la espera de la decisión de los tribunales británicos sobre la solicitud de extradición de los Estados Unidos, en una audiencia que tendrá lugar en febrero de 2020.

Los cargos que enfrenta Assange en Estados Unidos, que podrían significar la cadena perpetua, se presentan como una gran amenaza para la libertad de prensa. Así lo dice James Goodale –el abogado que defendió al New York Times en el caso de los Documentos del Pentágono– citado en la contraportada del libro: "La acusación contra Assange por 'conspirar' con una fuente es la más peligrosa que pueda recordar con respecto a la Primera Enmienda, en todos mis años representando a organizaciones mediáticas". Varios autores denuncian que esta amenaza significa que cualquier periodista de cualquier país que investigue asuntos de seguridad podría ser acusado por el sistema judicial estadounidense por buscar información que el gobierno estadounidense no desee que se revele.

Un tema recurrente a lo largo del libro es la violación del debido procedimiento judicial que Julian Assange sigue enfrentando. Se presentan pruebas de manipulación en la investigación sueca sobre agresiones sexuales, que inició en 2010 (poco después de que WikiLeaks publicara los documentos secretos de guerra estadounidenses sobre Afganistán e Irak, entregados por Chelsea Manning), en particular, que el Reino Unido estaba instando a las autoridades suecas a que continuaran la investigación, a pesar de la ausencia de pruebas, y que no consideraran el caso como ‘una simple solicitud de extradición más’.

Además, como afirman los editores en su introducción, "si viviéramos en un mundo en el que se respetaran las leyes, la acusación contra Assange por no haber asistido a una audiencia de libertad bajo fianza (un delito menor) habría resultado en una multa o una pena de prisión breve, seguida de la puesta en libertad y el regreso a su Australia natal". Pero, añaden, tanto el Reino Unido como Australia son sumisos a las demandas de EE.UU., y EE.UU. necesita dar ejemplo, como advertencia a otras personas para que no sigan el camino de WikiLeaks.

Difamación

Uno de los temas centrales del libro es la campaña de difamación dirigida explícitamente contra Julian Assange desde todo el espectro político y mediático. La introducción expone que "la acusación de espionaje de Estados Unidos contra Assange muestra que ha sido víctima de operaciones psicológicas –rumor, desinformación y noticias falsas– diseñadas para destruir su reputación y difamar su carácter". Una de ellas fue la campaña de desprestigio a principios de este año en la prensa ecuatoriana y mundial, aludiendo a sus supuestos "hábitos sucios", diseñada para minimizar las reacciones de rechazo a su detención.

Mientras que Assange y sus abogados han sostenido constantemente que la razón principal por la que buscó protección en la embajada ecuatoriana era evitar la extradición por espionaje, los medios de comunicación han insistido en lo contrario, restándole importancia a la amenaza de los Estados Unidos. Sin embargo, el hecho de que las acusaciones de los Estados Unidos se presentaran inmediatamente después de su expulsión de la Embajada demuestra que estos temores estaban bien fundados.

En las diferentes secciones del libro, Caitlin Johnstone responde una por una a las acusaciones que a menudo hacen los críticos de Assange y cita hechos concretos para desacreditar una serie de mitos y mentiras difundidos por los medios de comunicación.

Los fundamentos filosóficos de WikiLeaks

Una sección de la publicación explora las implicaciones más amplias en términos de Internet, la censura y el periodismo científico. En esta sección, Slavoj Žižek pregunta: "¿Por qué ahora?" Su respuesta es: Cambridge Analytica: "un nombre que representa todo lo que Assange es, por lo que lucha: los vínculos entre las grandes corporaciones privadas y las agencias gubernamentales". Este autor explica que el mayor logro del nuevo complejo cognitivo-militar, y que a menudo reemplaza el uso de la opresión directa, es la comprensión de que: "Los individuos están mucho mejor controlados e 'inducidos' a tomar la dirección deseada cuando continúan sintiéndose a sí mismos como agentes libres y autónomos de su propia vida". Quienes están en el poder tratan de minimizar el escándalo de Cambridge Analytica como un caso particular de ‘uso indebido’; Assange ha expuesto esas relaciones del ‘estado profundo’ y por lo tanto tiene que ser silenciado.

Otros temas examinados y documentados son el debate en torno a los aciertos y errores de la publicación por WikiLeaks de documentos sin expurgar datos sensibles, las implicaciones de la publicación de los correos electrónicos de Clinton y su impacto en el resultado de las elecciones presidenciales de EE.UU., junto con la supuesta conexión entre Assange y Rusia. Otras contribuciones se centran en el legado de Assange y WikiLeaks.

La publicación finaliza con el texto de la acusación de 18 cargos formulados contra Assange por el sistema de justicia estadounidense, que podrían sumar una sentencia de 175 años de cárcel.

Precisamente por esta razón, estamos en un momento crítico para construir el apoyo a Assange e impedir su entrega a la administración estadounidense, no sólo para proteger sus propios derechos humanos y su integridad física y mental, sino también para defender la libertad de expresión y el periodismo de investigación a nivel mundial. Por lo tanto, esta publicación está concebida, como su título indica, como una contribución a la defensa de Assange. Este desafío ha adquirido una nueva urgencia, puesto que el lanzamiento del libro coincidió con la publicación por parte de 60 médicos de una carta en la que denuncian que el periodista podría morir en prisión si no recibe tratamiento médico inmediato y adecuado.

Unos 40 escritores han contribuido con contenido, entre ellos Noam Chomsky, Daniel Ellsberg, John Pilger, Vivienne Westwood, Pamela Anderson y la autora de este artículo.

* Sally Burch es una periodista británica-ecuatoriana y directora ejecutiva de ALAI. Es una de las autoras del libro In Defense of Julian Assange.

1 Tariq Ali, Margaret Kunstler (ed.), 2019. In Defense of Julian Assange, OR Books, Nueva York. https://www.orbooks.com/catalog/in-defense-of-julian-assange/

viernes, 3 de enero de 2020

Una visita a Julian Assange, preso político de Gran Bretaña


Por John Pilger

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Me pongo en marcha de madrugada. La prisión de Belmarsh, en la planicie de la periferia de Londres, al sureste de la capital, es una franja de muros y alambradas sin horizonte. En lo que llaman el centro de visitantes, entrego mi pasaporte junto con la cartera, tarjetas de crédito, tarjetas médicas, dinero, llaves, teléfono, peine, bolígrafo y papel.

Yo necesito dos pares de gafas, pero me obligan a dejar una de ellas. Optó por entregar las de leer. A partir de ahora, no podré leer, al igual que Julian, que no pudo leer las primeras semanas de su encarcelación. Se supone que le iban a enviar sus gafas, pero inexplicablemente tardaron meses en llegar.

El centro de visitantes está cubierto de grandes pantallas de televisión. Siempre están encendidas, según parece, con el volumen alto. Concursos televisivos, anuncios de coches, de pizzas, de ofertas funerarias, charlas TED… Parecen la fórmula perfecta para una prisión, como un valium visual.

Me uno a una cola de personas tristes, nerviosas, en su mayor parte mujeres y niños pobres, y abuelas. En el primer mostrador me toman las huellas dactilares, si es que dicho término se sigue utilizando para nombrar las comprobaciones biométricas.

Me dicen: “¡Coloque ambas manos y apriete!” En la pantalla aparece un expediente sobre mí.

Ahora ya puedo cruzar la puerta principal, abierta en los muros de la prisión. La última vez que estuve en Belmarsh para visitar a Julian Assange estaba diluviando. Como no me dejaron llevar el paraguas más allá del centro de visitantes, tuve que escoger entre empaparme o correr como el diablo. A las abuelas tampoco les quedó otra opción.

En el segundo mostrador, la guardiana tras la alambrada me preguntó: “¿Qué es eso?”

“Mi reloj”, contesté sintiéndome culpable.

“Tiene que dejarlo atrás”, me dijo.

Así que tuve que volver a correr bajo la lluvia para regresar a tiempo de repetir la prueba biométrica. Después me sometieron a un escáner corporal y a un cacheo completo, incluyendo una comprobación de las suelas de los zapatos y del interior de la boca.

En cada parada, nuestro grupo silencioso y obediente volvía a juntarse en lo que llaman un espacio sellado y se apretaba tras una línea amarilla. Pobres los claustrofóbicos; una mujer se restregaba los ojos cerrados.

Luego nos formaron en otra zona de espera, también con pesadas puertas metálicas que se cerraban ruidosamente delante y detrás de nosotros.

“¡Manténganse tras la línea amarilla!”, se oyó decir a una voz incorpórea.

Otra puerta electrónica se abrió parcialmente. Titubeamos prudentemente. Dio una sacudida antes de cerrarse y volverse a abrir. Otra zona de espera, otro mostrador, de nuevo el estribillo: “¡Muestre sus dedos!”.

Así llegamos hasta una gran habitación con recuadros en el suelo en los que nos dijeron que nos colocáramos, de uno en uno. Llegaron dos hombres con unos perros que nos olfatearon, por delante y por detrás y me babearon la mano. Luego se abrieron otras puertas y se escuchó una fuerte voz que decía: “¡Muestre su muñeca!”.

Una marca de láser era nuestro ticket para la gran sala en la que los presos nos aguardaban sentados en silencio, frente a sillas vacías. En el extremo final de la habitación estaba Julian Assange, con un brazalete amarillo sobre sus ropas carcelarias.

Al ser un preso preventivo, Julian podría llevar sus propias ropas, pero cuando los matones le sacaron a la fuerza de la embajada ecuatoriana el pasado abril, no le dejaron llevarse una pequeña bolsa con sus cosas. Le dijeron que se lo enviarían después pero, como ocurrió con sus gafas de lectura, se perdió misteriosamente.

Durante 22 horas al día, Julian está confinado en “enfermería”. No es realmente un hospital de prisión, sino un lugar en donde puede estar en aislamiento, recibir medicación y ser espiado. Cada 30 minutos unos ojos le escudriñan a través de la puerta. Dicen que es para evitar “el suicidio”.

Las celdas contiguas hay asesinos convictos y más allá un demente que da alaridos toda la noche. “Vivo una versión personal de Alguien voló sobre el nido del cuco”, dice Julian. La supuesta “terapia” consiste en alguna partida ocasional del Monopoly. La única actividad social en la que participa es el servicio religioso que se celebra una vez a la semana en la capilla. El sacerdote, un hombre amable, se ha hecho su amigo. El otro día atacaron a un preso en la capilla; le dieron un puñetazo en la cabeza desde atrás mientras cantaban himnos.

Cuando nos saludamos me doy cuenta de que se le notan las costillas. Su brazo ha perdido el músculo. Puede que haya adelgazado de diez a quince kilos desde abril. Lo que más me sorprendió la primera vez que le visité, en mayo, fue cuánto había envejecido.

“Creo que me estoy volviendo loco”, me dijo entonces.

Yo le respondí: “No, en absoluto. Mira el miedo que te tienen, lo poderoso que eres”. Creo que precisamente su inteligencia, su resiliencia y su excelente sentido del humor –que desconocen los desgraciados que le difaman– son lo que impide que pierda la razón. Se encuentra tremendamente herido, pero no se está volviendo loco.

Mientras charlamos coloca la mano sobre la boca para que no puedan escucharle las cámaras que tenemos sobre nuestras cabezas. Cuando estaba en la embajada de Ecuador, solíamos conversar usando notas escritas y ocultándolas de las cámaras del techo. Es evidente que tiene miedo del Gran Hermano.

En la pared hay lemas felices exhortando a los presos a “no darse por vencidos” y a “estar contentos, mantener la esperanza y reír a menudo”.

El único ejercicio que realiza consiste en caminar sobre una zona asfaltada, rodeada de altos muros con más expresiones felices que les instan a disfrutar de “la hierba bajo los pies”. Pero no hay hierba alguna.

Todavía no le han permitido acceder a un ordenador con el que preparar su defensa ante la extradición solicitada. Todavía no ha podido llamar a su abogado estadounidense, ni a su familia de Australia.

La omnipresente mezquindad de Belmarsh se te adhiere como el sudor. Si te acercas demasiado al preso, un guardián te dice que te sientes bien. Si quitas la tapa al vaso de café, un guardián te grita que vuelvas a colocarla. Te permiten llevar diez libras para comprar algo en la pequeña cantina que llevan voluntarios. “Me gustaría tomar algo saludable”, me dijo Julian, que devoró un sándwich.

Al otro lado de la sala, un preso y una mujer se enzarzan en una discusión, lo que podría llamarse una riña “doméstica”. Cuando interviene un guardián, le manda “a tomar por culo”.

Esa es la señal para que una panda de guardias, la mayor parte hombres y mujeres gordos y enormes, se lancen con ganas a por él, lo arrojen al suelo y lo arrastren hasta la salida. En el aire queda flotando una impresión de violenta satisfacción.

Ahora los guardianes nos gritan que es hora de irse. Junto a las mujeres, los niños y las abuelas, comienzo el largo recorrido a través del laberinto de áreas selladas, líneas amarillas y controles biométricos hasta llegar a la puerta principal. Cuando salgo de la sala de visitantes vuelvo la vista atrás, como siempre hago. Julian está sentado, solo, con el puño cerrado y en alto.

John Pilger es un reportero y periodista de investigación australiano, residente en Londres. Es autor de múltiples documentales y libros y ha sido galardonado con innumerables premios a lo largo de su carrera, incluyendo el de Periodista del Año en Gran Bretaña y el Premio de la Paz a los Medios de Comunicación de la ONU.


viernes, 20 de septiembre de 2019

"Estamos en peligro"


La persecución del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, tiene como objetivo silenciar a los disidentes, ha advertido el galardonado cineasta y periodista británico John Pilger.
Durante su intervención en un mitin celebrado este lunes frente a la sede del Ministerio británico del Interior en Londres en apoyo al australiano, Pilger manifestó que "todos los periodistas y todas las editoriales que hacen su trabajo están en peligro".

Vídeo "Habla ahora o despierta una mañana bajo el silencio de un nuevo tipo de tiranía" 
El fundador de WikiLeaks se encuentra en una prisión de la capital británica, donde afronta hasta a 175 años de prisión, así como a una posible extradición a EE.UU. En caso de ser extraditado a ese país, podría ser condenado a la pena de muerte por cargos de filtración de materiales clasificados, conspiración y traición.

Vídeo ¿Qué secretos sacó a la luz WikiLeaks? 
"El peligro que enfrenta Julian Assange puede extenderse fácilmente a los editores" de "muchos otros periódicos y medios de comunicación que publicaron las revelaciones de WikiLeaks sobre las mentiras y crímenes de nuestros gobiernos", advirtió Pilger. Al defender al activista australiano estamos defendiendo "nuestros derechos más sagrados", continuó.

"Habla ahora o despierta una mañana bajo el silencio de un nuevo tipo de tiranía", agregó el galardonado cineasta británico.

En ese mitin contra el encarcelamiento de Julian Assange también participó Roger Waters, cofundador y bajista de la icónica banda de rock Pink Floyd, quien interpretó su exitosa canción 'Wish you were here' ('Desearía que estuvieras aquí') en solidaridad con el fundador de WikiLeaks.

  • Assange estuvo refugiado casi siete años en la Embajada de Ecuador en Londres, desde junio de 2012, cuando Quito le proporcionó asilo político para evitar que fuese extraditado a Suecia.
  • El activista australiano fue arrestado en Londres el pasado 11 de abril —tras ser expulsado de la legación y retirársele el asilo diplomático y la nacionalidad ecuatoriana— por supuestas violaciones de los términos de libertad condicional que cometió durante su permanencia en la Embajada de Quito en Londres.
  • Actualmente, Assange se encuentra preso en la prisión de Belmarsh, en el sudeste de Londres (Reino Unido).


jueves, 25 de julio de 2019

Vergonzoso silencio en torno al calvario de Julian Assange


Por Rafael Poch de Feliu *

El relator especial del Alto Comisariado para Derechos Humanos de la ONU, el suizo Nils Melzer, logró en mayo obtener permiso para visitar a Julian Assange en la prisión británica de alta seguridad de Belmarsh. Melzer y dos reputados expertos médicos, uno de ellos siquiatra y el otro forense, reconocieron a Assange. El 31 de mayo, hace más de un mes, el relator divulgó las conclusiones del peritaje médico realizado.
Melzer es profesor de derecho internacional en la Universidad de Glasgow y no era en absoluto un admirador del fundador de WikiLeaks. De hecho, solo aceptó la misión que le encomendó la ONU después de que los abogados de Assange y una doctora apelaran en dos ocasiones solicitando un peritaje al Alto Comisariado de la ONU.

“Como la mayor parte del público, yo fue inconscientemente contaminado contra Assange por la incesante campaña de desprestigio durante años orquestada, pero una vez metido en los hechos de este caso lo que encontré me llenó de repulsión e incredulidad”, explica.

“Assange fue sistemáticamente calumniado (como “violador”, “agente ruso”, “hacker” y “narcisista”) para desviar la atención de los crímenes que expuso. Una vez deshumanizado por el aislamiento, el ridículo y la vergüenza, al igual que las brujas que solíamos quemar en la hoguera, era fácil privarlo de sus derechos más fundamentales sin provocar indignación pública en todo el mundo”. Llegamos así al dictamen del equipo de Melzer sobre el trato infligido a Assange. Es inequívoco.

“Durante un periodo de varios años, Assange ha sido expuesto a graves e incrementadas formas de trato o castigo, inhumano o degradante, cuyos efectos cumulativos solo pueden ser descritos como tortura sicológica”, ha escrito Melzer.

“En veinte años de trabajo con víctimas de guerra, violencia y persecución política, nunca me encontré con un grupo de estados democráticos compinchados para aislar, demonizar y abusar deliberadamente a un individuo durante tanto tiempo y con tanta despreocupación por la dignidad humana y la legalidad”.

Nils Melzer envió sus conclusiones en forma de tribuna a los diarios australianos Sydney Morning Herald, Camberra Times y a los habituales anglosajones de Europa y América, Financial Times, The Guardian, The Telegraph, The New York Times, The Washington Post, al semanario Newsweek y otros. Ninguno de ellos publicó una línea. En su día todos ellos nos informaron con detalle de los excrementos de Assange en las paredes de la embajada ecuatoriana en Londres, de su patinete y de su gato. En España los principales medios también ignoraron el asunto por completo. El informe Melzer llegó discretamente a las digitales de El Mundo y La Vanguardia (solo el primero mencionaba la palabra “tortura” en el titular), con cero referencias en los demás. En los últimos treinta días, la prensa establecida española ha mencionado a Assange lo menos posible.

En todo el mundo occidental los medios de comunicación participan voluntariamente, vía el silencio y la denigración, en esa “persecución colectiva” denunciada por el relator de la ONU y cuyo principal motor se encuentra en el Pentágono, según fuentes de la administración Obama en declaraciones al abogado Geoffrey Robertson.

En la última cumbre del G-20, el primer ministro australiano (Assange es australiano), el conservador Scott Morrison, no mencionó el caso Assange en su entrevista con Donald Trump, manteniendo así la línea de su predecesora laborista, Julia Guillard. El Ministro de exteriores británico, Jeremy Hunt, ha definido el silenciado informe de los expertos de la ONU en tortura como “acusaciones inflamatorias”.

Julian Assange es el disidente encarcelado número 1 de Occidente, como Edward Snowden es el exiliado número 1. Actualmente Assange está pendiente de ser extraditado por el Reino Unido a Estados Unidos donde se arriesga a una sentencia por espionaje de hasta 175 años de cárcel en el tribunal del distrito Oeste de Virginia donde nunca un acusado por asuntos de “seguridad nacional” ganó el caso y fue absuelto.

La suerte de Assange es un retrato del mundo de hoy, del pésimo estado de las democracias, del poder de la propaganda del establishment y de la apatía de los movimientos sociales en Europa.

lunes, 13 de mayo de 2019

La imputación de Julian Assange por parte del Gobierno de EE. UU. representa una grave amenaza para la libertad de prensa



Por Glenn Greenwald y Micah Lee *

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

La imputación de Julian Assange por parte del Departamento de Justicia de Trump, aún sin cerrar, representa una grave amenaza para la libertad de prensa no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. El auto acusatorio y la solicitud de extradición adjunta del Gobierno de EE. UU. utilizados por la policía británica para arrestar a Assange, una vez que Ecuador retiró oficialmente su protección de asilo, busca criminalizar numerosas actividades en el núcleo del periodismo de investigación.

Mucho de lo informado hoy sobre esta acusación está plagado de falsedades. Dos hechos en particular han sido completamente distorsionados por el Departamento de Justicia y luego propagados por numerosas organizaciones de los medios.

El primer hecho crucial de la acusación es su alegato clave: no resulta nada nuevo que Assange no solo recibió documentos clasificados de Chelsea Manning sino que trató de ayudarla a descifrar una contraseña para cubrir sus huellas. Era algo bien conocido desde hacía mucho tiempo por el Departamento de Justicia de Obama y formó explícitamente parte del juicio de Manning. No obstante ese Departamento -que no es precisamente famoso por ser el mejor guardián de las libertades de prensa- llegó a la conclusión de que no podía ni debía procesar a Assange porque acusarlo constituiría una seria amenaza para la libertad de prensa. En resumen, la acusación de hoy no contiene evidencias ni hechos nuevos sobre las acciones de Assange, hace años que todos esos detalles son bien conocidos.

El otro hecho clave del que se informa de manera errónea es que la imputación acusa a Assange de intentar ayudar a Manning a conseguir acceder a las bases de datos de documentos a los que ella no tenía acceso válido: es decir, de piratear en lugar de hacer periodismo. Pero la acusación no alega tal cosa. Más bien acusa simplemente a Assange de intentar ayudar a Manning a iniciar sesión en los ordenadores del Departamento de Defensa utilizando un nombre de usuario diferente para poder mantener el anonimato al descargar documentos de interés público y luego enviarlos a WikiLeaks para que los publicara.

En otras palabras, la acusación busca criminalizar lo que los periodistas no solo tienen permitido sino que también tienen la obligación ética de hacer: tomar medidas para ayudar a sus fuentes a mantener el anonimato. Como señaló hace mucho tiempo el abogado de Assange, Barry Pollack: “Las alegaciones de hecho... se reducen a alentar a una fuente para que le brinde información, esforzándose en proteger la identidad de esa fuente. Los periodistas de todo el mundo deberían estar profundamente preocupados por estas acusaciones penales sin precedentes”.

Esa es la razón de que la acusación represente una amenaza tan grave para la libertad de prensa. Caracteriza como delitos graves muchas acciones que los periodistas no solo tienen permitido llevar a cabo sino que también deben realizar para elaborar informes sensibles en la era digital.

Pero como el Departamento de Justicia emitió un comunicado de prensa con un titular que afirmaba que Assange estaba acusado de “piratear” hechos delictivos, los medios de comunicación repitieron tal afirmación a lo loco, aunque la imputación no contenga tal acusación. Simplemente acusa a Assange de intentar ayudar a Manning a evitar que la detectaran. Eso no es “piratear”. Se trata de una obligación fundamental del periodismo.


La historia de este caso es vital para comprender lo que realmente sucedió hoy. El Gobierno de EE. UU. ha estado dispuesto a acusar a Julian Assange y WikiLeaks desde al menos 2010, cuando el grupo publicó cientos de miles de registros de guerra y cables diplomáticos que revelaron numerosos crímenes de guerra y otros actos de corrupción por parte de EE. UU., Reino Unido y otros gobiernos de todo el mundo. Para lograr ese objetivo, el Departamento de Justicia de Obama seleccionó un gran jurado en 2011 y llevó a cabo una amplia investigación sobre WikiLeaks, Assange y Manning.

Pero en 2013, ese Departamento de Justicia llegó a la conclusión de que no podía procesar a Assange en relación con la publicación de esos documentos porque no había forma de distinguir lo que hacía WikiLeaks de lo que The New York Times, The Guardian y numerosos medios de comunicación de todo el mundo hacen de forma rutinaria: es decir, trabajar con diversas fuentes para publicar documentos clasificados.

El Departamento de Justicia de Obama intentó durante años encontrar pruebas para justificar la afirmación de que Assange hizo algo más que actuar como periodista -por ejemplo, que trabajó ilegalmente con Manning para robar los documentos- pero no encontró nada para justificar esa acusación y, por lo tanto, nunca había acusado a Assange (como se señaló, el Departamento de Defensa de Obama estaba al tanto, desde al menos 2011, del núcleo de la acusación de la imputación de hoy -que Assange trató de ayudar a Manning a eludir un muro de contraseñas para que pudiera utilizar un nombre de usuario diferente- porque eso formaba parte de los cargos contra Manning ).

Así pues, Obama puso fin a sus ocho años en el cargo sin acusar a Assange o WikiLeaks. Todo lo relacionado con la posible imputación de Assange cambió solo al inicio de la administración de Trump. A principios de 2017, los funcionarios más reaccionarios de Trump estaban decididos a hacer lo que el Departamento de Justicia de Obama se negó a hacer: acusar a Assange en relación con la publicación de los documentos de Manning.

Como informaba el New York Times a finales del año pasado: “Poco después de asumir el cargo de director de la CIA [el actual secretario de Estado], Mike Pompeo habló en privado con los legisladores sobre un nuevo objetivo para los espías estadounidenses: Julian Assange, el fundador de WikiLeaks”. The Times agregaba que “el Sr. "Pompeo y el exfiscal general Jeff Sessions desataron una campaña agresiva contra Assange, invirtiendo la visión de la era de Obama de WikiLeaks como entidad periodística”.

En abril de 2017, Pompeo, cuando aún era jefe de la CIA, pronunció un discurso desconcertante en el que afirmó: “Tenemos que reconocer que no podemos permitir que Assange y sus colegas tengan licencia para usar los valores de la libertad de expresión contra nosotros”. Y puntualizó su discurso con esta amenaza: “Darles espacio para aplastarnos con secretos que han robado ​​ es una perversión de lo que representa nuestra gran Constitución. Y eso va a terminarse ya”.

Desde el principio, el Departamento de Justicia de Trump no ha ocultado su deseo de criminalizar el periodismo en general. Al comienzo de la administración de Trump, Sessions discutió explícitamente la posibilidad de procesar a periodistas por publicar información clasificada. Trump y sus principales asesores se mostraron claramente ansiosos de desarrollar e intensificar la evolución de la administración de Obama para permitir que en Estados Unidos pueda criminalizarse el periodismo .

El arresto de hoy de Assange es claramente la culminación de un esfuerzo de dos años por parte del Gobierno estadounidense coaccionando a Ecuador -bajo su nuevo y sumiso presidente, Lenín Moreno- para que retirase la protección de asilo que concedió a Assange en 2012. Anular el asilo de Assange permitiría que el Reino Unido arrestara a Assange por el cargo menor que tiene pendiente en Londres por haberse fugado tras pagar una fianza por la libertad condicional y, mucho más significativamente, para amparar una solicitud de extradición del Gobierno estadounidense de enviarlo a un país con el que no tiene conexión (EE. UU.) y ser juzgado en relación con los documentos filtrados.

De hecho, el motivo de la administración Trump está claro. Dado que Ecuador retiró su protección de asilo y permitió de manera servil que el Reino Unido entrara en su propia embajada para arrestar a Assange, este solo se enfrentaba en el Reino Unido a un cargo menor por prófugo de la justicia (Suecia cerró su investigación de agresión sexual no porque concluyera que Assange era inocente sino porque pasaron años intentando extraditarlo sin éxito). Al acusar a Assange y exigir su extradición, se asegura de que Assange -una vez que cumpla su condena en una cárcel de Londres por el tema de violación de fianza- permanezca en una prisión británica durante todo el año o más que se demore la solicitud de extradición estadounidense. Ciertamente Assange recurrirá y tratará de abrirse camino a través de los tribunales británicos.

La imputación se lanzó no para acusar a Assange de actividades periodísticas sino de piratería criminal. Pero es un pretexto apenas disfrazado para procesar a Assange por publicar documentos secretos del Gobierno de Estados Unidos mientras pretende estar haciendo otra cosa.

Cualquiera que sea la verdad sobre la acusación, partes sustanciales del documento describen explícitamente como criminales exactamente las acciones que los periodistas realizan habitualmente con sus fuentes y, por lo tanto, constituyen un intento peligroso de criminalizar el periodismo de investigación.

La acusación, por ejemplo, pone un gran énfasis en el presunto apoyo de Assange para que Manning -después de que ella le entregara cientos de miles de documentos clasificados- intentara obtener más documentos para que WikiLeaks los publicara. La acusación formal afirma que “las discusiones también reflejan que Assange alienta activamente a Manning para que proporcione más información. Durante un intercambio, Manning le dijo a Assange que ‘después de esta carga, eso es todo lo que realmente me queda’. A lo que Assange respondió, ‘según mi experiencia, los ojos curiosos no se secan nunca’”.

Pero alentar las fuentes para obtener más información es algo que los periodistas hacen habitualmente. De hecho, sería una violación de los deberes periodísticos de uno no pedir a las fuentes vitales con acceso a información clasificada que puedan proporcionar aún más información para permitir un conocimiento más completo. Si una fuente llega a un periodista con información, es completamente normal y previsible que el periodista responda: ¿Puedes darme también X, Y y Z para completar la historia o para mejorarla? Como Edward Snowden dijo esta mañana : “Bob Woodward declaró públicamente que me habría aconsejado permanecer en mi puesto y actuar como topo”.

El periodismo de investigación en muchos, cuando no en la mayoría, de los casos implica constantes idas y venidas entre el periodista y la fuente, a la que el periodista intenta inducir a que proporcione más información clasificada, aunque hacerlo sea ilegal. Incluir ese “estímulo” como parte de una acusación penal, como hizo el Departamento de Justicia de Trump hoy, es criminalizar el quid del periodismo de investigación en sí mismo, incluso si la acusación incluye otras actividades que usted pueda pensar que quedan fuera del ámbito del periodismo.

Como explicó el profesor de periodismo de Northwestern, Dan Kennedy, en The Guardian en 2010, cuando denunció como amenaza a la libertad de prensa los intentos del Departamento de Justicia de Obama de acusar a Assange basándose en la teoría de que él hizo algo más que recibir y publicar documentos de forma pasiva, es decir, que colaboró activamente con Manning:

El problema es que no hay que hacer una distinción significativa. ¿Cómo es que The Guardian, igualmente, no se “confabuló” con WikiLeaks para obtener los cables ? ¿Cómo es que The New York Times no “colaboró” con The Guardian cuando este medio le dio una copia al Times tras la decisión de Assange de eliminar al Times del último volcado de documentos?

Por lo demás, no veo cómo puede decirse que ninguna entidad informativa no se ha confabulado con una fuente cuando recibe documentos filtrados. ¿Acaso el Times no se alió con Daniel Ellsberg cuando recibió los Papeles del Pentágono ? Sí, hay diferencias. Ellsberg había terminado de hacer copias mucho antes de comenzar a trabajar con el Times, mientras que Assange pudo haber incitado a Manning. Pero, ¿es eso realmente importante?

La mayoría de los informes de hoy sobre la imputación de Assange han sugerido falsamente que el Departamento de Justicia de Trump descubrió algún tipo de evidencia nueva que probaba que Assange intentó ayudar a Manning a hackear una contraseña para usar un nombre de usuario diferente a la hora de descargar los documentos. Aparte del hecho de que esos intentos fracasaron, nada de esto es nuevo: Como demuestran los últimos cinco párrafos de esta historia de Politico 2011 : que el hecho de que Assange hablara con Manning sobre las formas de utilizar un nombre de usuario diferente que evitara su detección formó parte del juicio de Manning, y que era algo conocido por el Departamento de Justicia de Obama desde hacía tiempo cuando decidieron no procesarle por tal motivo.

Hay solo dos elementos nuevos que explican la acusación de hoy a Assange: 1) Desde el principio, la administración Trump incluyó a extremistas autoritarios como Sessions y Pompeo, a los que no les preocupa ni lo más mínimo la libertad de prensa y estaban decididos a criminalizar el periodismo contra EE. UU., y 2) Con Ecuador a punto de retirar su protección de asilo, el Gobierno estadounidense necesitaba una excusa para evitar que Assange quedara libre.

Un análisis ténico de los demandas de la acusación demuestra de manera similar que el cargo contra Assange es una seria amenaza para las libertades de prensa que se recogen en la Primera Enmienda, principalmente porque busca criminalizar lo que en realidad es el deber central de un periodista: ayudar a la fuente a evitar ser detectada. La acusación trata de forma engañosa de convertir los esfuerzos de Assange para ayudar a Manning a mantener su anonimato en una especie de ataque siniestro de piratería informática.

El ordenador del Departamento de Defensa que Manning utilizó para descargar los documentos que luego entregó a WikiLeaks estaba probablemente ejecutando el sistema operativo Windows. Tenía varias cuentas de usuario, incluida una cuenta a la que Manning tenía acceso legítimo. Cada cuenta está protegida por una contraseña, y los ordenadores con Windows almacenan un archivo que contiene una lista de nombres de usuario y “ hashes ” de contraseña, o versiones codificadas de las contraseñas. Solo las cuentas designadas como “administrador”, una cuenta cuya denominación Manning no tenía, tienen permiso para acceder a este archivo.

La acusación sugiere que Manning, para acceder al archivo de contraseña, apagó su ordenador y luego lo volvió a encender, esta vez arrancando en un CD con el sistema operativo Linux. Desde dentro de Linux, supuestamente, accedió a este archivo lleno de hashes de contraseña. La acusación alega que Assange acordó intentar descifrar uno de estos hashes de contraseña, lo que, de tener éxito, lograría recuperar la contraseña original. Con la contraseña original, Manning podría iniciar sesión directamente en la cuenta de ese otro usuario, lo cual -como lo indica la acusación- “habría dificultado que los investigadores identificaran a Manning como la fuente de divulgación de la información clasificada”.

Parece que Assange no pudo descifrar la contraseña. La acusación alega que “Assange indicó que había estado tratando de descifrar la contraseña al afirmar que ‘hasta ahora no había tenido suerte’”.

Por lo tanto, incluso si uno acepta todas las afirmaciones de la acusación como verdaderas, Assange no estaba tratando de hackear nuevos archivos de documentos a los que Manning no tenía acceso, sino que trataba de ayudar a Manning a evitar que la detectaran como fuente. Por esta razón, el precedente que sentaría este caso sería un golpe devastador para los periodistas de investigación y la libertad de prensa en todas partes.

Los periodistas tienen la obligación ética de adoptar medidas para proteger de represalias a sus fuentes, lo que a veces incluye otorgarles el anonimato y emplear medidas técnicas para ayudar a garantizar que no se descubra su identidad. Cuando los periodistas se toman en serio la protección de la fuente, eliminan los metadatos y redactan la información de los documentos antes de publicarlos en caso de que haya riesgo de que esa información pueda utilizarse para identificar a su fuente; alojan sistemas basados ​​ en la nube como SecureDrop, ahora empleados por docenas de grandes salas de redacci ó n en todo el mundo , que hacen que sea más fácil y más seguro para los denunciantes que puedan estar bajo vigilancia enviar mensajes y documentos clasificados a periodistas sin que sus empleadores lo sepan; y usan herramientas de comunicación seguras como Signal y las configuran para eliminar los mensajes de forma automática.

Pero la acusación de Assange de hoy busca criminalizar exactamente este tipo de esfuerzos de protección de la fuente, ya que afirma que “fue parte de la conspiración que Assange y Manning usaron una carpeta especial en un buzón en la nube de WikiLeaks para transmitir registros clasificados que contienen información relativa con la defensa nacional de Estados Unidos”.

La acusación, en muchos otros pasajes, mezcla claramente las mejores prácticas estándar de una sala de redacción con una conspiración criminal. Afirma, por ejemplo, que “formó parte de la conspiración el hecho de que Assange y Manning usaran el servicio de chat online “Jabber” para colaborar en la adquisición y difusión de los registros clasificados, y para formular el acuerdo para descifrar la contraseña [...]”. No hay duda de que usar Jabber, o cualquier otro sistema de mensajería cifrada, para comunicarse con las fuentes y adquirir documentos con la intención de publicarlos, es una parte completamente legal y estándar del periodismo de investigación moderno. Las salas de prensa de todo el mundo utilizan ahora tecnologías similares para comunicarse de forma segura con sus fuentes y ayudar a sus fuentes a evitar que el gobierno las detecte.

La acusación también alega que “formó parte de la conspiración que Assange y Manning tomaran medidas para ocultar a Manning como fuente de divulgación de los registros clasificados a WikiLeaks, eliminando incluso los nombres de usuario de la información divulgada y borrando los registros de chat entre Assange y Manning”.

Eliminar los metadatos que pudieran ayudar a identificar una fuente anónima, como los nombres de usuario, es un paso fundamental para proteger a las fuentes. De hecho, en 2017, The Intercept publicó un documento muy secreto de la Agencia de Seguridad Nacional que afirmaba que la inteligencia militar rusa desempeñó un papel al hackear la infraestructura de las elecciones estadounidenses de 2016. La persona acusada y condenada por haber proporcionado el documento, la informante Reality Winner , ya había sido arrestada cuando se publicó la historia.

The Intercept fue ampliamente criticado cuando los expertos en seguridad informática descubrieron que el documento incluía “puntos de impresión” amarillos casi invisibles que rastreaban exactamente cuándo y dónde se imprimía, que las impresoras más modernas agregan a cada documento que se imprime. Si bien no hay pruebas de que estos puntos impresos contribuyeran a que Winner se convirtiera en sospechosa (la declaración jurada del FBI dice que ella era una de las seis personas que habían impreso este documento, y la única que tenía contacto por correo electrónico con The Intercept), podrían haber ayudado a la investigación, y The Intercept, como reconoció su editor-jefe, debería haber tenido más cuidado y eliminar estos metadatos antes de publicar el documento.

Esto se debe a que no solo es común, sino también éticamente necesario, que un periodista haga todo lo posible para proteger de la detección a una fuente. Prácticamente la totalidad de las acusaciones contra Assange en la acusación de hoy consisten en que él hizo exactamente eso.

Por esa razón, la acusación, en esencia, busca claramente criminalizar lo que el periodismo de investigación conlleva necesariamente para que sea eficaz. Es por eso que las organizaciones de las libertades civiles, los grupos por la libertad de prensa y las figuras políticas de todo el mundo, incluidos Jeremy Corbyn , los miembros del Congreso de Estados Unidos Ro Khanna y Tulsi Gabbard , el exsenador Mike Gravel , los partidos políticos de izquierda brasileños e hindues y la Unión Americana por las Libertades Civiles han denunciado con vehemencia el arresto de Assange de hoy.

Assange es una figura profundamente polarizadora. Es casi seguro que el motivo por el que el Departamento de Justicia de Trump cree que puede salirse con la suya es en base a una teoría que claramente pondría en peligro las principales funciones periodísticas: porque espera que la intensa animosidad personal hacia Assange cegará a la gente ante los peligros que plantea esta acusación.

Pero mucho más importante que los sentimientos personales de uno sobre Assange es el gran paso que esta acusación representa para el objetivo explícitamente establecido de la administración de Trump de criminalizar el periodismo que implique facilitar información sobre documentación clasificada. La oposición a ese objetivo amenazador no necesita de admiración o afecto por Assange. Simplemente requiere creer en la importancia fundamental de una prensa libre en una democracia.

* Glenn Greenwald, abogado constitucionalista y excolumnista de The Guardian hasta octubre de 2013, ha obtenido numerosos premios por sus comentarios y periodismo de investigación, incluyendo el Premio George Polk 2013 por la información relativa a la seguridad nacional. A principios de 2014, cofundó, junto a Betsy Reed y Jeremy Scahill, un nuevo medio informativo global:  The Intercept .

* Micah Lee es ingeniero de seguridad informática y desarrollador de software de código abierto. Escribe sobre temas técnicos como seguridad operacional y digital, herramientas de cifrado, denuncia de irregularidades y piratería utilizando un lenguaje que todos puedan entender. Usuario de Qubes y Linux, desarrolla herramientas de seguridad como OnionShare. Antes de unirse a The Intercept, trabajó en la Electronic Frontier Foundation, donde explicó a periodistas y abogados cómo funcionan las tecnologías. También es fundador y miembro de la Fundación para la Libertad de Prensa.