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lunes, 10 de diciembre de 2018
Austericidio: De la tragedia a la farsa
Por Emilio de la Peña
La UE dio rango constitucional inalterable a una ideología a la que debía sujetarse la política económica de todos los Estados miembros: el neoliberalismo. Ahora Italia desafía esa autoridad.
Malagón
No estoy seguro de que la historia se repita. Marx decía que primero lo hace como tragedia y después como farsa. La cita me puede valer al observar lo que está pasando en la zona euro. Me refiero al asunto de Italia y su negativa a cumplir el mandato del Eurogrupo de que corrija su proyecto de presupuesto para 2019. Lo exigía la Comisión Europea, que tiene atribuida esa facultad si entiende que incumple las normas del Pacto de Estabilidad.
De acuerdo con lo establecido, Italia debía reducir el año próximo el déficit presupuestario, y debía hacerlo, además, recortando el gasto. El nuevo Gobierno ha desoído la recomendación (se llama así en el lenguaje de la Unión Europea, pero es una imposición, ya que, si no se acepta, puede acarrear represalias). Es lo que se entiende por política de austeridad. Italia, en lugar de recortar el déficit, ha decidido aumentarlo, para así poder gastar más dinero en políticas públicas y tratar de reactivar la economía.
El conflicto no es nuevo en la zona euro. Ocurrió ya con Grecia, el país al que se ha aplicado la medicina de la austeridad en mayor dosis. Entre 2010 y 2015 la población disminuyó en casi 300.000 personas, hecho insólito en cualquier país desarrollado en tiempos de paz, la renta por habitante se desplomó un 20 por ciento, el paro se disparó al 27 por ciento y el riesgo de pobreza alcanzó niveles nunca vistos en la Unión Europea. Todo ello para que saldase la deuda que tenía con bancos extranjeros, especialmente alemanes y franceses. En cambio, la elevada deuda pública, origen de todo el problema, lejos de disminuir con el ajuste, no paró de aumentar. Aunque la de los bancos se saldó, a cambio de préstamos públicos de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. La respuesta de la ciudadanía griega fue política, decidió elegir en las urnas al partido que acabase con ese tratamiento: llegó al poder Syriza, que se aprestó en la medida de lo posible a contrarrestar los destrozos sufridos. Le duró siete meses. El Banco Central Europeo acordó no inyectar euros a los bancos griegos y el país se convirtió en un protectorado. No se utilizaron los Panzers y Stukas como antaño.
Esa fue la tragedia. Ahora la repetición se ha convertido en una farsa. La Eurozona ha tratado de ser inflexible y obligar a Italia a cumplir con la austeridad, como manda la Comisión Europea. En la tragedia, Grecia respondió con un referéndum, abrumadoramente contrario a las exigencias de la Eurozona y de nada le sirvió. En la farsa, ante la advertencia del presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, de que si Italia no cedía sería el fin de euro y el país tendría una crisis como la griega, el viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, se limitó a responder: “Sólo hablo con personas sobrias”. Poco tiempo antes, todos los ciudadanos europeos habían podido ver en un acto oficial cómo su mandatario Juncker, se tambaleaba, en aparente estado de embriaguez, en un acto oficial en presencia de los jefes de Gobierno de la Unión.
Con el nuevo presupuesto, Italia superaría ligeramente el listón de déficit público que permite el Pacto de Estabilidad, que es el 3 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB). Apenas es nada para tanto empeño de la Comisión Europea. Esta, sin embargo, asegura que es inflexible por la elevada deuda pública de Italia: representa el 131 por ciento del PIB, el mismo porcentaje prácticamente que desde 2014. No ha descendido con la austeridad impuesta por la Unión Europea. No se ha reducido el porcentaje de deuda porque la economía prácticamente no ha crecido. Desde que comenzaron a aplicarse los recortes y la austeridad, Italia ha tenido un crecimiento medio anual de tan sólo el 0,1 por ciento.
Tampoco parece que a la Comisión Europea le haya gustado el presupuesto enviado por España. Pero aquí la cosa es diferente. No lo rechaza, como en el caso de Italia. Se limita a repetir cosas parecidas a las de cada año: cree que hay riesgo de que no se cumplan los objetivos y recomienda estar alerta por si hay que hacer ajustes. No es de extrañar. En el caso de España, y de otros países, lo habitual es que no se cumpla el ajuste previsto, incluso cuando lo da por bueno la Comisión Europea. Un repaso a los documentos de cada año de la Comisión sobre el llamado Procedimiento de Déficit Excesivo deja claro que entre las cualidades del organismo comunitario no se encuentran las de adivino, ni tan siquiera la de correcto previsor. Ello hace que, salvo los titulares de los medios sobre el tema, no se les tome demasiado en serio. En los últimos años ha adoptado por ello la posición de advertir de que muy posiblemente no se cumplirán los objetivos. Así se cura en salud. Forma parte también de la farsa. La verdad es que esto da para otro artículo.
El estancamiento económico al que me refería en el caso de Italia ha afectado, aunque en menor medida, a casi todos los países que adoptaron desde el principio el euro. Las excepciones son Irlanda, Luxemburgo (dos lugares que actúan de paraísos fiscales como parte fundamental de su crecimiento) y Alemania, la gran beneficiada por el austericidio ajeno. El resto ha crecido por debajo del 2 por ciento.
Mientras la mayoría se estancaba, las diferencias de renta per cápita entre unos y otros países han aumentado. También ha crecido la brecha entre salarios altos y bajos, sobre todo en los países que más han padecido el ajuste y la austeridad, Grecia y España especialmente. Y, según los datos de Eurostat, el número de personas en riesgo de pobreza ha aumentado en la Eurozona en 800.000, entre los que tienen de 25 a 55 años. Italia encabeza este desdichado ranking de crecimiento con más de 1.200.000 personas incorporadas al grupo de los que viven con menos de lo necesario. Le siguen Grecia con 430.000 y España con 300.000 más a las ya abultadas cifras anteriores. Curiosamente Portugal es de los pocos que ha corregido esta tendencia, pese a su elevada deuda.
Pero entre la tragedia y la farsa han ocurrido muchas cosas. Primero: Se detuvo la amenaza de que Syriza y su líder, Alexis Tsipras, se convirtieran en un ejemplo a seguir en otros sitios. Fue una especie de cordón sanitario, para evitar que se extendiera la esperanza de que las cosas podían hacerse de otra manera.
Segundo: Los partidos más identificados con las instituciones europeas han ido perdiendo peso elección tras elección, especialmente los socialdemócratas, que han alcanzado los niveles más bajos desde la Segunda Guerra Mundial. Todavía no se sabe cuál es su suelo.
Tercero: En parte de la Unión Europea se ha extendido el rechazo a la emigración como desahogo. Grupos xenófobos están consiguiendo que mucha gente atribuya a los inmigrantes ser los causantes de los males que padecen. No lo son, como los judíos no lo eran en la Alemania de entreguerras. Los grupos mediáticos o los líderes de opinión claman contra esta aberración xenófoba, pero no son capaces de identificar ante los ciudadanos donde está la verdadera causa del escaso crecimiento, del aumento de la desigualdad o de la pérdida de derechos laborales, origen del deterioro social.
Cuarto: Italia, uno de los países grandes de la Unión Europea, dio la espalda en las urnas a los europeístas y votó mayoritariamente a un partido xenófobo y de extrema derecha, la Liga, y a otro cuya razón de ser lo constituye el rechazo al actual estado de cosas, sin más.
Y finalmente, en el Reino Unido triunfó en referéndum la tesis de que era mejor abandonar la Unión Europea. Analistas, medios de comunicación y expertos varios no paran de describir elbrexit como un problema para el Reino Unido, del mismo modo que auguran a Italia grandes males por desobedecer al Eurogrupo: se les va caer el pelo por tan gran osadía, vienen a decir. La realidad es que la Comisión Europea y el Eurogrupo no parece que puedan evitar la decisión de Italia. De momento sólo se dedican a clamar a los mercados para que castigue al infractor. Esta es la farsa
Todo lo descrito no es sino un fracaso de las autoridades comunitarias, que han puesto en riesgo el proyecto común europeo.
Se puede analizar por un lado, por el otro, por arriba o por abajo, la causa de todo esto y sólo encuentro una. La Unión Europea dio de hecho rango constitucional inalterable a una ideología a la que debía sujetarse la política económica de todos los Estados miembros: el neoliberalismo. Precisamente la doctrina decisiva para la crisis financiera que llevó a la Gran Recesión y la que ha implantado el austericidio, el ajuste presupuestario, la reducción de los derechos laborales y la limitación del papel del Estado frente a los poderes financieros. Si esto no cambia, la farsa podría convertirse en tragedia.
@EMILIODELAPE
viernes, 15 de septiembre de 2017
Una década perdida, por ahora
Por Juan Francisco Martín Seco
Este mes de agosto, desde los más diversos ámbitos, tanto nacionales como internacionales, se han apresurado a recordarnos que hace diez años en otro agosto, el de 2007, se iniciaba la mayor crisis económica acaecida desde la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que se la da por superada y finalizada. La misma Comisión de la Unión Europea se ha sumado a esta corriente con un comunicado de prensa encabezado con una frase inolvidable: "Diez años después del comienzo de la crisis vuelve la recuperación gracias a la intervención decisiva de la UE". Afirmación que puede quedar para la historia.
Al margen de que resulte difícil fechar de manera exacta el inicio de la crisis, todos los comentaristas suelen situar su causa en las ya famosas hipotecas subprime. Los bancos, principalmente los de EE.UU., cegados por el objetivo de una ganancia fácil, se habrían dedicado de una manera irresponsable a conceder créditos a diestro y siniestro, en primer lugar para la compra de vivienda; pero también para todo tipo de consumo, generando un monto importante de hipotecas basura, que convenientemente empaquetadas y titulizadas fueron vendidas al sistema bancario internacional, contaminando así a una buena parte de la economía mundial, especialmente la europea. Cuando cundió la desconfianza, llegó el sálvese quien pueda, y la crisis. Hasta aquí la versión oficial que se repite con aplomo y complacencia. Todo lo más se le añade la coletilla de la responsabilidad que en la génesis de este fenómeno le cabe a la excesiva liberalización que se venía produciendo en el sistema financiero.
No es que esta versión sea del todo errónea, pero sí resulta parcial e incompleta. En todo caso, todos estos hechos son la consecuencia -si se quiere, el detonante- de un fenómeno más profundo, unos enormes desajustes en la economía mundial, causados por el neoliberalismo económico. La libre circulación de capitales, unida a la asunción de la teoría del libre cambio, originó enormes desequilibrios en los saldos de las balanzas de pagos de los países, importantes déficits en unos y superávits en otros. Tales desajustes solo eran posibles porque la libertad en los flujos de capitales permitía financiarlos, pero a condición de crear situaciones de extrema inestabilidad que tenían que originar antes o después una crisis económica.
Si en 1980 los distintos países presentaban con pequeñas diferencias balanzas de pagos más o menos equilibradas, los saldos positivos y negativos fueron incrementándose hasta 2007 y abriendo ampliamente el abanico entre países deudores y acreedores. Se generó así una situación inestable y explosiva. China, Hong Kong, Japón, Indonesia, Malasia, Singapur, Tailandia y Taiwán, financiaban a los países occidentales: EE.UU., Australia, Canadá. El hecho de que la Unión Europea presentase frente al exterior un saldo próximo a cero no significaba que los países miembros no tuviesen también entre sí profundos desequilibrios, buen ejemplo de ello eran el déficit de España y el superávit de Alemania.
El incremento de la desigualdad en las sociedades debería haber generado una ralentización del consumo. En ciertos países así ocurrió, pero en otros muchos como EE.UU. y España el consumo continuó creciendo gracias a otro fenómeno: el endeudamiento. El crecimiento estaba sustentado en el crédito, lo que le proporcionaba un carácter de inestabilidad que por fuerza tenía que llegar a su término.
La libre circulación de capitales y el libre cambio permiten que las empresas aspiren a fabricar en unos países (a menudo, allí donde las exigencias fiscales y los costes laborales son bajos) y vender la producción en otros (normalmente en países que tienen un nivel de vida mucho mayor). En este caso la oferta no casará con la demanda en el ámbito nacional y unos países acaban presentando un gran endeudamiento exterior y otros importantes superávits, desequilibrios que difícilmente podrían sostenerse a largo plazo.
El consumo en la sociedad americana se mantenía a base de importar productos a precios muy reducidos, y el crecimiento de China en los años anteriores a la crisis se basaba fundamentalmente en las exportaciones. El resultado es de sobra conocido, un cuantioso déficit en EE.UU. que se correspondía con el consiguiente superávit en la república comunista. Aunque como ya se ha dicho los desequilibrios en el comercio exterior no eran privativos ni exclusivos de EE.UU. y de China, lo cierto es que conforman un binomio útil para explicar la causa última de la crisis. China ahorraba para prestar a EE.UU, que así compraba sus productos. Las familias americanas no podían seguir endeudándose ni los bancos americanos prestando indefinidamente los recursos que provenían de China. Ambos países se movían en una brutal trampa.
Los superávits de China y de otros países del sudeste asiático eran deliberados y obedecían a una política de mantener infravalorado el tipo de cambio. Hay quien imputa también una parte de la responsabilidad a los bancos centrales, especialmente a la Reserva Federal y a su presidente Greenspan, por haber realizado una política monetaria laxa de bajos tipos de interés. Es evidente que a Greenspan le cabe ciertamente gran responsabilidad en la deficiente supervisión de las entidades financieras y en la defensa de la innovación financiera y de los productos derivados, y todo ello en aras de la autorregulación de los mercados. Sin embargo, lo que no está claro es que otra política monetaria más restrictiva hubiera sido mejor y hubiera evitado la crisis. Una subida de los tipos de interés podría haber traído aun más capitales y haber incrementado la liquidez. China y algunos otros países estaban dispuestos a comprar todos los dólares que fueran necesarios para mantener la cotización de su moneda respecto al dólar. Bajo estos supuestos, es muy difícil mantener una política monetaria restrictiva.
A este análisis hay que añadir otro de suma importancia. Si bien es cierto que la crisis se generó en EE.UU., no es menos cierto que donde ha adquirido mayor gravedad y donde se resiste a desaparecer es en Europa. La razón no es difícil de encontrar. Que las cuentas de la Eurozona con el resto del mundo estuviesen más o menos en equilibrio no indica que todos los países miembros se encontrasen en la misma condición, más bien se entremezclaban países como Alemania, de muy bajo consumo y por lo tanto con un importante superávit comercial, con otros, como España, en los que el cuantioso endeudamiento de las familias o del sector empresarial llevaron a un elevadísimo déficit exterior (en 2008 del 9,6%).
El problema, por supuesto, no era exclusivo de España. Al progresivo incremento del superávit de Alemania (6,6% del PIB en 2008) y de otras naciones del Norte, correspondía un déficit cada vez mayor en esos países que despectivamente han denominado PIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). Solo por el hecho de mantener la misma moneda es por lo que se pudo llegar a unos desajustes en la balanza de pagos tan elevados. Estos desequilibrios creaban empleo y riqueza en los países excedentarios, mientras destruían puestos de trabajo y riqueza en los Estados del Sur, que hasta la crisis habían podido vivir una situación ficticia y mantener el crecimiento y el empleo de manera artificial a base de endeudamiento, endeudamiento que sin posibilidad de devaluar se convertiría a medio plazo en una soga al cuello, empeorando aun más su situación económica.
Los desequilibrios en el comercio exterior de China y de EE.UU. podían terminar corrigiéndose mediante ajustes en el tipo de cambio, pero ¿cómo solucionar esos mismos desequilibrios entre Alemania y España si ambos tienen la misma moneda? El desenlace es de sobra conocido. Se sometió a los países deudores a enormes ajustes fiscales y a duras políticas deflacionistas. El euro estuvo contra las cuerdas, salvado provisionalmente e in extremis por la política monetaria del BCE, que se decidió a actuar tan solo cuando la Eurozona se asomaba al borde del precipicio y, además, sometido a múltiples contradicciones, porque ¿cómo practicar la misma política para Alemania y para Grecia cuando sus necesidades e intereses son radicalmente distintos?
No, no es verdad que, tal como afirma la Comisión, la crisis se haya superado gracias a la intervención de la Unión Europea. Ha sido todo lo contrario. Debido a la Unión Europea, mejor diríamos a la Unión Monetaria, muchos países europeos se adentraron en la pendiente de la recesión. Sin el euro, el endeudamiento de los países del Sur nunca habría alcanzado las cotas a las que llegó; y en el caso de haber habido crisis, sin el euro su dimensión hubiera sido para la mayoría de los países mucho más reducida, y la salida se habría encontrado bastante antes, y sobre todo hubiera sido real, y no como en la actual supuesta superación en que las incertidumbres y riesgos se mantienen plenamente y las secuelas y efectos negativos perdurarán mientras no se dé marcha atrás.
La política aplicada desde Europa ha sido nefasta y motivada exclusivamente por las conveniencias de los países del Norte, pero no se la puede hacer la única responsable de los daños infligidos, tal como pretenden algunos para exculpar al sistema. El error no es coyuntural sino estructural. El problema principal estriba en el propio diseño de la Unión Monetaria, lleno de contradicciones y de incoherencias, y que hace imposible su misma persistencia. ¿Por qué Alemania y sus países satélites iban a consentir otra política si la actual es la que les conviene y los Tratados no les obligan a ello? No solo estamos ante una década perdida, sino que en gran medida hemos malogrado la embarcación y no sabemos durante cuánto tiempo vamos a poder seguir navegando. De todo ello seguramente hablaremos en algún artículo posterior y analizaremos si es verdad, como dicen, que ha finalizado la crisis.
viernes, 1 de septiembre de 2017
Alerta: Acuerdo Mercosur – Unión Europea
Por Pablo Wahren
En silencio se está negociando un acuerdo de alto impacto para los países del Mercosur. El canciller argentino, Julio Fourie, señaló que esperan celebrar a fin de año un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur [1]. Angela Merkel, en una reciente visita a Buenos Aires, afirmó que se va a negociar duro y no se verán complacidos todos los deseos de los países de la región, pero las amenazas europeas no parecen ser un freno.
El contenido de las negociaciones se maneja con un hermetismo elevado que no se corresponde con las repercusiones que puede tener la firma del acuerdo sobre la ciudadanía. Lo que sí se sabe con certeza es que no se trata de un mero acuerdo de libre comercio, sino que incluye aspectos que van mucho más allá. La Comisión Europea informó que además de haber iniciado negociaciones sobre medidas arancelarias y para-arancelarias, se encuentran en juego nuevas regulaciones sobre servicios, compras públicas, inversión extranjera y propiedad intelectual [2]. En resumen, se trata de un conjunto abarcativo de nuevas disposiciones que impondrían nuevas reglas que reducirían la autonomía de la política económica local.
Un poco de historia
Las tratativas para el acuerdo Mercosur-Unión Europea (UE) se iniciaron en abril del 2000, en el marco de un ciclo político caracterizado por el predominio de gobiernos neoliberales en nuestra región. Cuatro años después fueron abandonadas. Había cambiado el ciclo político y los países del Mercosur ya no tenían intención de entregarse a una Europa que se había mostrado muy dura en las negociaciones [3].
Hubo que esperar hasta el año 2010 para que volviera a haber una negociación formal sobre el tema, pero es recién en 2012 cuando según Francisco de Assis (presidente de la delegación para el Mercosur del Parlamento Europeo) se destraba el bloqueo. Para el funcionario europeo la llave fue el cambio en la postura del gran empresariado paulista nucleado en la FIESP (Federación de Industrias del Estado de San Pablo) que pasaron de una postura crítica a una favorable [4]. A pesar del reimpulso, las negociaciones siguieron con idas y vueltas hasta 2015 por la resistencia del gobierno argentino al acuerdo y la negativa del gobierno brasilero a avanzar sin el consenso pleno de los miembros del Mercosur.
Pero como señaló diario El País de España “Los cambios políticos en Argentina y Brasil abren una ventana de oportunidad para cerrar el acuerdo” [5], en referencia al ascenso de Mauricio Macri y Michael Temer a la presidencia de Argentina y Brasil respectivamente. Ambos gobiernos son críticos del proteccionismo en materia de comercio exterior y son proclives a incentivar el ingreso de inversiones extranjeras mediante eliminación de regulaciones a las mismas, reducciones impositivas y una legislación laboral más laxa. Exactamente todo lo que se perfila en el acuerdo en cuestión y por lo que las negociaciones parecen haberse acelerado. Asimismo, estos dos gobiernos buscan presentar el acuerdo como una victoria política, en un momento caracterizado por el creciente descontento social derivado de las políticas económicas que vienen aplicando.
El hermetismo y los trascendidos
Al igual que las negociaciones de otros grandes acuerdos regionales como el TTP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) o el TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones), nos encontramos envueltos en un gran hermetismo. Si bien la decisión final debe ser refrendada por el poder legislativo de cada país miembro, hasta el momento las negociaciones son de carácter reservado y solo ciertos trascendidos permiten vislumbrar que estos acuerdos no apuntan exclusivamente a la liberalización económica y comercial.
Por ejemplo, la Comisión Europea ha señalado en 2016 que el acuerdo con el Mercosur reportaría las siguientes ventajas para la UE [6]:
· Ser el único socio del Mercosur amparado en un tratado de libre comercio.
· Acceso más barato a materias primas.
· Acceso preferencial al mercado de servicios: telecomunicaciones, internet, servicios financieros, comercialización o transporte.
· Reducción de aranceles para los productos de la Unión Europea exportados al Mercosur. Cabe destacar que desde su punto de vista esto no solo beneficiaría a su producción industrial sino también la de primarios y derivados tales como lácteos, vinos, licores, alimentos procesados, chocolates, todo tipo de productos de cerdo y frutas enlatadas.
· Igualdad de condiciones con las empresas locales frente a la compra pública.
En lo que respecta estrictamente al comercio de bienes, la FIESP publicó el informe “Análise Quantitativa de Negociações Internacionais” [7], que merece especial atención ya que presentaron cuáles serían los sectores más beneficiados y perjudicados en Brasil en caso de firmar un acuerdo Mercosur-UE que reduzca los aranceles entre ambos bloques. Allí señalaban que los mayores aumentos en las exportaciones se registrarían en carnes de cerdos y aves (+ USD 959 M), agricultura (+ USD 775,8 M), metales preciosos (+ USD 541,5 M) y carnes de bovinos (+ USD 361 M). Del otro lado, los sectores donde más crecerían las importaciones serían maquinas y equipamiento (+ USD 4.535 M), químicos (+ USD 2.667 M) y vehículos automotores (+ USD 1.197 M). En otras palabras, se incrementarían las exportaciones de primarios y derivados mientras aumentarían en mayor medida las importaciones de bienes industriales. Como resultado los cálculos indicaban que de firmar el acuerdo Brasil pasaría de ser superavitario en 4.500 millones de dólares a deficitario en 2.500 millones de dólares con la UE.
Cabe destacar que aún existe una fuerte resistencia por parte de los productores agropecuarios de Francia, Irlanda, Rumania y Polonia al acuerdo por miedo al ingreso de productos sudamericanos. Asimismo, Europa no planea revisar su esquema de subsidio al sector agrícola. En este sentido, la magnitud de la liberalización del sector agropecuario europeo, terreno donde el Mercosur es más fuerte, aún es una incógnita.
Conclusiones y lo que viene
Por lo tanto, nos encontramos con un acuerdo que tanto desde el punto de vista europeo como de las patronales sudamericanas reforzaría un patrón de comercio norte-sur, donde la Unión Europea provee bienes industriales y el Mercosur materias primas y derivados. Asimismo, se observan restricciones a la política de desarrollo industrial, como la obligación de incluir a las empresas europeas en las compras públicas. De esta manera la autonomía de la política económica en el Mercosur se verá afectada por los nuevos derechos con lo que contarán las multinacionales europeas. Como resultado, se pondrá un coto a la posibilidad de los países periféricos de romper la división internacional del trabajo vigente.
Aún es mucho lo que nos queda por conocer sobre el contenido de las negociones en materia de propiedad intelectual, reglas de origen y tratamiento a las inversiones extranjeras. No obstante, si juzgamos las propuestas elaboradas en acuerdos de este estilo se puede esperar una extensión en los plazos de patentes y menores regulaciones para las empresas extranjeras. Dada la existencia de grandes multinacionales en Europa y la gran producción de patentes del viejo continente, esto será un beneficio neto para los países del norte en detrimento de nuestros países.
Durante la última ronda de negociación se planteó la perspectiva de concluir las negociaciones en la ronda pautada para el 2 y 6 de octubre de 2017 en Brasilia para rubricar la firma del acuerdo a fin de año [8]. Resta por verse si las negociaciones prosperan y si las declamaciones políticas se convierten efectivamente en nuevas reglas de juego, en ese caso la resistencia popular será el último escollo de un tratado que a priori se presenta adverso para los intereses de las mayorías.
Esta historia continuará…
Notas:
[3] Un año después también fracasaría el ALCA (Intento de Estados Unidos de establecer un área de libre comercio con América Latina).
Pablo Wahren / Investigador CELAG
sábado, 15 de abril de 2017
No hay respuestas sencillas al problema de los refugiados y la inmigración
Rebelión
Por James Petras
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
Introducción
El movimiento a través de las fronteras de millones de emigrantes provoca profundas divisiones políticas, violencia y un aumento de los movimientos de masas que se enfrentan a la unidad de la Unión Europea (UE) y desafían la supervivencia de los partidos políticos dominantes en Europa y Estados Unidos.
Tanto los movimientos y partidos progresistas a favor de la inmigración como aquellos de derechas que se oponen a ella proponen soluciones sencillas y atacan a sus adversarios con diatribas políticas. La derecha y la izquierda se enzarzan en una guerra perdida, basada en omisiones históricas, supuestos abstractos y confusos y propuestas destructivas.
En este artículo, procederé a esbozar un marco que nos permita comprender las implicaciones políticas, económicas y de seguridad que forman la clave para afrontar la inmigración.
El pasado y el presente
Si queremos acometer un debate serio sobre la inmigración, es preciso centrarse en dos factores fundamentales: el tiempo (momento histórico) y el lugar, que actúan fomentando el flujo y la absorción de los inmigrantes.
En el pasado, la inmigración prosperó en periodos en los que los países experimentaban: (1) un crecimiento rápido de la producción; (2) un aumento de la demanda de mano de obra; (3) una actividad sindical capaz de integrar a nuevos trabajadores (inmigrantes) y proteger los índices y las condiciones salariales existentes para todos; (4) una cooperación y solidaridad intersectorial de la mano de obra que disminuía los conflictos entre trabajadores nativos e inmigrantes; (5) programas asistenciales inclusivos y equitativos; (6) guerras locales, no globales; y (7) una violencia limitada al exterior de Estados Unidos y la UE. En dichos periodos, los mayores receptores de inmigrantes eran Europa y América del Norte.
Estas condiciones no bastaban para eliminar la competencia y el conflicto, pero sí para limitar su naturaleza y marco temporal y posibilitar una integración satisfactoria.
Si estas condiciones sentaban las bases para una inmigración relativamente apacible, su ausencia ha intensificado el conflicto al producirse un creciente flujo de inmigrantes, provocando graves problemas políticos. Los progresistas, que se remiten al modelo de inmigración de la Isla Ellis1, ignoran las actuales condiciones socioeconómicas desfavorables, negándose a aceptar los enormes cambios socioeconómicos y políticos ocurridos desde entonces que hacen tremendamente difícil la absorción de nuevas oleadas de inmigrantes.
Inmigración en masa y guerras imperiales
La inmensa mayoría de los refugiados de hoy día huyen de las guerras promovidas por Occidente. Se trata de “guerras totales”, diseñadas para destruir a la población civil y no solo a las instituciones y estructuras militares. En los últimos veinte años, EE.UU. y la UE han iniciado siete guerras devastadoras que han acabado con las vidas de lo que hasta entonces eran familias cohesionadas y productivas, con sus hogares y sus granjas, sus empleos, sus instituciones y su seguridad. Millones de personas han sido empujadas al exilio.
La inmensa mayoría de los nuevos emigrantes son refugiados de los países atacados por EE.UU. y la UE y su sufrimiento no tiene un final a la vista. Durante la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, los refugiados experimentaron enormes sufrimientos, pero por lo general fueron absorbidos o repatriados e integrados en la reconstrucción de sus hogares y sociedades. Esta transición se vio favorecida por la gran escasez de mano de obra (¡más de 40 millones de personas, hombres en su mayoría, murieron en la Segunda Guerra Mundial!) y por la demanda económica que exigía la reconstrucción de posguerra. En dicho periodo histórico, los movimientos pacifistas occidentales consiguieron limitar el alcance y la duración de las guerras. Hoy en día, esos movimientos han desaparecido. Las guerras actuales se diseñan para ser interminables y totales, en términos de la destrucción de la infraestructura civil y las instituciones nacionales.
En los últimos veinte años, los movimientos a favor de la paz han desaparecido. Ello se debe en gran parte a que las guerras potenciadas por Estados Unidos y la UE cada vez se basan más en el uso de bombardeos devastadores y masivos, ya sea desde el aire o desde buques de la armada, que reducen mucho las bajas occidentales. La mayor parte de los movimientos contra la guerra se nutrían de la ira producida en el seno de los diferentes países cuando sus propios soldados regresaban a casa en bolsas para cadáveres.
Actualmente, las condiciones económicas internas se han deteriorado extremadamente. Los regímenes capitalistas han impuesto políticas económicas brutales que han aumentado el desempleo y el trabajo temporal mal pagado. El desempleo se acerca al 50 % entre los jóvenes de Europa meridional, una región inundada de refugiados desesperados.
Además, las políticas imperiales no han dejado de aumentar el gasto militar destinado a las guerras al tiempo que imponían medidas de austeridad, recortando los programas sociales internos.
En este contexto, los nuevos emigrantes, especialmente los refugiados de las guerras imperiales, entran en competencia por los reducidos recursos públicos y los salarios drásticamente mermados. Esta competencia empuja a la baja los salarios para todos los trabajadores, facilitando enormemente las condiciones para que se produzca una explotación brutal.
La intensa competencia por el empleo entre trabajadores nativos e inmigrantes es consecuencia de las guerras capitalistas y de las deliberadas políticas económicas internas para costear dichas guerras. Todo ello crea una mayor inseguridad y acelera la movilidad descendiente experimentada por la clase obrera y la clase media baja.
En el pasado, cuando se producían ese tipo de presiones y condiciones, los trabajadores protestaban, organizaban la resistencia y la lucha de clases. En la actualidad, los sindicatos han dejado de unificar a trabajadores antiguos y nuevos para crear una fuerza poderosa que se oponga a los peores excesos del capital. La afiliación sindical ha caído vertiginosamente. Los líderes sindicales han cambiado la militancia y la independencia por alianzas interesadas con los políticos capitalistas. Los sindicatos ya no protegen los intereses básicos de los obreros y sus familias, se limitan a seguir las iniciativas de los partidos “progresistas” pro-inmigrantes que son un brazo de la clase gobernante capitalista-militarista.
Los trabajadores no son racistas cuando se resisten a un mayor deterioro de sus ingresos y su nivel de vida: intentan proteger su empleo y los beneficios y programas asistenciales para sus familias en un entorno de creciente inseguridad y explotación capitalista.
En el pasado reciente, los trabajadores podían confiar en tener empleos estables y salarios crecientes gracias a una potente economía industrial interna. Esos mismos trabajadores, a quienes ahora se califica de “racistas”, solían aceptar a los trabajadores inmigrantes en sus fábricas, sus escuelas y sus barrios. Pero eso era decenios antes de que consideraran a la multitud de refugiados e inmigrantes destituidos que huyen de las guerras y la destrucción causadas por EE.UU.-UE como una amenaza a su sustento y al futuro de sus hijos.
A diferencia del pasado, cuando el capital internacional transportaba las materias primas extraídas en el extranjero hasta la metrópolis para que fueran procesadas por los fabricantes locales, hoy en día, las multinacionales han deslocalizado sus industrias a países de salarios bajos, provocando con ello la pérdida de empleos internos y el descenso del nivel de vida. Importadores y minoristas como Wal-Mart emplean a los trabajadores desplazados ofreciéndoles pagas mínimas sin beneficios sociales y trabajo eventual.
El “libre comercio” no es realmente comercio: en realidad se basa en un movimiento unidireccional de salida de inversiones y empleos y en la retención de los beneficios en paraísos fiscales.
Subvencionadas por el gobierno estadounidense, las multinacionales de agroalimentación de alta tecnología han diezmado la soberanía alimentaria del “Tercer Mundo”, forzando a la emigración masiva a los campesinos, que forman de este modo una base para competir con los trabajadores nativos y reducir salarios en EE.UU. y UE.
Los progresistas cuando dicen, a posteriori, que los inmigrantes se limitan a asumir los trabajos desagradables y mal pagados que los trabajadores locales rechazan. Pero la realidad es más compleja: en otros tiempos, la mayor parte de los inmigrantes accedían en poco tiempo a trabajos con un salario decente y solían ser aceptados por los trabajadores estadounidenses.
Hubo un tiempo en que los trabajadores de las empresas procesadoras de carne tenían un buen sueldo y el apoyo de los sindicatos. Luego, los sindicatos perdieron algunas luchas cruciales y los capitalistas redujeron los salarios, a veces hasta el 50 %. Los que habían sido lugares de trabajo bien regulados y estrictamente protegidos se deterioraron drásticamente. Este declive vino acompañado de la llegada y contratación de inmigrantes no cualificados de México y América Central. Hoy día, el sector de procesamiento cárnico está entre los más peligrosos y llega incluso a emplear inmigrantes menores de edad. La misma pauta de deterioro de salarios y condiciones y de sustitución por mano de obra inmigrante se produce en los sectores de la construcción, jardinería, textil, transporte, venta al por menor, fontanería, etc.
Recientemente, millones de jóvenes trabajadores se han visto obligados a emigrar de sus hogares a causa de las destructivas guerras imperiales que han devastado la seguridad en sus respectivos países al eliminar cualquier estructura nacional militar o policial funcional y cualquier posibilidad de empleo y de futuro estable para los jóvenes. Los antiguos comandantes o soldados cuyas familias han quedado destrozadas por las guerras imperialistas y a los que se ha despojado de cualquier dignidad no tienen otra opción que la de engrosar las filas de la resistencia, en grupos como el ISIS, o la de unirse a las oleadas de refugiados.
En su impulso por convertir lo que en su día fueron naciones cohesionadas en estados tribales clientelares, las fuerzas invasoras de EE.UU. y la UE y sus regímenes títere han destruido sistemáticamente a los partidos democráticos, laicos, nacionalistas o socialistas de las naciones situadas en su punto de mira. En su lugar han brotado violentos movimientos de resistencia islamistas o con una base étnica con el fin de combatir a los invasores y sus marionetas. Es el resultado previsible y natural de la política imperial destinada a destruir estados modernos a escala masiva.
Como las guerras imperiales en países colindantes han destruido toda esperanza de refugiarse y emprender una nueva vida en la región destrozada por la guerra, los nuevos movimientos islamistas violentos han adoptado su propia “estrategia internacional”. Las guerras imperiales fueron iniciadas desde las lejanas capitales del imperio, Washington, Londres o París, con bombas y misiles, así que a los islamistas no les queda otra alternativa que basar sus estrategias militares y terroristas en la población civil, dando lugar a gran número de bajas.
Los violentos atentados yihadistas contra objetivos civiles en Occidente no son específicamente religiosos ni están dirigidos a la obtención de recursos económicos o de poder. El objetivo es ganar influencia política entre la creciente población inmigrante marginada en Europa y socavar la capacidad y la voluntad de EE.UU. y la UE de continuar estas guerras interminables.
En el interior de los descuidados suburbios donde viven los inmigrantes, el número de simpatizantes de estos atentados no puede sino crecer. Ello hará aumentar las exigencias de los encolerizados y asustados ciudadanos occidentales, cada vez más propensos a aceptar la solución política nacionalista de “drenar el lago” (los inmigrantes) para “atrapar al pez” (los terroristas). Los programas antiinmigración y la policía antiterrorista se entremezclan con la creciente inseguridad económica interna y el sentido de desplazamiento cultural y nacional que experimentan las comunidades tradicionales y homogéneas de clase obrera situadas en las proximidades de los grandes barrios de inmigrantes. Las medidas de austeridad cada vez más severas impuestas por los regímenes neoliberales exacerban en gran medida la situación.
Los denominados partidos y movimientos liberales favorables a la inmigración ignoran el frágil tejido sociocultural de las comunidades locales. No han hecho nada para proteger a las comunidades vulnerables de las políticas capitalistas que han literalmente “volcado” inmigrantes en áreas y regiones incapaces de mantenerlos o absorberlos. Los líderes políticos de estos partidos se encuentran, por lo general, lejos de dichas comunidades e inmunes a la creciente competencia por los escasos empleos y recursos. Para muchos políticos, burócratas, e incluso gestores de ONG, “sus inmigrantes” son trabajadores domésticos, cocineros, cuidadores, jardineros, que sirven directamente a los estratos más acomodados de la sociedad. No obstante, las masas de refugiados e inmigrantes desarraigados viven cerca de los trabajadores locales, compiten con ellos por puestos de trabajo y comparten con ellos clínicas, escuelas y servicios sociales abarrotados, en condiciones de una creciente escasez.
La clase gobernante colabora con funcionarios sindicales muy domesticados y una segunda generación de líderes inmigrantes “asimilados” para “pacificar el descontento interno mediante programas multiculturales y toda una variedad de talleres de formación en la diversidad obligatorios para trabajadores y barrios, sin llegar a afrontar las cuestiones de clase relacionadas con el deterioro del nivel de vida y la pérdida de perspectivas de futuro empleo para los hijos de los trabajadores locales.
Es natural que las comunidades de clase trabajadora y media baja cierren filas sobre bases étnicas, regionales y religiosas, porque carecen de líderes de clase ejemplares. Son así susceptibles de verse atrapados por las llamadas de líderes y políticos nacionalistas-populistas o antiinmigración, a pesar de que dichos partidos se asocian desde hace tiempo con la extrema derecha. Con la notable excepción de la dirigente francesa, Marine Le Pen, que combina hábilmente una profunda comprensión de las tendencias socioeconómicas francesas con sus políticas restrictivas a la inmigración, la mayor parte de los populistas occidentales contrarios a la inmigración canalizan el resentimiento generalizado de los trabajadores nativos causado por su movilidad descendente culpando a los inmigrantes.
Los violentos ataques en los medios de comunicación de estos políticos liberales a los trabajadores que han visto mermado su modo de vida a causa de los programas neoliberales y las consecuencias generales de las guerras imperiales, acusándoles de racismo, no hacen nada para combatir el imperialismo y la explotación de clase. Y, con toda seguridad, no ayudan a los inmigrantes. Las denuncias de los intelectuales de clase media que viven en los estados costeros más acomodados y urbanizados contra los trabajadores estadounidenses y los ciudadanos rurales marginados que votaron por el presidente Trump muestran un profundo desconocimiento de los drásticos cambios sufridos en este país. En Europa y Estados Unidos, empleados y activistas relacionados con ONG liberales acuden como aves carroñeras a los inmigrantes, labrándose sus pequeñas carreras “educándolos” y suplicando a los residentes locales de barriadas deterioradas que se unan a ellos para “compartir” la celebración de la “diversidad” dirigida por la clase dominante (o el “multiculturalismo del sufrimiento”).
Conclusión
La inmigración en el siglo XXI es radicalmente diferente a las oleadas anteriores de emigrantes. Resulta una manipulación comparar el actual desplazamiento de millones de refugiados de guerra con la época de la isla Ellis en Estados Unidos o con la situación de reconstrucción masiva que se produjo en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. La emigración actual es un producto directo de las guerras imperiales, en las que el terror, los asesinatos, las lesiones y la destrucción deliberada de las instituciones sociales han obligado al desplazamiento a decenas de millones de personas, más refugiados que inmigrantes.
Mientras esto ocurre, la explotación capitalista extrema, la exportación de capital y empleos y las políticas de austeridad en los países del imperio han provocado la indignación de trabajadores y empleados de clase media baja, cuyos niveles de vida han sufrido un importante descenso. La combinación forzada de esas dos enormes olas, los millones de refugiados y emigrantes desposeídos y los trabajadores y ciudadanos occidentales marginados y cada vez más amenazados, se ha convertido en el núcleo de profundos conflictos entre capitalistas y trabajadores en EE.UU. y la UE. Tanto progresistas como reaccionarios enmascaran las cuestiones fundamentales de clase desviando la atención pública al tema del “racismo” y los “inmigrantes”.
A largo plazo, Occidente debe afrontar este peligroso fenómeno organizando un movimiento pacifista amplio y militante que se oponga a las guerras imperiales que provocan estas oleadas de refugiados desesperados. Los sindicatos, las cooperativas y los movimientos sociales locales o nacionales deben organizar a los desempleados y a los trabajadores precarios para luchar contra la pérdida de empleos, el saqueo de la riqueza nacional, la masiva evasión de impuestos de los capitalistas y la desindustrialización de la economía nacional. Es preciso nacionalizar los bancos y reservar suficientes fondos públicos para la sanidad y la educación, reduciendo el enorme presupuesto bélico actual. Los inmigrantes que decidan asentarse en sus nuevos países deberían intentar integrarse por completo, rechazar la doble nacionalidad y las dobles lealtades y denunciar a las organizaciones que actúan como “quinta columna” para hacer proselitismo de ideologías etnorreligiosas en el extranjero.
En última instancia los pueblos desarraigados deben optar por quedarse y pelear en lugar de escapar. Deben implicarse en la resistencia ante la ocupación imperial de sus territorios en lugar de aceptar la sumisión y las indignidades que sufren en el extranjero. El papel de los ciudadanos occidentales es el de apoyar estas luchas oponiéndose a sus propios líderes militaristas.
No existen respuestas sencillas a la emigración masiva pero sus causas sí están claras, al igual que los objetivos para evitar que se repita en el futuro.
Notas:
1: Ellis Island es un pequeño islote situado a la entrada del puerto de Nueva York que sirvió de punto de acogida de los cientos de miles de emigrantes que acudieron a Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Allí eran inspeccionados tanto médica como legalmente, Dejó de funcionar como tal en 1954. (N. del T.)
El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se mencione a su autor, su traductor y a Rebelión como fuente del mismo.
martes, 9 de agosto de 2016
Pronósticos reservados para la evolución económica
Rebelión
Por Julio C. Gambina
La información actualizada que ofrece el FMI es un llamado de alerta sobre la evolución de la Economía Mundial.
El resultado del plebiscito británico para salir de la Unión Europea, el BREXIT, le agregó “incertidumbre” a la economía mundial, dice el FMI en la revisión a la baja de las proyecciones de evolución económica del sistema mundial. [1]
Destaca el informe que el principal impacto estará en Gran Bretaña y Europa pero también en las principales potencias del capitalismo mundial y como novedad, en los llamados países “emergentes”.
Estos países “emergentes”, durante un buen tiempo luego de estallada la crisis mundial capitalista en 2007/08 fueron receptores de los flujos internacionales de capital y por lo tanto aparecían “por afuera de la crisis”. El espejismo del crecimiento económico en estos países inducía opiniones erróneas sobre la territorialidad de la crisis.
Los nuevos datos derivados de la caída de los precios de las commodities, entre otras cuestiones, morigeran el crecimiento y en algunos casos se procesa la recesión (Brasil caerá 3,3% este año), contribuyendo al deterioro de los indicadores económicos regionales y globales.
Respecto de América Latina se asume una leve mejoría en el marco de una tónica de escepticismo sobre el futuro inmediato, con una opinión satisfactoria sobre el restablecimiento de una lógica pro mercado y liberalización, especialmente derivada de la situación en Argentina.
“En Argentina, la transición a un marco de política macroeconómica más coherente y creíble sigue avanzando, y debería afianzar las perspectivas de crecimiento a mediano plazo, aunque el impacto adverso en la actividad a corto plazo ha sido mayor de lo previsto. El ajuste de los precios relativos en el primer semestre de 2016 —tras la depreciación del tipo de cambio y el alza de las tarifas de los servicios públicos— ha acelerado la inflación y perjudicado el consumo privado. Ahora la actividad económica probablemente empezará a recuperarse hacia finales de 2016, a medida que la inflación se modere gradualmente, que se estimule el gasto y que se reduzcan las tasas de interés. Se prevé que la orientación más acomodaticia de las políticas monetaria y fiscal promueva el crecimiento en 2017, pero que complique el cumplimiento de las metas fiscales y de inflación anunciadas este año”. [2]
La Revista The Economist destaca el programa pro mercado del gobierno Macri, al tiempo que llama la atención sobre la recesión, coincidiendo con la proyección del FMI de una caída del 1,5% del PBI de Argentina para este 2016. El punto de partida de la evaluación ponderada es la modificación cambiaria, la eliminación de las restricciones a la compra venta de divisas, el acuerdo con los acreedores externos y la eliminación o reducción de las retenciones. Son esos los puntos de coincidencia de la Revista británica y el organismo internacional. Ambos llaman la atención sobre la inflación inducida bajo la nueva política económica y especialmente el conflicto social a ello vinculado.
El lenguaje de los analistas remite a formulaciones técnicas, pero la realidad de la protesta interviene en la consideración de la realidad económica y política de la Argentina.
La preocupación de las clases dominantes se asienta en el paro nacional de fines de abril y su probable recreación en el corto plazo; más aún con el clima social contra el tarifazo y el ajuste en general, que involucra a sectores medios.
Desde el poder son conscientes que el conflicto ahuyenta inversores externos que buscan “seguridad jurídica” en sus inversiones, con retornos asegurados en tiempos de incertidumbre mundial.
Resuena el interrogante entre empresarios e inversores locales y externos sobre la posibilidad del oficialismo para contener el conflicto y disciplinar a la sociedad. El protocolo de seguridad no funcionó, mucho menos si la protesta es masiva, por lo que se ensayan otras formas para la represión o el control del conflicto, especialmente con el chantaje económico exacerbado ante las restricciones de un ingreso popular disminuido.
El gobierno acelera la reinstalación de la Argentina en la liberalización de la economía mundial, precisamente cuando la globalización capitalista está cuestionada, no solo por el voto británico. El problema político es la acumulación por derecha de esta crítica, expresión manifestada por Donald Trump en EEUU, lo que exige construir una perspectiva crítica desde los pueblos para la emancipación.
Notas:
(visto el 22/07/16)
[2] http://blog-dialogoafondo.org/?p=6677 Nota de Alejandro Werner sobre las perspectivas de América Latina, del 20/07/2016. (visto el 22/07/16)
lunes, 25 de julio de 2016
Brexit: Síntoma, no causa, del desasosiego
Jornada
Traducción: Ramón Vera Herrera
Por Immanuel Wallerstein
El 23 de junio el referendo respecto de la retirada británica de la Unión Europea (UE) ganó por claro margen. Los políticos y los expertos han abordado el asunto cual si fuera una decisión sin precedente y de gran conmoción. Han estado brindando varias y muy contradictorias explicaciones de las causas de este suceso y de sus consecuencias para Gran Bretaña y para el resto del mundo.
Lo primero que hay que apuntar es que todavía no se ha tomado ninguna decisión legal para salir de la UE. En términos legales, el referendo fue meramente consultivo. Para retirarse de ella, el gobierno británico debe informar formalmente a la UE invocando el artículo 50 del Tratado de Lisboa respecto de la unión, que es el fundamento que proporciona el derecho y el modo de retirarse. Nadie, nunca, ha invocado ese artículo, así que sí sería algo sin precedente. Nadie, entonces, puede estar seguro de cómo funcionaría en la práctica. Aunque parece muy poco probable que ningún gobierno británico pudiera ignorar el referendo, es extraño que ninguno de los políticos británicos importantes parezca tener prisa en invocar el artículo 50, acción que sería irreversible.
El primer ministro, David Cameron, quien hizo campaña contra el Brexit, ha dicho que no será él quien invoque el artículo 50. Más bien anunció ya su renuncia como primer ministro, aunque no de inmediato, sino cuando el Partido Conservador escoja un nuevo líder. Cameron piensa que esta persona es la que debe invocar el artículo 50. Esto, en la superficie, parece un asunto delicado. Una vez que se invoca el artículo 50 habrá muchos puntos relacionados con las futuras relaciones con la UE y con otros países que deberán decidirse, y lo mejor sería que estas decisiones las tomara el sucesor de Cameron.
La primera pregunta, entonces, es quién será su sucesor y cuándo habrá de elegirse a esta persona. Hay una presión considerable por parte de otros países en la UE para que la sucesión se lleve a cabo lo antes posible. En respuesta a esta presión, el Partido Conservador ya fijó la fecha: el 2 de septiembre. Hasta el 29 de junio había dos candidatos principales: Boris Johnson, uno de los más importantes promotores del Brexit, pero no es aún un miembro del Parlamento, y Theresa May, quien se opuso al Brexit pero comparte algunos de los objetivos de quienes respaldan el Brexit. Es impactante saber que Johnson, de hecho, esperaba perder la votación y, por tanto, no preparó un mapa político de lo que debería hacerse tras el referendo.
Parece ser que Johnson quería negociar la salida de Gran Bretaña. El artículo 50 permite un periodo de dos años para trabajar los arreglos posteriores a la retirada. Esto parece permitir esas negociaciones. También dice que, si no se llega a acuerdo alguno, el corte de todos los vínculos es automático. Lo que en apariencia quería Johnson era un acuerdo con el que Gran Bretaña mantuviera las ventajas de un mercado común, pero sin estar atada a las restricciones de migración y derechos humanos de la UE. Los otros países de la UE no han mostrado simpatía hacia un arreglo así. Como dijera el ministro de Finanzas alemán, bastante conservador, Wolfgang Schäuble, sienten que dentro es adentro y fuera es afuera. Puesto que el afuera tendrá consecuencias negativas inmediatas sobre la situación económica de la mayoría de las personas en Gran Bretaña, en especial muchos de los simpatizantes del Brexit, Johnson y otros son renuentes a invocar el artículo 50.
Es probable que esto sea lo que subyace a la decisión de último minuto de Michael Gove de abandonar el puesto de promotor de campaña de Johnson y de buscar su propia candidatura, con el inmediato respaldo de los más fuertes promotores del Brexit. Gove, parece, no dudará. Johnson ha retirado su candidatura y es probable que esté muy aliviado al no ser quien invoque el artículo 50.
¿Qué puntos son los que subyacen a este debate? Hay esencialmente cuatro: la furia popular hacia el llamado establishment y sus partidos; la decadencia geopolítica de Estados Unidos; las políticas de austeridad y la política de identidad. Todas ellas han contribuido a este desasosiego, pero todas ellas tienen una larga historia que precede con mucho al referendo del Brexit. Las prioridades entre estos cuatro puntos son diferentes para los múltiples actores, incluidos los británicos que votaron por abandonar Europa.
Hay muy pocas dudas de que la furia antiestablishment sea una fuerza poderosa. Con frecuencia ha hecho erupción cuando las condiciones económicas son inciertas, como seguramente son ahora. Si esto parece ser una motivación más fuerte ahora que antes, es probable que se deba a que la incertidumbre económica es mucho mayor ahora que en el pasado.
No obstante, debe anotarse que los movimientos antiestablishment no han ganado en todas partes ni con consistencia. Algunas veces los movimientos ganan, y es igual de frecuente que no lo hagan. En cuanto a éxitos podemos anotar el del Brexit, el surgimiento de Trump como candidato republicano de facto a la presidencia de Estados Unidos, que Syriza se volviera el partido gobernante en Grecia y la elección de Rodrigo Duarte como presidente de Filipinas. Por otro lado, miren la derrota electoral reciente de Podemos en España o los signos de algún remordimiento electoral ya presentes en Gran Bretaña. El lapso de vida de tales movimientos parece ser relativamente breve. Así que si son más fuertes hoy que en el pasado, no es del todo seguro que tales movimientos sean la ola del futuro.
Las consecuencias geopolíticas del Brexit son probablemente más importantes. Que Gran Bretaña se retire de Europa le asesta un golpe adicional a la capacidad de Estados Unidos de mantener su dominio sobre el sistema-mundo. Gran Bretaña ha sido en muchos sentidos el aliado (¿o el agente?) indispensable geopolíticamente de Estados Unidos en Europa, en la OTAN, en Medio Oriente yvis-a-vis Rusia. No hay sustituto. Es por eso que el presidente Obama, con fuerza y públicamente, respaldó el voto de Gran Bretaña en favor de permanecer y, después del referendo, ha buscado persuadir a Gran Bretaña de que se mantenga como aliado cercano. Es por eso que Henry Kissinger, en un editorial en The Wall Street Journal del 28 de junio, llamó a que Estados Unidos busque “transformar el revés (el desasosiego del Brexit) en oportunidad”. ¿Cómo? Reforzando la relación especial con Gran Bretaña y haciendo que Estados Unidos redefina su papel hacia una nueva clase de liderazgo, moviéndose de la dominación a la persuasión. Es claro que Kissinger está preocupado. A mí me suena como que silba en la oscuridad.
La austeridad no es una política pública deseada para nadie, excepto para los ultra ricos que lucran solos de ella. El miedo hacia una mayor austeridad, como lo promete el gobierno británico, con seguridad contribuyó significativamente a moverse hacia el Brexit, que fue promovida como forma de reducir la austeridad y asegurar un mejor futuro para la vasta mayoría de la población. La austeridad es otro tema que hoy es mundial –como práctica y como causa de miedo y enojo. No hay nada especial acerca de la situación británica a este respecto. El ingreso modal ha ido bajando ahí, por lo menos hace un cuarto de siglo, como ocurrió en todas partes.
El desasosiego económico y los miedos que provoca han tenido el efecto de promover la preeminencia de la política de identidad –Gran Bretaña para los británicos (de hecho para los ingleses), Rusia para los rusos, Sudáfrica para los sudafricanos y, por supuesto, el Estados Unidos de Donald Trump para los estadunidenses. Esto subraya el llamado a controlar, aun eliminar, la inmigración. Pero la política de identidad es una bala suelta. No tiene su centro en la inmigración. Puede concentrarse en la secesión –en Escocia, Cataluña, Chiapas. La lista es larga.
¿Qué habremos de concluir de todas estas corrientes y contracorrientes? El Brexit es importante como síntoma, pero no como causa del desasosiego. Dado que éste es parte de una caótica crisis estructural en el moderno sistema-mundo, es imposible anticipar las muchas formas en que este escenario puede jugar en los próximos años. El corto plazo es muy volátil. No estamos prestándole la suficiente atención al mediano plazo –donde habrá de decidirse cuál será el sucesor sistema-mundo (o sistemas) de largo plazo y donde la decisión se mantendrá dependiente de lo que hagamos en la lucha de mediano plazo.
jueves, 21 de julio de 2016
La impertinencia de “los americanos”
Rebelión
Por Luis Toledo Sande
Los nexos entre pensamiento y lenguaje alcanzan especial relieve en asuntos históricos, políticos y culturales. Sería erróneo resignarse ante el mal uso de términos y conceptos, y, aún peor, soslayar o menospreciar debates en temas como las relaciones de los pueblos de nuestra América y los Estados Unidos.
En ese terreno se requiere claridad acerca del origen, el devenir y los propósitos —pasados y actuales, y hacia el futuro— de la nación construida sobre las que fueron Trece Colonias británicas. Se formó a base del exterminio o la segregación —en “reservas” similares al apartheid impuesto en Sudáfrica por los herederos de la colonización inglesa— de los pobladores originarios de las tierras inicialmente ocupadas por dichas Colonias.
Tras la violenta conquista del Oeste —manipulada por la creciente maquinaria cultural con que los conquistadores satanizaron a las víctimas y se presentaron como los misioneros y garantes de la civilización— la nación usurpadora siguió desbordando fronteras. A México le arrebató más de la mitad del territorio, robo en cuya estela se situaron los disturbios azuzados por un sombrío personaje, Augustus K. Cutting. En él vio José Martí, adelantado conocedor de aquella sociedad, el símbolo de una patria que primó sobre la representable con el nombre de Abraham Lincoln, la que tampoco era para idealizar.
El “leñador de ojos piadosos” retratado en Madre América —discurso martiano centrado en deshacer mistificaciones imperiales— no frenó la orientación dominante de su país. Triunfó una libertad conceptuada por Martí como “ señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava”.
El presidente se prestigió con la lucha antiesclavista que unificó a su nación en un capitalismo de corte moderno. Pero, con respecto a Cuba, “ pudo oír sin ira que un demagogo le aconsejara comprar, para vertedero de los negros armados que le ayudaron a asegurar la unión, el pueblo de niños fervientes y de entusiastas vírgenes que, en su pasión por la libertad, había de ostentar poco después, sin miedo a los tenientes madrileños, el luto de Lincoln”. Del propio Martí —quien fuera uno de aquellos niños— son esas palabras en otro texto nacido, como el discurso antes citado, de las graves preocupaciones que le causaba un congreso internacional sobre el que este artículo ha de volver.
Recursos verbales para avasallar pueblos
El afán de aquel país por dominar todo el continente se plasmó en su autobautizo. La misma dificultad de hallar un topónimo distintivo, y de sesgo nacional, para la amalgama de territorios usurpados, le facilitó nombrarse de un modo simbólicamente provechoso para sus planes. No sería los Estados Unidos de un área de América, ni siquiera de una tan vasta como la América del Norte, sino de toda la América, acto “inocente” con el cual, de paso, se adueñaba también del gentilicio americano.
Otras naciones se constituirían también como uniones de estados; pero tenían y reconocían lindes que permitirían prescindir del sintagma Estados Unidos al nombrarlas. Así México y Brasil, y esta última lo cambió en 1968 por el de República Federativa. En la nación forjada sobre las otrora Trece Colonias, al omitir los Estados Unidos se llamaría América. Sus pobladores serían los americanos, y ello reduciría a los de otras tierras del continente y sus islas a ser americanos de segunda, si acaso.
El engendro lo reforzaría la inercia de las traducciones, unida al deslumbramiento que en muchas mentes generó una nación que alcanzó para sí la independencia, pero menospreciaría, o impediría, la de otros pueblos. Muy pronto se añadió la propaganda de esa nación para vender su imagen —con su capitalismo y su fase imperialista— como supuesto paradigma.
Tal modelo va desde la ropa y las comidas —aunque las haya chatarra y causantes de obesidad— hasta la tecnología y el arte, calzado todo con la hegemonía del dólar y la expansión del inglés como lingua franca imperial. En la venta de su imagen la potencia en desarrollo capitalizó victorias bélicas debidas sobre todo al sacrificio de otros pueblos, en especial la del soviético en el aplastamiento del fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
Como parte de la ofensiva y los logros del imperio en el terreno cultural, sus engañifas han minado la expresión hasta el punto de mellar el habla cotidiana y aun textos de revolucionarios preparados y consecuentes. Por desprevención o por menosprecio del valor de las palabras, no faltan quienes, incluso con responsabilidades específicas en la lucha antimperialista, se traguen ruedas de molino enmascaradas en algo tan “insignificante” o “secundario” como el uso impropio del lenguaje.
Retos lingüísticos y vitales
Al margen de las intenciones, desde otro ángulo tal desprevención viene a ser como si en público exigiéramos respeto y luego, en privado, aceptáramos ser tildados de tontos, o algo peor. Un asunto como ese —que no es cuestión de guerritas verbales— no se encara adecuadamente con prohibiciones ni con decretos impositivos. Como el hecho cultural que es, se debe instalar en la conciencia y tratarse con persuasión bien fundada.
Actuar acertadamente en esa esfera puede plantear retos expresivos —que hasta se esgrimen para justificar inercias o facilismos—, pero lo que es de fondo es de fondo. Un gentilicio parcial y poco protocolar como yanqui funciona, a veces irónicamente, para repudiar excesos de los Estados Unidos, aunque también se use para que un texto no se plague de repeticiones.
Si yanqui no siempre es una solución satisfactoria, tampoco lo es norteamericano. Vale, por ejemplo, decir el país norteamericano —e incluso americano— y el europeo si antes se ha mencionado a los Estados Unidos y a Francia, por ejemplo. Este país no es el único en Europa, y aquel no es el único en la América del Norte, ocupada igualmente por otros, aunque uno de ellos, México, sea y se sienta esencialmente latinoamericano, como en el otro, Canadá, lo es Québec, extensa área francófona.
Las relaciones entre América y Europa son también complejas. Inglaterra, o más exactamente el Reino Unido —potencia ya no hegemónica y que tiene con su hija putativa en la América del Norte una coincidencia nominal, United, asociable al parentesco entre ambas—, sugiere otros matices. Martí llamó América europea a los Estados Unidos para señalar la filiación que los distanciaba de nuestra América mestiza, o nuestra madre América, expresión a la que debe su título habitual el discurso citado.
A la raigambre europea, británica, de los Estados Unidos aludió igualmente al llamarlos la Roma americana y república cesárea. Con esos rótulos condenaba el expansionismo imperialista y el signo opresor característicos de “la patria de Cutting”, no solo del Cutting individuo, como podría inferirse de un texto publicado en La Habana en vísperas de la visita del presidente Barack Obama, y en el que se glosó mal —se falseó— la “Vindicación de Cuba” escrita por Martí en 1889 para combatir insultos anticubanos de la prensa estadounidense.
Más allá de un continente
Si la separación de Gran Bretaña de la Unión Europea se consuma y no corre la suerte de los referendos burlados, quizás las alianzas y subordinaciones reinantes se tornen más ostensibles. ¿No valdría entonces, con mayor base que hoy, hablar de una Inglaterra “estadounidense”? Téngase en cuenta que, a pesar del poderío de la Unión Europea, creada para contrarrestar el empuje económico de los Estados Unidos, con la OTAN ese país domina gran parte de Europa: ¿una Europa “estadounidense”?
De semejante urdimbre no se debe menospreciar detalle alguno, y en ello se ubica el cuidado que se ha tenido al acuñarse la América Latina y el Caribe. En gran medida es una expresión pleonástica, porque el Caribe, tanto el continental como el insular, en su inmensa mayoría es latino, pues sus idiomas son romances: español, portugués, francés o —el caso de Haití— una variante criolla (creole) de esta lengua. Pero la denominación es, sobre todo, justa: hay pueblos del Caribe que no son de condición latina, pues se expresan en inglés y en holandés —o en sus creoles—, idiomas en los cuales el gentilicio estadounidense es American y Amerikaan, respectivamente.
Sin ceder a una digresión tentadora pero desmesurada, apúntese que —con las especificidades propias— también han generado complejidades terminológicas similares otras federaciones de territorios que desbordan una nacionalidad determinada, aunque esta sea dominante en algún sentido. El nombre Federación Helvética, uno de los dados a Suiza, se debe a Helvecia, topónimo latino que ostentó la región —ubicada en la otrora Galia— donde se ubica aquel país plurinacional y plurilingüístico.
Un ejemplo particularmente ilustrativo para el tema es la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, nombrada así por motivos políticos e ideológicos, y heredera de reminiscencias coloniales contrarias al internacionalismo de sus más lúcidos fundadores, empezando por Lenin. Cuando por inercia o intenciones diversas se llamaba rusos a sus pobladores que no pertenecían a Rusia —central y dominante en la Unión—, ellos se sentían mal nombrados, si no ofendidos. Razones tenían.
Precisión necesaria
El cuidado al emplear la América latina y el Caribe no es menos importante que precisar de qué se habla al decir ruso o rusa. Resulta especialmente necesario para no regalar a los Estados Unidos topónimos y gentilicios de un continente del cual la potencia imperialista no es ni se debe favorecer que siga creyéndose dueña.
Para los pueblos latinoamericanos y caribeños en general se trata de cuidar su cultura, la valoración de su historia, su identidad, el respeto que deben reclamar para sí y darse ellos mismos. Cubanos y cubanas de cualquier ocupación —qué decir si tienen responsabilidades concretas en la política—, deben tomarlo como cuestión de principio y raíz. ¿No se aprendió en Cuba a nombrar bloqueo lo que el imperio y sus voceros —o desinformados o insensibles sobre ese punto— llaman embargo?
Es un asunto inmerso en la lucha antimperialista y, dentro de ella, en la defensa de pueblos contra las agresiones que les han venido y aún les vienen de los Estados Unidos, como el mencionado bloqueo a Cuba. No se habla de caprichitos propios de filólogos maniáticos o fabricantes de alucinaciones. El imperialismo no es un fantasma, ni cuestión de quisquillas formales.
Ante él —como ante la guerra, plaga con que lucra— mantenerse indiferente resulta criminal: “es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”, para decirlo con la canción de León Gieco difundida por Mercedes Sosa. Ni siempre se aplica “los americanos” a los Estados Unidos con el tino irónico de otra canción argentina, la de Alberto Cortez prohibida en 1971—se ha dicho— por la dictadura de su país.
Martí, gran fundador antimperialista, estuvo al tanto de las trampas culturales del monstruo, incluidas las lingüísticas, en sus estrategias de dominación. Las denunció, por ejemplo, entre 1889 y 1890, “aquel invierno de angustia” que menciona en el pórtico de Versos sencillos refiriéndose al ya aludido congreso internacional con que los Estados Unidos buscaban uncir a nuestra América por medio del comercio. Para ello estimulaban un panamericanismo imperialista contrario al deseable para pueblos que, además de un continente, comparten competencias deportivas e instituciones panamericanas fértiles.
En la “dramaturgia” del foro el gobierno anfitrión ideó un tren-palacio para deslumbrar a los delegados hispanoamericanos. Martí caracterizó la estratagema citando al poderoso vocero imperial The New York Herald: “Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer”.
Contra camelos imperiales
Tretas como esa explican el elogio de Martí al digno representante de Argentina, a quien enalteció por haber sabido responder la convocatoria —“América para los americanos”— hecha por los artífices del congreso. Cuando Roque Sáenz Peña “dijo , como quien reta, la última frase de su discurso sobre el Zollverein [arbitraje propuesto por los Estados Unidos en el camino de lo que un siglo después conduciría al ALCA], la frase que es un estandarte, y allí fue una barrera: ‘Sea la América para la humanidad’,—todos, como agradecidos, se pusieron en pie, comprendieron lo que no se decía, y le tendieron las manos”.
Hasta su muerte en Dos Ríos, Martí asumió como deber mayor la lucha contra los planes de los Estados Unidos. Su ejemplo debería servir para no menospreciar nada —“ni tantito así”, dígase con otro revolucionario de su estirpe— de un tema ubicado en la lucha en que a los pueblos de nuestra América, y a Cuba en particular, les va la salvación o la muerte histórica.
Asumir tales verdades no implica desatar hostilidad alguna contra el pueblo de los Estados Unidos, ni oponerse a las buenas relaciones —¡ojalá fueran las predominantes!— de su gobierno con el resto del mundo. Supone, sí, tratar las cosas como son, y no decirle al vino pan, ni pan al vino.
Con lo esbozado hasta aquí no se ha pretendido agotar el tema ni en sus causas ni en sus implicaciones. Más habría que decir en asuntos como la denominación, no menos que redundante, de cubano-americanos (y sus derivados) aplicada a personas cubanas o nacidas de estas y que residen en los Estados Unidos. Si alguien es cubano, ya es americano. En todo caso, lo adecuado sería cubano-estadounidenses .
Para no volver a los matices sobre bloqueo y embargo , cabe preguntar si en Cuba se aceptan manipulaciones como la de llamar régimen a su sistema social, y otras maneras tendenciosas propaladas por los medios dominantes en los Estados Unidos. Las tácticas de esa potencia, que parten de su autosublimación, incluyen descalificar, o insultar, a dirigentes cubanos.
Donde no necesariamente solo medios propagandísticos enemigos, sino también el distanciamiento afectivo, la inercia y ciertas normas o tradiciones protocolares zarandean un apellido cuyo origen recuerda un campamento militar, en la Cuba revolucionaria se prefiere un nombre de pila asociado, en el imaginario consciente o inconsciente, a la lealtad. ¿Por qué no tener cuidados y cultivar matizaciones similares al nombrar realidades como siglos ya de historia y, con implicaciones que los desbordan, todo un continente y sus pobladores?
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miércoles, 13 de julio de 2016
Por qué los británicos dijeron no a Europa
Por John Pilger
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.
El voto mayoritario de los británicos a favor de abandonar la Unión Europea fue un acto de democracia en estado puro. Millones de personas ordinarias se negaron a ser acosadas, intimidadas y despachadas despectivamente por personas supuestamente superiores de los principales partidos, por el mundo de los negocios y la oligarquía de la banca, y por los medios de comunicación.
En gran parte fue el voto de aquellas personas enfadadas y desmoralizadas por la enorme arrogancia de los apologistas de la campaña a favor de “permanecer” y del desmembramiento de una vida socialmente justa en Gran Bretaña. Los privatizadores apoyados por los conservadores y por los laboristas ha minado tanto el último bastión de las reformas históricas de 1945, el Sistema Nacional de Sanidad, que lucha por sobrevivir.
La advertencia se produjo cuando en ministro de Hacienda, George Osborne, personificación tanto del antiguo régimen británico como de la mafia de los bancos en Europa, amenazó con recortar 30.000 millones de libras de los servicios públicos si la gente votaba de manera equivocada. Era de un chantaje monumental.
Durante la campaña la inmigración fue explotada con un consumado cinismo no solo por parte de políticos populistas de la derecha lunática, sino también por parte de políticos laboristas que recurrían a su propia venerable tradición de promover y alimentar el racismo, un síntoma de corrupción no en la base sino en lo más alto. La razón de que millones de personas refugiadas hayan huido de Oriente Próximo (primero Iraq, ahora Siria) es las invasiones y el caos imperialista provocado por Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, la Unión Europea y la OTAN. Antes de ello se había producido la salvaje destrucción de Yugoslavia. Antes, el robo de Palestina y la imposición de Israel.
Es posible que los salacot desaparecieran hace tiempo, pero la sangre no se ha secado nunca. Un desprecio decimonónico por países y pueblos en función de su grado de utilidad colonial sigue siendo el eje de la moderna “globalización”, con su perverso socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres: su libertad para el capital y la denegación de la libertad para el trabajo; sus pérfidos políticos y sus funcionarios politizados.
Todo esto ha llegado ahora a Europa y ha enriquecido a personas como Tony Blair y ha empobrecido y desempoderado a millones de personas. El 23 de junio los británicos dijeron ya basta.
El propagandista más eficaz del “ideal europeo” no ha sido la extrema derecha, sino una clase insoportablemente patricia para la que Reino Unido es el Londres metropolitano. Sus miembros más destacados se consideran a sí mismos tribunos liberales, ilustrados y cultivados del zeitgeist del siglo XXI, e incluso “majos”. En realidad son una burguesía con un insaciable gusto consumista y un viejo instinto de su propia superioridad. En su periódico, The Guardian, se han mofado día tras día de aquellas personas que pudieran siquiera considerar que la Unión Europea es profundamente antidemocrática, una fuente de injusticia social y de un virulento extremismo llamado “neoliberalismo”.
El objetivo de dicho extremismo es instalar una teocracia capitalista permanente que garantice una sociedad en la que haya una mayoría dividida y endeudada, gobernada por una clase empresarial, y una clase permanente de trabajadores pobres. Hoy en Gran Bretaña el 63 % de los niños pobres crecen en familias en las que trabaja un miembro. Se encuentran atrapados. Según un estudio, más de 600.000 personas que residen en la segunda ciudad de Gran Bretaña “sufren los efectos de la pobreza extrema” y 1.6 millones se deslizan hacia la miseria.
Los medios controlados por la burguesía, en particular la dominada por Oxbridge BBC, apenas reconocen esta catástrofe social. Durante la campaña del referéndum no se permitió que casi ningún análisis perspicaz se inmiscuyera en la estereotipada histeria sobre “salir de Europa”, como si Gran Bretaña estuviera a punto de ser arrastrada por corrientes hostiles a algún punto al norte de Islandia.
La mañana después del referéndum un periodista de radio BBC recibió a los políticos en su estudio como si fueran viejos amigotes. “Bien”, dijo a “Lord” Peter Mandelson, el desacreditado arquitecto del blairismo, “¿por qué esta gente lo desea tanto?”. “Esta gente” era la mayoría de los británicos.
El rico criminal de guerra Tony Blair sigue siendo un héroe para la clase “europea” de los Mandelson, aunque pocos lo reconocerían estos días. En un momento dado The Guardian calificó a Blair de “místico” y ha apoyado su “proyecto” de guerra depredadora. El día después de la votación el columnista Martin Kettle ofreció una solución brechtiana para la mala utilización que las masas hacen de la democracia. “Seguramente ahora podemos estar de acuerdo en que los referéndumes son malos para Gran Bretaña”, afirmaba el titular que encabezaba su artículo de una página. Ese “nosotros” no se explicitaba pero se entendía, lo mismo que se entendía el “esa gente”. “El referéndum ha conferido menos legitimidad a la política, no más”, afirmaba Kettle. “[...] el veredicto sobre los referéndumes debería ser firme. Nunca más”.
El tipo de crueldad al que aspira Kettle se encuentra en Grecia, un país que ahora está destrozado. Allí hicieron un referéndum y se ignoró el resultado. Como el Partido Laborista de Gran Bretaña, los dirigentes del gobierno Syriza en Atenas son producto de una clase media acomodada, extremadamente privilegiada y educada, preparada para la falsedad y la traición política del postmodernismo. El pueblo griego utilizó valientemente el referéndum para exigir a su gobierno que buscara “mejores condiciones” para el corrupto status quo en Bruselas que estaba destrozando la vida en el país. El pueblo griego fue traicionado, como los habrían sido los británicos.
El viernes la BBC preguntó al líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, si rendiría homenaje a Cameron, su compañero en la campaña de “permanecer”. Corbyn elogió de manera empalagosa la “dignidad” de Cameron y se refirió a su respaldo al matrimonio gay y al hecho de que pidiera disculpas a las familias irlandesas por el Bloody Sunday. No dijo nada del espíritu de división de Cameron, de sus brutales políticas de austeridad, de sus mentiras acerca de “proteger” el Servicio Sanitario. Tampoco recordó la política belicosa del gobierno Cameron: el despliegue de fuerzas especiales británicas en Libia y el suministro de bombarderos a Arabia Saudí, y por encima de todo, sus alusiones a la tercera guerra mundial.
Durante la semana del referéndum ningún político británico ni, que yo sepa, ningún periodista hizo alusión al discurso de Vladimir Putin en San Petersburgo con motivo de la conmemoración del 75 aniversario de la invasión de la Unión Soviética por parte de la Alemania el 22 de junio de 1941. La victoria soviética, que costó 27 millones de vidas soviéticas y la mayoría de las fuerzas alemanas, ganó la Segunda Guerra Mundial.
Putin relacionó la actual concentración frenética de tropas y material de guerra de la OTAN en las fronteras occidentales de Rusia con la Operación Barbarossa del Tercer Reich. Los ejercicios de la OTAN en Polonia fueron los mayores desde la invasión nazi, esta Operación Anaconda había simulado un ataque a Rusia, se supone que con armas nucleares. La víspera del referéndum el colaboracionista secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, advirtió a los británicos que pondrían en peligro la “paz y seguridad” si votaban abandonar la Unión Europea. Es posible, solo posible, que los millones que le ignoraron, tanto a él como a Cameron, Osborne, Corbyn, Obama y al hombre que dirige el Banco, hayan roto una lanza en favor de la verdadera paz y democracia en Europa.
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