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lunes, 27 de julio de 2020

Federico



Por Vicente Aleixandre 

A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua “mi corazón es un poco de agua pura”, decía él en una carta), con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y, sin embargo, cambiante, variable como la misma naturaleza. Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que parecía siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día evocaba campos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes espa­ñoles que dependían de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos: quizá también de la persona que tenía enfrente. Yo le he, visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna correspondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esta sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que  su ceño de inspirado. No, no era un niño entonces. ¡Qué viejo, qué viejo, qué “antiguo”, qué fabuloso y mítico! Que no parezca irreverencia: solo algún viejo “cantaor” de flamenco, solo alguna vieja “bailadora”, hechos ya estatuas de piedra, podrían serle comparados. Solo una remota montaña andaluza sin edad, entrevista en un fondo nocturno, podría entonces hermanársele.


En la huerta de San Vicente en 1935. Fotografía por Eduardo Blanco Amor (color por Navarrete)
No hay quien pueda definirle. Su presencia, comparable quizá, solo y justamente con el tifón que asume y arrebata, traía siempre asociaciones de lo sencillo elemental. Era tierno como una concha de la playa. Inocente en Su tremenda risa morena, como un árbol furioso. Ardiente en sus deseos, como un ser nacido para la libertad. Y tenía para su obra futura un instinto tan primario de defensa, que no puede por menos de traerme la memoria de un genio: Goethe. Con una diferencia, y es que Federico era incapaz de la fría serenidad con que aquel Júpiter encadenó el complicado mecanismo de sus instintos y pasiones y lo redujo a ruedas dentadas al servicio de su rendimiento intelectual. En Federico todo era inspiración, y su vida, tan hermosamente de acuerdo con su obra, fue el triunfo de la libertad, y entre su vida y su obra hay un intercambio espiritual y físico tan constante, tan apasionado y fecundo, que las hace eternamente inseparables e indivisibles. En este sentido, como en otros muchos, me recuerda a Lope.

   En Federico, que pasaba mágicamente por la vida, al parecer sin apoyarse; que iba y venía ante la vista de sus amigos con algo de genio alado que dispensa gracias, hace feliz un momento y escapa enseguida como la luz, que él llevaba efectivamente; en Federico se veía sobre todo al poderoso encantador, disipador de tristezas, hechicero de la alegría, conjurador del gozo de la vida, dueño de las sombras, a las que él desterraba con su presencia. Pero yo gusto a veces de evocar a solas otro Federico, una imagen suya que no todos han visto: al noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y pasión que en el vértigo de su vida de triunfo difícilmente podía adivinarse. He hablado antes de esa nocturna testa suya macerada, por la luna, ya casi amarilla de piedra, petrificada como un dolor antiguo. “¿Qué te duele, hijo?”, parecía preguntarle la luna. “Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás, que son uno conmigo.”

   En las altas horas de la noche, discurriendo por la ciudad, o en una tabernita (como él decía), casa de comidas, con algún amigo suyo, entre sombras humanas, Federico volvía de la alegría, como de un remoto país, a esta dura rea1idad de la tierra visible y del dolor visible. El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, fluir, pasándole por su cuerpo y su alma sangres, remembranzas, dolor, latidos, de otros corazones y otros seres que eran él mismo en aquel instante, comoel río es todas las aguas que le dan cuerpo, pero no limite. La hora mala de Federico era la hora del poeta, hora de soledad, pero de soledad generosa, porque es cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.

   Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido, no le conocieron. Su corazón era como pocos, apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!” Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta.

Epílogo de Obras completas. Ed. Aguilar. 1957

Federico García Lorca (1898 – 1936) Vicente Aleixandre (1898 – 1984)

sábado, 14 de septiembre de 2019

Por qué Federico sigue levantando pasiones más de 80 años después


Por Alejandro Luque

Federico García Lorca

Hay un grupo de whatssap que no descansa. Es la de un grupo de fanáticos de Federico García Lorca en el que figuran nombres como los del cantaor Miguel Poveda, el escritor Ian Gibson o el periodista Víctor Fernández, y en el que comparten cualquier noticia que tenga que ver con el granadino, ya sea el anuncio de una exposición, alguna reedición de su obra o una subasta de manuscritos. El propio artista flamenco lo definió muy bien en el título que dio a su homenaje a Federico: Enlorquecido. Son muchos los que se reconocen en esa expresión, la prueba de que el poeta de Fuentevaqueros sigue despertando pasiones, más que nunca, 83 años después de su asesinato en el barranco de Víznar.

Miguel Poveda "enlorquece" a la ciudad de la Mezquita EFE

Poveda explica que decidió acometer el proyecto de Enlorquecido porque "empecé a preguntarme por qué después de tanto tiempo queriéndole, no había viajado aún hasta el fondo, hasta las entrañas de su poesía, y me había quedado en la superficie", recuerda. "Pero las cosas pasan cuando tienen que pasar, me propuse hacerlo como reto, al principio era una montaña como el Everest, pero el propio Federico te arrastra. Más quieres saber, y más te enseña. Una persona tan noble y tan sabia siempre te deja con hambre de más”.

Con esa idea coincide otra cantaora, la granadina Marina Heredia, que está en cartel del Generalife de su ciudad natal hasta el 31 de agosto con el espectáculo Lorca y la pasión, con guion de Rosario Pardo: "Aparte de su legado artístico, que es muy amplio e intenso, por lo que he leído, Lorca tuvo que ser una persona muy interesante, no sólo como artista, sino por su filosofía de vida. Y una persona muy de verdad, leal a su gente, a su familia", explica.

Aunque es consciente de que una infinidad de creadores han trabajado sobre el mismo poeta antes que ella, defiende que García Lorca "es diferente cada vez que le metes mano. En mi caso he preferido hacerlo mío, que es como aportamos los artistas. La personalidad es el tesoro más grande que tenemos. Y yo tenía clarísimo que no quería hacer nada que hubieran hecho otros, ni en cuanto a músicas ni en cuanto a propuestas escénicas. Tuvimos la suerte de que la generación anterior, la de los Morente y Camarón, rompió moldes e influyó sobre todos nosotros. Pero ahora se trataba de partir de cero". La tierra, que tira mucho, también influyó en el hecho de decantarse por esta poesía. "Los granadinos somos muy granadinos, llevamos dentro mucho amor por la ciudad. Nos quejamos mucho, pero no salimos de aquí", bromea.

Dibujantes de cómic enlorquecidos

De Carlos Hernández, publicada por Norma

Enlorquecidos están también los dibujantes de cómics, que una y otra vez caen rendidos ante la fuerza iconográfica del personaje, la riqueza de sus imágenes y el dramatismo de su final. Sólo en los últimos años han visto la luz títulos como La huella de Lorca (Norma) de Carlos Hernández, con Vida y muerte de Federico García Lorca (Ediciones B) de Quique Palomino, Un poeta en Nueva York(Evolution) de Carles Esquembre, La araña del olvido (Astiberri) de Enrique Bonet, o Los caballeros de la Orden de Toledo (El ángel caído), de Javierre y Juanfran Cabrera, una saga de aventuras protagonizada por Lorca, Buñuel y Dalí, que ya tiene en marcha su segunda entrega.

Según Cabrera, "la figura de Lorca es un personaje icónico y de una personalidad tan arrolladora que sólo está al alcance de algunos personajes de ficción. Es difícil imaginarse un personaje tan complejo, sensible y con tanta obra y tan magnífica a sus espaldas habiendo vivido tan poco. Sus distintas facetas y el misterio que envuelven su muerte y asesinato nos permiten fantasear con cien mil historias sobre lo que realmente ocurrió y de lo que podría haber sucedido de haber seguido con vida", comenta.

"Su poesía y obras", prosigue este dibujante granadino, "son tan visuales y de una sensibilidad tan extrema que creo que difícilmente habrá en el mundo alguien que haya inspirado a su vez muchas más obras de otros tantos genios. Hoy día se repiten de nuevo ciertos movimientos sociales, políticos o yo qué sé, que según palabras de mi amigo Carlos Hernández, granadino de pro, si Lorca naciera de nuevo lo volverían a fusilar. No sé si porque esto es cíclico, se dan las circunstancias idóneas para ello o qué, pero lo cierto es que los creadores no somos indiferentes a ello".

El propio Hernández, que considera a Lorca casi un subgénero en sí mismo, cree que la clave está en "que su obra y su vida giran en torno a una gran pasión por el arte, la música, el teatro y la poesía. Su aportación a nuestra herencia cultural es tan enorme que no es de extrañar que atraiga e inspire a todo tipo de artistas de todos los ámbitos". Por otro lado el dibujante cree que, a pesar de todo, sigue siendo un gran desconocido. "Como contaba Cercas en el prólogo de su Anatomía de un instante, una encuesta en Reino Unido revelaba que una cuarta parte de la población pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Este mecanismo que aleja de la realidad a ciertas figuras importantes de la historia, rodeándolas de una serie de "certezas" inventadas o de realidades apócrifas, explica muchas veces el alto nivel de desconocimiento y simplificación alrededor de la vida y significado de Federico García Lorca", añade.

"La obra de Federico bebe de lo universal"

Tampoco la narrativa ha sido indiferente al magnetismo de este personaje, como demuestran obras como Granada 1936 de Manuel Ayllón o Los amores oscuros de Manuel Francisco Reina, entre otros. El escritor barcelonés Víctor Amela es el último que se ha inspirado en la figura de García Lorca para escribir una novela. Yo pude salvar a Lorca (Destino) reconstruye la vida de Manuel Bonilla, su abuelo, labriego y pastor de la Alpujarra convertido en pasador clandestino de personas de un lado al otro del frente de guerra de Granada y que vivió de cerca el fusilamiento del poeta. "La obra de Federico está impregnada de su duende. Y su duende proviene del fondo de los siglos, del corazón de la tierra, es perenne, bebe de lo más hondo de lo humano y por eso es universal, palpitante en toda época y lugar, capaz de fascinar a Leonard Cohen en Montreal y a cualquier chino o sueco que tenga sensibilidad", asevera.

"¿No veis a Federico sonreír tras cualquiera de los videoclips de Rosalía, lorquiana sin saberlo, o sabiéndolo?", se pregunta Amela. "Y en los cantes de Poveda, en el Omega de Morente y por todos lados a los que mires y haya algo de arte. Casi no se puede hoy ser artista sin conectar con Lorca. Porque el artista es el que hace visible lo invisible y ahí está Federico García Lorca con la santa alegría y la reverenda pena, canta por y para todos los descartados del mundo: los gitanos, los moriscos, los negros, los pobres (buenos), los epénticos (homosexuales) y las mujeres. ¡Las mujeres constreñidas, sojuzgadas, y, entre ellas, las más penalizadas y despreciadas, las Yermas! Las que no pueden ni podrán, como él mismo ¡qué bien entendía su pena! hubiese querido hacer, saber de la felicidad muda de derramarse en otra criatura viva. ¿Quién no conecta con eso, por poco que haya sufrido? ¿Quién no va a conectar con Federico en cualquier punto del planeta si está vivo y es sensible? Y es por eso que Federico vive en nosotros, bien lo dijo Machado al saber del asesinato de su admirado discípulo: la sangre de Federico no la seca el tiempo". 

martes, 6 de agosto de 2019

90 años de Lorca en Nueva York



Por Eduardo Robaina *

El 26 de junio de 1929 el joven granadino desembarcó en la ciudad de los rascacielos, donde vivió hasta principios de 1930. De esta experiencia nacería más tarde una de sus obras más aclamadas: 'Poeta en Nueva York'.  

«New York me parece horrible pero por eso mismo voy allí. Creo que lo pasaré muy bien». Así hacía saber Federico García Lorca el 6 de junio de 1929 a su amigo Carlos Morla Lynch que se marchaba. Y continuaba: «¿Te sorprende? A mí también me sorprende. Yo estoy muerto de risa por esta decisión. Pero me conviene y es importante para mi vida». Decidió partir para romper con aquello que le hacía sentirse «deprimido y lleno de añoranzas», como confesaría al mismo amigo. Esos sentimientos venían dados por su relación con el joven escultor Emilio Aladrén, y sus padres, preocupados por el estado anímico de su hijo, aceptaron que pasara unos meses fuera, oportunidad que aprovecharía para aprender inglés.

De Granada partió a Madrid. Luego París y después Reino Unido . Tras un fugaz paso por Oxford, Lorca llegó a Southampton el 19 de junio, donde puso rumbo a Nueva York. Era su primer gran viaje al extranjero, pero no iba solo. Le acompañaba su buen amigo Fernando de los Ríos, profesor y político. Ambos se embarcaron en el transatlántico RMS Olympic, gemelo delTitanic. Hoy volar es un privilegio en lo económico, pero, sobre todo, un elemento democratizador. Unas pocas horas separan a las personas de conocer mundos totalmente opuestos. Ocho horas entre Madrid y Nueva York. El poeta granadino, que nunca llegó a viajar en avión, tal vez hubiese deseado entonces subir a uno. Él y de los Ríos tardaron seis días.

Aunque el desembarco estaba previsto para el día 25, la niebla retrasó el ansiado momento 24 horas más, tal y como recoge el pasaporte del propio poeta, publicado en el libro Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: cartas y recuerdos (Galaxia Gutenmberg, 2013). Una travesía de «seis días de sanatorio», en los que Lorca se puso como le contaba a sus padres: «Como a mí me gusta estar, negro negrito de Angola». 


Pasaporte del poeta. Archivo FGL. De C. Maurer y A. Anderson, FGL en Nueva York y La Habana, Galaxia Gutenberg, 2013.

 Era miércoles, y en el puerto les esperaban, entre otros, Federico de Onís y Ángel del Río, máximos apoyos de Lorca en la gran urbe. El dramaturgo, ya de renombre tras haber cosechado el éxito en 1928 con Romancero gitano, pronto quedó fascinado con lo que veía, y así se lo transmitió, tan rápido como pudo, a su familia por carta.

–»París y Londres son dos pueblecitos si se comparan con esta Babilonia trepidante y enloquecedora»–, símil que extendió a su Granada: «En tres edificios de estos cabe Granada entera. Son casillas donde caben 30.000 personas».

Entonces, Nueva York ya era la ciudad de los rascacielos de infarto; la metrópolis de ritmo trepidante y gente extravagante . Es 2019, han pasado 90 años desde que Federico García Lorca fuese por primera (y última) vez, y las construcciones kilométricas no solo no cesan, sino que convierten a quienes pasan por allí en espectadores y espectadoras de una suerte de concurso por ver cuál alcanza antes las nubes. 

Montaje. Lorca junto al Sundial en 1929, y una foto del lugar en la actualidad. EDUARDO ROBAINA / FUNDACIÓN FGL.

Federico –forma con la que acostumbraba firmar cuando escribía a su familia–, tuvo tres hogares durante su estancia en Estados Unidos. A principios de julio, previo pago de 50 dólares, se instalaba en la residencia Furnald Hall, en el campus de la Universidad de Columbia. Su cuarto, el 617, quedaba ubicado en la sexta planta, desde donde veía a los jóvenes jugar al rugby y disfrutaba de las vistas que ofrecía Manhattan. Aquel césped al que dirigía su mirada Lorca está repleto hoy de estudiantes que descansan tumbados mientras la verde hierba los abraza, aprovechan los rayos de sol para hacer deporte, o simplemente comen. Allí convergen miles de jóvenes, cuya mezcla de mundos, culturas y vivencias tanto maravillaba al poeta.

El inmenso espacio está presidido por unas grandes escalinatas que llevan hasta la imponente biblioteca universitaria. A su alrededor, las múltiples residencias y escuelas. En el centro, fácilmente visible, la base de lo que en el pasado fue un reloj solar con el que García Lorca se fotografió varias veces. Ahora, la asociación granadina Carpe Diem ha pedido al gobierno de la ciudad una estatua del poeta sobre ese lugar.

Allí también se encuentra la Escuela de Estudios Generales, entonces conocida como Escuela de Verano de Columbia, en la que Lorca, cumpliendo con uno de los motivos de su aventura, se apuntó a clases de inglés para extranjeros. Aquello no duró mucho y en octubre las abandonó, hecho que contribuyó a que sus capacidades lingüísticas con el idioma de Shakespeare no pasaran del mero chapurreo.

Mural de Lorca en pleno Manhattan, obra del grafitero granadino El Niño de las Pinturas. EDUARDO ROBAINA.

En septiembre, con el inicio del nuevo semestre, el dramaturgo se mudó a John Jay Hall, una residencia próxima a la anterior. Su nuevo cuarto se situaba en el piso 12, desde donde era capaz de ver «todos los edificios de la universidad, el río Hudson y un lejano panorama de rascacielos blancos y rosados». «A la derecha, tapando el horizonte, un gran puente en construcción, de fortaleza y agilidad increíbles». Este último, ya acabado, es el puente de George Washington, responsable en la actualidad de conectar las ciudades de Nueva York y Nueva Jersey.

Resguardo del pago de la segunda residencia donde estuvo Lorca. Cedida por C. Maurer

Hacia finales de enero de 1930 se mudó a su tercer y definitivo hogar antes de partir hacia Cuba. Ya no sería una residencia, sino una casa cercana al campus que compartió con su amigo José Antonio Rubio Sacristán. Aunque es incierto el número exacto de puerta, en el periódico de aquel entonces de la Universidad un anuncio con esa misma dirección ofrecía dos habitaciones en un «apartamento recién decorado». Era el 10E, pedían unos «50 o 60 dólares por mes» y hacía esquina con Broadway, nombre del conocido circuito de espectáculos teatrales con los que tanto fantaseó Federico.

Fueron continuas las referencias del joven poeta hacia lo mucho que le inspiraban los teatros en Nueva York: «Que aquí es muy bueno y muy nuevo y a mí me interesa en extremo», escribió a sus padres. Sin embargo, siempre se topaba con un mismo problema: el dinero. Aunque aseguraba que la vida de estudiante en la ciudad era barata, Lorca dejaba constancia en sus habituales intercambios postales con su familia que los 100 dólares mensuales que recibía de sus progenitores eran insuficientes, y más para alguien con tantas inquietudes artísticas como él. En la actualidad, los teatros se cuentan por decenas y su arquitectura es ya parte inseparable de la ciudad, hecho por el que seguramente Lorca, si viviera, quedaría arruinado y maravillado a partes iguales.

John Jay Hall, la primera residencia en la que vivió Lorca. EDUARDO ROBAINA.

Otro enclave icónico que no ha cambiado con el paso de los años, visita clásica de cualquier turista y donde impera «la ausencia total del espíritu», es Wall Street. El andaluz presenció en directo el jueves negro del conocido como crack del 29. Se refirió a esa experiencia como «espantosa», y permaneció más de siete horas «entre la muchedumbre» mientras los «hombres gritaban y discutían como fieras y las mujeres lloraban en todas partes». Esa vivencia quedó más tarde plasmada en Poeta en Nueva York con Danza de la muerte.


Sentimientos los que afloraron también en Harlem, «la ciudad negra más importante del mundo», llegó a decir. Allí frecuentaba Small’s Paradise, único club nocturno que menciona explícitamente el poeta. Ahora, el gran edificio de ladrillos donde antes resonaba jazz lo presiden unas grandes letras en lo alto de la fachada: Thurgood Marshall Academy. En la esquina, una cafetería 24 horas sirve desayunos a base de tortitas y no-café a cambio de unos precios que harían salir huyendo al propio Federico.

La relación de Lorca con la población negra no acaba ahí. Sus constantes referencias hacia ellos son visibles en poemas como Oda al Rey de Harlem, donde deseaba «subrayar el dolor que tienen los negros de ser negros en un mundo contrario, esclavos de todos los inventos del hombre blanco y de todas sus máquinas».

Nueve décadas más tarde, Harlem sigue igual que lo dejó. Los días laborales discurren con gente negra llenando sus calles, y los domingos se erigen como el día en el que habituales y curiosos venidos de fuera abarrotan las iglesias de la zona deseando escuchar la famosa misa Gospel. Sobre ella, Federico acabó diciendo: «¡Pero qué maravilla de cantos! Solo se podía comparar con ellos el cante jondo».

Durante siete meses intentó ser un neoyorquino más . Sobre si Federico García Lorca fue feliz, el hispanista Christopher Maurer cree que sí, sobre todo por tener «la sensación de estar escribiendo un libro que representaba algo nuevo en la poesía española». Federico acabó siendo Poeta en Nueva York, cuyos amargos textos contrastan con la ilusión y alegría de las cartas que enviaba a su familia. «Debió de darse cuenta de una gran verdad: gran ciudad, gran soledad. Venía de un país donde tenía mayor importancia la familia, los amigos, la sensación de comunidad. Por un lado, el estar lejos de todo eso le dio mayor libertad e independencia. Por otro lado, representaba un vacío», cuenta Maurer, experto en el poeta.

Montaje. Lorca paseando en 1929 junto a unas amistades por la Universidad de Columbia. EDUARDO ROBAINA / FUNDACIÓN FGL

 «Te das cuenta de que gran parte de aquella Nueva York ha desaparecido», dice el hispanista al intentar trazar en la actualidad un mapa con los movimientos y sitios predilectos. Y añade: «Hoy en día, como lo era en 1929, es una ciudad de enormes desigualdades económicas, con una economía que parece robusta pero que es bien precaria». No obstante, con lo que no ha podido el paso del tiempo es con el recuerdo de la ciudad por el poeta. Varios murales que van desde Manhattan hasta el barrio de Bushwick, en Queens, homenajean a través de sus paredes al dramaturgo español. Inmortal también en Union City, en Nueva Jersey, que declaraba en 2018 el 5 de junio, fecha de su nacimiento, como Día de Lorca por «los importantes logros y contribuciones de Federico García Lorca, que han servido de inspiración para Union City y la comunidad literaria».

«¡Asesinado por el cielo!», gritaba Lorca en Vuelta de paseo, texto que abre el aclamado poemario. Este crimen fue simbólico, no así el que puso fin de manera prematura a su vida el 18 de agosto de 1936, cuando fue fusilado por los fascistas. Se marchó sin poder cumplir su deseo de regresar algún día a la ciudad que «anonada pero no asusta”.

Lo cierto es que Federico nunca se fue del todo.

Pinchando aquí te lleva a un mapa online con las direcciones exactas de todos los lugares claves de Lorca en Nueva York.

* Eduardo Robaina, periodista que saca fotos. De Canarias. erobayna@lamarea.com

lunes, 9 de agosto de 2010

Las vicisitudes de Federico García Lorca después de su muerte

Rebelión

Por Jesús Mª Montero Barrado

Para empezar   

La búsqueda hasta diciembre pasado de los restos humanos de Francisco Baladí Melgar, Joaquín Arcollas Cabezas, Dióscoro Galindo González y Federico García Lorca en Fuente Grande, municipio de Alfacar, no ha dado los resultados esperados. Se había basado en el testimonio que Manuel Castilla Blanco, uno de los enterradores, dio a Agustín Penón en 1955 y Ian Gibson en 1966. Ha sido una búsqueda llena de polémica, con posturas divergentes. Se inició a instancias de la CGT, que está personada judicialmente en nombre de las familias de Francisco Baladí y Joaquín Arcollas, militantes de la CNT, que acompañaron a García Lorca en la muerte. Las diversas asociaciones que defienden la recuperación de la memoria histórica han apoyado la excavación, como lo hacen con cuantas actuaciones sean necesarias para esclarecer los crímenes cometidos por el bando vencedor de la guerra. La familia del García Lorca no se ha mostrado partidaria de la excavación, aunque la mayoría tampoco ha impedido que se llevara a cabo, reconociendo el derecho a hacerlo por quienes la han promovido. Desde los medios de comunicación de la derecha han tachado a todo esto de un circo, a la vez que rechazan abiertamente todo este tipo de investigaciones bajo el argumento de que no es necesario remover el pasado. La Junta de Andalucía, por su parte, se ha mantenido en una posición intermedia, a modo de Poncio Pilatos, permitiendo la excavación, que fue dictada por orden judicial, pero rechazando excavaciones en otros lugares entre Alfacar y Víznar.

La trascendencia de una muerte

La muerte de Federico García Lorca fue en su momento un golpe duro contra el bando sublevado. Fue conocida casi de inmediato en Granada, aunque no se hizo pública. Corrió de boca en boca, porque la familia supo de ella, también las personas más allegadas y, además, algunos de los que intervinieron en su muerte hicieron ostentación de ello. A los pocos días fueron llegando rumores al bando republicano, seguramente transmitidos por quienes pudieron huir de la ciudad o de las zonas ocupadas por los sublevados. Por la trascendencia del suceso la prensa republicana se hizo eco en cuanto se tuvo conocimiento de él. El primer periódico en hacerlo fue El Diario de Albacete , que el 30 de agosto se preguntó en forma de titular “¿Ha sido asesinado García Lorca?” (Gibson, 1981: 283). Lo que vino después entra dentro de las reacciones propias de una noticia importante, tanto en el bando republicano como en el ámbito internacional. Sacar a la luz el rumor, buscar informaciones fidedignas o contrastar la información se fue sucediendo después.

Mientras los rumores se fueron convirtiendo en sospechas e indicios cada vez más fiables, no hubo al principio ninguna declaración oficial sobre lo ocurrido. Se sabe que pronto se dio paso a una contrainformación desde el bando sublevado tergiversando lo ocurrido (Gibson, 1981: 283 y ss.) . Se empezó el 10 de septiembre en el diario La Provincia de Huelva con la inculpación al bando republicano (“Ya se matan entre ellos”) y el lanzamiento de infamias (“el ser correligionario de Azaña en política, en literatura y en... ¿cómo diríamos? Ah, sí: en sexualidad vacilante”), sin que esa rueda de mentiras y calumnias no parara durante mucho tiempo. La respuesta dada en octubre desde el gobierno civil al telegrama enviado por el escritor británico Herbert George Wells, en el que se pedían noticias sobre el paradero del poeta, fue evasiva, además de malvada: “”Ignoro lugar hállase Federico García Lorca” (Gibson, 1998: 555).

En mayo de 1937, como ha documentado Gibson (1981: 280), el marqués Merry del Val cometió la imprudencia de hablar de su fusilamiento: “eran peligrosos agitadores que abusaban de su talento y educación para conducir a las masas ignorantes por malos caminos (…). Todos ellos fueron condenados después de haber sido juzgados por un tribunal militar”. El asesinato de Lorca siempre fue uno de los cargos que más pensaron contra el régimen, del que el mismo Franco salió al paso para el periódico mexicano La Prensa en noviembre de 1937, cuyas declaraciones reprodujo el ABC de Sevilla en enero de 1938: “ese escritor murió mezclado con los revoltosos.

Son los accidentes naturales de la guerra” (Gibson, 1981: 300-301).

La huella de su muerte en la literatura del momento

La literatura ha dejado reflejado a través de poemas memorables las muestras de dolor y condena por su muerte. Así lo hicieron en su momento Antonio Machado (“Muerto cayó Federico / -sangre en la frente y plomo en las entrañas- / ...Que fue en Granada el crimen / sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada”), Rafael Alberti (“No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba”), Miguel Hernández (“¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla, / pero qué injustamente arrebatada!”), Pablo Neruda (“Federico, te acuerdas / debajo de la tierra, / te acuerdas de mi casa con balcones en donde / la flor de Junio ahogaba flores en tu boca?”), Luis Cernuda (“Por esto te mataron, porque eras / verdor en nuestra tierra árida / y azul en nuestro oscuro aire”), Emilio Prados (“¿En dónde está Federico? / Sólo responde el silencio: / un temor se va agrandando, / temor que encoge los pechos”), Pedro Salinas (“Mataron a un ruiseñor / tan sólo porque cantaba”), Pedro Garfias (“También yo quiero hablarte, Federico / con esa ruda voz que ahora me brota / del mar de mi garganta”), Nicolás Guillén (“Salió el domingo, de noche, / salió el domingo, y no vuelve. / Llevaba en la mano un lirio, / llevaba en los ojos fiebre; / el lirio se tornó sangre, la sangre tornóse muerte”), entre otros.

Se ha escrito, y especulado, sobre cómo el poeta predijo su propia muerte a través de la poesía. En Poeta en Nueva York se encuentra el poema “Fábula y rueda de los tres amigos”, que acaba con estos versos: “Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas, / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? No. No me encontraron. / Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, /y que el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados”. También en “Baladilla de los tres ríos”, del Poema del cante jondo , aparecen: “El río Guadalquivir/ tiene las barbas granate/ los dos ríos de Granada/ uno llanto y otro sangre”. Y hasta en la breve composición “Canción de la muerte pequeña”: “Me encontré con la muerte. / Prado mortal de tierra”).


¿Son responsables Queipo de Llano y Franco?  

La muerte de García Lorca ni fue aleatoria ni aislada. Estaba inscrita en la estrategia del terror y la ejemplaridad que buscaban los cerebros y ejecutores del golpe de julio de 1936. Una estrategia que se ha estudiado minuciosamente (Casanova, 2002; Reig Tapia, 2000; Espinosa, 2003 y 2006; González Vázquez, 2006; Ortiz, 2006) y que desde el primer momento quedó plasmada por escrito. A ella se refirió Antonio Bahamonde (2006), que fue durante unos meses delegado de Propaganda en Sevilla con Queipo de Llano, y estaba en las “Instrucciones Reservadas” que el general Emilio Mola dictó en abril de 1936, donde se expresaban términos como “extrema violencia” y “castigos ejemplares”. Unas instrucciones que se fueron aplicando y desarrollando minuciosamente sin piedad para “sembrar el terror”, para “dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros” ("Instrucciones" del propio Mola del 19 de julio). Sólo así tienen sentido declaraciones como las de Queipo de Llano en sus charlas de Unión Radio Sevilla: “Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los “rojos” preparando sus mantones de luto”; o de Juan Yagüe tras la toma de Badajoz: “Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar 4.000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contrarreloj? ¿Suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?” (Preston, 1998: 211).

Se ha indagado mucho sobre la intencionalidad de matar a García Lorca desde las altas esferas del bando sublevado. Por ello se ha aludido a los generales Queipo de Llano y Franco. El primero, el llamado virrey de Andalucía, fue el general que triunfó en Sevilla y desde cuya posición pudo sentar las bases del control de otras provincias andaluzas, el paso de las tropas africanas por el Estrecho y la marcha de éstas por Badajoz con destino a Madrid. Un personaje que dio muestras de un gran sadismo, aderezado de una zafiedad clasista y machista sin parangón. Franco, por su parte, en el momento de la muerte de Lorca era sólo, que no era poco, el jefe de las tropas africanas, que acababa de soldar en Cáceres con el Ejército del Norte que desde el principio controló el general Mola.

En Granada, por supuesto, le tenían ganas a García Lorca las derechas reaccionarias de todos los colores. La posible alevosía de su muerte se basó en su condición de homosexual, una orientación sexual inadmisible dentro de la homofobia del fascismo. De ahí los continuos insultos de maricón.

Los primeros pasos: Claude Couffon y Gerald Brenan  

Se ha mencionado con frecuencia que el francés Claude Couffon y el británico Gerald Brenan han sido los primeros en indagar sobre la muerte de Lorca. Lo hicieron prácticamente al mismo tiempo y, lo que puede parecer curioso, llegaron a conclusiones parecidas.

Couffon era estudiante cuando llegó a Granada en 1948, a donde viajó para conocer más sobre la muerte de Lorca. En aquellos momentos se sabía de su muerte en el verano de 1936, pero no acerca de los pormenores. Couffon fue el primero que se acercó al barranco de Viznar, donde se fusiló a centenares o quizás millares de personas, y donde también fueron enterradas. Es donde Couffon sigue defendiendo que tuvo lugar su muerte. En 1951 escribió en Le Figaro Littéraire , a instancias de François Mauriac, el artículo “Ce que fut la mort de Federico García Lorca”. Dos años después salió en Quito el libro El crimen fue en Granada y en 1962 A Granade, sur le pas de García Lorca.

Un año después que Couffon llegó a Granada Brenan, hispanista británico ya conocido entonces por su conocida obra El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de una gran tragedia: la guerra civil . En 1950, tras su estancia en Granada, incluyó pormenores de la muerte de Lorca en un capítulo de su libro La faz de España. Se convirtió, así, en el primer escritor que publicó el lugar de la muerte de Lorca, que era el mismo que Couffon tenía entre sus apuntes. El que publicara antes sus indagaciones resulta circunstancial, en parte porque Couffon era todavía un estudiante y Brenan ya un veterano profesor y escritor conocedor de la realidad española, pues había recalado por primera en España en 1919. ¿Por qué esa coincidencia en el momento del viaje y en señalar el lugar del crimen? Si lo primero es aleatorio, lo otro es producto de las circunstancias temporales. Los dos bebieron las mismas fuentes. Los dos se han referido al ambiente de miedo y silencio que conocieron en Granada. Un miedo que atenazaba a quienes habían sufrido directa e indirectamente los rigores de la represión. Y un silencio que abarcaba a todo el mundo, desde quienes habían ganado la guerra, porque les interesaba, hasta quienes la habían perdido, que callaban por miedo. Pero no fue un silencio completo. El que se indicara a Couffon y Brenan el barranco de Viznar, creo que ilustra que existía memoria sobre ese lugar tan siniestro, dada la dimensión de lo ocurrido allí, y arrojo para transmitirla. Que fuera o no el lugar del crimen contra Lorca y sus compañeros ahora es lo menos importante.

Un paso más decidido: Agustín Penón

Agustín Penón era un escritor de origen catalán, hijo de un matrimonio exiliado en Puerto Rico. En 1955 inició en Granada una investigación in situ sobre la muerte de García Lorca, lo que le llevó a entrevistarse con numerosas personas. Verdugos, cómplices, miembros de la familia del poeta y de la familia Rosales, enterradores... Fue así como conoció a Ramón Ruiz Alonso, dirigente de la CEDA granadina durante la República, de la que llegó a ser diputado en 1933, y muy activo en las tareas represivas durante los primeros meses de la guerra. Fue una de las personas claves. De él supo que conoció como nadie los pormenores de su muerte, pues fue el primero a quien le habló de lo ocurrido después de la guerra. De él sacó la conclusión que fue el que dirigió la detención de Lorca. Penón también encontró “la partida de defunción de Federico” y “se hizo con la matriz del único documento oficial en el que el régimen reconocía la muerte de García Lorca”. Otro personaje que conoció fue el enterrador Manuel Castilla, al que le llamaban Manolillo “el Comunista”, que aportó el lugar donde fue fusilado García Lorca y sus compañeros. Para él no fue el barranco de Víznar, sino otro lugar, no muy lejano: Fuente Grande, en Alfacar. Fue ahí donde acabó colocándose el monolito recordatorio y donde se ha procedido a la reciente excavación fallida.

Cuando Penón regresó a América en 1956, después de año y medio de estancia en España, lo hizo con la numerosa información recopilada en forma de diario de campo, fotografías, documentos escritos, grabaciones sonoras, trascripciones de testimonios orales, borradores de capítulos, anotaciones… Un fruto muy valioso e inmenso, que fue conocido con el tiempo como la “maleta de Penón”. En ella se encuentra el archivo lorquiano del escritor catalán, todo un tesoro.

Sin embargo, en vida Penón no se decidió a publicar el libro que tenía proyectado. Se ha especulado sobre ello, pero lo cierto es que en 1976, tras su muerte y por decisión suya, decidió que el archivo pasara al dramaturgo estadounidense William Layton, un amigo personal, ya entonces instalado en España, con quien compartió el interés por la vida y obra de García Lorca. Casi todo lo que sabemos de Penón ha sido después de su muerte y a través de otras personas, de lo que han dicho de él y su obra, y de lo que han publicado desde sus documentos.

El que más ha escrito: Ian Gibson  

Gibson es el escritor que más tiempo ha dedicado a investigar y escribir sobre García Lorca. Irlandés de nacimiento, tiene la nacionalidad española desde 1983, gracias a su larga relación con nuestro país desde que a mediados de los 60 decidió hacer una tesis sobre la poesía del granadino para, de inmediato, orientarse a investigar sobre su muerte. Como hizo Penón años antes, se sumergió entre las gentes y los lugares de Granada para intentar profundizar en lo ocurrido. Y allí volvió a encontrarse básicamente con lo que ya conocido.

Es decir, con Ruiz Alonso, Castilla, la familia Lorca, los Rosales… Teniendo en cuenta que Penón no había publicado nada importante acerca de Lorca, para Gibson, sin embargo, su principal referente en esos años fue Brenan.

En 1971 Ruedo Ibérico sacó a la luz en París la obra de Gibson La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca . Era la primera investigación documentada sobre la muerte de Lorca, en la que no faltaba un acercamiento a su biografía, realizada con abundante documentación. Ocho años después, en 1979, salió, ya en España, una edición corregida y ampliada con el título El asesinato de Federico García Lorca .

Dentro de los trabajos de su primera etapa Gibson hizo un análisis amplio y documentado. En esos momentos nadie escribió tanto. Para el historiador irlandés la muerte tuvo lugar en Fuente Grande, en el término municipal de Alfacar, y sitúa la fecha en la madrugada del 19 de agosto, basándose en la partida de defunción del maestro Dióscoro Galindo. Responsabiliza a Ruiz Alonso, en esos momentos todavía vivo, de la detención de Lorca y de ser el personaje clave en el conocimiento de su muerte. Hace principal responsable al comandante José Valdés Guzmán, gobernador de Granada. Atribuye a Queipo de Llano, ante las dudas de Valdés sobre lo que tenía que hacer, las palabras “Déle café, mucho café”, según el testimonio de un contertuliano del gobernador (1981: 228-229). Saca a colación la ostentación que hizo en su día Juan Luis Trescastro de ser uno de los autores de la muerte de Lorca y su homofobia más que enfermiza: “yo le metí dos tiros en el culo por maricón” (1981: 277-278).

El intento exculpatorio de un falangista: Eduardo Molina Fajardo  

En 1983 salió a luz, post mortem , el libro Los últimos días de García Lorca del periodista granadino Eduardo Molina Fajardo. Desde años antes había estado investigando acerca de la muerte de Lorca y por su condición de falangista pudo acceder a personas y documentos con cierta facilidad. En el libro, publicado por iniciativa de su viuda, aparece una recopilación de 48 entrevistas y 79 documentos.

Las principales novedades están relacionadas con la fecha y los lugares de fusilamiento y enterramiento, y con la procedencia de los testimonios (Castro, 1983; Arias, 2008; y Tapia, 2009). Molina se había entrevistado con José María Nestares Cuéllar, capitán y jefe de la Falange de Víznar en agosto de 1936, quien le relató la llegada de García Lorca y otros tres detenidos más el día 16 de agosto a La Colonia, en Víznar, lugar donde quedaban recluidos quienes iban con destino a la muerte en el Barranco de Víznar. Allí llegó por la noche el teniente de la Guardia de Asalto Rafael Martínez Fajardo con las cuatro futuras víctimas y la orden de fusilamiento firmada por el gobernador Valdés, y desde allí salió horas más tarde para el lugar de fusilamiento, “en el campo de instrucción de las tropas, antes de llegar a la Fuente Grande, a la derecha de la carretera, según se va a Alfacar, después de pasado el puentecillo”. El fusilamiento ocurrió, por tanto, en la madrugada del 17 de agosto.

Otro testigo, Pedro Cuesta Hernández, carcelero falangista en La Colonia, le informó a Molina en 1969 sobre el mismo lugar: “Pasando por Víznar hacia allá, antes de llegar a la Fuente Grande, a la derecha, en un sitio como un pozo; era algo así como un pozo alargado, pero con forma de pozo, de haber sacado de allí tierra gris; pero ya estaban los muertos en la sepultura”. Sin embargo, para Cuesta el piquete lo mandaba otra persona, José Hernández, cabo de la Guardia de Asalto.

En el libro de Molina se detallan otros pormenores de Nestares, que escuchó de su subordinado Manuel Martínez Bueso cosas que Cuesta ya había contado, como lo del pijama de Lorca, la muleta de Dióscoro Galindo e incluso unas palabras del poeta, que, herido tras los primeros disparos, dijo: “¡Creed en Dios, tened piedad!”.

La implicación de nuevas personas llevó a que un hijo de Rafael Martínez Fajardo llegara a querellarse contra la viuda de Molina Fajardo. En el acto de presentación del libro, el también periodista Juan Bustos aludió entre las razones de que no publicara que temía “alterar la tranquilidad de ciertas gentes”. El que no se hayan encontrado los restos de Lorca en la excavación de Fuente Grande ha vuelto a sacar a luz algunas de las aportaciones de Molina.

Se ha escrito de Molina que sus aportaciones en general han sido escasas, buscando ante todo la exculpación del falangismo, a la vez que ha culpado directamente a los miembros de la CEDA como responsables de la muerte de Lorca. Las escasas aportaciones en parte se pueden explicar por lo tardío de la salida del libro, teniendo en cuenta que Gibson había escrito ya sus dos primeras obras sobre el tema.

La polémica en torno al archivo de Penón  

Siguiendo a Marta Osorio (2009), Layton llegó en 1980 a un acuerdo con Gibson para que se hiciera cargo temporalmente del archivo lorquiano heredado de Penón, con el fin de que pusiera orden a la información y publicara una obra sobre las investigaciones de su amigo. Al pasar bastante tiempo sin que se hiciera realidad el acuerdo y ver además que Gibson utilizaba parte de la documentación de Penón en la biografía que el escritor irlandés estaba publicando sobre Lorca, Layton le requirió en 1989 que devolviera el archivo. En 1990, antes de hacerlo, Gibson editó Diario de una búsqueda lorquiana (1955-1956) , basado en una parte pequeña de la documentación de Penón y con una pobre aportación documental. El escaso éxito del libro y la decepción por lo ocurrido llevó a que Layton dejara en manos de Marta Osorio la responsabilidad de sacar a la luz el trabajo de Penón.

En 2000 salió a la luz Miedo, olvido y fantasía. Crónica de su investigación sobre Federico García Lorca (1955-1956) , una recopilación más amplia de lo escrito por Penón, acompañada de varias fotografías y la reproducción de varios documentos escritos. La había hecho Marta Osorio, que fue la autora del prólogo, que tituló “Historia de una investigación”, y que sirve como referencia para conocer los avatares del archivo de Penón.

Siguen apareciendo más testimonios  

En 1998 apareció en la exposición Federico García Lorca y Granada una carta escrita por Manuel Luna durante la guerra (para Gibson, en 1939; para Miguel Domingo, entre febrero de 1937 y agosto de 1938) y dirigida a Melchor Fernández Almagro. El primero era un fascista de la época, mientras el segundo, conocido historiador durante el franquismo, había coincidido en los años 20 en la Residencia de estudiantes con Lorca y otros miembros de la Generación del 27. Su contenido no tiene desperdicio dentro de la “literatura” fascista de la época y en ella se hace mención a su participación en la muerte de Lorca: “Hicimos una buena limpia. Algunos días después cogimos al gran canalla de García Lorca -el peor de todos- y lo fusilamos en la Vega, junto a una acequia. ¡Qué cara ponía! Abrazaba los brazos al cielo. Pedía clemencia. ¡Cómo nos reíamos viendo sus gestos y sus muecas! Pertenecí a la ronda depuradora de Ruiz Alonso”.

Una obra de última hora

Recientemente se ha publicado de Gabriel del Pozo Lorca, el último paseo . La obra ha sido presentada como un paso más en el esclarecimiento del rompecabezas. Una de las cosas que ha rebatido ha sido la validez del testimonio de Manuel Castilla acerca del lugar de fusilamiento y enterramiento de Lorca y sus compañeros. Los resultados de la excavación le han dado la razón. Para él se trató de una información llevada por el miedo, en la confianza de Castilla de que no se hiciera una excavación. Del Pozo, por su parte, apunta que Lorca la dimensión internacional que tomó el suceso llevó al régimen a eliminar cuantas pruebas pudieran incriminarlo. Por eso fue desenterrado, sin que sepa dónde puede estar. Para ello se basa en Penón, quien durante su estancia en España recogió de Antonio Gallego y Burín, alcalde de Granada durante la guerra, lo siguiente: “El lugar de la tumba en Víznar había sido cambiado por orden de las autoridades, que temiendo las consecuencias de aquel asesinato decidieron ocultarlo para impedir que pudiera convertirse en un arma propagandística de enorme valor para el bando republicano”.

Del Pozo es tajante a la hora de señalar a José Valdés, gobernador de Granada, como el culpable: “Aquellos días era el único hombre que tenía poder para ello en Granada”. Y con ello exime de responsabilidad a Franco, aunque no así de la eliminación de las pruebas, y también a Queipo de Llano. Para este último se basa en unas declaraciones de la actriz Emma Penella, hija de Ramón Ruiz Alonso, quien le transmitió el testimonio de que la orden sólo era la de asustar a Lorca con el fin de que le llevara al paradero de Fernando de los Ríos.

Y entramos así en una de las partes más controvertidas del libro. Del Pozo mantuvo una entrevista hace unos años con Penella, con la condición de ser sólo publicable tras su muerte, en la que exonera a su padre de la responsabilidad de la detención y muerte de García Lorca. Señala a Miguel Rosales como la persona que sacó al poeta de la casa de los Rosales, siendo el propio Miguel y Ramón Ruiz Alonso quienes lo condujeron sin esposar al Gobierno Civil. Llama la atención, sin embargo, que esa exoneración, que abarca a otra de las personas que se había relacionado con la detención y muerte, Juan Luis Trescastro, se contradiga con la ostentación que en su tiempo hicieron los dos como verdugos de Lorca. La frase de Penella “[mi padre] fue víctima de las disputas por el poder entre la CEDA y los falangistas” destila o inocencia o indecencia, como si su padre, dirigente provincial de la CEDA y diputado en 1933, fuera un simple militante.

La imputación de Miguel Rosales exonera a la vez a Concha García Lorca, mujer de Manuel Fernández Montesinos, alcalde de Granada fusilado días antes. Para Antonio Ramos Espejo ( Crónicas de Gerald Brenan. Desde la Alpujarra a Málaga ) fue la hermana del poeta quien delató el paradero de Federico ante las amenazas sufridas. Una acusación que sirvió a la familia Rosales para salir indemne de los hechos.

Para acabar  

El “Guernica” de Picasso, la poesía de García Lorca, las novelas y películas de Hemingway y Malraux, y la poesía inglesa sobre la guerra española “fueron manifestaciones de esta inmensa conmoción moral que la propaganda comunista utilizó con tenacidad y maestría para crear la más odiosa imagen de la España nacional, y con ella, de la Iglesia Católica” (Southworth, 1963: 170). Lo escribió Rafael Calvo Serer en 1962 en su obra La literatura universal sobre la guerra de España . Más recientemente Ricardo de la Cierva escribió en 1999 en La victoria y el caos que “Sobre Lorca se ha cebado de tal forma la propaganda de la izquierda cultural en la posguerra y en la transición, con la cooperación sospechosísima de grandes órganos de la derecha, y con tal sentido de la unilateralidad y la manipulación, que provocan la hartura de la opinión pública y el propio desdoro del poeta” (Martín Rubio, 2005: 208). Para Ángel David Martín Rubio, autor de Los mitos de la represión en la guerra civil (2005: 208), “La muerte de Federico García Lorca, desgraciada y lamentable como tantos otros asesinatos, ha servido para que se difundiera la idea de que el Frente Popular tuvo a su lado los primeros intelectuales de España y de todo el mundo mientras los sublevados no habrían contado con ningún apoyo relevante en el terreno de la cultura”. José Manuel Rodríguez Pardo, por su parte, hace un año se expresó en estos términos en su artículo “Revisionismo histórico de la Leyenda Negra antiespañola”: “Nadie niega su asesinato, pero fue producto de una venganza personal, no de la aversión de los rebeldes a la figura del personaje” (2009). Meses después, en octubre, cuando se iniciaban las excavaciones en la fosa de Alfacar, el diario La Razón titulaba un artículo de Víctor Fernández así: “Pasen y vean: el circo de Federico García Lorca”. Todos ellos son testimonios de lo que ha suscitado la muerte de García Lorca entre la derecha española a lo largo de los años.

La postura de la familia de García Lorca ha sido la de mostrarse contraria a la exhumación de los restos de García Lorca y por ello a que se haya llevado a cabo la excavación en Fuente Grande. En 2005 hizo público un comunicado en el que manifestaba estar en contra de una excavación, sin que eso supusiera negar la legitimidad de quienes la pedían. La argumentación hacían de la siguiente manera: “Estamos convencidos, y en ello basamos nuestras opiniones, de que las circunstancias de la muerte de Federico García Lorca, por lo que se refiere a la constatación de la memoria histórica, son lo suficientemente conocidas como para que en su caso particular no haya que remover sus huesos”. Así mismo, han defendido que sus restos, de encontrase, deben mantenerse donde fueran depositados, pues “la existencia de una fosa común es parte de la verdad histórica”.

En las excavaciones de finales de 2009 no se descubrieron los restos de García Lorca ni los de las personas que le acompañaron en la muerte por fusilamiento. Para José Mª Pedreño (2009), de la Federación Estatal de Foros por la Memoria, el intento por localizarlos “tan sólo ha servido para poner en bandeja a la “derechona” española la posibilidad de atacar más despiadadamente la memoria democrática en el estado español y fortalecer las tesis revisionistas de los pseudo-historiadores pro-franquistas”. Palabras duras que buscan que se tome en serio por parte de las autoridades políticas la recuperación de la memoria histórica para todas las víctimas, esas miles de personas que perecieron en Granada por una represión cruel y despiadada.

Luis García Montero (2009), también en el fragor de la desilusión por los resultados de las excavaciones, ha coincidido en resaltar lo importante: “volvamos a lo incontestable. García Lorca fue ejecutado por el ejército franquista, entre Víznar y Alfacar, con la implicación de las más altas instancias militares, como uno más de los 5.000 republicanos granadinos”. Pero no ha olvidado que “García Lorca era también un poeta único, y por eso su muerte pasó a representar de forma inmediata el sufrimiento de las víctimas y la dignidad del ser humano contra la barbarie”.

Desde el primer momento quienes se encargaron de matar al poeta, quienes lo permitieron o quienes se alegraron, no han parado de decir y desdecirse, de encubrir y ocultar, de mentir y calumniar, de manipular y justificarse… Todo un juego macabro que ha buscado despistar sobre lo que realmente ocurrió. Muchas son las personas que lo supieron y en esta ceremonia de la confusión que han ido tejiendo, han pretendido irse con sus secretos a la tumba, quizás con la certeza de que todo quedaba oculto. Pero no debemos olvidar que las manos que firmaron las sentencias, las que las ejecutaron o las que las saludaron brazos en alto, formaban parte de lo mismo: un proyecto político y social de muerte que hubo de durar cuatro décadas. Ese fascismo que todavía sigue extendiendo su sombra en nuestros días.

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