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sábado, 13 de abril de 2013
Prefacio de "Fractured Times", colección de ensayos póstumos de E. Hobsbawm
Aun cuando sabíamos que el historiador británico se encontraba mal de salud y que sus 91 años escondían un dinamismo que nos hacía pensar que podía vivir por más tiempo, la muerte de Eric Hobsbawm en octubre de 2012 nos sorprendió como algo inesperado. Y la ausencia de Hobsbawm se comenzó a hacer más notoria ya que se trataba de un académico que no solo había expandido sino dinamitado las convenciones asociadas comúnmente a los profesionales del pasado que trabajan desde un ámbito académico.
En primer lugar, fue el historiador que más vigencia y alcance tuvo. Ningún otro historiador ha tenido una presencia tan amplia geográfica o temporal, y que haya sido leído indistintamente por el hombre de la calle o por un presidente como Lula, de Brasil, que recomendaba sus obras de manera entusiasta. Asimismo, Hobsbawm se mantuvo siempre en pleno ejercicio académico, no solo escribiendo sino dando entrevistas sobre temas de actualidad, aun cuando su movilidad física era limitada debido a su avanzada edad. En segundo lugar, la mirada amplia de Hobsbawm consideraba el pasado como una unidad integral de la experiencia humana, de la cual no podían excluirse ni la cultura ni otros fenómenos. Aun siendo marxista, Hobsbawm era lo bastante hábil para no reducir la historia a solo lo político y económico. Este interés por la cultura provenía de muy atrás, cuando fue crítico de jazz para la revista New Statesman, un gusto que se puede apreciar en obras como Age of Extremes, Uncommon People y The Jazz Scene.
Ambas características, entre muchas otras que hicieron de él una de las figuras más importantes del siglo que terminó, vuelven a acompañarnos en Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013). Se trata de una colección de ensayos que Hobsbawm había dejados listos poco antes de morir y que ahora aparecen bajo la forma de libro. A juzgar por los adelantos que han aparecido en la web y las reseñas en la prensa, se trata de una de las mejores obras del historiador británico. Hemos traducido el “Prefacio” completo, que explica el propósito del libro y los ensayos que lo integran.
“Prefacio”. De: Eric Hobsbawm, Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century (2013)
Este es un libro que aborda lo que le ocurrió al arte y la cultura de la sociedad burguesa luego de que aquella sociedad se desvaneciera, para no regresar, luego de 1914. Aborda un solo aspecto de dicho cambio en el que la humanidad ha estado viviendo desde la Edad Media y que terminó abruptamente en la década de 1950 para el 80% del planeta, y sobre los años 1960s, cuando las reglas y convenciones que habían gobernado las relaciones humanas se fueron destejiendo. Por ello es un libro sobre una época en la historia que ha perdido su orientación, y en la que durante los primeros años del nuevo milenio mira hacia delante de un modo más problemático de lo que yo recuerde durante mi propia vida, sin ningún tipo de guía ni mapa, hacia un futuro irreconocible. Habiendo escrito de cuando en cuando como un historiador sobre la curiosa intersección entre la realidad social y el arte, me encontré hacia el fin del siglo pasado siendo interrogado para hablar acerca del tema por el organizador del Festival Salzburg que se realiza cada año, un notable sobreviviendo de “The World of Yesterday”, de Stefan Zweig, con quien compartía más vínculos. Las conferencias en Salzburg conforman el punto de partida del presente libro, escrito entre 1964 y 2012. Más de la mitad de su contenido es inédito, al menos en inglés.
Comienza con una increíble algarabía (fanfare) por los manifiestos del siglo XX. Los capítulos 2 al 5 son reflexiones realistas sobre la situación del arte al iniciar el nuevo milenio. Estos no pueden ser comprendidos a menos que nos sumerjamos de vuelta en el mundo del ayer. Los capítulos 6 al 12 tratan precisamente sobre este mundo, moldeado principalmente en el siglo XIX europeo, que creó los cánones de los “clásicos”, en música, ópera, ballet y drama, pero que se extendió a otros países con el lenguaje básico de una literatura moderna. Mis casos han sido tomados de aquellas regiones que conforman mi propio background cultural –geográficamente, Europa central; lingüísticamente, Alemania– pero también prestan atención al importante “verano indio” (Indian summer) o la belle époque de la cultura previa a 1914. La sección concluye con una consideración sobre su legado.
Pocas páginas son más cercanas hoy que la descripción profética de Karl Marx acerca de las consecuencias sociales y económicas de la industrialización capitalista en Occidente. Pero a medida que el capitalismo europeo establecía su dominio en el siglo XIX sobre el planeta, destinado a transformarlo por medio de la conquista, la superioridad técnica y la globalización de su economía, también llevaba consigo un valioso cargamento de creencias y valores, que lo hacía asumirse como superior a otros. Llamemos a esta la “civilización burguesa europea” que nunca se recuperó de la Primera Guerra Mundial. Las artes y ciencias constituyeron el centro de estas creencias en tanto progreso y educación esta confiada forma de ver el mundo, así como el núcleo espiritual que reemplazaría a la religión tradicional. Nací y me crié en esta “civilización burguesa”, dramáticamente simbolizada por el gran anillo de edificios públicos de mediados de siglo que rodeaban el imperial y medieval centro de Viena: la Bolsa de Valores, la universidad, el Burtheater, el monumental City Hall, el Parlamento, los titánicos museos de historia del arte e historia natural mirándose uno al otro y, por supuesto, el centro de toda ciudad burguesa que se respete a sí misma: la ópera. Estos eran los lugares donde la “gente cultivada” rendía culto ante los altares de la cultura y el arte. Una iglesia decimonónica se añadía al paisaje solo como una concesión tardía al vínculo entre la Iglesia y el emperador.
Novedosa como era en sí, esta escena cultural estaba fuertemente enraizada en la antigua cultura real, principesca y eclesiástica previa a la Revolución Francesa, es decir, en un mundo de poder y extrema riqueza, los mecenas por excelencia de las bellas artes y las exposiciones. Esta aun sobrevive en gran medida a través de la asociación entre prestigio tradicional y poder financiero, exhibida de manera pública, pero no respaldada por su socialmente aceptada aura de nacimiento o autoridad espiritual. Ello podría explicar por qué ha sobrevivido al relativo declive de Europa para permanecer como la expresión más visible en el mundo de una cultura que combina poder y libre gasto con prestigio social. En este sentido, las bellas artes, como la champagne, mantienen su eurocentrismo incluso en un mundo globalizado.
Esta sección del libro concluye con algunas reflexiones sobre la herencia de este periodo y los problemas que enfrenta.
Cómo pudo el siglo XX enfrentar la ruptura de la sociedad burguesa tradicional y los valores que la mantenían unida? Este es el tema de los ocho capítulos de la tercera sección del libro, un conjunto de reacciones intelectuales y contra-intelectuales al final de una era. Entre otros temas, se incluye el impacto de las ciencias en el siglo XX en una civilización que, aun devota del progreso, no las entendía y estaba debilitada por aquellas; la curiosa dialéctica de la religión pública en una era de acelerada secularización, y de artes que habían perdido sus viejas direcciones y que había fallado en encontrar nuevas, ya sea mediante su propia búsqueda “modernista” o “avant-garde” o mediante la alianza con el poder o, finalmente, por medio de una sumisión con resentimiento y desilusionada al mercado.
¿Qué le salió mal a la civilización burguesa? Esta se basaba en un modo de producción que buscaba transformarlo todo, incluso si ello implicaba destruir, mientras que sus operaciones, instituciones, y valores políticos estaban diseñados para una minoría, que podía y quería expandirse, sin embargo. Era (y lo sigue siendo) meritocrática, lo que significa que no era ni igualitaria ni democrática. Hasta fines del siglo XIX la “burguesía” o la clase alta todavía hacía referencia a grupos reducidos de personas. En 1875 solo 100,000 niños iban a la escuela secundaria en Alemania y muy pocos llegaban al examen final, el Abitur. Un número no mayor de 16,000 estudiaba en las universidades. Incluso en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, Alemania, Francia y Gran Bretaña, tres de los países más extensos, desarrollados y con un mayor índice de educación, con un total de 150 millones de personas, tenían apenas 150,000 estudiantes universitarios, el equivalente al 1% de la suma de sus poblaciones. La formidable expansión de la educación secundaria y, sobre todo, de la educación universitaria después de 1945 multiplicó el número de las personas educadas.
Es obvio que el sistema ha sido amenazado por la gran mayoría que se encontraba al exterior de estas elites. Estas podrían mirar adelante a una sociedad progresista pero igualitaria y democrática sin o posterior al capitalismo como los socialistas, pero adoptaron muchos de los valores de la modernidad “burguesa” y no brindaron ninguna alternativa específica. En realidad, el objeto de los militantes social-demócratas “políticamente concientes” fue de brindar al trabajador acceso libre a estos valores mientras las autoridades socialistas se los brindaban. Paradójicamente el desarrollo genuino de una cultura subalterna, como el mundo del fútbol profesional y su audiencia, eran aptos para ser vistos como políticamente irrelevantes y una diversión inmadura. Hasta donde sé, la inusual pasión por el fútbol del proletariado vienés en la Viena de mi niñez era asumida como algo natural, pero no tenía ninguna relación alguna con el vínculo pasional de los que votaban por el Partido Social Demócrata.
El argumento básico de los ensayos reunidos en este libro es que la lógica de que el desarrollo capitalista y la civilización burguesa estaban condenadas a destruir sus propios cimientos, una sociedad e instituciones manejadas por una élite minoritaria progresista, tolerada o quizás aprobada por una mayoría, que duró tanto como pudo garantizar la estabilidad, paz y orden público del sistema, así como satisfacer las modestas expectativas de los pobres. Pero estas élites no pudieron resistir la triple embestida de la revolución del siglo XX en ciencia y tecnología, que transformó viejos hábitos de consumo antes de destruirlas, de la sociedad de consumo generada por la explosión en el potencia de las economías occidentales, y la decisiva entrada de las masas en la escena política como clientes pero también como votantes. El siglo XX, o más precisamente su segunda mitad, fue la del hombre común occidental y, en menor medida, de la mujer. El siglo XXI ha globalizado dicho fenómeno. Y ha demostrado los defectos del sistema político identificando democracia con sufragio universal y gobierno representativo, especialmente porque la política y la estructura de gobierno ha permanecido inmune a la globalización y ha sido reforzada por la casi transformación universal del planeta en una colección de “estados-nación” soberanos. Asimismo, las clases dirigentes (o al menos hegemónicas), viejas y nuevas, no tienen idea de qué hacer o, de saberlo, carecen del poder necesario para actuar.
En el plano cultural, el siglo del hombre y mujer común ha sido más que positivo, aun cuando el público para la cultura refinada de la burguesía clásica se haya reducido a un nicho para los más ancianos, los snobs o los cazafortunas. Hacia 1960 la música clásica apenas proveía el 2% de las grabaciones, principalmente de obras grabados antes del siglo XX, y que nunca alcanzó un público significativo. De hecho, la combinación de nueva tecnología y consumo de masas no solo creó el paisaje cultural en el que vivimos sino que permitió su más grande logro artístico: las películas. De ahí la hegemonía de un democratizado Estados Unidos en la aldea global del siglo XX, su originalidad en nuevas formas de creación artística –en el estilo de escritura, música, teatro, combinando las tradiciones educadas y subalternas– pero también la escala de su poder para corromper. El desarrollo de sociedades en las cuales una economía tecno-industrial ha impregnado nuestras vidas de una producción cultural y experiencias de información que son universales, constantes y omnipresentes, de sonido, imagen, memoria, palabra, memoria y símbolos, en algo sin precedentes en nuestra historia. Ha transformado por completo nuestras formas de capturar la realidad y la producción artística, al derribar el status privilegiado del “arte” en la vieja sociedad burguesa, lo que significaba servir como medida del bien y el mal, y mensajeros de valores: lo verdadero, la belleza y la catarsis.
Ello puede seguir siendo válido para el público de Wigmore Hall, pero es incompatible con una sociedad de mercado dislocada, donde “mi satisfacción” es el único objeto de experiencia, incluso alcanzado. En la frase de Jeremy Bentham (o quizás John Stuart Mill), “una tachuela es tan buena como la poesía”. Evidentemente no lo es, tan solo porque no considera el alcance en el cual el solipsismo de una sociedad de consumo ha sido fundida con los rituales de una participación colectiva, tanto de manera oficial como no, y que han pasado a caracterizar nuestros estados-espectáculos y sociedad civil. Excepto que mientras la burguesía creía saber qué era la cultura (como lo señaló T.S. Eliot, “En la habitación la mujer entra y sale/hablando sobre Miguel Ángel”), nosotros carecemos de las palabras o conceptos para la naturaleza de la dimensión de nuestra experiencia. Incluso la pregunta: “¿Es esto arte?” es planteada por quienes se niegan a aceptar que los conceptos clásicos de la burguesía, cuidadosamente preservados en mausoleos, han dejado de existir. Esta alcanzó el final de su camino casi de la mano con la Primera Guerra Mundial, con Dada, el urinario de Marcel Duchamp y el cuadrado negro de Malevich. Por supuesto que el arte no terminó ahí, como se esperaba. Como tampoco llegó a su fin la sociedad en que “las artes” eran su parte integral. No obstante, no entenderemos o sabremos cómo lidiar con la presente marea creativa inundando el planeta con imágenes, sonidos y palabras, lo cual se ha vuelto incontrolable en el espacio y el ciberespacio.
Espero que el presente libro contribuya a dar claridad a esta discusión.
Nota del Editor: Para continuar leyendo fragmentos de Fractured Times, se puede acceder a la página deAmazon.com, de donde hemos tomado la versión original del “Preface”. Otros historiadores han escrito reseñas sobre el libro, como Richard Evans y Mark Mazower.
Agradezco a Carlos Aguirre, con quien compartimos la misma pasión por los historiadores marxistas británicos, por haberme avisado de la aparición del libro de EH.
lunes, 8 de octubre de 2012
Eric Hobsbawm, uno de los mejores historiadores del siglo XX
Por Sir Roderick Floud
Eric Hobsbawm fue uno de los historiadores más destacados del siglo XX y quizá mejor considerado fuera de las Islas Británicas que dentro de ellas. Marxista durante su vida adulta y miembro del Partido Comunista gran parte de ella, su influencia como historiador y pensador político fue más allá de estas filiaciones. Fue clave en la creación de la disciplina de historia social y la trilogía de las tres edades [The Age of Capital, The Age of Empire y The Age of Extremes] hizo popular la historia europea moderna e iluminó a un público más amplio. En los años 90 llegó a ser, para su sorpresa, una de las principales influencias intelectuales de Neil Kinnock [político del Partido Laborista británico] y más tarde de New Labour.
Eric John Ernest Hobsbaum nació en Alejandría, creció en Viena, Berlín y Londres, estudió en Cambridge y dio clases en universidades de todo el mundo, pero principalmente en el Birbeck College de la Universidad de Londres. Su padre murió cuando tenía 12 años y su madre cuando tenía 14 pero los primeros años de su vida le dieron visión de futuro, experiencia y una facilidad para los idiomas, de lo que se beneficiaron sus escritos posteriores. Afrontó las tragedias tempranas de los años 30, cuando el mundo se derrumbaba a su alrededor, mediante la dedicación al estudio y los asuntos intelectuales.
Leopold Percy Hobsbaum, el padre de Eric, nació en el seno de una familia judía de clase media en el East End de Londres y su madre, Nelly Gru, nació en Viena. Se conocieron en Egipto pero se mudaron a Austria a finales de la Primera Guerra Mundial. Allí Percy y su familia (Eric tenía una hermana llamada Nancy que tenía tres años menos que él) padecieron cada vez más estrechez, fallaron algunas incursiones comerciales y aunque Nelly intentó ganarse la vida como escritora, en 1929 vivían al día. Hobsbawm escribía en su fascinante autobiografía Interesting Times “no conozco a nadie tan poco apta como mi padre para ganarse la vida en un mundo tan despiadado”.
Después de la muerte de su padre, Nelly quedó desamparada y fue a vivir con su madre; ella y Eric se ganaron la vida dando clases de inglés. Cuando Nelly enfermó enviaron a Nancy a Berlín para vivir con su tío Stanley y en 1931 Nelly se murió. Los párrafos más personales de Interesting Times hablan del amor hacia su madre mientras vivía “la mayor parte del tiempo apartado del mundo real, no tanto en un mundo de sueños sino en uno de curiosidad, averiguación, lectura solitaria, observación, comparación y experimentación…”
En 1931 la familia de Hobsbawm fue la de su tío Stanley y vivieron inicialmente en Berlín y luego, con la llegada de Hitler, en Londres. Pero esta familia fue también efímera. Gretl, la mujer de Stanley, falleció y Stanley se trasladó a Chile en 1939. Hobsbawm terminaba su licenciatura en Cambridge. Fue entonces cuando formuló el tema que “configuró permanentemente mi trabajo como historiador… las influencias sociales que determinan la forma y el contenido de la poesía (y de las ideas) en diferentes momentos”.
Cambridge constituía “un extraño país nuevo” (según Noel Annan, “la aristocracia intelectual”) pero para la mayoría representaba una continuación de su vida en el internado. La estancia de Hobsbawm en el King’s College estuvo dominado por el Partido Comunista dentro de un entorno intelectual que él recuerda como introvertido y en el que la investigación jugó un papel pequeño y todas las tardes se ocupaban con el deporte. Fue miembro de los Apóstoles de Cambridge [un club de debate], junto con Russell, Keynes, Wittgenstein, Moore y Forster.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue Sargento Instructor durante seis años, tiempo que consideró perdido, pero no le asignaron puestos de interés, seguramente debido a su entorno familiar europeo y su apoyo al comunismo. Después de casarse con una camarada, Muriel Seaman, volvió al King’s College como investigador, primero como estudiante y luego como gobernante de la Universidad, y empezó a dar clases en el Birbeck College que constituiría el centro de su vida profesional; sólo la New School for Social Research de Nueva York pudo compararse con el Birbeck College para Hobsbawm.
No tuvo acceso a ciertos puestos en Cambridge, debido seguramente a una forma más moderada de Macartismo que tuvo influencia en varias profesiones; la misma razón le impidió obtener una cátedra en el Birbeck College. Su primer matrimonio, del que nació su hijo Joshua, terminó en 1951 y en 1962 se casó con Marlene Schwartz.
En su autobiografía Hobsbawm le describió como “una vienesa con piel de ocelote” y simplemente le hizo feliz. Vivieron -junto con su hijo, Andy (asesor de medios digitales) y su hija Julia (director ejecutivo de Editorial Intelligence y catedrática de redes)- en Hampstead y Gales y celebraron cenas en el norte de Londres, lo que le proporcionó la estabilidad que faltó en la primera parte de su vida.
No se despojó en cambio de su pesimismo sobre los acontecimientos mundiales que ocuparon las discusiones en el Birbeck College; sus conocimientos enciclopédicos sobre los detalles arcanos de Italia, Europa Central o América Latina hicieron más convincente y deprimente este pesimismo para sus colegas.
La historia personal, el entorno intelectual y los acontecimientos públicos de un historiador afectan forzosamente su investigación y escritos. En el caso de Hobsbawm, el hecho de crecer en una Europa propensa al nazismo y al fascismo interactuó con su deseo de explicar la historia y encontró su expresión de conjunto dentro del marxismo. Su esquema explicativo imbuye todos sus escritos, igual que lo hizo el racionalismo de la ilustración europea del siglo XVIII, precursor esencial de Marx; de allí su énfasis en los intereses económicos como causa del comportamiento humano, expresado a menudo en términos de conciencia de clase.
Ayudó a los historiadores a entender los motivos utópicos de los hombres y las mujeres en los movimientos sociales, explicado en el libro Primitive Rebels. Ayudó a rescatar a estos movimientos de la “enorme condescendencia de la posteridad”, en palabras de su amigo y colega E.P. Thompson. Fue la investigación en este tema lo que dio relieve a su reputación en Italia, la Península Ibérica y América Latina, donde lo agasajaron historiadores y presidentes.
El marxismo llevó a Hobsbawm a observar otros conceptos, tales como la identidad nacional o étnica, con escepticismo; alegaba que podrían entrar en conflicto con o impedir el reconocimiento de los intereses económicos o de clase subyacentes. Fue responsable, junto con Terence Ranger, de organizar una conferencia de lo más divertida y profunda para la revista Past and Present sobre la invención de la tradición. Hugh Trevor-Roper describió la invención de la falda escocesa en el siglo XVIII por un cuáquero inglés y Prys Morgan describió el desarrollo de un traje galés homogeneizado para mujeres .estilo Mamá Oca- por Lady Llanover en 1834. Pero Hobsbawm utilizó éste y otros ejemplos para demostrar el peligro del mal uso de la historia, ejemplificado más recientemente en el conflicto de los Balcanes. El concepto de identidad nacional, construida demasiadas veces para servir a los intereses de los políticos, conduce a los pueblos al desastre; esto lo llevó a ser siempre hostil hacia el sionismo.
Los historiadores alabaron su contribución durante los años 50 al “debate sobre el nivel de vida” y durante los años 60 y 70 a la creación de la disciplina de historia social. Desde Engels y Macaulay, los historiadores discuten si la Revolución Industrial mejoró la condición de la clase obrera. Hobsbawm utilizó una variedad de fuentes históricas para sugerir que el bienestar económico se deterioró a mediados del siglo XIX a consecuencia del auge de las fábricas y las ciudades industriales.
En su ensayo de 1971 “Desde la historia social a la historia de la sociedad” proporcionó una base teorética para la disciplina relativamente nueva de la historia social. Basándose, como siempre, en el marxismo se mostraba receptivo también a la sociología contemporánea, aunque desaprobaba su naturaleza no histórica. Apremió a los historiadores y a sí mismo a separarse de la antigua asociación de la historia social con la historia del trabajo. La historia social debía estudiar el comportamiento y la conciencia dentro de una variedad de áreas, lo que incluía su amado jazz. Resaltó también la importancia de una perspectiva internacionalista.
Los historiadores reconocen que la mayor contribución de Hobsbawm a su asignatura reside en la trilogía que le hizo popular a él y a la historia. Los títulos de la trilogía The Age of Capital 1848-1875, The Age of Empire1875-1914 y The Age of Extremes: the short century 1914-1991 aparecen en las listas de los más vendidos. Demuestran también los conocimientos extraordinarios de Hobsbawm , su erudición histórica, sus habilidades lingüísticas, su memoria y, sobre todo, su capacidad de síntesis y generalización.
Sería cínico sugerir que el éxito de Hobsbawm como historiador estimuló la envidia entre sus colegas. Pero los que no le perdonaban ser comunista sí se mostraban hostiles hacia él aunque lo estimaban. Algunos argumentaban que se podía entender su identificación intelectual con el marxismo debido a la época en la que le tocó vivir; pero defender al Partido Comunista después de que se dieran a conocer las atrocidades fue para otros inexcusable.
Los historiadores no existen para hacer juicios morales sino para explicar. La adhesión de Hobsbawm a la causa comunista es consecuencia de las circunstancias en las que, como judío, se le reclutó en Berlín en 1932. Más tarde se convirtió en una pasión absorbente en un mundo de caos y desastre inminente. Ahora que vivimos en otros tiempos, esta pasión es difícil de entender. Hoy, poca gente escribiría sobre la política que defiende, aunque quizá lo haga sobre su religión: “El partido era nuestra vida. Le dedicamos todo nuestro esfuerzo. A cambio nos devolvió la certeza de nuestra victoria y la experiencia de la fraternidad”.
Es posible que su resistencia a desautorizar al comunismo, incluso cuando éste falló, se debiera a que no deseaba traicionar la memoria de sus antiguos camaradas. Ser comunista en los años 30 y 40 era peligroso. Escribió “No éramos liberales. El liberalismo había fallado. Dentro de la guerra que nos ocupaba no nos preguntábamos si debía haber un límite a los sacrificios que imponíamos sobre otros como tampoco a los que nos imponíamos sobre nosotros mismos. Como no teníamos el poder, ni lo íbamos a tener, lo que esperábamos era ser prisioneros y no carceleros”. Como muchos otros antes de él y después de él, creyó que la causa -en su caso una sociedad socialista utópica- justificó el sacrifico que él y sus camaradas estaban dispuestos a hacer, así como la pérdida de vidas inocentes.
El análisis clarividente de Hobsbawm de las realidades de la política contemporánea le hizo atractivo a Neil Kinnock y más tarde a New Labour cuando ésta buscaba una base intelectual para la socialdemocracia después del individualismo de los años de Thatcher y el fracaso del socialismo. Aunque su posterior escepticismo del proyecto de Blair y su oposición a la guerra de Irak atenuó su popularidad entre los políticos de New Labour, su influencia como comentarista continuó, caracterizada por su lealtad hacia Gran Bretaña y no se sorprendieron sus amigos cuando le hicieron Companion of Honour en 1998. Estaba muy orgulloso de esta condecoración, de ser miembro honorario del King’s College, de sus numerosas licenciaturas honorarias y sobre todo de su presidencia del Birbeck College.
Eric John Ernest Hobsbawm, historiador, nacido en Alejandría (Egipto) el 9 de junio de 1917, casado en 1943 con Muriel Seaman y divorciado en 1951 (un hijo), casado de nuevo en 1962 con Marlene Schwarz (un hijo y una hija) y fallecido el 1 de octubre de 2012.
viernes, 5 de octubre de 2012
Homenaje al maestro Hobsbawm
Por José Carlos García Fajardo
Hay muchos libros acerca de los grandes acontecimientos históricos del siglo XX: revoluciones, guerras, crisis económicas... Pero no hubo hasta 1994 una auténtica Historia del siglo XX como ésta, que los enlaza todos en una perspectiva global. Hobsbawm ha enseñado a varias generaciones que la Historia no se construye a base de sucesos históricos, sino gracias a cómo conectamos esos hechos y les damos significado.
Para abarcar un panorama tan complejo se requería alguien con la erudición y la sensibilidad de Eric Hobsbawm; alguien que, como él, ha vivido el siglo: que estuvo en Berlín cuando Hitler era proclamado canciller y en Moscú después de la muerte de Stalin; que ha conocido los movimientos revolucionarios de América Latina y ha convivido en Cambridge con Turign o con los descubridores de la estructura del ADN.
Honor y reconocimiento a este otro gran judío universal: sabio, polifacético, cultísimo, marxista, agnóstico y ateo, según sus fases, políglota y lector impenitente. Nació en 1917 y se educó en Vienna, Berlin, Londres y Cambridge. Fellow de la Academia Británica y de Academia Americana de Ciencias y Artes, con decenas de doctorados y de grados honoríficos, publicó una serie de libros imprescindibles. Dio clases hasta su retiro en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde entonces en la New School for Social Research in New York.
Su impresionante trilogía incluye The Age of Revolution, The Age of Empire, y Age of Extremes, el maravilloso Corto siglo Veinte 1914-1991, que después siguió ampliando y comentando hasta el final de sus días.
No me siento triste ni lamento su muerte a sus 95 años. Vivir hasta morir es vivir lo suficiente y Hobsbawm "cumplió sus días". Y así espero que lo recuerden y evoquen los centenares de periodistas que pasaron por mis clases de Historia universal contemporánea y de Historia del Pensamiento político durante los últimos quince años. Fue uno de nuestros autores de cabecera.
jueves, 4 de octubre de 2012
Eric Hobsbawm cambió nuestra forma de pensar sobre la cultura
Por Jonathan Jones
El historiador Eric Hobsbawm, que ha fallecido a los 95 años, está siendo llorado con razón como un gran intelectual de la época moderna. Sin embargo, Hobsbawm era más que un historiador de gran alcance y pensador político, ni debe ser recordado en solitario esplendor. Formó parte de un grupo de académicos marxistas británicos que influyó profundamente en nuestra comprensión de lo que es cultura.
Más de 50 años atrás, un grupo de historiadores académicos disidentes que habían sido educados en Oxbridge cambiaron la forma de mirar la cultura británica. Ellos entendieron, mucho antes que los demás, que la cultura es lo que da forma al mundo. También vieron que la cultura es totalmente democrática y viene de la gente. Mientras los guardianes oficiales de las artes, como Kenneth Clark, estaban alabando la "civilización" de la élite en la televisión y en la prensa, Hobsbawm y compañía resucitaban la cultura perdida de los luditas, la de los cazadores furtivos enmascarados y las cartas anónimas de escritores como William Blake y John Milton. Descubrieron y popularizaron el valor de la cultura popular - algo tan integral de nuestras vidas hoy en día que parece extraño que fuera denigrado siempre.
La cultura, en la tradición de análisis social que se inspira en Karl Marx, fue visto como un aspecto secundario y superficial de la vida humana. La base económica, según los viejos marxistas, determina todo lo demás, el arte y la literatura se limitan a reflejar esa base económica. El Retrato Inglés del siglo 18 (The English 18th-century portrait), por ejemplo, refleja el auge del individualismo burgués. Marx creía en los determinantes económicos de la cultura. El ejemplo que dio fue la novela de Daniel Defoe Robinson Crusoe, que él vio como un retrato de la utopía capitalista de auto-ayuda.
Hobsbawm fue uno de una generación de brillantes historiadores británicos, junto con EP Thompson y Christopher Hill, que abrazaron el marxismo, pero rechazaron su actitud cruda hacia la cultura. El clásico libro de Thompson La Formación de la Clase obrera Inglesa no se trata tanto de las fábricas y las condiciones de trabajo, sino sobre los rituales y símbolos en los que la resistencia se expresa: la propia clase obrera haciendose a si misma a través de la cultura. Del mismo modo, Hill reúne a Milton y los Ranters en sus recreaciones de la cultura de la "revolución de Inglesa" que derrocó a Carlos I, liberando un carnaval del pensamiento radical.
En todo caso, Hobsbawm fue el más convencionalmente marxista de las tres, pero eso fue porque estaba muy interesado en la economía. No es una paradoja que el historiador de derecha Niall Ferguson ha llorado a Hobsbawm en The Guardian: los dos han prestado atención a las duras realidades de dinero en la historia.
Pero Hobsbawm se destacó al revelar el poder de los mitos, símbolos y rituales, las complejidades de la cultura popular. Estudió el idioma arcano perdido de la protesta rural en su libro de coautoría Capitán Swing (Captain Swing). Él acuñó los términos "bandidos sociales" y "rebeldes primitivos", para describir a las figuras olvidadas que fueron hechos proscritos con el fin de resistir a sus opresores - Robin Hood, por ejemplo.
El cine impregna su obra. Hobsbawm investigaba a los sicilianos declarados fuera de la ley en el momento exacto cuando el cine neorrealista descubría la clase trabajadora Italiana: el filme de Salvatore Giuliano, acerca de un famoso bandido siciliano, salió en 1962, no mucho después de su libro Rebeldes Primitivos. En su libro La Edad de los Extremos, Hobsbawm sostuvo que todo el que era joven e inteligente en la década de 1930 en Gran Bretaña era también un fanático de las películas de vanguardia, tales como El Perro Andaluz de Buñuel (Un Chien Andalou) y El Acorazado Potemkin de Eisenstein (Battleship Potemkin). ¿Su evidencia? Su propia memoria: recuerda haber ido a ver estas películas cuando era joven. Su pasión por el cine de la década de 1930 al parecer duró: lo vi en la audiencia en el Barbican en Londres hace unos años, pegado a The 39 Steps de Hitchcock.
En sus cuatro volúmenes de la historia del mundo moderno, Hobsbawm se aleja casi por completo de las actitudes marxistas sobre la cultura. Se celebra el cine y el arte modernista como poderosas fuerzas culturales, los que él ni siquiera intenta reducir a factores económicos. La era verdaderamente revolucionario del arte fue antes de la Primera Guerra Mundial, escribió, cuando Cézanne, Picasso y Matisse rehicieron el arte completamente. En la década de 1930, argumentó, la vanguardia se había convertido en un ritual social: todo el mundo va a ver todas esas películas surrealistas. En su opinión, la vanguardia murió por los años 1960. Famosamente, Hobsbawm amaba el jazz, una forma de arte que es imposible de reducir a una teoría económica simple.
Lo más importante de todo, Hobsbawm aplicó su sentido del poder a la cultura para repensar la política socialista. El movimiento obrero había perdido el contacto con la cultura moderna, sostenía en las páginas de la revista Marxism Today en la década de 1980. Fue el thatcherismo que reflejó las formas posmodernas de la vida. Como un estudiante lector ávido de esta revista en la década de 1980, me enteré de que la masculinidad es una construcción cultural, y que Madonna era una feminista. Fue un largo camino desde antiguo marxismo, y sobre todo se cernía la mente cristalina de Hobsbawm. Por supuesto, él no habría podido predecir que sería Tony Blair, que terminó tomando el Trabajo en una nueva era cultural.
¿Por qué estos marxistas influyeron en nuestra comprensión de la cultura? Debido a que escribió sobre ella tan bien. En sus libros hay un fuerte sentido de la cultura como un campo de juego infinitamente creativ, donde las personas construyen y destruyen las utopías todos los días. Estos hombres establecen el sentido amplio y democrático de la cultura que damos por sentado hoy en día, lo que demuestra que la música áspera de los pobres puede ser más elocuente que el jardín del duque.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Adiós a Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más influyentes del Siglo XX
El diario británico describe al historiador, que siempre estuvo muy ligado al marxismo, en un obituario sutil y elegante, hablando de él continuamente en pasado pero sin especificar las causas de su muerte. Su obra más conocida es 'The Age of Extremes: the short twentieth century, 1914-1991', publicada en 1994 y traducida al español como 'Historia del Siglo XX'.
El diario 'The Guardian', en un obituario sutil y elegante, en el que no especifica las causas de su muerte; ha anunciado la muerte del historiador Eric Hobsbawm. El intelectual británico de origen egipcio, miembro del partido comunista desde 1936, ha fallecido a la edad de 95 años.
El diario británico describe al historiador, que siempre estuvo muy ligado al marxismo, con estas palabras: “Eric Hobsbawm nació en Alejandría (Egipto) en 1917, hijo de un inglés de familia judía. Creció entre Viena y Berlín, donde iba al colegio cuando Hitler llegó al poder en 1932, su nacionalidad británica le permitió poder trasladarse a este país poco tiempo después, perfeccionando su inglés lo suficiente como para ganar una plaza en la Universidad de Cambridge, a la que nunca volvería una vez terminados sus estudios”.
Su obra más conocida es 'The Age of Extremes: the short twentieth century, 1914-1991', publicada en 1994 y traducida al español como 'Historia del Siglo XX'. Fue un autor prolífico, que publicó su primera obra: 'El cambio del laborismo: extractos de fuentes contemporáneas' ('Labour's Turning Point : extracts from contemporary sources'), en 1948, a la edad de 31 años. A su historia sobre el laborismo le siguieron una larga lista de análisis y estudios publicados. Hasta un total de 26 libros vieron la luz, incluido uno sobre la historia del jazz, 'The Jazz Scene', que apareció en 1989.
La familia del influyente historiador marxista ha sido quien ha confirmado su fallecimiento. Hobsbawm falleció a primera hora de la mañana en el hospital Royal Free de Londres, donde era tratado de una neumonía, según la cadena británica BBC. Un comunicado de su familia indicó hoy que a Hobsbawm "lo echarán mucho de menos no solo su mujer de los últimos 50 años, Marlene, sus tres hijos, siete nietos y un bisnieto, sino también sus miles de lectores y estudiantes en todo el mundo", informa Efe.
Entre sus obras más destacadas, que influyeron en generaciones de historiadores, están 'Historia del siglo XX. 1914-1991' y 'Guerra y paz en el siglo XXI'. El intelectual, que aplicó los principios del marxismo para explicar el mundo actual, publicó su último libro en 2011, bajo el título 'Cómo cambiar el mundo'.
Estudió en la Universidad de Cambridge y en 1947 se convirtió en profesor en la universidad londinense de Birkbeck, con la que colaboró durante años hasta llegar a ser su presidente. A sus grandes obras hay que sumar miles de artículos publicados en numerosas revistas. Asiduo colaborador del diario 'The Guardian' y trabajador infatigable, su último trabajo publicado en el citado periódico fue un obituario de la socióloga Dorothy Wedderburn. Diez días después de publicarlo la muerte ha llamado a su puerta.
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