jueves, 27 de noviembre de 2014

El costo de ser reina de belleza en América Latina



Y ése fue el caso de María José Álvarez Alvarado, Miss Honduras 2014, una estudiante de clase media baja cuya vida se vio truncada con el advenimiento de la fama. De dos balazos se acabó la carrera de esta reina de la belleza, de 19 años. La encontraron sepultada bajo tierra junto a su hermana Sofía en un establo a 200 kilómetros de la capital, Tegucigalpa.

En Honduras, como en otros países de la región, los concursos de belleza son el deporte nacional.

Existen de todas las categorías imaginables y no existe pueblo, organización, gremio, sindicato o Carnaval que se precie que no tenga su propio concurso.

Mujeres sin grandes oportunidades se alistan en los certámenes para tratar de labrarse un futuro mejor.

Y ése fue el caso de María José Álvarez Alvarado, Miss Honduras 2014, una estudiante de clase media baja cuya vida se vio truncada con el advenimiento de la fama.

De dos balazos se acabó la carrera de esta reina de la belleza, de 19 años. La encontraron sepultada bajo tierra junto a su hermana Sofía en un establo a 200 kilómetros de la capital, Tegucigalpa.

La joven aspiraba a asistir a la 64a. edición de Miss Mundo, que se va a celebrar el próximo 14 de diciembre en Londres.

El trágico desenlace ha puesto punto final a una historia que se repite una y otra vez como una maldición entre las reinas de América latina.

El asesinato de Álvarez es el tercero de una Miss en 2014 tras el homicidio durante un robo de Mónica Spear (Miss Venezuela 2004) y la también venezolana Génesis Carmona (Miss Turismo Carabobo 2013), fallecida tras recibir un balazo durante unas protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Aunque se trata de casos aislados, el número de reinas asesinadas en la última década puede interpretarse como una peligrosa tendencia.

El secretario de Asuntos de Seguridad de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Adam Blackwell, advirtió que en el continente más peligroso del mundo ser una "personalidad de alto perfil" convirtió a las Misses en objetivo "del robo, los celos y la extorsión".

Llevar la corona se convirtió en un oficio de alto riesgo.

El primer caso (y tal vez el más emblemático) que azotó al mundo de la belleza fue el asesinato de la lindísima activista de izquierdas guatemalteca Rogelia Cruz, que en 1958 se alzó con la corona de Miss Guatemala y militaba en una de las primeras organizaciones guerrilleras del país, las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR).

Cruz, que al año siguiente se presentó al certamen de Miss Universo, fue secuestrada, violada y asesinada diez años más tarde por un comando de la muerte paramilitar.
Tras su asesinato se convirtió en una mártir por los derechos sociales en Guatemala y recientemente se estrenó un documental sobre su figura.

El fenómeno que más ha castigado a las Misses es el de las "narcomujeres".

Desde que el legendario capo del cartel de Cali, Miguel Rodríguez Orejuela, se casó con Marta Lucía Echeverry, Miss Colombia 1974, las reinas se convirtieron en auténticos trofeos para los traficantes.

Ése fue el caso de la actriz colombiana de la famosa telenovela Pasión de Gavilanes, Liliana Lozano. Lozano (Miss Carnaval de Colombia 1995) apareció años más tarde brutalmente torturada junto al hermano de su marido, el traficante de cocaína Leónidas Vargas.

Y como si fuera parte de la película mexicana Miss Bala (2011), en la que una candidata al concurso de belleza de Baja California acaba envuelta en una espiral de drogas y violencia, Miss Sinaloa 2012, "Suzy" Flores, murió en 2013 durante un tiroteo entre soldados y sicarios en el que se relacionó a su novio, el peligroso matón del cartel de Sinaloa Orso Iván Gastelum, alias "el Cholo".

Pero hay muchas más: Karen Virginia Blanco (Miss Turismo Venezuela 2007) fue asesinada junto a su novio en 2011; Karla Contreras (Reina de la Facultad de Contabilidad y Administración de Sinaloa, México) fue baleada a los 19 años cuando viajaba en un Cadillac de lujo en 2013.

Todos estos crímenes tuvieron una gran trascendencia social y mediática e indican que en un continente donde la belleza tiene tanta importancia, las reinas acaban rodeadas de la gente más poderosa y, a menudo, más peligrosa. Es el precio a pagar por llevar la corona.

Paradójicamente, el sueño cumplido de estas jóvenes no logró alejarlas del clima de violencia que se vive en muchos países de América latina, un continente que a pesar de encadenar una década de crecimiento económico ha sido incapaz de rebajar de forma sustancial los índices de desigualdad e inseguridad.

Ellas son, simplemente, las caras visibles de un fenómeno que no distingue a las bellezas.

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