martes, 17 de septiembre de 2013

La ciencia (crítica) como aliada potencial de las luchas emancipatorias


Rebelión

Por Salvador López Arnal *

No es infrecuente leer en revistas, páginas y publicaciones de izquierda descalificaciones globales (o casi globales) contra la ciencia y la tecnología contempo ráneas. Hay motivos para ello. Sin duda. No es necesario recordar el complejo científico-militar asociado al Proyecto Manhattan y el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, ni los graves peligros que representa el “tecnológicamente avanzado” armamento atómico (Paul Craig Roberts no cesa de llamarnos la atención sobre este vértice de altísima tensión), ni los crímenes acumulados en la compleja mochila informática de los sofisticados drones, ni los crecientes desastres de la industria nuclear, ni la infame y antiobrera robotización inhumana de los procesos industriales o las agresiones contra los equilibrios naturales en la agricultura intensiva, para tomar consciencia de ello. Pero es importante matizar y es necesario tomar consciencia de que una política de la ciencia con otras orientaciones y finalidades es posible, y que el saber científico bien entendido y valorado puede jugar un papel cultural alternativo y crítico de enorme importancia.

Una ilustración de ello que toma pie en el artículo de Woody Todd [WT]: “Científicos descubren qué mata a las abejas” [1].

La temática: la mortandad masiva de abejas productoras de miel. Esta misteriosa mortandad que polinizan cultivos en EEUU “que tienen un valor de 30 mil millones de dólares”, ha diezmado la población de apis mellifera. Hasta el punto, señala WT, de que un mal invierno podría dejar los campos en barbecho (las poblaciones de abejas son tan escasas en EE UU que el 60 % de las colonias supervivientes apenas pueden polinizar el almendro cultivado en California, el 80% de la producción mundial de almendras). Un nuevo estudio “ha señalado algunas de las causas probables de la muerte” de estas abejas. Los resultados, bastante terroríficos en opinión de WT, muestran que evitar su desaparición es bastante difícil. Más de lo que se pensaba..

Las comunidades científicas implicadas en la investigación estaban tratando de descubrir la causa del llamado “síndrome de despoblamiento de las colmenas” (Colony Collapse Disorder, CCD: una columna entera sucumbe de golpe) que en los últimos seis años ha acabado con unas 10 millones de colmenas. ¿Conjeturas sobre el desastre? “Pesticidas, parásitos portadores de patógenos y malnutrición”. Un estudio novedoso, publicado en PLOS ONE , por “científicos de la Universidad de Maryland y del Ministerio de Agricultura de EE UU han identificado una mezcla de pesticidas y fungicidas que contamina el polen que recolectan las abejas para alimentar sus colmenas”. Los hallazgos, sin identificar aún la causa específica del CCD, abren una nueva perspectiva sobre la causa de la muerte de esas abejas.

Los investigadores recogieron polen de colmenas de la costa Este de USA que “polinizaban arándanos, sandías y otros cultivos”. Alimentaron con él abejas sanas que mostraron “una pérdi da significativa de su capacidad de resistencia a la infección de un parásito llamado Nosema ceranae” [2]. El polen estaba contaminado, en promedio, con nueve diferentes pesticidas y fungicidas. Se detectaron “21 sustancias químicas empleadas en la agricultura en una muestra”. Se identificaron también ocho sustancias “empleadas en la agricultura relacionadas con un aumento del riesgo de infección”.

Lo más destacado: “las abejas que comieron polen contaminado con fungicidas mostraron una probabilidad tres ve ces mayor de ser infectadas por el parásito”. ¡Tres veces mayor! Se pensaba anteriormente que los fungicidas (que se emplean a gran escala) “eran inofensivos para las abejas”. ¿Por qué? Porque están destinados “a matar los hongos -y no insectos- en cultivos como el de manzana”. De ahí, diría Mario Bunge, la importancia del pensamiento sistémico y el estudio de las interrelaciones de sistemas aparentemente disjuntos.

Dennis van Engelsdorp, el autor responsable de la investigación, ha declarado: “Hay cada vez más pruebas de que los fungicidas pueden afectar a las abejas por sí mismos y creo que esto demuestra la necesidad de replantearnos cómo etiquetamos estos productos químicos”. Las etiquetas de los pesticidas advierten a los agricultores, señala WT, de que no deben aplicarlos cuando hay abejas polinizadoras en la zona. Esta cautela no se aplica a los fungicidas [3]. Van Engelsdorp insiste en que el estudio demuestra que la salud de las abejas se ve afectada por la interacción de diversos pesticidas. La prudencia científica, el saber lo mucho que desconocemos, la provisionalidad de nuestras hipótesis o la marcha incesante que representa la aventura del conocimiento, asoma en sus reflexiones: “La cuestión de los pesticidas es de por sí mucho más compleja de lo que hemos llegado a pensar. Es mucho más complicada que un único producto, lo que significa, desde luego, que la solución no está en prohibir simplemente una categoría de productos.”

El estudio ha detectado otra complicación, prosigue WT, a la hora de tratar de salvar a las abejas, a la hora de la praxis: “las abejas melíferas de EE UU, que son descendientes de las abejas europeas, no recolectan polen de los cultivos propios de Norteamérica, sino que obtienen su alimento de las hierbas y flores silvestres de los aledaños, pero este polen también está contaminado con pesticidas”. Aunque estos –éste es otro punto- no se fumigaron sobre dichas plantas. Conclusión (es Van Engelsdorp quien habla de nuevo): “No está claro si los pesticidas alcanzan aquellas plantas al fumigarlos, pero tenemos que revisar las prácticas de fumigación en la agricultura”. ¡Revisar las prácticas de fumigación! No dice más… pero no dice menos.

Se argumentará críticamente: les mueve una perspectiva económica mercantil y crematística, hay pérdidas elevadas con el desastre y se ponen nerviosos. De acuerdo, pero no es solo eso: es un estudio científico que muestra también los enormes peligros (no siempre fáciles de controlar) que representa una agricultura industrializada donde una química no verde, y sin apenas límites en su desarrollo y uso industrial, juega un papel esencial fuertemente orientado por el máximo beneficio, sea cual sea el procedimiento usado.

En definitiva: ¿puede o no puede ser la ciencia y la tecnología -con finalidades sociales destacadas, sólidamente asentadas entre sus objetivos centrales - una aliada de las tradiciones políticas emancipatorias y de sus más que legítimas y razonables preocupaciones naturales y humanísticas? Puede.

Notas:


[2] Se considera que este parásito, señala WT, está implicado en el CCD. Empero, los científicos han insistido en señalar que sus hallazgos “no asocian directamente los pesticidas con el CCD”.

[3] En los últimos años se ha asociado una nueva categoría de productos químicos, llamados neonicotinoides, señala de nuevo WT, “con la mortandad de abejas, y el pasado mes de abril las autoridades reguladoras prohibieron el uso de este pesticida durante dos años en Europa”. También aquí las poblaciones de abejas han disminuido drásticamente.

* Salvador López Arnal es miembro del Front Cívic Somos Mayoría y del CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra, director Jordi Mir García)

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