lunes, 1 de junio de 2020

Después del coronavirus, ¿qué viene para América Latina?



Por Elvin Calcaño Ortiz

El 26 de febrero de este año se conoció el primer caso de covid-19 en América Latina y el Caribe. Fue en Brasil y dos días después se confirmó otro caso en México. Para ese entonces, todavía los latinoamericanos veíamos lo del coronavirus como algo lejano y casi exótico. Las imágenes apocalípticas que nos llegaban de China, con la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei totalmente cerradas, si bien nos sorprendían apenas nos preocupaban. Luego presenciamos las medidas drásticas en Europa que iban del cierre de ciudades a países enteros. Así, llegamos a marzo donde ya se multiplicaban los contagios y se informaba de las primeras muertes a causa de la pandemia en nuestros países. A partir de ahí, también entramos en cuarentenas y se instaló el estado de alarma y miedo colectivo. Nos convertimos en lo mismo que la lejana Wuhan.

Mientras se escriben estas líneas, en América Latina y el Caribe, según datos oficiales, hay unos 118 mil contagios confirmados. No obstante, señalan expertos en epidemiología y estadísticas, que deben ser por lo menos el doble los casos reales. Sucede lo mismo con las muertes que, de acuerdo a cifras también oficiales, vamos por poco más de 6,600. Sin embargo, para efectos de este análisis, queremos colocar la discusión en cuál podría ser la traducción de esta coyuntura para nuestra región debido a sus problemas históricos de desigualdad y subordinación a factores geopolíticos externos. Sostenemos, en ese marco, que pasaremos de una emergencia sanitaria a una profunda crisis económica y social con sus consecuentes secuelas políticas y culturales. Analicemos.  

De la emergencia sanitaria a la crisis económica y social

Como vimos, la covid-19 va dejando miles de muertos en la región. Lo cual, no obstante, si contrastamos con otras regiones del mundo como Europa y Estados Unidos vemos que en nuestros países el virus, por el momento, ha tenido un impacto en muertes y contagios significativamente menor. Actualmente, en Europa van por casi 95 mil muertos; con países como España, Francia e Italia que ya superaron el umbral de los 20 mil fallecidos cada uno[i]. A su vez, Estados Unidos registra sobre 56 mil muertos y poco más de un millón de contagios oficiales. En Europa el primer contagio se registró el 25 de enero y en suelo estadounidense se estima que tuvo lugar a mediados de enero en la ciudad de Seattle[ii]. Es decir, en ambas regiones la pandemia llegó hace alrededor de 90 días. En América Latina y el Caribe el virus tiene unos 31 días menos. Europa, con 741 millones de habitantes, registra en promedio ocho veces más fallecidos que la región latinoamericana y caribeña que a su vez tiene algo más de 629 millones de habitantes. Estados Unidos, con una población de 329 millones, registra cuatro veces más decesos. Aun considerando que estamos rezagados en unos 31 días respecto a ambas zonas del mundo, y que nuestras cifras oficiales están lejos de la realidad, en nuestra región el impacto de la pandemia ha sido mucho menor. Si bien es difícil proyectar qué pasará en las siguientes semanas, dado el conjunto de factores que en este virus todavía desconocido influyen en los distintos escenarios.

Ahora bien, en ciudades como Guayaquil en Ecuador, el lema mundial del desastre de la covid-19, las imágenes y testimonios parecen propios de una película de terror. Muertos en las calles y familias que pasaron hasta seis días con cadáveres en sus casas porque las autoridades eran incapaces de recogerlos ante la avalancha de fallecimientos. En esta ciudad ecuatoriana, no obstante, más que el virus en sí, sostenemos que dicha debacle se debe a un modelo de sociedad que en efecto es el principal responsable de esas muertes. Una combinación de desigualdad y décadas de neoliberalismo instalado, tanto como modelo de gestión económica como lógica-sentido común, ha dejado a los pobres de guayaquileños a la deriva frente a una emergencia sanitaria de estas características. El neoliberalismo ecuatoriano, exacerbado por el mediocre y siniestro Lenin Moreno, que traicionó el proyecto político que lo llevó al poder para lanzarse en brazos de lo más rancio y decadente de la derecha local, dejó al país -y sobre todo a Guayaquil- a expensas de intereses de élites que nunca en la historia se han preocupado por los de abajo. Asimismo, cabe señalar que en Guayaquil fueron personas de su clasista y racista clase media alta las que importaron el virus luego de viajes a Europa. Y que, haciendo gala de una absoluta negligencia y desprecio por la vida de los humildes, lo transmitieron a los que limpiaban y cocinaban en sus mansiones. Que no son otros que esos “nadie” que murieron por miles en las calles[iii] y que todavía no se sabe dónde están muchos de sus cadáveres. Guayaquil, por tanto, constituye un paradigma de lo que esta pandemia puede causar en nuestras sociedades desiguales e inscritas en lógicas que han debilitado lo público en aras del ideal neoliberal del “progreso” y el “crecimiento”. 

América Latina enfrenta una amenaza que probablemente sea muchísimo más destructiva que el virus en sí. Estamos hablando de la crisis económica y social que dejará instalada el coronavirus en nuestros países. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en su informe sobre los efectos de la covid-19 en las economías regionales, el PIB latinoamericano caerá alrededor de 5.3% este año[iv]. Para conocer de otra caída tan estrepitosa del producto regional, hay que remontarse a 1930 donde en el marco de la Gran Depresión cayó 5%. Es decir, es un derrumbe económico histórico y casi sin precedentes. Lo que, sin dudas, acarreará pobreza, desempleo y sufrimiento sobre todo en los mayoritarios sectores de clase media baja y pobres. En ese sentido, la CEPAL alerta que la covid-19 dejaría 29 millones de latinoamericanos en la pobreza y otros 17,7 millones desempleados; aumentos considerables respecto a cifras actuales en ambos rubros: del 4,4% y 3,4% respectivamente[v]. Factores como la reducción de los precios y de la demanda externa de los productos de exportación de nuestras economías a China, Europa y Estados Unidos, así como la fuga de capitales sin regulación y la desinstitucionalización de nuestras sociedades, explican en gran medida aquello.    

Tras la pandemia nos espera una región con mucho más pobres y desempleados, así como la generalización de empleos precarios e informales. Esto es, un continente cuyas condiciones estructurales de exclusión y precariedad se verán ostensiblemente fortalecidas. Con lo cual, los avances que dimos, sobre todo en la década de mayoría de gobiernos progresistas entre 1998 a 2013, en términos de reducción de pobreza y ampliación de servicios públicos de calidad enfocados en las poblaciones vulnerables, retrocederán considerablemente. Así, la covid-19, en este continente que es el más desigual del planeta, recrudecerá dicha iniquidad con sus nefastas secuelas para los más humildes. Debemos esperar, a partir de la pandemia, una profundización de problemáticas como desnutrición infantil, 0indigencia y criminalidad; las cuales se asocian directamente con pobreza y exclusión. De ahí nuestro enunciado de que, si bien la covid-19 dejará muchos muertos lo que siempre es muy lamentable, su impacto más brutal radicará en las condiciones de debacle económica y social que instalará.

Ausencia de liderazgos adecuados en la región  

El contexto político-ideológico en que la covid-19 encontró nuestra región peor no podía ser. Cuando miramos los líderes que encabezan la mayoría de gobiernos latinoamericanos nos encontramos con personajes del nivel de Duque en Colombia, Piñera en Chile, Moreno en Ecuador, Añez en Bolivia, Lacalle Pou en Uruguay y el psicópata Bolsonaro en Brasil. Una constelación de neoliberales mediocres e ideológicamente subordinados a lo peor de la clase dirigente estadounidense que encarnan Trump y sus halcones neoconservadores. En nuestro análisis publicado en enero pasado (aquí el enlace:https://www.alainet.org/es/articulo/204280) reflexionábamos sobre las bases ideológicas de estas derechas que actualmente gobiernan la amplia mayoría de países regionales. Son unas derechas que, a diferencia de los conservadores anteriores al periodo progresista de 1998-2003, decidieron abandonar el juego democrático formal para optar por la persecución y anulación judicial de líderes de izquierda. El lawfare regional, que implica una articulación manejada desde intereses instalados en Washington, mediante el cual muchos de estos personajes llegaron al poder, así como esos discursos beligerantes en claves de guerra fría donde todo lo de izquierda es “malo” porque sí, constituyen los cimientos sobre los que se sostiene esta mayoría conservadora.

A su vez, detrás están los intereses de las élites financieras y vejas oligarquías latinoamericanas que, ante todo, apuestan por evitar a cualquier costo el regreso de opciones políticas de corte izquierdista que no se les subordinen. Esa plebe no blanca y de abajo que irrumpió en lo simbólico durante el periodo progresista de 1998 a 2013, que en Ecuador llaman “borregos”, en México “chairos” y en la Argentina de Macri “vagos”, asumen nuestras élites no puede regresar a enunciar y pararse de frente a los dueños de todo. Quienes por “designios divinos” y a raíz de su sacrosanta blancura deben mandar siempre. La estructuración narrativa anti progresista, que vincula izquierda con “corrupción”, “autoritarismo” y “despilfarro”, y que repiten día y noche los medios hegemónicos de Quito a Buenos Aires, consiste en formatear mentalidades para instalar un sentido común desfavorable a los discursos y modos simbólicos de los progresismos.

En la mayoría de nuestros países esto último se logró; y de ahí la llegada a las presidencias de personajes totalmente descalificados como Bolsonaro y la permanencia de inoperantes como Lenin Moreno.  Todo esto, en el contexto de la covid-19 y lo que se viene después, dejará a nuestras mayorías humildes completamente desamparadas. Y cabe recordar que justamente, para crisis como esta emergencia sanitaria, fue que fundamentalmente se creó la UNASUR por ejemplo. Con la finalidad de que los latinoamericanos tuviéramos un organismo oficial donde afrontar desafíos de envergadura regional y mundial. Y que, asimismo, nos permitiese articular respuestas y proyectos regionales en claves soberanas y de emancipación frente a los intereses geopolíticos del norte que históricamente nos han dominado. Los cuales precisamente requieren una América Latina divida y débil para avanzar sus agendas de dominación.

En ese contexto, no fue casualidad que una de las primeras cosas que hicieron los Duque, Moreno y Piñera fuese golpear la UNASUR hasta dejarla inoperante. Proceso que justificaron con la narrativa anti izquierdista consabida de que era una estructura “chavista” al servicio de “dictadores”. Washington les dio la orden y el discurso y, como buenos subordinados, ejecutaron a cabalidad. Mentiras que se repitieron en medios muchas veces hasta convertir “en verdades”. Pero lo cierto es que dejaron a la región sin ningún instrumento para enfrentar una crisis tan compleja como la covid-19. Que, fundamentalmente, exige respuestas regionalmente articuladas tanto en lo técnico (para por ejemplo evitar que un país supere el virus, pero luego recaiga porque le llega gente infectada desde sus vecinos) como en lo político.

Tras esta pandemia el mundo no será igual. Sobre todo, cambiará el pilar de la globalización de los últimos 30 años que radicaba en las cadenas de producción y generación de valor mundiales. Ese eslabonamiento global, que tenía en China su centro de producción, se modificará en vista de que, ante una crisis como esta que paralizó el mundo (y que no será la última), el que un país dependa para su producción y estabilidad macroeconómica de dichas cadenas representa un riesgo importante. Los propios actores económicos, muy seguramente, optarán por otros mecanismos enfocados en factores internos o cercanos geográficamente que puedan controlar mejor. En ese contexto, surgirá una discusión sobre la pertinencia de la integración económica regional. De cara a articular encadenamientos de producción que propendan a la autosostenibilidad económica regional. Ese debate se dará de región en región en el mundo, y probablemente, también tendrá una traducción hacia la búsqueda de economías sustentadas en el cuidado de la gente y no tanto en el objetivo del crecimiento. Empero, dicho escenario de reordenamientos mundiales encontrará una América Latina con mayoría de gobiernos de derecha empantanados en sus mediocridades y en los proyectitos de acumulación de sus decadentes élites locales. Estarán, así las cosas, ausentes la visión estratégica y claridad geopolítica necesarias para impulsar las transformaciones que el nuevo contexto mundial post coronavirus exigirá.

Por ello decimos que la pandemia, así como los efectos que dejará, nos encuentran en el peor momento. Donde nos gobierna lo peor de lo peor posible. Para muestra un botón: miremos el caso de un país de la envergadura de Brasil donde Bolsonaro, un personaje descalificado intelectual y emocionalmente para semejante posición, se dedica a destituir ministros y jugar a la politiquería mientras mueren más de 300 brasileños al día por el virus. No tenemos conducción regional. Lo que nos deja a expensas de la suerte o de que otras opciones políticas comiencen a surgir en el futuro inmediato. Así las cosas, se va a requerir organización y concientización de la gente porque, tras la pandemia, se viene una disputa histórica en nuestros países periféricos. Que si dejamos pasar quedaremos atrapados en estructuras y esquemas de relaciones de poder internas y mundiales que condicionarán las vidas de nuestras mayorías durante décadas.

La disputa post coronavirus en América Latina

Lo que generó la mayoría de muertes y calamidades en el marco de la covid-19 en nuestros países, al igual que en el norte global, no es tanto el virus en sí sino el neoliberalismo. El neoliberalismo hegemónico desde los años 80 que, en tanto lógica y sentido común, convenció a millones de latinoamericanos de que mediante la reducción de lo público y la primacía del modelo empresarial nos acercábamos al “desarrollo”. Y que, de la mano de millonarios como Macri y Piñera, paradigmas del político-empresario del siglo XXI, podíamos superar “el populismo” que nos “atrasaba”. Todo lo cual se impulsó desde una estructuración discursiva, dirigida a la cooptación mental de las mayorías, que reproduce una visión de la realidad basada en ideales individualistas y meritocráticos. Según los cuales, el pobre lo es porque “no se esfuerza” y cada quien debe salvarse a sí mismo como pueda. Así, se anula el horizonte de la solidaridad donde el otro es importante y el mundo lo hacemos entre todos. Se instala pues el sálvese quien pueda.

Las élites avanzaron mucho hegemonizando por medio de ese sentido común. Sin eso nunca hubiesen podido colocar mayorías en contra de proyectos progresistas que sacaron millones de la pobreza, dignificaron servicios públicos y lograron que por primera vez en la historia de nuestros países negros, indígenas y pobres en general pudieran entrar en universidades en igualdad de condiciones. Así fue como, en Brasil, por ejemplo, hicieron que aquellos a quienes los gobiernos de Lula dignificaron terminaran aplaudiendo la condena judicial y encarcelamiento sin pruebas del líder petista. Y que, en Ecuador, hace que jóvenes de familias humildes que con becas públicas estudiaron en Europa y Estados Unidos durante el gobierno anterior, se pasen todo el día diciendo que Correa “es corrupto”. También, es la mentalidad que descalificaba como “vagos” a los médicos y enfermeros que salían a luchar por sueldos y condiciones de trabajo justas. Pero que ahora, cuando todos estamos amenazados por una pandemia, las clases medias meritocráticas e individualistas aplauden y llaman “héroes”

Sobre ese sentido común individualista e insolidario instalado se tratarán de montar las élites de siempre, y sus portavoces mediáticos y políticos, para conducir la crisis post coronavirus en función de sus intereses. De tal forma que, en medio de un contexto donde casi todo hay que cambiarlo o cuando menos repensarlo, lo fundamental no cambie. Y, para estas élites, lo fundamental son sus proyectos de acumulación y privilegios materiales y simbólicos. La disputa de fondo estará ahí precisamente: en disputar ese sentido común como el causante principal de las muertes del virus y la debacle económico-social que le sobrevendrá. Los que destruyeron y debilitaron lo público, bajo la falsa promesa del “crecimiento”, son enemigos de la gente. Ellos y sus lógicas que, hablando “en nombre del pueblo”, nunca responden a los intereses de las mayorías.

Y en un escenario de caídas económicas históricas, con países endeudados sin aparente capacidad de financiar la recuperación, nos tratarán de convencer de que necesitamos endeudarnos para “salvar” las economías. La deuda, en nuestros países periféricos, es una trampa geopolítica que nos condena a la dependencia y encierra en lógicas donde siempre intereses externos nos rigen. El FMI y el Banco Mundial son instrumentos de poder geopolítico que, tras la segunda Guerra Mundial, diseñaron los dueños del mundo del norte global para proyectar y ejercer hegemonía. La narrativa liberal de nuestras élites mediocres, que enuncia desde una falsa “neutralidad técnica”, presenta estos organismos o bien como algo necesario -porque “así funciona el mundo”- o como males menores inevitables. Para que al final, nos metamos en ciclos de deuda de nunca acabar que no hacen sino intensificar nuestra condición periférica y subordinada en el tablero geopolítico mundial. Necesitamos salir de la trampa de la deuda que, como vimos, antes que económica es geopolítica.

¿Cómo hacerlo? Como casi todo lo importante en la política, tiene mucho que ver con sentidos comunes. Debemos romper esos imaginarios que siempre nos colocan en las ausencias. Repitiendo, por ejemplo, ahora con la crisis económica post coronavirus que asoma, “que no hay plata”. Pero resulta que dinero sí hay y ahí está el casi 30% del patrimonio latinoamericano que descansa en paraísos fiscales[vi]. Las grandes fortunas regionales quieren que la conversación pase por la narrativa de que “no hay” y, por consiguiente, debemos buscar recursos afuera. Que prácticamente es lo mismo que decir en el FMI (deuda) y Banco Mundial (fondos para el “desarrollo”). Y en un marco de discusión de ese tipo, no se tocan los intereses y obscenas riquezas de esas minorías superricas. Riquezas que mayormente esconden en recovecos fiscales al margen de la legalidad y fiscalidad de nuestros estados.

Esta crisis debe servir, por otro lado, para que abandonemos el bochornoso primer lugar entras las regiones más desiguales del planeta. Aquellas sociedades que disminuyen sus asimetrías sociales internas son las que verdaderamente avanzan en la solución de sus desafíos fundamentales. Lo cual pasa, en lo estructural, por alterar esquemas de relaciones de poder, y en lo económico, por construir mecanismos fiscales que hagan aportar a todos en función de lo que tienen. Esta coyuntura que nos demuestra que el mundo como estaba no puede seguir, porque si no es por una pandemia será por el cambio climático la próxima debacle (que indican científicos será mucho peor), es el momento para derrumbar esas barreras de la desigualdad latinoamericana. Desigualdad que causó la mayoría de muertes de la covid-19, y que, en lo que viene, si no disputamos, intensificará un modelo y un sentido común que mata a los humildes y condena a las mayorías a condiciones sociales adversas. 

La disputa central post coronavirus en América Latina y el Caribe, será contra la desigualdad y un modelo que geopolíticamente nos subordina a intereses externos. Y que rompe lazos de solidaridad. Porque pone la ganancia por encima de la vida. Si embargo, en estas horas críticas de pandemia hemos visto que ningún empresario millonario ni la aclamada meritocracia individualista salvó vidas. Fue lo público lo que protegió a la gente. Y tenemos, pues, que salir a dar esa disputa contra la desigualdad asesina y a favor de lo más importante: la vida.  



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