lunes, 22 de junio de 2020

La urgencia del Antirrascismo



Melissa Cardoza, junio 2020

A la memoria del Tata Domingo Choc

De marzo a junio la vida giró de una manera tan increíble que pareciera ser una realidad paralela en la que nos levantamos a caminar en un espacio repetido al infinito. Nos reinventamos cada día, resistimos y nos agotamos. Subimos y bajamos como en una rueda de chicago, pero esta es nuestra vida actual y es la que será en los próximos meses o talvez años. Vida con más prohibiciones de las que ya sobraban, vida de mascarillas, vida para vivirla como todas.
Yo insisto en dejar el pesimismo para tiempos mejores, como dicen por ahí, aunque existan pocas cosas que celebrar, pero es la celebración la que requiero y busco en medio de los escombros. Y desde un lugar que parece increíble, de donde casi sólo recibimos basura, desprecio, modas, enlatados ideológicos que hablan de vidas asumidas en el consumo y el desperdicio que ahora mismo tienen a la humanidad al borde de una ola letal, llega la oscura esperanza, la negra fuerza. Eso celebro.

El levantamiento del pueblo negro harto de aguantar siglos de opresión, explotación y violencia estalla en las lujosas ciudades de los Estados, nada más y nada menos, la anhelada yusa para quienes quieren alcanzar una quimera abonada con películas, dólares y migrantes desesperadas.

Un asesinato más sumado a los miles que se han ejecutado en ese país, el de George Floyd, bailarín de salsa, despierta otra vez la llama y se encarga de incendiar literalmente lo que encuentra a su paso. Pero fijémonos bien, se incendian los edificios policiales, los carros de los millonarios, las tiendas de marca, es decir los símbolos de un sistema que es responsable de los daños sobre la vida de millones de personas allá y aquí. Esa es una lección para quienes consideran que los pueblos oprimidos son profundamente ignorantes.

Que hay incendios en sitios de menor responsabilidad y resultan averiados, seguramente, o que hay más víctimas que no tienen nada que ver con lo que sucede también es posible. Y, sin embargo, hay que pensar con cuidado si realmente es así, porque demasiada gente ha hecho silencio ante la brutalidad policial y el racismo, solo mirando; y siempre llega el momento en que la historia les alcanza con sus manos urgidas de justicia. A quienes le escandaliza el fuego y el desorden de los y las jóvenes negras, a quienes les indigna el deterioro de los monumentos y los escombros en las calles, debemos decirles que esta muchedumbre no está dispuesta a parar por razones de decoro.

Soy feminista, de un feminismo radicalmente pacifista que ansía la paz y la belleza en el mundo, que encuentra en la guerra el máximo de la violencia patriarcal porque empobrece la vida, y porque enaltece a seres felices de tener armas y usarlas para matar y crear símbolos entre los cuales las mujeres, otros seres vivos y muchos pueblos representan lo matable.

No comparto la idea de un llamado pacifismo que esgrime una moral de condena a la fuerza arrasadora de pueblos enardecidos por la violencia y la miseria que han vivido por siglos y que un día deciden devolver a quienes la han ejercido, o ese que apunta con desprecio a otras feministas por destruir símbolos del orden patriarcal o a mujeres que se defienden matando violadores de sus hijas. Ese pacifismo está muy cerca del conservadurismo que tiene mucho que perder cuando se desata la furia y que prefiere esconder sus razones de privilegio.

Ese pacifismo grita alarmado ahora que arde el imperio, y algunos de esos discursos se llaman antirracistas. Hay un antirracismo de personajes que se han hecho notables para el sistema, ejemplo los Obama, hoy por hoy multimillonarios sin ningún pudor, dueños de plataformas de televisión donde nosotras aprendemos que los negros son ridículos; mientras que las negras son vacías mentales, pero sexys con la ropa de moda. O productos menos torpes, pero igualmente deplorables, personajes que encontraron su posibilidad de redención en la tierra de la libertad, gente que lucha pero que jamás tocaría la sacrosanta propiedad privada. Por lo cual se merecen al menos una estatuatilla de la flamante academia de cine.

Todos los sistemas tienen sus personajes ejemplares para mostrar que si las personas negras, como es el caso, no logran el éxito es porque su pereza e indolencia solo se activa para incendiar patrullas policiales, y por tanto merecen llenar las cárceles y hacer los trabajos peor pagados, y por supuesto morir de Covid-19 en una desproporción frente al resto de la ciudadanía.

El antirracismo que hoy incendia las calles de Estados Unidos es otro. Tan otro que se suma mucha gente diversa que siente que solo se puede ser libre hasta que todas seamos libres, hasta que se vaya hilando un otro proyecto político global que entiende mucho más rápido la necesidad de construir enredando las identidades múltiples en una perspectiva emancipatoria común. Que busca un sentido de proyecto común más allá de la decadente política oficial, de cupos, electorera, profesionalizada en personajes que viven de los pueblos en todos los sitios donde como un virus mortal se ha establecido la llamada democracia traída del norte y que ha vaciado los presupuestos de salud y educación pública y fortalecido narcopolicías y narcopolíticos.

Difícil, por supuesto, porque no se trata de ir a poner mis propuestas y dar la vuelta a ver qué hacen con ellas, sino se trata de escuchar, dialogar, asumir otras, reconocer en qué lugar de este desastre neoliberal nos estamos mirando y hacia donde movernos. Difícil porque hace muchos años algunas personas lo han estado intentando, y la sordera es enorme, y eso ha sido vergonzosamente lo que hemos estado viviendo. Una enorme sordera ante la masacre racista y patriarcal.

El antirracismo urge en todas las propuestas del movimiento social. Hay quien dice que no entiende cómo conjugarlo en clave hondureña donde todo urge y falta, y por no dejar de responder a esa necesidad de entender o para responder a comentarios sorprendentes de personas sensibles y politizadas a quienes les parece que los negros solo son otra comunidad oprimida, quiero compartir reflexiones que han pasado por muchas conversaciones comunes con mujeres negras e indígenas, experiencias personales, porque sí, soy una negra lenca y me he tomado el tiempo de digerir algunos entendimientos, o que yo considero tales.

El acto de mayor deshumanización en la historia es la esclavitud y ésta ha sido apenas abolida en muchos países. Millones de personas negras fueron asesinadas y lo siguen siendo por ese hecho que aún no se ha reconocido como un genocidio descomunal, herida abierta en el corazón de la vida misma.
El racismo al revés no existe, no se puede argumentar esto para dejar de mirarlo. Una cosa es que una persona negra no te quiera, le caigas mal, o te diga que no le gustás, que la gente de las comunidades garífunas cuestione a otras y otros que llegan a vivir a sus territorios, y otra distinta es que seas parte de una población que por siglos ha sido vendida, explotada, expropiada, asesinada y por la que se construyó una ideología en la cual ser parte de esa población significaba ser menos humano por lo que sus vidas no valen.
El racismo se expresa cuando se asesinan a personas negras y son esas personas quienes tienen que exigir en los espacios de lucha social que la indignación ante tal hecho sea explícita, que se incluya en los comunicados y actos públicos, que les duela a todas y a todos porque pareciera que estas muertes duelen menos.
El racismo se manifiesta cuando en las organizaciones de los diversos movimientos sociales no hay personas negras dirigiendo o liderando las mismas que no sean sus propias organizaciones. Cuando no se les reconocen la calidad de sujetos políticos para conducir los procesos de toda la gente.
Es evidente el racismo porque no están en la academia compartiendo los discursos, enseñando a la juventud, preguntándose elementos necesarios de la vida de todas y todos, aún cuando esos discursos tienen siglos de existencia y su experticia en múltiples ámbitos del conocimiento también.
Cuando en los foros internacionales, que son tan publicitados, no hay negras ni negros representando al pueblo de Honduras sino hablando solo de sus comunidades por lo general por agresiones vividas.
Racista es que nos relacionemos con los pueblos indígenas y garífunas con condescendencia y que consideremos que sus propuestas ante el Covid-19 son solo paliativos, estrategias preventivas o algo solo para sus modos de vida, porque al final de cuentas queda la sospecha de si en realidad es suficientemente científica su práctica de curación. Por cierto aquí el enlace a la propuesta de combate al coronavirus de parte de la OFRANEH https://cutt.ly/KuqyRHU y sí, ha curado a muchas personas.
Las prácticas racistas tienen siglos, están tan interiorizadas en nuestras propias opresiones que el mismo hecho de no reconocerlas o de evadir la necesaria reflexión personal y colectiva para desmontarlas solo lo confirma. Podría continuar con muchos ejemplos, pero creo que personas suficientemente inteligentes e ilustradas encontrarán cómo llenar sus enormes vacíos de información y sensibilidad al respecto. No es nada difícil, pero requiere voluntad.

Y sí, las feministas que leen estos textos dirán que pasa lo mismo con las mujeres y nuestras luchas, tienen mucha razón, las opresiones y sus mecanismos se parecen. Por eso es inconcebible reconocer que en algunos feminismos habitan estas prácticas, y ojalá estén en procesos de desmontaje.

Es curioso que este tiempo de encierro nos esté dando la oportunidad de salir de nuestros espacios habituales de pensar la política, esos que conocemos de tanto tiempo y en el que nos movemos con facilidad para dirigirnos a otros sitios donde se dicen y hacen otras cosas, no digo abandonar los propios, sino movernos de ahí con la voluntad auténtica de tratar de salir con más gente conciente de las circunstancias actuales y no con la misma, y a lo mismo.

Las mujeres y hombres negros que se movilizan en Estados Unidos y muchos otros sitios del mundo lo están haciendo, y van sumando. Un sujeto feminista también está ahí porque se ha ido moviendo de lugar, ya no alcanza ser capaz de hacer empatía con mujeres por serlo, aquí tenemos a las que mueven las malévolas piezas del régimen de JOH y le acomodan sus mascarillas, tampoco se trata de estar con todas las negras por serlas sino por compartir los deseos de mundo que no nos provoquen este terror que ahora sentimos.

Hoy que, en el país del norte, que por siglos nos ha puesto la rodilla en el cuello a nosotrxs sin dejarnos respirar, una multitud de gente colorida y encachimbada se rebela y nos permite cuestionar nuestra propia práctica y transformarla, porque dicho en las mejores palabras de una histórica luchadora, Ángela Davis, no basta no ser racista, hay que ser antirracista.

Ahí el desafío, la invitación y la hermosa propuesta de liberación que me permito celebrar, en medio de tanta muerte.

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