viernes, 1 de febrero de 2013

Atreverse a fracasar, atreverse a ganar



Por Mike Markusee

Nos acercamos al décimo aniversario de la protesta global contra la guerra del 15 de febrero de 2003; seguro que la gente se pregunta qué se consiguió con la misma. Está claro que no se consiguió parar la guerra. Un fracaso que los iraquíes han pagado y siguen pagando muy caro. ¿Fue una pérdida de tiempo, un ejercicio de futilidad? Hay respuestas a estas preguntas, pero para convencer éstas no pueden ser simplistas.

Retrocedamos hasta el 15 de noviembre de 1969, a Washington D.C. y la moratoria por la paz en Vietnam. Esta manifestación fue probablemente el mayor acontecimiento en contra de la guerra de la época, a la que acudió medio millón de personas según algunas fuentes y el doble según otras. Viajé el día anterior desde los suburbios de Nueva York en un autobús alquilado por activistas locales y pasé la noche en el suelo de una sala de reuniones de los cuáqueros. Al día siguiente vagaba entre la muchedumbre, compuesta principalmente de jóvenes, escuchaba los discursos y me sentía desanimado y confuso.

Tenía 16 años pero ya era veterano después de tres años de protesta contra la guerra, periodo en el que había visto florecer el movimiento. En la primavera de 1966 había acompañado a mis padres a mi primera protesta en Washington D.C. que se consideró un gran éxito porque convocó a 10.000 personas. En el año 69 quizá había diez veces más y me pareció un fracaso.

Pete Seeger tenía entonces 50 años pero ya era un Matusalén de la lucha y lideró a la muchedumbre verso tras verso de la canción ‘Dad una oportunidad a la paz’, recién sacada. Estuve descortés a propósito de esto porque creía que decíamos o debíamos decir mucho más que ‘dad una oportunidad a la paz’. De modo que me uní a una marcha de escindidos que coreaba “Ho Ho Ho Chi Minh, NLF is gonna win” [el Frente de Liberación Nacional va a ganar] y me lanzaron gas lacrimógenos a las puertas del Departamento de Justicia.
Nada de esto fue muy satisfactorio y durante el largo paseo en coche de vuelta a casa me sentía deprimido. ¿De qué había servido todo? Durante años habíamos protestado cada vez más personas y más militantes y sin embargo se intensificó la guerra. ¿Qué influencia tuvo nuestra intensa actividad? ¿Qué influencia tuvo cualquier protesta? Mi normal malestar adolescente se había entrelazado con una experiencia precoz de frustración política.

Mi escepticismo sobre el efecto de la manifestación parecía justificado cuando cinco meses más tarde, a finales de abril de 1970, los Estados Unidos extendieron la guerra hasta Camboya. En el transcurso de las protestas que siguieron mataron a tiros a seis estudiantes, cuatro de la Universidad de Kent en Ohio y dos de la Universidad de Jackson en Misisipí. El resultado fue la mayor huelga estudiantil en la historia de Estados Unidos: más de cuatro millones de estudiantes en huelga en las universidades e institutos de todo el país. Y todavía no se puso fin a la guerra.

Transcurrieron todavía dos años y medio antes de firmar el tratado de paz en París en enero de 1973. Para entonces había muchos millones de muertos, impedidos, afligidos y traumatizados. No obstante el movimiento contra la guerra de Vietnam se considera ampliamente el movimiento antibélico ‘de más éxito’ de la era moderna frente al que los movimientos más recientes han medido su ‘fracaso’.

Vindicación retrospectiva
Muchos años más tarde me enteré de que la manifestación de la moratoria fue en realidad tremendamente eficaz. En julio de 1969 Nixon y Kissinger habían dado un ultimátum a los vietnamitas: si no aceptaban los términos de Estados Unidos del alto el fuego el 1 de noviembre, “tendremos, con gran reticencia, que tomar medidas de enormes consecuencias”. El gobierno estadounidense amenazaba y de hecho planeaba activamente una agresión nuclear contra Vietnam del Norte. En sus memorias Nixon reconoció que el factor clave en la decisión de no realizar la opción nuclear fue que “después de todas las protestas y la moratoria, cualquier intensificación militar de la guerra dividiría seriamente a la opinión pública estadounidense”. Nuestra acción evitó lo que habría constituido la segunda guerra nuclear mundial, aunque en aquel momento no podíamos saberlo.

Resulta que la marcha de ese día fue cualquier cosa menos un ejercicio de futilidad. De hecho es difícil pensar que hubiera un día mejor gastado en el transcurso de una vida. Mi abatimiento adolescente fue totalmente mal encauzado. 

Pero este tipo de vindicación retrospectiva es extremadamente raro. La mayoría de los días en los que protestamos no se recompensará de manera tan tangible. Lo importante es que no sabemos ni podemos saber qué protesta, panfleto, reunión, ocupación, actividad ‘marcará la diferencia’. Somos siempre los perdedores, los que nos enfrentamos al poder y por tanto la probabilidad es que fallemos. Pero no tendremos éxito si no nos arriesgamos a fracasar. De otra manera cuando surgen las posibilidades de éxito pasan de largo sin realizarse.

Más allá del ‘éxito’ y del ‘fracaso’
Me temo que adoptamos con demasiada facilidad el paradigma capitalista de ‘éxito’ y ‘fracaso’. Es decir, la inversión es valiosa sólo si produce ganancias que se pueden medir. Si no es así, es un fracaso, capital muerto. De modo que buscamos pruebas de que nuestros esfuerzos han tenido impacto o representen un hecho diferenciador. Cada éxito se cataloga como bueno mientras el mayor número de fracasos se queda sin tabular. Al hacer esto parecemos a veces desesperados y nos agarramos a un clavo ardiendo. Me pregunto si ésta es la mejor manera de convencer a la gente de invertir sus esfuerzos en una causa. Después de todo siempre habrá actividades cuyas recompensas son más tangibles y ofrecen más confianza. 

Al evaluar nuestros esfuerzos políticos tenemos que echar por la borda la demarcación desolada del neoliberalismo entre el éxito y el fracaso, porque borra todo lo que hay entre uno y otro y -peor todavía- borra cualquier combinación de los dos. En la política de la justicia social, el éxito no adulterado y el fracaso absoluto son raros. Cada revolución que tiene éxito o cada gran reforma han tenido consecuencias involuntarias, han creado nuevos problemas, han quedado por debajo de sus objetivos. En la política, los fracasos contienen las semillas de los éxitos del mismo modo que los éxitos ocultan las raíces del fracaso.

A los capitalistas les gusta invocar la ‘razón riesgo/recompensa’ para justificar sus beneficios. Tristemente hay gente en la izquierda que emula su lógica estrecha. Estas personas prometen a los activistas un rédito sobre su inversión, una garantía de que la historia está de nuestra parte.

Pero para nosotros no pude haber una razón estable entre riesgo y recompensa. Debemos arriesgarnos desafiando las posibilidades y reconociendo la probabilidad de que no habrá recompensa. Al mismo tiempo tomamos el riesgo sólo por la naturaleza de la recompensa que buscamos: un paso de gran valor hacia una sociedad justa. No somos en absoluto indiferentes ante el desenlace. Pretendemos y necesitamos tener éxito porque las consecuencias del fracaso son reales y extendidas.

Invertir en una causa
Así que hacemos la inversión. Ponemos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestras habilidades a disposición de la causa. Es una inversión mayor que la del capitalista y nos hace vulnerables como nunca lo es el capitalista.

Se nos enseña a despreciar y temer el fracaso, pero para comprometernos con la política del cambio social tenemos que ser lo suficientemente valientes para fallar. La ciencia avanza mediante el fracaso: cada experimento que tiene éxito sólo es posible después de una multitud de fracasos. En la evolución humana, el fracaso -incapacidades, imperfecciones- condujo a la compensación e innovación.

Hay cosas peores que el fracaso. Se puede aprender más de un fracaso que de un éxito si lo reconoces como tal. Pero si la única lección que aprendes del fracaso es no arriesgarte a fallar nunca más, entonces no has aprendido nada.

Los riesgos innecesarios deberían evitarse siempre. No tenemos suficientes recursos que derrochar. Pero la eliminación del riesgo es imposible si te enfrentas al poder. Lo único que se consigue sin riesgos es reproducir las relaciones sociales existentes. No hay verdad, ninguna belleza sin riesgo porque sólo se pueden conseguir a pesar de la resistencia, contra las instituciones y los hábitos de pensamiento. Para tener un éxito de importancia tienes que ocupar un lugar en la república de lo incierto, donde el riesgo es tuyo y no tu participación en el trabajo de otros. La acción realizada en el pleno conocimiento de la posibilidad del fracaso y sus consecuencias es lo que marca la diferencia.

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