jueves, 12 de marzo de 2020

“Colapsología”, construir una idea de cómo todo se desmorona


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Martin Hunter/Getty Images 

Marco es muy apreciado entre los habitantes de la residencia de ancianos en la que trabaja. Atiende con cuidado todas sus necesidades y malestares. Le hacen confidencias, igual que él se las hace a ellos. Ha pintado un alegre collage en la ventana de la habitación de una anciana con la que tiene una relación más estrecha y con la que comparte el gusto por el humor grosero. Sin embargo, cuando está añadiendo una nave espacial roja al tapiz multicolor, ve algo moviéndose en el bosque que hay debajo.
Sus antiguos compañeros de trabajo, que supuestamente se han ido varios días, están sacando la comida que queda en la casa. Cuando va a detenerles le dicen a Marco que es inútil: que no habrá más suministros y que es tonto por quedarse en este lugar. Le dicen dónde van a acampar esa noche y que es bienvenido a unirse a ellos. Después de protestar vuelve dentro e intenta pretender que nada ha cambiado. Pero la impotencia de la situación le supera finalmente. Conectando un respirador a un tanque de gas que saca de un armario, Marco se dispone a realizar la desagradecida tarea de ayudar a sus residentes a marcharse antes de tiempo.
Así transcurre el sexto episodio de la nueva mini serie francesa L´Effodrement que se estrenó este otoño en Canal+. L’Effondrement o “Colapso” consta de ocho episodios independientes y está ambientada en un futuro cercano. Como sugiere el título, esta distopía invierte la lógica de series como el drama británico Black Mirror, que permite a los espectadores saborear su enredo claustrofóbico en un hermético aparato tecnológico fuera de su control. La “jaula de hierro” de la racionalidad burocrática de la sociedad moderna de Max Weber no es tan rígida como nos haría creer L’Effondrement. En su lugar, enfrentados a los tambaleantes cimientos de todo lo que hemos dado por hecho, disfrutamos de la posibilidad de que podríamos ser borrados del mapa una vez que todo se desmorone.
Una subida de los precios de la energía a nivel mundial, cadenas de suministro industrial congeladas, shocks climáticos como olas de calor que destrozan cosechas y la rápida decadencia de los ecosistemas, no es hasta el episodio final de la serie, un flashback de los días antes del colapso, que se nos ofrece una perspectiva más amplia. Un grupo de activistas, del tipo de Extinction Rebellion, ha ideado un plan para colar a un científico climático rebelde en el estudio de un programa de debate en el que el ministro de medioambiente tiene programado aparecer para dar un mensaje tranquilizador. Cuando el activista entra en el escenario el ministro amablemente le permite exponer su mensaje para luego tacharle de extremista: “¡Eres un colapsólogo!”
Por su barba desaliñada y su estilo de hablar directo, este científico televisivo es un doble bastante bueno de Pablo Servigne. Desencantado con los principios convencionales del medioambientalismo, Servigne es el líder de una generación joven de pensadores, científicos y activistas que se llaman a sí mismos, sin ninguna clase de ironía, “colapsólogos”. Su primer libro, el bestseller de 2015 escrito junto a Raphaël Stevens, Comment tout peut s’effondrer: petit manuel de collapsologie à l’usage des générations présentes (“Cómo puede colapsar todo: un breve manual sobre colapsología para las generaciones presentes”), ofrecía un diagnóstico de nuestra civilización “termoindustrial” y el pronóstico de su colapso futuro (la edición en inglés saldrá próximamente).
La colapsología, o como la definen Servigne y Stevens, la “ciencia aplicada y transdisciplinar del colapso”, propone a medioambientalistas independientes ideas sobre la concepción lineal o progresiva de la historia, implícitas en creencias como “desarrollo sostenible,” “crecimiento verde,” o “transición” energética. La historia de las sociedades humanas, que Servigne y Stevens sugieren que es en última instancia la historia de sus interacciones con sus medios naturales, es circular. El péndulo de la historia humana oscila entre momentos en los que estamos integrados armoniosamente dentro de los procesos naturales y periodos de concentración de población, centralización política, y de un deseo de transcender a las limitaciones de los recursos terrestres. Desarrollamos economías de escala, aglomerados de industria extractiva a gran escala, pero finalmente sobreexplotamos nuestros cimientos naturales.
Basándose en el libro de Jared Diamond de 2005 Colapso, que se centra en estas dinámicas principalmente en sociedades premodernas, Servigne y Steves argumentan que la misma ley de hierro de la historia se puede aplicar a nuestras actuales sociedades industriales hiperconectadas, concentradas y seguras de sí mismas. Las razones son numerosas y muchas resultarán familiares para los lectores de los últimos bestsellers medioambientales en inglés, como La tierra inhabitable de David Wallace-Wells, que podría decirse que es en sí mismo un trabajo para el público en general sobre colapsología.
Primero, está lo que Servigne y Stevens llaman los “umbrales cruzables” de la tierra. Y esto es en lo que principalmente pensamos ahora cuando debatimos la crisis medioambiental. Hay “umbrales” suaves porque básicamente no hay nada que evite que los humanos quememos la totalidad de las existencias de combustibles fósiles de la tierra y calentemos la atmosfera más allá de los 1,5 o 2 grados centígrados, lo que muchos científicos consideran ahora es la línea roja para evitar los peores efectos del calentamiento global. Sin embargo, que estos umbrales sean quebrantables no significa que transgredirlos vaya a ser menos devastador. Como argumenta el estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de 2018 sobre un calentamiento superior a los 1,5º C, cruzarlos implicará daños no cuantificables, pero devastadores para la biodiversidad y los procesos naturales del planeta, tales como las corrientes oceánicas. Se desencadenarían una serie bucles de retroalimentación extremos: El derretimiento del permafrost ártico, por ejemplo, que calentará aún más la atmosfera terrestre. Lo que es peor, muchas señales sugieren que estos puntos de inflexión están más cerca de lo que se creía previamente.
Lo que esto implicaría en términos de dolor y sufrimiento humano debería ser suficiente para hacernos querer evitar estos umbrales a toda costa. Las olas de calor, las sequias y otras formas de fenómenos meteorológicos extremos aumentarán en frecuencia y gravedad. La agricultura será menos fiable y habrá descensos en el rendimiento de las cosechas. El aumento del nivel del mar implicará la inundación de muchas regiones costeras. Acostumbrados al clima relativamente estable que ha prevalecido durante el “holoceno”, la época geológica desde la última glaciación, nuestras sociedades cederán bajo las nuevas condiciones creadas por nuestro experimento con los combustibles fósiles. Habrá luchas, incluso guerras, por la tierra cultivable y las cada vez más escasas reservas de agua dulce, migraciones masivas desde los climas secos alrededor del Ecuador que provocarán reacciones nacionalistas violentas en las zonas habitables del mundo. Todo esto bajo un trasfondo de feroces incendios. En verdad un futuro desalentador.
Sin embargo la mayor parte de los debates medioambientales sobre la crisis se quedan aquí. Entonces comenzamos a demandar el final de la extracción de combustibles fósiles y redoblar los esfuerzos para transformar nuestras economías a fuentes de energía renovables. Las iniciativas como el Green New Deal expresan el creciente sentimiento de que el sector privado por sí mismo no llevará a cabo la “transición” de sus prácticas, por no hablar de nuestra sociedad en general, hacia un sistema energético más sostenible. Más bien es lo contrario: la revelación de que las multinacionales petroleras como Exxon Mobile han sabido durante décadas los desastrosos efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero ha justificado la suposición de que las políticas liberales de siempre no serán suficientes. Con buenas razones, ahora hablamos de la necesidad de una “movilización” social a gran escala que iguale la que se llevó a cabo para luchar en la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo los colapsólogos franceses ven esto como una ilusión. Yves Cochet fue ministro de medioambiente en el gobierno socialista de Lionel Jospin a principios de los 2000. Desde entonces se ha convertido en uno de los colapsólogos franceses más notorios y fue cofundador y presidente de lo que bien puede considerarse el primer centro de estudios del grupo, el Instituto Momentum. Cochet considera que la trayectoria del medioambientalismo tradicional, en el que él estuvo fuertemente involucrado, es en gran medida un “fracaso”. Cuando le pregunte qué pensaba del nuevo giro radical encarnado en visiones como el Green New Deal, fue cauteloso, considerándolo nada más que un retoque y una versión un poco más democratizada del viejo desarrollo sostenible.
“No creo en él ni por un momento”, dijo. Intentos como el Green New Deal sufren en última instancia “la ilusión tecnológica. Es el sueño tecnológico californiano disfrazado”.
Para Servigne y Stevens el horizonte del desarrollo sostenible, una sociedad industrial más ecológica, sin su adicción a los combustibles fósiles, ignora lo que ellos denominan los “umbrales no cruzables” de la tierra. Siendo la tierra un sistema cerrado en el que hay disponibles una cantidad finita de recursos para una población variable de explotadores (nosotros), se plantea la inexorable cuestión de los límites. Los planes para “hacer una transición” en nuestro sistema energético de los combustibles fósiles a las fuentes renovables, como la energía solar y eólica, y seguir asumiendo una expansión exponencial del uso de energía, no serán capaces de superar el hecho de que estas nuevas tecnologías dependen de la explotación de una cantidad muy limitada de metales terrestres raros. Como señala el trabajo de Michael Klare, autor de Therace for what´sleft (La carrera para lo que queda) y el de Guillaume Pitron, autor de La guerre des métaux rares (La guerra de los metales raros), la carrera para acceder a estos recursos se está convirtiendo rápidamente en un campo de guerra geopolítica en sí misma. La edad de la explotación energética en expansión sigue siendo la edad de los combustibles fósiles.
En última instancia, la crítica es que la debilidad fatal del medioambientalismo tradicional es su incapacidad de pensar más allá del crecimiento económico. Si la ansiedad maltusiana por la escasez de recursos es tan vieja como la economía política moderna, los colapsólogos rememoran las conclusiones ofrecidas en 1972 por el Club de Roma, Los límites del crecimiento. Ese famoso estudio, también conocido como el Informe Meadows, predijo que la confluencia de escasez de recursos, entre los que el más importante era la llegada del “pico del petróleo” (peakoil), y un aumento de la población mundial, provocaría un desastre para la humanidad a principios del siglo XXI. La economía mundial entraría en un periodo de estancamiento decreciente para la década de los 2020, provocando un descenso precipitado de la población mundial en las décadas siguientes.
La ligereza con la que los colapsólogos declaran que este futuro está a la vuelta de la esquina es escalofriante. “Debemos preparar biorregiones fuertes a pequeña escala”, me dijo Cochet, en una escala de solo unos pocos miles de habitantes. Los circuitos económicos deben ajustarse a los ecosistemas y recursos locales, rompiendo con las cadenas de suministro globales. La visión de la buena vida que se basa en una movilidad ilimitada y unas necesidades humanas cada vez mayores se debe sustituir por una ética de arraigo y de placer de vivir y trabajar en un espacio definido. Nuestra consideración de la historia como un proceso infinito de centralización y unificación hacia un estado universal, está chocando contra el muro ecológico: “Para 2035, la República Francesa, La Comunidad Europea, no existirán”.
Por supuesto las declaraciones de un colapso medioambiental inminente no son nuevas. Pero siempre han estado restringidas a los márgenes de la respetabilidad intelectual y política. Por ejemplo, las comunas hippies proliferaron en los 70 y 80 para escapar del inminente invierno nuclear. Más recientemente los foros de internet se han convertido en un refugio para un incipiente ecosistema en los que los “supervivencialistas” comparten estrategias y palabras de ánimo doctrinal. Inspiración para documentales, conferencias, exhibiciones de arte y una serie infinita de artículos de revistas y debates en páginas de opinión, la colapsología ha sacudido esta tendencia, convirtiéndose en algo habitual en la vida cultural e intelectual francesa. Una tarde a finales de 2018 estaba caminando por uno de esos largos pasillos típicos de las estaciones de metro importantes de Paris. En los carteles publicitarios de las paredes, que normalmente anuncian al último maestro del renacimiento italiano que se expone en el Grand Palais, había anuncios del libro de Servigne de 2018: “Otro fin del mundo es posible: Vivir el colapso (no solo sobrevivirlo).”
Si un colapso social a gran escala es posible, por no decir inevitable, ¿cómo será vivir en un mundo caracterizado por la escasez de alimentos, ecosistemas naturales que desaparecen, la quiebra del Estado y las catástrofes medioambientales? La continuación de Comment tout peut s’effondrer (Cómo todo puede colapsar) de 2018, escrito por Servigne con Raphaël Stevens y Gauthier Chapelle, se centra en la vida interior en una edad de colapso. Historias concretas como el prolongado colapso de la Unión Soviética en los 90, durante el cual el alcoholismo, el homicidio y el suicidio en adultos derivó en un descenso en picado de la esperanza de vida, sugieren la necesidad de crear lo que Servigne y sus colegas llaman una cultura “positiva” del colapso.
Servigne me habló de la necesidad de ver el colapso futuro como algo íntimamente relacionado con el lugar que ocupa la “espiritualidad” en la cultura occidental liberal. “En Francia”, lamentó, “consideramos la espiritualidad una cuestión privada e individual. Lo que proponemos en nuestro libro es que para superar los retos de este siglo tendremos que reconsiderar nuestra relación con la tierra, lo que es fundamentalmente un tema espiritual”. Nosotros los modernos, argumenta, nos hemos aferrado durante demasiado tiempo a una idea negativa de la libertad que evita las obligaciones morales y la interconectividad. Tal ideal de la libertad es la precondición espiritual para nuestro sistema industrial decadente y derrochador que nos impide distinguir entre nuestras necesidades genuinas y nuestros deseos codiciosos. Además Servigne argumenta que anhelamos una nueva “historia común”, un sentido de lo colectivo que integre nuestras libertades dentro de un propósito más elevado y de una ética de responsabilidad vis-à-vis con el mundo natural.
Pero si uno profundiza en los textos de estos autores y escucha su condena del mundo moderno, es difícil no tener la impresión de que bajo sus profecías del colapso se encuentra una forma persistente de expectación, por no decir de un entusiasmo absoluto. El filósofo Pierre Charbonnier argumentaba en un ensayo crítico publicado el verano pasado en el Revue de Crieur que los colapsólogos representan el regreso de una raza de modernismo romántico que se puede identificar con cierta interpretación de los trabajos históricos de Jean-Jacques Rousseau.
Por supuesto Rousseau escribe sobre la historia como de un gran olvido. Desde nuestra primitiva integración en la naturaleza, cuando escuchábamos tanto a nuestra libertad natural como a nuestras inclinaciones hacia la benevolencia y la sobriedad, nos hemos convertido en caricaturas de nosotros mismos, pintadas por gente como Thomas Hobbes, en animales avariciosos e inherentemente violentos que necesitan ser domados por el Estado moderno. El libro de Servigne y Chapelle de 2017 L’Entraide, l’autreloi de la jungle (Ayuda mutua, la otra ley de la jungla), lanza un ataque similar contra la antropología Darwinista y Hobbesiana. “En la jungla”, escriben en la introducción del libro, “reina un trasfondo de ayuda mutua que ya no percibimos”. ¿Se han traicionado las promesas de libertad humana y de una vida con sentido por el industrialismo hinchado y sobredimensionado? A pesar de toda su claridad mental sobre lo peor que puede traer el calentamiento global en términos de sufrimiento humano, es casi posible escuchar a los colapsólogos decir “nunca desperdicies una buena crisis”.
La serie L’Effondrement es un poco más prosaica. Un episodio alerta de que simplemente es posible que no estemos programados para esas comunidades “bioresistentes” y pastorales. Un grupo de refugiados que escapa de una ciudad llega a una pequeña comuna rural, del tipo de las que han surgido en Francia durante las últimas décadas, refugios del mundo industrializado organizado donde se congregan los activistas del decrecimiento y de la creciente comunidad altermundialista del país. Los mayores de la comuna deliberan si dejar entrar a los recién llegados. Convencidos de que les echaran y les robaran, o algo peor, algunos de los recién llegados deciden escapar mientras tengan la oportunidad y llevarse suministros del almacén. Su huida sale mal. Cuando se apresuran a esconder el cadáver de uno de los locales que les pilló robando, escuchan que son bienvenidos a quedarse.
El aumento de los colapsólogos ha coincidido con una serie de pruebas críticas para el medioambientalismo político, en Francia y por todo el mundo. El Acuerdo de París de 2015 ofreció un marco global para la reducción de emisiones de los combustibles fósiles, aunque muchos críticos argumentan que sus aspiraciones son muy poco ambiciosas y demostrarán que son insuficientes para limitar el cambio climático. La falta de salvaguardas significativas, la capacidad de las naciones más importantes para retirarse y seguir caprichos políticos domésticos a corto plazo, sugiere que puede quedarse en un acuerdo de reducción de emisiones solo en el papel. Cada conferencia climática subsiguiente solo ha revelado todavía más el estado de parón internacional, ya que la necesidad de reducir las emisiones a nivel mundial es presa de la competencia interestatal y del choque de intereses entre las economías desarrolladas y economías en desarrollo.
En Francia, solo unas pocas semanas después de ver esos carteles en la estación de metro de París, Emmanuel Macron se enfrentó a la peor crisis política de su presidencia. Su ambición de “hacer que nuestro planeta sea grande de nuevo” ya había sufrido un serio varapalo ese verano. Nicholas Hulot, ministro de medioambiente y durante mucho tiempo una figura popular del movimiento medioambientalista francés, dimitió. En su anuncio por sorpresa en la radio, Hulot culpó al poder de grupos franceses con intereses especiales en las esferas más altas del Gobierno, de una estrategia medioambiental basada en “pasos mínimos” y a los intentos de “revivir un modelo económico que es la causa de todo este lío”.
Las contradicciones que señaló Hulot se harían evidentes cuando el programa de reformas de Macron sufrió un parón en seco a finales de noviembre y principios de diciembre de 2018 por el movimiento de los chalecos amarillos, provocado inicialmente por el intento de Macron de imponer un nuevo impuesto al diésel. Vendida como una política diseñada para “cambiar el comportamiento” de los consumidores franceses, como dijo el Primer Ministro Édouard Philippe, los críticos lo vieron como un intento encubierto de equilibrar los presupuestos después del recorte de impuestos previo a los más ricos del país.
Desde entonces los chalecos amarillos han desatado un importe debate en Francia sobre la base y las condiciones para una reforma medioambiental genuina. Los impuestos de Macron a la gasolina se han convertido en un modelo de medioambienalismo “punitivo” en un país donde son las clases trabajadoras y las clases medias las que viven más lejos de los centros de las ciudades donde están los servicios de transporte públicos integrales. Se habla de la necesidad de una ecología “popular” que reconciliará nuestro modo de vida moderno con las aspiraciones y demandas democráticas. Si una sociedad como la francesa quiere llegar a una neutralidad de carbono en las próximas décadas, ¿qué implicaciones tendrá para el tejido de una sociedad construida en torno al automóvil?
Las emisiones de carbono de un pasajero en un vuelo de Paris a Niza es el equivalente a la huella de carbono anual de un adulto medio nigeriano, sin embargo un tratado de 1944 todavía exime a las aerolíneas globales a pagar impuestos por la gasolina. ¿Merecen los gigantes del petróleo cientos de miles de millones de dólares en subsidios anuales? ¿Es sensato privatizar, como está haciendo ahora el gobierno de Macron, el ferrocarril, uno de los tesoros institucionales del país, en un momento en que se necesitan sistemas de movilidad colectivos y sostenibles? ¿Tenía sentido construir un megasupercomplejo con un centro comercial y un parque de atracciones, el altamente controvertido projecto Europa City, en uno de los pocos lugares que quedan de tierra agrícola sin urbanizar en la región de París? (ese plan fue finalmente abandonado en noviembre, pero solo después de grandes protestas)
No está claro lo que la colapsología tiene que enseñarnos en sí y de sí misma sobre estas cuestiones. Y no es sorprendente que la crítica principal planteada contra este movimiento intelectual es que propone un medioambientalismo que no participa en las políticas desordenadas de nuestras sociedades democráticas. De hecho, una de las consignas de los chalecos amarillos era “fin del mundo, fin de mes, el mismo esfuerzo”, insistiendo en lo estrechamente vinculadas que están la justicia económica y la justica medioambiental. Pero este eslogan también muestra que muchos de nuestros conciudadanos están todavía preocupados por asuntos comparativamente menores, pero importantes, como pagar las facturas y vivir decentemente aquí y ahora. También muchos de nosotros hemos intentado reconciliarnos con lo que estos colapsólogos parecen considerar como nuestra existencia irremediablemente dañada en la megalópolis moderna, fracturados irreparablemente entre nuestra persona pública y la privada. A muchos de nosotros, quizá tímidamente o simplemente egoístamente, nos gustan bastante las libertades pervertidas que nos permite la sofisticada división del trabajo.
Los chalecos amarillos no se estaban rebelando contra esto. Tampoco buscaban un pasado heroico. Se han rebelado contra el hecho de que los frutos de nuestro sucio aparato industrial están repartidos con demasiada desigualdad. Se rebelaron contra un seudomedioambientalismo que hará poco para limpiar el sistema, que no castigará a los que realmente contaminan, pero hará mucho para hacer la vida diaria un poco más difícil para muchos otros. Gracias a las alianzas formadas por los chalecos amarillos y los medioambientalistas, se habla ahora de la necesidad de combinar estos dos temas: será imposible limpiar nuestra economía derrochadora sin asegurarse de que lo que se produce se comparte de manera igualitaria.
Por supuesto por lo que están preocupados los colapsólogos no es de ninguna manera un fenómeno nuevo, que aquellos que están a falta de opciones políticas confiarán en una filosofía de la historia que llenará el vacío para que los cambios que uno desea se pueda decir que ocurren inevitablemente. Pregunté a Yves Cochet sobre lo que había dicho acerca del fenómeno de los billonarios supervivencialistas que construyen chalés fortificados en Nueva Zelanda: ¿Sufrirán ellos también la aniquilación en el colapso? “No habrá una burguesía del colapso”, contestó. Pero su seguridad de que ellos serían eliminados me resultó poco convincente, por no decir extremadamente misantrópica.
Una de las ironías más crueles de la historia, y solo gracias a los accidentes geográficos, es que los mayores efectos del calentamiento global recaerán en aquellas sociedades y regiones del mundo que menos han contribuido al problema, las naciones en desarrollo de lo que ahora llamamos el “Sur global.” Esto no quiere decir que las sociedades del mundo Atlántico no se verán profundamente afectadas, sí serán afectadas, perro teniendo en cuenta que contribuyeron más a crear el problema y todavía están imponiendo modelos de desarrollo global a su imagen, sería mejor dedicar nuestro tiempo a reformar radicalmente nuestros sistemas económicos y políticos en lugar de imaginar el final purificador (y algunos dirían genocida) de nuestra soberbia.
Quizá me hace ser incluso más pesimista que Cochet pero temo que durante toda la carnicería medioambiental venidera los ricos y poderosos podrían seguir estando bien. Una apreciación puramente cínica, pero quizá correcta, de nuestra capacidad de explotar nuestra habilidad tecnológica, sugiere que es demasiado plausible que pueda existir una comunidad cerrada futura. De hecho ciertos percusores de la colapsología se toman esta posibilidad muy en serio, como la preciosa novela de ciencia ficción de 1993 de Octavia Butler The parable of the sower (La parábola del sembrador). Y mientras este sea el caso, la lección a aprender es que es demasiado pronto para abandonar el proyecto insatisfactorio y parcial de democratizar la sociedad. Con todos sus fallos, la democracia es todavía el mejor sistema que hemos concebido para hacer posible el vivir juntos y con un poco más de dignidad. Durante todo el tiempo que podamos mantenerla.
Cuando estaba leyendo el trabajo de estos escritores me encontré con un libro que no tenía ninguna relación con el medioambiente o con el calentamiento global, pero que de alguna manera me costó no leerlo como un producto o una reflexión necesaria sobre el momento presente de colapsología en Francia. Mientras el país estaba inmerso en la crisis de los chalecos amarillos el filósofo Michaël Foessel, profesor en la Escuela Politécnica, leyó los archivos de prensa franceses de 1938. Su libro Récidive 1938 (Reincidencia 1938) es una crónica del declive de la democracia o, debería decir, del “colapso.” Según dice, los poderosos declaran su emancipación de la sociedad e imponen una austeridad financiera brutal. Los limitados recursos nacionales se reservan para los franceses y solo para los franceses, mientras una caza de brujas de refugiados, judíos y otros indeseados consume el país. La policía recorre las calles. Mientras tanto casi todos piensan con complacencia que controlan el pulso de la historia humana. Algunos de los que estaban seguros de la dirección que estaban tomando las cosas, hacia una purga beneficiosa de todas las injusticias de la sociedad que despejaba el camino para empezar de nuevo, no se preocuparon de mirar a su alrededor hasta que fue demasiado tarde.

Dicho esto, todas las críticas que han recibido estos escritores todavía suenan a matar al mensajero. Los colapsólogos apuntan a contradicciones reales en el medioambientalismo contemporáneo. La colapsología es solo un nombre para un problema muy serio: la frivolidad y la injusticia de mucho de lo que pasa por ser soluciones al actual callejón sin salida en el que nos encontramos. Que alguna forma de antinomia podría emerger de este vacío recuerda a la frase del filósofo Michel de Certeau: “Cuando lo político se marchita lo religioso resucita”.

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