martes, 23 de abril de 2019

Por favor, no mitifiquemos a Obama ni añoremos su mandato


Por Jeff Cohen *

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Ante la aparente disponibilidad del antiguo vicepresidente Joe Biden para unirse a la carrera presidencial, un periodista del Washington Post escribió: “La candidatura de Biden y sus aliados supone que en las próximas elecciones se baraje la posibilidad de elegir entre cuatro años más de alteración del sistema con Trump y la oportunidad de restaurar la Administración Obama”.
¡Ah, la esperanza de restaurar la era Obama!

Pero, ¿basta con un “regreso a la normalidad”? Tras décadas en las que las gigantescas corporaciones han acumulado un enorme control político y financiero mientras las desigualdades raciales y económicas siguen ampliándose, y mientras los climatólogos nos dicen que la supervivencia del planeta exige reformas radicales, ¿es suficiente un regreso a la normalidad?

¿Y qué hay del peligro real de que una vuelta al “estilo Obama”, de “liberalismo empresarial” paulatino provoque un nuevo estallido de populismo de derechas, esta vez liderado por alguien más inteligente y hábil que Trump?

Si consideramos lo que Trump ha hecho con nuestro país y con el mundo, no sorprende que muchos estadounidenses añoren a Obama. El expresidente no era un fanático ni un experto en insultos. Su administración no fue sacudida por grandes escándalos ni sus más cercanos colaboradores enviados a prisión. Era una persona sensata (“No drama Obama”) que no negaba los descubrimientos de la ciencia. Era inteligente y poseía un vocabulario claramente superior al de un niño de 4º curso. Estaba al día. Eso es lo que recuerdan millones de personas.

Yo también me acuerdo de todo eso. Pero al mismo tiempo deberíamos recordar el contenido político sobre el que se sostenía esa imagen simpática. Deberíamos recordar la indecisión y, lo que es peor, el oportunismo y el corporativismo. Así como la causa y efecto: que el mandato de Obama allanó el camino para el advenimiento de Trump.

El analista progresista Matt Stoller defendió esta postura en una columna bien documentada que publicó el Washington Post la víspera de la toma de posesión de Trump. Comenzaba así: “Los Demócratas no podrán ganar hasta que no reconozcan lo perjudiciales que fueron las políticas financieras de Obama: tuvo oportunidades para ayudar a la clase trabajadora y las desaprovechó”. Stoller menciona que la Administración Obama permitió que se produjeran nueve millones de desahucios por impagos hipotecarios así como fusiones empresariales lesivas para los consumidores, incluyendo la sanidad, en parte causadas por la “falta de opción pública para la cobertura sanitaria” del Obamacare. Tras señalar que la mayor parte de los nuevos empleos surgidos en los años de Obama fueron temporales o parciales y la reducción de la esperanza de vida de los blancos, Stoller concluía: Cuando los líderes Demócratas no protegen a las personas, estas empobrecen, se enfadan y...”

Volviendo a 2008, yo estuve encantado cuando Obama derrotó a la maquinaria Clinton y dio la impresión de acabar con dicha maquinaria (¡aunque solo fuera por eso!). Pero no me convenció su retórica de “esperanza” y “cambio”.

La primera elección a la que se presentó Obama ya ofreció buenas razones para ser escéptico, pues consiguió un record de donaciones de Wall Street. Una vez en el poder, esos vínculos hipotecaron sus programas económicos.

Recuerdo perfectamente el oportunismo de esa campaña, cómo Obama y su equipo buscaron el apoyo de personas famosas contrarias a la guerra declarando: “Todos nuestros consejeros se opusieron a la invasión de Irak y todos los de Hillary Clinton la apoyaron. ¿Por que seguís indecisos?” Y también recuerdo que, tan pronto como Hillary quedó fuera de juego, Obama eligió como colaboradores a un belicista tras otro, incluyendo a su compañero de papeleta Joe Biden, probablemente el Demócrata más importante de los partidarios de la invasión de Irak. Entre los nombramientos militaristas incluyó al final a la propia Hillary Clinton como secretaria de Estado. Todos ellos animaron a Obama a seguir (y en algunos casos a ampliar) la ineficaz e inmoral “guerra contra el terror” heredada de Bush y cuyo testigo ha pasado a manos de Trump.

Recuerdo que apenas dos días después de la elección de Obama en 2008, mi pequeño rayo de esperanza se desvaneció cuando eligió como jefe de gabinete a Rahm Emmanuel, un enérgico demócrata pro-corporaciones y pro-guerra despreciado por los progresistas desde que trabajara en la Casa Blanca con Clinton y contribuyera a las campañas legislativas que sacaron adelante el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), el proyecto de ley sobre la delincuencia de 1994 y la “reforma” asistencial.

Al igual que Emmanuel, los siguientes jefes de gabinete de Obama procedían de las altas finanzas: William Daley, de JP Morgan Chase, y Jacob Lew, de Citigroup. Como es bien sabido, Obama completó su equipo de asesores económicos con peces gordos de Wall Street. Así que no es de extrañar que rescatara a las instituciones financieras, pero no hiciera nada para detener la mayor oleada de desahucios hipotecarios de la historia de EE.UU. Los intríngulis de la capitulación de Obama ante las élites económicas se cuentan con detalle en el libro de Ron Suskind Confidence Men: Wall Street, Washington and the Education of a President. En gran parte con el apoyo del Partido Republicano, y con el rechazo de la mayor parte de los congresistas Demócratas, Obama siguió trabajando por la aprobación del Tratado Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), muy del gusto de las multinacionales, hasta sus últimos meses en el cargo.

Obama nombró a ejecutivos y aliados de Monsanto para los principales puestos del gobierno relacionados con la agricultura y la alimentación. Aunque reconocía el trabajo de los científicos que alertaban del cambio climático y veían de la necesidad de acción, su mandato coincidió con un auge de la producción petrolera y las infraestructuras letales relacionadas con ella, y su administración promovió fervientemente el fracking en todo el mundo.

Su reforma sanitaria fue originalmente una medida republicana para ampliar la cobertura al tiempo que enriquecía a las empresas aseguradoras privadas y a las grandes farmacéuticas, a cuyos lobistas se les permitió obstruir el control de costes. Aunque millones de personas quedaron sin seguro sanitario, el Obamacare amplió Medicaid e incrementó la cobertura en las comunidades rurales pobres y para los jóvenes.

El periodista Nathan J. Robinson resumió la crítica progresista a Obama en una larga frase repleta de razones:

“[Obama] deportó a un impresionante número de inmigrantes, permitió que los delincuentes de Wall Street se salieran con la suya, no consiguió enfrentarse al sector de los combustibles fósiles (y ahora se jacta de haberlo apoyado), vendió más de 100.000 millones de armas a la brutal dictadura saudí, asesinó con drones a ciudadanos estadounidenses (y posteriormente hizo chistes enfermizos al respecto), asesinó también con drones a muchos otros ciudadanos extranjeros (incluyendo a yemeníes que iban a una boda) y luego engañó al público al respecto, prometió “la administración más trasparente de la historia” y al final fue “peor que Nixon” en su paranoia sobre las filtraciones, promovió un plan sanitario favorable al mercado basado en premisas conservadoras en lugar de aspirar a un único pagador, y colmó a Israel de apoyo público y asistencia militar a pesar de sus violaciones sistemáticas de los derechos humanos de los palestinos”.

Es cierto, Obama tuvo que enfrentarse a la obstrucción republicana en el Congreso, pero no fue [el líder de la mayoría republicana] Mitch McConnell quien llenó la administración Obama de representantes de las grandes corporaciones y de políticas que favorecían a estas.

Si nos atenemos a las cifras, el mandato de Obama fue una bendición para los Republicanos: los Demócratas perdieron sus confortables mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado y cerca de 1.000 escaños legislativos en los diferentes estados, mientras 50 gobernaciones perdieron una fuerte mayoría Demócrata para pasar a manos republicanas.

Mi argumento es bien sencillo: No es suficiente con “restaurar” la era Obama. Si repasamos las pautas recientes de la presidencia de EE.UU., cuando los Demócratas comprometidos con las corporaciones ganan la Casa Blanca y ponen en marcha políticas prudentes que mantienen el statu quo mientras la desigualdad aumenta ocurren dos cosas: 1) el ala más derechista de los Republicanos se apodera rápidamente del Congreso, y 2) les sustituye un presidente Republicano aún más peligroso.

Los últimos dos presidentes Demócratas dejaron en mal lugar a la “esperanza”. Bill Clinton fue “el hombre de Hope” *, y luego Barack Obama, baso su campaña en un icónico poster en el que figuraba esa palabra. Ambos hicieron que resultara difícil ser Demócrata para sus sucesores. 
Para romper este círculo vicioso hace falta un presidente progresista que luche a favor de reducir el poder y la riqueza del 1% representado por las grandes corporaciones y se lo devuelva a una coalición multiracial del 99% que recupere la cordura medioambiental. Bernie Sanders da el perfil para la tarea, al igual que Elizabeth Warren.

Pero no los tibios demócratas que predican moderación y bipartidismo y pretenden restaurar las reformas graduales de la era Obama.

Los resultados en [las elecciones presidenciales de] 2020, como en las últimas, bien pueden depender de los votantes del Medio Oeste y de dos cuestiones esenciales:

¿Se sentirán los jóvenes y las personas de color suficientemente motivados para acudir en masa a votar por el/la candidato/a demócrata?

2) ¿Recuperarán los Demócratas el voto de las clases trabajadoras blancas?

Yo he aprendido algunas cosas sobre los votantes blancos de clase trabajadora del cinturón industrial del Medio Oeste de EE.UU. y sobre el aumento de la desigualdad económica y el poder político de las corporaciones en los últimos 40 años mientras coproducía un documental recién estrenado**. Nuestro equipo de filmación entrevistó a muchos ciudadanos de Ohio que odiaban a las corporaciones y habían votado por Obama, luego preferido a Bernie Sanders por encima de Hillary Clinton en las primarias Demócratas y que posteriormente se habían pasado al populismo de Trump en las últimas elecciones como alternativa al temible statu quo.

Para recuperar a esos votantes –y para motivar a los votantes jóvenes y de color– hará falta un candidato Demócrata populista-progresista y con visión de futuro.

Aunque sea cierto que “cualquier Demócrata es preferible a Trump”, retroceder a la era Obama supone una vuelta al statu quo que hace mucho tiempo dejó de servir a millones de votantes.

Notas:

* Hope, Esperanza, es la pequeña ciudad de Arkansas donde nació Clinton.

** “The Corporate Coup D’Etat”: 

* Jeff Cohen es director del Park Center for Independent Media en Ithaca College y cofundador del grupo activista en línea RootsAction.org


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