martes, 30 de abril de 2019

Cuando los vasallos y los caballos

Rebelión

Por Nino Gallegos

Cuando los Vasallos de la Corona Española como Arturo Pérez Reverte y Mario Vargas Llosa le responden como le contestan a Andrés Manuel López Obrador, uno no está para contemplaciones hacia la arrogancia ruin de lo que el español natural y el peruano nacionalizado representan más por ellos mismos que por los españoles de adentro y del exilio en México, aunque hay los españoles que no aceptan a “los sudacas” o cuando Letizia en México y después reina de España: las disculpas están de más porque la reacciones polarizan y crispan a los españoles de la herencia y la lengua allende y ultramarinamente el Atlántico y más acá del Golfo de México, porque ni Hernán Cortez ni La Malinche que fue Doña Marina no están más que para lo que estuvieron y que Bernal Díaz de Castillo, Vasco de Quiroga y Fray Bernardino de Sahagún atestiguaron y testimoniaron a caballo, pólvora y sangre por lo de la espada y la cruz.

De la conquista española al exilio español, lo que hizo la Corona Española fue resguardar las ruinas del imperio en la transición democrática después del franquismo con el destape de las penes, las vaginas y las nalgas al aire cuando en México teníamos a nuestras pirañas que nos amaban en cuaresma y todavía algunos españoles leen y escriben Méjico por México, tal vez sí o quizás no, por una superioridad más de barbarie digitalizada que de civilización analógica, incluyendo lo criollo y excluyendo lo mestizo, porque eso-de-ser al modo español y/o al modo mexicano, no es lo mismo la tortilla española que el taco mexicano, toda vez que las alubias saben mejor con los frijoles, no sabiéndose quién es quién cuando no hay garbanzos de a libra acullá en España y pa’cá en México.

Nunca me he sentido español ni yendo a España, porque con leer a Miguel Hernández y León Felipe y escuchar a Joan Manuel Serrat desde los años 60-70, supe y sentí que el catolicismo y el nacionalismo de allá y de acá no podían ser la educación ética y moral con que ahora me siguen siendo el desasosiego y la incertidumbre de un hombre que escribe poemas nomás porque los muertos, los desaparecidos y los desplazados le son ajenamente propios y humanos desde antes, durante y después de la llegada de los españoles para “evangelizar y civilizar” a los antiguos mexicanos en el país de las doradas manzanas al sol y a los modernos mexicanos en el país de las sombras espectrales.

Luis Villoro:

“Una sola generación después de la llegada de Cortés, de ese mundo cuya grandeza causaba admiración y espanto, no quedaban sino ruinas. Sus majestuosas ciudades, arrasadas; sus jardines, desiertos; sus libros que guardaban su sabiduría, quemados; sus instituciones y ordenamientos, los colores de sus danzas, el esplendor de sus ritos, borrados para siempre. Los celosos sacerdotes, los nobles guerreros, los dueños de ‘la tinta y la tinta negra’ con que pintaban sus códices, los artífices del oro, los constructores de templos, toda la élite de la civilización azteca había sido aniquilada. Sobre el cuerpo descabezado de la gran cultura indígena, los antiguos dioses guardaron silencio. ¿Cómo fue eso posible? ¿Por qué los vencedores, pese a la fascinación que esa civilización les causaba, se vieron impulsados a asesinarla? ¿Por qué esa cultura, elevada y compleja, no fue capaz de detener la mano de los hombres extraños, llegados de oriente? ¿O estará la respuesta en la extrañeza misma? Pues si para los españoles el mundo azteca era lo otro por excelencia, para los indios, esos hombres poderosos y bárbaros pertenecían a un orden diferente del tiempo y del espacio. Quizás existen culturas que no pueden aceptar la presencia de lo otro”.

La profanación de lo sagrado en los aztecas por la evangelización de los españoles.

Hasta aquí Luis Villoro hace lo propio y lo extraño, la propiedad de lo ajeno, poniéndonos, a los mexicanos, en el México moderno. Todavía así, ¿qué cultura de las dos civilizaciones, no pudo aceptar la otra, la española o la azteca, con la alteridad inaceptable? La conquista fue la destrucción, la colonización con la espada y la cruz, la refundación del antiguo México por el vencedor moderno, la sumisión a los hombres extraños, poderosos y bárbaros. ¿La corrupción-el engaño y la impunidad-el crimen, fueron los actos propicios y conscientes del poder ajeno sobre el poder propio, la propiedad de la ajenidad, la corrupción y la impunidad de una cultura sobre la otra-del otro con el silencio cómplice de los antiguos dioses porque también ellos habían decapitado y asesinado a través del sacrificio ritual, cabezas y corazones?

He allí, sobre el cuerpo descabezado de la gran cultura indígena, la espada y la cruz, la corrupción y la impunidad, los criollos y los mestizos, los antiguos mexicanos con los mexicanos modernos, decapitando y lanzando las cabezas de los mismos o de los otros mexicanos a las calles para mirarnos hasta dónde hemos llegado.

¿Por qué pedirles a las jodidas autoridades españolas -una disculpa- cuando no puedo perdonar y olvidar a las autoridades mexicanas por lo que han hecho pasada, presente y presentáneamente con los muertos, los desaparecidos y los desplazados de los hombres, las mujeres, los ancianos y los niños con los indígenas-campesinos desde los años 1521 al 2019-2021?

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