miércoles, 13 de enero de 2016

El progresismo latinoamericano en busca de su brújula



Por Decio Machado *

Ríos de tinta corren por doquier en el debate político de moda en América Latina: el llamado “fin del ciclo progresista”. Más allá de las diferentes opiniones vertidas al respecto, existe un denominador común en entender que lo sucedido en Argentina y Venezuela desborda el ámbito nacional y tiene implicaciones para toda la región. Esto marca una diferencia sustancial entre el proceso político latinoamericano y lo que sucede en el resto del planeta.

Consecuencia de lo anterior, el cambio de gobierno en Argentina y la avasalladora derrota sufrida por el chavismo en las legislativas de Venezuela han conllevado que el progresismo latinoamericano viva momentos de cierta desorientación política. Todos los mandatarios progresistas del continente, a pesar de las diferencias existentes entre ellos, han manifestado preocupación y tristeza por estos resultados electorales, e incluso en algunos casos hasta cierto enojo.

En todo caso, el progresismo regional ha conformado un discurso común para explicar la actual coyuntura. Básicamente la cosa se resumen que asistimos a una fuerte ofensiva imperialista que mediante variados y poderosos mecanismos –apoyo económico a partidos conservadores y ONG cooptadas, complicidad con los medios de comunicación nacionales e internaciones, presión diplomática extranjera e injerencia en asuntos internos a través de estructuras internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos– tiene como objetivo la restauración conservadora en el subcontinente. En resumen, las oligarquías nacionales, con fuerte apoyo del exterior, buscan “volver al pasado” con el fin de impugnar los avances social es conseguidos durante el ciclo progresista. Para lograr sus objetivos, se articuló una estrategia de desgaste contra los gobiernos 'populares' basada en atacar sus flancos más débiles: inseguridad ciudadana, corrupción, inflación y en determinados casos la carencias de productos en el mercado.

Al interior del progresismo algunos sectores elevan unos grados más la complejidad de sus análisis. Entienden que ante la estrategia de “golpe blando” de la derecha se debe hacer un esfuerzo por identificar las demandas de las nuevas clases medias latinoamericanas, aunque con cierto tono de reproche indican que estas no deberían nunca olvidar que nacieron al calor de estos procesos.

Sin embargo y sin desestimar las consideraciones anteriores, la reflexión más autocrítica e interesante al interior del progresismo deviene de un sector aún muy minoritario, carente de forma orgánica, que comienza a plantearse preguntas que van más allá de la autoafirmación: ¿será que la desproporcionada propaganda emitida desde los aparatos gubernamentales, aunque enamorase a dirigentes e incondicionales, comenzó a saturar y molestar a amplios sectores de la sociedad? ¿Será que la gente empezó a cuestionar el hecho de que toda opinión crítica sea calificada como antidemocrática, golpista y vinculada a intereses extranjeros? ¿Será que la ciudadanía desde hace algún tiempo viene interpretando que no toda la oposición política es fascista per se y que las disidencias de izquierda que paulatinamente fueron abandonando estos gobiernos no son necesariamente traidores a la revolución? ¿Será también que cada vez más sectores sociales comenzaron a cuestionar la incapacidad de dialogo y consenso que se esconde tras argumentos como ese de que quien no esté de acuerdo con el régimen que monte un partido y nos gane en las próximas elecciones?

Escenarios a futuro
La década dorada (2003-2013) de América Latina, auspiciada por el boom de los precios de las materias primas, ya es historia. Queda atrás el período en el que la tasa promedio de crecimiento de la región ha sido superior al 4%, permitiendo que 50 millones de personas salieran de la pobreza y que la clase media haya crecido hasta alcanzar algo más de 1/3 de la población. Fue hermoso mientras duró, pero los gobiernos latinoamericanos se ven ahora obligados a afrontar su gestión sin los enormes excedentes de los que antes disfrutaron. En pocas palabras, la fiesta se terminó.

Aquí cabe una reflexión. Si bien es cierto que los gobiernos progresistas han implementado una batería de políticas públicas destinadas a los sectores más pobres, también lo es que la fuerza de penetración y obtención de ganancias del gran capital no se ha visto mermada durante este período, pese a la implementación de medidas regulatorias y la recaudación de impuestos. Es decir, se mejoraron las condiciones en que viven los sectores populares sin confrontar al poder económico y su matriz de acumulación.

Y aquí llega el drama. En un momento en que el progresismo comienza a mostrar cierto nivel de agotamiento y desgaste político, nadie sabe que hacer para reactualizar el proyecto en el marco de una coyuntura económicamente adversa. Si éxito del progresismo se ha basado en la democratización del acceso al consumo, una gestión más eficaz del erario público y la implementación de políticas sociales, son precisamente en estos ámbitos donde más se comienza a sentir el impacto de los actuales recortes presupuestarios y el deterioro de la capacidad adquisitiva.

Y ahora dejo la actual pregunta sin respuesta que se hace el progresismo latinoamericano. ¿Cómo volver a seducir a las mayorías sociales con un proyecto político que, sin transformar conciencias, basó su éxito en un festín consumista que ahora entra en crisis y deja como resultado niveles preocupantes de endeudamiento familiar entre los sectores más pobres?

¿Fin de ciclo?
El tan polemizado fin de ciclo progresista no tiene porqué conllevar la caída de todos los gobiernos progresistas en la región. De hecho, es difícil pensar que eso se vaya a dar. El cambio de ciclo o su continuidad viene determinado por el tipo de políticas que estos gobiernos vayan implementado en esta nueva etapa, lo que definirá sobre que espaldas recaerá el peso de la crisis.

En este sentido, cabe indicar que lo que se está viendo hasta ahora no es muy alentador. Cuando ya comienzan a aparecer indicadores que reflejan caídas en el nivel de empleo, deterioro en la situación laboral de las mujeres y los jóvenes, e indicios de que podría estar volviendo a subir la informalidad a través de una mayor generación de empleos de menor calidad, la opción determinada por el progresismo regional –incluidos los gobiernos considerados más transformadores– está siendo la implementación de alianzas público privadas que buscan aligerar de cargas fiscales al sector privado con el supuesto objetivo de fomentar la inversión.

Una vez más, todo parece indicar que la balanza se volvió a inclinar hacia el lado equivocado. No están siendo quienes más ganaron durante el periodo de bonanza, sobre los que ahora recae el peso la crisis… 

* Decio Machado (Quito, Ecuador), Director Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos

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