martes, 28 de mayo de 2013

Socialismo y Democracia


Por Víctor Manuel Ramos

Hay quienes quisieran ver confusión y enfrentamientos entre las fuerzas populares que luchan por el cambio y por tener, por fin, acceso a una patria y quienes, luchadores de larga data, han sostenido como credo fundamental las teorías del socialismo que no es más que una democracia auténtica, perfecta.

Estos teóricos del desacuerdo quisieran que, en el mundo actual, globalizado y sometido a la vigencia de las leyes basadas en el derecho internacional;  repito: quisieran que las fuerzas que impulsan el cambio volvieran a la lucha guerrillera para la toma del poder y la implantación de una revolución, porque tal método les fue favorable a las élites gobernantes y eso les permitió dominar las aspiraciones populares mediante el aplastamiento militar, el arrasamiento de poblaciones , la persecución, el encarcelamiento, la tortura y el genocidio. 

Recordemos a Álvarez Martínez. Y recordemos que la misma Constitución reconoce el derecho del pueblo a la insurrección, derecho que, realmente, el pueblo puede hacer valer a pesar de cualquier constitución.

Sin embargo algunos movimientos armados populares alcanzaron el éxito: ahí están la revolución cubana, la revolución independentista de Angola y Namibia, la revolución sandinista (derrotada después por medio de la injerencia norteamericana y por el papel de republiqueta alquilada que desempeñó Honduras pero que ha recobrado el poder por la vía de las urnas electorales).

La teoría del frente amplio popular no es nueva. Fue postulada por el mismo Lenin, por Gramci, por Rodney  Arismendi, por Salvador Allende y por Rigoberto Padilla aquí en Honduras. Por eso no hay razón para el desconcierto entre la  izquierda en todas sus variantes, por el contrario, hay perfecta claridad acerca de a donde hay que dirigir la nave del Estado para que se cumplan los postulados de una democracia en la que el pueblo sea el responsable de su propio destino.

Lo que no se quiere entender es que los pueblos han despertado y se dieron cuenta que, siendo la mayoría, están en la posibilidad de reorientar a el Estado para ponerlo al servicio de una verdadera justicia social y, gracias a esa nueva conciencia, es que en Honduras fue posible ver al pueblo en las calles, diariamente, a pesar de la represión militar que condujo a varios asesinatos, repudiando el golpe de Estado, durante más de un año, ver a las masas organizarse en torno al Frente Amplio de Resistencia Popular, cada quien con su bandera, destacándose las organizaciones magisteriales, las organizaciones indigenistas, los campesinos, algunos sindicatos y los pobladores, sin dejar por fuera un gran sector de la burguesía que se enteró que no es posible la subsistencia tranquila en un país sometido a la miseria en todos sus aspectos. Esas masas en las calles de Honduras no eran grupúsculos aislados, como pretendían los camisetas blancas y los periodistas asalariados por los golpistas, sino los sectores representativos de la sociedad entera harta del engaño, la demagogia, la corrupción y el abandono.

La caída del socialismo en Europa no ha significado el que los pueblos no sueñen con arribar, algún día, al bienestar que pregona la Carta Universal de los Derechos Humanos, situación que solo es posible, por supuesto, a través del socialismo democrático que deberá implantarse mediante procesos de consulta con los pueblos para asegurar la erradicación de la abyección, el hambre, el analfabetismo, la falta de vivienda y la carencia de tierras y medios adecuados de producción agrícola e industrial. Tan cierto es esto que los pueblos siguen luchando por una organización de las naciones y de los Estados con mayor participación popular, por un réquiem en el que los habitantes no sean sometidos a él, sino quienes tomen las más trascendentales decisiones.

La historia de Honduras ha sido la de un fracaso total desde el 15 de setiembre de 1821. Los partidos tradicionales inicialmente derrotaron el ideal unionista y fragmentaron la patria grande para satisfacer intereses mezquinos personales, posteriormente, a quienes nos han gobernado, poco les ha importado el bienestar de los ciudadanos hondureños, mientras, la ignorancia en la que resignaron al pueblo, les permitió llevar una vida de derroche mientras la gran mayoría de los hondureños se mantenía en el abandono casi total. Las cifras son elocuentes.

Por eso, de lo que ahora se trata es que el pueblo retome la conducción del Estado, porque, se ha dicho solo el pueblo salva al pueblo y demostrado está que es así, precisamente. Para eso solo basta con hacer valer el precepto constitucional de que la soberanía reside en el pueblo. Indudablemente, los hondureños ya no queremos de lo mismo, nada de capitalismos remozados, de capitalismos menos crueles, menos salvaje (¿?). Queremos el fin total de la crueldad y del salvajismo que se ha resumido en hambre, desnudez, ignorancia, falta de acceso a la tierra y a la vivienda realmente digna, acceso al trabajo, respeto a la vida, acceso a la salud, acceso a la tecnología moderna y a todo lo que significa una vida digna, realmente humana. Eso es el socialismo democrático al que se aspira: decisiones del pueblo para que sea, de una vez por todas, el auténtico dueño de lo que siempre le ha pertenecido y que le han arrebatado unos pocos: la patria. ¿Qué revisionismo y qué perversión podría haber en todo esto? Ningunos, por supuesto.

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