viernes, 17 de mayo de 2013

Reseña de "¿Dónde están los intelectuales?", de Enzo Traverso



Por Anaclet Pons

Bien conocido por los lectores hispanos, el historiador Enzo Traverso acaba de publicar un nuevo libro, dedicado en esta ocasión a los intelectuales. El asunto preocupa en general por todas partes y, como es sabido, interesa en particular a los franceses, que es donde ha aparecido la obra. Así, por ejemplo, el portal nonfiction le dedica una amplia reseña, en Mediapart le entrevistan y en Les Grands Débats se sirven del volumen para proponer un debate a tres bandas entre los historiadores Pascal Ory y Michel Winock y el periodista y escritor Pierre Assouline. Este último es quien abre el fuego, con un resumen de la entrada que apareció en su blog La République des livres. Nos quedamos con esta última.

En primer lugar, ¿qué es un intelectual? No mucho, a la luz del desarrollo de la noción. Pasado el momento de estupor ante la incongruencia de la pregunta, la respuesta parece obvia, y no hay nada mejor para animar un debate o reanimar una conversación. Los malentendidos y las peleas están garantizadas desde el principio, unos tratando de definir el adjetivo y otros, el sustantivo. Où sont passés les intellectuels ? (Textuel) viene a guiarnos a través del laberinto de interpretaciones. El autor, Enzo Traverso, historiador italiano (Piamonte, 1957), que enseñó ideas políticas en la Universidad de Picardie, antes de ser nombrado profesor de romance studies en la Universidad de Cornell (Nueva York), ha dedicado sus investigaciones al fenómeno totalitario, el antisemitismo, las violencias contemporáneas y la guerra civil europea. Su ensayo es de una claridad notable, lo que puede ser debido a su forma: una conversación con Régis Meyran.

Enzo Traverso ha optado por empezar no refiriéndose a un libro, ni siquiera a un pensador, sino a una fotografía de la Agencia France-Presse datada en el año 2000. Muestra a un intelectual palestino, Edward Said (Jerusalén, 1935-Nueva York, 2003), profesor de literatura comparada en Columbia, lanzando piedras contra un puesto de control israelí en la frontera libanesa. Un gesto de protesta al que se abstiene de tomar por cualquier tipo de heroísmo, viendo más bien la revelación de una “postura”. Nada de peyorativo hay en esta observación, en tanto Traverso, recordando lo que la musicología debe a Said (véase su ensayo Du style tardif que acaba de ser publicado en Actes Sud), se sirve de ello para presentarlo como un intelectual de la disonancia y el contrapunto, prefiriendo el contraste frente a la armonía. Para los franceses, pero no sólo para ellos, todo parte del caso Dreyfus. Por un lado, el “Yo acuso” de Zola en L’Aurore de Clemenceau, por otro, la campaña de Action française contra los espíritus decadentes, cosmopolitas, cerebrales, abstractos, trascendidos por Maurice Barrès en Les Déracinés. Es cierto que el intelectual se inscribe en la tradición ilustrada, aunque vívamente combatida, y con qué perseverancia, por los nacionalistas.

Dicho sea de paso, Traverso pone las cosas en claro, en cuanto a cómo los intelectuales franceses han interpretado a veces a los pensadores alemanes antes de instrumentalizarlos. Pensamos en Heidegger, por supuesto; él piensa sobre todo en Nietzsche, de quien Michel Onfray, después de Gilles Deleuze, ha querido hacer un uso libertario cuando era un reaccionario, como mucho un “gran crítico conservador de la modernidad”. Del mismo modo, Enzo Traverso anticipa, en la escritura de la historia, una tendencia de pretensiones posideológicas que juzga nefasta: el humanitarismo con el que algunos quisieran que analizáramos la Segunda Guerra Mundial (resistencia en Italia, Guerra Civil española, resistencia y colaboración en Francia, etcétera) a través del prisma exclusivo de los derechos del hombre.

Así que, ¿cómo definir en adelante a este intelectual cuyo estatuto ha vivido tantos avatares y para el que la fórmula de Sartre (“El que se mete en lo que no le concierne”) ya no es suficiente, si es que alguna vez lo fue? En un ensayo de próxima publicación sobre la historia de los intelectuales italianos (Belles Lettres), Frédéric Attal ha preferido un subtítulo específico: “Profetas, filósofos y expertos”. Digamos que eso es Italia … En el último número de Débat (173, enero-febrero de 2013), Sylvie Laurent desmonta el mito según el cual el intelectual de izquierdas habría desaparecido en los Estados Unidos; está en realidad bien vivo, aunque transformado, pero siempre dispuesto a cumplir su misión, la que había fijado … Edward Said: “El intelectual es aquel que, a contrapelo de su tiempo, elucida las condiciones de ejercicio de un poder a veces invisible”. Digamos que eso es América 

… Michel Foucault aportó su piedra a este edificio conceptual al proponer esta distinción

* El intelectual específico, a menudo un académico, involucrado en los asuntos de la ciudad haciendo valer su conocimiento.

* El intelectual universal analizando y juzgando sobre la base de valores humanistas.

Fue en los años 70. después, las cosas no son exactamente lo mismo. Clasificamos como …

* Por un lado, el científico o filósofo platónico-rey de la ciudad ideal (espantoso)

* Por otra parte, el consejero del príncipe o el filósofo de la corte (dócil)

* Entre los dos, el intelectual crítico del poder (sin visibilidad)

Al consejero del príncipe, el que ahora mismo lleva la delantera, Traverso lo rebautiza como “experto”: que no se compromete en defender los valores, sino en practicar sus competencias, poniendo de relieve una supuesta neutralidad. Los casos mismos de Traverso y Said lo ilustran: el intelectual no es un escritor ni un periodista, sino un universitario, incluso aunque de alguna manera haya sido desposeído de su mansión por los expertos. Rápidamente comprendemos que el intelectual del tercer tipo, el crítico del poder, es el preferido por el autor, pero su estado es tan precario que es difícil de sopesar. Lo prefiere al específico como lo exaltaba Foucault porque, incluso aunque se presentara como un experto crítico, han pasado cuarenta años y el experto se asemeja a un “técnico gubernamental”, función de la quese sabe que aniquila toda crítica.

Esta evolución, ¿explica que apelemos a la ausencia, la desaparición, la muerte o, con más optimismo, al eclipse de los intelectuales en lo que queda del debate de las ideas? Traverso tiene una explicación: “su aniquilación por el poder de los medios de comunicación”, confiscando el debate intelectual, como fue el caso de la reciente controversia en torno a Freud lanzada por Michel Onfray y su editorial con un perfecto dominio de las herramientas de comunicación. En realidad, no es su tipo. El intelectual conforme a su deseo sería más bien un investigador específico y crítico. ¿Existe eso? ¿Y dónde ubicaríamos, pues, a Marcel Gauchet, Pierre Rosanvallon, Jean-Claude Milner, Alain Finkielkraut y otros? ¿En la subcategoría “Variétés“? Nombres y más nombres! El autor cita muchos filósofos (Jacques Rancière, Alain Badiou, Giorgio Agamben, Nancy Fraser, Toni Negri, Slavoj Zizek), un historiador (Perry Anderson), un geógrafo (David Harvey), un sociólogo (Philippe Corcuff), un escritor (Tariq Ali), teóricos (Homi Bhabha, G.C. Spivak ), que no sabemos que sean ajenos al mundo despiadado de los medios de comunicación, la mayoría sutuados en la extrema izquierda (¿no hay realmente investigadores-específicos-y-críticos si se busca bien?) al tiempo que reconoce: “la ruptura entre los intelectuales críticos y movimientos sociales sigue siendo considerable”. Incluso es un eufemismo expresar así que la distancia que les separa es, en muchas áreas, intransitable. Es en principio a la generación que menciona a la que le correspondería inventar o, al menos, proponer nuevas utopías; sin embargo, parece paralizada, lo que se traduce en una extraña atonía de la protesta cuando los desarreglos de la época deberían, por el contrario, estimularla.

“Ella (la parálisis) sale de la confluencia entre la derrota histórica de las revoluciones del siglo XX y el advenimiento de una crisis del capitalismo igualmente histórica, que priva a una generación de su futuro. Los más sensibles a las injusticias de la sociedad son los jóvenes precarizados que han pasado por la universidad y han tenido acceso a la cultura. Se cumplen las condiciones para una explosión social, pero no hay ninguna mecha para encender la pólvora”.

Se entiende que no haya expectativas -lo que debería ser una preocupación para todos, no sólo para algunos.

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