sábado, 19 de mayo de 2012

Tragedia y vergüenza nacional




Por Aníbal Delgado Fiallos

Esta generación de hondureños necesita hacerse una autocrítica de fondo; forjada bajo los ideales nobles de nuestros padres, golpeada por la dictadura militar, perfectamente bien informada de las conquistas de otros pueblos, ha sido incapaz de organizarse políticamente para rescatar al país de oportunistas y demagogos.

Hemos llegado hasta aquí, al borde de la disolución social, con nuestros propios pies, vencida nuestra voluntad ciudadana por la cháchara insolente de los políticos de todo pelaje y colores y por un sistema alienante de hacer publicidad.

El mensaje de alto sentido moral no prevalece, porque segundos después de la intervención de un comunicador social que ha llenado nuestro espíritu, viene el comercial deformante, escandaloso, estúpido a veces, avasallador, de una corporación mercantil o política que nos invita a consumir lo inconsumible, lo que no necesitamos, lo que enferma nuestra mente, nuestro corazón y nuestro cuerpo o a hacer lo que destruye a nuestra patria.

Este sistema social que se ha estructurado a nuestra vista y paciencia es el paraíso de los pícaros y mentirosos, por eso, disponiendo de lo fundamental de la riqueza nacional, invierten grandes cantidades de recursos en su sostenimiento; este sistema social que fortalecemos con nuestros votos cada cuatro años lleva en sus entrañas la simiente de la muerte.

Las guerras intestinas destruyeron el país a comienzos del siglo XX, luego o simultáneamente la empresa transnacional extranjera nos corrompió y nos despojó de nuestros recursos naturales y humanos, después vinieron los militares y su comparsa de civiles y políticos serviles que le entraron a saco a las finanzas del Estado, ahora son los políticos neoliberales marcados por la incapacidad, que por allí anduvieron exhibiéndose en el velorio y en el entierro.

El asesinato de mi amigo Ángel Alfredo Villatoro se inscribe en ese espacio trágico de la historia que nos está tocando vivir; los responsables de última instancia no son los que accionaron las pistolas contra la querida humanidad de Ángel Alfredo; quienes tendrán que comparecer ante el tribunal de la historia son los artífices políticos de esta realidad amarga y, naturalmente, nosotros los flojos incapaces de una acción reivindicadora.

Con las naturales diferencias en la apreciación del fenómeno político, lo estimé profundamente; siempre fue generoso y bueno; la indignación colma todo mi ser en este minuto de tragedia y vergüenza nacional.

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