miércoles, 29 de junio de 2016

La economía colaborativa pasa de cisne a patito feo



Por Isabel Benítez

Nació con grandes promesas y con una belleza que dejaba sin palabras a quienes la cogieron de la mano en sus primeros pasos. Sin embargo, la adolescencia de la economía colaborativa se antoja rebelde y hay quienes temen el efecto de las malas compañías. Todos quieren saber cómo se portará con ella la madurez.

Dicen que lo importante de la mayoría de las historias no es cómo comienzan, sino cómo acaban. Y esto es un poco lo que le está sucediendo a la economía colaborativa. Si bien su nivel de implantación varía por países, comienza a generalizarse ese sentimiento de “esto no es lo que parecía” entre buena parte de sus seguidores y adeptos. Lo que comenzó como la promesa de cambio que todos esperaban (esperábamos), precisa ahora de ciertos matices.
Hay incluso quienes temen que se haya apropiado del adjetivo “colaborativa” de manera indebida. Lo advierten quienes ven en esta otra economía la redefinición del capitalismo, ‘capitalismo de plataforma’ lo llaman. Empresas que han pasado de ser el paradigma del empoderamiento ciudadano a diferenciarse de una compañía tradicional en que han nacido en plena era digital y nadan como pez en el agua en el entorno online. Empresas como otra cualquiera, dicen, que, para más inri, aprovechan los recursos o servicios que otros producen (reduciendo costes) para enriquecimiento (rápido y eficaz) de unos pocos inversores. Los AirBnB y Uber de turno ponen en duda que la economía colaborativa sea capaz de acabar con las crisis económica, social y medioambiental en que estamos sumidos. Porque, sí, compartir coche permite reducir las emisiones de dióxido de carbono, pero ¿quién se está llevando el dinero y a costa de quién y de qué?, ¿quién pone las normas?, ¿quién ofrece el servicio y en qué condiciones?, ¿qué riesgos supone para el consumidor?, ¿cómo devuelve a la sociedad lo que obtiene de y gracias a ella?

Tantas preguntas sin respuesta alertan de que el cisne que todos pensaban embellecería y restaría hostilidad al paisaje económico general, podría ser solo un patito más, con muy poco que aportar. Es como si, cual adolescente rebelde, la criatura hubiera decidido desviarse de los valores que le enseñaron sus padres y jugar con los malotes de la clase, para ver qué se siente. Y, claro, eso pone en entredicho su futuro prometedor y disruptivo.

No obstante, como siempre, hay quienes se niegan a aceptar esa evolución del cisne. Ellos son quienes han abierto el debate y proponen plataformas colaborativas que lo son en el sentido más estricto de la palabra. Incluso le han dado un nombre: ‘Platform Coop’, un término acuñado por Trebor Scholz y Nathan Schneider en 2014. El cooperativismo de plataforma (como se traduce al español) propone una economía colaborativa que combina lo mejor de las plataformas con los principios cooperativos internacionales. Esto es, con la idea de propiedad compartida, la puesta en marcha de nuevos modelos de gobernanza, la participación del ciudadano-productor de valor en la toma de decisiones en principios de igualdad (frente al control exclusivo del inversor) y con el reparto de los beneficios entre los usuarios.

Ejemplos ya existen. Fairmondo es una cooperativa alemana con 2.000 socios que pretende convertirse en la alternativa de eBay –los vendedores son co-propietarios de la organización. Mientras, los fotógrafos canadienses de Stocksy han constituido el equivalente a una cooperativa de trabajo que les permite decidir cómo se gestiona la empresa y obtener más beneficios por foto vendida a través de internet. Por otro lado, los conductores son dueños del 50% de Juno, la alternativa a los servicios para compartir trayectos en coche. Y hasta tenemos un caso en España: Goteo, la alternativa cooperativa a las plataformas de crowdfunding. Todas ellas proponen un modelo de plataforma más distribuida en lo que se refiere a la propiedad, los beneficios y la responsabilidad.

Nos guste o no, la economía colaborativa entra en su fase de desarrollo y consolidación con un acuciado maniqueísmo. Una tendencia que podría incluso ser arriesgada para el sector si se acaba distinguiendo entre grandes proyectos que triunfan e iniciativas con valores pero que son incapaces de escalar. Ya les pasó a las cooperativas y a las otras economías, como la social y solidaria, aunque siempre hay matices: en este caso, el Platform Coop (o como decidamos llamarlo) juega con la ventaja de tener un aspecto fresco, moderno y digital que las alternativas tradicionales nunca han tenido.

Así pues, esta nueva propuesta plantea dudas sobre los niveles de participación que el sector cooperativo ha tardado en cuestionar y fórmulas para involucrarse en la gestión y la toma de decisiones que las empresas más sociales, en muchos casos por falta de recursos, no podían ni imaginar. Me refiero con esto a retos como la revisión de los modelos de membresía para integrar a todos los agentes involucrados en la organización (trabajadores, usuarios, beneficiarios…) o, por ejemplo, a la creación de mecanismos de voto online. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre en qué medida la extrapolación de los principios cooperativos se daría en todos los sentidos, creando empresas con un marcado compromiso con las personas, el medio ambiente, la independencia o la formación de sus miembros.

Como patito o como cisne, o simplemente como ambos a la vez, la economía colaborativa evoluciona y se consolida. Estoy deseando descubrir en qué se convertirá cuando sea mayor.

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