lunes, 15 de abril de 2013

Cuando George Bush invadió Iraq, la vida imitó al arte




Por Robert Fisk

Traducido para Rebelión por Rodrigo Benito García-Retamero.

A finales de la década de los años 40 del siglo XIV, Bernardo Daddi de Florencia pintó 'La Virgen y el niño con un donante'.

El donante anónimo se encuentra de pie, diminuto y en posición de rezo en la parte inferior del marco, mientras una monumental virgen - que cubre sus escasos pechos con un manto y una túnica bordada de color rojo vivo - tiene en sus brazos a un Cristo de mirada ligeramente siniestra, que a su vez sostiene en su mano un jilguero con el pico abierto. El pinzón, al igual que la mayoría de los pájaros del Renacimiento, tiene su propio simbolismo; come espinas y es por lo tanto un augurio de la corona de espinas que Cristo habría de llevar tres décadas más tarde. Pero lo que sin duda me sorprendió fue la tela rosa que lleva puesta el niño al comprobar que en uno de sus bordes se aprecia lo que parece ser una grafía árabe. Examinándolo más de cerca - tan cerca como me fue posible en la Galería de Arte de Ontario, en la que se celebraba la exposición 'El Renacimiento temprano al descubierto: Historias y secretos del arte florentino' - pude corroborar que, efectivamente, esas letras no parecían sino árabes. Podría tratarse de un "-lah" o incluso una "k" (kaf), pero eso es algo que no tendría sentido. En sus notas para la exposición, Victor Schmidt lo llama 'inscripción en pseudo-árabe'.

Es este un hecho cuanto menos extraño, ya que los florentinos estaban familiarizados con el mundo árabe. Dante Alighieri colocó al profeta Mahoma en el octavo círculo del infierno en la Divina Comedia y aunque las cruzadas habían terminado hacía un siglo y medio, los habitantes de Florencia mantenían un activo comercio con los productores de seda de Siria. La sociedad musulmana y cristiana aún prosperaba en Andalucía pero aún así, Bernardo Daddi no se molestó en emplear una línea de verdadero árabe.

Florencia era por aquel entonces el centro económico más poderoso de Europa; sus banqueros y mercaderes podían permitirse el lujo de aplacar su miedo a las llamas del infierno contratando a los grandes pintores de su tiempo para que honrasen a Dios. Pero a pesar de que eran conscientes de que Jesús murió en una ciudad llamada Jerusalén, sus ilustraciones de la tierra santa eran peculiarmente europeas.

Cierto es que la sangre abunda en estos trabajos. Brota del cuello de Juan Bautista, mana hacia un cráneo desde una herida del costado de Cristo, se derrama de los pechos cercenados de la pobre Santa Ágata. Pero si Oriente Próximo fue - al igual que lo es ahora - un lugar de sufrimiento, también lo fue Europa durante los comienzos del Renacimiento. Morir en la hoguera, aplastado o decapitado era algo que formaba parte de la Europa medieval. Todos esos soldados romanos con casco que acompañan a Cristo en su camino a la cruz en las 'Escenas de la vida de Cristo' de Pacino di Bonaguida, visten claramente con el uniforme de un ejército renacentista italiano.

Asnos y vacas duermen en chozas, los perros lo hacen al lado de sus amos, pero no hay camellos y sospechosamente tampoco hay desiertos. Un elefante observa a Jesús en 'La creación del mundo' de Pacino junto a un vivaracho ciervo, y los cielos, lejos de rezumar calor, son por lo general de un azul intenso. El oro - no el sol - refleja la gloria de Cristo y los árboles retratados en estas pinturas son en su mayoría pinos italianos, es decir, claramente europeos con la rara excepción de alguna planta tipo cactus en los márgenes del cuadro. Los edificios, cuando los hay, consisten en iglesias y murallas de estilo italiano. En otras palabras, se trata de un Cristo europeizado, del mismo modo en que Brueghel y los antiguos maestros flamencos colocaron a Jesús entre la escarcha y los establos típicos de los Países Bajos. Las rocas que vemos en las pinturas florentinas podrían pertenecer al desierto de Judea - como las que se reflejan en 'La resurreción' de Pacino, por ejemplo - pero también podrían ser rocas de los Apeninos. ¿Sería el Renacimiento el que confinó a Jesús a una geografía europea?

A fin de cuentas, los primeros cruzados tenían buen conocimiento de la verdadera cartografía. Sus castillos, incluyendo el Krak des Chevaliers recientemente dañado por la actual guerra civil en Siria, 'europeizó' la arquitectura de Oriente Próximo. Estos castillos, como finalmente concluí tras merodear largo rato entre sus almenas - una perspectiva nada académica, lo sé - eran catedrales góticas con muros fortificados en vez de arbotantes.

Sin embargo, ya por el Renacimiento había un lugar llamado 'Cristiandad' que no se encontraba ni mucho menos en Oriente Próximo. Es así como se conocía a la mayor parte de Europa central y occidental por aquel entonces - comenzaba en algún punto del noroeste de la actual Bosnia a lo largo de la frontera otomana. Dicho de otra forma: Cristo nos pertenecía a nosotros, pero ¿caminaron alguna vez esos pies sobre el verdor de las montañas de Inglaterra en tiempos remotos? No, por supuesto que no, pero ya en los siglos XVIII y XIX nos habíamos apropiado tanto de la cristiandad que bien podía Cristo haber nacido en Inglaterra, o incluso en los Estados Unidos de América. 

Y de este modo llegamos al Cinturón Bíblico y a cristianos renacidos como George W. Bush, que según parece sigue sin darse cuenta de que ese derecho que le viene otorgado por Dios de invadir Iraq llevó directamente a la destrucción de una de las comunidades cristianas más antiguas de Oriente Próximo. Y es así como Bush llamó a una cruzada contra el mundo musulmán y habló sobre el bien y el mal sin percartarse de que para él, al igual que para los pintores de Florencia, Jesús venía de Occidente y no de Oriente Próximo. Es por eso que Bush para fomentar su causa no recurre ni siquiera a la Constitución de su país, sino a la Biblia. ¿Pero dónde comenzó todo esto? ¿Nos atrevemos a culpar a Giotto? 

* Robert Fisk (Maidstone, Inglaterra,1946) es un periodista y escritor inglés, corresponsal en Oriente   Medio para el diario británico The Independent y fue columnista del diario Público en España y La Jornada en México. Actualmente reside en Beirut, Líbano.

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