jueves, 8 de septiembre de 2011

Michel Foucault, ni ángel ni demonio


Rebelión

Por Luis Roca Jusmet

Empecé a frecuentar la lectura de Foucault a principios de los 80, de la mano de Miguel Morey. En aquella época tenía poco criterio filosófico y buscaba un guía intelectual. El discurso fascinante de Foucault me resultó, en este contexto, apasionante. Pero la verdad es que mi lectura de Foucualt estaba limitada a entrevistas, artículos y a pocos libros. Nunca pude con “Las palabras y las cosas” y “La arqueología del saber”, lo reconozco. El excelente libro de Valentín Galán editado por Virus Vagos y maleantes. Michel Foucault en España desarrolla una análisis muy riguroso de la recepción del filósofo francés en aquellos años- Luego me olvidé de él pero quedó grabado en mi imaginario personal de una manera bastante intensa.

Posteriormente volví a su lectura por diferentes motivos. Por una parte por mis estudios sobre las concepciones modernas de la locura y la medicina. Estos textos me parecen fundamentales para quien quiera estudiar el tema : son muy sugerentes y aportan muy buen material. Sí que el estilo resulta a veces demasiado barroco y la retórica algo abrupta, pero nadie es perfecto- También me interesó su planteamiento sobre el poder. Aquí sí pude comprobar que Foucault hacía bastante trampa al intentar justificar lo injustificable. Quería dar continuidad a un planteamiento que no lo tenía : había pasado de una crítica radical del poder a una separación entre un poder aceptable y otro inaceptable, sin una autocrítica de por medio. Esta es al menos mi opinión. También comprobé que toda la parafernalia sobre el antihumanismo no tenía demasiado sentido porque era una discusión bastante retórica. Que en su momento criticara un determinado humanismo ( básicamente el del personalismo cristiano) estuvo bien pero no tenía sentido anatemizar esta palabra.

Finalmente he vuelto a Foucault por la lectura de Pierre Hadot sobre la filosofía como forma de vida a partir de los textos clásicos. El debate Foucault-Hadot sobre el tema me pareció apasionante. Pero este último Foucault, por mucho que él también lo niegue, poco tenía que ver con los anteriores.

He leído últimamante dos libros en francés, no traducidos, que son respectivamente una apología y una degradación de la persona y la obra de Foucault. El primero es de Paul Veyne (Foucault. Sa pensée, sa personne. París: Livre de poche, 2008). El libro, escrito por el historiador y amigo de Foucualt, tiene un sentido apologético que no me gusta. Foucault aparece totalmente idealizado, tanto personal, como filosóficamente, como políticamente. Con la metáfora del samurai aplicado a Foucault elabora una especie de halo de guerrero del espíritu, implacable y certero, muy forzada. Alguna anécdota, como la que explica su sorpresa al verlo con una mujer, ambos con un kimono, la verdad es que roza el ridículo. Lo define como un intempestivo nietzcheano, un escéptico y un incorformista, calificativos que como veremos son en el primer y tercer caso bastante discutibles. El libro es ligero, en general ( salvo en capítulos algo fuera de lugar, como el de Heidegger) pero no aporta nada importante para el conocimiento de Foucault ( del que ya tenemos la rigurosa biografía de Didier Eribon). No vale demasiado ni como introducción ni como reflexión, dado su carácter poco crítico. Lo cual no quiere decir que sea una lectura inútil, hay también algunos elementos sugerentes, como la inscripción de Foucault en la tradición escéptica i algunas reflexiones puntuales que van apareciendo a lo largo del ensayo.

El segundo libro es de Jean.Marc Mandosio, profesor de latín nacido en 1963, y se titula Longevité d'une imposture. Michel Focaul ( París : Editions de l'Encyclopedie des Nuisances. 2010). Este libro forma parte de una saga con la que reconozco que no tengo ninguna simpatía. Se trata de los que intentan denunciar la impostura de determinados autores de culto. Empezó con el inquisitorial Victor Frías con Heidegger y continuó con el libro de Sokal i de Bricmont. El primero me pareció que tenía un estilo inquisitorial, propio de un comisario político. En el segundo me resultó más tramposo que lo que denunciaba, al seleccionar textos parciales y fuera del contexto de los pensadores que criticaban. Ambos me parecían también algo oportunistas, al ir dirigidos a un público que quería sangre y que esperaba ver como desmenuzaban a las presas. Con este libro, en parte, pasa lo mismo.

Faltan los matices. Está bien desmitificar a Foucault pero no al precio de una degradación política, filosófica y personal total. Hay que reconocer que Mandosio ha trabajado el tema y la crítica, aunque sea discutible, es consistente. Es cierto que Foucault no es un imtempestivo como pretende Veyne, ya que en muchos casos más bien parece seguir las modas y modos del momento : se afilia al PC sin convicción, se vuelve antiinstitucional después de mayo del 68 y se codea con los maoístas, se ofrece para trabajar con el Partido Socialista cuando aparecen otros vientos... Es antiinstitucional manteniendo sus cargos académicos... ¿ Impostura ? No me atrevería a decir tanto, ya que la impostura es una descalificación total. Sí contradicciones que lo vuelven más humano que el pretendido samurai que se imagina Veyne. Seguramente mucho culto a la personalidad gracias a estos círculos de incondicionales que sólo buscan un guru al que adorar. S´fue un “manadarín” en este sentido, como critica Mandosio, y parece que le gustaba. Otra cosa son las críticas, que quieren ser demoledoras, a su trabajo teórico. Para Mandosio es una banalidad con superficie brillante, un discurso reversible por su ambigüedad. No estoy de acuerdo. Me molesta tanto la arrogancia de Mandosio como la que critica de Foucault. En algunas cosas tiene razón pero esto lo único que pone de manifiesto es el carácter ambivalente de su obra, que no debe ser venerada y sobre la que debe hacerse una lectura crítica. Pero se nota demasiado que la voluntad de Mandosio no es la de hacer una lectura critica y matizada sino la de derrumbar un ídolo y esto la convierte en muy parcial y tendenciosa. Sí firmaría totalmente dos críticas radicales de Mandosio. Una a excesos retóricos, aunque discrepo con él porque que lo que hay detrás si tiene un contenido consistente que hay que recuperar. La otra referida a la deriva de algunas de sus posiciones políticas. La primera es su apoyo a Jomeini, que fue un escándalo justificado para los opositores laicos que entendieron mejor que él lo que vendría. Pero sobre todo por entrar en el nefasto discurso de la justícia popular directa de sus amigos maoístas. Desgraciadamente el movimiento juvenil de Mayo del 68 se materializó en el peor dogmatismo izquierdista, sobre todo el caso de los maoístas. Foucualt no supo mantener una postura crítica y coherente delante de este lamentable fenómeno: no fue aquí un intempestivo, como afirma Veyne, y se dejó arrastrar por esta moda falsamente radical.

Lo que fue el personaje Foucault tampoco, finalmente, importa tanto. Sus escritos si son una caja de herramientas, como él mismo quiso. Este es el valor de su escritura, la de decir y sugerir ideas interesantes sobre muchos temas. Con sus errores, por supuesto. No es un sistema, por suerte y no funciona en términos de o todo o nada, como pretenden los apologistas y detractores de Foucault.

Quiero por último hacer una referencia al texto complementario del libro de Mandosio, titulado Foucalphiles et foucaulâtres, con el que pretende ridiculizar a los seguidores de Foucault. El texto es, por supuesto, muy parcial y referido básicamente a Francia. ¿ Que ha pasado con los foucaultianos españoles ? Aparte de muchos intelectuales influenciados por él en su mometo, como ya señala Galán, hay cuatro grandes seguidores de Foucault en nuestro país a los que quiero referirme. Uno es Miguel Morey, coherente en su trayectoria de pensador maldito, uno de cuyos eslabones básicos y originarios fue la influencia de Foucault. Otros dos son los soiólogos Julia Valera y Fernando Álvarez-Uría han seguido fieles, desde su visión crítica de las instituciones a la herencia de Foucault ( y también de Robert Castel, al que Mandosio ignora en su libro porque no entra en el paquete que le interesa).

Pero interesa sobre todo el caso de nuestro Ministro de Educación, Angel Gabilondo. Es un caso curioso porque llegó como profesor poco oficilaista a la Rectoria de la Complutense por el apoyo estudiantil. Una vez en el poder ( el gran tema foucualtiano) se ha ido adaptando sin tensiones aparentes a la gobernabilidad socioliberal y a la corrección política. Sería un argumento a favor de Mandosio, lo reconozco, en el sentido que las herramientas que ofrece Foucault pueden ser utilizadas en sentidos contrarios y su discurso es perfectamente reversible. Es posible, pero sigo manteniendo que para un lector de izquierdas la lectura de Foucault le puede reportar elementos de análisis muy potentes. Que cada cual decida.

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