miércoles, 27 de diciembre de 2017

Carta al mundo desde Honduras



Por Irma Becerra

“Los pueblos se defienden, se autoconvocan, viven y dejan vivir”.

A todos los seres humanos nos gusta ser parte de algo importante y estamos dispuestos a defender lo que da sentido a nuestras vidas. Es por eso que algunos individuos se confunden al seguir los mandamientos y la actitud desafiante de un tirano, pensando que si lo siguen en sus maltratos al pueblo y a las demás personas, están siendo parte de algo importante. Es aquí donde surge la pregunta de ¿por qué algunos pocos siguen a un tirano y le ayudan a mantenerse en el poder de su dictadura intimidante y aterradora? Tal vez, porque ello les da o les proporciona el camino fácil de llegar a la cima de la sociedad, aunque sea a través del engaño, la trampa, el fraude, la mentira y el poder de los que sólo usan la fuerza para sentirse poderosos ante los demás.

Tal vez, porque ello les proporciona unos “valores” de complicidad y compartición asegurada del poder, que da una falsa ilusión de poderío desmedido y sin límites ante los valores y principios que cuestan sacrificio, esfuerzo y equilibrio e inteligencia genuinos y que, por tanto, implican una vida interior responsabilizada por el pasado, el presente y el futuro. Entonces, ¿por qué siguen unos hombres a un tirano y se organizan para protegerlo y no lo cuestionan ni lo critican? No es únicamente por cobardía y falta de valor para vivir los principios y valores auténticos de la Humanidad entera, sino porque el no cuestionarlo significa no pensar si se está en lo correcto o no; el no criticarlo significa ahorrarse el esfuerzo propio de crearse una conciencia igualmente propia y tener que vivir asumiendo las consecuencias de los actos, es decir, de manera responsable, lo cual crea la falsa ilusión de una liberalidad que no podemos llamar libertad, porque su fundamento no es la conciencia y la voluntad libres, sino la sumisión, el sometimiento, el miedo, el falso orgullo y la ausencia del respeto que respeta y puede respetar a los demás.

Los seguidores del tirano constituyen una camarilla que disfruta de la vida cómoda a costa del trabajo del pueblo y se tapan unos a otros los engaños y los desaciertos amparándose y arropándose en una falsa grandeza que les otorga la igualmente falsa creencia de estar por encima de todos los demás y de todo lo demás y por eso ser poderosos y omnímodos, es decir, intocables.

Eso les da fuerza y valor para cometer toda clase de fechorías, ejercer violencia militarista contra los que se les opongan o intenten criticarlos, y utilizar e interpretar las leyes a su propia conveniencia. Pero ninguna camarilla posee un poder intacto que esté libre de conflictos internos y pugna de intereses diversos en la distribución del ejercicio del poder y el tráfico de influencias. Tarde o temprano los mismos individuos que se ven obligados a rendir pleitesía a un tirano se rebelan porque éste último tiene que imponer reglas de conducta al interior de su grupo de seguidores que el mismo está dispuesto a quebrantar en cualquier momento, abandonándolos a su suerte, ya que ningún tirano o dictador juega limpio. Los seguidores se rebelan porque la condición de sumisión es por naturaleza antihumana y porque de otra parte, está la presión individual y social de las personas con carácter que igualmente se rebelarán a todo gobierno injusto y a todo poder político y económico injusto. La libertad y sus valores determinantes de la justicia materialmente fraterna que se crea y fortalece en la igualdad entre todas las personas y los pueblos es lo que siempre caracteriza a la dignidad humana por lo que no se puede estar ni ir en contra de la evolución histórica, ni como individuo ni como grupo ni como partido político.

El falso sentimiento de unidad granítica que transmite el tirano a sus seguidores no es eterno porque la libertad de los pueblos le traspasa ya que es una interrelación personal, humana, política y social que va más allá de toda estructura meramente rígida del poder que desea mantener absolutamente controlados a los hombres e individuos de un tiempo histórico. La historia progresiva siempre termina por abrirse paso ya que las mayorías históricas y sociales son más numerosas, y sus acciones de movilización pacífica organizada y gigantesca con millones en las calles terminan por echar abajo todo régimen que desea mantenerse a costa de la violación de la voluntad popular. Esta es una ley de la historia y lo confirma toda la Historia de la Humanidad en su conjunto.

Igual, pues, que la pregunta inicial de nuestra reflexión, es la interrogante decisiva de ¿qué lleva a los hombres y a las mujeres a rebelarse a una autoridad tirana, irrespetuosa, sanguinaria, violenta e injusta y cuándo lo hacen? Las personas, igual que los pueblos son impredecibles y siempre están dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias por sacudirse el yugo del más terco opresor y su camarilla de funcionarios comprados, sobre todo si dicha protesta y dicha lucha es constitucional, pacífica y amparada en la ley y el Derecho Constitucional y ha seguido las reglas del juego electoral tal como se plantea en la democracia de un Estado de Derecho, aunque éste sólo exista en teoría. Nada puede impedir que los hombres y las mujeres se alcen contra la injusticia sobre todo si ésta es sostenida por el poder brutal de un sólo individuo y su camarilla corrupta y militarista. Sin embargo, en las condiciones de Honduras, donde dicha tiranía afirma haber ganado las elecciones sin haber hecho fraude electoral, hay otros poderes que la sostienen porque ello ha convenido hasta ahora a sus intereses de explotación inmisericorde de nuestros recursos y nuestra soberanía. Así que en la actual situación de aguda crisis política que vive el país, está en manos del poder de la Embajada de Estados Unidos de Norteamérica decidir si avala el fraude electoral del dictador Juan Orlando Hernández o si permite que Honduras avance democráticamente hacia el progreso y el bienestar económico sin derramamiento de sangre. Porque nada puede parar el progreso de todos los países del mundo por igual, incluyendo el progreso más limpio de Estados Unidos de Norteamérica, cuya sociedad en la actualidad igualmente se debate en la crisis que ha dejado la negación totalitarista y fascista de la verdad en la persona de Donald Trump. Y porque, la consigna debe ser como dijo el filósofo alemán Fichte: “vive y deja vivir” para que los demás avancen hacia mejor sin apagar la luz de nadie.


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