martes, 22 de marzo de 2011

La pedagogía de la dignidad resiste


Rebelión

Por Milson Salgado

Cualquiera que aprecia el panorama de represión policial contra los maestros, puede entrever superficialmente en las intencionalidades del Estado, la pretensión de proteger la libre locomoción de los ciudadanos, el derecho de coerción ejercido para salvaguardar una garantía eminentemente constitucional, y un afán de anteponer el interés público general por sobre el catalogo de intereses de un grupo en particular. Esto, sin embargo, es un sofisma o una media mentira que enmascara argumentos de carácter geopolítico.
La educación figura como la principal arma ideológica al servicio de los regímenes oficiales, y en ningún Estado esto es materia de discusión, por eso los creadores comprometidos con su clase, buscan alternativas epistemológicas para descifrar las trampas de la dominación, para hacer emerger una contracultura de signos y nuevos lenguajes, en los que no se soslaye ni la esperanza, ni el verdadero concepto de la libertad, ni las soluciones sociales viables que perviven como herejías foráneas fuera de los mesianismos nacionalistas que nos imponen gentes cuadradas de lucros y bienes con raíces públicas.

La revolución Francesa fue quizás el ejercicio histórico más lucido para arrebatarle a la iglesia católica ese aparato ideológico y ese medio de control social, que estaba enclaustrado en conventos y parroquias o trasuntaba los espacios imperiales de castillos y palacios medievales. La laicidad democratizó el acceso al conocimiento durante las últimas décadas del siglo diecinueve, y se volvió el estandarte del imaginario del liberalismo para apoderarse de las democracias republicanas. No obstante, El estado reprodujo sus lazos de dominación, conservando las estructuras de ventajismos y adoctrinamiento, bien bajo la égida de una burguesía triunfante o en unidades políticas enrarecidas en las anacrónicas relaciones feudales.

Esto es la educación, un tema que en el análisis marxista figura en la superestructura de los Estados para salvaguardar el régimen de verdad, para conservar en la más amplia acepción eufemística el buen camino de las sociedades ideales, y para explotar en el pasado el chauvinismo y el provincionalismo que nos legó guerras y oscuridades. Ahora y en actualidad para persuadirnos que la lógica de los mercados globales son el norte en nuestro ambiguo sur, que en vano ha buscado opciones políticas equívocas y mesianismos exportados.

Fuera de las legitimaciones ideológicas que pasan también por el filtro de los medios de comunicación, la religión, los deportes, y otras armas de carácter tecnológicas, en Honduras la Oligarquía sabe que ha perdido la partida en la educación, con un gremio de maestros que constituyeron las más grandes bases de la resistencia constitucional contra el Golpe de Estado, y que hoy por hoy, se ha organizado alrededor de este gran grupo disidente, y no está dispuesto a ceder al afán del Estado por privatizar la educación.

El Estado por su parte, sabe que las armas de la educación de la niñez y de la juventud está en manos de rebeldes, de personas inconformes con una sociedad injusta e irrespetuosa de los derechos humanos, que no tiene parangón ni con la más rancia y visceral democracia liberal, y que de antemano los niñitos y niñitas de escuelas y colegios ya saben y nadie los engaña, que a las caperucitas las asedian los lobos para mentir, y que los gatos se ufanan de sus heráldicas botas militares para golpear, y que las sirenitas no son esos seres mitológicos del mar que hechizan a solitarios, sino el sonido de las patrullas que anuncian la represión contra un pueblo indefenso. Eso es lo que inquieta al Estado, y no otra cosa, esto es lo que asusta al Estado y no la tomas de calles, esto es el motivo de sus preocupaciones, esto es simplemente, el advenimiento de generaciones de incorfomes que como hormigas humanas pueden apoderarse de sus propias armas para construir la justicia y la igualdad.

Mientras se escribe esto, el ejército arrecia y los maestros se dispersan y vuelven alternativamente a sus trincheras en Tegucigalpa. Esto constituye lo loable y hermoso de la lucha de los maestros, su adhesión a la defensa de conquistas que trascienden las cómodas posiciones laborales, en la lógica de un Estado que desea tener seres de rostros y voces uniformes moviéndose por las aguas quietas de la pasividad, y no seres humanos inquietos e indagadores que comprometidos con las transformaciones de su mundo, están dispuestos a ofrendar su vida en su afán libertario. Ya lo ha en hecho en varias ocasiones no duden que lo harán en lo sucesivo.
Milson Salgado es un escritor hondureño.

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