miércoles, 22 de abril de 2020

El refuerzo de la democracia



Por Antonio Antón *

Daniel Innerarity es un intelectual demócrata perspicaz y convencido. En su reciente artículo, La conversación democrática (El País, 11/03/2020), aborda la complejidad de la actitud democrática más efectiva (moral y estratégica) ante la extrema derecha para superar el desconcierto existente. Lejos del irrealismo comunicativo de Habermas, muy dominante en el buenismo europeo, señala indirectamente las ventajas asimétricas de las relaciones de poder que condicionan los marcos (desigualitarios) de los simples debates con la derecha extrema. Es un buen punto de partida para dar un paso más.

Siempre se deben adoptar procedimientos democráticos y de respeto a los derechos y libertades de todas las personas. También de las que defienden ideas totalitarias (y no cometen delitos). Aunque, últimamente, se han producido reacciones punitivas desproporcionadas frente a opiniones críticas provenientes de sectores progresistas. Pero no se puede penalizar el mal gusto o catalogar cualquier disidencia como delito de odio. El respeto a la libertad de expresión y al pluralismo político es esencial para una democracia.

La cuestión fundamental es valorar el sentido sustantivo -democrático o antidemocrático, igualitario o segregador- de una posición o estrategia política. No vale el relativismo absoluto de que todo cabe en democracia y que es neutra ante cualquier comportamiento público. Como actitud ante la ultraderecha son necesarios los procesos discursivos, culturales y legitimadores para defender la democracia y los principios republicanos: libertad, igualdad, solidaridad, laicidad. Pero son insuficientes si no se materializan en reformas estructurales e institucionales, especialmente cuando la extrema derecha no es minoritaria y ya tiene cierto control de posiciones de poder y de apoyo nacional y económico, como ocurre en varios países europeos y en EE. UU.

Además, si la actual globalización neoliberal y la deriva autoritaria de Trump (y otras élites) debilita la democracia (y los marcos estatales) como participación cívica, habrá que adoptar medidas democráticas de regulación económica y renovación y democratización del poder y la gobernanza europea y mundial. Y otro ejemplo extremo: ¿La guerra antifascista y la resistencia popular siguen siendo un recurso, democrático y legítimo, para vencer al nazismo y el fascismo, tal como hicieron los aliados en la 2ª Guerra Mundial; ¿no conviene recordar la enseñanza democrática del principal acontecimiento del siglo pasado?.

Pero la dinámica dominante actual es que asistimos a un proceso de debilitamiento de la calidad democrática de las instituciones (mundiales, europeas y estatales) que, en gran medida, viene derivada por la imposición de su gestión regresiva, prepotente e impopular frente a la crisis social y económica con fuerte impacto en el deterioro vital de las mayorías sociales. Esa desigualdad promovida por el poder establecido está acompañada del incumplimiento de compromisos cívicos, sociales y de los derechos humanos (en particular ante la inmigración). El nuevo Gobierno progresista en España tiene un enorme desafío para avanzar en la justicia social y la democracia.

El vaciamiento democrático de las grandes instituciones políticas y económicas no viene impulsado solo por los grupos de extrema derecha sino también de las tendencias antisociales y autoritarias, en diversos grados, de las derechas, el neoliberalismo y las élites económico-financieras. Es comprensible que haya una desconfianza o desafección cívica hacia las élites gobernantes europeas que se debaten entre el cordón sanitario a las tendencias ultras y el asumir parte de su ideario segregador, nacionalista excluyente y autoritario.

Por tanto, en las estructuras de poder de la UE (y EE. UU.) no hay un gran consenso central de carácter democrático, hegemónico y consolidado, que dé garantías de fortaleza democrática frente a los embates antidemocráticos y el elitismo institucional. Aunque en la mayoría de la sociedad se conserva una gran conciencia cívica y democrática, las instituciones representativas tienen menor peso en la gobernabilidad y la regulación de la economía y una menor predisposición a respetar el contrato social con la ciudadanía. La disociación se establece entre esa cultura democrática de la mayoría social y la deriva prepotente de los poderes fácticos, sensibles a los condicionamientos de la ultraderecha. La pugna por la democracia real está vigente.

Ese es el marco del ascenso de las derechas extremas: Echarse a un lado de la amplia deslegitimación cívica de las élites gobernantes neoliberales, para conformar nuevas élites reaccionarias que neutralicen las trayectorias progresistas, generar nuevos focos de polarización nacional y segregadora (antiinmigración, antifeminismo, negacionismo climático…) y reconstruir una nueva hegemonía institucional más autoritaria.

Por tanto, no se trata solo de convencer (sobre todo, a las mayorías sociales) en la conversación frente a posiciones autoritarias, sino de vencer estas tendencias antipluralistas y totalitarias, muchas veces, amparadas por núcleos de poder oligárquico (económico, institucional o neoimperialista). Hay que contraponerles el ‘poder’ democrático, estatal y europeo, real y fáctico, no solo discursivo, con una fuerte activación cívica y una firmeza institucional democrática.

El problema no se resuelve, solo ni principalmente, en el ámbito de la conversación o la deliberación abierta y democrática. Junto con una amplia legitimidad social, hay que adoptar medidas políticas y cívicas de todo tipo, no solo culturales y educativas -imprescindibles- ni principalmente punitivas -a veces contraproducentes-. Siguiendo a Innerarity, no hay que caer en la ingenuidad de Habermas, de considerar que son buenos todos los debates porque siempre terminan por imponerse las personas que tienen mejores argumentos. Supone la sobrevaloración de las capacidades deliberativas propias por encima de los contextos relacionales e institucionales desventajosos, la manipulación de la comunicación y los prejuicios alimentados desde el poder.

O sea, no se puede caer en la ingenuidad del idealismo discursivo como motor de cambio de progreso si, al mismo tiempo, el diálogo y la conversación con sectores autoritarios no se acompañan de medidas prácticas de profundización democrática y avances solidarios e igualitarios.

Se trata de ensanchar la democracia, así como de desactivar las conexiones regresivas y autoritarias de las derechas extremas, ventajosas con el apoyo de determinadas estructuras de poder, y aislar sus actuaciones antidemocráticas. Siempre con exquisito rigor democrático, respetuoso con los derechos humanos y el Estado de derecho, aunque valorando el sentido político, ético y democrático de cada trayectoria político-institucional para reforzar la democracia y la cohesión social.

* Antonio Antón. Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

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