jueves, 16 de abril de 2020

Vivir día a día



Por Melissa Cardoza, abril 2020 *

Apenas era marzo, con su algarabía de calor y árboles florecidos, era el ocho de marzo y abrazábamos la vida de las mujeres hondureñas en un evento con cientos de mujeres en el parque central de Tegucigalpa, emocionadas y estresadas con todo, felices de la fuerza, de la diversa fuerza creciente de las que mueven el mundo.

Ni terminábamos de despedirnos bien cuando se acabó el tiempo de los abrazos. Ese acto tan hermoso de traer al cuerpo, el de la otra y juntar la historia, las pieles, los aromas. Y entonces todo cambió de una manera tan vertiginosa que cada día hay que volver a contar las marcas en el calendario para no perder de vista su ruta.

Esto es abril. El hermoso mes de canciones y poemas, lleno de primaveras y cumpleaños amados. Y sí, como nunca antes los pájaros recorren las ciudades y los campos engolosinados con una situación en la que los humanos no los persiguen ni les asustan. Proliferan las mariposas, y un cierto rumbo natural parece que recupera espacio y tiempo destruido por la humanidad que hoy delira de terror.

Nosotras hemos incorporado un tic tac en tiempo real que nos dice cuántos seres humanos han perdido su más preciado privilegio de respirar, la suma crece y el miedo se expande por los países, lejos de pasaportes y de incómodas visas que nos recuerdan que los ricos gobiernan el mundo y nos dicen usted sí, usted no.

Miedo, a todo. A salir, a tocar, a respirar, a escuchar, a saber y a ignorar. Miedo como una pátina sobre las pieles y las pupilas. La furia que hasta hace poco crecía en Abya Yala de la mano de mujeres indignadas destrozando inservibles monumentos, derrotando nombres de héroes contemporáneos de una izquierda podrida, fue mandada a casa.

Quédate en casa, nos dicen por todos lados y la sonrisa del dictador, dueño único y demagógico de la escena, con su corte de payasos y payasas corruptos y sinvergüenzas nos hiere. Estamos en casa, algunas con sus opresores personales y violentos, temiendo y soportándoles.

Quienes podemos, lo hacemos conscientes de la necesidad de acopiar nuestras propias fuerzas porque llegar a un hospital es más probable causa de muerte que cualquier otra cosa. Quedarse en casa y darles gusto, sin una tan sola lacrimógena más, sintiéndonos colaboradoras, irresponsables, cobardes porque una histórica desconfianza nos hace entender lo que significa este sacarnos de la calle, de las relaciones, de la vida pública, y dejar a los gendarmes a sus anchas. Las mujeres sabemos la maldad que hay detrás del confinamiento doméstico obligado.

Las noches se alargan y los días como el virus atrapan los pulmones y cuesta respirar, aprieta la ansiedad de solo desear mirar a la gente, tomar café, discutir el cómo seguir adelante y abrazar a las amadas personas de la vida.

Toda la ciencia ficción se quedó corta. La peste, el dengue, el ébola, las insignificantes bacterias y virus que ya han derrotado pueblos enteros llegan hoy a la puerta de este mundo blanco y hasta ahora omnipotente, y encienden las luces de un escenario que suena a apocalipsis planetario porque hoy le toca a ese mundo que se creyó a salvo.

En el jardín florecido del autoritarismo, aquí en estas tierras donde lo que más vida cobra es el hambre, nos mandan a hacer cosas imposibles. No trabajar, estar sanas y tranquilas, no relacionarnos con nadie, descansar, y sobre todo olvidar. Lo que hubo antes y que estará después del único nombre que ocupa nuestras mentes. Olvidar que esto es una dictadura y que la corrupción es uno de sus sellos, tal como lo vemos pasar ante nuestros ojos, con los respiradores, las mascarillas y guantes más caros del mundo, con sus políticas financieras para salvar a sus amigos banqueros y empresarios a costa de la deuda del pueblo hondureños, con sus hospitales preparados para ellos y ellas, los de siempre, protegidos por los infaltables en verdeolivo.

Olvidar que hoy, esos amigos que se apuran a salvar, asesinaron a Iris Argentina, en un desalojo de tierras en Marcovia, y que sus negocios no se han detenido y se acumulan en sus cuentas bancarias a salvo de infecciones, que no cesan sus desalojos, persecuciones, agresiones y crímenes.

Entre la paradoja más terrible que es la de obedecer a quienes nos han condenado a la miseria y a estos virus que hoy nos matan, y cuidarnos y cuidar por responsabilidad y límite propio, algunas nos quedamos en casa, y tratamos de pensar más y mejor, mientras nos lavamos las manos como si nos hubiera tocado el COVID 19 hondureño, llamado JOH.

Intentamos salir de la maraña del terror que con tanta dedicación fomentan y tratamos de soltar, por obligación, el apego a hermanos obreros, abuelas viejitas, padres desobedientes por convicción que tiene alas en vez de grilletes. Tratamos de pensar juntas porque otra vez nos va la vida en ello y esa conciencia común también nos ha crecido en poco tiempo.

La incertidumbre ya estaba antes, las que conocemos los hospitales públicos sabemos que son morideros, pero ahora está la certeza de la enorme cantidad de males sumados que traerá la pérdida, el hambre, la escasez, la violencia y peor aún, el robusto patriarcado policial que tiene todo el permiso de nombrarnos con un número y ponernos presas ya no por subversivas sino por desautorizadas para andar en la calle en las cosas más triviales e importantes como buscar comida.

Un día tendremos que enfrentar que muchas y muchos nos contagiaremos, y que como con el cáncer del cual no se salva casi nadie, o con el dengue que no ha dejado de estar en todas partes vamos a perder afectos y gente que respetamos, de esta manera atroz con que mata el sistema patriarcal. Y saber que nosotras mismas podríamos perder la vida, lo cual siendo hondureñas es un hecho con el que hemos crecido, con esa muerte no por el natural rumbo de la vida sino por la criminalidad que nos la arrebata.

Pese a todas las aflicciones con que nos condenan a cada rato por cadena nacional, no podemos dejar de mirar el avance de la narcodictadura y sus estrategias de poder, de corrupción y mendicidad internacional, no nos permitimos olvidar sus negocios sucios y su histórica responsabilidad en lo que hoy no es castigo de dios alguno sino la hechura bien terminada de un sistema asesino y cruel. El de ellos.

Que estemos encerradas no quiere decir que hemos claudicado.  Y como del mismo palo viene la cuña, también nos queda atesorar la huella de las más sabias gentes de nuestros territorios rebeldes, prepararnos juntas para enfrentar el contagio, no abandonar a nadie como en una foto espantosa de Guayaquil, dar de comer a todas las personas que podamos, tomarnos los tés y comidas que nos criaron, cuidar a la gente mayor, sembrar para comer, volver a pensar juntas y abrazarnos muy fuerte para sabernos vivas como nos queremos.

Abril del 2020, 49 meses sin Berta.

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