martes, 25 de septiembre de 2018

Las sanciones de Trump a Irán profundizan la tumba de las tropas de EE.UU. en Afganistán



Por Finian Cunningham

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

La espectacular y aparentemente imparable escalada de ofensivas talibanes por todo Afganistán prueba que Estados Unidos lleva camino de convertirse en la última potencia extranjera que sucumbe en una tierra famosa por ser “la tumba de los imperios”.

Pero, a diferencia de otros imperios derrotados en Afganistán en el pasado, Estados Unidos destaca por haber contribuido en buena medida a su funesto destino por los errores garrafales que ha cometido y su legado de duplicidad criminal.

En concreto, la obsesión de Washington por enfrentarse al país vecino, Irán, y planificar un golpe de Estado en Teherán podría suponer un punto de inflexión en la guerra de Afganistán. Podría ser el momento en que se arroja a la tumba estratégica y militar que ha estado cavando las últimas dos décadas en Afganistán.

Tras 17 años de una ocupación militar que ha costado al contribuyente de EE.UU. billones de dólares, los insurgentes talibanes parecen tener la capacidad de lanzar espectaculares ataques a discreción contra el gobierno de Kabul apoyado por Washington. A todas luces, este hecho presagia una derrota histórica para las ambiciones imperiales de Washington. Y no solo en Afganistán.

El pasado mes, la ciudad estratégica de Ghazdi, a solo 150 km de la capital, fue ocupada varios días por los talibanes antes de que realizaran una retirada táctica a zonas próximas.

Luego los talibanes asaltaron una base de entrenamiento militar y de inteligencia, como para subrayar la ineficacia de las fuerzas de seguridad respaldadas por Estados Unidos. ¿Una base de inteligencia militar tomada por sorpresa?

Más al norte, en la provincia de Faryab, militantes talibán tomaron una base del Ejército Nacional Afgano causando 30 muertos y capturando al resto de la guarnición, unos 70 soldados. Los ancianos de la provincia afirmaron que la base fue fácilmente tomada porque carecía de refuerzos, munición y vituallas. No está mal para contar con el apoyo de Estados Unidos.

Recordemos que se supone que Afganistán fue “el Vietnam de la Unión Soviética”. Así se refirieron estrategas estadounidenses como Zbigniew Brzezinski a Afganistán y su perverso plan para infligir a los soviéticos lo que EE.UU. había sufrido ignominiosamente en Vietnam apenas unos años antes. En 1979, las tropas soviéticas cayeron en la trampa de intervenir en el país de Asia Central para apoyar a un gobierno aliado en Kabul, que estaba bajo el ataque de combatientes tribales apoyados por Estados Unidos, los muyahidín.

Al igual que las tropas imperiales británicas un siglo antes, los soviéticos fueron derrotados en las escarpadas montañas afganas por grupos de intrépidos combatientes.

Es evidente que los soviéticos no se enfrentaron solo a los afganos. La CIA había suministrado a los muyahidines misiles antiaéreos Stinger y otras armas sofisticadas. Con el apoyo del MI6 británico y de la inteligencia saudí y pakistaní, los rebeldes afganos se convirtieron en un ejército yihadista que posteriormente evolucionó en la red terrorista Al Qaeda.

Lo irónico es que “el Vietnam soviético” ahora se ha convertido en otro atolladero para Estados Unidos, un nuevo “Vietnam americano” 2.0.

Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, la Administración de George Bush hijo invadió Afganistán para vengarse de Al Qaeda, la organización que los propios estadounidenses habían contribuido a crear.

Casi 17 años después, el ejército estadounidense sigue empantanado en Afganistán sin ningún plan de salida a la vista. Esta guerra es oficialmente la más larga en la que se ha involucrado EE.UU., superando en duración a la de Vietnam (1964-1975).

Aunque las bajas estadounidenses son muy inferiores a las sufridas en aquel conflicto, para la economía estadounidense el coste de la guerra de Afganistán es gigantesco, estimado en la asombrosa cifra de 5 billones de dólares, conjuntamente con la guerra de Irak. Se trata de una cuarta parte del total de deuda pública estadounidense, 21 billones de dólares.

Supuestamente, las operaciones militares estadounidenses debían acabar en 2014, durante la Administración Obama. Cuando Donald Trump se presentó a la elección en 2016, una de sus promesas electorales fue la de reducir las guerras de su país. Sin embargo, el pasado año Trump accedió a renovar su compromiso militar en Afganistán, bajo el pretexto de “entrenar y apoyar” al ejército local.

Tal y como demuestran los audaces ataques talibanes del mes pasado, las fuerzas gubernamentales respaldadas por Washington están librando una guerra perdida. Vastas áreas del país están fuera de su control e incluso la propia capital parece vulnerable a asaltos bien orquestados.

Por si esto fuera poco, la presente situación puede empeorar para Estados Unidos y sus fuerzas delegadas afganas.

Es posible que el factor decisivo en esta evolución del conflicto sea la criminal política de agresión de la Administración Trump contra el vecino Irán. La voluntad de Washington de asfixiar Irán con sanciones que “machaquen” su economía puede tener un efecto rebote que empeore sensiblemente las condiciones de seguridad de las tropas apoyadas por Estados Unidos en Afganistán.

Ello se debe a que, al imponer a Irán sanciones más severas, tras el abandono de Trump del tratado internacional nuclear en mayo de este año, el deterioro de la economía iraní tendrá un impacto funesto en Afganistán. Miles de trabajadores afganos recurren a emigrar a Irán en busca de empleo. Los envíos de dinero que realizan a Afganistán son fundamentales para asegurar el sustento de muchas familias.

Con la economía iraní tambaleándose a causa de las sanciones de Washington, es previsible que oleadas de migrantes afganos en Irán pierdan su trabajo y abandonen el país, poniendo fin a los envíos de dinero que sostienen gran parte de la economía de Afganistán.

Otro efecto de mayores consecuencias de las sanciones de Washington a Irán es que Afganistán, que carece de salida al mar, no podrá utilizar los puertos iranés para sus importaciones y exportaciones. Trump amenaza con imponer otras sanciones a cualquier país que continúe haciendo negocios con Irán. A menos que haga una excepción con Afganistán, este vera cortados sus lazos comerciales con Irán y sus rutas comerciales hacia el Océano Índico.

Por tanto, el inevitable resultado del endurecimiento de las sanciones a Irán (Washington pretende lograr un embargo petrolero total en noviembre) será un empeoramiento de las condiciones sociales de la población en Afganistán. Es lógico asumir que dicho lamentable resultado aumentará el respaldo popular a los talibanes, con el consiguiente empeoramiento de las condiciones de seguridad para las fuerzas armadas afganas apoyadas por EE.UU.

Un tercer factor a tomar en cuenta es que Irán podría optar por una reacción más perversa incrementando el apoyo militar encubierto a los talibán. Es bien sabido que Irán ha desarrollado un formidable arsenal de alta tecnología. Recientemente, por ejemplo, Teherán presentó un misil balístico que evade el rastreo de los radares.

Si partimos del hecho de que Estados Unidos intenta derribar al gobierno iraní mediante sanciones económicas despiadadas, no sería extraño que Teherán contraatacara suministrando a los combatientes talibanes un armamento devastador con el que golpear a las tropas estadounidenses.

De este modo, al poner en marcha una vendetta de sanciones contra Irán pensando que las penurias económicas podrían provocar agitación social y un cambio de régimen, es probable que Washington termine infligiendo un serio revés a su campaña militar en Afganistán.

La guerra más prolongada de las libradas por Estados Unidos en el exterior podría convertirse en la más ignominiosa y derrochadora. Lo cual ya es mucho decir, teniendo en cuenta el historial de decenas de guerras sucias en las que ha participado Estados Unidos en el último siglo. Las repercusiones para su posicionamiento global no deberían subestimarme.

Estados Unidos no solo llevaría casi dos decenios enfangado en Afganistán, en una guerra que puede considerarse ilegal desde el principio, que ha provocado decenas de miles de bajas y ha sido financieramente ruinosa para su economía, sino que, además, su inconmensurable poder habría sufrido una derrota en la tumba de los imperios, en gran parte a causa de su propia criminalidad, estupidez y arrogancia.

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