jueves, 18 de febrero de 2010

La integración en las luchas por la independencia de América Latina


Por Alberto Prieto Rozos

Integrar es componer las partes de un todo. Y en este caso, el todo es América Latina. Esta novedosa denominación, de menos de siglo y medio de existencia, se aplica a un territorio cuya heterogeneidad era casi absoluta 500 años atrás. Antes de la Conquista europea la integración de lo que hoy llamamos América Latina apenas se iniciaba mediante complejos procesos socioeconómicos, políticos, militares y culturales. La Confederación Azteca, La Liga de Mayapán, el Tahuantinsuyo quechua, se constituían en medio de grandes contradicciones, de las cuales emergían culturas nuevas, más elaboradas, que se expresaban en sus respectivos idiomas. Enormes espacios se integraban con gran autonomía, hasta que llegó al denominado Nuevo Mundo la invasión del que era más Viejo. Entonces una aparente homogeneidad estatal recubrió por doquier la gigantesca heterogeneidad existente tanto económica y social, como cultural y jurídica. Pero a la postre, luego de tres siglos de dominio supraestructural, la imposición comenzó a prevalecer. Empezó a desarrollarse de ese modo otra economía, que establecía crecientes vínculos entre regiones dispersas, con lo cual sus habitantes inauguraban una vida en común. Este proceso permitió que de lo viejo brotara algo nuevo, como fueron los estados que arrebataron su independencia al añoso colonialismo ibérico, como inicio de una existencia que fundía lo anterior con lo posterior, y en semejanza con lo vecino.

En los inicios de este proceso de luchas, el venezolano Francisco de Miranda —revolucionario de connotación mundial, pues se había destacado a lo largo de la guerra de independencia de los EUA y en la Revolución Francesa fue Mariscal de Campo— decidió estructurar una organización propia, que aglutinara a los más abnegados combatientes por un mundo mejor. Y en aquella época nada permitía escapar tan bien al control ideológico de la Inquisición como las Logias. La de Miranda, sin embargo, fue solo en apariencia masónica, pues en realidad era paramilitar y revolucionaria. La creó en Londres en 1800 y la denominó “Gran Reunión Americana”, la cual contaba con filiales en París, Madrid y Cádiz. Al mismo tiempo este gran prócer se dedicó a librar una decisiva batalla ideológica; concebía a la América Latina unida e independiente, como un grandioso resurgimiento del Tahuantinsuyo, cuya capital debería estar en Panamá. Decía que la Confederación se denominaría Colombia y abarcaría todos los territorios hispanoamericanos, desde México hasta el Cabo de Hornos, incluyendo Cuba. En su opinión, dicho Estado Republicano debería plasmar la simbiosis de los aspectos modernos con la tradición histórica, por lo cual deseaba que el ejecutivo tuviese dos cónsules, llamados Incas, acompañados de un Poder Legislativo independiente.
Más tarde, vencida ya la Primera República de Venezuela que Miranda encabezara, el joven revolucionario Simón Bolívar en su ruta hacia el exilio en la República de Haití, transitó por la colonia británica de Jamaica donde en septiembre de 1815 redactó su célebre “Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla”. En ella, Bolívar retomó el ideal mirandino y expuso sus criterios acerca de cómo tal vez sería la América Latina independiente: “Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación”; “La Nueva Granada se unirá con Venezuela (…) esta nación se llamará Colombia.” Y añadió:

“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres, y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse.”

De regreso a Venezuela y proclamado Presidente de la República y General en Jefe de sus ejércitos, Bolívar dispuso el cruce de los Andes y acometió como una tromba a los asombrados colonialistas, a quienes derrotó en Tunja y Pantano de Vargas, seguido en agosto de 1819 del extraordinario triunfo de Boyacá. Después se produjo la apoteósica entrada de las fuerzas patriotas en Bogotá. Pero allí Bolívar no se detuvo, pues a los cuatro meses urgido de impulsar la integración latinoamericana, regresó a Angostura donde un Congreso nuevo en diciembre constituyó la República de Colombia, integrada por neogranadinos y venezolanos.

El segundo jalón integrador latinoamericano tuvo lugar cuando el 28 de noviembre de 1821 Panamá se emancipó del yugo absolutista, y por voluntad  propia se incorporó como nueva provincia a la Gran República que Bolívar construía.

Por esa misma época, en Guayaquil los patriotas se sublevaron en octubre de 1820, y pronto solicitaron el auxilio de Bolívar, que en mayo de 1821  envió a su más joven y brillante general: Antonio José de Sucre. Este extraordinario militar, tras recibir en Huachi el único revés de su carrera, pidió ayuda a San Martín, quien pudo en ese momento enviar desde el Perú un cuerpo de granaderos, comandado por Andrés de Santa Cruz. Con estos refuerzos atacó a los colonialistas a partir de las nevadas cimas del volcán Cotopaxi, y los derrotó en la formidable batalla de Pichincha. Cinco días más tarde, el 29 de mayo de 1822, toda la región de Quito, ya liberada, se incorporó a la Gran República de Colombia.

Bolívar acometió una etapa nueva de sus proyectos integradores con la firma del tratado de Alianza y Confederación eternas entre Perú —presidido por San Martín— y Colombia, el 6 de julio de 1822. Su articulado planteaba acuerdos de complementación económica, y el compromiso de incorporar a los demás estados hispanoamericanos a una Liga de Unión Perpetua, que debería constituirse mediante una Asamblea General de Plenipotenciarios a celebrarse en el istmo de Panamá. El histórico acuerdo fue ratificado a los 20 días, cuando en Guayaquil se entrevistaron Simón Bolívar y José de San Martín: era un 26 de julio. En esa fecha ambos próceres se reunieron para dialogar acerca del futuro de la América meridional, dentro de cuya temática analizaron las perspectivas de la federación creada unas tres semanas antes, y debatieron sobre la conveniencia de establecer su capital en Guayaquil. También se estudió la probable incorporación del Chile de O’Higgins a la alianza establecida, así como la de otros países hermanos. Durante la entrevista San Martín se manifestó enfermo —vomitaba sangre— y expuso a Bolívar su disgusto por las constantes intrigas de la oligarquía peruana. Llegó incluso a confesar su intención de renunciar a la primera magistratura del Perú tan pronto regresara a Lima.

Conforme a lo que había expresado a Bolívar, ante el Congreso San Martín depuso el 20 de septiembre de 1822 los mandos supremos de los que estaba investido —político y militar—, a la vez que anunció su retorno definitivo a la vida civil. Esa misma noche, envuelto en la mayor modestia, al embarcar en el puerto de Ancón dijo:

“Presencié la declaración de los estados de Chile y el Perú; existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los incas y he dejado de ser hombre público; he aquí recompensados con usura diez años de revolución y de guerra. Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas; hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos.”

Bolívar alcanzó un nuevo eslabón confederativo de su proyecto integrador a los tres meses de la Entrevista de Guayaquil, cuando el 21 de octubre con el Chile de O’Higgins, Colombia firmó un tratado similar al anterior, que de igual manera establecía la unión en la paz como en la guerra. También la República de México presidida por Guadalupe Victoria rubricó un convenio semejante a los precedentes, pero además este subrayaba lo imperioso de expulsar a España de sus remanentes colonias en Cuba y Puerto Rico, así como la necesidad de establecer un acuerdo defensivo para enfrentar el expansionismo de EUA

En su calidad de presidente del Perú, Simón Bolívar convocó el 7 de  diciembre de 1824 a los gobiernos de Colombia, Chile, México, Río de la Plata y Centroamérica, a enviar sus delegados al istmo de Panamá para formar una Confederación. En su misiva escribió: “Diferir más tiempo la asamblea general de los plenipotenciarios de las repúblicas que de hecho están ya confederadas, hasta que se verifique la accesión de las demás, sería privarnos de las ventajas que produciría aquella asamblea desde su instalación”. Con respecto al lugar añadió:

“Parece que si el mundo llega a elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por la otra el África y la Europa. El Istmo de Panamá ha sido ofrecido por el gobierno de Colombia para este fin, en los tratados existentes. El Istmo está a igual distancia de las extremidades; y por esta causa podría ser el lugar provisorio de la misma asamblea de los confederados.”

Y concluyó:

“El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto a los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”

El 22 de junio de 1826, en la sesión inaugural del referido Congreso en Panamá, se produjo el canje de credenciales de los diputados y se aprobó el sistema de trabajo. A la mañana siguiente el Perú adelantó un proyecto de Confederación que se puso en debate. Luego se acordó elegir una comisión que elaborase una contrapropuesta. Dicha tarea absorbió el trabajo de los congresistas durante 17 días. Y después, a partir del 10 de julio, se acometió la aprobación del texto, por partes, en reuniones plenarias que ocuparon hasta el día 13. Veinticuatro horas más tarde se discutió la posible mediación británica en el conflicto remanente con España. Asimismo se discutieron las posibilidades de trasladar las actividades a otro lugar, pues en el istmo se confrontaban demasiadas dificultades materiales. Por último, a las 11 de la noche del 15 de julio de 1826, en la sala capitular del antiguo Convento de San Francisco, los delegados firmaron el texto. Solo faltaba que las instancias pertinentes en cada República lo ratificaran para que el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua fuera efectivo y entrara en vigor. Poco después el general Andrés de Santa Cruz, presidente interino peruano en ausencia del Libertador, cumplió los anhelos de este y firmó el 15 de noviembre el acuerdo mediante el cual Bolivia y Perú se convertían en una Federación.

Pero el hermoso proyecto se frustró debido a la ofensiva conservadora, que empezó por Chile, transitó por Colombia —que se desintegró— y terminó en la propia Venezuela.

Aunque hombres como José Martí, Eloy Alfaro y Sandino siguieron acariciando los ideales integradores, hubo que esperar la llegada del nacionalismo en el siglo XX para que resurgieran intentos de integración como a mediados de la centuria el Pacto ABC, entre tres naciones —Argentina, Brasil, Chile— del Cono Sur. Pero ese empeño se frustró también.

Fidel Castro, poco después, en su célebre discurso de Montevideo del 5 de mayo de 1959, fue quien reinició el clamor por la nueva integración latinoamericana con estas palabras:

“…Unámonos primero en pos de nuestros anhelos económicos, en pos del mercado común y después podremos ir superando las barreras aduaneras, y algún día las barreras artificiales habrán desaparecido. Que en nuestro futuro no muy lejano nuestros hijos puedan abrazarse en una América Latina unida y fuerte. Ello será un gran paso de avance hacia la unión política futura, como fue el sueño de nuestros antepasados…”

El quehacer económico se puso de esa forma en primer plano. Por lo que en 1960 surgió la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). El significado de esta innovadora asociación fue, sin embargo, sobre todo político, pues reflejaba el enorme cambio que se había producido en el Continente. Hasta entonces, los EUA ni siquiera habían querido oír que se hablara del asunto. Pero debido al triunfo de la Revolución Cubana, el gobierno de aquel país buscaba con desespero una alternativa para cualquier cambio social trascendente. Esto, en sí, no era nuevo. Antes ya, con la Revolución Mexicana, había actuado de igual forma. Hasta los Acuerdos de Bucarelli. Pero después, con la nacionalización cardenista del petróleo, regresó a lo mismo. Y recurrió entonces al bloqueo

Décadas después, con Cuba, todo se repitió, pero en circunstancias distintas. Así, al plantearse el surgimiento de la ALALC, EUA dio un giro de 180o a su postura, y apoyó su creación con la única exigencia que de ella, desde el inicio, se excluyera a Cuba.

Más tarde, con la Organización de Estados Americanos (OEA), algo similar ocurrió, aunque la Isla, de ésta era fundadora. Pero Washington lo pidió y todos lo acataron, menos México, que lo rechazó.

La ALALC representaba la posibilidad aglutinadora más primitiva de cuantas existían, pues solo se planteaba terminar con el bilateralismo mercantil e iniciar paulatinamente el tránsito hacia nuevos objetivos. En este acuerdo no se incluían disposiciones concernientes a los pagos derivados del flujo de productos, ni se adoptaron medidas sobre el transporte, a pesar de que la eficacia de este condicionaba las posibilidades de ampliar el intercambio comercial recíproco. De cualquier manera, gracias a la ALALC el comercio “intrazonal” en un lustro casi se duplicó, y llegó a representar el 13% del total intercambiado. Luego, a partir de 1965 dicho porcentaje no creció más.

Los beneficios para los miembros de la ALALC fueron muy desiguales, pues Argentina, Brasil y México incrementaban su participación porcentual  en el negocio, mientras los países menos industrializados de la región acumulaban notables déficit. En realidad esta diferencia reflejaba las mayores inversiones foráneas en el referido trío, pues las transnacionales asociadas con los monopolios criollos aprovechaban mejor las mayores economías de escala. Incluso, con frecuencia esos intereses de los grandes consorcios industriales promovieron acuerdos de complementación productiva entre las repúblicas, con el fin de incrementar sus ganancias.

Los perjuicios sufridos por los fabricantes de los países de menor desarrollo económico relativo —no protegidos en forma alguna de la penetración de capitales extranjeros por el tratado en vigor— y los reiterados saldos negativos en su intercambio con los estados más industrializados de la región, provocaron el rechazo de Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y Colombia a las prácticas de que eran objeto. Por eso, dichos cinco países firmaron, en mayo de 1969 y dentro del contexto de la ALALC, el Acuerdo de Cartagena.

El Tratado que originaba el Pacto Andino tenía como objetivo propiciar que sus integrantes llegaran a competir con los de mayor desarrollo relativo dentro de la Asociación. Para alcanzar la meta de intensificar la industrialización subregional, el nuevo acuerdo contemplaba programas conjuntos, e incluso, el surgimiento de empresas multinacionales. Estas podrían reunir capital de los integrantes y contar también con inversiones de otros países de América Latina. Se preveía, no obstante, un tratamiento preferencial a Bolivia y Ecuador, pues se les consideraba como de menor desarrollo económico relativo. El progreso del comercio “intrazonal” fue acelerado y en solo cinco años su magnitud se multiplicó por seis. Además este acuerdo instituyó un banco financiero multinacional llamado Corporación Andina de Fomento y reguló la inversión extranjera. Luego, en febrero de 1973 el Pacto Andino se engrandeció con la adhesión de Venezuela. Sin embargo, después del golpe militar contra Salvador Allende, el gobierno de Pinochet contravino todo lo acordado en el referido Pacto, por lo cual en 1976 del Acuerdo de Cartagena a Chile se le excluyó.

El Tratado de Managua, firmado en diciembre de 1960, agrupó a Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Su meta era establecer en el plazo de cinco años un Mercado Común para impulsar el crecimiento fabril mediante la sustitución de importaciones, aunque dicho proceso no implicaba la exclusión de capitales foráneos, pues los industriales del área tenían poca importancia. Por eso el Banco Centroamericano de Integración Económica funcionaba un 86 por ciento con créditos extranjeros.

A pesar de que en solo 11 años el comercio intrazonal se multiplicó por ocho en los estados pertenecientes al Mercado Común Centroamericano y la unificación arancelaria alcanzó un 95 por ciento del tráfico mercantil con tarifa externa común, los 21 rubros no incluidos en el libre comercio abarcaban las exportaciones tradicionales, que representaban las principales ventas de cada uno al exterior. Además, el saldo deficitario de la balanza comercial colectiva se incrementó en unas tres veces y media, sobre todo en provecho de los EUA

El Sistema Económico Latinoamericano (SELA) surgió al firmarse el Convenio de Panamá en octubre de 1975. Del mismo se excluyó a los EUA, pero a él se incorporaron con todos los derechos los Estados Caribeños Anglófonos, en una progresiva integración que se expresaba en el tránsito del CARIFTA al CARICOM. Asimismo, la pertenencia de Cuba socialista al SELA evidenciaba que, por mediación de ese organismo flexible, se podían identificar coincidencias y propósitos comunes en una etapa cualitativamente superior de la integración de América Latina. Entre los más notables objetivos que el Convenio establecía pueden citarse los siguientes: auspiciar la formación de empresas multinacionales latinoamericanas que contribuyesen a una mejor utilización de los recursos naturales, humanos, técnicos y financieros de los países miembros; estimular niveles deseables de producción y suministros básicos, en especial de alimentos, en los cuales el subcontinente pudiera ser autosuficiente; propiciar que en la región se transformaran las materias primas para exportar productos elaborados; diseñar y reforzar mecanismos y asociaciones de productores para la defensa de los precios internacionales del café, banano y azúcar.

El SELA también llamó al disfrute para todos sus miembros, de las concesiones comerciales y arancelarias que estipulara la primera ronda de negociaciones llevada a cabo por la Asociación Latinoamericana de Integración. Esta se había organizado en 1980 para sustituir a la ALALC, y, a diferencia de su predecesora, incorporó a Cuba como integrante plena y denunció que los países de la región como promedio destinasen el 40 por ciento de sus ingresos por concepto de exportaciones, a la amortización de los intereses de la inmensa, creciente e impagable deuda externa.

La derrota de las dictaduras militares fascistas en Argentina, Brasil y Uruguay abrió el camino a gobiernos civiles que impulsaron la integración regional, que se plasmó en el surgimiento en marzo de 1991 del Mercado Común del Sur (MERCOSUR). Este se caracterizó por la gradual y simultánea apertura arancelaria para todos los productos acordados, pues solo un menor listado de artículos se exceptuaba de la desgravación. Eso facilitó que en poco tiempo el régimen de libre comercio abarcara al 90 por ciento de las mercancías. A la vez, el Arancel Externo Común entró en vigor en 1995.

Pero el MERCOSUR también pretendía auspiciar el surgimiento de un mercado de fuerza laboral integrado; ayudar a las regiones con desfavorecidas situaciones económicas; generar una interdependencia con ciertos capitales extranjeros, como por ejemplo en la industria automotriz.

Otra peculiaridad del MERCOSUR era la importancia que en él poseían las pequeñas y medianas empresas, aunque debido a las diferentes estructuras productivas en cada país, ese concepto implicaba tamaños distintos en las diversas economías.

Acuerdos de asociación con MERCOSUR fueron establecidos después sucesivamente por varios países sudamericanos. Así, Chile firmó uno en 1996. Bolivia, otro, poco más tarde, pero este incluía el reconocimiento de que esa República —como el Paraguay, miembro pleno del Acuerdo— requería el otorgamiento de condiciones preferenciales debido a su menor desarrollo relativo. Por su parte Venezuela, primero asociada, se encuentra en proceso de integración.

Dentro del ámbito aglutinador, en 1991 surgió el fenómeno político de las Cumbres Iberoamericanas, de las cuales participan España y Portugal pero de las que se excluyó a EUA

Las mismas se celebraban anualmente a partir del criterio de que la cooperación política implica interacción entre los países, y estaban fundamentadas en el respeto irrestricto a la soberanía, la integridad territorial, la autodeterminación e independencia de todos los países, y mediante el acatamiento a sus tradiciones nacionales.

La Asociación de Estados del Caribe (AEC) se constituyó en 1991 por 25 países de la cuenca: doce del CARICOM, cinco de Centroamérica, dos pertenecientes al Pacto Andino, México —incorporado al TLCAN junto a EUA y Canadá–, así como Cuba, República Dominicana, Haití y Surinam, no incorporados previamente a ningún Acuerdo. También tomaron parte los territorios dependientes de Holanda, Francia y Gran Bretaña. Pero Islas Vírgenes y Puerto Rico no fueron autorizados por el gobierno de Washington a incorporarlos a la AEC.

Este convenio se proponía “promover, consolidar y fortalecer el proceso de cooperación e integración regional del Caribe, a fin de establecer un espacio económico ampliado, que contribuyera a incrementar la competitividad en los mercados internacionales y a facilitar la participación activa y coordinada del área en los foros multilaterales”.

Hoy en día, en América Latina, el proceso integracionista más novedoso —sin duda—, es el ALBA. La Alianza Bolivariana para América Latina es una propuesta del presidente Hugo Chávez, realizada en el 2004, para contrarrestar los funestos empeños de los EUA por imponer a las repúblicas latinoamericanas el ALCA o Asociación para el Libre Comercio en las Américas. El ALBA resulta novedoso y justo porque rechaza la rivalidad o competencia económica, al auspiciar la complementariedad productiva e impulsar un comercio avalado por una acertada práctica inversionista, que además propicia la interconexión energética y de las comunicaciones.

Tras exponer sus atractivos propósitos integracionistas, Chávez realizó una visita a Cuba donde se entrevistó con Fidel Castro y juntos firmaron los primeros planes conjuntos acordados en el marco del ALBA. A esta novedosa concepción integradora después se sumaron Bolivia y Nicaragua mientras Ecuador y algunos estados del Caribe Anglófono lo hicieron más tarde.

En realidad, el surgimiento de una región latinoamericana y caribeña verdaderamente libre y soberana, es un complejo proceso ascendente en el que se mezclan las luchas democráticas con las revolucionarias, junto a los renovados empeños por la integración. Esta se expresa asimismo con empresas multinacionales como PETROCARIBE, a la cual pertenecen 18 países y varios más aspiran a integrarla. También se han constituido novedosas instituciones como la Unión de Naciones del Sur (UNASUR), que abarca a todos los países sudamericanos, aspirantes a una integración completa en lo social, económico, político e institucional. Incluso plantea la posibilidad de una ciudadanía regional, así como sistemas de seguridad social y políticas económicas y sociales comunes. La UNASUR debe llegar a contar con un fondo de reserva y una moneda común, cuyo primer paso fue el acta de fundación a finales de 2007 del Banco del Sur. Esta institución financiera debe sustituir en el área las funciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. A cuya pertenencia ya renunciaron de mutuo acuerdo Argentina y Venezuela al cancelar viejas deudas con ambos. El Banco del Sur auspiciará proyectos estratégicos en los países de la región sin tener en cuenta diferencias económicas ni tamaño de los miembros. Dentro de UNASUR se conformó el 9 de marzo de 2009 el Consejo de Defensa Sudamericano, que declaró a la región como Zona de Paz en tanto que base necesaria para la estabilidad democrática y el desarrollo integral del área. Poco después surgió también el Consejo de Salud, cuya prioridad es erigir un escudo epidemiológico en Sudamérica. Uno de los primeros pasos al interior de UNASUR fue el entendimiento entre los presidentes Lula, Chávez, Bachelet, Evo y Correa en trazar el bosquejo de unir los océanos Atlántico y Pacífico por medio de carreteras, ferrocarriles y vías fluviales, cuyos ejes fundamentales serían el importante puerto amazónico de Manaos en Brasil, la ecuatoriana ciudad de Manta y la bahía chilena de Iquique.

Pronto los países del Sistema de Integración Centroamericana (SICA) compuesto por Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y al cual está asociado República Dominicana, acordaron fortalecer al máximo posible sus relaciones de todo tipo con UNASUR.

El estrechamiento de vínculos interlatinoamericanos alcanzó otro hito cuando en noviembre de 2008 Cuba oficialmente ingresó en el llamado Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política, más conocido como Grupo de Río. Este es el distante heredero del Grupo de Contadora, creado en la década de los 80 para buscar la paz durante los conflictos armados en Centroamérica.

La marcha unitaria del subcontinente alcanzó tal vez su cima cuando Brasil convocó a celebrar en diciembre de 2008 la Primera Cumbre de América Latina y el Caribe. En dicha reunión, por primera vez desde la consecución de la independencia contra las metrópolis coloniales, los 33 países que integran la región —con la notable presencia de Cuba— se reunieron sin participación foránea, fuese de EUA o Europa. En dicho cónclave se emitió una Declaración Final en la que se expresaba total acuerdo en la defensa de la soberanía de las naciones latinoamericanas y caribeñas, el derecho de los estados a construir su propio sistema político, libre de amenazas y agresiones o medidas coercitivas; se subrayaba que siempre debería prevalecer un ambiente de paz, estabilidad, justicia, democracia y respeto a los derechos humanos, con igualdad soberana de los estados y solución pacífica de las controversias. En la referida Primera Cumbre también se emitió una declaración especial sobre la necesidad de poner fin al bloqueo financiero, comercial y económico —incluida la aplicación de la Ley Helms-Burton— impuesto por el gobierno de EUA contra Cuba. En dicho ámbito, además, el presidente ecuatoriano Rafael Correa propuso que el llamado Grupo de Río se transformara en Organización de Estados Latinoamericanos y Caribeños, sin participación alguna de cualquier país ajeno a la región.

Una Cumbre Extraordinaria del ALBA —integrado ya  por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Honduras, Ecuador, Dominica, San Vicente y Las Granadinas, y con Paraguay, Antigua y Barbuda como observadores—, se produjo el 16 de abril de 2009. En dicho cónclave se anunció el surgimiento del novedoso Sistema Único de Compensación Regional (SUCRE), que no utilizará divisa extranjera alguna e inicialmente fungirá como moneda virtual de cuenta entre las naciones y cuyo funcionamiento se regirá por un Consejo Monetario que regule la política financiera y bancaria de todos los miembros de la zona monetaria común. También se dejó saber que el recién creado Banco del ALBA financiaría con 70 millones de dólares estadounidenses un proyecto para desarrollar un sistema latinoamericano de telecomunicaciones, que incluye un cable submarino de fibra óptica entre Venezuela, Cuba y Jamaica, y en su segunda etapa sumará a Nicaragua y Haití a la red. Igualmente se conoció que el referido Banco del ALBA ejecutaba más de cien planes de desarrollo en diversos países y entregaba fondos para proyectos como: ALBA-Salud, ALBA-Cultura, ALBA-Educación y otros.

El ALBA así mismo financia la creación de empresas conjuntas llamadas Gran-nacionales, una de cuyas primeras manifestaciones es la creación de la empresa pesquera industrial del Atún. Pero lo fundamental de esta Reunión Extraordinaria del ALBA fue la unánime censura de sus miembros al impedimento que la Organización de Estados Americanos hacía a la participación de Cuba en la mal llamada Cumbre de las Américas.

En la V Cumbre de las Américas celebrada el 17 de abril de 2009, todos los estados latinoamericanos y caribeños exigieron a EUA que se reparase la injusticia histórica de haber expulsado a Cuba de la OEA y que cesara incondicionalmente el injusto bloqueo impuesto a la Isla por más de 48 años. Dicha medida había sido acordada el 31 de enero de 1962, acompañada de la urgencia de que los estados de la región rompieran sus vínculos con la Revolución Cubana. Casi medio siglo después en la 39o Asamblea General de la OEA, por consenso de los 34 países miembros de esa organización se dejó sin efecto la referida exclusión de Cuba del Sistema Interamericano. Tamaño éxito político de Cuba evidenciaba, sin lugar a duda, que en América Latina se ha producido un trascendental cambio de época.

- Conferencia para el Primer Taller de la Cátedra Bicentenario de la Primera Independencia de América Latina y el Caribe. Unión Nacional de Historiadores de Cuba.

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