jueves, 25 de marzo de 2021

De Frankenstein y la genealogía de los INCEL


Tribuna Feminista

Por Esther Santiago García 

Hace poco leí por fin el gran clásico de Mary Wollstonecraft Shelley, Frankenstein.

Llevaba mucho tiempo en mi lista de lectura, pero por un motivo u otro, terminaba aplazando el momento de sumergirme en él. Di el paso tras escuchar un vídeo en el que una booktuber recomendaba su lectura y decía que Frankenstein (refiriéndose a la criatura creada por el Dr. Frankenstein, a la que en adelante nos referiremos, para entendernos, como Frankenstein, a pesar de que en la obra nunca se llamó así) era totalmente adorable, un ser incomprendido al que adoptar y amar eternamente. Este comentario predispuso mi lectura hacia encontrar qué hacía de Frankenstein un ser tan adorable. Mi sorpresa fue inmensa, y a continuación relataré lo que en realidad encontré sobre él. Si no te has leído el libro y no quieres hacerte spoilers, no leas las siguientes líneas.

Frankenstein es creado como el proyecto de mayor envergadura del Dr. Frankenstein, un ginebrino fascinado con la posibilidad de insuflar la vida, pero no con la de cuidar de ella. Hasta ahí todo dentro de lo normal según la socialización diferenciada por sexos, o, en otras palabras, el género.  Una vez creada la nueva vida, y como buen padre ausente, el Dr. Frankenstein ve concluida su labor y la deja a su suerte. Frankenstein tiene que abrirse paso a solas en un mundo que lo desprecia por su aspecto físico, sin el amor ni los cuidados de su creador. De esta manera, va encadenando un rechazo con otro mientras intenta hacerse humano, es decir, adquirir una socialización que le haga trascender la mera supervivencia y le lleve a dar respuesta a los interrogantes que su razón le plantea.

En un momento dado del libro podemos leer a Frankenstein relatando sus andaduras por el mundo. Él mismo comenta que era un ser lleno de amor e inocencia, una tabula rasa, que diría Rousseau, pero que ante el rechazo injusto basado en su aspecto se fue llenando de odio y deseos de venganza sobre la humanidad. Vemos en su planteamiento ecos de cierta concepción según la cual el mal es siempre efecto del maltrato recibido. Por mi parte, siempre me ha rechinado esta asociación tan simplista. Está claro que ser maltratada modela el carácter, pero ¿es eso equivalente a afirmar que toda la maldad humana se origina en el maltrato puntual sobre una individua? ¿Por qué dejamos de lado las condiciones culturales que alientan determinadas conductas lesivas? Mary W. Shelley, en su obra, deja claro que Frankenstein adquirió a través de la observación de los seres humanos actuando en sociedad y de determinadas lecturas los cimientos de su cultura y entendió, al menos en gran parte, los engranajes invisibles que la movilizan. Y, sin embargo, puede parecer que la autora se haya centrado más en la influencia del maltrato que en la asimilación que Frankenstein llevó a cabo de su cultura como explicación a sus actos criminales.

Llegado a este punto, y dejando abierto el interrogante sobre el origen del mal, demasiado amplio para abordarlo aquí, me interesa más centrarme en analizar qué parte de la cultura absorbió Frankenstein para terminar cometiendo los crímenes que cometió. Me centraré, sobre todo, en la misoginia de la cultura como factor central en los actos violentos de Frankenstein.

Empecemos por fijarnos en esta parte del monólogo de Frankenstein relatando el momento en el que contempla el retrato de Elizabeth (P.112):

 Contemplé con admiración sus oscuros ojos rodeados por sedosas pestañas, así como sus bien perfilados labios; pero esta sensación duró un instante, porque repentinamente recordé que para mí estaba prohibido disfrutar de los placeres que tales criaturas pueden ofrecer. Pensé que, si aquel rostro pudiera verme, cambiaría su expresión de dulzura por la del terror y el asco.

>> Piensas que es extraño que aquellos pensamientos me llenasen de ira? Lo único que no comprendo es cómo en aquellos momentos no me lancé a destruir la humanidad entera, pereciendo yo con ella.

Como podemos ver, Frankenstein solo da voz a las palabras que podrían haber sido pronunciadas por demasiados hombres en una sociedad patriarcal en a que las mujeres son concebidas como criaturas dadoras de placeres afectivos y sexuales. La indignación de Frankenstein es la indignación del hombre que descubre que una mujer a la que desea lo rechaza (por el motivo que sea). Los casos de violaciones, acoso sexual, violencia machista y el masivo acceso masculino a la prostitución nos habla de que los hombres no lidian nada bien con la negativa a ver satisfecho su deseo a través de una mujer.

Avanzando en el monólogo de Frankenstein encontramos relatado su descubrimiento de una joven muchacha dormida, y vemos que su reacción se repite, ahora, teniendo a la mujer de carne y hueso delante, con peores consecuencias para ella:

Entré en un cobertizo que me pareció vacío, pero encima de un montón de paja dormía una linda muchacha que, aunque no era tan linda como la del medallón, tenía un agradable aspecto producto de su belleza y juventud. “He aquí -me dije- hay un rostro radiante al que asoman unas sonrisas capaces de hacer la dicha de cualquiera, pero que me están prohibidas.”

En esta ocasión, Frankenstein decide susurrar algunas palabras a la muchacha, llamándola amada mía y expresándole su admiración. Luego reflexiona sobre el efecto que tendría que la joven se despertara y lo viera, imaginándose que lo rechazaría y le achacaría las peores intenciones por su aspecto. Continúa la reflexión así (p.112):

Me desesperé, pero pronto renació en mí el ansia de venganza. Por esta vez no sería yo el sufridor, sino ella. Haría que apareciese como autora del crimen que yo había cometido precisamente por estarme prohibido cualquier ápice de placer en la vida. Sería ella la que pagaría por mi crimen, puesto que, como mujer, era la verdadera causa de que lo cometiese.

A través de su narración vemos claramente cómo Frankenstein, a quien en estos momentos podríamos llamar con justicia “el monstruo”, había entendido muy bien los mismos cimientos de la sociedad patriarcal, y actuaba en consonancia a ellos. No puedo evitar imaginarme a Mary Wollstonecraft Shelley escribiendo estas palabras, siendo ella misma mujer, hija de una de las feministas más destacadas de la historia y habiendo sufrido las consecuencias del machismo en sus propias carnes. Seguramente quiso denunciar los efectos de la violencia machista que sufrían las mujeres, ya que sus palabras no dejan lugar a equivoco: “sería ella la que pagaría por mi crimen, puesto que, como mujer, era la verdadera causa de que lo cometiese”. ¿De qué manera era culpable ella como mujer? Negándose a ser un canal para su placer afectivo-sexual, siendo ella misma concebida socialmente como la responsable de proporcionar tales placeres.

Siendo concebida pues, la mujer, como un canal de placer para los varones, y siendo Frankenstein una criatura de sexo varón, encuentra en la imposibilidad de acceder al placer otorgado por las mujeres la misma esencia de su exclusión de la sociedad. ¿Qué le queda pues? Exigir a su creador que crease una hembra que fuese como él para poder acceder a lo que considera su derecho más básico, igual que Adán pidió a Dios en el mito bíblico que le creara a Eva para su placer. Sin embargo, allí donde Dios accedió a la petición de Adán, el Dr. Frankenstein se negó a la de su criatura.

Esa negativa a darle una hembra es el detonante final de la ira de Frankenstein, ya que lo que le es negado es ser reconocido una criatura a la imagen y semejanza de su creador, de su Dios, quedando atado a la consideración de abominación.

En este caso, como en el mito bíblico, la mujer hubiera servido como canal del amor entre hombres, canal de un amor entre quienes se consideran semejantes y se respetan.

No es la primera vez en las sociedades patriarcales en las que una mujer resulta un canal entre hombres. Ya esta relación se apreciaba en El Contrato Sexual, en el que Carole Pateman da cuenta de la utilización de las mujeres como moneda de cambio y sacrificio de paz en las primeras formas de civilización. Desde el comienzo de la humanidad, como también señala Gerda Lerner, los hombres han desarrollado la capacidad de dominar a través del aprendizaje que habían efectuado con las mujeres, dominándolas para que aceptasen ser útiles a ellos, a sus pactos, alianzas, declaraciones de guerra, etc.

Aún en nuestros días, las mujeres actúan en muchas ocasiones como medio para diversos pactos entre varones. El ejemplo paradigmático lo encontramos en la violencia sexual. Sabemos que donde encontraremos únicos a un hombre de izquierdas y a uno de derechas en el prostíbulo. No pocos tratos se han cerrado entre hombres de negocios en habitaciones iluminadas por luces de neón. Muchos padres aún siguen regalándose a sus hijos el pase a la edad adulta, al club privilegiado de los hombres, a través del acceso al cuerpo de una mujer prostituida. Incluso en la institución familiar, los vínculos de los que se benefician económica y afectivamente los hombres son cultivados por mujeres. No es raro que, cuando existe un conflicto familiar en el que al menos un hombre esté implicado, las sospechas recaigan sobre “su mujer”, ya que probablemente le esté “metiendo ideas en la cabeza”. Al fin y al cabo, se sabe que es cosa de ellas interceder, hacer de canal.

El feminismo se ha tenido que enfrentar históricamente contra el mandato de hacer de canal para fines de varones. Si nos remontamos a la lucha sufragista, podemos ver cómo las feministas tuvieron que hacer frente al argumento que sostenía que las mujeres no debían tener derecho al voto, ni tan siquiera ideales políticos, puesto que tal cosa enfrentaría a las mujeres con sus maridos y otros/as integrantes de la familia, obstaculizando la debida paz y neutralidad pretendida del hogar. Y es que, si las mujeres tuvieran sus propias ideas e intereses, ya no podrían ser un mero canal de los de sus hombres de referencia (maridos, hermanos, hijos, padres, etc.). De ahí el interés en mantener a las mujeres en una esfera aparte (la esfera privada-doméstica), bien alejadas de la pública, en la que se incluyen la educación y la política.

Otro ejemplo histórico interesantísimo, en la misma línea que el de la lucha sufragista, sería la lucha de las mujeres por acceder al empleo remunerado con las mismas condiciones salariales y oportunidades que los varones. Las expertas y expertos en historia del trabajo desde una perspectiva feminista han estudiado cómo la participación de las mujeres en el trabajo asalariado fue visto con malos ojos por los obreros varones, que las calificaban como “competencia desleal”, ya que, al ser peor pagadas por los patrones, eran preferidas por estos para abaratar costos. No hicieron causa común con ellas, en tanto que integrantes de la clase obrera, sino que, organizados sindicalmente, presionaron para que no se las contratara y regresaran al que consideraban su espacio legítimo: el hogar. De nuevo, se percibía que el auténtico fin de la mujer era ser un canal para una mejor vida de los varones. Todo esto fue sintetizado desde el año 1843 por Flora Tristán, quien denunciara en La Unión Obrera que la mujer era la proletaria del proletario.

Volviendo con Frankenstein, podemos percatarnos de que ha captado muy rápidamente la esencia del patriarcado, y, dándose cuenta de que es varón, también exige para sí una hembra que sea el canal de sus goces. Pero Frankenstein quiere estar seguro de que verdaderamente, la hembra será su canal, por lo que pide a su creador que la haga tan horrenda como él para que sea aborrecida por la sociedad y no encuentre manera de participar en ella. Así, su única manera de vivir será con y para él.

Es interesante detenerse sobre la negativa del Dr. Frankenstein a crear la criatura hembra, ya que reflexiona sobre algo que a Frankenstein ni se le pasaba por la cabeza, algo que a tantos hombres les viene costando introducirse en las suyas: esa hembra tendría su propia personalidad. En otras palabras, sería un fin en sí misma. Así reflexionaba el Dr. Frankenstein al respecto (P.125):

El monstruo me había jurado abandonar las zonas habitadas por el hombre si le proporcionaba una compañera; sin embargo, ni él ni yo sabíamos nada de su futura compañera, y no me extrañaría nada que cuando el nuevo ser se sintiera capaz de razonar sin necesidad de nadie más, pudiera rechazar un compañero acordado sin su consentimiento.

En estas reflexiones se concreta la fuerza transformadora que introduce la negativa de la mujer. La revolución del no, no a ser un canal de fines ajenos, lo cual lleva como reverso la revolución del sí, sí a existir por una misma, por un proyecto vital propio en el que ser protagonista de la propia vida.

El Dr. Frankenstein intuyó el potencial de desestabilización social que tenía que las mujeres contravinieran el pacto primigenio y se negaran a ser los canales de transito de pactos entre varones. Era, de alguna manera, consciente de que su propio pacto con la criatura masculina peligraba demasiado por la capacidad de consentir de la hembra. En sus palabras (P.125):

Si ella le abandonara, él se encontraría de nuevo en la soledad, y su exasperación podría llegar a ser tal, que en esta ocasión nadie sabe cuáles podrían ser las fatales consecuencias.

Quién sabe si, de habérsele ocurrido esta posibilidad a Dios, hubiera consentido hacerle una hembra a su criatura. No obstante, la biblia no fue escrita por una mujer, y menos por la sucesora de Mary Wollstonecraft.

Lo cierto es que, cuando el Dr. Frankenstein destruye a su criatura hembra a medio hacer ante los ojos de Frankenstein, este monta en colera y reprocha con las siguientes palabras a su creador (p. 127):

Uno tras otro, todos los seres de la creación van encontrando a su compañera. Cada bestia encuentra con quien aparejarse. Únicamente yo tengo prohibida esa necesidad natural.

Ciertamente, Frankenstein capta aquello que convierte a los hombres en hombres, en criaturas iguales: todos ellos tienen derecho a una mujer. Amelia Valcárcel, en su obra Feminismo en el Mundo Global, profundiza en este supuesto derecho, que constituye todo un pacto tácito entre varones, argumentando que, en sociedades no igualitarias, en sociedades de Antiguo Régimen, lo que desactivaba la envidia que se podía despertar entre los varones de la clase baja respecto a los de la clase alta era el común dominio sobre las mujeres, que eran expulsadas del espacio público (sociedades de encierro femenino) o veladas (una manera de estar sin estar). La individualidad plena era para los varones, y los más pobres se aferraban a ese consuelo de ser, al menos, soberanos sobre sus mujeres. Hasta tal punto ha sido (y es aún en muchos países del mundo) útil esta estrategia que, en palabras de Amelia Valcárcel: “hay Estados en este planeta que en vez de repartir bienestar reparten hombría”.

En nuestra sociedad las mujeres seguimos siendo parte de esa estrategia de contención para los varones, pero ha cambiado la manera en que se nos usa para ello. Ahora no se nos oculta con velos, ni se nos impide participar en la esfera pública, pero lo pagamos, citando la vulgar expresión, “en carne”. Imágenes enormes de mujeres cubren las calles y el imaginario colectivo, pero siempre hipersexualizadas. Parece que el patriarcado esté diciendo: “puedes salir de casa, pero aquí afuera también deberás complacernos, aquí también serás objeto de intercambio nuestro”.

Así pues, a este “derecho” es al que se refería Frankenstein: al derecho a afirmar la propia valía a través de otro ser, el derecho de entrar al club de los iguales que formaban fratría. Como se le niega por parte del propio varón que le ha dado el ser, Frankenstein no logra desactivar la envidia y la rabia y se dedica a sembrar el pánico encadenando asesinatos de personas inocentes. Entre sus víctimas, por supuesto, está la prometida de su creador, ya que, si él mismo no tiene el derecho elemental como hombre, tampoco deberá tenerlo el otro. Finalmente, las mujeres se ven obligadas a actuar como canal, si no del gozo, de la ira de los varones, restableciendo el equilibrio roto al ser negada a Frankenstein su propia hembra-canal.

Es curioso cómo esta historia, escrita en 1818, contiene en sí la genealogía de los INCEL. Aunque sea en nuestro tiempo en el que se ha acuñado el acrónimo, que viene a significar involuntary celibate o, en español, célibe involuntario. Este es el término con el que algunos hombres, que se consideran muy poco atractivos para despertar el interés afectivo-sexual de mujeres, se denominan a sí mismos. Los hombres que se definen a sí mismos como INCEL han creado comunidades online en foros como 4chan, Voat o Reddit en las que vierten su odio contra las mujeres por no permitirles lo que consideran, como ya lo hizo Frankenstein, su derecho más elemental: acceder al placer a través de una mujer.

En estas comunidades, los INCEL empiezan a deshumanizar más y más a las mujeres, clasificándolas en dos categorías: las Beckys y las Staceys. Las primeras son feministas en su mayoría, y no demasiado atractivas (por supuesto). Las segundas son muy guapas y utilizan su belleza para seducir a los Chads, hombres musculosos, guapos y dominantes (todo lo contrario a la percepción que el INCEL tiene de sí mismo). En lo único que coinciden las dos mujeres es en rechazar, supuestamente, al INCEL. El proceso de deshumanización muchas veces culmina en atentados terroristas en los que el INCEL asesina principalmente a mujeres, aunque también a algunos hombres que se cruzan en su camino.

Los hombres que se definen a sí mismos como INCEL han creado comunidades online en foros como 4chan, Voat o Reddit en las que vierten su odio contra las mujeres por no permitirles lo que consideran, como ya lo hizo Frankenstein, su derecho más elemental: acceder al placer a través de una mujer.

Algunos casos de célibes involuntarios muy sonados se han dado en Estados Unidos, como el de Elliot Rodger, un joven rico de 22 años que mató a siete personas en el campus universitario de Isla Vista (California) para después suicidarse y dejar un vídeo para justificar su matanza. En el vídeo, Rodger justificaba su acto criminal como una venganza porque ninguna mujer hubiera querido besarle o tener sexo con él. Reparemos en el término que usa: venganza. Según la RAE, una venganza es una satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos. ¿Podría Rodger o Frankenstein haber considerado que tenía que vengarse si no hubiera tenido la certeza, heredada por una cultura patriarcal, de que tenía el derecho a tener acceso al goce sexoafectivo a través de una mujer? ¿Habrían podido entenderlo como un agravio? No.

En conclusión, en Frankenstein, Mary Wollstonecraft Shelley consigue captar la piedra angular del patriarcado: el derecho masculino a tener acceso a una o más mujeres para satisfacción personal, mujeres concebidas como medios para fines ajenos a sí mismas. ¿Imaginamos cómo habría sido la historia si Frankenstein hubiera sido hembra? Para empezar, no se habría sentido en el derecho de exigir un hombre para sí a su creador. Pero, lo que de seguro no habríamos visto sería un reguero de asesinatos en nombre de un supuesto derecho ultrajado a poseer a un varón para su placer sexoafectivo, igual que no vemos hoy regueros de asesinatos cometidos por mujeres “célibes involuntarias”, aunque haberlas, las hay. Empezar a cuestionar la socialización que nos hace sentir pena por los sentimientos heridos de los hombres que ven negado lo que creen su derecho (poseer mujeres para su goce) es parte del trabajo de revisión que conlleva el feminismo. Dejar de verlos como incomprendidos, adorables y adoptables, como esa booktuber, es totalmente necesario, pues detrás de esa pena, está el camino para nuestra común emancipación.

** Sobre la autora. Educadora social con máster en Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía.


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