lunes, 22 de marzo de 2021

Como un mantel de hule


El Cohete a la Luna

Por Carlos Ulanovsky 

Favio frente a una maqueta de la zona de Plaza de Mayo utilizada en el rodaje.

Hace 25 años Leonardo Favio comenzaba el rodaje de «Perón, sinfonía de un sentimiento».

En días como estos, pero de 1996, Leonardo Favio (con 58 años y siete largometrajes propios) iniciaba la realización de Perón, sinfonía de un sentimiento, su sentido, poético, político y exuberante testimonio de amor hacia una época de la Argentina.

El proyecto, de cuyo inicio se cumplen 25 años, se lo había propuesto el entonces Vicepresidente Eduardo Duhalde, que lo había imaginado como el contenido ideal para cuando –al año siguiente– se cumplieran 50 años del 17 de octubre de 1945. Por distintas razones, empezando por la frenética búsqueda de perfección de Favio y la consecuente imposibilidad de decidir el corte final e incluso por problemas presupuestarios, los plazos se fueron extendiendo y la película recién estuvo lista en 1999. La realización, imaginada como un homenaje del Día de la Lealtad Peronista consagrado a partir de 1945, fue antes que eso, y por suerte, una fabulosa obra artística leal a las convicciones estéticas e ideológicas de su creador.

Filmando en la Plaza.

Favio, que con su modo de hacer cine fascinó a muchas generaciones distintas de argentinos –desde El dependiente y Crónica de un niño solo a Nazareno Cruz y el lobo y Este es el romance del Aniceto y la Francisca (de como quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más), así era su nombre completo–, había terminado medio cascoteado la década del ’70. Ya era un cineasta fundamental cuando sufrió las desdichadas consecuencias de haber sido en junio de 1973 el conductor del acto organizado en Ezeiza para recibir al general Perón que volvía de su exilio. Aquella convocatoria, que debía ser de celebración, se convirtió en una marea de violencia. Fueron inútiles los reiterados llamados a la cordura de Favio desde el escenario. Sectores antagónicos al peronismo de izquierda arruinaron lo que debía ser un festejo. Las balas picaron cerca de Favio, que salió indemne de esos ataques, pero por largo tiempo sufrió otros impactos. Un año antes de la trágica reunión de Ezeiza, Favio (a quien sus íntimos siempre llamaron Chiquito) fue uno de los pasajeros del vuelo en el que Perón regresó a la Argentina. A partir de marzo de 1976, hostigado por los sectores más recalcitrantes de la derecha y por los militares de la dictadura, partió al exilio. Reconvertido en trovador, como autor e intérprete de preciosas baladas románticas, con esa actividad recorrió Latinoamérica y España. Así le hizo frente a la censura y a la prohibición.

Genio y figura

Leonardo nunca escondió su forma de pensar y sus elecciones políticas. “No soy un director peronista: soy un peronista que hago cine y eso, en algún momento, se nota”, explicó. En su película Gatica, el mono pone en boca de su personaje una frase resonante: “Pero si yo nunca me metí en política… Toda mi vida fui peronista”. Quien en su obra artística priorizó la poesía a la bajada de línea, agregó: “Me hice peronista porque no se puede ser feliz en soledad”.

Perón recibió al actor y director en Puerta de Hierro.

Gestor de una filmografía relativamente pequeña (ocho ficciones en total), Favio hizo un montaje portentoso en lo que fue su penúltimo opus. Inicialmente, en acuerdo con los productores, lo imaginó como un telefilm que sería exhibido en la televisión pública. En 5 horas y 46 minutos, resuelta en 26 bloques, la película es un retrato vibrante de 60 años del país, entre 1914 y 1974, con la muerte de Perón. La película tiene dibujos de Ricardo Carpani, animaciones computadas y más de 120 horas de archivo impecablemente recuperados. Para afianzar la legitimidad de su guion, Favio se respaldó en prestigiosos historiadores y testigos de diversos tiempos, como Alfredo Carlino, Atilio Castelpoggi, Enrique Pavón Pereira, Fermín Chávez, José María Rosa, Norberto Castel Poggi Guglielmino y Roberto Baschetti. A ellos les prestó el oído y a otras figuras decidió dedicarles su trabajo. In memoriam homenajeó a Héctor Cámpora, Ricardo Carpani, Hugo del Carril y Rodolfo Walsh. La ofrenda alcanzó también, en vida, a los integrantes del grupo Cine y Liberación, Gerardo Vallejos, Octavio Vallejos y Fernando Solanas. Por decisión del propio Favio, Sinfonía… nunca tuvo estreno comercial. Los jueves 6 y 13 de enero del 2000 se exhibió en dos partes, con entrada libre y gratuita en el ya desaparecido cine Atlas Recoleta. Sin embargo, en otros circuitos fue vista desde su estreno por millones de personas. Repitiendo la experiencia de La hora de los hornos fue vista, debatida, aplaudida, editada en video, en centros culturales, en escuelas y en numerosos actos militantes.

Deudor de sus orígenes mendocinos, de Las Catitas, en donde nació, y de Luján de Cuyo, donde creció; de los radioteatros, como los tantos que escribió su mamá Laura Favio en los que se probó como actor; de su hermano Zuhair Jury; del director Leopoldo Torre Nilsson; de muchas mujeres a las que amó y a las que cada tanto llenó de preocupaciones; y especialmente del peronismo de Evita y de Perón, así se formó este artista formidable, agitado compendio de lo popular y lo culto. Se hizo adolescente cuando el concepto de Estado presente era una realidad y cuando eran cercanos y familiares términos como trabajo, justicia social y soberanía. “Crecí escuchando a Perón, ofreciendo sus ideas que le dieron quehacer a 800.000 desocupados y cuando la economía se puso al servicio del país”, dijo quien tenía 17 años cuando en 1955 los militares derrocaron a Perón. “A Perón lo echaron cuando nos estaba enseñando a vivir. Y ahí perdimos 18 años de cultura política”, mencionó.

Actor, director, guionista, cantante, compositor, figura cultural, su vida entera y especialmente sus elecciones artísticas tuvieron la grandeza de una vibrante sinfonía. Se fue de esta vida con muchos proyectos que soñó y no pudo llegar a concretar, como películas sobre Severino Di Giovanni, según la investigación de Osvaldo Bayer, otras sobre el general San Martín, el general Francisco Solano López, y una sobre la que habló mucho: El mantel de hule. Así de sencillo, cotidiano, práctico y abordable como un mantel de hule fue su estilo de mostrar desde el cine. Tal vez por eso, alguna vez frente a una requisitoria excesiva o inconveniente dijo: “El cine lo sé filmar, no explicar”.

Leonardo Favio falleció el 5 de noviembre de 2012. Pocos meses antes, el 29 de agosto, en lo que probablemente fue su última aparición pública, en el Salón de los Perdidos de la Cámara de Diputados, le entregaron el Diploma de Honor Néstor Carlos Kirchner “por sus convicciones y por su trayectoria”. En esa ocasión, a la que asistió en una silla de ruedas, habló muy poco y dijo, como si fuera una perfecta síntesis de Perón, sinfonía de un sentimiento: “Así es este oficio del cine: testimoniar el llanto, registrar la historia, ser memoria”.

Pasen y vean, de Adriana Schettini; Leonardo Favio, de Norberto Galasso y Células de Identidad, de Rodolfo Braceli son libros que permiten profundizar en vida y obra de Leonardo Favio.


No hay comentarios: