jueves, 16 de agosto de 2018

El efecto Trump en América Latina o los síntomas de la decadencia imperial


America Latina en movimiento – Integración en tiempos de incertidumbre

Por Juan Ramón Quintana Taborga

Desde la perspectiva política hay hechos que contienen una enorme carga simbólica con la que se pretende hacer creer una de-
terminada realidad cuando la realidad de los hechos representa su contrario. La tercera y atípica gira del Vicepresidente de Estados Unidos Mike Pence por algunos países de la región en un tiempo inusual, en procura de alinear al pelotón de gobiernos serviles contra Venezuela, y el anuncio de la OTAN como “socio global” de Colombia como acicate para aquellos que asumen una conducta cipaya, constituyen señales de enorme relevancia geopolítica.

Lejos de anunciarse el restablecimiento de la hegemonía imperial sobre América Latina des- pués de más de una década de progresismo regional, las giras del Vice-presidente, del Secretario de Estado, de la mandamás del FMI, del Comandante del Comando Sur y de funcionarios de distintos rangos ofrece más bien una señal pálida del desconcierto que abruma a Washington. Al parecer, ni los aliados son tan confiables ni las estrategias desestabilizado- ras parecen ser tan efectivas frente al aluvión de incentivos que ofrece la Casa Blanca.

México acaba de darle una estocada mordaz y dolorosa a un gigante que se tambalea embriagado en la absurda consigna del muro de la ignominia. No es para menos. América Latina cambió para siempre, aunque EEUU mantenga invariable sus apetitos geofágicos, su presunta supremacía racial o la descabellada ilusión mesiánica del “destino manifiesto”. La Patria Grande de Bolívar tiene las cicatrices forjadas por la lucha y éste no será la excepción en las batallas que se avecinan.

Hasta hace pocos años, una gira de funcionarios norteamericanos de menos rango, en procura de lograr alineamientos políticos en América Latina, habría implicado cambios significativos en varios países como efecto dominó de su implacable hegemonía e influencia. En romance popular, se decía que un resfrío de EEUU podía generar pulmonía en nuestro continente. Hoy, la realidad ya no se construye sobre las espaldas de los más débiles ni el chantaje tiene el mismo peso ni efectividad con el que normalmente operaba el gigante de siete leguas. Queda poco del prestigio del poder de Norteamérica en nuestros territorios surcados cada vez más por el deseo de encontrar un horizonte propio sin pedir permiso a nadie. El prestigio ha cedido paso a otras realidades cada vez más complejas entre las que todavía se cuenta el miedo y la sumisión con la que actúan las élites criollas domesticadas por el imperio en el último siglo.

Síntomas de la decadencia

El imaginario colectivo que se tenía de EEUU como el gigante invencible con poder de de- finir el destino del mundo está empezando a palidecer. La economía tiene su gramática. Envuelto en el discurso esquizofrénico entre globalización o nacionalismo, Trump ha decidido dar rienda suelta a la doble moral con la que se maneja en el mundo de los negocios, el comercio y las finanzas. Ha desatado los demonios de la guerra comercial para tratar de contener a sus competidores inmediatos; entretanto China ha optado por el camino fulgurante de crecimiento y desarrollo multidimensional. EEUU es el primer importador del mundo con un PIB que decrece diariamente. En pocos años China alcanzará más del 25% del PIB mundial mientras EEUU apenas tocará el 15%. A mediano plazo, China tendrá el 33% del PIB mundial cuando EEUU no logre alcanzar el décimo lugar. Una potencia que no muestre los músculos de su economía al mundo está más cerca de convertirse en historia. El semblante de Macron y Merkel frente a un Trump arrogante lo decía todo a la hora de anunciar el fracaso de la Cumbre del G-7 como corola- rio de la grieta que se le abre al capitalismo en el derrotero del siglo XXI.

A pesar de que EEUU mantendrá todavía pre- dominio sobre los sectores de punta en el campo de la aeronáutica, servicios informáticos, biotecnología o la industria espacial, la economía norteamericana parece destinada a seguir la trayectoria del Titanic, como señala Henry Houben. La deslocalización de su producción y la desindustrialización persiguiendo salarios más bajos, la creciente desigualdad en los ingresos, el endeudamiento colosal de los hogares, el desequilibrio de su balanza comercial y el descomunal gasto militar constituyen fisuras volcánicas a punto de estallar.

La erosión del poder económico norteamericano en la región contrasta dramáticamente con la incursión financiera de China en gran- des obras de infraestructura física, impulso a la industrialización y fomento a las exportaciones que han echado por tierra décadas de gravitación económica de EEUU. El FMI es una mala palabra para los líderes políticos que buscan explícitamente la bendición asiática a sus proyectos de renovación electoral. La geopolítica es una huella pero también un destino. La acelerada extinción del Made in USA por la abrumadora marca Made in China ofrece su corolario económico para el futuro que fue ayer.

Más un síntoma que el problema El campo político refleja el estadio de la economía capitalista y sus malabarismos. La economía es un juego de espejos pero también el arte del simulacro. Lejos de constituir el gigante político y todopoderoso, el gobierno de EEUU cada vez decrece en prestigio y legitimidad aunque el imperio preserve su letalidad militarista. Bruno Guigue señalaba que la ilusión de la hegemonía norteamericana ilimitada en tiempo y espacio empieza a desvanecerse no tanto por los dislates de Trump o su letanía mediática sino más bien porque el imperio pierde terreno. Trump, más que el problema, es más bien su síntoma. La exaltación belicista con su escuadra burocrática furibunda –Pompeo, Bolton y sus secuaces– y la ampliación de sus arsenales no necesariamente refleja más poder, dominio o hegemonía sino más dinero reconcentrado en manos del complejo militar-industrial mientras crecen las cifras de la pobreza doméstica.

La influencia política de EEUU es cada vez más limitada. Optaron por la tercerización para evitar seguir erosionando su prestigio. Tercerizan las maniobras políticas, las operaciones encubiertas, los golpes de estado o dicho de otro modo, pretenden privatizar el desprestigio. Usan con más frecuencia gobiernos títeres y agregan más violencia a la protesta social tirando la piedra y escondiendo la mano. Han optado por vías paralelas mediante sanciones económicas o bloqueos y no tienen escrúpulo para vociferar mediante sus aliados mediáticos internacionales o apelar a instituciones neofascistas de la Unión Europea. Están obligados a disfrazar ONGs, iglesias, empresarios, medios de comunicación para inyectar veneno social en medio de su decadencia moral.

Sin descontar la barra brava (f) racistoide de Trump o el apoyo que dispone del “Estado Pro- fundo”, no deja de ser el campeón mundial de la copa de dislates con la que encandila desde su trono mediático. La opinión pública latinoamericana hace escarnio de un presidente convertido en saltimbanqui. El irrespeto popular tiene su correlato con las múltiples renuncias de funcionarios norteamericanos que resienten casi con vergüenza propia su exaltada y díscola personalidad. Nunca se trató públicamente a un presidente norteamericano con tanta ligereza y socarronería como ocurre hoy en el plano de lo chabacano. Las señales provienen de la propia sociedad yanqui.

Las aureolas de quienes oficiaban ser los adalides de los derechos humanos o de la impoluta democracia norteamericana se disolvieron en el campo de la impunidad y la impostura. Los sistemáticos fraudes electorales, el financia- miento partidario y obtuso de las corporaciones, la manipulación mediática, el uso maniqueo de redes sociales, el control monopólico de los medios y su vergonzosa manufactura sobre la opinión pública están socavando la primaveral democracia de EEUU en medio del llanto desgarrador de niños, hijos de migrantes criminalizados en la frontera del oprobio. Nada más detestable para la violación de los derechos humanos que EEUU adoptara la tortura como política de estado o que hiciera de la multipolaridad su enemigo acérrimo o que la privacidad planetaria se someta al poderío de 5 empresas monopólicas en el campo de los sistemas de comunicación.

El ímpetu guerrerista norteamericano y su estrepitoso fracaso aparece también como síntoma. La proyección beligerante de su poder incontrastable frente a potencias emergentes en regiones distantes lo acerca más al miedo frente a los “otros”, sin desconocer sus poderosos intereses energéticos o al revés. Los miles de muertos provocados por la codicia militarista de EEUU en Irak, Afganistán, Libia o Siria no han hecho otra cosa que ratificar la paradoja cruel: cuanto más poderoso militar y tecnológicamente más inepto en el campo de batalla. Muchos generalotes para pocas estrellas. Ni las bombas semiatómicas más mortales han hecho retroceder la ira antinorteamericana en medio oriente.

EEUU perdió todas las guerras desde Vietnam hasta la que libra hoy inútil y demencialmente en Siria. De nada han servido sus maniobras macabras de sembrar enclaves terroristas con su cabecera de playa en el Estado Islámico (EI) o poner contra las cuerdas a Corea del Norte cuando al final del día el “equilibrio del terror” atómico no se despeja y más bien se alimenta con el brutal gasto militar imperial que acecha los 700.000 millones de dólares.

Una política de escarmiento

América Latina ve consternada y con indignación la infernal maquinaria de guerra norteamericana sin dejar de asombrarse por su extrema pobreza o por la cruenta cacería humana cotidiana a la que la Asociación Nacional del Rifle ha acostumbrado a una sociedad enajenada. Por ello, la indignación popular frente al anuncio de la llegada de la OTAN mediante la colonizada y sufrida Colombia. Al parecer, resulta insuficiente la ocupación territorial de Colombia con las bases militares norteamericanas para esta fallida tercerización europea. La conversión del país tradicionalmente cafetalero en una cañonera yanqui explica entonces la necesidad de instalar un comando central y equidistante en el sur para disciplinar la región desde adentro.

Ciertamente, el poder político imperial en América Latina no ha cesado, aunque conviene destacar que ya no opera con la misma eficacia del pasado. El tutelaje sobre la OEA y su abyecto Secretario General, vendido a precio de gallina muerta, la creación del “Grupo de Lima” como apéndice político ulceroso, la presión sobre los gobiernos de derecha, algunos de ellos cobijados en la corrupción más infame, así como el ultraje a los “estados de al- cantarilla” como los ha denominado Trump, no alcanza para lapidar la Revolución Bolivariana ni hacer mella en la inconmovible e invicta revolución cubana. La esterilización política de la OEA ha dado paso al cercenamiento de UNASUR y al intento de darle cristina sepultura a la CELAC para dar rienda suelta a la aventura intervencionista de los EEUU contra nuestros pueblos y en particular contra Venezuela. Este país, del que depende la geopolítica energética global, ha tomado conciencia que la mano sucia norteamericana solo traerá sangre y dolor bajo cualquier circunstancia. El objetivo es el mismo de siempre: derrotar a los pueblos para implantar ciclos de dominio bajo la impronta del miedo y la violencia armada.

La persecución política contra los líderes más populares del continente digitados mediante operaciones encubiertas de la CIA/NED/IRI/ USAID en complicidad con las estructuras jurídicas-mediáticas criollas tampoco alcanza para frenar el ímpetu de los pueblos que están comenzando a comprender la naturaleza despiadada del capital y el poder de las corporaciones. Los pueblos saben que el imperio está dando coletazos brutales en sintonía con su impotencia y su desprestigio. Su sabiduría señala que más que responder a sus provocaciones hay que resistir bajo el alero de la unidad y la inteligencia creativa porque esta furia demencial terminará de ahogarlos.

No cabe duda que el imperio está aplicando una política de escarmiento para tratar de sepultar más de una década de soberanías reconquistadas, mutilar nuestras historias surcadas de victorias políticas, frenar sociedades empoderadas y doblegar dominios nacionales sobre los recursos naturales. Cuanto más amplio sea el horizonte de transformaciones populares en América Latina menos posibilidades existirán de vivir bajo dominio extranjero. Al parecer,

después de lo sucedido en México, estamos en el camino correcto. La indignación de los pobres y de los indios se proyecta en otros rostros multiculturales, en mujeres, jóvenes, comunidades sexuales diversas, iglesias o universidades progresistas.

No hay nada que más moleste a Washington que la desobediencia de sus súbditos y nada más desagradable que tratar de corregir la insoportable conducta de sus pupilos a pesar de contar con viejas herramientas disciplinarias o vecinos complacientes, siempre dispuestos a moderar la inconducta colectiva. Este es al parecer el escenario incómodo con el que hoy se enfrenta el imperio más poderoso del planeta en su llamado “patio trasero”. Incapaz de doblegar las odiadas desviaciones ideológicas y políticas que caracterizan a una parte de nuestra América Latina, envuelta en un ciclo ininterrumpido de “populismo radical”, que no acaba de prosperar pero tampoco de perecer, no le queda más recurso que apelar a modernas combinaciones estratégicas siniestras en procura de su retorno poscolonial.

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