miércoles, 26 de mayo de 2021

Verdad en una época confusa


Rebelión

Por Ignacio Escañuela Romana 

Existe una sensación persistente de confusión: de múltiples opiniones y relatos que impiden formar una idea clara de hechos y alternativas. Conforme acumulamos las fuentes accesibles por internet y las redes y media donde ver, oír y leer, más difícil se hace formarse una idea clara y coherente de los hechos. Sin embargo, una democracia se basa en la información plural y veraz, ya que, sin ésta, los electores no pueden tomar decisiones como sujetos de plenos derechos políticos; ni los partidos, grupos o ciudadanos que se presenten a las elecciones tienen posibilidad de ver reflejadas sus alternativas.

Entendamos que la democracia es un sistema cuyo objetivo es solucionar el conflicto social y político a través del debate y el voto. Luego implica, por un lado, un esfuerzo de todas las partes para definir, en su beneficio, la agenda pública de problemas y soluciones; y, por el otro lado, la elección mayoritaria entre las opciones existentes. Estos dos elementos entran en conflicto a menudo. En definitiva, el poder es la capacidad que tenemos de hacer que otras personas hagan lo que nosotros queremos, incluso contra sus propios intereses. Es muy eficaz un poder que se expresa haciéndonos partícipes: que lo defendemos como propio, aunque nos sea ajeno.

Ahora bien, la clave de la democracia, en términos filosóficos, es la incertidumbre epistemológica (salvo la certeza de que no podemos quitar derechos y libertades fundamentales): no sabemos quién tenga razón con seguridad, votar no es dar la verdad a un artículo científico, no es una prueba por confirmación o falsación.

Pero el voto y la participación, las libertades políticas y de expresión y manifestación no pueden ser reales si no conocemos el marco. La información plural y veraz significa que el marco de los hechos es cierto y es aceptado (Arendt) y, entonces, sobre ese escenario, se dan las opiniones e interpretaciones. Tal y como recoge Arendt como anécdota, Clemenceau afirmó sobre el inicio de la Gran Guerra: los historiadores “seguro que no podrán decir nunca que Bélgica invadió Alemania”. Claro que la imagen de Trotski fue borrada en una famosa foto junto a Lenin. En este caso, lo sabemos. Pero ¿es siempre así?

¿Sabemos los datos? Por ejemplo, debemos conocer la distribución de riqueza en la sociedad para plantear qué políticas de redistribución deseamos. Ahora bien, Norton y Ariely hicieron un interesante estudio (Building a Better America—One Wealth Quintile at a Time, 2011, Perspectives on psychological science) donde demostraban que la mayoría de las personas desconoce, y mucho, hasta qué punto nuestras sociedades son desiguales (creen que son más equitativas), y proyectan una distribución ideal que no se cumple. Pero entonces el voto que emiten está condicionado por una percepción errónea de hechos. O, igualmente significativo, ignoramos quién tiene la propiedad de los medios de comunicación de masas a cuya influencia estamos sometidos. Entonces, los hechos pueden ser conocidos, mas, simplemente, no los sabemos. ¿Por qué es esto así?

Bradshaw y Howard (2019, The global disinformation order: 2019 global inventory of organised social media manipulation) explican cómo cada vez, en más países, se dan campañas de manipulación a través de los medios: por un partido o una agencia gubernamental. Por supuesto, el uso es sistemático en muchos regímenes autoritarios, como modo de suprimir derechos humanos fundamentales y atacar a la posible oposición política. Se incluyen, además, manipulaciones desde Estados extranjeros.

Asimismo, en España, en los Estados Unidos, en fin, en todas las sociedades democráticas que conocemos, los grandes medios de comunicación son propiedad de grandes fortunas y grandes grupos empresariales. A lo que se suma la influencia que produce depender de la publicidad. Asimismo, nacidas para una expresión directa e individual, las redes sociales se someten a la acción de cuentas mercenarias y programas informáticos: el impacto de grupos que quieren influir decisivamente en la opinión pública.  Todo el conjunto de acciones de los medios ha sido estudiado y se conocen cuestiones como la siguiente reflexión: “La predilección de los principales medios de comunicación por el sensacionalismo, la necesidad de novedad constante y el énfasis en las ganancias sobre la responsabilidad cívica los hizo vulnerables a manipulación estratégica” (Marwick y Lewis, Media manipulation and disinformation online, 2017, p. 47).

Abundando en lo ya apuntado, una campaña electoral no debe basarse en negar los hechos, sino en presentar diferentes soluciones a partir de ese estado de cosas. Pero no puede haber alternativa política significativa si los hechos no se conocen y sólo tenemos confusión. La elección racional no es posible a partir de esa situación. ¿Cuáles son las ideas fundamentales en discusión?, ¿en qué se diferencian?

No hay varitas mágicas para lograr un mundo donde el marco de los hechos sea ampliamente conocido y no pueda ser negado, donde los medios de comunicación y redes sociales no sean objeto de esfuerzos sistemáticos para lograr la desinformación. Pero termino este artículo con algunas propuestas que pueden ser simplemente positivas. La primera, es crear y tener medios públicos de información, sobre los que se asegure un control plural por todas las fuerzas políticas significativas (y un posterior control jurisdiccional). Un ejemplo lo tenemos en la Organización Mundial de la Salud y los esfuerzos continuados que está haciendo para luchar contra los bulos sobre el virus Covid. Pero aquí es preciso ser muy cautos, para evitar la creación de una verdad política oficial. Sólo los datos pueden ser defendidos siempre. La opinión queda bajo la incertidumbre epistemológica. No que el medio público tenga una verdad dogmática: sino que ofrecería datos para quien quisiera tenerlos.

En segundo lugar, debería existir un registro público de intereses acerca de los medios de comunicación y de las empresas que ejercen influencia sistemática en redes sociales. Es posible, asimismo, crear leyes antimonopolio particularmente estrictas en este campo: para garantizar la pluralidad. Finalmente, es de seguridad nacional que no haya influencia sistemática de otros países que busquen crear corrientes de opinión para influir en unas elecciones. A todo ello se añade un esfuerzo para la educación en la racionalidad crítica y los derechos y libertades.

En fin, hace más de doscientos años que Kant reclamó, bajo la pancarta de “Sapere Aude”, atrévete a saber, la salida de la minoría de edad del ciudadano: que comenzase a pensar, opinar y decidir por sí mismo, frente a cualquier influencia. Sin embargo, múltiples poderes de información luchan diariamente por utilizar todos los medios para imponer ideas externas, para condicionar en definitiva la opinión y el voto. Arendt nos dice: “En términos conceptuales, podemos llamar verdad a lo que no logramos cambiar” (Verdad y Política). Es ahora una prioridad defender el derecho a saber de todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas.


No hay comentarios: