miércoles, 11 de julio de 2018

La crisis migratoria y la crueldad de los poderosos



Por Jorge Elbáum

El desorden mundial planteado por la globalización neoliberal-proteccionista ha mostrado la última semana dos de sus síntomas de crueldad, poniendo en evidencia la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra. Según la ACNUR (la agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados), en la actualidad existen 65 millones de desplazados por guerras, invasiones militares, hambrunas, desertificación y conflictos étnico-religiosos, sin que este registro incomode a las grandes potencias ni que se dispongan conferencias internacionales dispuestas a abordar la tragedia.

En 2015 las publicaciones del mundo replicaron la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años fallecido en una playa turca. Aylan vivía en Kobane, una ciudad en el norte de Siria donde se enfrentaban el denominado Estado Islámico y los combatientes kurdos. Ante los peligros de bombardeos y persecuciones, la familia de Aylan decidió escapar. Esta semana, Yanele Dennisse Varela Sánchez, una niña hondureña de tres años, fue fotografiada y videograbada mientras detenían a su madre, cuando intentaba ingresar en Texas.

El desorden mundial imperante apenas puede sorprenderse con las lúgubres fotos que sintetizan una descomunal tragedia de la cual los países desarrollados son doblemente responsables: por un lado, por participar de muchos de los conflictos que provocan grandes desplazamientos poblacionales. Y por el otro al no asumir que un mundo crecientemente inequitativo provoca conflictos, resistencias, migraciones y resentimientos sociales explosivos.

Las migraciones sólo pueden reducirse a través de imponer lógicas de paz, la cooperación, de reducción de los conflictos y de programas de desarrollo. Los países que generan migraciones son aquellos en los cuales lo que más circula son las armas en connivencia con empresas extractivas dispuestas a vaciar la tierra (con eficiencia y rapidez) de cualquier riqueza útil.

Existen tres grandes “focos” expulsivos en el mundo y en los tres se observan con claridad actores ligados a los países más desarrollados: en la frontera norte de América Latina se divisa un conflicto armado entre varios ejércitos privados, ligados a empresarios del narcotráfico, que se asocian con vendedores de armas. Estos últimos –radicados en EE. UU. y protegidos por la Asociación del Rifle— ofrecen aparatología bélica a cambio de estupefacientes. [1] En febrero de este año, el New York Times informó que el último año 213.000 mil armas “migraron” desde EE. UU. hacia su frontera sur, permitiendo la continuidad de la sangrienta pandemia criminal que azota ese país. En 2017 se registraron 30.000 homicidios en México, alcanzando uno de los promedios más altos de asesinatos por cantidad de habitantes en toda la región. [2]

El segundo foco desde donde intentan escapar cientos de miles de desplazados es el norte de África. Provienen de países subsaharianos y de aquellos –como el caso de Libia— cuyas redes estatales han sido reducidas a la inexistencia luego de bombardeos e invasiones militares “humanitarias” provocadas por EE. UU. y sus aliados europeos luego de la llamada “primavera árabe”. A eso se le suman las guerras civiles de Sudán y Somalia, enmarcadas en la lógica fundamentalista cuyo origen inicial fue el financiamiento brindado por Occidente para contener procesos políticos nacionalistas, laicos y progresistas. Gran parte del resultado de estas intervenciones “civilizatorias” generaron la implosión de diversos Estados Nacionales, su consiguiente fragmentación territorial, la de sus capacidades gubernamentales (en disolución) y el posterior flujo de armas distribuidas entre grupos en disputa.

El tercer foco es asiático. Se concentra alrededor de las guerras de Siria, Yemen, Afganistán y el conflicto consistente en la persecución a musulmanes en Myanmar (del grupo étnico conocido como Rohingya). En los tres primeros casos existieron intervenciones militares directas de Washington, orientadas a destruir a sus oponentes geopolíticos, elevando los niveles de conflictividad y —en la inmensa mayoría de los casos— provocando mayores dificultades que las que (propagandísticamente) se pretendían evitar.

Migración y guerra
En este marco de conflictividad global, los medios hegemónicos de comunicación dan cuenta, habitualmente, de las reiteradas tragedias migratorias en las fronteras de los países desarrollados. Paralelamente se muestra a estos últimos como “víctimas” de estos “desórdenes poblacionales”, sin hacer mención a las varias causas que contribuyeron a su desarrollo. No se suele hacer mención que el 85 por ciento de los refugiados de todo el mundo sobreviven en países no desarrollados: Turquía, Paquistán, Uganda, Líbano —y Venezuela dentro de América Latina— son algunos de los países que han dado mayor cabida a desplazados por guerras, generalmente cercanas a sus fronteras. Uno de los casos menos conocidos es el que refiere a la República Bolivariana, que en el marco de una profunda crisis económica (producto del bloqueo comercial y financiero provocado por EE. UU.) ha brindado asilo, según ACNUR, a 200.000 colombianos desplazados en los últimos 50 años, producto de una guerra civil de la que participaron las fuerzas armadas, la FARC, el ELN y los paramilitares.

Bogotá firmó un convenio con Washington en 1999, el mismo año que Hugo Chávez accedió al poder por elecciones. Uno de los puntos de ese acuerdo consistía en reducir sus plantaciones de coca y al mismo tiempo mitigar la presión paramilitar sobre las poblaciones en riesgo. Casi veinte años después de los compromisos asumidos por el presidente Andrés Pastrana –y la sugestiva ampliación de las bases del comando Sur dentro de su territorio— la extensión total de los cultivos de coca se incrementó, solo en el último bienio, un 52 por ciento, multiplicando a su vez la cantidad de población campesina desplazada. [3]

Los conflictos bélicos y las invasiones –lideradas por países desarrollados— no han sido solo utilizados para comerciar con armas e implantar gobiernos títeres. También han autorizado el ingreso de corporaciones de seguridad privada (verdaderos ejércitos de mercenarios) que absorben parte de los recursos de esos gobiernos y que al mismo tiempo son su guardia pretoriana y la garantía del ingreso de las corporaciones trasnacionales, ávidas de extraer la mayor cantidad de recurso naturales en el menor tiempo posible.

El otro beneficio de los procesos migratorios (hoy silenciado por los países desarrollados) ha sido la capacidad de regular el valor de la fuerza de trabajo a través de los migrantes. En Alemania los turcos y en EE. UU. los mexicanos han ocupado puestos laborales (durante los últimos cinco decenios) por salarios menores a los demandados por los nativos de esos países, contribuyendo a nivelar hacia abajo el valor de la fuerza de trabajo y garantizando, de esa manera, mejores niveles de rentabilidad a sus empresarios.

Las perreras de Texas
Según el último censo del país de las barras y las estrellas, la población que denominan –con indudable desprecio— hispana, alcanzó en 2016 los 57.5 millones de habitantes, cerca del 17 por ciento de la población total. Entre ese colectivo, 37 millones son estadounidenses de nacimiento, aunque una inmensa porción continúa portando un estatus de ilegales. Esa realidad los convierte en ciudadanos carentes de derechos al voto y al acceso a seguros médicos de salud. Por su parte, aquellos hispanos que gozan de identificación cargan sin embargo con el complejo de ciudadanos de segunda frente a los WASP (blancos descendientes de europeos y protestantes), quienes se atribuyen la identidad legítima, primordial y fundadora de la nacionalidad estadounidense. Esta escasez de empoderamiento de los hispanos es lo que explica –según las investigaciones más recientes— la desmotivación que los lleva a no inscribirse en los registros electorales. Casi 9 millones de ellos son ciudadanos elegibles (con capacidad potencial de votar y ser votados) que podrían acceder a sus derechos políticos.

A eso se le suma que dos terceras partes de los hispanos se encuentran en situación precaria. Ya sea porque son ilegales, poseen residencias temporarias o porque sienten que traicionarían sus orígenes si asumen otra nacionalidad. Por último, todavía prevalecen sutiles mecanismos dispuestos a mantenerlos alejados de toda asociatividad capaz de plantear reivindicaciones. Los empresarios, de esa manera, cuentan con mano de obra barata y al mismo tiempo disciplinada (en la no sindicalización), claramente incapacitada de defender derechos gremiales. [4]

Desde hace un lustro la cantidad de pedidos de asilo y el desplazamiento proveniente de áreas en conflicto se viene incrementado sin solución de continuidad. Según los cálculos de ACNUR, cada minuto 31 personas abandona su lugar de residencia para escapar de matanzas, guerras civiles, bombardeos contra población civil o desplazamientos forzados. Un total de 26 millones de ciudadanos del mundo tienen estatus de refugiados y un 10 por ciento de ellos son latinoamericanos, que también se ven desplazados por la apropiación de tierras para siembras extensivas.

Jaulas y pateras
Donald Trump firmó el último miércoles 20 de junio una orden ejecutiva dispuesta a retrotraer la separación de menores migrantes de sus adultos acompañantes, pero advirtió que tendrátolerancia cero con quienes intentan ingresar en territorio estadounidense. La inmensa mayoría de quienes arriesgan sus vidas para cruzar la frontera sur de EE. UU. proceden de las Antillas, Centroamérica, Colombia y México. En todos esos países de proveniencia, el narcotráfico, las fuerzas irregulares a su servicio y el aluvión de armas norteamericanas han generado en los últimos años millones de desalojados que buscan espacios para acceder a empleos y educación para sus hijos.

Uno de los objetivos de Trump para imponer su campaña anti-inmigratoria es (según los parlamentarios demócratas) una forma de extorsión para concederle poderes especiales para reducir el asilo y otorgarle, a través del congreso, la facultad para disponer de 25.000 millones de dólares necesarios para emplazar su ansiado muro fronterizo, que originalmente exigió que fuese abonado por México. Este es el marco dentro del cual uno de los países más poderosos y ricos del mundo encerró hasta el último miércoles a 2000 niños, separados de sus familiares adultos, en jaulas que fueron bautizadas por las guardias fronterizas como “perreras”.

Simultáneamente, en el Mediterráneo, un buque, el Aquarius, logró arribar a Valencia –con 629 migrantes a bordo— luego de ser rechazado por el principado de Malta y por el nuevo gobierno italiano comandando por la “Liga Norte”, uno de los partidos de derecha que agitan la bandera de la crisis económica como mecanismo para instaurar campañas xenófobas. El último capítulo de su propaganda racista fue divulgado el último jueves 21 por el propio líder de esa formación política, Matteo Silvani (también ministro del interior), quien propuso un censo de la población gitana radicada en la península con el objeto de detectar a quienes deberán ser expulsados.

Este es también la misma impronta del gobierno húngaro y el austríaco quien proponen instalar fuerzas armadas de ocupación en el norte de África para impedir que las balsas y pateras se lancen al Mediterráneo con destino de muerte o de ansiada costa europea. Las crónicas trágicas sumaron en los últimos 6 meses de 2018 un total de 771 personas fallecidas en ese mar. La primera semana de junio fueron rescatadas 68 personas de una balsa a la deriva en la costa de Túnez. Además fueron hallados 52 cadáveres y otras 60 personas permanecen desaparecidas.

El 13 de mayo de 1939 el buque Saint Louis zarpó de Hamburgo. Llevaba 930 refugiados judíos (principalmente alemanes) que escapaban de la persecución nazi, buscando asilo. Llegaron a Cuba y fueron rechazados por presiones del Departamento de Estado estadounidense que exigió que no fueran aceptados. En La Florida sucedió lo mismo. Luego se intentó en Canadá y el fracaso se repitió. Tuvieron que volver a Europa. Gran parte de sus pasajeros fueron enviados a los campos de exterminio.

La civilización occidental suele catalogar de barbarie a todo aquello que le es ajeno. Quizás esa sea la causa por la que Trump decidió abandonar esta última semana el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El ombligo engreído de la civilización occidental parece estar más sucio de lo que sus propios portadores logran advertir. Lo que no pone en jaulas lo transforma en peligroso o lo invisibiliza. Esta última es la motivación racista que niega la conformación multi-étnica de la Argentina, tal cual lo enunciado por Mauricio Macri, al describir su imaginario país como compuesto por “descendientes de europeos”.


Hay infinidad de fotos colgadas en las paredes de la historia. Pero en estos días solo se divisan aquellas que grafican la muerte y el llanto. Las primeras acompañando las olas que mojan el cuerpito aun tibio de Aylan Kurdi. Y las segundas, arrasadas por las lágrimas punzantes –en la consciencia del mundo— de Yanele Dennisse Varela Sánchez. Las paredes donde cuelgan esas fotos son la pretendida civilización. Solo que están cada vez más descascaradas.





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