jueves, 19 de julio de 2018

Descubriendo el sufrimiento de Centroamérica



Por Nick Alexandrov *

Foto: Jonathan McIntosh | CC BY 2.0

Parece ser que los expertos y políticos estadounidenses acaban de descubrir que las decisiones de Washington hacen mucho daño a las familias centroamericanas. Para el New York Times, “separar a las familias… es algo nuevo y malicioso” que refleja la “falta de corazón de Trump” y viola los “valores fundamentales estadounidenses”. “Por lo visto, es como si se estuviera pervirtiendo la idea de EE. UU.”, añadía Alex Wagner (The Atlantic). Los Angeles Times piensa que “el enfoque desalmado de la administración respecto a la aplicación de la ley ha cruzado la línea hacia una abyecta inhumanidad”, al abandonar –así se supone que tenemos que creerlo- las prácticas anteriores.

Estas son acusaciones exactas a medias: la política de Trump es maliciosa, cruel, desalmada. Pero no es nueva. Tanto en Centroamérica como a lo largo de su frontera mexicana, Washington ha ayudado desde hace décadas a separar a las familias, obligando a los niños a soportar un mundo sin sus padres y a las madres a hacer frente al repugnante final de sus niños. La inhumanidad abyecta, en otras palabras, es un sello distintivo de la política exterior de EE. UU.

Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras…, revisen sus historias. Se verán aplastados por las evidencias que revelan cuáles son los valores que conforman la conducta de Washington, qué normas gobiernan su conducta en una región donde disfruta de una influencia inmensa. Y empezarán a entender por qué tantas personas tuvieron que huir de esos países. Empiecen por Guatemala: Ríos Montt, el dictador que EE. UU. financió, armó y alentó, supervisando allí el genocidio maya. En un episodio, el 3 de abril de 1982, el ejército guatemalteco invadió la aldea de Chel masacrando a sus habitantes y dejando huérfano a Pedro Pacheco Bop, cuyos abuelos, padres y cinco hermanos (de 2 a 14 años) fueron asesinados y su sangre acabó corriendo por el río Chel, donde las tropas arrojaron a los muertos. Tomas Chávez Brito tenía dos años cuando, siete meses después, el ejército cayó sobre su pueblo, Sajsibán, incendiando su hogar con su madre, hermanas y otros familiares dentro. En las montañas, donde Tomás se escondió durante el siguiente año alimentándose de plantas para sobrevivir, uno sólo puede imaginar cómo la idea de la orfandad, su nueva realidad, se estableció en su mente. La separación de su familia de Margarita Rivera Ceto de Guzmán fue más rápida. Los soldados la acuchillaron en el vientre, matando a su hijo nonato.

Egla Martínez Salazar, al abordar este genocidio, explica que los asaltos a los hogares mayas trasmitían “el mensaje de que los mayas no vivían en familias ‘reales’ sino en ‘modos de vida’ que constituían espacios de crianza para ‘el adoctrinamiento comunista internacional’”. Erradicar estos espacios requería el “asesinato masivo de los niños”, más “el traslado forzoso de los niños mayas supervivientes a familias militares y paramilitares”, tácticas que también adoptaron las fuerzas salvadoreñas en la década de 1980. Además de matar allí a la mayoría de los 75.000 asesinados desde 1980 a 1992 –el tramo en el que Carter, Reagan y Bush I canalizaron 6.000 millones de dólares hacia el país-, “los soldados [también] secuestraron niños en lo que un tribunal internacional denominó ‘patrón sistemático de desapariciones forzosas’”.

Modelos de violencia similares afectaron a Nicaragua y Honduras. La Contra hizo ostentación de su talento a la hora de destruir familias en el primero de esos países, como el 3 de abril de 1984, cuando un millar de Contras asaltó el pueblo de Waslala. Allí, un padre, desesperado por salvar a su mujer y a sus hijos, se refugió con ellos en una acequia. Los Contras lo encontraron y lo sacaron de allí. Lo “torturaron cortándole las yemas de los dedos, después la mano derecha para finalmente matarle a bayonetazos”, y luego lo decapitaron, relata Reed Brody. Como gesto final de la pureza de su misión, los Contra hicieron una cruz a base de cortes en la espalda del muerto. Brody cuenta otra historia: En “El Achote, una banda de Contras sacó a rastras de su casa a un trabajador de la reforma agraria , y enfrente de su mujer y de sus hijos de once meses y tres años, le despedazaron con sus bayonetas. Luego le dispararon a su mujer, aunque vivió lo suficiente como para contemplar cómo le cortaban la cabeza a su bebé de once meses”.

Fue el batallón 316 el que se dedicó a atacar a las familias hondureñas. El Baltimore Sun informaba que la unidad, “entrenada y apoyada por la Agencia Central de Inteligencia”, “secuestró, torturó y asesinó” a cientos de personas en la década de 1980. Un ejemplo: Nelson Mackay Chavarría “tenía 37 años y cinco hijos” cuando el batallón dio con él. Cuando descubrieron su cadáver, tenía “las manos y pies atados con una cuerda” y “un líquido negro salía por su boca”: criolina, la sustancia que se le aplica al ganado para acabar con garrapatas y ácaros”.

En décadas más recientes, el gobierno estadounidense ha convertido la frontera mexicana en una zona donde destrozar familias. Por ejemplo, la Operación Guardián del presidente Clinton “sólo sirvió para dificultar que la gente cruzara la frontera por lugares relativamente seguros, obligándoles a hacerlo por lugares más peligrosos, como el desierto de Arizona", escribeCarolina Bank Muñoz. Subraya que "la política separó a las familias, ya que muy pocas de ellas estaban dispuestas a asumir tales riesgos cruzando juntos una frontera peligrosa". Maggie Morgan y Deborak Anker, citando un trabajo de la ACLU, señalan que “el riesgo de morir mientras cruzaban por Arizona era 17 veces mayor en 2009 que sólo una década antes” y que la “tasa de mortalidad casi se duplicó” de 2009 a 2012 bajo la vigilancia de Obama, “constituyendo los niños el 10% de las muertes de cada año”. Todd Miller estima que esos “Campos de la muerte del suroeste” han acabado con unas 21.000 vidas desde los primeros años de la década de 1990.

No cabe duda de que las políticas de migración de Trump justifican toda la indignación del mundo. Pero las suyas son sólo las últimas del zarandeo de Washington –cuando no eliminación- de las vidas centroamericanas. Si nos engañamos a nosotros mismos, si elegimos creer que sus acciones se derivan de alguna norma moral, nos arriesgamos a quedarnos satisfechos con cambios de política superficiales. Se necesita una revisión más profunda para garantizar el cese del sufrimiento centroamericano.

Nick Alexandrov vive en Tulsa, Oklahoma. Puede contactarse con él en: nicholas.alexandrov@gmail.com

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