jueves, 21 de abril de 2016

Más allá del “Gran Hermano”

Rebelión

Por Enric Llopis

En la película “Enemigo Público”, dirigida en 1998 por Tony Scott, un grupo de agentes de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, dependiente del Pentágono) asesinan a un congresista norteamericano. El actor Gene Hackman afirma: “Cuanto más enganchado estés a la tecnología, más fácil es ficharte; antes, era necesario pincharte la línea, pero ahora los estados la capturan directamente”. Los sistemas de control y televigilancia aparecen de manera recurrente en filmes, como “Minority Report” (2002), de Steven Spielberg, en el que se recrea un mecanismo llamado “PreCrimen”. También en las novelas de ciencia-ficción, por ejemplo “2061: Odysea Tres”, de Arthur C. Clarke. En el campo de la filosofía Foucault define el Panóptico como “una forma de poder, un tipo de sociedad que yo llamo sociedad disciplinaria por oposición a las sociedades estrictamente penales que conocíamos anteriormente; es la edad del control social”. Se trata de una utopía ya realizada, apunta el filósofo.
Sobre el mundo de lo realmente existente, el periodista y exdirector de la edición francesa de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, ha publicado recientemente “El imperio de la vigilancia” (Clave Intelectual”, libro en el que destripa la alianza “sin precedentes” entre el Estado, el aparato militar de seguridad y los enormes emporios de Internet (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), que remiten de modo continuo información a la NSA. Pero el fenómeno no es nuevo. A principios de los años 50 del siglo XX, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda impulsan con mucha cautela la “Red Echelon”, que permaneció ignota hasta las revelaciones de “The New York Times” en 1999. “Echelon es el resultado de una decisión política”, aclara Ramonet. Las informaciones recogidas por esta red de satélites-espía (cables submarinos de fibra óptica, fax, SMS, correos electrónicos o diálogos por teléfono) se desmenuzan en el cuartel general de la NSA, y pueden utilizarse en empresas de carácter político, económico o militar.
El autor de “La catástrofe perfecta” y “La explosión del periodismo” dedica un capítulo del libro a las informaciones difundidas en junio de 2013 por Edward Snowden, exasesor técnico de la CIA que trabajó para una empresa subcontratista de la NSA. Gracias a Snowden la opinión pública ha tenido noticia del Programa PRISM, que la agencia de seguridad estadounidense impulsó en 2007. La iniciativa hace posible que la NSA acceda a los servidores de AOL, Apple, Facebook, Google, Microsoft, Paltalk, Yahoo, Skype y YouTube. Se trata, según Ignacio Ramonet, del “robo de datos más colosal de la historia”. Esta información se transmite además a otras agencias, como la CIA o el FBI. Mucho más allá de “1984” o “Fahrenheit 451”, la NSA puede activar a distancia celulares y ordenadores –aunque estén apagados- y transformarlos en mecanismos de escucha. En sólo un mes (marzo de 2013), la agencia se hizo con los metadatos de 124.000 millones de llamadas telefónicas y 97.000 millones de correos electrónicos. Con independencia de los ejemplos y las cifras, afirma Snowden: “La NSA llega a almacenar la gran mayoría de las comunicaciones humanas, y puede hacer uso de ellas como quiera y cuando quiera”.
Pese a la concreción de las revelaciones, un halo de penumbra rodea al campo de la televigilancia en Estados Unidos, de hecho, “nadie conoce con exactitud el número de agencias que operan”, destaca Ignacio Ramonet. Estimaciones de especialistas apuntan a veintiséis de carácter oficial y otras ocho, anónimas, aunque la mayoría de los ciudadanos estadounidenses desconocían la existencia de la NSA hasta las informaciones de Edward Snowden. Es posible que existan más de 150.000 agentes dedicados a la causa, 30.000 de ellos empleados directamente por la NSA. La parafernalia es infinita en esta entidad dependiente del Pentágono: una red a escala global de satélites de vigilancia, miles de superordenadores, agentes que reúnen y descodifican datos y bosques enormes de antenas satélite para producir más de 50 toneladas de documentos clasificados al día. Prueba del descontrol y la ausencia de normas, es el modo en que operan estas agencias. Gracias a WikiLeaks, se supo en junio de 2015 que la NSA espiaba a Chirac, Sarkozy y Hollande, así como al primer ministro japonés, Shinzo Abe. Tampoco se libraron del espionaje Dilma Rousseff el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y Angela Merkel. El autor de “El Imperio de la vigilancia” resalta la importancia de las embajadas de Estados Unidos –por ejemplo en Berlín o París- para perpetrar las tareas de escucha y control en otros países.
Pero el ciberespionaje no es privativo de la primera potencia del mundo. El documentado libro de Ignacio Ramonet da cuenta de un “gran hermano” francés conocido gracias al periódico Le Monde. Se trata de la Plataforma Nacional de Análisis y Desciframiento de Códigos (PNCD), que funciona desde 2013 dentro de los servicios de información del estado francés, pese a que durante mucho tiempo el ejecutivo negó su existencia. El objetivo es palmario: disponer de un registro completo de las comunicaciones en todo el mundo (no sólo en Francia) durante los últimos cinco años. Estos miles de millones de datos se compartirían, muchas veces en bruto, con los servicios de información de Estados Unidos y Gran Bretaña. Prueba de que no se trata de herramientas excepcionales es el “Programa Tempora”, lo que le permite al estado de Gran Bretaña, afirma Ignacio Ramonet, “acumular cantidades colosales de informaciones robadas”. En sólo un año, 2012, la agencia británica de comunicaciones GCHQ vigiló cerca de 600 millones de “contactos telefónicos”. En el estado español, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) facilitó a la NSA la “intervención” masiva de millones de llamadas de teléfono en diciembre de 2012 y enero de 2013. También los servicios de información alemanes (BND) entregan millones de metadatos al NSA, que permiten averiguar el sujeto, lugar y tiempo en el que se establece una comunicación.
La colusión entre la agencia de seguridad estadounidense y las grandes empresas alcanza niveles rocambolescos. No sólo por los acuerdos con 80 empresas de electrónica e informática que cuidan las infraestructuras de la NSA y le prestan asistencia técnica, sino por los trasvases descarados de información como los del coloso AT&T, que autorizó en secreto –según los archivos de Snowden de los que se hace eco Ignacio Ramonet- a la NSA para que tuviera acceso a millones de correos electrónicos que circularon en Estados Unidos. “Con el pretexto de tratar de proteger al conjunto de la sociedad, las autoridades ven en cada ciudadano a un potencial delincuente; la guerra permanente contra el terrorismo les proporciona una coartada moral impecable”, concluye el periodista.
Ignacio Ramonet pone el ejemplo de los sensores y dispositivos incluidos en portales como Yahoo o buscadores como Google, que permiten espiar los intereses en la red de millones de internautas. Se trata de “chivatos” tecnológicos generalizados, que se hallan en teléfonos móviles, tarjetas de crédito o geolocalizadores. Menos sutil es el caso de las cámaras de vigilancia instaladas en las calles (cuatro millones en el Reino Unido). La obsesión de los estados por la seguridad explica en gran medida este panóptico global, pero no es menos real la dosis de servidumbre voluntaria que afecta a las poblaciones. Encuestas realizadas en Francia señalan que más de la mitad de los ciudadanos aceptan una “limitación” de la libertad en la red si el motivo es la batalla contra el terrorismo. La dimensión real de la amenaza trasciende explicaciones simplistas, como demuestra una iniciativa desplegada en 2009 por la empresa “Internet Eyes” en Reino Unido. Consiste en que ciudadanos que pagan una pequeña cuota desarrollan tareas de control de calles y comercios a través de cámaras de vigilancia. Los que hayan detectados más robos tienen una recompensa a final de mes. “El imperio de la vigilancia” termina con una entrevista del autor a Julian Assange, fundador de WikiLeaks, y otra al politólogo y lingüista estadounidense, Noam Chomsky.

No hay comentarios: