viernes, 15 de septiembre de 2017

Desmitificando la globalización



Por Fernando Luengo *

Quienes reivindican a capa y espada los beneficios de la globalización ponen el acento, sobre todo, en el mayor crecimiento asociado a la apertura e internacionalización de los procesos económicos; estos beneficios de producirían como consecuencia de la intensificación de la competencia, la profundización de los mercados, el acceso al conocimiento y la tecnología más avanzada y la movilidad internacional de los capitales, financieros y productivos. Siguiendo este razonamiento, cabría suponer que los años de más intensa globalización, en comparación con periodos previos, han dado lugar a un plus de crecimiento; asimismo, los países más comprometidos con los procesos de apertura externa habrán cosechado mejor balance en términos de crecimiento.

Las figuras que aparecen a continuación nos aproximan a ambas cuestiones. La primera refleja el comportamiento seguido por el producto interior bruto (PIB) real por habitante (esto es, descontando la tasa de inflación). Los datos se refieren a los años de acelerada internacionalización de las economías, a partir de comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, cuando cobran carta de naturaleza las políticas neoliberales, una de cuyas piedras angulares era precisamente la internacionalización de los procesos económicos (además de la liberalización de los mercados y la privatización de los activos públicos, pack conocido como Consenso de Washington). Para disponer de un horizonte temporal suficientemente amplio, la serie histórica recoge datos desde los años sesenta; y, para no contaminar los resultados, se omiten los de la crisis actual.


Fuente: World Development Indicators (World Bank)

Las dos figuras siguientes relacionan, para una amplia muestra de países (74) y para los periodos 1961/2007 y 1980/2007, el crecimiento registrado por el PIB por habitante y la apertura comercial, medida como la relación existente entre el valor de los flujos comerciales (suma de las exportaciones y las importaciones) y el PIB.



Fuente: Elaboración propia a partir de World Development Indicators (World Bank).

Se desprende de esta información que, en realidad, los años de pronunciada globalización de los mercados, lejos de situar a las economías en una senda de crecimiento pujante, como prometían los defensores de las políticas internacionalizadoras, han cosechado resultados discretos y han sido incapaces de revertir una persistente tendencia a la desaceleración en el ritmo de avance del PIB por habitante. Así las cosas, antes del crack financiero ya era perfectamente visible una tendencia a la pérdida de impulso de la producción. La crisis no ha supuesto, en consecuencia, una quiebra de un proceso de crecimiento sostenido en el tiempo, sino más bien el desplome de economías que, desde las últimas décadas, ya habían mostrado evidentes signos de atonía.

Al respecto, resultan particularmente llamativas las figuras que relacionan la apertura comercial y el crecimiento económico. Tanto si se considera el periodo amplio (1961/2007) como el más acotado (1980/2007), encontramos una relación débil entre ambas variables –la nube de puntos se ajusta a una línea de tendencia con pendiente ligeramente positiva-, también muy alejada de las optimistas previsiones de los “globalizadores”.

Así pues, los beneficios que, supuestamente, debería reportar la internacionalización de las economías no han abierto una etapa de crecimiento económico fuerte y sostenido. Más aún, las economías que han registrado los mejores resultados han sido aquellas que, distanciándose del referido Consenso de Washington, han abordado con prudencia la ruta globalizadora. Gran fiasco de las recetas neoliberales que no ha sido suficientemente enfatizado.

No es este el momento de entrar en el complejo (y necesario) debate sobre los diversos factores –económicos, sociales e institucionales- que dan cuenta de la desaceleración de la capacidad de crecimiento del mundo capitalista. Pero sí es importante poner sobre la mesa los límites, los costes y los beneficios –y su desigual reparto- de la globalización de los mercados. Una globalización que ha estado gobernada por la industria financiera y las grandes corporaciones, que ha descansado en unas instituciones que han defendido sus intereses y que se ha desarrollado en un terreno de juego donde las relaciones de poder han estado claramente desniveladas a favor de los grandes grupos económicos, aquellos que cuentan con mayor capacidad competitiva y que mejor se organizan para defender sus posiciones oligárquicas.

Repetir ahora (y siempre), una y otra vez, el mismo mantra –la recuperación del crecimiento pasa por reforzar el patrón globalizador- carece de sentido a la luz de la evidencia empírica que se acaba de presentar. En lugar de seguir proclamando las ventajas, en términos de crecimiento, de la internacionalización de las economías –como si esa relación hubiera funcionado antes del crack financiero y de la Gran Recesión- se impone una reflexión sobre las restricciones y las contradicciones de la globalización realmente existente. Una globalización que, aunque en lo fundamental presenta las mismas características que la que ha fracasado, ahora avanza en un contexto donde la concentración empresarial es, si cabe, más pronunciada y donde la correlación de fuerzas es todavía más favorable al capital transnacional.

  • Fernando Luengo, profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la plataforma Chamberí por Otra Europa. @fluengoe



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