martes, 29 de septiembre de 2009

Zelaya, el obispo Santos, la profecía, la resistencia antigolpista y la tradición maya

Por Fernando Del Corro* - Mercosur Noticias

El obispo diocesano de Santa Rosa de Copán, Luis Alfonso Santos, hizo conocer su palabra profética, como la calificó al descalificar a los golpìstas hondureños de su país. Su documento es de una contundencia y lucidez impactante. Ayer fue dado a conocer por la agencia “Prensa Ecuménica” (Ecupres) y reproducido por MERCOSUR Noticias.

Santos empieza por rechazar in totum el golpe de estado y precisa los intereses que se movieron para impulsarlo, reivindica al presidente legal, Manuel Zelaya y hace una pormenorizada descripción de la realidad hondureña y de la existencia de un pequeño grupo de detentadores de la riqueza que así intenta frustrar la desarticulación del poder plutocrático para beneficiar a la inmensa mayoría de desprotegidos.
Eso me trajo a la memoria muchas cosas, sobre todo porque Santos es el obispo de la vieja Copán, una de las grandes cunas de la cultura maya, en muchos aspectos no sólo la más avanzada apenas en el continente americano sino también de todo el globo terráqueo, como en las matemáticas y la astronomía. Estos conocimientos fueron fruto del paso por la materia de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires dictada por ese gran maestro que fuera Abraham Haber. Allí conocí a quién fue mi gran amigo hasta su muerte, Alfredo Doctorovich, y también allí, bajo el tutelaje de Analía Whertein realicé una tesina sobre la civilización maya en la que me las arreglé para analizar el increíble sistema económico de la misma que sirvió para dejar los legados arqueológicos supèrstites como ese hoy Patrimonio de la Humanidad que son las ruinas de Copán.
Hecha esta digresión sentimental de rendición de homenajes viene al caso señalar en estas circunstancias lo significativo del documento eclesial que implica todo un llamamiento a la resistencia desde uno de los tres grandes enclaves mayas, sino el mayor. Un pueblo dedicado a la agricultura, el comercio y la ciencia, una suerte de antiguos griegos de Mesoamérica; un pueblo no militarista ni expansionista, pero que llegado el caso fue el que dio la más larga batalla, en su momento, a la colonización española en el continente.
Una resistencia que se prolongó hasta 1697 con la caída de Petén Itzá, en la Península de Yucatán cuando ya la corona de la dinastía de los Habsburgo, próxima a concluir, había conquistado todos los espacios que le interesaban y sólo quedaban sin su control directo aquellos sitios donde no había que saquear. Tal vez porque no tenían pueblos sometidos, los colonizadores no encontraron aliados como inicialmente los lograron en el Imperio Azteca, ni guerras intestinas donde jugar con uno de los bandos, como en el Imperio de los Incas, aunque no faltaron guerras tribales. Los conquistadores fueron bien recibidos en base a una vieja leyenda que tal vez se remonte a un paso, siglos atrás, de los vikingos por la región.
La cuestión es que los pacíficos cultivadores de maíz, con cuyo comercio, según se estima, llegaron a Suramérica y lo aportaron a la alimentación de los pueblos andinos; también pioneros en la impermeabilización con hidrocarburos, desarrolladores de la matemática vigesimal y perfectos calculadores del calendario, mucho más exactos que los de cualquier otro pueblo del planeta hasta no hace mucho, dieron una larga batalla. No pudieron ser avasallados de un soplido. Habían pasado más de dos siglos desde la llegada del genovés Cristoforo Colombo (Cristóbal Colón) en 1492 al Caribe, y casi otros dos del comienzo de la conquista del lugar en 1502, cuando todavía seguían combatiendo.
En términos generales se consideraba que la conquista había sido concluida hacia 1550 y que desde entonces sólo hubo sublevaciones esporádicas aunque alguna de algunas décadas de supervivencia como la del Neoimperio Inca de Vilcabamba. Hoy existen visiones diferentes. Nuevos estudios señalan que la pretendida pasividad de los mayas se basó en lecturas superficiales como algún texto de fray Bartolomé de las Casas, propulsor de la esclavitud de los negros. Otros diversos textos, sobre todo de funcionarios coloniales muestran otro panorama. Los levantamientos eran continuos en las zonas controladas a pesar de la fuerte represión que incluía la ejecución de prisioneros.
Copán, en Honduras, despoblada ya para los tiempos de la ocupación, había sido fundada por mayas procedentes de Petén, en Guatemala, precisamente los últimos resistentes. Su época de gloria transcurrió entre los siglos V y IX y su historia está reproducida en la Escalinata de los Jeroglíficos, el más importante de los muchos sitios arqueológicos de la ciudad abandonada y hallada en medio de la selva por los conquistadores en 1576.
En sus cercanías está la actual Santa Rosa de Copán desde donde el obispo Santos lanzó su llamamiento, un par de días atrás, su palabra profética, en la que reclama que “El grupo de familias, sumamente enriquecidas, con empresas que viven de los proyectos que el Estado financia, con los impuestos que paga la ciudadanía y el dinero que viene de países amigos, debería decir al pueblo hondureño, las causas y razones que las indujeron a dar el golpe de Estado al Gobierno de José Manuel Zelaya Rosales o que desautoricen al Gobierno usurpador”. Una convocatoria a la resistencia desde un enclave cuya historia no es menos convocante.

*Periodista, historiador graduado en la Facultad de Filosofía y Letras (FyL) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la UBA en "Historia Económica Argentina" y subdirector de la carrera de "Periodismo económico" y colaborador de la cátedra de grado y de la maestría en "Deuda Externa", de la Facultad de Derecho de la UBA. Asesor de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional para la Conmemoración del Bicentenario 1810-2010.

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