lunes, 21 de febrero de 2011

Los movimientos de resistencia de Honduras en la encrucijada

Por Breny Mendoza, Ph.D


En los últimos años hemos escuchado mucho hablar sobre el “giro a la izquierda” de América Latina. Se ha hecho referencia sobre todo a Venezuela, Ecuador y Bolivia, pero también a Argentina, Brasil, Uruguay, y Paraguay como países que experimentan profundos cambios sociales, económicos, y culturales de corte izquierdista. Honduras no había logrado incluirse en esta lista, recién con el golpe de estado de junio 2009 y el masivo movimiento de resistencia que produjo se alude a la existencia de una izquierda movilizada en este país. Su adherencia a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, en el 2008 había pasado desapercibida como todo lo demás que estaba ocurriendo en el país no sólo entonces sino por décadas, lo que explica porque el golpe causó gran conmoción en toda América Latina. Se han hecho muchos comentarios sobre el significado que el golpe de estado en Honduras tiene para el gran experimento social de los países del Sur. Algunos de ellos son un tanto contradictorios. ¿Significa el golpe que presenciamos en Honduras la apertura de un “neogolpismo” o sea una cadena imparable de golpes de estado en la región que restaurará la hegemonía de los Estados Unidos y destruirá el “Socialismo del Siglo XXI?” O quizá todo lo contrario, el rechazo global del golpe de estado en Honduras demuestra la fuerza política que los nuevos gobiernos de Izquierda han logrado desarrollar y pone al descubierto la debilidad de la hegemonía de Estados Unidos en la región. Otros han llegado a interpretar el golpe de estado como un golpe contra el mismo presidente de Estados Unidos, Barak Obama, dado que sus reacciones tempranas hacia el golpe revelaron fisuras entre el poder ejecutivo y el Pentágono. Para algunos (especialmente, para la ultra-derecha de Estados Unidos), el propio Obama puede considerarse como parte del giro a la izquierda del hemisferio occidental, como el primer presidente afro-descendiente de los Estados Unidos que debe ser visto a la par con Evo Morales, el primer presidente Amerindio de América Latina. No obstante, como han habido más intentos de golpes de estado apoyados por el gobierno de Estados Unidos después de Honduras (y ya se habían producido otros anteriormente como en Haití, Venezuela, y Bolivia pero no bajo el mando de Obama), como el más reciente en Ecuador, algunos ecuatorianos le dieron un nuevo significado al golpe de estado cuando le gritaron a sus propios golpistas “No somos Honduras” como queriendo decir que un golpe de estado es sólo una desgracia que puede ocurrir en la pequeña “república bananera,” pero no en su propio terreno.

Dejando estas interpretaciones del golpe aparte por el momento, la irrupción de un movimiento de resistencia de masas en Honduras si llamó la atención de algunos y trajo consigo algunas interrogantes. Las escenas de gente empobrecida e intrépida, mujeres y hombres por igual sin importar edades ni razas confrontando tanques y soldados por casi 200 días seguidos tomó por sorpresa no sólo a los analistas políticos de costumbre, sino que a los mismos hondureños. De manera que el deseo de saber más sobre este movimiento de resistencia hondureño ha ido creciendo. Sin embargo, la forma impulsiva en como se supone que este movimiento de resistencia contra el golpe hace su aparición en la historia, le dificulta al observador externo comprender su carácter y el significado que el golpe de estado tiene para los hondureños. Por supuesto que es aún muy temprano decir algo definitivo sobre este movimiento de resistencia en relación a su dinámica interna y su proyecto político (está aún bajo construcción)---- y sobre su posibilidad de realizar cambios sociales similares a los que han logrado otros movimientos sociales en Sudamérica. Pero como bien sabemos, como una ve el progreso del llamado giro a la izquierda y los movimientos sociales en esos países es también todavía materia de discusión. Quizá sea por eso necesario aclarar desde el comienzo que mis comentarios sobre el frente de resistencia en Honduras tienen carácter provisional, son impresionistas, y llevan la intención de ser más una reflexión política que una contribución teórica. También debería agregar que mi visión del movimiento está limitada por mi condición de emigrante de Honduras, y que también está influenciada por mi identificación con las Feministas en Resistencia (una coalición de organizaciones y feministas independientes que se han unido para resistir y organizarse en contra del golpe). Por tanto, es una visión parcializada de alguien que es una persona de afuera pero que al mismo es también una persona de adentro.

Las palabras de un reconocido dramaturgo hondureño, Rafael Murillo Selva, nos pueden ayudar a entender mejor el golpe de estado y el movimiento de resistencia. El nos dice:

“Creo que la irrupción del fenómeno político (lo político forma parte de la cultura) como lo es el Frente Nacional de Resistencia Popular es el acontecimiento cultural más relevante acaecido en nuestra supuesta vida republicana solo comparable a la gesta Morazánica….El surgimiento y formación, desde las más remotas honduras, del FNRP es parecido al de un sismo de alta escala que no deja estructura intacta. En este caso (el de la cultura) se trata del aparato ideológico que le ha dado forma a la socialización de valores, creencias, costumbres, con las cuales se ha armado nuestro tejido social y al cual ese sismo ha venido a resquebrajar o al menos seriamente cuestionar….lo que está siendo modificado. En este caso, resistir es también transformar y cambiar lo que está dentro de nosotros mismos…La manera de hacer política, religión, educación, trabajo, familia, sexo, amor, arte, ciencia, deporte, comunicación, etc. está adquiriendo un nuevo sentido….se estarían cimentando las bases de lo que vendría a ser en nuestro país la emergencia de una cultura verdaderamente contra-hegemónica ¡nada menos! Bertha Cáceres (dirigente del consejo cívico de organizaciones populares e indígenas de Honduras, COPINH) ha sintetizado lo que se está viviendo en amplios sectores de la población: ”el golpe de estado creó al Frente de Resistencia y el Frente de Resistencia cambio nuestra manera de vivir”.

En otra parte de su conversación, Murilla Selva agrega:

(Con el golpe de estado) las gentes que habitamos este suelo hemos adquirido un sentido de pertenencia lo que ha derivado en una apropiación de nuestra propia ruta…Nos hemos racional y emocionalmente historizados (en otras palabras hemos tomado conciencia de nuestro ser ontológico y podemos unirnos más a los procesos de la región). Apropiarse de la historia otorga a quien la asume un sentido de la existencia que va más allá de la propia vida. Es por ello que los asesinatos cometidos contra miembros de la resistencia en lugar de acobardar y desanimar, encienden.”

Así como muchos en la Resistencia, Murilla Selva termina su entrevista mencionando el casi millón y medio de firmas que el Frente ha recogido para convocar una Asamblea Constituyente y expresa sus anhelos por una constitución que nos lleve a un nuevo contrato social que sea:

"…más amable, más justo, más humano, participación, inclusión, dignidad, diversidad en la unidad, tolerancia, comunidad, rechazo a la verticalidad, equidad…” (http://www.redaccionpopular.com/content/honduras-rafael-murillo-selvacultura-
en-resistencia)

Me he extendido en esta cita de Murillo Selva porque en esta entrevista me parece que él logra captar lo que muchos llamarían el renacimiento de Honduras y describe muy bien la estructura de sentimientos y la “experiencia vivida” de aquellos que están inmersos en la Resistencia. La euforia contenida en sus palabras nos recuerdan también las descripciones que se hacen de otros movimientos sociales de la región que protagonizan el llamado “giro a la izquierda.” Su apreciación de la profunda transformación que se está llevando a cabo a nivel de la conciencia de las masas pareciera integrar a Honduras al mapa político cultural del supuesto giro a la izquierda del resto de la región. No más excluida o separada del contexto de las luchas de América Latina como en el pasado, en los años 70 y 80 cuando los demás países centroamericanos se debatían en luchas guerrilleras y Honduras era utilizada como plataforma contrarrevolucionaria por los Estados Unidos, el país pareciera intensificar su comunicación e interacción con otros movimientos sociales de América Latina, revelando así su “sentido de lo latinoamericano” y lo que comparte con otro grupos sociales, regiones y países. (Escobar, 2010, 5)

Podríamos decir que Honduras se ha sumado a América del Sur en la lucha contra el capitalismo colonial/moderno. También ella gira a la izquierda o también ella se enrumba hacia la descolonización. Es decir, ha empezado a ingresar en ese tercer espacio político que hace posible una forma de hacer política que entrelaza distintos movimientos sociales y grandes masas desorganizadas que luego juntas conforman una nueva cultura política, independiente de partidos políticos y de las ideologías tradicionales de derechas e izquierdas. Si, por otro lado, aceptamos la descripción del “giro descolonial” de Nelson Maldonado-Torres como el horror que causan los excesos de la colonización entre los colonizados, entonces los participantes de la Resistencia están manifestando una actitud descolonial también.

Reaccionan con horror al experimentar en carne viva la razón genocida de los colonialismos internos y externos con sus dosis diarias de violencia estatal, el sangrado diario de miembros del Frente, el deposeímiento de los medios de vida de los pobres, y quizá más desconcertante aún la absoluta ilegalidad del nuevo régimen. Los movimientos de resistencia y sus simpatizantes reclaman sencillamente un recomienzo que sea en sus palabras, anti-capitalista, anti-neoliberal, antioligárquico, anti-imperialista, anti-racista y anti-patriarcal.

Que tantos se sientan así y que estas palabras sean parte del nuevo discurso político de los tantos movimientos sociales que componen el Frente de Resistencia indica que los movimientos sociales de hoy estarían preparados para realizar alianzas que constituirían un bloque contra-hegemónico y una nueva lógica del poder que transformaría a fondo a la sociedad. Pero Honduras entra en este proceso de construcción del bloque contra-hegemónico en un contexto internacional muy distinto al que entraron las fuerzas de izquierda de los países de América del Sur cuando lograron tomar control del poder del estado. Hacen su aparición en el momento en que el proyecto de la izquierda empieza a mostrar su limitada capacidad para desprenderse de la lógica capitalista neoliberal y globalizada y cuando se ha empezado a dudar seriamente de la capacidad que tiene el estado para realizar las cambios estructurales necesarios para transformar a la sociedad. Los movimientos de resistencia en Honduras surgen cuando el giro descolonial del bloque del Sur liderado sobre todo por movimientos indígenas empiezan a ser cuestionados por algunos movimientos sociales al ser acusados de “andinocéntricos” o cuando el proyecto por la “re-indianización” de la sociedad se encuentra con las criticas anti-patriarcales de algunas corrientes del feminismo y de otros grupos étnicos, es decir, cuando empiezan a verse las contradicciones internas. El frente de resistencia también entra en la escena en la cúspide de la crisis del capitalismo y al momento en que el decadente imperio estadounidense vuelve su atención hacia América Latina e intenta remilitarizar toda la región. Pero quizá más importante, se instala cuando el bloque hegemónico en Honduras ha cerrado filas como nunca antes en su historia y cuando las ultra-derechas del mundo acuden a su ayuda. Esta coyuntura política desafía el proyecto del Frente Nacional de Resistencia Popular y ciertamente pone en cuestión su posibilidad de asumir el poder al corto plazo, pero al mismo tiempo, esto nos da la oportunidad de revisar las estrategias y modelos políticos que otros han utilizado para el cambio social.

Lo que sigue es una reflexión de las estrategias que el Frente ha privilegiado hasta este momento, de los modelos políticos que ha preferido. También hago una reflexión sobre las tensiones que existen entre el liderazgo mayoritariamente masculino del Frente de Resistencia y el movimiento feminista y sobre lo que las feministas podrían hacer para articular su agenda dentro del Frente.

La política del Frente Nacional de Resistencia Popular y el problema de la Asamblea Constituyente
El frente de Resistencia ha tomado prestado el lenguaje de los movimientos sociales de países como Venezuela, Ecuador, y Bolivia. Ha reciclado conceptos tales como la refundación del estado y la descolonización para elaborar su propia política. También ha recurrido a las mismas estrategias políticas de estos países. Es así que ha escogido como estrategia principal la refundación del estado mediante una asamblea constitucional que estaría a cargo de rehacer la constitución con la participación directa de la población. Esta sería una nueva constitución libre de la colonialidad del poder que rige nuestra vida social desde la conquista y transformaría profundamente las relaciones de género, raza, clase, y sexualidad que surgieron del coloniaje y del orden capitalista que se desprende del mismo, y nos devolvería la soberanía popular perdida. Como en otros procesos de descolonización de la región, mucho se espera de esta nueva Magna Carta. En Honduras parece que se convirtió en una mantra del movimiento de resistencia. Pues hasta hace poco redactar una nueva constitución era la única estrategia y definía en sí la filosofía política del movimiento. La Magna Carta desde esta perspectiva no solo re-codificaría lo social en la redacción de un conglomerado de leyes sino que se convertiría en algo como una “escritura sagrada” de la justicia social. Encarnaría el nuevo contrato social que conduce a la descolonización—porque estaría escrito desde las profundidades de la sociedad y no desde sus alturas como en el pasado.

Básicamente, dictaría la ley de la descolonización. Restauraría las libertades usurpadas desde la colonia que se habían reservado sólo para los colonizadores (internos y externos) y las haría la ley, la nueva razón de estado. O sea, el estado como en otros países de izquierda de América Latina se visualizaría como el actor principal y la constitución sería el vehículo que nos llevaría a hacia una sociedad refundada y descolonizada.

Sospecho, sin embargo, que se le están atribuyendo poderes sociales a la constitución, que muy probablemente no tiene la facultad de ejercer, sobre todo siendo ésta primordialmente un documento legal. De este hecho están más conscientes las bases que muchos de los líderes nacionales que más bien ven en la Asamblea Constitucional una oportunidad política personal en un proceso electoral. En el Segundo Encuentro hacia la Refundación de Honduras en marzo del 2010, algunos delegados de algunos departamentos le recordaron a los presentes que la Asamblea Constituyente no era un mero asunto legal, sino más bien un ejercicio para negar la prioridad de lo jurídico sobre lo social, y que en última instancia, la meta era desarrollar prácticas (estrategias) fuera del estado que nos llevaran a su eventual desaparición. Es decir, que hay una conciencia clara sobre los límites de una constitución en la actualidad y existe el deseo de construir una sociedad no constreñida por el marco estatal en algunos sectores del frente de Resistencia. No obstante, la reforma de la constitución tiene una particular urgencia en el caso de Honduras no sólo porque la constitución actual ha sido utilizada para prevenir cualquier participación real de la población en los asuntos públicos de la nación, sino porque la constitución sirvió de pretexto para ejecutar el golpe de estado. Desde el punto de vista oligárquico o de los golpistas, el golpe debía preservar la integridad de la constitución; el golpe representaba la manera de solucionar la “crisis constitucional” que había provocado el intento de Zelaya de consultar a la población sobre su deseo de una Asamblea Constituyente. El régimen de facto de Micheletti que asume el poder después del golpe fue considerado una “sucesión constitucional” que legitimaba el golpe. Es decir que aquí, la constitución esta al centro de la disputa. En Honduras los discursos legales y la jerga constitucional adquirieron vital importancia en la ejecución y legitimación del golpe y predeterminaron en sí las propias posiciones del Frente de Resistencia en su lucha por el poder.

No soy ninguna erudita de la ley, pero creo que hay algunas cosas que podemos observar de la centralidad que obtuvo la ley en la ejecución del golpe, y del carácter fetichista que parece tener la constitución para la derecha en Honduras, y hasta cierto punto, para la izquierda--eso mientras la constituyente se mantenga como una estrategia privilegiada. Acudir a la ley para arrogarse el poder soberano ya sea para crear doctrinas legales fabricadas para la ocasión, en el caso del golpe para usurpar el poder o reconstruir el poder popular redactando una nueva constitución en el caso del frente de Resistencia están en el corazón de esta lucha.

El golpe reveló para mi por lo menos dos cosas en relación a lo que llamaré la perversidad de la ley. En primer lugar, la oligarquía local y el Pentágono de los EEUU lograron consolidar su poder asegurándose de una forma de gobernabilidad que no sólo es ilegal sino que además no necesita rendirle cuentas a nadie, es decir, suspendiendo la ley y efectivamente reemplazándola con códigos militares, ahora lo paradójico es que lo hizo bajo el supuesto de la ley.

El golpe y la anulación o la des-consumación de la ley le abrieron tal herida a la soberanía popular que ha sido considerada por la mayoría de las hondureñas y hondureños como insoportable. Más aún, la legitimación del golpe después de la farsa electoral significó que el estado obtuvo un poder indefinido que ahora puede usar para suspender y fabricar la ley a su propio antojo. Una conclusión lógica es que la única manera de recuperar la soberanía popular es mediante la restitución del estado de derecho a través de una constitución.
El problema, sin embargo, es que la oligarquía considera que la constituyente fuera de su dominio de poder constituye una aberración legal. La oligarquía ha creado una retórica que justifica en nombre de la legalidad y la constitucionalidad la crudeza de su poder. Si lo pensamos bien, esto no parece tener sentido pero esa es la lógica del estado de excepción. La oligarquía circunscribe el espacio en el cual el discurso político puede darse y determina que la subjetividad política puede darse sólo consigo misma (es decir, la subjetividad política debe ser siempre oligárquica). La oligarquía cree poseer la prerrogativa del poder y no acepta ningún cuestionamiento de esta presunción. Por eso, la alianza que tejió Manuel Zelaya Rosales con los movimientos sociales de los pobres y su intento de llamar a una Asamblea Constituyente representa una grave transgresión que sólo puede ser correspondida por un golpe de estado y un estado de excepción o mediante la suspensión de la ley y su toma absoluta del poder soberano. Desde el punto de vista opuesto, se piensa que la Asamblea Constituyente recupera y le devuelve el poder soberano al pueblo.

La constitución crearía las condiciones necesarias para que el pueblo recobrara su agenciamiento político. A la constitución se le usa de manera táctica también, porque la constitución le otorgaría legitimidad al Frente de Resistencia dentro de un marco legal que estaría inscrito en el estado. Al mantener la forma del estado el Frente quedaría redimido ante aquellos que lo oponen en la sociedad---la ley lo respaldaría aún cuando ello supondría una reorientación de las normas políticas. Establecería nuevas reglas del juego en el país, un nuevo juego político en el cual el Frente de Resistencia se convierte en el jugador más importante. Es por eso que el golpe y la suspensión de la ley han hecho que la restitución de la soberanía popular sea lo más importante, pero también han impuesto las reglas del juego que las fuerzas opositoras deben seguir para ganar el poder. La ley trata todo lo relacionado con el poder, sobre todo el poder estatal para gobernar una población.

En segundo lugar, el golpe puso al descubierto la plasticidad de las leyes (o su fragilidad; las leyes están hechas para romperlas e intiman con el poder) al hacer palpable como la ley puede usarse para romper la ley y lo fácil que es torcerla. Como nunca antes, la ley se revela como una táctica o un instrumento para maximizar el poder del estado, pero curiosamente, en el momento de su suspensión. Al usar un discurso legal y el recurso militar o tácticas legales y tácticas militares pare justificar el golpe, la forma Estado que surge del golpe se transforma en un estado desmantelado; un estado que se desarticula en un conjunto de poderes represivos que existen fuera del aparato del Estado mismo; es así como fuerzas especiales para-militares, el crimen organizado, y las bases militares estadounidenses constituyen ahora los verdaderos poderes del estado y el poder de las oligarquías locales. Es por eso que Honduras experimentó el golpe y su continuidad como un colapso total del sistema legal y ha sido poseída por una sensación de indefensión total.

Se podría decir que Honduras subsiste en un campo extra legal (ello incluso se refleja en el no-reconocimiento del gobierno golpista por la comunidad internacional, su expulsión de la OEA y su posición paria en los cuerpos internacionales) y que el estado golpista del Presidente Lobo es una forma estado que depende de un poder extra-legal. Es un estado que sólo puede sobrevivir de la combinación de la ley con la violencia.

Por eso no sorprende que uno de los últimos gestos del Departamento de Estado de los Estados Unidos hacia Honduras haya sido proveer más apoyo a la policía y el ejército (sabiendo que son los responsables de la mayoría de las violaciones de los derechos humanos desde el golpe).

Es irónico, pero parece ser que los países que están regidos por graves injusticias sociales y condiciones claras de colonialidad del poder como Honduras, los legalismos, el “cumplimiento” de la ley, y el constitucionalismo proveen la mejor plataforma para suspender la ley y privar del derecho de representación a los grupos oprimidos. Esto puede explicar porque el movimiento de resistencia haya escogido a la constitución como su única estrategia, pero es por eso mismo que se necesita una nueva configuración del poder y un nuevo marco teórico, la revisión de los modelos de pensamiento y de ejercicio del poder que puedan romper con el imperio de la ley tal como la conocemos hoy.

Curiosamente, la Magna Carta ampliamente vista como el documento más importante de la democracia surgió de las mismas tradiciones legales y culturas políticas que la izquierda y el decolonialismo dicen querer liberarse. El decolonialismo se propone trascender la democracia liberal representativa en favor de la democracia directa y desea recuperar las formas tradicionales locales de codificar lo político. No estoy segura si recobrando las formas políticas de la democracia liberal representativa que históricamente ha asegurado el gobierno de los más poderosos es la mejor manera o si las constituciones son las que mejor le sirven a la democracia directa, no obstante, los procesos constitucionales, o el camino hacia la constituyente pueden serlo. Entonces, no quiero decir que la estrategia del Frente de re-escribir la constitución sea una mala decisión, y espero haber sido clara. Mi punto es sencillamente que no se debería de esperar mucho de una constitución o un documento legal codificado en la escritura---como parece ser el caso a veces del Frente de Resistencia, o por lo menos de algunos de sus líderes a nivel nacional. Quizá sea relevante recordar que las tradiciones constitucionales han sido casi siempre utilizadas para inscribir la exclusión; aún aquellas escritas como partes de procesos emancipatorios (como la constitución de los Estados Unidos que excluyó a mujeres y negros) han inscrito la exclusión.

Las constituciones como documentos que promulgan la refundación de la nacion (o los procesos de construcción de la nación) pueden y de hecho han terminado siendo recodificadas en el pasado para asegurar la continuidad del colonialismo en formas muy creativas por los nuevos dirigentes o señores del proceso. Esto ha ocurrido aún en las constituciones aprobadas recientemente en algunos de los países que están atravesando el giro hacia la izquierda. Es entonces importante quien dirige o señorea el proceso. Es importante plantearse la pregunta feminista: ¿Pueden las herramientas del amo desmontar la casa del amo? ¿Puede la Asambiea Constituyente desmontar el poder oligárquico? Una podría decir que la diferencia hoy radica en que la concepción de una constitución descolonial es que las nuevas constituciones emanan del pueblo y no de abogados constitucionalistas y partidos políticos de la clase dominante.

El pueblo no delegaría sus poderes a un cuerpo político separado o un cuerpo político separado de la comunidad escribiría la constitución en nombre de ella.

Los cuerpos políticos estarían enclavados y constituidos por la comunidad y se establecería un proceso que garantizaría que la comunidad sea la que dicta el contenido de la constitución. El poder constituyente o los delegados del pueblo encargados de escribir la constitución obedecerían sin mediación el poder del pueblo o como dirían los Zapatistas y los intelectuales descoloniales “mandarían obedeciendo.” Pero si este es el caso, el proceso político hacia la constitución es más importante que lo que puede llegar a ser el documento. La constitución en vez de ser un códice petrificado que regula las relaciones sociales debería ser visto como un producto inacabado, fluido, siempre sujeto al cambio, siempre negociando el carácter no fijo de lo social. La constitución no puede ser un fin en sí mismo, más bien debería ser un medio para llegar al poder popular, una manera de construir el poder popular que reside al nivel de la comunidad y no al nivel del individuo jurídico aislado o la ciudadana o el ciudadano atomizado que participa en unas elecciones para depositar un voto y que renuncia a su propio poder en pos de un cuerpo político que dice representarle. Más importante aún, creo que la constitución debería ser un libro abierto sin márgenes ni límites, siempre encontrándose los huecos, las rajaduras, los espacios para negociar, transformar, transgredir y trascender la yuxtaposición de lo diferente y antagónico de las posiciones sociales que siempre están presentes, que siempre forman parte de la complejidad de lo social. El proceso constituyente debería ser interminable, permanecer siendo siempre un proceso, nunca un libro en las manos de los políticos y los abogados y las instituciones del estado; debe ser un proceso cívico siempre perteneciente al pueblo, nunca abandonando la comunidad, simplemente un proceso, que nos ayuda constantemente a lidiar con la situación trágica de tener que hacer comprensible, aprehensible, negociable, reconocible, y reconciliable puntos de vistas incompatibles (el punto de vista oligárquico, el punto de vista imperialista, el punto de vista feminista, masculinistas, etc.) que no parecen permitir alguna concesión o compromiso porque todos reclaman una razón social para sí. Si habremos de reexistir socialmente o recodificar nuestras relaciones sociales lo que nos parece irreconciliable debe ser atendido, tomado en cuenta. La justicia social no puede decretarse. Creo que la comunidad o la noción pueblo amerita una reflexión a estas alturas porque parece que lo irreconciliable ya está integrado o que la comunidad está constituida por la comunidad menos lo irreconciliable. Da la impresión que lo irreconciliable está fuera de la comunidad y por tanto es indigestible e imposible de metabolizar.

Primero, debemos detenernos a pensar el concepto de “pueblo” que utiliza el frente de resistencia y muchos otros movimientos sociales de la izquierda. El concepto pueblo presupone un bloque contrahegemónico (o una comunidad de resistencia que siempre es contrahegemónica) que ya ha armonizado las contradicciones internas en base a diferencias de género, raza, clase, y sexualidad o que por lo menos está tan avanzado en el proceso que el bloque contrahegemónico que surge en la historia como “pueblo” es una comunidad de resistencia que ha devenido indivisible (particularmente hacia lo irreconciliable que está fuera). Ha entendido la universalidad de todas las luchas aún en su expresión en un lenguaje de particularidades. Comprende que el sufrimiento social de las mujeres y la comunidad LGBTT es tan injusto como el de las comunidades indígenas, garifunas, campesinas, sindicalistas, etc. o viceversa.

En otras palabras, el bloque contrahegemónico habría desaprendido la costumbre de crear jerarquías que valoran algunas opresiones más que otras o que niegan su existencia por completo. Habría inventado tecnologías sociales que subdesarrollan las diferencias al interior del bloque contrahegemónico que dividen al pueblo. En términos feministas, el pueblo o el bloque contrahegemónico habría aprendido a pensar en el lenguaje de la interseccionalidad de la colonialidad del poder, es decir, habría entendido la forma en que la colonización interna y externa convergen históricamente para crear sistemas de poder que actúan simultáneamente y se determinan mutuamente para generar exclusión y subordinación en unos y en otros privilegio. Tendría que haber concluido que tal como la idea de raza fue esencial para dividir y degradarnos en el proceso de colonización y de construir la clase social en el orden colonial/moderno capitalista, así mismo lo fue la creación de género y la heteronormatividad. El bloque contrahegemónico habría entonces hecho de la política de la interseccionalidad su lógica del poder para evitar una codificación falologocéntrica y heterosexista en el proceso constituyente como en el códice mismo; habría pensado las formas de prevenir que el mestizaje o cualquier otra construcción racial se convierta en norma hegemónica que discrimina contra los indígenas y afro-descendientes (y otros grupos étnicos que conforman la nacionalidad como árabes y chinos); pero también ha empezado a pensar creativamente como conjugar la diversidad o el mestizaje que surgió de la colonización sin tener que recurrir a ideas de autenticidad o ideas esencialistas y románticas de un pasado pre-colonial que sólo sirven para crear nuevas diferencias, nuevas dualidades, y nuevas jerarquías y exclusiones entre los indígenas (o pueblo originario) y no-indígenas. Tal parece que el concepto de pueblo o bloque contrahegemónico tal como lo utiliza el frente de resistencia que ha sido tomado de la izquierda tradicional popular e incluso del decolonialismo de Dussel puede estar presuponiendo demasiado. Pero, claro está, que exigir un discurso coherente o una comprensión feminista de cómo se constituye el poder y la forma en como ello complica la conformación de un bloque contrahegemónico libre de contradicciones internas es pedir mucho más de lo que el presente proceso político permite y lo que su carácter transicional puede proveer. Pero debe entrar en el debate más y más a medida que las tensiones se acumulan en ciertos sectores del movimiento de resistencia.

Las Feministas en Resistencia (FeR) podrían ser un ejemplo. Las FeR forman parte del comité ejecutivo y político del frente y han hecho varios esfuerzos por introducir su agenda en la visión que el frente construye lentamente en sus documentos y declaraciones públicas. Sin embargo, sus puntos de vista son sistemáticamente omitidos y sus contribuciones silenciadas. En Honduras esto es importante porque la mujeres constituyen un contingente importante del frente y el estado de terror las ha convertido en un blanco especial de represión. Seis mujeres a la semana son asesinadas en Honduras. A menudo las FeR se preguntan si han de invertir tanto esfuerzo en ese frente de lucha.

Las tensiones entre el feminismo y los gobiernos u otros movimientos sociales de la izquierda en otros países de América Latina se encuentran por doquier.

Algunas feministas resisten, por ejemplo, la noción de la complementariedad de género que propagan los movimientos indígenas y cuestionan la validez de conceptos tales como la colonialidad de género de María Lugones arguyendo que presuponer que género no existían antes de la colonia oculta la opresión de género que existe hoy. Los movimientos indígenas así como otros movimientos sociales critican la predominancia urbana, mestiza-criolla de los movimientos feministas o su apego al liberalismo porque se han concentrado en reformas legales e institucionalizado demasiado. Todas estas contradicciones conspiran en contra de la cohesión interna que los conceptos de pueblo y el bloque contrahegemónico presuponen. El pueblo o el bloque no necesariamente reconoce todas las formas de sufrimiento social que ocurre a su interior, pero deberá hacerlo para transformarse en una sociedad más justa. También tendrá que lidiar con ese otro irreconciliable, ese otro externo: el bloque hegemónico, el bloque imperialista que pueden tener rostro de mujer como bien puede tener rostro de hombre negro o blanco, el rostro del rico como el rostro del obrero, el rostro del indígena como del mestizo, el rostro del heterosexual como de LGBTT. No podemos eludirlo. Las contradicciones viven dentro de nosotros y debemos encontrar la forma de entenderlas, desaprenderlas, deshacerlas, y volverlas parta del proceso constitucional.

Quijano y otros latinoamericanistas han sugerido recientemente que América Latina aunque de manera incipiente, ya ha desarrollado nuevas formas de existencia social que están libres de dominación basadas en raza, etnicidad, e incluso género. Hemos producido nuevas formas comunales de vivir creando nuevos sistemas políticos, libertades y autonomías individuales que expresan nuestra diversidad social y solidaridad; estamos aprendiendo a decidir democráticamente lo que queremos producir usando tecnologías modernas en forma idónea; estamos ampliando las nociones de reciprocidad en la división del trabajo y la distribución de bienes y valores etc. Esta forma audaz y poderosa de describir América Latina contrasta por supuesto con otra realidad que coexiste con toda esta experimentación social: femicidios, el aumento de la homofobia y transfobia, el crimen organizado, las más altas tasas de criminalidad del mundo, maras violentas de jóvenes, el tráfico de humanos, migración masiva, etc.

En Honduras como hemos dicho mueren violentamente seis mujeres semanalmente, y tiene una de las más altas tasas de criminalidad de la región y quizá del mundo con una tasa de 66 asesinatos por cada 100,000 habitantes, y también las tiene Venezuela, un país líder del “socialismo del siglo XXI.” De forma que estas nuevas prácticas sociales que tienen la capacidad de revertir la colonialidad del poder existen paralelamente con una violencia ciega y sin sentido en nuestra vida cotidiana. Esta realidad nos obliga a examinar las nuevas prácticas sociales en su contexto total y en con toda su complejidad.

En el caso particular de las FeR de Honduras, sabemos muy bien que no bastará la inserción de artículos en la constitución que contienen una agenda feminista para ponerle fin a la violencia contra las mujeres, y la disparidad de ingreso etc. Antes de que ello suceda, tendremos que elaborar metodologías que entrenen a feministas y no-feministas a ver la cuestión de género como una cuestión universal para revelar lo que la lucha específica de las mujeres tiene en común con el resto de las luchas sociales; para convencer a los demás de que la lucha contra el patriarcado que opera en todos los dispositivos del poder es ineludible en las estrategias de todos los movimientos sociales que conforman el frente de resistencia. Las feministas tendrán que crear una política de alianzas con no-feministas. Tendrá que sobrepasar sus límites. La política de la izquierda no ha logrado entender la dialéctica entre la universalidad y particularidad.

Los hombres de la izquierda se han apropiado de la universalidad al auto-asignarse la norma universal de todas las luchas a ellos mismos, excluyendo y negando lo femenino y en ese acto borran su propia particularidad.

Las feministas mismas participan en su exclusión al articular su condición social en un lenguaje de particularismos y de esta manera reprimen su propia universalidad. Estas posiciones de hombres y mujeres se cancelan mutuamente y permiten que las injustas relaciones de género, clase, raza y sexualidad se reproduzcan ad infinitum. En estas circunstancias, es muy difícil de construir alianzas políticas. Sin embargo, si se asume una política de interseccionalidad como estrategia central del frente de resistencia es posible comenzar a abordar las contradicciones internas que existen en el seno del bloque contrahegemónico. La política de interseccionalidad puede ser una buena estrategia para guiar el proceso constituyente o constitucional. No hacerlo podría condenarnos al fracaso o sencillamente permitiría una parodia de contrapoder que nos devolvería al punto cero.

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