miércoles, 27 de febrero de 2019
Prólogo del libro Las cenizas de Prometeo
Rebelión
Por Joaquim Sempere
El libro fue presentado el último 28 de enero en Barcelona. A las 18.30, calle Calàbria, 66 (metro L1, parada Rocafort)
Dos siglos largos de industrialismo capitalista han transformado radicalmente el metabolismo de las sociedades humanas. La especie humana vivió hasta la revolución industrial a expensas de la energía solar para alimentarse, calentarse y producir los objetos necesarios para vivir. La fotosíntesis era el gran milagro que hacía posible su existencia sobre la Tierra –y lo sigue siendo—. Mientras duró esta prolongada fase de su historia, la humanidad tuvo un impacto limitado sobre el medio ambiente natural. Sus técnicas eran sencillas, con escasa capacidad para transformar ese medio. No obstante, el dominio del fuego, en los tiempos lejanos del Paleolítico, le proporcionó ya un arma temible con la que produjo alteraciones importantes en la biosfera, especialmente la deforestación de grandes extensiones, que señalaban a aquel recién invitado al festín de la vida como un intruso peligroso. Resultó, en efecto, un invitado destructivo para la biosfera y las otras especies vegetales y animales que contenía, pero también para sí mismo. La creativa imaginación humana resultó una novedad dañina en la compleja trama de la vida trabajosamente construida durante millones de años de evolución.
La revolución industrial iniciada a finales del siglo XVIII en Europa occidental supuso un cambio cualitativo. La humanidad dejó de contentarse con la economía circular de la naturaleza, basada en la fotosíntesis y movida por la energía solar, y empezó a explotar la corteza terrestre al darse cuenta de que contenía cantidades enormes de combustibles y una variedad ingente de materiales, antes desconocidos, que permitían desplegar un mundo de objetos artificiales sin parangón con nada de lo conocido anteriormente. La economía circular –en la que los materiales circulan sin cesar movidos por una energía sin fin, reciclándose sus residuos como recursos para volver a empezar— dejó paso a la producción de residuos contaminantes en una superficie terrestre finita, cuyos tesoros empezaron a ser consumidos con voracidad. De entrada esos recursos parecieron infinitos e inacabables, hasta que, con el tiempo y con el crecimiento de la población humana, se empezó a percibir su agotabilidad.
Todo esto fue posible porque desde el siglo XVI había tenido lugar lo que se conoce como revolución científica, que había aportado conocimientos nuevos y métodos eficaces para ampliar el alcance de la intervención humana. Y a la vez porque se impuso un sistema económico, el capitalismo, cuya dinámica expansiva empuja al dominio creciente e incesante de todos los recursos de la Tierra y a la explotación y alienación del trabajo humano al servicio de la acumulación de dinero en pocas manos.
Hoy estamos despertando del sueño. Pese a las mejoras indudables aportadas por la modernidad tanto en lo material como en lo espiritual, vemos con inquietud creciente un aumento de las injusticias, violencias y desigualdades y un planeta devastado por la ambición humana. Desde hace unas pocas décadas el sueño ilustrado retrocede ante un escepticismo relativista. La confianza en la capacidad de mejora de la condición humana cede ante el cinismo postmoderno. Los experimentos sociales del siglo XX que pretendieron mejorar el mundo fracasaron, arrastrando muchas ilusiones. Fascismo y estalinismo revelaron que la modernidad era capaz de engendrar monstruos, y se llevaron por delante muchas ilusiones de progreso social. Pero esto no explica todo el cambio de clima espiritual a que estamos asistiendo. El socialismo fracasó como proyecto liberador, y a la derrota militar del fascismo siguió un capitalismo globalizado que, pese a la buena prensa de que aún goza en muchos ambientes, está resultando una catástrofe para la especie humana y para la vida sobre la Tierra. Con este capitalismo se han desatado tendencias perversas que desbordan todos los límites de una vida humana equilibrada y conducen a una agresión global contra la biosfera y a unas relaciones humanas basadas en la rivalidad e insolidaridad generalizadas. Las desigualdades crecen desmesuradamente. Las tensiones bélicas no amainan y se vuelven más peligrosas que nunca, dada la potencia destructora de las técnicas armamentísticas. Tras la segunda guerra mundial, el sueño europeo de una era de paz y equidad próspera pareció viable durante dos o tres décadas (a condición de cerrar los ojos a lo que estaba ocurriendo en el Sur del planeta, que se resume en una ofensiva neocolonialista de gran envergadura). Pero la prosperidad europea estaba también pervertida por un programa destinado a asegurar el predominio indiscutido de un orden socioeconómico basado en el poder del gran capital y orientado a su acumulación indefinida, a cualquier precio. El precio humano ha sido mucho más gravoso y destructivo de lo que percibe una opinión pública manipulada. La retórica a favor de la libertad coexiste fuera de Europa con dictaduras y tiranías de todo tipo y en Europa con la aceptación de un neofascismo rampante y con el cierre de las fronteras a los fugitivos del hambre y la guerra. La ideología imperante es un pseudoliberalismo liberticida interesado exclusivamente en garantizar las ganancias del gran capital y la concentración de poder en manos de una oligarquía sin consideración alguna por la seguridad y la dignidad de las personas. Se trata de una ideología que santifica una carrera absurda hacia la nada, que estimula el consumo por el consumo, con independencia del sentido de este consumo. Esto dibuja un panorama desolador, amenazante y angustioso. Que millones de jóvenes lleguen cada año a la edad adulta sin saber qué espera de ellos la sociedad y qué les ofrece, es una señal inequívoca de fracaso colectivo. No es de extrañar que abunden las conductas antisociales, la evasión y la desesperanza, y que no haya propuestas colectivas estimulantes.
¿Por qué, en tal situación, no aparecen proyectos alternativos de sociedad? Porque, como se ha dicho, otros proyectos anteriores fracasaron y porque la dominación espiritual de los poderosos se impone. Pero también porque hay una compleja estructura de interdependencias difícil de transformar en un punto cualquiera sin afectar a muchos otros puntos: de ahí el inmovilismo imperante y la desazón de quienes desearían cambiar, o comprenden que sería ventajoso hacerlo, pero se sienten atrapados en la telaraña paralizante de la globalización. El postmodernismo se puede interpretar como la reacción de la zorra de la fábula que no puede dar alcance a las uvas y se convence de que están verdes. Durante tres siglos hemos alimentado el fuego de Prometeo con una abundancia de combustible que nos parecía inacabable. El agotamiento de las fuentes fósiles de energía va a dejar pronto un rescoldo de cenizas donde ardió el fuego prometeico. Y de entre los males que se escaparon del cofre de Pandora, tres de ellos, la Desmesura, el Afán de Lucro y la Ambición de Poder, han crecido cancerosamente y se han apoderado del mundo. Las promesas de mejora se han transmutado en guerras, tsunamis financieros, amenazas ecológicas y desigualdades crecientes que generan malestar e indignación. Pero, como dice Axel Honneth, “a esta indignación masiva parece faltarle aquel sentido normativo orientador, aquel olfato histórico para el objetivo de una crítica, de modo que la indignación queda extrañamente muda y vuelta hacia sí misma; es como si al malestar reinante le faltara la capacidad de pensar más allá de lo que existe y de imaginar un estado social más allá del capitalismo”. [1] En efecto, la indignación no se traduce en proyectos de cambios más allá del capitalismo, lo cual nos deja peligrosamente desarmados ante unos riesgos que, como se argumenta en estas páginas, son una amenaza grave. Hace falta imaginar una alternativa democrática ecológicamente consciente, un ecosocialismo. Sin una alternativa de este tipo, los riesgos de colapso se vuelven más peligrosos, al faltar una guía para reconstruir la sociedad o reorientar sus pasos. El texto que el lector tiene entre las manos se atreve a proponer no sólo salidas genéricas en la línea de una democracia ecosocialista, sino también medidas más específicas para hacer frente a los peligros de colapso y, en particular, al peligro más inmediato: el agotamiento de las fuentes energéticas que sostienen la vida humana hoy.
Desde hace poco hemos empezado a darnos cuenta de la tragedia hacia la que nos encaminamos. En 2002 el Premio Nobel de química Paul Crutzen inventó el término Antropoceno para indicar que la Tierra ha sido transformada por la especie humana hasta tal punto que se puede considerar que hemos entrado en una nueva era geológica, posterior al Holoceno, marcada por el hombre como nuevo agente geológico. El cambio climático de origen antrópico es el síntoma más conocido de ello, pero hay otros. Por ejemplo, según estimaciones hechas a finales del siglo XX, los minerales extraídos de la superficie terrestre y del subsuelo, incluidos la sobrecarga desechable y los combustibles fósiles, representan una cantidad que multiplica por un factor de entre 3 y 6 la cantidad de sedimentos movidos cada año por todos los ríos del mundo. Estas cifras dan una medida del poder alcanzado por la humanidad en su relación con el planeta.
El capitalismo lleva al paroxismo los rasgos humanos de desmesura, ambición de poder y afán de lucro, y los combina con una técnica muy poderosa, dando como resultado la enorme afectación de la biosfera a la que asistimos. En muchas sociedades anteriores los rasgos morales mencionados han existido también, a veces muy exagerados, pero coexistiendo con sistemas de valores éticos que trataban de refrenarlos para reducir su capacidad para destruir la convivencia social. Bajo el capitalismo estos rasgos no sólo no se refrenan, sino que se celebran. La costumbre y las leyes, por ejemplo, aceptan que un inversor cierre empresas viables, que dan beneficios, arruinando las vidas de cientos o miles de personas asalariadas que trabajan en ellas si en otro negocio puede obtener mayores beneficios invirtiendo en él su capital. El afán de lucro, pues, en el capitalismo no sólo no se considera una lacra moral, sino que, por el contrario, se celebra como una virtud que acrecienta la riqueza –en realidad, la riqueza de unos pocos en detrimento del bienestar y la dignidad de otros muchos—. El capitalismo es un sistema necrófilo que antepone un valor abstracto –el valor de cambio, cuantificable, de las mercancías— a las personas y a la preservación de la vida.
Sabemos cada vez mejor que, de no ser corregida, la evolución económica y ecológica de la humanidad, guiada por la lógica acumulativa del capitalismo, conduce a un callejón sin salida. Sabemos que los recursos del planeta Tierra que hacen posible la vida humana son limitados y que también lo es la capacidad de absorber los residuos de las actividades humanas; y sin embargo, prosigue una dinámica que nos lleva inexorablemente hacia la degradación de esos recursos, su sobreexplotación y su agotamiento. Este conocimiento queda confinado en centros de investigación, universidades, publicaciones de escasa difusión, medios ecologistas o alternativos, es decir, en entornos minoritarios, aunque últimamente está difundiéndose con rapidez, sobre todo con las denuncias del cambio climático. Mientras tanto, quienes toman las grandes decisiones económicas y políticas –y, por eso mismo, señalan a la inmensa mayoría la ruta a seguir— actúan como si el conocimiento de los límites no existiera, como si fuera una esotérica especulación de cuatro locos con visiones apocalípticas. Y además consiguen que este conocimiento no llegue a la gran mayoría, gracias, entre otras cosas, a la manipulación de los medios de difusión de masas.
El libro que el lector tiene entre las manos quiere trazar brevemente el itinerario que ha conducido a la actual situación de peligro, a un metabolismo social insostenible que amenaza con catástrofes considerables. Y quiere difundir el conocimiento de los límites. Este libro es un fruto del miedo. No me avergüenza confesar miedo, que al fin y al cabo es una respuesta adaptativa que nos ayuda, a todos los animales, a detectar el peligro y tensar nuestra capacidad de respuesta frente a él. Lo malo no es tener miedo, sino dejarse paralizar por él. Por eso acepto el consejo de Honneth de superar la desconexión entre indignación y respuesta activa, entre malestar y protesta. Mi respuesta, como la de este autor, es la democracia, una democracia social o socialismo, este ideal dado por muerto y enterrado, superado y obsoleto, por el neoliberalismo triunfante. Los fracasos de este ideal en el siglo XX no han conseguido liquidar el afán de igualdad, justicia y libertad que surge una y otra vez en muchos rincones del planeta donde se lucha contra los abusos del poder de estado y contra el big business; contra la deforestación y la gran minería que destruye ecosistemas vitales para sus habitantes; contra el acaparamiento de tierras que deja a miles de campesinos sin medios de subsistencia; contra la especulación con la vivienda que expulsa a la gente de sus casas; contra las condiciones laborales que dejan a los trabajadores desarmados ante la explotación; contra los abusos financieros; contra la discriminación de la mujer que se añade a otras violaciones de sus derechos; contra los atropellos y la prepotencia, en general, de los amos de la tierra y del capital. Es el ideal indestructible de la igualdad de todos los seres humanos, un ideal que no muere, sino que se extiende y se amplifica. Mujeres y seres humanos de piel oscura dicen basta y reclaman reconocimiento. Se rechazan las discriminaciones en todas sus formas. La desigualdad existe y aumenta, sí, pero casi nadie se atreve a defender su legitimidad: ahí comienza su derrota.
Los abusos sociales del gran capital se suman a la destrucción de la biosfera. Por eso la lucha contra esos abusos y por la justicia es hoy una lucha por la biosfera, por la vida, por la supervivencia nuestra como especie y por la civilización. En esta lucha revive el viejo grito de “socialismo o barbarie”. Pese a las grandes dificultades que tiene esta lucha, pongo mi esperanza –de un modo que puede parecer paradójico—en los riesgos de colapso que el propio capitalismo depredador impulsa sin cesar. Entre estos riesgos destaca por su inmediatez en el tiempo el agotamiento de las energías fósiles y el uranio que mueven el mundo entero. Nuestra dependencia de esas energías, finitas y agotables, es tan enorme que su escasez provocará por fuerza desorganizaciones sociales graves, a menos que las sociedades hayan acometido a tiempo la inevitable transición a las fuentes renovables de energía. En este sentido, la escasez de energía es un reto que puede desencallar la parálisis y empujarnos a reaccionar. Sólo con la transición energética, como primer paso de una serie de transformaciones metabólicas, podrá evitarse el colapso, a condición de que esté culminada, o muy avanzada, cuando la escasez de petróleo y otras fuentes fósiles empiece a dejarse sentir sin remedio. Por eso, la transición energética a fuentes renovables se nos presenta como una ocasión privilegiada para acumular fuerzas y dar un vuelco político al callejón sin aparente salida en que estamos. Como se explica en el texto, esta transición debería acompañarse con cambios en la industria y en las actividades agroalimentarias, y otras transformaciones en la organización territorial, en la investigación científica y técnica, en los estilos de vida y, por supuesto, en la cultura y los valores que guían nuestras conductas. Sin estos cambios no se detiene la carrera hacia el abismo. El metabolismo imperante es insostenible y deberá ser transformado radicalmente, quiérase o no, para que pueda pervivir la humanidad. Esto puede acabar con muchas rutinas y abrir una nueva época más prometedora.
Se estima que el agotamiento conjunto de carbón, petróleo, gas y uranio tendrá lugar en la segunda mitad de este siglo, y la escasez dejará sentirse antes. Mientras tanto, los primeros pasos de la transición energética –que ya ha empezado— son demasiado lentos para llegar a tiempo. Por esto propongo un plan de choque que movilice a la ciudadanía y comprometa a las administraciones y los gobiernos a adoptar medidas intervencionistas urgentes. Sin ellas será imposible resolver el problema. Hará falta una movilización masiva de la ciudadanía y una planificación pública, para substituir la lenta reacción del mercado, con una orientación de las inversiones deliberada y urgente. El socialismo, mejor preparado, en principio, para estas políticas, reaparecerá como alternativa viable en el horizonte político. Pero deberá soltar el lastre de muchos de sus prejuicios pasados y comprender que la tarea prioritaria del momento es la transición energética como primer paso de la transición metabólica, para ser capaz de disputar la hegemonía al poder existente.
Hay otra razón para pensar que el socialismo –alguna forma de socialismo, con rasgos específicos nuevos— tiene futuro: la crisis ecológica, y la escasez de recursos que anuncia, harán imposible el crecimiento económico. La humanidad ya ha superado, desde el decenio de 1960, los límites de la sostenibilidad de la biosfera. Es necesario detener el crecimiento y hasta revertirlo, adoptando medidas de decrecimiento destinadas a disminuir la magnitud de la economía mundial. El capitalismo no puede sobrevivir en el marco –inevitable— de una economía estacionaria o sin crecimiento, y deberá dejar paso a otro modelo socioeconómico. Ahí también el socialismo tendrá una oportunidad, aun admitiendo que no hay ninguna ley histórica que garantice que algún tipo de socialismo sucederá al capitalismo. Pues puede ocurrir que le sucedan formas autoritarias, “ecofascistas”, que organicen la escasez al servicio de minorías oligárquicas. No habrá salida socialista si no hay lucha y acción deliberada.
Pero para eso hay que sacar las lecciones de las experiencias del siglo XX. El socialismo del próximo futuro debe abandonar la idea de que el industrialismo es la base productiva, la herencia, de la cual partir. Al contrario, un socialismo del siglo XXI deberá superar o reabsorber la fractura metabólica del capitalismo industrial –es decir, la ruptura del metabolismo “circular” de la naturaleza, en que los residuos de unos procesos se convierten en recursos para otros procesos—y construir el nuevo orden social democrático y solidario sobre la base de una economía circular y un metabolismo sano con el medio natural. Esto supondrá renunciar al despilfarro de recursos y a la contaminación masiva inducidos por la economía expansiva depredadora que se ha desarrollado durante el último siglo. Se quiera o no, tendrá lugar un decrecimiento económico, una reducción de la huella ecológica hasta niveles de sostenibilidad; de no ocurrir esta reducción, el colapso será inevitable. Lo que deberán hacer quienes aspiren a la justicia y a la civilización no es oponerse a quienes proponen gobernar el decrecimiento, sino aceptarlo para que resulte socialmente aceptable y convertirlo en una oportunidad para construir una organización económica ecológicamente viable, que respete la naturaleza y establezca con ella una dinámica de cooperación y no de sometimiento. La nueva sociedad deberá basarse en los principios de libertad, igualdad, fraternidad, frugalidad, cooperación y empatía, frente a la vieja sociedad de la ambición de poder, la codicia y la furia, inevitablemente abocada a la destrucción tanto del medio natural como de los otros seres humanos. Una sociedad de personas iguales no sólo es mejor para la convivencia humana, sino también más propensa a respetar la naturaleza. Otra lección del socialismo del siglo XX es que sin libertad y democracia no hay ni justicia ni estabilidad social, ni siquiera allí donde los privilegiados recurran a la violencia contrarrevolucionaria.
La alarma ecológica nos obliga a racionalizar la producción y el consumo de nuestras sociedades, adoptando, cuando sea preciso, formas de frugalidad para intentar que sea viable la continuidad de la vida humana civilizada. El mensaje de la frugalidad y la autocontención es indigesto para nuestros contemporáneos, adictos a la opulencia de la civilización industrial y convencidos de su viabilidad indefinida en el tiempo. Es un mensaje impopular, a contracorriente de las ideas dominantes; incongruente incluso –en una primera aproximación— con la evidencia cotidiana que ofrecen supermercados y grandes almacenes llenos hasta los topes de toda clase de mercancías en grandes cantidades. Amenazar con un próximo futuro de escasez parece una broma de mal gusto. Parece de sentido común arrojar sobre esta amenaza una mirada escéptica. Y sin embargo media humanidad vive o vegeta en la pobreza, lejos de la mirada de nuestros ojos de privilegiados. Y la vida de quienes tienen una mejor situación material a menudo resulta frustrante. Por otra parte, los datos científicos que permiten previsiones justificadas están ahí y nos dicen que la amenaza de escasez generalizada es real y, además, inminente. La sospecha de que vivir con menos puede resultar más satisfactorio –siempre que se tengan satisfechas las necesidades básicas— es perfectamente plausible, y tiene una larga tradición. La esperanza arraiga también en esta sospecha. Asumir la escasez previsible y sacar las consecuencias adecuadas es la gran tarea del actual momento histórico.
Este texto está escrito en Europa y desde un punto de vista europeo, pero trata de no olvidar que, en el resto del mundo, unos cuantos miles de millones de personas viven condiciones de privación y precariedad a menudo insoportables, en un contexto metabólico compartido con el nuestro. Que en estas páginas no se ofrezcan soluciones a sus carencias no significa que estas sociedades no sean tenidas en cuenta. Navegamos en el mismo barco y abordamos un mismo destino, aunque en condiciones distintas, como revelan las migraciones masivas hacia el Norte. Hará falta una solidaridad internacionalista para salir del atolladero.
Barcelona, octubre de 2018
(*) Pasado&Presente, Barcelona, 2018 (colección “Imperdibles”)
[1] Axel Honneth, La idea del socialisme. Assaig d’una actualització, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2017, p. 19.
Por la producción campesina
Por Darío Aranda
Una declaración de 28 artículos, emitida por la Asamblea General de la ONU, apoya la actividad de los cultivos campesinos y recuerda que el 70 por ciento de los alimentos del planeta son producidos por agricultores familiares.
La declaración de la ONU avanza sobre la concentración de tierras en pocas manos.
“Histórica victoria. Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre Derechos Campesinos”, celebró la organización internacional Vía Campesina (que reúne a movimientos rurales de todo el mundo). La ONU, el máximo organismo de diplomacia internacional, tomó una medida sin precedentes y reconoció una serie de derechos para los sectores populares del campo, revindicó el rol fundamental de la agricultura familiar para combatir el hambre, defendió el derecho a proteger las semillas (frente a los intentos de privatización), remarcó la necesidad de la soberanía alimentaria e incluso señaló la necesidad de realizar reformas agrarias. Los campesinos producen en 70 por ciento de los alimentos del mundo.
Semillas en manos de campesinos e indígenas (y no como propiedad de las grandes empresas), control sobre los territorios, derecho a volver a las tierras usurpadas por privados o estados, soberanía alimentaria (derecho a los que pueblos decidan qué producir y cómo alimentarse), participación campesina en todos los asuntos que afecten sus territorios, cuestionamiento a los agroquímicos y promoción de la agroecología son algunos de los aspectos de la Declaración de Derechos Campesinas, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas.
Con 28 artículos, la Resolución final aborda todos los beneficios de la agricultura campesina, la necesidad de un modelo agropecuario sin agrotóxicos ni transgénicos, y reafirma la íntima vinculación entre la vida campesina y los derechos humanos.
“Los campesinos tienen derecho a acceder a los recursos naturales presentes en su comunidad que sean necesarios para gozar de condiciones de vida adecuadas, y a utilizarlos de manera sostenible. También tienen derecho a participar en la gestión de esos recursos”, establece el artículo 5. El artículo 17 aborda uno de los principales problemas rurales: “Los Estados protegerán la tenencia legítima y velarán por que los campesinos no sean desalojados”.
La declaración de la ONU, que se aplica también a los pueblos indígenas, fue aprobada con 121 votos por la positiva, 54 abstenciones y ocho negativas (Estados Unidos, Australia, Guatemala, Hungría, Israel, Nueva Zelanda, Reino Unido y Suecia).
Argentina se abstuvo. Al igual que Brasil, Canadá, Colombia, Honduras, Francia, Rumania, Rusia y España, entre otros.
La FAO (máximo organismo internacional del agro y la alimentación, también de la ONU) celebró: “La FAO aplaude una resolución histórica de la ONU que consagra los derechos de los campesinos y los trabajadores rurales. La resolución también reconoce la contribución de las poblaciones rurales y los pueblos indígenas al desarrollo sostenible y la biodiversidad”, destacó el comunicado y recordó que los agricultores familiares “producen más del 70 por ciento de los alimentos del planeta”.
La declaración avanza a una de las causas principales de la injusticia rural: la concentración de tierras en pocas manos. Y hace propias palabras que el poder político no utiliza hace décadas pero sí los movimientos campesinos e indígenas: “Los Estados adoptarán medidas apropiadas para llevar a cabo reformas agrarias a fin de facilitar un acceso amplio y equitativo a la tierra, y para limitar la concentración y el control excesivos de la tierra, teniendo en cuenta su función social”.
Diego Montón, de la Coordinadora Latinoamericana del Campo (CLOC-Vía Campesina) y del Movimiento Nacional Campesino Indígena, afirmó que la Declaración “es un horizonte, un compendio de políticas públicas agrarias hacia donde debiera caminar cualquier Estado que se quiera identificar como respetuoso de los derechos humanos”. Explicó que no sólo reconoce derechos sino que también planeta obligaciones a los estados y que reafirma “el rol estratégico de la agricultura campesina en la lucha contra el hambre, la mitigación del cambio climático y destaca la importancia de la soberanía alimentaria como política y horizonte a seguir por los pueblos”.
Montón destacó el papel positivo jugado por Bolivia (uno de los impulsores de los derechos campesinos junto a la Vía Campesina) y lamentó el rol del gobierno de Argentina, que se abstuvo en la votación y que en sus políticas públicas muestra una clara inclinación hacia el agronegocio y se encuentra en las antípodas de la Declaración de Naciones Unidas. El dirigente rural recordó que desde 2014 está vigente la llamada “ley de reparación histórica para la agricultura familiar” (con muchos puntos en común con la flamante declaración) y aún no fue reglamentada por el Presidente.
En el marco de una avanzada empresaria (encabezada por Monsanto-Bayer, Syngenta-ChemChina, Dow-DuPont y BASF) para leyes de privatización de semillas, Naciones Unidas fijó posición en el artículo 17: “Los campesinos tienen derecho a conservar, utilizar, intercambiar y vender las semillas o el material de multiplicación que hayan conservado después de la cosecha. Tienen derecho a mantener, controlar, proteger y desarrollar sus propias semillas y conocimientos tradicionales. Los Estados adoptarán medidas para respetar, proteger y hacer efectivo el derecho a las semillas de los campesinos”.
La ONU también cuestionó el uso de agrotóxicos (clave del modelo transgénico) y remarcó la necesidad de un cambio de modelo (artículo 16), basado en al soberanía alimentaria: “Los Estados favorecerán la producción sostenible, en particular la agroecológica y facilitarán la venta directa del agricultor al consumidor”.
martes, 26 de febrero de 2019
Secretaría de Educación pretende matar la cultura indígena
Por Sandra Rodríguez
Al cumplirse dos décadas de la aprobación del Día Internacional de la Lengua Materna, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), un grupo de líderes y docentes indígenas reclamaron ante la oficina del Secretario de Educación, Arnaldo Bueso, para que haga respetar el derecho a la educación multicultural y plurilingüe.
En Honduras, uno de los países considerados más pobres e inseguros de la región latinoamericana, con una población escolar de un millón 200 mil infantes, se encuentran niños y niñas de nueve pueblos originarios a quienes se les niega el acceso de aprender su propia lengua, pese a que el Estado tiene la obligación de facilitarles docentes y material didáctico en su idioma nativo.
De 8.5 millones de hondureños, el 90 por ciento de la población es mestiza, debido a la invasión española el siglo XVI, el dos por ciento son blancos, el tres por ciento garífunas y el seis por ciento indígenas pertenecientes a los pueblos Lenca, Pech, Tawahkas, Tolupanes, Maya-Chortis, Garifunas, Isleños, Misquitos y Nahuas, que habitan el territorio Nacional, cada uno de ellos con idioma, costumbres, tradiciones, cultura e historia propia.
Se cree que habitan estas tierras desde hace unos 30 mil años y en los últimos cinco siglos han sido relegados de todo cuanto han cuidado y poseído. Son pocas las personas -especialmente jóvenes y niños/as indígenas que han conservado su lengua.
Por la importancia de la diversidad cultural y lingüística para las sociedades sostenibles, a partir del 2000 se conmemora este día, tras aprobación en Conferencia General de la UNESCO de 1999.
A nivel mundial cada dos semanas, como promedio, una lengua desaparece, llevándose con su desaparición todo un patrimonio cultural e intelectual. Mientras que en la comunidad de Simpinula, municipio de Santa María, departamento de La Paz, al centro-occidente del país, un grupo de niños entona el Himno Nacional de Honduras en lengua Lenca.
Aquí, hay un grupo de alumnos que ya cursaron la educación primaria, y por la inseguridad en la región no pueden continuar en el nivel secundario, debido a las distancias que deben caminar y la estigmatización porque son de familias que defienden la tierra, declaró Víctor Vásquez, del Consejo Indígena Lenca de Simpinula, donde hay una (de las pocas) Escuela Indígena Bilingüe (EIB), donde solo hay textos que hablan de la cultura indígenas, pero no es que se enseñe el idioma Lenca.
Se tenía previsto para este día, un acto cívico con interpretaciones Lencas, pero si el mismo ministerio de Educación nos niega el apoyo de un aprendizaje bilingüe, no podemos conmemorar nada entonces, detalló una docente de la región.
El 90 por ciento de la población del departamento de La Paz, es indígena Lenca, y más de 700 personas están criminalizadas por la defensa de los bienes comunes, en este contexto la policía y militares los desalojan y destruyen sus cultivos, y hay comunidades donde se les cierran los centros educativos.
Ahí está presente la Red de Defensores y Defensoras de Derechos Indígenas Lencas de La Paz- Honduras (REDEHIL-Paz), que, con el acompañamiento del Comité de familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (COFADEH), han documentado casos y acompañado denuncias sobre violaciones al derecho a la Educación pública.
Para el caso el municipio de Cabañas, se cerró una escuela que afecta directamente a treinta menores, de los 9,720 niños lencas en edad escolar, y que ahora deben caminar hasta cinco kilómetros para llegar a otro centro escolar, detalló la abogada Cinthia Turcios, del Aérea de Acceso a la Justicia del COFADEH.
Ante el ministro
Desde el lunes reciente, representantes de pueblos indígenas se dieron cita en Tegucigalpa para demandar educación de calidad, que cese la represión y el racismo. Por lo que el ardiente sol del mediodía de ayer no impidió que unas 20 personas esperaban afuera de la oficina del ministro Bueso (ingeniero agrónomo de profesión), mientras atendía una comitiva. Cerca de las 12 del día, salió escoltado de una patrulla policial, y declaró que atendería las peticiones de los manifestantes en horas de la tarde.
El escenario fue propicio para mezclar las lenguas maternas especialmente garífuna y misquita, cuando personas mayores de edad y con capacidades especiales lamentaban el abandono y desinterés gubernamental por su situación.
“Le puedo dedicar unas palabras en mi lengua” expresó a Defensores en Línea, don Celeo Paisano Valeriano, quien hace algunos años fue herido de bala -según sus recuerdos- por un sargento de policía (en estado de ebriedad) de nombre de Isaac William, y cuyo superior era el coronel Blas Salazar, “por eso ando prótesis” agregó, mostrando su cadera y pierna izquierda. Además, usa muletas porque es uno de los tantos buzos lisiados de La Mosquita, departamento de Gracias a Dios.
Los pueblos originarios de Honduras que han conservado si lengua materna son bilingües o plurilingües, especialmente los de avanzada edad, y son ellos que pueden transmitir sus conocimientos a los demás, pero con el apoyo preciso como una obligación que le corresponde al Estado, que constantemente violenta el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabaja (OIT), sobre los derechos de los Pueblos Indígenas y Tribales.
Para algunos docentes que se sumaron a las exigencias de respeto a los derechos humanos, es urgente una educación de calidad y acorde a las necesidades para fortalecer capacidades de la población indígena.
Hemos sido atropellados como organizaciones indígenas, se ha destituido al jefe por apoyar los programas educativas indígenas, queremos docentes y centros educativos acondicionados pedagógicamente, expresaba el grupo a través de consignas y pancartas.
Cabe señalar que, las sociedades multilingües y multiculturales existen a través de sus lenguas, que transmiten y preservan los conocimientos y las culturas tradicionales de manera sostenible.
Por lo que, los pueblos indígenas necesitan una educación basada en sus costumbres y culturales.
El Estado a través de la Secretaría de Educación quiere matar nuestra cultura, porque debería tener la voluntad de apoyar a los pueblos indígenas, pero más bien violenta y criminaliza a dicha población, y la misma dirección de educación, detalló una lideresa indígena presente.
Mensaje de la Directora General
“Los pueblos indígenas siempre han expresado su deseo de recibir educación en sus propios idiomas, tal como se estipula en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas. Dado que 2019 es el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, este Día Internacional de la Lengua Materna está dedicado al tema de las lenguas indígenas como factor de desarrollo, paz y reconciliación.
Los pueblos indígenas representan aproximadamente 370 millones de personas y hablan la mayoría de las 7 000 lenguas vivas. Hasta el día de hoy, muchos de ellos sufren marginación y discriminación, extrema pobreza y violaciones de los derechos humanos (…). Por ello, en este Día Internacional de la Lengua Materna, invito a todos los Estados Miembros de la UNESCO, nuestros asociados y las partes interesadas en la educación, a que reconozcan y hagan efectivos los derechos de los pueblos indígenas”.
OACNUDH preocupada por restricciones a la libertad de expresión
La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) en Honduras, manifiesta su preocupación por las recientes condenas que restringen el derecho a la libertad de expresión. Estas condenas involucran a una defensora de derechos humanos, también diputada del Congreso Nacional condenada por el delito de calumnia constitutivo de difamación a 2 años y 8 meses de pena privativa de libertad y una pena accesoria de inhabilitación especial e interdicción civil, y un periodista sentenciado a 10 años de reclusión no conmutable por 6 delitos de difamación constitutivos de injurias y calumnias.
La representante de la Alta Comisionada, Sra. María Soledad Pazo recuerda que el Relator Especial sobre la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y expresión en su informe de misión a Honduras, señaló: “Noto con seria preocupación […] que la criminalización de los delitos de injuria, calumnia y difamación puede ser utilizada para silenciar a la prensa y limitar el derecho a la libertad de expresión de manera excesiva. De este modo, existe la posibilidad de que se empiecen procesos penales en contra de cualquier persona que exprese una opinión que pueda ser considerada contraria a la dignidad de una autoridad pública, debilitando de esta manera el derecho a la libertad de opinión y expresión”.
El Relator Especial señaló en el mismo informe que: “las medidas legales relativas a la libertad de opinión y expresión deben existir para eliminar obstáculos legales para el libre ejercicio de ese derecho fundamental, así como para sancionar a quienes violan ese derecho. En este sentido, las medidas legales no deben restringir indebidamente el ejercicio del derecho a la libertad de expresión ni tampoco deben permitir que se usen para censurar y sancionar a personas que hagan uso de su derecho a la libertad de expresión. El Estado también tiene la obligación de tomar medidas para prevenir crímenes contra la libertad de expresión donde haya riesgo de que estos ocurran” 1
La OACNUDH recuerda el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el cual establece que “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Asimismo, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos establece que “Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole”.
El Estado de Honduras ha recibido recomendaciones por parte del Comité de derechos humanos, el Examen Periódico Universal y del Relator Especial sobre la libertad de expresión en las que solicita se considere la posibilidad de despenalizar la difamación y, en todo caso, que la normativa penal solo debería aplicarse en los casos más graves, ya que la pena de prisión no es nunca apropiada.
En este sentido, la Oficina del Alto Comisionado alienta al Gobierno de Honduras a avanzar en la reforma penal para despenalizar la difamación, calumnia e injuria, y adoptar soluciones adecuadas a través de los procedimientos civiles a los que las personas puedan recurrir en casos de difamación. En atención a todo lo expuesto, la OACNUDH se pone a disposición para acompañar técnicamente este proceso.
Por defender la tierra, hieren a integrante de ADEPZA
Por defender la tierra donde habita, Santos Hernández (51), miembro de la Asociación para el Desarrollo de la Península de Zacate Grande (ADEPZA) fue víctima de un ataque con piedra que le causó una herida y siente puntos de suturación en la cabeza.
El hecho sucedió este domingo en la comunidad de Playa Blanca, Península de Zacate Grande, Amapala, zona donde se libra una lucha por la defensa de la playa y el territorio, que ha causado la persecución, estigmatización y judicialización contra más de 30 liderazgos campesinos, desde el año 2010.
A eso de las 10:30 de la mañana, un supuesto empleado de quién se dice nuevo dueño de las tierras en Playa Blanca y Puerto Sierra, a la orilla del mar Pacífico, llegó a mostrar los terrenos a otro interesado en adquirir los predios, a lo que Hernández exclamó que esa tierra no está en venta, y explicó que hay un litigio.
Por lo que, el presunto agresor, identificado como Sabino González, lo atacó, informó un representante de la ADEPZA, mediante conversación telefónica con Defensores en Línea.
Ante el ataque, defensores de derechos humanos de Adepza y la Red de Defensores de Derechos Humanos del Sur de Honduras (REDEHSUR), acompañaron a don Santos al hospital de San Lorenzo, y le dieron el alta médica a las tres de la tarde.
Cabe señalar que, es la primera vez que sucede una situación similar en la comunidad, declaró uno de sus acompañantes, por lo que es preocupante que se repita con otras personas que defienden su tierra, la que habitas desde hace varias décadas, mientras que los terratenientes han parecido tiempo después.
En el 2016, Santos Hernández estuvo privado de libertad 101 días en la granja penal de Nacaome, por incumplir -según la jueza de Amapala, la jueza Iris Amanda Hernández – medidas sustitutivas a la prisión, acusado de usurpación, daños y amenazas contra el terrateniente Jorge Luis Cassis Leiva, y después el Tribunal de Sentencia de Choluteca lo declaró culpable, con 5 años y un mes de condena, junto al Defensor de derechos humanos, Abel Pérez. El caso está en Casación, informó el Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (COFADEH), quien es parte del equipo de defensa.
Cassis Leiva, denunció a Abel Pérez, Santos Hernández y Tomás García por los delitos de usurpación, daños y perjuicio, este último fue sobreseído en juicio oral y público. Actualmente hay tres personas más acusadas de usurpación en Playa Blanca, y a doña Veneranda García, en grave estado de salud y prima de Tomás, se le sobreseyó.
El Caribe no es traspatio…
Rebelión
Por Lilliam Oviedo
“Rechazamos esta versión, completamente alejada de la realidad”, dijo el canciller Miguel Vargas Maldonado. “Es falso. Aquí no hay tropas de Estados Unidos ni se ha usado la base aérea de San Isidro con esos fines”, dijo el ministro de Defensa, teniente general Rubén Paulino Sem. Fue desafortunado el intento de ambos funcionarios de desmentir que el territorio dominicano es utilizado por Estados Unidos para conspirar contra el Gobierno de Venezuela.
El pasado día 13, el Gobierno Revolucionario de Cuba, en un extenso documento afirmó: “Entre el 6 y el 10 de febrero de 2019, se han realizado vuelos de aviones de transporte militar hacia el Aeropuerto Rafael Miranda, de Puerto Rico, la Base Aérea de San Isidro, en República Dominicana, y hacia otras islas del Caribe estratégicamente ubicadas, seguramente sin conocimiento de los gobiernos de esas naciones, que se originaron en instalaciones militares estadounidenses desde las cuales operan unidades de Fuerzas de Operaciones Especiales y de la Infantería de Marina que se utilizan para acciones encubiertas, incluso contra líderes de otros países”.
Miguel Vargas habló de no intervención en los asuntos internos de otros países. ¿No riñe, acaso, su alegado apego a este principio con la infame decisión de añadir en el seno de la Organización de Estados Americanos el nombre de República Dominicana al grupo de países que desconoció la legitimidad de la investidura del presidente Nicolás Maduro en enero pasado?
La firma en la OEA es un hecho, y lo es también el movimiento militar.
Paulino Sem, después de negar la presencia de militares yanquis dijo que “tropas dominicanas y estadounidenses están haciendo ejercicios de búsqueda y rescate en Bahía de las Calderas, en Baní, base de la Armada dominicana”, y añadió que se trata de ejercicios rutinarios que se realizan cada dos años. ¡Vaya contradicción!
El año pasado, República Dominicana participó en el ejercicio multinacional Unitas-2018, realizado en Colombia, a 15 kilómetros de la frontera con Venezuela. Participaron en el mismo Brasil, Estados Unidos, Ecuador, Reino Unido y Panamá.
Es frecuente la participación de República Dominicana, como sede o como visitante, en ejercicios militares dirigidos por el Comando Sur.
Si hace alrededor de 15 años un jefe militar denunció vuelos no autorizados de una aeronave de Estados Unidos desde territorio dominicano sin notificarlo a las instancias nacionales, ¿quién dice que ahora son públicos y apegados al respeto a la soberanía los movimientos yanquis en bases militares dominicanas?
¿Pretende Rubén Paulino Sem presentar como increíble lo que más de una vez se ha puesto en evidencia?
Ayuda, la máscara de la amenaza y la agresión…
La reciente visita a Curazao del jefe del Comando sur, general Craig Faller con el irónico pretexto de coordinar la “ayuda humanitaria” a Venezuela, es solo la fachada de una vieja realidad.
El gobierno de Venezuela ha denunciado movimientos de aviones en la zona de Curazao. Las denuncias han sido documentadas.
Es una zona cercana a Venezuela y es punto de confluencia de intereses imperialistas.
En el año 2009, el propio comandante Hugo Chávez denunció la conversión del área en centro de conspiración.
“Estoy acusando al Reino de los Países Bajos de estar preparando, junto con el imperio yanqui, una agresión contra Venezuela, al autorizar que las islas de Aruba y Curazao, ambas pertenecientes al Reino de los Países Bajos, permitiendo la instalación de equipos militares estadounidenses en su suelo, poniendo a Venezuela en la mira de los estadounidenses”, dijo Chávez entonces.
Los funcionarios dominicanos no se refieren a esta parte de la denuncia de Cuba, porque no es fácil para ellos argumentar sobre estos asuntos sin que se les note el servilismo.
Es momento de definición
Tras la firma en la OEA, el propio presidente Danilo Medina reiteró ante los periodistas dominicanos el desconocimiento al nuevo período constitucional de la presidencia de Nicolás Maduro en Venezuela.
El alineamiento a la política de Donald Trump, es evidente.
En su desafortunada declaración de desmentido, Miguel Vargas dice que es necesario realizar en Venezuela “elecciones libres”. No sería extraño que en los próximos días se refiera a la necesidad de que entre por Colombia la “ayuda humanitaria”, que es la forma de unirse al coro de Iván Duque y figuras similares.
Su compromiso con los estrategas yanquis se torna inocultable.
Si de legitimidad se trata, es urgente priorizar la defensa de la soberanía. Por Venezuela, por esta América. Porque los pueblos deberán hacer entender a los dirigentes imperialistas y a los gobiernos serviles que el Caribe es zona de lucha por la libertad y la autodeterminación y no centro de maniobras contra países hermanos, porque no es traspatio.
El concepto de ayuda humanitaria es casi todo acto agresivo realizado por cualquier potencia que, desde el punto de vista del agresor es una ayuda humanitaria, pero no desde el punto de vista de las víctimas, explica el filósofo Noam Chomsky. Según el también lingüista y politólogo, Estados Unidos lo reconoce públicamente y se entiende en el terreno del imperio tradicional.
Primer ejemplo de ayuda humanitaria: El bombardeo a Serbia en 1999
Fuerzas de Albania cometían ataques terroristas en territorio serbio para provocar una respuesta de su Gobierno que le sirviera como justificación a la OTAN (alianza militar intergubernamental Organización del Tratado del Atlántico Norte ), para entrar al país, es decir, una intervención de Estados Unidos. Las pérdidas estimadas fueron altas en ambos lados: dos mil víctimas.
Cuando asumieron la invasión, el general estadounidense a cargo, Wesley Clark, le informó a Washington que el resultado del ataque de EE.UU. intensificaría las atrocidades, porque Serbia no era capaz de responder militarmente bombardeando a los EE.UU., Serbia respondió por tierra, expulsando de Kosovo a los albaneses terroristas, justo después del bombardeo de EE.UU.
Pero la gran cobertura mediática fue la de Slobodan Milošević (expresidente serbio) llevado a la Corte Penal Internacional por una acusación sobre crímenes masivos, todos con una sola excepción, fueron después del bombardeo que ejecutó Estados Unidos contra su población.
Todo lo narrado anteriormente fue una intervención humanitaria, apunta Chomsky.
¿Son legales las intervenciones por ayudas humanitarias?
La Asamblea General de las Naciones Unidas tiene una resolución sobre la responsabilidad de proteger, que dice explícitamente que no puede ejecutarse un acto no militar a menos que esté autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Se utiliza para asegurarse de que los gobiernos no repriman a sus propias poblaciones.
No obstante, el activista estadounidense explica que hubo otra comisión, presidida por el exprimer ministro australiano Garreth Evans, que debatió sobre la “responsabilidad de proteger”, muy parecida a la versión de la ONU, pero con una diferencia, “que así el Consejo de Seguridad no esté de acuerdo en autorizar una intervención, agrupamientos regionales pueden intervenir a la fuerza por su cuenta, ¿qué agrupamiento regional es capaz de una intervención? Hay uno solo y se llama OTAN”.
La “responsablidad de proteger” es legal porque la Asamblea General de la ONU lo autorizó, pero lo que rige actualmente es la versión autorizada de Evans, un buen ejemplo de cómo funciona una propaganda en un sistema poderoso, agrega Chomsky y que además se puede ver en los medios de comunicación.
Otro ejemplo de ayuda humanitaria: El bombardeo a Libia en 2011
Una resolución de la ONU en 2011 hizo un llamado a la creación de una zona de exclusión aérea en Libia, a excepción de aquellos cuyos fines sean “humanitarios”, que pasó a términos diplomáticos para solucionar el problema, y que Muamar Gadafi aceptó, declarando un cese el fuego contra fuerzas opositoras a su Gobierno.
Finalmente Washington optó por apoyar una resolución mucha más amplia que la de la simple zona de exclusión aérea, y apostó por una ocupación militar del país.
“Reino Unido, Francia y Estados Unidos se convirtieron en la fuerza aérea de la oposición. Uno de sus ataques terminó sepultando a Gadafi y matando a 10 mil personas, dejó a Libia en lo que es hoy día, en manos de milicias”, recuerda Noam Chomsky.
A partir de ese momento, hubo un gran flujo de yihadistas armados en Asia occidental y África occidental, lo que se convirtió en la fuente principal de terrorismo radical en el mundo, “una consecuencia de la mal llamada intervención humanitaria en Libia”.
El poder de EE.UU. ahora, con Donald Trump como presidente
Chomsky también explicó que la sociedad debe repensar lo que significa el poder. Estados Unidos, a su juicio, sigue siendo supremo. Su poder es dañino, pero desde el punto de vista de la oligarquía, ese poder les da todo lo que piden, asevera el filósofo. Solo en términos militares, esta nación maneja el 25 por ciento de la economía mundial, y también está mucho más avanzado en tecnología que el resto del mundo.
Agrega que pese a que en economía han estado en declive, sería un error pensar en que han perdido su dominio.
“La multinacionales estadounidenses son dueñas de la mitad del mundo, están integradas con el Estado, tienen todos los sectores: industria, venta, comercio, finanzas”.
Explica que desde su elección como presidente, no solo es Trump quien representa el peligro, sino el liderazgo republicano completo, que niegan el fenómeno del calentamiento global, por mencionar solo un problema.
“El partido republicano es una de las organizaciones más peligrosas en la historia de la humanidad, suena escandaloso, pero pensemos al respecto por un momento, Hitler no quería destruir el futuro de la existencia humana, nadie tenía la intención”, se lamenta y agrega que no son personas ignorantes ni fundamentalistas religiosos, sino las mejores educadas y apoyadas del mundo, quienes ponen a la sociedad en peligro.
Según Chomsky, las políticas más peligrosas apenas se discuten, son amenazas existenciales que enfrentamos, esta generación tiene que decidir si la existencia humana continuará, no es un chiste, es el calentamiento global o una guerra nuclear y las acciones de Trump empeoran ambas.
La revolución alemana de noviembre de 1918: ¿La hora de la revolución mundial?
Por José Luis Martín Ramos
La orden del 28 de octubre de 1918, del alto mando de la marina alemana, para que la escuadra fondeada en Kiel abandonara el puerto y se dirigiera hacia el Mar del Norte, inició acto seguido un proceso de desobediencia de la marinería, que impidió su cumplimiento y acabó derivando en una cadena sucesiva de sublevaciones populares en toda Alemania, con absoluto predominio de los trabajadores y participación destacada de los dos partidos socialistas entonces existentes, el “mayoritario”, que mantenía la denominación de SPD, liderado sin discusión por Ebert , y el “independiente”, USPD, nucleado en torno al rechazo del apoyo a la política de guerra pero sin un claro liderazgo. El motivo principal fue el choque entre el hartazgo de una guerra -que se daba por perdida después del fracaso de las ofensivas de primavera y verano y la ruptura del frente alemán el 8 de agosto- y las últimas maniobras de altos mandos militares, apoyados en el emperador Guillermo II, que no buscaban ya la victoria sino, resignándose a su renuncia, descargar sus responsabilidades en los dirigentes políticos y salvar su supuesto honor. Esas maniobras, fueran políticas como las de Ludendorf o expresamente militares como las del mando naval, hicieron temer una prolongación del conflicto que ya no fue aceptado de ninguna manera por quienes eran sus primeras víctimas. Ludendorf, adjunto del jefe del Estado Mayor Hindenburg pero de hecho quien ejercía el poder real, exigió a finales de septiembre atender a las condiciones de Wilson, pedir un inmediato armisticio e iniciar la reforma parlamentaria del Imperio para conseguir la paz definitiva; desplazaba así las responsabilidades hacia el poder civil, que hasta entonces había ninguneado. Una parte de ese giro radical, para evitar la que las tropas aliadas entraran en territorio alemán y se consumara la derrota, se cumplió con la formación el 5 de octubre de un nuevo gobierno imperial encabezado por el príncipe Max de Bade, en el que por primera vez se integró el SPD que hasta entonces se había circunscrito a defender la política de guerra desde el parlamento. Pero no la segunda, Wilson se negó a negociar el armisticio hasta que no se produjera un cambio real en la cúpula del Imperio, apuntando al Kaiser y al poder militar, dejando sin espacio de maniobra al gobierno Max de Bade, si no se producía la abdicación de Guillermo II para empezar. La crisis de la política de guerra fue una evidencia pública, pero las reacciones de Lundedorf, rectificando y planteando seguir la guerra ante las exigencias de la Entente, la orden dada a la armada y, al día siguiente de ésta, el abandono de Guillermo II de Berlín para instalarse en Spa, sede del Estado Mayor, sin comunicarlo al gobierno, disparó por todas partes el mismo temor que había motivado el amotinamiento de los marinos de Kiel y la insurrección popular que implosionó el Imperio.
El 3 de noviembre estalló la insurrección en Munich que cuatro días más tarde derrocó a Luis III de Baviera, el 6 de noviembre el levantamiento se extendió a Hamburgo y Bremen, el 7 a Hannover, el 8 a Colonia, Brunswick, Düsseldorf, Leipzig y Frankfurt y el 9 de noviembre llegó a Berlín; Guillermo II, que rechazó la abdicación que le venía proponiendo el gobierno Max de Bade desde el 1 de noviembre, no tuvo más remedio que abandonar y marchar de Alemania ante la constatación de que ni Hindenburg estaba dispuesto a defender su continuidad. El levantamiento popular se había convertido en revolución, y constituido por todas partes consejos de diversa composición, integrados muy mayoritariamente por miembros del SPD y del USPD y en las fuerzas armadas por soldados y marinos que tendían a alinearse con esas dos fuerzas obreras principales. Aunque Max de Bade dimitió y pasó la responsabilidad de la cancillería a Ebert, líder del SPD, con la esperanza de que éste pudiera contener la insurrección y dar una salida de continuidad, formando un nuevo gobierno del Reich con los mismos integrantes políticos que el último de Guillermo II, Ebert solo pudo ser un canciller nominal entre el 9 y el 10 de noviembre. El cambio político e institucional desde arriba, para conseguir el armisticio y la continuidad del Reich, fue desbordado desde abajo y Scheideman, del SPD, y Liebknecht, del USPD proclamaron cada uno por su parte y respectivamente la República a secas, desde el Reichstag, y la República Socialista, desde el Palacio Real. Ebert abandonó la operación continuista que le trasladara Max de Bade y accedió a constituir en Berlín un Consejo de Delegados del Pueblo compuesto por 3 representantes del SPD , él mismo, Scheidemann y Landsberg, y tres del USPD, Haase, Dithmann y Barth. La protesta de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, líderes del grupo espartaquista integrado hasta entonces en el seno del USPD, no tuvo ningún eco. La fórmula del gobierno revolucionario compartido entre los dos partidos socialistas se extendió por toda Alemania, incluyendo en Baden y Meklenburg-Schwerin también a los denominados por aquellos “partidos burgueses”. La revolución iniciada por el levantamiento popular en Kiel, sin que respondiera a ninguna consigna partidaria explícita sino al rechazo de la guerra y de sus responsables, se había impuesto ¿cuál sería, empero, su connotación definitiva? ¿una revolución política republicana, como la anunciada por Scheidemann o una revolución social cuya forma política habría de decidirse desde abajo, como habían defendido Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y, a pesar de no haberlo conseguido en un primer momento, era también deseada por gran parte de los insurrectos y del USPD? La disyuntiva, semejante a la planteada en el Imperio zarista en 1917, de cuya revolución se importaba el término consejo (soviet) habría de resolverse entre diciembre y enero, en condiciones muy diferentes de las de 1917; pesando sobre ella no la guerra sino su fin, sin que se produjera un hundimiento generalizado del aparato estatal – cuyo desarrollo era incomparable con el zarista -, atendiendo a una correlación de fuerzas que no era desfavorables a la socialdemocracia reformista, sino al contrario, y con el fantasma de la prolongación de la guerra –acabada la mundial- en términos de guerra civil e intervención militar de la Entente como se había producido en el extinto Imperio zarista.
No se trataba únicamente de un interrogante nacional. Desde que la amenaza de una “gran guerra” fue cada vez más verosímil, en el movimiento obrero europeo, en la socialdemocracia en particular, surgió la idea – o la esperanza, si se prefiere- de que la única respuesta para evitarla, o para acabar con ella si aquello era imposible – lo que era lo más probable – es que fuera al mismo nivel una “gran revolución” ; así lo defendieron Rosa Luxemburgo, Lenin y Martov en el Congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional, en 1907, en una moción en la que proponían que si la guerra estallaba había que “intervenir para hacerla cesar rápidamente y utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra para agitar a las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”[1]. El holandés Anton Pannekoek dio a esa respuesta el término preciso de “revolución mundial” y con esas dos palabras amenazó el viejo Bebel –fundador del SPD- al Reichstag en 1912. Tras estallar la guerra, Lenin sostuvo de nuevo, con subjetiva objetividad, que la catástrofe que se estaba produciendo no podría no desencadenar esa revolución mundial. Y cuando la rusa estalló en febrero de 1917 uno de sus argumentos para proponer que su salida fuera una revolución social y no solo política fue que aquello no era sino el inicio del proceso mundial; por eso mismo, al tiempo que orientaba a la facción bolchevique de la socialdemocracia rusa en ese sentido, propuso ir hacia la constitución de una nueva Internacional, que – en coherencia con sus concepciones organizativas y sobre la relación entre masa y vanguardia – se constituyera en el “estado mayor” (el lenguaje militar había acabado contaminándolo todo) de la revolución. Una nueva internacional, ni continuadora ni reconstructora de la Segunda, que nacería del propio hecho revolucionario para, actuando como “partido mundial”, darle esa orientación correspondiente. La nueva internacional habría de contar con los sectores de la socialdemocracia que se habían enfrentando resueltamente al revisionismo y a las políticas reformistas(los liderados por Rosa Luxemburgo en Alemania, Pannekoek en Países Bajos, Bordiga en Italia…), así como con otros segmentos del movimiento obrero, de orientación revolucionaria, presentes en el nuevo sindicalismo industrial (la CGT francesa, la Industrial Workers of the World de Estados Unidos, la Unión Sindical Italiana…), pero, sobre todo, necesitaba y había de partir, de acuerdo con el criterio de Lenin, del hecho revolucionario; no podía ser fruto de ningún movimiento de oposición, como el aglutinado en la Conferencia de Zimmerwald contra la guerra, ni de ningún esfuerzo estrictamente orgánico. Era la revolución mundial como hecho presente el que haría posible y al propio tiempo imprescindible a la nueva Internacional. La revolución rusa, su desenlace en octubre, abría la puerta a la revolución y al partido mundial; sin embargo, Lenin y la dirección bolchevique no dieron de manera inmediata ningún paso para para impulsar a este último. La revolución rusa se había anticipado, pero no sólo había de atender en sus primeros meses a su supervivencia – lo que no estaba en absoluto claro en 1918 – sino que por sí misma, sola, no podía significar todavía la “revolución proletaria mundial”. En su defensa de la paz de Brest-Litovsk ante el Comité Central del Partido Comunista Ruso (bolchevique) en marzo de 1918, Lenin rechazó la idea de una guerra revolucionaria que partiera de desde Rusia hacia el Oeste para promover el levantamiento en los países centrales del capitalismo y sostuvo que había que mantener la supervivencia del estado soviético – para lo que era imprescindible el tratado de paz – a la espera de que tal levantamiento se produjera por sí mismo y la revolución mundial dejara de ser “un magnífico cuento, un hermoso cuento”. Cuando estalló la revolución de noviembre en Alemania el “hermoso cuento” pareció empezar a hacerse realidad, exactamente un año después de que su anuncio se hubiera hecho en el Imperio Ruso; confirmado por el hecho de la fundación del Partido Comunista Alemán, KPD, el 30 de diciembre de 1918, por la fusión de la Liga Espartaco de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y el grupo marxista revolucionario de Bremen seguidor de las tesis de Lenin desde el comienzo de la guerra. Fue entonces, y no antes, cuando el PCR (b) decidió convocar mediante un comunicado, publicado en Pravda el 24 de enero de 1919, la celebración de un Primer Congreso de la Internacional Comunista[2].
La historia iba a ser muy diferente a esa previsión. Para empezar el desarrollo de la revolución alemana no siguió la pauta de la rusa y tuvo un desenlace muy diferente, aunque en sus primeras horas no lo pudiera parecer. Todos los territorios del Imperio quedaron rápidamente bajo el gobierno de ejecutivos similares al que se autoconstituyó en Berlín: integrado por partes iguales por el SPD y el USPD en Prusia, Sajonia y Baviera; con participación de ambas formaciones y mayoría de los “independientes” en Hamburgo, Bremen y Brunswick; y con mayoría de los “mayoritarios” en Würtemberg y Hesse; e incluso integrado por partidos “burgueses” en Baden y Mecklemburgo-Schwerin. La revolución había triunfado, y el nuevo poder – una primera diferencia con lo que había sucedido en el Imperio Zarista – se consolidó muy rápidamente, en días. De entrada, el sustituto de Lundendorf, Groëner, se puso a disposición de Ebert y del Consejo el mismo día 10; al siguiente, se firmó el armisticio, consiguiéndose el objetivo que había sido razón de la insurrección iniciada en Kiel. Resuelta la cuestión de la guerra, el Consejo recibió otras dos noticias que consolidaban su posición. El 15 de noviembre se firmó el pacto Stinnes-Legien entre la patronal y los sindicatos, por el que se reconocía a éstos como interlocutor colectivo, la aceptación de los comités de fábrica, la jornada de ocho horas, la prohibición de los sindicatos amarillos de empresa, un vago principio de reconocimiento de la participación social de los trabajadores en las empresas y otras mejoras materiales a cambio del reconocimiento por parte de los sindicatos del sistema empresarial – “de las relaciones de propiedad existentes”[3], implícito en la constitución del organismo conjunto de la ZAG (Comunidad Central de Trabajo de los Empresarios y Trabajadores Industriales y Profesionales de Alemania) ; un acuerdo que venía a apoyar, por el hecho mismo de su firma y por lo que prometía de mejora de las condiciones materiales de las clases trabajadoras, la opción reformista de la socialdemocracia y a reforzar el liderazgo de Ebert, resuelto defensor de esa opción y de que la revolución de noviembre no desbordara el marco de una revolución política democrática. Días más tarde, el 25, el Consejo de Delegados del Pueblo fue reconocido formalmente como nuevo gobierno de Alemania por la reunión en Berlín de todos los consejos territoriales que se habían venido constituyendo.
La movilización social, las ocupaciones de los cuarteles, la presencia en las calles y los centros de trabajo de las organizaciones obreras seguía en pie; sin embargo, el estado no había hundido, sólo el régimen imperial que ya nadie quiso defender, y el nuevo poder, en el que Ebert y el SPD tenían la principal iniciativa, confirmaba su autoridad a un ritmo muy acelerado, nada que ver con la fragilidad e inestabilidad de los gobiernos provisionales en Rusia. Quedaba por decidir cuál era el contenido de la revolución y la vía para concretarlo; algo que, en la práctica, estaba en manos de los protagonistas del levantamiento y la formación de la nueva red de poder, en última instancia de sus organizaciones, el SPD y el USPD. En la confrontación de sus propuestas el SPD tuvo siempre una posición de ventaja: la suya era única, coherente, defendida de manera homogénea por el partido y apoyada por los sindicatos, y todo ello se traducía en un liderazgo claro, el de Ebert. La propuesta del SPD era circunscribir la revolución a la instauración de una república democrática, en la que el liderazgo socialdemócrata pudiera desarrollar el programa reformista que habría, según sus concepciones, de llevar a Alemania hacia el socialismo, de manera evolutiva; si eso ya se correspondía con el ideario reformista, la deriva de la revolución rusa hasta la ruptura de octubre de 1917, la toma del poder por los bolcheviques y la posterior guerra civil, reafirmaba al SPD en el objetivo y la vía de la república democrática, para cuya instauración el primer paso habría de ser la celebración de elecciones para una Asamblea Constituyente. Ebert no era sólo un líder, expresaba la posición unánime en su partido, de una buena parte de las clases trabajadoras, empezando por las encuadradas en los sindicatos que habían firmado el pacto del 15 de noviembre con la patronal, y tuvo también la aceptación de parte de las clases medias que no podían confiar en ninguna otra formación y ningún otro líder para encauzar el hundimiento del imperio hacia una salida que no fuera la revolución social. Para Ebert tenía que haber una línea de continuidad en el estado alemán, en su cambio de imperio a república, en el que era imprescindible el mantenimiento del aparato de estado y el funcionamiento de la administración pública, de manera que todas las reformas sociales se habrían de producir a partir del acuerdo final de la Asamblea Constituyente y no antes. Por el contrario el USPD era un partido de conveniencia, surgido de la coincidencia de revisionistas, reformistas y revolucionarios de la socialdemocracia opuestos al apoyo del SPD a la política de guerra; en él figuraban desde Bernstein y Kautsky hasta Rosa Luxemburgo, pasando por una amplia gama de pacifistas revolucionarios como Kurt Eisner, líder de la revolución en Baviera, o Hugo Haase, presidente del partido. No tenían una posición ni común ni clara sobre el desenlace de la revolución y sus instrumentos. El sector más moderado, aquel en el que militaban Bernstein y Kautsky, defendían el camino de la Asamblea Constituyente, aunque a diferencia del SPD preconizaban que el Consejo de los Delegados del Pueblo desplegara ya una política de reformas sociales que consolidara la hegemonía de la socialdemocracia e iniciara la evolución hacia el socialismo; las elecciones a la Asamblea Constituyente no habían de ser convocadas hasta que aquel camino se hubiese emprendido. Frente a él la mayoría del USPD, con Haase, Eisner, Ledebour, proponían la instauración inmediata de una república socialista sobre la base de los consejos a través de la toma en ellos de esa decisión por mayoría; en esa posición general se encontraban también los espartaquistas de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, aunque con un matiz diferencial: no había que esperar pasivamente a aquella toma de decisiones mayoritaria y había que desbordar al Consejo de los Delegados del Pueblo mediante una constante movilización en la calle, una gimnasia revolucionaria que sellaría, más que cualquier decisión institucional, el destino de la revolución.
Lastrado por su división interna el USPD no pudo imponer una agenda propia y Ebert, consciente del momento de la revolución, en el que la calle estaba todavía por encima de las decisiones institucionales, tampoco pretendió sin más imponer la del SPD. La disyuntiva habría de resolverse en el Primer Congreso de Consejos de obreros y soldados de toda Alemania (405 obreros y 84 soldados), que se desarrolló en Berlín entre el 16 y el 20 de diciembre. La correlación de fuerzas presente entre los asistentes reflejó una más que amplia mayoría del SPD, partido al que pertenecían 292 delegados, frente a 84 del USPD y solo 10 de la Liga Espartaco, en proceso ya de ruptura con el USPD. En consecuencia, el Congreso de los Consejos votó por 400 votos contra 50 la convocatoria de elecciones a Asamblea Constituyente para el inmediato mes de enero; no solo había ganado el SPD sino que buena parte de los delegados afiliados al USPD habían votado a favor de la propuesta de Ebert y eso se producía no en un parlamento de democracia representativa, sino en una asamblea del movimiento de los consejos. Quedó claro a quién apoyaba la mayoría de la clase trabajadoras alemana; por más que Rosa Luxemburgo quiso consolarse diciendo que el congreso había representado a los soldados[4], equivocando el análisis y situando en el aislamiento al KPD. No fue la única que se equivocó, también lo hizo el USPD cuando decidió retirarse del Consejo de los Delegados del Pueblo y de los consejos gobernantes en Prusia y Sajonia como protesta por el violento desalojo el 24 de diciembre de un grupo de marinos que habían ocupado la Cancillería y secuestrado al socialdemócrata mayoritario Otto Wels, que había sido nombrado comandante militar de Berlín por el Consejo de obreros y soldados de la ciudad. Esa retirada dejó al USPD sin capacidad de maniobra institucional, días después de que el Congreso de los consejos reforzase desde abajo la autoridad de Ebert.
Las elecciones a la Asamblea Constituyente se celebraron el 19 de enero de 1919, con derecho a voto de hombres y mujeres a partir de los 20 años y una participación del 83%, dejando en evidencia el fracaso de las llamadas a la abstención, hechas en el campo del movimiento revolucionario por el KPD. Ni siquiera los graves sucesos que se produjeron de nuevo en Berlín, entre el 4 y el 15 de enero, en protesta por la destitución por el nuevo gobierno de Prusia del Prefecto de Policía, Eichhorn perteneciente al USPD, torcieron la agenda de Ebert. Un “comité revolucionario” encabezado por el Ledebour, del USPD, llamó a la huelga general armada. Al movimiento insurreccional propiciado por los “independientes” se sumó inicialmente el KPD; aunque al comprobar que no había ninguna posibilidad de extenderlo por toda Alemania la dirección comunista se retiró del comité y pasó a proponer consignas defensivas (el desarme de los cuerpos contrarrevolucionarios que habían empezado a constituirse, la elección de nuevos delegados en los consejos de obreros y soldados), pagando, a pesar de todo, el alto coste del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht por alguno de esos cuerpos armados cuya disolución se reclamaba. En esta ocasión Rosa Luxemburgo había comprendido sin autocomplacencias la situación real en su artículo “El orden reina en Berlin”, publicado el 14 de enero en la prensa del KPD, reconociendo de hecho el “éxito y progresiva acotación de la revolución democrática” (Ferran Gallego, 2001). La revolución socialista no podía hacerse contra la revolución democrática. Aunque la revolución democrática quedase manchada a su vez por la dura represión emprendida por Noske, al que el Consejo de los Delegados del Pueblo le dio plenos poderes y en cuyo uso recurrió a la forma de una tropa con mandos del antiguo ejército imperial y cubrió, en la práctica, la acción de los incipientes cuerpos francos contrarrevolucionario[5]; las tropas fusilaron a detenidos aplicándoles la ley de fugas (Noske lo justificó) y los cuerpos francos fueron responsables del asesinato vengativo de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, el 15 de enero cuando hacía tres días que el movimiento insurreccional en Berlín había quedado neutralizado. Se puso ya entonces en evidencia que recurrir al aparato del estado imperial tenía costes elevados, no tanto por lo que llegó a suceder en los años treinta (el ascenso del nazismo al poder tiene un complejo de causas diferentes que van desde las cargas que la “paz cartaginesa” de Versalles arrojó sobre la nueva república hasta la suicida respuesta deflacionista a la crisis de 1929, que permitieron amalgamar el nacionalismo con el descontento social de las clases medias en torno al rechazo de la república) sino porque estimuló la reacción contrarrevolucionaria que se manifestó en la multiplicación de los cuerpos francos generando un clima de confrontación civil – no creo acertado hablar de guerra civil -, asesinatos políticos como los de Kurt Eisner y Hugo Haase en febrero y noviembre de 1919 y finalmente el putsch de Kapp y Ludendorff, entre el 13 y el 17 de marzo de 1920, que estuvo en un tris de derribar a la recién constituida república y llevó a Noske a dimitir del gobierno, ante la evidencia de las concesiones que había realizado a los enemigos de la revolución democrática en su obsesión de sofocar la continuación de las movilizaciones revolucionarias.
La insurrección de enero, impropiamente calificada como “espartaquista”, y su sangrienta represión no impidieron ni la celebración de las elecciones a la Asamblea Constituyente ni el éxito obtenido en ellas por Ebert y el SPD que obtuvo once millones y medio de votos, el 38%, y 165 diputados del total de 423. Un resultado suficiente para seguir liderando el proceso de la revolución democrática, pero insuficiente para gobernarlo en solitario, aunque ello redundaba en la previsión preferida por la dirección socialdemócrata, la de la alianza con el Partido Demócrata y con el Partido del Centro, católico. La situación en las calles distaba de estar controlada, hasta el punto de que Ebert impuso que la Asamblea Constituyente se instalara en Weimar, a salvo de las presiones sociales que se mantenían en Berlín; en ésta siguió instalado el gobierno, integrado a partir del 18 de febrero por el SPD y sus dos aliados, así como Ebert elegido Presidente del Reich, republicano, el 11 de febrero. Prosiguieron las movilizaciones revolucionarias que seguían reclamando una república de consejos (en Bremen y el Ruhr en enero, en marzo en Berlín, también en Brunswick, Leipzig, Magdeburgo, en abril en Munich) y su represión sangrienta por las tropas de Noske y los cuerpos francos, con un saldo de algunos millares de víctimas, muchos más que el levantamiento general de noviembre de 1918. No se alteró el desenlace marcado entre el acuerdo del Primer Congreso de Consejos de toda Alemania y las elecciones a la Asamblea Constituyente, pero la permanencia de aquel estado de movilización y la pérdida de apoyo del SPD en favor del USP (en las elecciones de junio de 1920 el SPD obtuvo solo algo más de seis millones perdiendo casi la mitad de sus votos, en tanto que el USPD saltó de los 2,3 millones obtenidos en 1919 a 5, amenazando invertir la correlación entre ambos) siguió alentando la esperanza de que Alemania, ni tan pronto ni tan rápidamente como se había esperado en 1918, fuera el nuevo eslabón – éste central – roto de la cadena capitalista, un paso definitivo hacia la revolución mundial, la justificación histórica de la Internacional Comunista cuya constitución había sido convocada en diciembre de 1918 y llevada a cabo a partir de marzo de 1919. Esa será otra historia; la de la República “de Weimar” no se alteró en lo fundamental después de superar la grave crisis de marzo de 1920, a pesar de los fracasados intentos insurreccionales comunistas de marzo de 1921 y de octubre de 1923 que esperaba capitalizar el año terrible de la ocupación del Ruhr por las tropas francesas y el brutal clímax final de la superinflación. No sólo no se alteró, entró a partir de 1924 en un breve “edad de oro” abruptamente interrumpida por la crisis general de 1929.
Notas:
[1] Citado por Amaro del Rosal, Los Congresos Obreros Internacionales, vol 2. Grijalbo, México, 1958.
[2] Aldo Agosti, La Terza Internazionale. Storia documentaria, volumen 1, primera parte, Editori Riuniti, Roma, 1974. También Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. Primera parte. Cuadernos de Pasado y Presente. Córdoba (Argentina) 1973, que incluye el estudio de Ernesto Raggioneri “Lenin y la Internacional Comunista”.
[3] Ferran Gallego, De Munich a Auschwitz. Una historia del nazismo, 1919-1945, Plaza Janés, 2001. El primer capítulo es una síntesis de la revolución, con amplias referencias bibliográficas.
[4] De acuerdo con el testimonio de Paul Frölich, Rosa Luxemburgo. Vida y obra (1939), versión en castellano de Editorial Fundamentos, Madrid, 1976.
[5] Gustav Noske, La revolución alemana. Seix Barral, Barcelona, 1921, traducción castellana de Manuel Reventós.
José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea. Universidad Autónoma de Barcelona. Especialista en historia del movimiento obrero y de la guerra civil española. Su último libro: Guerra y revolución en Cataluña. 1936-1939, Crítica, Barcelona, 2018.
La cara oculta de la luz
Rebelión
Por Miguel Casado
Cuenta Malcolm Lowry en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, el viaje a México que está en el origen de Bajo el volcán, y cómo, cuando alguien quería venderles algo, su mujer le disuadía diciendo: “Nosotros no somos americanos ricos, nosotros somos canadianos pobres”. Y he recordado la frase, expropiación incluida del nombre continental, ahora que releía a Margaret Atwood (Ottawa, 1939). Quizá se parece más cada vez lo que ocurre con la literatura americana al monopolio de hecho que desde hace décadas impone entre nosotros su cine: la proporción entre las traducciones, el carácter de noticia que adquiere el menor movimiento de uno de los muchos nombres que se suponen fundamentales, aunque sean de palabra volandera. Y el lugar secundario que se reserva, pese a premios y reconocimientos, a figuras como Atwood, que han conseguido mantener la narrativa en un espacio casi abandonado hoy por la mayoría de sus autores, críticos y lectores: el espacio del arte.
Los diarios de Susanna Moodie , libro de poemas de 1970, funda el mundo de Atwood en la extrañeza: la voz de una mujer que emigró a Canadá en la primera mitad del XIX abre el diálogo, que será luego permanente, entre una normalidad, posible por el borrado de la memoria, el olvido necesario de toda raíz, y una extrañeza que se polariza en una lengua ajena y una naturaleza tan incontrolable como asediada. Y, en medio de ambos polos, la percepción y la conciencia de quien, no cesando de construirse a sí misma, se reconoce en el desamparo de lo real: “si abrieran bien los ojos aunque fuese un instante / a estos árboles, a este extraño sol / se verían rodeados, atormentados, invadidos / por ramas, por raíces y zarcillos / y por la cara oscura de la luz / lo mismo que estoy yo”. Y, así, cara oscura de la luz, otro de sus libros de poemas se titula Luna nueva. La percepción y la conciencia se sienten, en esta escritura, indistintas de la lengua. Como en La novia ladrona, donde se observa a tres mujeres de conductas y personalidades estereotipadas, incluso en su intimidad misma, según variados códigos culturales, y una peculiar sutileza verbal va poco a poco logrando que se perfile su singularidad. O como en la retórica post-revolucionaria de un personaje de Resurgir,los jirones desgastados y colonizados de los discursos adheridos a su piel “como sarna o líquenes”. Es aquí el de la lengua un trabajo simultáneo de extrañamiento y apropiación, capaz de desnudar la existencia y de nombrarla, como si trajera de los poemas el peso de las frases en medio de un silencio que rehúsa redondearlas.
Incluso en un mundo tan excepcional y violento como el de El cuento de la criada, la dinámica que hace invisible la normalidad no cesa de hilarse: “¿Así vivíamos entonces? Pero llevábamos una vida normal. Como casi todo el mundo, la mayor parte del tiempo. Todo lo que ocurre es normal. Incluso lo de ahora es normal”. Y, aunque la reflexión se hace difícil en ciertas condiciones, queda la percepción, la observación continua y casi obsesiva, un olor que de pronto sobresalta, algo que estuvo en un mundo anterior –quizá como en la memoria de los emigrantes, suspendidos entre una tierra perdida y otra no encontrada, memoria de la que esta mirada viene, más allá de la biografía. Y, así, una experiencia personal aparentemente limitada, compuesta apenas de detalles cotidianos, sin acceso a panoramas generales, es la que dibuja en El cuento de la criada una opresiva sociedad futura, Gilead (o no tan futura: escrita en 1985, sorprende reconocer, a manera de gérmenes ponzoñosos, tantos elementos que están en nuestro presente), establecida en los actuales Estados Unidos, modelo de control teocrático y proscripción de la libertad, en la estela de Orwell. El fundamentalismo del Estado islámico o los talibanes o del cristiano tea party, el robo de niños en Argentina o España, la moral formal y doble de las sociedades católicas, algunas nuevas tecnologías, asoman avant la lettre en esta turbia síntesis. Pero, sobre todo, la forma en que se articula la opresión sobre las mujeres.
En el primer momento del golpe que impuso el nuevo estado, se cortaron sus cuentas bancarias y se las despidió de sus trabajos; la nueva sociedad se cimenta en la servidumbre de las mujeres y en un cuidadoso lavado de cerebro (que tanto recuerda al de la franquista Sección Femenina), en su explotación como mano de obra para los trabajos peligrosos y como máquinas para la reproducción de la especie. La voz de Atwood es sin duda feminista y cada una de sus frases deja resonar los siglos de desigualdad; pero, más en concreto, quizá su aportación clave sea mostrar cómo el antagonismo hombre/mujer es el principal de los que atraviesan a la especie, transversal a los antagonismos sociales e inconmensurable con ellos. Nunca esquemática, esta capacidad suya para situar los problemas en otro lugar del establecido resulta, entre todas sus virtudes, la más fuerte y perturbadora.
En Resurgir, la que tengo por su novela mayor, con zonas de particular intensidad, hay numerosos focos de conflicto –el nacional, con la sensación de invasión americana en Canadá, el político, el generacional, el que opone lo rural y lo urbano, el de la inserción o la exclusión social…– que resultan desplazados, vueltos del revés, cuando los horada el antagonismo de género, y el otro, igualmente inconmensurable, que opone civilización y naturaleza. El cambio de ritmo final, una aceleración brutal e inesperada, deja a la protagonista sometida a la irrupción de formas de conciencia que la iluminan y devastan a un tiempo: su súbita comprensión de la estructura familiar, el desplazamiento de las preguntas por la maternidad, el amor o la culpa hacia un espacio de compleja libertad y posesión de sí, la opción por una animalidad en la intemperie que su cuerpo no puede asumir… se suceden con el impacto de fuerzas que deciden la vida, con un ritmo que corta la respiración. La apertura del final no palía nada, no atenúa los conflictos ni las decisiones, pero hace visible una vía de construcción de la conciencia y funda un espacio de resistencia que se puede compartir. Como aquella frase grabada con la uña, en el fondo del armario de la narradora de El cuento de la criada, herencia de la criada reproductora que la precedió: “Nolite te bastardes carborundorum”, no dejes que los bastardos te carbonicen, te consuman.
Lecturas.-
–– Malcolm Lowry, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo. Traducción de Carlos Manzano. Barcelona, Bruguera, 1981.
–– Margaret Atwood, Los diarios de Susanna Moodie. Traducción de Lidia Taillefer y Álvaro García. Valencia, Pre-Textos, 1991.
––, Luna nueva. Traducción de Luis Marigómez. Barcelona, Icaria 1999.
––, El cuento de la criada. Traducción de Elsa Mateo Blanco. Barcelona, Seix Barral, 1987.
––, Resurgir. Traducción de Ana Poljak. Barcelona, Muchnik, 1994.
––, La novia ladrona. Traducción de Jordi Mustieles. Barcelona, Ediciones B, 1996.
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