viernes, 14 de julio de 2017

Lo que hay que prohibir es la arrogancia de EE.UU.



Por Diana Johnstone **

Traducido por Silvia Arana

En un contexto de indiferencia casi total, marcada por abierta hostilidad, los representantes de más de cien países de los menos poderosos del mundo están participando en la tercera semana de sesiones de Naciones Unidas con el objetivo de alcanzar una prohibición legal del uso de armas nucleares. Muy poca gente se ha enterado de esto.
¿Prohibir las armas nucleares? ¡Otra vez con eso! Mejor cambiemos de tema.

En su lugar, hablemos de los hackers rusos, de los derechos de los transexuales para usar el baño de su preferencia, e incluso podemos hablar de algo realmente importante, como es el cambio climático.

Pero, espera un momento. El daño a la sociedad y al planeta, ocasionado por el incremento proyectado de unos pocos grados en la temperatura global, aunque comúnmente descripto en términos apocalípticos, sería menor comparado con el resultado de una guerra nuclear total. Adicionalmente, determinar el nivel de responsabilidad del ser humano en el cambio climático ha sido más controversial entre los científicos expertos en el tema de lo que sabe el público, debido al rol de factores como las variaciones solares. Pero el grado de responsabilidad del ser humano en las armas nucleares es indudablemente total. El peligro de la guerra nuclear depende de los humanos, y algunos de esos hombres pueden ser nombrados, como James Byrnes, Harry Truman y el general Leslie Groves. El gobierno de Estados Unidos de manera deliberada ha creado este peligro para la vida humana en la Tierra. Enfrentados a la capacidad evidente y la disposición moral para arrasar con ciudades demostrada por EE.UU., otros países han construido sus propios dispositivos letales disuasivos. Estas armas disuasivas nunca fueron usadas, y por ello, el público se engaña al creer que no hay peligro en el presente.

Pero Estados Unidos, el único poder culpable de matanzas nucleares, continúa perfeccionando su arsenal nuclear y continúa proclamando su "derecho" a lanzar el "primer ataque", cuando así lo quiera.

Estados Unidos obviamente promueve el boicot a la conferencia para la prohibición de las armas nucleares.

A raíz de una conferencia anterior de este tipo, el pasado mes de marzo, Nikki Haley, la necia embajadora del presidente Trump ante las Naciones Unidas, encubrió sus pálidas justificaciones con un manto de femineidad: "Como madre e hija, no hay nada que desee más para mi familia que un mundo sin armas nucleares", dijo con total descaro. Y agregó: "Pero tenemos que ser realistas. ¿Quién puede creer que Corea del Norte apoyaría una prohibición de armas nucleares?"

Bueno, sí. Hay mucha gente, que obviamente ha pensado más en este tema que Nikki Haley y cree que Corea del Norte, cercada por las agresivas fuerzas estadounidenses durante siete décadas, considera que su pequeño arsenal nuclear es disuasivo, y que ciertamente renunciaría a él a cambio de que finalizara la amenaza estadounidense.

Corea del Norte es un país muy extraño, un heredero del "Reino Ermitaño" de la época medieval, con una ideología forjada en la resistencia comunista al imperialismo japonés del siglo pasado. Su extremadamente excéntrico liderazgo usa la tecnología de avanzada como una imitación de la Gran Muralla. Un acuerdo de paz entre Corea del Norte y del Sur resolvería el problema.

Es absurdo decir que la amenaza de guerra nuclear proviene de Pyonyang y no del Pentágono. Se exagera la "amenaza" coreana para hacer creer que el arsenal nuclear estadounidense es "defensivo", cuando en realidad es exactamente lo opuesto.

Una prohibición legal al uso de armas nucleares aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas es una excelente idea, y sería bueno que los expertos lleguen a un acuerdo sobre todos los detalles técnicos y legales, por si se diera el caso - el caso de que se produjera un cambio en la mentalidad que reina en el Distrito de Columbia* y sus alrededores.

Los defensores de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, según sus siglas en inglés) en defensa de su causa dicen que "las armas no matan a la gente, la gente mata a la gente". Sería más preciso decir que la gente con armas mata a la gente. Las armas nucleares no destruyen el mundo. Pero la gente con armas nucleares puede destruir el mundo. Lo que importa es lo que está en la mente de las personas.

Durante el momento más álgido de la Guerra Fría, mi padre, el Dr. Paul H. Johnstone, trabajó veinte años como analista de alto rango en el Grupo de Evaluación de Sistemas de Armas (WSEG, según sus siglas en inglés) del Pentágono. Allí, equipos de expertos trataban de discernir que sucedería si se produjera una guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia (la Unión Soviética en esa época, aunque ellos se referían comúnmente a "Rusia"). Al jubilarse, mi padre escribió un libro relatando lo que había aprendido de esa experiencia, que ahora ha sido publicado por Clarity Press con el título From MAD to Madness . Aprendió que personas aparentemente normales, hombres amables, eran capaces de contemplar el inicio de una guerra nuclear global, en la que murieran millones de seres humanos, incluso si algunos de esos millones fueran estadounidenses.

La conclusión de un estudio de alto nivel decía: "el consenso general ha sido que, aunque un conflicto nuclear dejara a EE.UU. en condiciones de daños graves, con varios millones de muertos y una escasa capacidad inmediata de combate, EE.UU. seguiría existiendo como una nación organizada y viable, y finalmente, prevalecería; mientras que la Unión Soviética no lo haría.

Veinte años después, mi padre comentó: "Esta situación básica no ha cambiado. Las armas nucleares siguen ahí, y los analistas siguen analizando cómo usarlas".

Y aún ahora, cuarenta años después, la situación básica no ha cambiado, y posiblemente ha empeorado. No solo ha empeorado en lo que se refiere al arsenal, que ahora apunta ha lograr un nivel tal de precisión y penetración subterránea que puede arrasar la estructura comando de un adversario antes que este se dé cuenta de lo que ha sucedido. Lo que más ha empeorado es la mentalidad que acompaña a esas pretensiones, en particular el auge de un grupo cerrado y hambriento de poder: los "neoconservadores", que en los últimos treinta años han impuesto en Washington las ambiciones de la supremacía global de EE.UU. Ya no existe un enemigo ideológico. Solo basta que exista alguien que se sienta con derecho a vivir en condiciones igualitarias en este planeta.

La actual histeria anti-Rusia es nada más que un síntoma de esa mentalidad, para la cual es intolerable cualquier cuestionamiento a la dominación estadounidense del mundo.

Seguramente están planeando cómo eliminar esos cuestionamientos tan intolerables. Eso no se hace en audiencias públicas del Congreso, con la presencia de cámaras. Eso se hace en la división de planeamiento militar del Pentágono, en los preparativos para contingencias. Seguramente en este mismo momento se están haciendo esos planes para librar una guerra nuclear contra Rusia y China, y ni qué hablar de Irán. El resumen ejecutivo de los atareados líderes políticos convenientemente concluirá con la nota optimista de que, a pesar de los problemas, Estados Unidos "prevalecerá".

Estados Unidos con su arsenal nuclear es como un maniático con delirios de grandeza. Los delirios son institucionales más que individuales. Se puede llevar psicólogos que traten de persuadir a un individuo maníaco que ha tomado niños de rehenes en una escuela, pero no se conoce ningún tratamiento psicológico para los delirios de masa. En EE.UU., gente supuestamente normal, cree de verdad que su nación es "excepcional". La doctrina militar estadounidense no habla de "derrotar" sino de "destruir". Se puede "derrotar" a un enemigo en una guerra sobre una cuestión en particular, pero para el Pentágono, el enemigo debe ser destruido. Para serle útil a esta maquinaria asesina, los jóvenes son entrenados con películas y video-juegos que enseñan a visualizar al enemigo como extraterrestres, o intrusos en nuestro mundo, que deben ser eliminados; y no como seres humanos similares a los estadounidenses.

La razón fundamental por la cual los líderes de Estados Unidos se sienten obligados a mantener la supremacía nuclear es su creencia de que este país "excepcional" tiene el derecho y el deber de detentar un poder absoluto de destrucción. Mientras esta mentalidad domine en Washington, no habrá ninguna posibilidad de desarme nuclear, y existirán todas las posibilidades de una guerra nuclear tarde o temprano. El desarme nuclear -una medida de precaución absolutamente necesaria para el bien de la humanidad- solo será posible cuando los líderes de Washington reconozcan que los demás pueblos también tienen el derecho y el deseo de vivir.

La cuestión de fondo es cómo lograr esta transformación psicológica.

Desde agosto de 1945 hemos escuchado que "Hiroshima debe ser un despertar moral", uniendo a los pueblos en torno a una preocupación común por la humanidad. Eso no ha sucedido. Más aún, hoy el letargo moral es más profundo que nunca.

Distrito de Columbia es la denominación oficial de Washington, la capital de EE.UU.(N. de la t.)
** Diana Johnstone es la autora de Fools’ Crusade: Yugoslavia, NATO, and Western Delusions . Su nuevo libro sobre Hillary Clinton se titula Queen of Chaos: the Misadventures of Hillary Clinton .

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