Mostrando entradas con la etiqueta Victor Jara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Victor Jara. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de octubre de 2020

Víctor Jara y el mismo enemigo al acecho

Granma

Por Guille Vilar

Sus canciones, matizadas por un arraigado compromiso social, hablan de realidades no solo presentes en su país. 
(Archivo de Granma).

A 47 años del asesinato del querido cantautor chileno a manos del fascismo, se mantiene inmensa su obra en nuestras almas

En nuestra cosmopolita urgencia por consumir la vida, envueltos en la dinámica de escoger a los preferidos entre diferentes géneros musicales de todas las épocas, cuando hacemos referencia al cantautor Víctor Jara –asesinado por el fascismo hace hoy 47 años– detenemos en seco semejante andar para meditar, respetuosamente, en torno a la vigencia de su legado.

El hecho de haber recibido 44 disparos en su cuerpo, dos en la cabeza, seis en las piernas, 14 en los brazos y 22 en la espalda, además de que le cortaran la lengua y le destrozaran las manos a culatazos, revelan el grado de odio del fascismo contra este artista, nacido de las mismas entrañas del pueblo chileno.

Sus canciones, matizadas por un arraigado compromiso social, hablan de realidades no solo presentes en su país, sino en muchos del continente donde calamidades como el hambre, la miseria y la represión evidencian cicatrices que permanecen abiertas para saciar la voracidad del imperio. Escuchar ahora mismo a Víctor Jara en la canción Plegaria a un labrador, no puede menos que dejarnos conmovidos por la hondura del humanismo de un profeta para días como estos, mientras que en Zamba del Che comulga con idénticas razones por las que aquel entregara su vida a favor de una causa justa.

Otras expresan su pasión solidaria por conflictos en lejanas regiones, como El derecho de vivir en paz, dedicada a la lucha del heroico pueblo vietnamita en contra del ejército invasor estadounidense, canción que, a propósito, en cada aniversario del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima, es interpretada en japonés por un coro de dicha ciudad asiática. Esta merecida expansión de la amplitud de su obra, que los asesinos no se podían ni imaginar, ha llegado hasta una figura mediática del rock como Bruce Springsteen, quien durante un concierto de hace siete años, en el propio Santiago de Chile, cantó en español, como para que nadie dudara de su compromiso con el autor, nada menos que la emblemática Manifiesto, una de las piezas en donde Jara conceptualiza el matiz de su ideología progresista. Sin embargo, su canción más universal es Te recuerdo, Amanda, hermosa historia de amor que ha sido honrada por personalidades del rango de Silvio Rodríguez; de Joan Manuel Serrat, con la agrupación Presuntos implicados, además del cantante flamenco José Mercé, y por alguien dueña de un poderoso cantar como el de Mercedes Sosa.

A la obra de Víctor Jara se le puede encontrar resguardada en la inmensidad de nuestras almas, donde protegemos todo aquello que nos resulta verdaderamente valioso, pero nos pide estar alertas, porque continúa al acecho un peligroso enemigo, el que le sesgara la vida, el mismo de siempre.


sábado, 26 de enero de 2013

Víctor Jara: Matar a un riuseñor




Por Álvaro Cuadra

En un libro reciente Mario Amorós, Sombras sobre Isla Negra, nos refiere la reacción de Neruda ante la muerte de Víctor Jara, triste presagio de la suya propia en la Clínica Santa María en oscuras circunstancias. Desde su lecho de enfermo, en la habitación, Pablo le increpa a Matilde: “Están matando gente, entregan cadáveres despedazados. La morgue está llena de muertos, la gente está afuera por cientos, reclamando cadáveres. ¿Usted no sabía lo que le pasó a Víctor Jara?, es uno de los despedazados, le destrozaron sus manos… ¿Usted no sabía esto? ¡Oh dios mío! Si esto es como matar un ruiseñor, y dicen que él cantaba y cantaba y que esto los enardecía” 

En aquellos tristes días de septiembre de 1973, Víctor Jara fue llevado desde la Universidad Técnica del Estado al Estadio Chile, un centro de detención de ciudadanos; allí fue sometido a vejámenes durante varios días y, finalmente acribillado. Hoy, un proceso judicial en curso ha señalado el nombre de los verdugos: Pedro Barrientos Núñez, Hugo Sánchez Marmonti y entre los cómplices Edwin Dimter, alias “El Príncipe” Hoy sabemos que en todo el territorio nacional, aquel día y los que siguieron, muchos hombres de armas se convirtieron de uniformados al servicio de su patria en asesinos y criminales.

El cuerpo de Víctor Jara fue tirado cerca del cementerio con 44 impactos de bala y evidencias claras de tortura. Fue sepultado en silencio y soledad por su viuda, Joan Turner, como única testigo de la infamia, al tiempo que Chile entero se sumía en una oscura noche de terror dictatorial que duraría varios años. Mientras muchos chilenos enterraban a sus muertos, muchos uniformados, con la abierta complicidad de civiles de derecha, ebrios de sangre, recorrían amenazantes las mudas calles de nuestras ciudades y poblados.

A casi cuatro décadas de aquella tragedia, los chilenos hemos podido conocer, aunque sea muy parcialmente, las dimensiones más tenebrosas de lo acontecido. Bien sabemos que muchos de los culpables, tanto uniformados como sus cómplices civiles, siguen impunes en el Chile de hoy. Lo que no sabían los verdugos de entonces es que al matar un ruiseñor, su canto se multiplica al infinito en un “para siempre” y sus ecos resuenan una y otra vez en el mundo entero, tal y como cantara Víctor Jara: “Ahí donde llega todo / y donde todo comienza / canto que ha sido valiente /siempre será canción nueva”.