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jueves, 10 de febrero de 2022

Dependencia y colonialismo jurídico en América Latina

Rebelión


«…la situación colonial no es lo mismo que la situación de dependencia. 

Aunque se dé una continuidad entre ambas, no son homogéneas».

Ruy Mauro Marini

El colonialismo jurídico es un concepto que se agrega al acervo lingüístico latinoamericano con connotaciones con los procesos e intentos de dominación de las grandes potencias, en particular, de Estados Unidos sobre Nuestra América.

En su alocución ante el inicio de las actividades judiciales del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, el presidente Nicolás Maduro en relación con los intentos fallidos de deponer la revolución bolivariana y a su gobierno mediante «poderes paralelos» desde el exterior, sentenció que:

«Luego de fracasar por todas estas vías del poder paralelo, por todas estas vías de agresiones económicas y amenazas militares, ahora el imperio norteamericano pretende ensayar contra Venezuela el llamado colonialismo jurídico, preparémonos para denunciar al colonialismo jurídico que pretenden imponer a nuestro país» (Sputnik, 27 de enero de 2022).

Esta afirmación es fundamental porque contiene varias aristas. En primer lugar, revela el fracaso del imperialismo norteamericano por imponer su dominación al estilo en que estaba acostumbrado en el pasado histórico cuando gozaba de plena hegemonía y supremacía en las relaciones internacionales, particularmente, después de la disolución de la Unión Soviética y del Bloque Socialista que ocurrió a principios de la década de los noventa del siglo pasado y que culminó con la independencia de las 15 Repúblicas de la ex-URSS y que se consagró en el conocido Tratado de Belavezha del 8 de diciembre de 1991. Esto marcó, en el plano ideológico y político geoestratégico, la reafirmación del unilateralismo norteamericano por parte de Washington a partir de los gobiernos sucesivos que guiaron su acción internacional bajo ese principio dogmático con pretensiones de devolver, para la clase dominante norteamericana y los halcones del pentágono, la supremacía histórica que alcanzó, particularmente, después de la llamada segunda guerra mundial cuando reemplazó al imperialismo británico.

En segundo lugar, si bien Estados Unidos ha impuesto una especie de protectorados incondicionales en América Latina, como es el caso sobresaliente de Colombia que alberga en su territorio 9 bases militares norteamericanas o de Puerto Rico, bajo la sombra de su Doctrina Monroe («América para los ‘americanos»), sin embargo, a partir del inicio del siglo XXI ha tenido que enfrentar una primera ola de gobiernos conocidos como progresistas (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, entre otros) que reafirman su soberanía con pretensiones de independencia de los grandes bloques imperialistas. Este fenómeno, vigente hasta la actualidad, ha sido el motivo del desencadenamiento de una furibunda agresividad imperialista contra pueblos y gobiernos que no se enmarcan en la lógica de dominación de Estados Unidos mediante la implementación de golpes de Estado llamados suaves, parlamentarios, judiciales acompañados de la imposición de «sanciones» (que más bien son agresiones), de bloqueos económico-financieros, marítimos y de todo tipo de medidas encaminadas a desgastar las bases socio-políticas y populares en que se apoyan esos procesos progresistas para finalmente derrocar a sus gobiernos en turno e imponer nuevos regímenes represivos afines a los intereses de Washington.

Esta etapa marca una diferencia histórica respecto a los golpes de Estado ocurridos en América Latina por lo menos desde el derrocamiento violento del gobierno constitucional de Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954, caracterizados por el proceso moderno de la contrarrevolución latinoamericana y la imposición de los Estados de Contrainsurgencia hasta la emergencia de la eufemística «democratización» que inicia a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado.

Este proceso de imposición de las dictaduras militares, que culmina en el Estado de Contrainsurgencia (reivindicado posteriormente por presidentes como el chileno Sebastián Piñera, el colombiano Iván Duque o el brasileño Jair Bolsonaro), es resumido por Marini en los siguientes términos:

«…la contrarrevolución latinoamericana se inicia con un periodo de desestabilización, durante el cual las fuerzas reaccionarias tratan de agrupar en torno a sí al conjunto de la burguesía y de sembrar en el movimiento popular la división, la desconfianza en sus fuerzas y en sus dirigentes; continúa a través de un golpe de Estado, llevado a cabo por las Fuerzas Armadas, y se resuelve con la instauración de una dictadura militar» (Ruy Mauro Marini, «La cuestión del fascismo en América Latina», Cuadernos Políticos, n. 18, México, editorial Era, octubre-diciembre de 1978, pp. 23-24).

Ante el desgaste de este modelo imperialista de imposición de dictaduras mediante el golpe de Estado, en el curso de los ochenta, Estados Unidos, junto con los bloques dominantes de poder de la burguesía dependiente y las fuerza militares sellarán consenso para impulsar la «democratización» del Estado restituyendo sus poderes clásicos (ejecutivo, legislativo y judicial) junto con un Cuarto Poder (supuestamente resguardado en sus cuarteles) correspondiente a la casta militar, en algunos casos, representada en órganos supranacionales como los Consejos de Seguridad Nacional (CSN) donde gobierna el capital nacional y extranjero, las oligarquías y las burguesías dependientes, fuertemente comprometidas con la imposición y desarrollo del patrón de acumulación y reproducción neoliberal del capitalismo dependiente y subdesarrollado en la región.

De este modo, surgirá una nueva fase histórica de imposición de los intereses geopolíticos y estratégicos norteamericanos que se va a diferenciar respecto a los «golpes clásicos» de Estado, ortodoxos, por decirlo así, ocurridos en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo XX.

La primera diferencia de los actuales golpes de Estado, suaves, institucionales o también denominados parlamentarios, respecto a los del pasado perpetrados por los militares y la oficialidad castrense, deriva del hecho de las prácticas políticas por parte de los gobiernos y los movimientos populares, que rebasan los marcos impuestos por las democracias «gobernables, restringidas y viables», diseñadas y toleradas por Washington.

Una segunda diferencia respecto al pasado radica en que los golpes de Estado se producen en pleno proceso de prevalencia de las democracias parlamentarias y donde no se hace necesaria – por lo menos hasta ahora como mostraron los casos del derrocamiento de los presidentes Manuel Celaya en Honduras en junio de 2009 y de Fernando Lugo en el Paraguay mediante juicio político en junio de 2012 – la intervención directa de las fuerzas armadas, sino que la participación de las oposiciones de derecha y ultraderecha que echan mano de la institucionalidad burguesa (elecciones, sistemas judiciales, decretos presidenciales, promulgación de leyes como la de la amnistía para liberar de las cárceles a los políticos presos, el uso de la «revocación del mandato», como en Venezuela, reclamada por la oposición pronorteamericana atrincherada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), aunada al uso de la violencia (como las guarimbas venezolanas) en el contexto de un extendido proceso de guerra económica, psicológica, financiera, de desprestigio de los presidentes y sus gobiernos, así como del uso de los medios de comunicación y de las redes sociales para desprestigiar a los «peligrosos» gobiernos progresistas. Toda una cantinela que, desafortunadamente, prende en algunos sectores de las masas populares y de las clases medias que termina por legitimar la imposición de las fulminantes políticas y reformas neoliberales, como en la Argentina del empresario Macri y de Brasil con Michel Temer y Jair Bolsonaro.

La tercera diferencia que observamos, respecto a los golpes tradicionales del pasado, es que el inicio del proceso contrarrevolucionario promovido por la derecha y la ultraderecha latinoamericana, marca la pauta para que esas fuerzas desencadenen toda una campaña de desprestigio e incriminación de los gobiernos progresistas como «responsables» únicos y directos de la crisis económica y social, así como en la imposibilidad de resolver las grandes carencias de la población en materia de salud, alimentación, suministro de víveres, educación y seguridad social. Para ello, utilizan las grandes cadenas privadas nacionales e internacionales de los medios de comunicación para «legitimar» entre la población las «bondades» del neoliberalismo y los «fracasos» y «metas incumplidas» de los progresismos.

Una cuarta diferencia, consiste en el hecho de que, en vez de que el proceso contrarrevolucionario continúe en el golpe de Estado con la intervención y presencia de las fuerzas armadas, reviste, como dijimos, un carácter parlamentario que simula la esencia golpista de las acciones contrarrevolucionarias. En quinto lugar, en vez de que el golpe culmine con la clásica dictadura militar, como la que se estableció luego del golpe de Estado en Brasil en 1964 o en Chile en 1973, el proceso se resuelve con el establecimiento de gobiernos civiles, formalmente «democráticos», reaccionarios, neoliberales y conservadores articulados a las prácticas contrainsurgentes y geopolíticas del imperialismo norteamericano. Por último, lo que desde cierta perspectiva sociológica y política asemeja los actuales golpes parlamentarios en curso con el fascismo, es que aquéllos se revisten de un cierto «contenido popular» (populismo de derecha) y «democrático» para lograr el apoyo de algunos sectores de la población y de las clases medias a las derechas y a los gobiernos golpistas, como se observó claramente en el caso del golpe de Estado policial-militar y cívico en Bolivia contra el gobierno legítimo y constitucional del MAS y del presidente Evo Morales o en el caso del «golpe blando» ocurrido en Honduras donde, mediante fraude electoral y a sangre y fuego perpetrado por los militares, se impuso la reelección del presidente Juan Orlando Hernández, acusado por la Fiscalía de New York de usar dinero proveniente del narcotráfico, en las elecciones celebradas el 26 de noviembre de 2017 con el beneplácito de la OEA y de Estados Unidos.

Al haber fracasado hasta ahora todas las tentativas de golpe de Estado contra el gobierno constitucional y legítimo de Venezuela, desde la auto proclamación en una plaza pública del «presidente encargado» por Washington, Juan Guaidó, la bravuconada de introducir supuesta «ayuda humanitaria» a Venezuela desde la frontera con Colombia; luego del artero ataque contra las plantas e instalaciones del sistema eléctrico del país, pasando por las ineficaces «sanciones» imperialistas del gobierno de Trump, y el evidente desinflamiento de la oposición conservadora, nuevamente Estados Unidos baraja la posibilidad de la intervención externa utilizando a alguno de sus peones latinoamericanos. Le tocó su turno al presidente fascista de Brasil, Jair Bolsonaro, quien hizo declaraciones públicas de invadir a Venezuela sin reparar en las causas por las cuales desencadenar tal acción. En este tenor el exsecretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, realizó una gira por Latinoamérica para intentar organizar esa agresión contando con, además de Brasil, los buenos e incondicionales oficios de los gobiernos neoliberales de Chile, Perú, Paraguay y Colombia.

Este «ciclo» de golpes suaves comenzó con la destitución del presidente hondureño, Manuel Zelaya, en 2009 y del presidente paraguayo, Fernando Lugo, tres años después. La asonada continuó el 6 de diciembre de 2015 cuando la ultraderecha venezolana ganó la Asamblea Nacional donde se atrincheró para intentar, infructuosamente y bajo la conducción del gobierno norteamericano, derrocar al gobierno constitucional y legítimo de Nicolás Maduro. Luego siguió el triunfo electoral, en segunda vuelta y por un estrecho margen de no más de 3 puntos, del empresario Mauricio Macri (el 22 de noviembre de 2015), la destitución de la presidenta constitucional brasileña, Dilma Rousseff, mediante «impeachment» (impedimento) el 31 de agosto de 2016 y el arribo del presidente de facto, Michel Temer que cimentó la llegada electoral posterior, en segunda vuelta, del filofascista Jair Bolsonaro, el 28 de octubre de 2018.

Es en este contexto que, a nuestro juicio, emerge como un salvavidas del imperialismo norteamericano, el concepto de «colonialismo jurídico» tendiente a legitimar nuevas aventuras golpistas contra los gobiernos que Estados Unidos estima de «progresistas» y «peligrosos» a sus intereses estratégicos en una región —su «patio trasero»— que es vital para fortalecer su enfrentamiento estratégico contra las (nuevas) potencias emergentes, como Rusia y China, de verdadero porte nuclear, que son fuertes promoventes del multilateralismo y del mundo policéntrico que contradice, y enfrenta, el carcomido e inviable unilateralismo del imperialismo norteamericano.

Para entender este proceso de imposición de poderes supranacionales paralelos por parte de un Estado extranjero y de fuerzas sociales y políticas internas y externas, es preciso entender la diferencia existente entre el concepto de dependencia y de colonialismo. Es Marini quien la advierte cuando escribe que: «…la situación colonial no es lo mismo que la situación de dependencia. Aunque se dé una continuidad entre ambas, no son homogéneas» (Dialéctica de la dependencia, Era, México, 1973, p. 19).

Y en efecto, colonia y dependencia no son sinónimos, sino que a la par que se diferencian, al mismo tiempo, guardan una situación de continuidad de algunos de sus rasgos esenciales (exportación de materias primas, dependencia de las inversiones extranjeras, permanencia de los latifundios capitalistas y de la renta agraria en manos de poseedores extranjeros) en el periodo posterior a la independencia política y la formación de los Estados nacionales.

De esta forma, la dependencia configura una situación histórico-estructural “…entendida como una relación de subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco las relaciones de producción de las naciones subordinadas son modificadas o recreadas para asegurar la reproducción ampliada de la dependencia” (Marini, Dialéctica de la dependencia, op. cit., p. 18).

Ante el fracaso de las intervenciones (militares) extranjeras, los golpes de Estado ortodoxos, el bloqueo económico contra Cuba y Venezuela; la imposición de «sanciones» (eufemismo que encubre las agresiones económicas y financieras); el financiamiento de las oposiciones políticas y de todo tipo de ONGs, la constitución por Estados Unidos del Grupo de Lima para derrotar a los gobiernos considerados enemigos de Estados Unidos y el ataque sistemático y directo de los medios hegemónicos de comunicación (CNN) en el contexto de tres procesos electorales enmarcados en el progresismo (Perú, Chile y Honduras), Estados Unidos viene implementando el colonialismo jurídico mediante la construcción de poderes paralelos externos a la nación agredida, como en el caso de Venezuela, donde poderes espurios operados desde el exterior como el legislativo, el judicial (TSJ, la Fiscalía de la Nación) y el diplomático (las embajadas secuestradas en Estados Unidos, así como el nombramiento de espurios embajadores en Colombia) son operados por la oposición apátrida desde Miami, Madrid y Bogotá con el irrestricto apoyo de Estados Unidos. Lo mismo ocurre con el petróleo de la empresa venezolana CITGO, filial de PDVSA, secuestrada por el imperialismo norteamericano y de 31 toneladas de oro venezolano por el británico con un valor de mil millones de dólares que disputa el usurpador Guaidó. El «nombramiento» como «presidente encargado» de Venezuela por Trump de este sujeto apátrida, y su ratificación por el actual presidente «demócrata», Joe Biden, así como la manutención del reconocimiento norteamericano de la extinta Asamblea Nacional controlada por la oposición golpista de ese país, junto a otros hechos como el desconocimiento del proceso electoral nicaragüense y de su presidente Daniel Ortega o los intentos golpistas contra el presidente boliviano, Luis Arce, entre otros, configuran un «modelo» de colonialismo jurídico impulsado por Estados Unidos para «legitimar» jurídicamente, bajo el imperio de las leyes norteamericanas y supuestamente en atención a las del país agredido, el intervencionismo y el golpismo disfrazados de «democracia» y de «defensa» de los «derechos humanos».

Mientras que el colonialismo de viejo cuño, impuesto por los países imperialistas en el período posterior a la conquista y agresión de los pueblos originarios de Nuestra América, directamente se administraba, política y militarmente, desde las metrópolis expansionistas capitalistas (España, Inglaterra, Francia, Portugal), este nuevo colonialismo jurídico ocurre dentro de las propias fronteras del Estado nación territorial, en contubernio con las fuerzas burguesas y oligárquicas que lo impulsan y retroalimentan con el objetivo de fracturar a la sociedad, a los poderes públicos y mutilar y reformar la Constitución política del país.

La alerta lanzada por el presidente venezolano, en el sentido de que los pueblos se tienen que preparar y organizar «…para denunciar al colonialismo jurídico», más allá de las diferencias político-ideológicas que pudieran existir entre las fuerzas progresistas y de izquierda, constituye una necesaria y urgente gesta de lucha permanente de los pueblos y los trabajadores de Nuestra América para contrarrestar los intentos golpistas y anexionistas del imperialismo y de las derechas apátridas internas que sirven a sus intereses estratégicos.

* Adrián Sotelo Valencia. Sociólogo, investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la FCPyS de la UNAM.


miércoles, 9 de febrero de 2022

La sequía golpea a las cosechas y a la economía de Sudamérica

Dialogochino.net



Una plantación de soja afectada por la sequía en la ciudad de Nao-Me-Toque en el estado de Rio Grande do Sul, Brasil. Imagen: REUTERS / AlamyBrasil, 

El sur de Brasil, Paraguay y el noreste de Argentina atraviesan un período de sequía severa que afecta la producción de soja y maíz

Argentina y Paraguay, los tres grandes países productores agrícolas de Sudamérica, atraviesan un prolongado período de sequía y de bajante de sus principales ríos. Esto golpea tanto las cosechas como el transporte fluvial de los cultivos de verano más importantes, con el maíz y la soja a la cabeza. 

Si bien todavía el escenario puede cambiar, el ciclo de granos gruesos del año 2021 y el 2022 en los tres países podrían terminar con pérdidas que impactarán en sus economías con una magnitud aún difícil de prever, coinciden especialistas. 

Para la soja, el grano estrella sudamericano, las pérdidas ocasionadas por el mal clima van desde las previsiones más conservadores, del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, que espera 9.5 millones de toneladas menos en los tres países, a otras más acentuadas, como los de la agencia brasileña AgRural, que estima que se producirán 20 millones de toneladas menos en los tres países. 

Para el maíz, según explicó la consultora en agronegocios Marianela de Emilio en un informe, será difícil que Argentina y Brasil lleguen a lo que esperaban hasta hace pocas semanas atrás. “El clima sigue poniendo a las proyecciones productivas de Sudamérica en la cuerda floja, con ajustes de área de siembra y rendimientos potenciales a la baja”, explicó.

20 millones menos de toneladas de soja se producirán en Brasil, Paraguay y Argentina, según la agencia brasileña AgRural.

Las proyecciones meteorológicas, al menos hasta el final de marzo o principios de abril, no son demasiado alentadoras para toda la región, ya que el fenómeno climático de La Niña continúa afectando el clima de América del Sur y contribuye a la sequía en los tres países.

“Mientras la tendencia de La Niña siga activa estos patrones seguirán y las proyecciones no son optimistas para el corto plazo, ya que seguimos bajo la influencia de un patrón de circulación que inhibe las precipitaciones en la zona de la cuenca del Paraná”, dijo Cindy Fernández, del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de Argentina. 

Un trío en problemas

Brasil es el principal productor y exportador de soja del mundo y el tercer mayor productor mundial de maíz. Los dos granos sufren en esta campaña por la falta de lluvias en los estados del sur y tendrán cosechas más reducidas de las esperadas hasta hace un mes, en volúmenes que aún están por definirse.

Ya hay previsiones que grafican lo que se perdió. La Compañía Nacional de Abastecimiento de Brasil (Conab) recortó sus estimaciones de cosecha para granos gruesos respecto a lo que se esperaba en diciembre pasado por la sequía. Se pasó de 142.8 millones de toneladas de soja a 140.5, mientras que para el maíz se esperan 112,9 millones de toneladas en vez de 117,2. 

En Argentina, la falta de lluvias en la región del centro-este durante el ciclo agrícola obligó a recortar en ocho millones de toneladas las estimaciones para la cosecha de maíz, que pasó de 56 millones a 48 millones, y la de la soja, de 45 millones a 40 millones. Una ola de calor afectó a la parte más fértil del país en las primeras semanas de enero. 

En Paraguay la situación no es mejor, según explicó el ministro de Agricultura de ese país, Moisés Bertoni. “Veníamos bien hasta las últimas semanas de noviembre, pero diciembre fue muy seco y en enero llegaron muy altas temperaturas que impactaron en la soja, que es el principal rubro de exportación de Paraguay”, sostuvo. 

Desde el gobierno paraguayo estiman que la sequía recortó un 30% la producción esperada de soja, lo que significa una pérdida de ingresos de unos 2.500 millones de dólares. En el maíz la situación también es problemática. “Muchos productores han optado por darle el maíz al ganado, aunque aún esperamos que las condiciones mejoren”, agregó Bertoni. 

Clima crítico

Sin embargo, las dificultades de esta temporada no son del todo nuevas. Tanto Paraguay como el sur de Brasil y el noreste argentino, una amplísima región de Sudamérica atravesada por los ríos que componen la cuenca del Plata, atraviesan desde hace casi tres años una situación de déficit hídrico severa con dos veranos consecutivos bajo la influencia de La Niña.

De acuerdo a Fernández, del SMN de Argentina, hace más de 20 años que no se registran lluvias normales o superiores a lo normal en el sur de Brasil, salvo excepciones, por lo que esa región arrastra un largo déficit de agua. En Argentina, la región del Litoral registra lluvias debajo de lo normal hace dos años, especialmente en el verano.

En parte esta intensidad y duración sobre la media son atribuibles al cambio climático, y la tendencia para el futuro es que estos eventos se repitan con mayor frecuencia

Según el ingeniero agrónomo paraguayo Luis Recalde no se trata de un fenómeno completamente desconocido o nuevo, pero sí inusual en su magnitud y duración. “En parte esta intensidad y duración sobre la media son atribuibles al cambio climático, y la tendencia para el futuro es que estos eventos se repitan con mayor frecuencia”, sostuvo. 

Para Recalde los problemas de la sequía van más allá de lo productivo y son socioambientales, desde las pérdidas de productividad agrícola y pecuaria “que tendrán efectos duraderos en los precios de productos de la canasta básica” hasta la multiplicación de los incendios forestales, que generan “gran pérdida de biodiversidad y daño a la salud en calidad de aire”. 

Bajante de los ríos

Los ríos que componen la cuenca del Plata, que tiene unos tres millones de kilómetros cuadrados de superficie, registran una bajante extraordinaria que comenzó en el invierno austral de 2019 y que aún persiste. Este fenómeno provoca diversas consecuencias para el uso humano de los ríos y sus funciones productivas. 

“Los impactos de la falta de caudal en los ríos son enormes y muy diversos, pero los más evidentes para las personas son la escasez de agua para consumo y el alza en los precios de la energía eléctrica, mercaderías y combustibles que son movidos a través de los ríos o de la energía que se generada en represas” apuntó Recalde.  

Para Paraguay, que “baja” parte de su producción de granos en barcazas hasta los puertos agroexportadores del gran Rosario en Argentina, el escaso nivel de agua del río se volvió un problema de Estado. “Las barcazas van sin la carga completa y eso significa un doble costo para las exportaciones”, dijo Bertoni, a cargo de la cartera de Agricultura de ese país.

El sector agroindustrial argentino también padece millonarias pérdidas por la bajante del Paraná. Según la Bolsa de Comercio de Rosario solo en 2021 se perdieron unos 620 millones de dólares al no poder los busques completar sus cargas a tope por problemas de calado.

Impactos económicos

La actual sequía tiene y tendrá severos impactos económicos. El impacto sobre la economía argentina será de al menos US$4.800 millones, el equivalente al 1% del PBI del país, de acuerdo a la Bolsa de Comercio de Rosario. 

“Incluso con la recuperación de los precios, la pérdida de ingresos netos del sector productor ya asciende a US$2.930 millones, lo que redundará en menos fletes, menos servicios financieros y de intermediación y menos consumo. En total, el impacto sobre la economía argentina se estima en US$4.800 millones” explica ese trabajo.

Pero el clima no afecta a todos por igual. Desde la Bolsa argumentaron que la sequía afecta sobre todo a los productores pequeños y medianos, muchos de ellos arrendatarios que ya no tienen campos propios. En campos alquilados, el resultado de la actual campaña agrícola ya es negativo.

«Hay muchas posibilidades que con los costos actuales el productor que siga con la actividad vuelva a hacer más soja y vuelva al monocultivo», advirtió la BCR.

Carlos Achetoni, el presidente de la Federación Agraria Argentina, que representa a productores medianos y pequeños de todo el país, dijo que muchos ya están endeudados. “Una mala cosecha deja a muchos en situación de quebranto, y esto puede forzar a que más productores salgan del circuito productivo si no llega ayuda desde el Estado”, consideró.

En Paraguay, según detalló Bertoni, la agricultura explica el 25% del PBI de manera directa, un porcentaje que trepa hasta el 50% si se considera la actividad que genera de manera indirecta con servicios como el transporte o la maquinaria agrícola. “El impacto de la sequía en Paraguay es brutal y más todavía si hablamos de la soja, que corresponde a un 40% de nuestras exportaciones totales”, explicó.

En Brasil, solo el año pasado la sequía y la crisis energética que generó provocó pérdidas por unos US$1.464 millones de dólares, según la Confederación Nacional de la Industria (CNI).

Pronósticos

Las expectativas no son buenas para el clima en la región agrícola de Sudamérica, de acuerdo al pronóstico trimestral enero/marzo 2022 del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de Argentina. 

“Se observa una mayor probabilidad de que la temperatura media sea más cálida que lo habitual en gran parte del país. Las regiones con las mayores probabilidades de esta categoría son el sur del Litoral, centro-sur de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa”, que es la región agrícola por excelencia, se sostiene en el informe.

Una mala cosecha deja a muchos en situación de quebranto, y esto puede forzar a que más productores salgan del circuito productivo si no llega ayuda desde el Estado

En cuanto a las lluvias, el pronóstico muestra que en el Litoral es más probable (45%-50%) tener un trimestre con lluvias inferiores a las normales para esta parte del año. 

Esto, dijo la experta Cindy Fernández, es extensivo a todo el sur de Sudamérica, la amplia zona de producción agrícola que comparten el sur de Brasil, Paraguay y el noreste argentino: “Es una zona que comparte patrones de clima y que está bajo la influencia de la Niña por segundo verano consecutivo. Las proyecciones no son buenas, al menos hasta el final del verano”, señaló.

* Jorgelina Hiba. Periodista especializada en temas ambientales de Argentina.


Estados Unidos más aislado que nunca en América Latina

Rebelión

Por Emir Sader 


Donald Trump y Jair Bolsonaro durante la visita del presidente brasileño a EEUU. Créditos: Alan Santos/PR

En este artículo el autor sostiene que Estados Unidos ya no tiene el apoyo que tuvo en tiempos en América Latina.

Desde el cambio radical en el escenario internacional, con el fin de la URSS y el campo socialista, Estados Unidos se ha proyectado como la única fuerza hegemónica en el mundo. Este fenómeno también ocurrió en América Latina.

La extensión del modelo neoliberal fue la modalidad económica de esa hegemonía. América Latina fue la región del mundo que tuvo más gobiernos neoliberales y sus modalidades más radicales. Fue la expresión de la hegemonía estadounidense más fuerte en el continente.

El breve aliento del modelo neoliberal reveló cuán cortas son las piernas de esta hegemonía.

Las economías más importantes del continente –la mexicana, la brasileña y la argentina–, rápidamente comenzaron a sufrir crisis económicas, ya bajo el modelo neoliberal.

La tendencia norteamericana en el continente es estar cada vez más aislado, con menos apoyo, con gobiernos más adversarios. Esta tendencia se ha acentuado desde el surgimiento de gobiernos progresistas en América Latina.

Estos gobiernos, al privilegiar la superación del neoliberalismo y no su consolidación, siempre se han opuesto a la propuesta norteamericana para el continente. Al optar por procesos de integración regional y no por Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, se opusieron a las políticas norteamericanas para el continente. Fortaleciendo a los estados latinoamericanos, oponiéndose a la política y centralidad del mercado, propuesta estadounidense para el continente.

Estos gobiernos representaban espacios de autonomía en relación a la política norteamericana. Estados Unidos empezó a centrar su apoyo en los gobiernos neoliberales, en las fuerzas conservadoras del continente.

México, Colombia, Chile, se convirtieron en los gobiernos privilegiados de Estados Unidos. Mientras que Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador llegaron a representar el polo opuesto de Estados Unidos.

Poco a poco, Estados Unidos fue perdiendo sus referentes más importantes en el continente. Primero, con la elección de López Obrador en México. Luego, con la elección de Boric en Chile. Finalmente, con la posibilidad real de la elección de Petro en Colombia. La posibilidad real de la derrota de Bolsonaro y la victoria de Lula consolidaría esta tendencia.

Al mismo tiempo que se debilitaba el campo de apoyo estadounidense, se fortalecía el bloque de oposición a Estados Unidos. Por primera vez, este campo podrá contar con los tres países más importantes del continente: Argentina, México y Brasil. La política de Estados Unidos siempre ha sido tratar de impedir esta alianza. Cuando se negoció la deuda externa de estos países, Estados Unidos y el FMI hicieron concesiones a uno de ellos, para evitar que se uniera a los demás. Y siempre se ha tratado de fomentar la distancia entre México y Argentina y Brasil y los conflictos entre estos dos países.

La administración Biden pretendía superar el aislamiento aumentado por la presidencia de Donald Trump, pero hasta ahora ha tenido poco éxito. El gobierno de Macri fue reemplazado por un gobierno antineoliberal. Lo mismo sucedió en México, con la victoria de López Obrador. Y en Chile, con el triunfo de Boric. En Colombia, la probable elección de Petro irá en la misma dirección. Igual que en Brasil.

La polarización entre las fuerzas de extrema derecha e izquierda y de centroizquierda -estas antineoliberales- no deja espacio para los aliados del gobierno de Biden. Éste se opone al estilo de Trump, pero mantiene el modelo neoliberal.

La decadencia de la hegemonía norteamericana en el mundo se expresa en América Latina de manera más acentuada. ¿Qué aliados firmes tiene hoy el imperialismo en el continente? Brasil y Colombia, que deben trasladar a sus gobiernos a posiciones de distanciamiento con Estados Unidos.

La posibilidad del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos lo enfrentará a un continente ya sin los aliados que tuvo en el pasado. El aislamiento estadounidense será aún más marcado.

La pérdida de la capacidad hegemónica de Estados Unidos en el mundo se da en su “patio trasero” histórico de la manera más profunda y, probablemente, irreversible.


viernes, 4 de febrero de 2022

Un encuentro necesario: Historia y economía

Rebelión

Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda

"El grito de la memoria", Pavel Égüez

La enseñanza de la historia económica es fundamental en América Latina para comprender que su desarrollo, si bien está conectado con el avance del sistema capitalista mundial, tiene sus especificidades incluso en cada país.

Sin embargo, es una ciencia, en general, todavía en despegue, aunque existe una larga tradición de estudios regionales muy importantes en Argentina, Brasil y México, con excelente producción bibliográfica. Pero los vacíos son mayores en cuanto a la historia del pensamiento económico latinoamericano.

Por las relaciones de dependencia externa ha sido prolongada la influencia de la teoría económica proveniente de los países de capitalismo central. Su pretendida universalidad debe ser confrontada, pues las realidades latinoamericanas son distintas. Y es preciso crear teoría económica desde esta región. Por cierto, estas ideas no son nuevas, ya que, en la década de 1960, cuando se debatía el tema desarrollo/subdesarrollo, entre las universidades, instituciones y académicos críticos se tuvo muy en claro esos objetivos. De igual modo, los manuales de historia del pensamiento económico que usualmente se emplean parece que no tienen idea de lo que ocurre en América Latina. Los estructuralistas o los dependentistas de las décadas de 1960 y 1970 e incluso una serie de pensadores marxistas realizaron formulaciones contundentes y singulares, que deberían estudiarse en las universidades, como referentes del pensamiento económico.

A diferencia de lo que ha ocurrido con instituciones multilaterales como el FMI o el BID, concentrados en la visión neoliberal a partir de la década de 1980, los aportes de la CEPAL, desde la década de 1960 son importantes y sus propuestas económico-sociales en la actualidad transformarían la vida latinoamericana con altos beneficios humanos. Contemplan el fortalecimiento de las capacidades estatales, la redistribución de la riqueza, el rol de los impuestos directos, la equidad, el medio ambiente, el trabajo, que son ejes de reflexión ineludibles, si se quiere atender seriamente al desarrollo económico y al progreso social en América Latina. Pero el pensamiento cepalino, así como el pensamiento crítico latinoamericano del presente, son excluidos, marginados u ocultados a propósito, porque implican visiones alternativas y contrarias a los modelos empresariales, oligárquicos y neoliberales que han hegemonizado en América Latina desde las décadas finales del siglo XX, a pesar del avance que han procurado los modelos de economía social iniciados por los gobiernos progresistas de nueva izquierda en la región, al comenzar el siglo XXI. El cerco de los grandes medios de comunicación contra las ideas progresistas igualmente se dirigió a la economía, para promover exclusivamente las consignas empresariales y las de quienes las expresan, como si se tratara de análisis con carácter científico.

De otra parte, las investigaciones en historia económica merecen potenciarse porque han demostrado, evidentemente, que toman en forma directa la realidad latinoamericana, ya que no pueden referirse a otros contextos. Se constituyen así en fuentes adecuadas para orientarse frente a las teorías económicas que provienen de los países de capitalismo central, que deben ser sometidas al filtro de la realidad latinoamericana, antes de ser aceptadas como criterios de autoridad absoluta. Si se sigue la historia económica de la región se advertiría, de inmediato, que, en el pasado, las propuestas de mercados y empresas privadas libres no solucionaron la cuestión social, mientras que, por el contrario, cuando existieron políticas de Estado y proteccionismos tanto económicos como a los derechos laborales, la vida de las sociedades latinoamericanas mejoró. En el mundo contemporáneo, Chile, que fue el paradigma del neoliberalismo, volvió a demostrar algo que en la historia económica de la región estuvo claro, es decir, el nefasto régimen social que crea un sistema de economía “libre”. Es que a menudo se descuida un hecho esencial, que K. Marx lo advirtió hace tanto tiempo: en los países de capitalismo central, sus burguesías jugaron un papel “revolucionario” para la promoción y modernización de las sociedades; pero en América Latina esas burguesías no existieron y las que surgieron en la época contemporánea, a pesar de las excepciones, continuaron con las visiones oligárquicas del pasado, de modo que el “neoliberalismo” fue ajustado exclusivamente a sus intereses, sin importar las severas consecuencias sociales que el aperturismo económico ha provocado en la región.

En Ecuador, la teoría económica se cultiva en las facultades universitarias e instituciones de educación superior. Los debates van desde las posiciones neoliberales hasta las marxistas. Pero la historia económica cuenta todavía con muy pocos investigadores. El “Taller de Historia Económica” de la PUCE (https://bit.ly/33AFMqY – 1998), fue pionero en ese campo. El Banco Central del Ecuador publicó una amplia colección como “Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano”, que incluye varios tomos sobre el pensamiento económico en el país; y, además, durante varios años también publicó la “Revista de Historia Económica” que no tuvo continuidad. Dicho banco incluso tuvo a su cargo 18 museos (la arqueología rescatada era espectacular), 7 bibliotecas, un archivo fotográfico y documental (entre otros, se halla ahí el archivo de la Misión Kemmerer, fundadora de la institución). Pero en 2010 toda el área cultural fue traspasada al Ministerio de Cultura (https://bit.ly/3I7zHRS) donde, finalmente, no tuvo la suerte que podía esperarse. Desde 2017 el descuido ha ganado terreno, pues al bloque de poder en el Estado le interesa más la competitividad de las empresas, el libre comercio y la acumulación privada de rentas.  

Historia y Presente – blog – www.historiaypresente.com


jueves, 3 de febrero de 2022

Hacia una integración regional desde los «buenos vivires»

Rebelión

 

Retomando la discusión sobre la necesidad de impulsar iniciativas populares de norma constitucional en Chile por la Integración Latinoamericana y el Caribe, ante la falta de propuestas presentadas hasta hace unos días atrás (1), resulta muy positivo que se hayan ingresado algunas iniciativas nuevas en esa línea.

Una de ellas, presentada por el Ciudadano, Revista de Frente y Marco Enríquez Ominami, denominada “Nuestramérica iniciativa por la integración regional” (https://plataforma.chileconvencion.cl/m/iniciativa_popular/detalle?id=55594 ), apunta a una articulación estratégica en diversas materias, que faciliten el entendimiento entre las distintas naciones de la región.

La otra iniciativa, presentada por mí, llamada “Integración Latinoamericana”  (https://plataforma.chileconvencion.cl/m/iniciativa_popular/detalle?id=53506), lo que intenta es visibilizar el racismo institucional de Chile en la constitución de 1980, el cual negó cualquier posibilidad de pensarnos políticamente en la región.

De ahí la importancia de que en esta nueva constitución se incluya como mínimo en su preámbulo, al igual que otros de la región (Colombia, Ecuador y Venezuela), que el Estado de Chile promoverá relaciones de integración de toda índole (política, económica, social, cultural, ambiental) con el resto del mundo, particularmente con los Estados de América Latina y el Caribe.

Las razones para impulsar una nueva Unión Latinoamericana y del Caribe, sostenida por las constituciones de los diferentes Estados son muchas (Derechos Humanos y de la Naturaleza), y se pueden ver en ambas iniciativas, pero también debemos aprender de los errores de las experiencias pasadas en integración regional, las cuales muchas veces se quedaron en grandes discursos de ciertos gobernantes.

Como bien ha planteado el economista y ex presidente de la asamblea constituyente de Ecuador, Alberto Acosta, el fracaso de la integración regional no ha sido solamente, como cree aún buena parte de la izquierda latinoamericana, por causa de la OEA y el actuar imperial de Estados Unidos históricamente, sino también por la subordinación a modelos insostenibles ambientalmente y depredadores de la Madre Tierra.

Por lo mismo, el problema ha sido que muchas de esas iniciativas regionales, aunque se plantearon como antiimperialistas, siguieron presas de lógicas coloniales, patriarcales y capitalistas, como si el problema fuera solamente el injerencismo de un determinado país, y no parte de un proceso industrial e histórico de producción y de consumo ilimitado, en donde el despojo territorial ha sostenido un sistema de muerte que está poniendo en riesgo las condiciones mínimas de reproducción de la vida.    

Por eso que muchos quienes apoyaron en su momento el proceso de integración latinoamericana, impulsado por presidentes como Luis Ignacio Lula da Silva, Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Rafael Correa, pasaron del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o de los Commodities, señalado en su momento por la socióloga argentina Maristella Svampa, como si la presencia de China como nuevo centro del sistema mundo capitalista fuera algo muy positivo para la región. 

Es el caso por ejemplo del apoyo de la UNASUR al proyecto IIRSA-COSIPLAN, el cual si bien ha buscado generar una infraestructura regional en transporte, emergencia y telecomunicaciones, ha terminado por ampliar los conflictos socioambientales en los distintos territorios y profundizar así la acumulación por desposesión.

Por eso que no basta solamente con hablar de integración regional, sino se plantea también una descolonización, despatriarcalización y desmercantilización de América Latina y el Caribe, dentro de este gran territorio de vida del Sur Global, en donde los pueblos indígenas, las mujeres y los sectores más empobrecidos son quienes más sufren las consecuencias del extractivismo y de la crisis climática actual.

Frente a esto, la demanda de recuperar los bienes comunes comunitarios se vuelve fundamental, como bien dice la antropóloga chilena Francisca Fernández Droguett, trascendiendo así lo humano y superando el relato antropocéntrico del progreso, abriéndonos a la posibilidad de vernos como parte de un entretejido entre distintos seres vivos.

Por ende, se hace cada vez más urgente el comenzar a hablar regionalmente de transiciones postextractivistas, como plantea el economista uruguayo Eduardo Gudynas, en donde ya no el desarrollo, sino los buenos vivires sean el horizonte por el cual nuestros países puedan aprender y colaborar unos de otros, y dejar de competir por quién vende más materias primas a los mercados globales.

Llevamos más de 200 años aplicando recetas creadas por y para grandes imperios y potencias, quizás sea el momento de retomar una integración regional distinta, y darle sentido a la idea zapatista de un mundo en donde quepan muchos mundos.

Nota:

1. https://oplas.org/sitio/2022/01/04/andres-kogan-valderrama-clausulas-latinoamericanas-en-la-nueva-constitucion-de-chile/

* Andrés Kogan Valderrama. Sociólogo Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable. Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea.