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jueves, 15 de junio de 2017
“El sistema se encuentra debilitado, pero no está en sus últimas horas”
Por Ekaitz Cancela
Perry Anderson (Londres, 1938), ensayista e historiador inglés, es una de las mentes vivas más brillantes del marxismo clásico. El último trabajo que lo acredita es The H-Word: The Peripeteia of Hegemony (Verso, 2017), un valioso recorrido histórico, y extremadamente lúcido, que encuentra en las distintas interpretaciones del término hegemonía el eje de su análisis. Sus escritos sobre la historia intelectual no suelen dejar nunca títere con cabeza. En este sentido, ninguna excepción concede al partido de Pablo Iglesias: “Podemos puede rechazar la socialdemocracia un día y declararse la nueva socialdemocracia al siguiente. Problemas iniciales, tal vez. Pero están muy lejos del prisionero de Bari [en alusión a la provincia donde se encontraba la cárcel de Antonio Gramsci]”. Sea como fuere, las disputas quedan en el plano académico. Anderson, también editor de la publicación New Left Review, viajó a España recientemente junto a su colega Susan Watkins, invitados por el Instituto 25M, para dar el impulso que busca la formación morada a su laboratorio de ideas. Ambos, junto a Traficantes de Sueños, estrenan partenariado para continuar con la publicación de la revista en su edición en castellano.
Usted hablaba en su intervención de Jean Monnet como ese emprendedor que en 1957 se consagró como uno de los arquitectos de la Unión Europea. ¿Lo hizo con cierta nostalgia?
Los arquitectos de la Comunidad Europea fueron excepcionalmente audaces y figuras muy importantes en un determinado momento histórico. Si bien es cierto que existía un emprendedor francés llamado Monnet, que aprendió las lecciones de las dos terribles guerras mundiales, una de las transformaciones principales que vivimos hoy en día ha sido el de abandonar la idea de la posguerra de Estados de bienestar basados en la protección social. Y que debían ser, además, capaces de establecer a largo plazo una asociación independiente de Estados Unidos. La Unión Europea no se encuentra en condiciones de invocar los sueños de Monnet.
Estamos en el 60 aniversario del Tratado de Roma. ¿Qué ha cambiado?
Digamos que el trágico desarrollo de Europa ha estado marcado por dos sucesos. En primer lugar, el reverso del camino hacia la integración europea por el calado que han tenido las ideas que ya había desarrollado previamente el economista austriaco Friedrich von Hayek. En medio de un deteriorado clima económico global, la doctrina de Hayek fue redescubierta en Occidente y se consumó el giro hacia la versión neoliberal del capitalismo. A modo de resumen: la protección de la vida de los ciudadanos desaparece con la desregulación del mercado de trabajo, la privatización de los servicios públicos y la reducción del gasto social. Por otro lado, no podemos obviar la reunificación alemana. No hay duda de que Alemania se convirtió en un hegemon en contra de su propia voluntad, y que tal hegemonía se convertiría después más en una carga que un privilegio. Sea como fuere, el Estado alemán determina hoy la construcción europea e inscribe sus directrices en las Constituciones del resto de países. Podríamos señalar que otro de los aspectos más novedosos de la política moderna de la UE es su relación con Rusia y el desplazamiento de ésta hacia posiciones similares a las de la Guerra Fría. Sancionar duramente y de forma indefinida a Rusia por la invasión de Crimea es una locura política y una desconexión total de la realidad política europea.
Hoy en día otro exbanquero francés es presentado por las élites europeas como la única esperanza del Viejo Continente. ¿Qué distingue a Macron de Monnet?
Existe una diferencia notable entre ambos. Monnet nunca obtuvo su elección del electorado, aunque se encontraba muy cómodo con las élites de Estados Unidos, de ahí residía su autoridad sobre los gobiernos europeos. Era un banquero internacional, sí, pero también un arquitecto político a nivel supranacional. Emmanuel Macron es una figura contemporánea mucho más convencional. Es un tipo joven, atractivo y neoliberal. Nada más. Él forma parte de la misma camada de líderes que Tony Blair o Barack Obama.
¿No cree que su elección evitó la resurrección de la tradición autoritaria que encarna el Frente Nacional?
La clase política europea nunca pensó que Marine Le Pen pudiera ganar, eso era inconcebible. La vía a través de la cual Macron se ha convertido en presidente era extremadamente predecible. El próximo número de New Left Review lleva un artículo magistral sobre ello, pero fundamentalmente teníamos una desastrosa administración socialista encabezada por François Hollande, que no tuvo ningún ideal que no fuera implementar una agenda conservadora. Lo que quedó en Francia fue una situación en la que las alternativas de siempre, centro derecha y centro izquierda, no podían seguir siéndolo durante más tiempo porque la primera se había eliminado a sí misma y la segunda era muy débil. De esta forma, llega un candidato del establishment con el atractivo suficiente como para continuar profundizando en reformas de marcado tono liberal.
Al principio, muchos analistas vieron a François Fillon como presidente de la República. ¿Qué opina del escándalo que acabó con la opción conservadora?
Fillon era la alternativa lógica, pero se vio imbuido en un gran escándalo que le destruyó políticamente y le eliminó a todos los efectos como candidato presidenciable. Este es, por cierto, un episodio oscuro e interesante, puesto que existen evidencias de que la filtración procedía de la propia administración. No sé si se habrá hablado lo suficiente en España, pero Fillon sostuvo que la política con Rusia es estúpida y que no puede ejecutarse durante tantos años de esta forma. Es cierto que Sarkozy tiene buenos vínculos con la policía y que el Partido Socialista estaba en el Gobierno, pero creo que existe la posibilidad de que se le eliminara como candidato por su ideas sobre Rusia.
¿Sucede lo mismo con las últimas filtraciones sobre Donald Trump?
En general, las ideas de Trump encajan dentro de los parámetros del sistema norteamericano, pero hay algo que ha marcado la diferencia: romper la ortodoxia en la política de Estados Unidos con Rusia. Inmediatamente aparecieron filtraciones --y siguen haciéndolo ahora. Sabemos cuál es el complejo y poderoso papel que juega el Departamento de Seguridad en eldeep state…
Volviendo a la hegemonía neoliberal instalada en los ochenta, hay quien apunta que el sistema neoliberal está en crisis. ¿Comparte usted esa creencia?
No podemos ser ingenuos: el neoliberalismo no está en crisis. Lo expliqué en un artículo reciente aparecido en Le Monde Diplomatique y argumento constantemente en mi país en contra de la gente que lo señala. El sistema se encuentra debilitado, pero no está en sus últimas horas. Aunque es curiosa la situación francesa: las élites financieras están realmente preocupadas por Jean-Luc Mélenchon, que tiene un margen de crecimiento muy grande. Mire los ataques que está recibiendo. Ahora bien, sí es cierto que la desafección popular con el neoliberalismo es una de las grandes demandas en Europa. Y no olvidemos que el 40% de los ciudadanos franceses expresó su rechazo al Estado neoliberal en la primera ronda de las elecciones.
¿Cree que Bruselas tiene motivos de alivio con los últimos resultados electorales?
Para el establishment europeo, Emmanuel Macron es el candidato ideal y la incertidumbre económica ha desparecido. También estoy de acuerdo con el punto de vista de que la Comisión Europea y sus publicistas han recuperado la confianza personal, creen que las cosas marchan en la buena dirección y sostienen que vamos a ser capaces de exportar nuestros ideales y valores a lo largo y ancho del mundo. Incluso han recuperado el relato para continuar con los planes de liberalización a nivel global. Pero, más allá de la Comisión, hay un actor muy importante que es el Gobierno alemán. La Comisión no va a dejar de continuar en la agenda ordoliberal que llega de Alemania. Quizá Angela Merkel haga algunas concesiones a Macron para subirse a la corriente de esa modernización que en realidad no lo es, pero sus políticas se mantendrán intactas.
¿Una especie de acrobacia cortoplacista?
Obviamente esta mirada de las élites europeas tiene un recorrido muy corto, sí. Las protecciones sociales están minadas, la productividad estancada, el desempleo sigue siendo elevado y cada día todo esto es menos tolerable para la opinión pública. Tampoco la situación política en España es estable, y mucho menos en Italia.
Su compañera Susan Watkins hablaba de lo que Chantal Mouffe llamó “choques saludables” para referirse al Brexit. ¿Qué significa esto?
No digo que me alegre de su marcha, pero el Brexit es un choque nacional contra la UE que le fuerza a abandonar la austeridad. Desde mi punto de vista, en Bruselas están cometiendo algunas estupideces al mantener una actitud punitiva con ellos. El Reino Unido es aún la segunda economía más fuerte y está muy interconectada a nivel de seguridad, vigilancia y política exterior con el resto de Europa. Castigar a un país económicamente de esta forma no puede salir bien. En definitiva, el juego sigue en marcha en el panorama político europeo y puede producirse algún revés más en otro país en cualquier momento.
Usted señala que existe un único instrumento democrático en el Tratado de Lisboa, el tratado vigente de la Unión Europea. ¿A qué se refiere?
Creo que una de las pocas salidas para cambiar el statu quo y articular distintas demandas contra la integración neoliberal es la provisión en el Tratado de Lisboa de la posibilidad de convocar un referéndum a nivel europeo a partir de un determinado número de firmas. Esta debería ser la punta de lanza de una campaña que podría tener un efecto de movilización y cambio que de verdad podría suponer un verdadero shock para el sistema. Hablamos de usar un mecanismo democrático para hacer explotar un tratado antidemocrático.
¿Le parece que una movilización similar, pero contra la globalización neoliberal, ha surgido de las campañas contra los tratados de comercio como el CETA y el TTIP?
Esa ha sido una campaña muy importante, que muestra que las iniciativas neoliberales pueden ser detenidas u obligar a las élites a quedar retratadas. Han sabido aprovechar elmomentum del último intento de liberalización del capital, pero aún existe el peligro que de que presenten el mismo producto con otro nombre.
Me gustaría terminar preguntándole por una ausencia que me ha llamado la atención en su libro. ¿Qué papel juega Silicon Valley en la creación de nuevas hegemonías en el siglo XXI?
Tienes razón. Creo que es un gran libro, aunque no he atacado ese aspecto de forma directa. Es cierto que las compañías tecnológicas operan poderosamente en la política francesa y aún más a nivel global. Imagina el software de un ordenador, donde un proveedor de software como puede serlo Microsoft, después de obtener una ventaja inicial de mercado, fomenta la proliferación de aplicaciones de software y programas de base en el lenguaje operativo de su marca. Esto, a su vez, crea un enorme complejo de proveedores y usuarios que dependen enormemente de Microsoft. También, un conjunto cada vez más denso de compromisos con esta compañía basados en la creencia de que cambiar a otro formato sería más costoso, aunque fuera más eficiente. Es un ejemplo de las relaciones que crea una hegemonía promovida en torno a sí misma que, inevitablemente, le produce rendimientos crecientes.
Ante la acumulación de poder por parte de estos nuevos gigantes, ¿qué opina de la reacción de Bruselas?
En el caso de Europa tenemos que decir que las capitales han hecho algunos movimientos para frenar el poder tecnológico. Aunque también hemos de ser escépticos, como señala Evgeny Morozov cuando dice que no es suficiente. Morozov está en lo cierto cuando habla del capitalismo digital y propone la socialización de los bienes comunes, como pueden ser nuestros datos. Creo que esa es la demanda adecuada.
Ekaitz Cancela escribe sobre política europea desde Bruselas. Especial interés en la influencia de los 'lobbies' corporativos en la toma de decisiones, los Derechos Humanos, la desigualdad y el TTIP.
viernes, 19 de mayo de 2017
Macron y una Francia en estado de excepción
Por Olga Rodríguez
El Estado Islámico entró en las elecciones francesas con un atentado días antes de la primera vuelta. Trump dijo que el ataque condicionaría los comicios. Hizo tal afirmación casi celebrándolo. El terrorismo condiciona el contexto. No en vano, y a pesar de que pasa bastante desapercibido, Francia lleva año y medio en estado de excepción por decreto.
2017 es año de arenas movedizas. El viejo mundo del capitalismo voraz busca cómo mudar de piel para perpetuarse y el auge de la extrema derecha ayuda a presentarlo como mal menor o incluso como salvador. Emmanuel Macron es ejemplo de ello. Símbolo neoliberal, candidato del marketing, defensor de otra reforma laboral, ha logrado representar consuelo frente a Le Pen. La propuesta xenófoba y neofascista de la candidata del Frente Nacional empequeñece la gravedad de las políticas insolidarias y racistas de la Unión Europea, defendidas por Macron, quien ha prometido refuerzo de fronteras, más policía de inmigración y más estado de excepción.
Que haya ganado Macron es un alivio. Pero ¿es realmente posible que quienes dijeron no al saqueo, quienes tomaron las calles indignados, quienes votaron en la primera ronda contra las políticas continuistas, quienes desean medidas en favor de sus intereses, se conformen con esto?
¿Van a sentirse lo suficientemente aliviados cuando Macron aplique sus políticas económicas y su reforma laboral o cuando apoye operaciones militares internacionales contrarias a los intereses de la población francesa? ¿Es esto el fin del conflicto?
Desde hace un tiempo el establishment, lejos de asumir que es hora de pasar página, de apostar por más democracia y menos saqueo, por más igualdad y menos estafa, prefiere una huida hacia adelante con la esperanza de poder seguir como hasta ahora.
El modelo neoliberal no hace ascos a quienes se ajusten a sus dictados económicos. Frente a la amenaza de una Latinoamérica independiente y soberana en busca de sus propios modelos económicos el liberalismo económico prefirió a dictadores sanguinarios como Pinochet o Videla. Frente a la amenaza de un Oriente Medio autónomo y dueño de sí mismo elestablishment opta por golpistas como Al Sisi, por monarquías absolutistas o por Estados que amparan el yihadismo.
Ahora los intereses del neoliberalismo se ven amenazados en pleno corazón de Europa o en Estados Unidos, con el surgimiento de movimientos sociales rebelándose contra las políticas saqueadoras, de nuevos representantes políticos que apuestan por alternativas, de discursos que defienden cambios en favor de los intereses de la mayoría.
En este contexto, las tácticas empleadas en los territorios satélite comienzan a ser “necesarias” en el corazón de la metrópoli: frente al avance de las voces indignadas se suministran recortes de derechos y libertades. Frente al crecimiento de actores políticos que defienden el bien común, se agitan el miedo y las alertas. Frente al agotamiento de la credibilidad del discurso neoliberal, se lanza una carrera armamentística, se plantea más gasto en Defensa, se despliegan tropas en la frontera europea del este, se coquetea con los tambores de guerra.
El trampantojo de una democracia desteñida
La extrema derecha ha servido al liberalismo económico durante décadas en sus excolonias. Ahora puede resultarle útil también dentro de las fronteras en las que operan sus mandos. De cara a la galería el neofascismo puede salvar al capitalismo de sus propias contradicciones, temporalmente, desempeñando el trabajo más sucio, el papel de poli malo, cediendo al otro el espacio del mal menor, el del consuelo, poniendo en bandeja la amenaza: “Si no te gusta esto, ya sabes lo que hay: yihadismo en Oriente Medio, caos en América Latina, fascismo en Europa”.
Sin la candidata del Frente Nacional Macron no habría podido acaparar el apoyo de tantos sectores diferentes que saben que él es el mal menor. Sin ella él no habría sido en esta segunda vuelta el candidato del alivio sino el candidato de la patronal, de la reforma laboral, de los grandes medios de comunicación, de Hollande, del neoliberalismo, de Merkel.
Sin ella quizá no se habría logrado este fascinante trampantojo en el que una democracia desteñida en favor de un modelo económico impuesto como único aparece como el último sueño feliz que todos queremos abrazar antes de escribir THE END con letras alegres y coloridas.
Estamos en una época en la que sentimos consuelo porque será presidente de Francia alguien que dice que "hay que liberar las energías, dejar de proteger a los que no pueden y no tendrán éxito". Cuanto más se ahogan los derechos de la gente en pro de los “derechos” del mercado, condenando a vida indigna y a precariedad a amplios sectores de la población, el fascismo encuentra más terreno en el que expandirse.
Las fuerzas de la izquierda que defienden el bien común y que crecen como alternativa real deben tomar buena nota de todo esto, para seguir explorando estrategias eficaces, para apostar no solo por la vía electoral, para construir más espacios en el terreno social y educativo, para hacer entender a la mayoría social que los Trump y Le Pen de turno no defenderán sus intereses.
Hay en el estado de excepción decretado en Francia desde hace año y medio toda una metáfora de la situación actual a nivel local y global. La realidad trota desbocada derrochando medidas que endurecen las condiciones de vida de la gente y que provocan hartazgo social, movilización, respuesta política. Ante ello quienes quieren seguir llevando las riendas necesitan posponer acontecimientos; perpetuar al máximo una imagen congelada de la Historia. Todo quieto parado. Un bonito estado de excepción que Macron ya ha dicho que mantendrá "si la seguridad lo requiere".
Más allá de los debates que anidan en la superficie y que retrasan día tras día el análisis de la raíz, de fondo transita por todos nosotros una pregunta que marca profundamente nuestra época: la de hasta dónde y de qué forma podrán continuar las políticas que han facilitado el crecimiento de la extrema derecha, las mismas que han recortado derechos y libertades, las mismas que han aumentado la precariedad, la desigualdad, el desamparo, las mismas que han desposeído a las clases medias en pos de un enriquecimiento aún mayor de la elite.
Qué alivio que haya ganado Macron. Pero la frustración sigue estando ahí. Los trabajadores, los parados, la clase media venida a menos, el precariado, las víctimas de los recortes siguen existiendo. Y su problema continúa irresuelto.
martes, 12 de enero de 2016
Las mujeres sienten el cambio climático en carne propia
Por Sohara Mehroze Shachi, Domoina Ratovozanany, y Dizzanne Billy *
El vínculo entre mujeres y cambio climático es un asunto transversal que merece mayor reconocimiento, pues es omnipresente y afecta a distintos ámbitos, desde la salud y la agricultura hasta el saneamiento y la educación.
En los países en desarrollo, las mujeres son testigos del nexo entre el recalentamiento planetario y las cuestiones de género en carne propia. A menudo, su supervivencia depende mucho de la tierra y de los recursos hídricos, lo que las deja en situación vulnerable.
El cambio climático no es solo un asunto ambiental, sino de justicia social, igualdad y derechos humanos, todos asuntos vinculados a cuestiones de género.
La perspectiva femenina debió integrarse totalmente al Acuerdo de París, surgido de la COP21, en especial el empoderamiento de las mujeres, además de prever una respuesta y otras cuestiones de género como la vulnerabilidad de las mujeres rurales.
La COP21 (21 Conferencia de las Partes) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, tuvo lugar del 30 de noviembre al 12 de este mes en la capital francesa.
En las etapas de preparación del borrador, las cuestiones de género se trataron como un elemento accesorio que podía retirarse y casi todas las partes las ignoraron y se equivocaron.
Asia, el Caribe y África son tres de las regiones más vulnerables a la variabilidad climática y, si bien son responsables de una pequeña parte del recalentamiento planetario, las mujeressoportan la peor parte de sus severas consecuencias.
Millones de personas en Asia son extremadamente vulnerables al fenómeno, en especial las mujeres, debido a los roles tradicionales de género. En muchas áreas rurales, su movilidad es muy limitada, pues no se ve con buenos ojos que trabajen fuera del hogar.
Mientras los hombres de las regiones afectadas por la variabilidad climática suelen emigrar a las ciudades o a otras regiones menos vulnerables en busca de trabajo, las mujeres se quedan a cuidar del hogar y de los hijos comunes. Esa reclusión se traduce en dependencia económica y falta de acceso a la información, como alertas tempranas, lo que contribuye a su enorme vulnerabilidad.
En ese continente, las mujeres suelen encargarse de actividades más sensibles al clima, como recolectar agua y preparar la comida, lo que eleva su vulnerabilidad.
Investigaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) han concluido que las mujeres y las niñas son las encargadas de ir a buscar agua, para lo que tienen que recorrer largas distancias.
Con la creciente frecuencia e intensidad de las inundaciones, es común que las mujeres tengan que atravesar habitualmente terrenos anegados para buscar el agua y preparar los alimentos, lo que las expone a riesgos, desde ahogarse, pasando por mordeduras de serpientes, hasta enfermedades cutáneas.
En la otra mitad del mundo, las mujeres soportan situaciones similares. En el Caribe, muchos hogares son principalmente matriarcales, y ellas son las que más necesidades tienen de medidas de adaptación y mitigación del recalentamiento planetario.
También son responsables de las tareas del cuidado de las personas del hogar y sufren el impacto de la inseguridad alimentaria y la escasez de agua. Las mujeres rurales son particularmente vulnerables, en especial las pequeñas productoras, las agricultoras marginadas y las trabajadoras rurales.
Ya sea que la escasez de agua y de alimentos se deba al aumento del número y de la intensidad de los huracanes o de la sequía, las posibilidades de llevar adelante una vida decente no son altas ni mejoran. Comprender esa situación es importante para el buen diseño y la ejecución de estrategias de adaptación.
“La agricultura necesitaba mayor visibilidad en las negociaciones”, observó la presidenta de la Red de Productoras Rurales de Jamaica, Mildred Crawford.
“Las mujeres juegan un papel en la cadena alimentaria y necesitan fondos para asistir a los pequeños agricultores a fin de mitigar y adaptarse al cambio climático. Los grupos de mujeres ya están organizados, así que los incentivos les pueden servir para controlar el desperdicio de carbón en sus comunidades”, añadió.
El Caribe atraviesa su peor sequía de los últimos cinco años.
Según Mary Robinson, ex primera ministra de Irlanda, quien también se desempeñó como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el borrador del Acuerdo de París debía concentrarse en cuestiones de género para garantizar a las mujeres el acceso a fondos para el clima, tecnologías renovables y capacidad de adaptación.
De hecho, las campañas climáticas no deben concentrarse solo en la reducción de emisiones, comercio de carbono y transferencia de tecnología, sino que deben tratar de ir más allá.
Además, deben tener en cuenta que la mayor parte de los agricultores en los países en desarrollo son mujeres y, la adaptación las involucra especialmente. Los asuntos de género son transversales, no se usan por conveniencia.
Las mujeres de los países en desarrollo deben estar empoderadas para desempeñar papeles más significativos en la lucha contra el cambio climático, pues tienen mucho que perder.
Kalyani Raj, integrante responsable de la Conferencia de Mujeres Todo India, arguyó que es crucial dar voz a la población femenina más vulnerables e incluirla en la planificación de políticas.
“Muchas mujeres desarrollaron enfoques de adaptación a muy pequeña escala, conocimientos tradicionales y soluciones de las comunidades indígenas que no se amplifican”, explicó. “Las políticas deben concentrarse en ampliar eso, en vez de proponer medidas uniformes para adaptarse al cambio climático”, añadió.
En África, el impacto del cambio climático sobre las cuestiones de género se relaciona principalmente con la agricultura, la seguridad alimentaria y los desastres naturales.
Según el Informe Económico de 2011 del Banco de Desarrollo Africano (BDA), las mujeres representan 40 por ciento o más de los trabajadores del sector agrícola en 46 de los 53 países del continente. Ese sector de la economía se considera vulnerable porque generalmente no incluye empleos formales con contratos e ingresos seguros.
“Los pobres son especialmente vulnerables a los efectos del cambio climático, y la mayoría de las 1.500 millones de personas que viven con un dólar al día o menos son mujeres”, señala el Estado de la Población Mundial de 2009, elaborado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Además, en una muestra de 141 países se concluyó que, entre 1981 y 2002, el sesgo de género en las personas fallecidas por desastres naturales están directamente vinculadas a los derechos económicos y sociales de las mujeres. En esos casos, en las sociedades menos equitativas, mueren más mujeres que hombres.
El reclamo de las mujeres rurales es una realidad que debemos afrontar. Sin embargo, debemos reconocer que no son solo víctimas, son poderosos agentes de cambio.
La población femenina debe estar incluida en los procesos de decisión para que pueda contribuir con su experiencia y conocimientos únicos, pues toda intervención vinculada al cambio climático que excluya su perspectiva, así como cualquier política que omita las cuestiones de género, está destinada al fracaso.
* Traducido por Verónica Firme
Ecoportal.net/Inter Press Service - IPS Venezuela
jueves, 31 de diciembre de 2015
Las dos lecciones de París: Democracia y clima
Por Roberto Savio *
En pocos días, París envió al mundo dos lecciones fundamentales sobre la democracia y el clima, que los medios han tratado como temas separados, pese a que en realidad, no podemos seguir ignorando el común denominador que vincula los dos temas: la democracia está en decadencia.
Si bien todos los medios de comunicación han informado de la derrota del Frente Nacional (FN) en las elecciones administrativas francesas, pocos han recordado la vieja observación de que ganar una batalla no significa ganar la guerra.
No hay duda de que el FN se está convirtiendo en un partido importante. En estas elecciones, el sistema político tradicional, representado por el centro-derecha de Nicolas Sarkozy y el socialista, bajo la guía de François Hollande, han unido sus fuerzas de nuevo, dejando fuera a Marine Le Pen.
Sin embargo, llegó el momento de considerar que la derecha en Europa, así como en Estados Unidos, va más allá de ser nostálgica y xenófoba. Su crecimiento en todos los países europeos se debe a un número creciente de ciudadanos descontentos, muchos de los cuales provienen de la clase obrera y de los sectores más pobres de la sociedad.
Ciudadanos que antes votaron izquierda y que ahora se confiesan frustrados con la decadencia de las estructuras de bienestar social, por el desempleo de ellos y de sus hijos, por un Estado que se repliega en favor del mercado, con la creciente injusticia social, con la inmigración, que sienten como una amenaza, por la pérdida de su identidad nacional y por una corrupción escandalosa.
Esto crea una nueva categoría, que podríamos llamar "economía del nacionalismo", que quiere retirarse de cualquier intrusión extranjera, ya sea de la Unión Europea, de los inmigrantes, de la OTAN o de las multinacionales. Miran a los partidos tradicionales como un mecanismo auto-referente de las élites, que no rinden cuentas, que están interesadas en perpetuarse en el poder, sin ofrecer a los ciudadanos lo que necesitan.
Una mezcla de xenofobia, nacionalismo, nostalgia de un pasado mejor, el llamamiento a una economía para mejorar la nación sin dar espacio a las fuerzas e instituciones extranjeras, es un techo lo suficientemente grande como para dar cabida a una parte creciente del electorado.
Los partidos tradicionales han hecho todo lo posible para hacer posible esos sentimientos. Se basan cada vez más en las figuras y menos en las ideas y en una visión para el futuro. Han perdido la estructura clásica de la afiliación partidaria, para convertirse cada vez más en movimientos de opinión pública, con la campaña más proclive a lanzar imágenes de marca que programas.
Mientras escribo, el primer ministro italiano Matteo Renzi estaba diciendo a sus seguidores lo que muchos de la elite política están pensando. Ya no hay una izquierda y una derecha, dijo, explicando que su partido (Partido Demócrata) se convertiría en un partido de la nación, en sustitución del partido de centro-izquierda con el que asumió el cargo en diciembre de 2013.
Esta falta de identidad de la izquierda se ha traducido en un éxito de los políticos de derecha, primero en Hungría y después en Polonia, cuyos líderes afirman actuar en nombre de la Nación, e insisten en que no hay más una opción de izquierda.
En las próximas elecciones presidenciales francesas de 2017, no es tan claro que Marine Le Pen será de nuevo puesta fuera por el sistema. Si bien el truco de los dos partidos tradicionales al erigir un dique uniendo fuerzas cumplió su función hasta ahora, pero que puede convencer a mucha gente que el FN es en realidad víctima del sistema.
Hollande logró subir en las encuestas gracias a una muy costosa guerra que ha emprendido contra el ISIS. Esto reducirá aún más los recursos financieros necesarios para abordar los problemas, lo que hace que ciudadanos descontentos abandonen el Partido Socialista y apoyen al FN, a lo que hay que añadir los jóvenes árabes excluidos de segunda y tercera generación que se van al ISIS.
No podemos darnos el lujo de ignorar que desde la crisis económica de 2008, la derecha está creciendo en todos los países europeos. La política de la izquierda, de imitar la derecha, afirma una tendencia que de hecho, ha fortalecido la carrera hacia la derecha.
Si hoy se celebrasen elecciones para crear la Unión Europea, en gran parte faltaría el amplio consenso que acompañó su fundación. ¿Sería posible hoy en día, adoptar la Declaración Universal de los Derechos Humanos?
La última Encuesta Mundial de Valores determinó que la democracia como concepto es cada vez frágil. Un número cada vez mayor de ciudadanos estaría dispuesto a aceptar un sistema no democrático, si este fuese más eficiente para satisfacer lo que ellos consideran sus necesidades vitales.
Basta pensar que en Estados Unidos, donde en 1956 sólo uno de cada 15 estaba de acuerdo en "tener el imposiciones militares ", ahora se ha elevado a uno de cada seis. Entre los nacidos desde 1980, sólo 30% dio máxima importancia al hecho de vivir en una democracia. Otro tercio de estadounidenses piensa que no viven en un país democrático.
Las próximas elecciones en EE.UU tendrán un costo estimado de al menos 4.000 millones de dólares, en comparación con los aproximadamente 468 millones de dólares que se gastaban hasta ahora. Menos de 400 familias han contribuido con cerca de la mitad de ese dinero. Los hermanos Koch, magnates del petróleo, han anunciado que van a donar cerca de 1.000 millones de dólares.
No es de extrañar un ciudadano crea que su voto no tiene el mismo peso, mientras que Donald Trump, el tipo que lucha contra el sistema, es visto como una nueva voz que no hace parte de la vieja pandilla política que ha causado la contracción de la clase media.
Y esto nos lleva a la Cumbre del Clima. Una de las limitaciones más graves del Pacto Climático es que no es un tratado y por lo tanto no es vinculante. Esto se debe al hecho de que el congreso republicano estadounidense liquidaría de inmediato cualquier tratado sobre el clima.
La posición oficial es que el cambio climático no existe, sino que se trata de una conspiración internacional contra el sector energético de Estados Unidos.
Mitch McConnel, el dirigente republicano que ha encabezado la arremetida contra la agenda del cambio climático del presidente Barack Obama, ha declarado: "Antes de que nuestros asociados internacionales destapen el champán, hay que recordar que esta es una oferta inalcanzable en base a un plan nacional de energía probablemente ilegal, que la mitad de los Estados han presentado una demanda para detener y que el Congreso ya ha votado rechazándolo".
Como evidentemente es imposible pensar que los senadores republicanos desconocen que el 66 por ciento de los estadounidenses apoyan un tratado climático vinculante y el hecho de que la mayor contribución para elegirles viene de Koch, las preferencias de los legisladores de la cámara alta constituyen un claro ejemplo de cómo los políticos pueden aislarse de la realidad si es en su interés.
¿Es aceptable que 54 senadores estadounidenses --la mayoría republicana en la cámara del Senado de 100 escaños-- puedan bloquear lo que sea que quieran 7.500 millones de personas que componen la humanidad?
Esto significa que el objetivo de que cada país decide por su propia voluntad no tiene aplicación práctica. La primera evaluación de la situación se llevará a cabo en 2018 y una vez más el mundo dependerá de la persona que sea Presidente de Estados Unidos. Cualquier republicano, cambiará completamente la posición de Estados Unidos y varios países estarán felices de secundarles.
El hecho es que probablemente ya es demasiado tarde para revertir el desastre que hemos creado. Si hace 20 años, en la primera Conferencia sobre el Cambio Climático de la ONU en Berlín el tema del cambio climático se hubiese tomado en serio, habríamos tenido tiempo para hacerlo. Pero ahora, ya estamos 1 grado centígrado por encima de la temperatura de la revolución industrial.
Los compromisos asumidos por los países, conducirán a un aumento de al menos 3,7 grados centígrados. El objetivo era de no ir más allá de los 2 grados. Este objetivo fue ampliamente conocido como un recurso político, para dar cabida a todas las personas a bordo, pero de hecho ya un aumento del 1,5 traería serios problemas.
La organización de investigación Centro Climático ha descubierto recientemente que un aumento de 2 grados va a anegar a 280 millones de personas y que con 1,5 grados "sólo" 137 millones serían sumergidas. Pero si ya hemos utilizado 1 de los dos grados centígrados, antes de llegar a un acuerdo, ¿cómo vamos a ser capaces de permanecer dentro de 1,5, si empezamos tan tarde?
Lo que es increíble es que el cambio climático se ha tratado básicamente como un asunto técnico con implicaciones políticas. De hecho, el verdadero problema del cambio climático es una cuestión de justicia, como la encíclica Laudato si' (en dialecto umbro; Loado seas, en español) ha tratado de afirmar.
Los naciones industrializadas se han convertido en ricas por la quema combustibles fósiles durante los últimos 200 años: países que sólo constituyen el 10% de la población mundial son los responsables de alrededor del 60% de los gases de efecto invernadero que ahora está en la atmósfera.
Por lo tanto, tienen una "deuda ecológica" con los países que están ahora vías de industrialización. La Agencia Internacional de Energía estima que para colocar el clima bajo control (a los 2 grados), se requerirán 1.000 miles de millones hacia el año 2020.
Sin embargo, el Pacto de París se compromete únicamente a movilizar a 100.000 millones de dólares de aquí a 2020, lo que es sólo un décimo de lo que es requiere, sin que exista ningún compromiso para aumentar esta cifra, sino solamente una aspiración para revisarla en 2025.
Por supuesto que 100.000 millones de dólares es una gran cantidad. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional, que no es un campeón de la justicia social, sino del rigor monetario, acaba de publicar un estudio en el que informa que los subsidios energéticos globales después de impuestos aumentaron 3.000 millones anuales de 2011 a 2015 y se llega a la asombrosa cantidad de 5.3 billones de dólares este año, es decir aproximadamente el 6,5 por ciento del producto interno bruto mundial, lo que, de acuerdo con el FMI, es significativamente más de lo que los países emergentes y de bajos ingresos gastan en salud pública y otras prioridades sociales y económicas básicas.
Los países industrializados han gastado 14.000 miles de millones para rescatar a los bancos, más de lo que los países industrializados gastaron en salud y educación desde la crisis de 2008.
La cumbre de Paris ha ignorado una serie de cuestiones relevantes: los derechos humanos, los fondos para las personas de los países pobres, las víctimas del cambio climático, ya que la ONU estima que en 2050 podríamos tener más de 250 millones de refugiados climáticos, una categoría simplemente inexistente en el derecho internacional.
Y así podríamos seguir mencionando las muchas incongruencias y agujeros en el Pacto. Pero lo que está claro es que no tenemos en absoluto un sistema mínimo de gobernanza global.
El cambio climático se sumará a la sensación de inseguridad que tienen muchos ciudadanos del mundo. Los países pobres, por supuesto, van a sufrir una parte desproporcionada de los desastres. Pero los países industrializados tendrán que cambiar algo en su estilo de vida. Sin eso, tan sólo la acción de los gobiernos será en gran medida incapaz de mantener el planeta, tal como lo conocemos hoy en día.
Es interesante observar cómo los actores políticos en París han visto esto. Ellos han hecho varias declaraciones que reconocen que el Pacto Climático no resuelve el problema de la estabilización de nuestro clima.
Por supuesto, las declaraciones alegres han hecho que esto sea sólo el comienzo de un proceso y el progreso continuado se hará en el futuro, por lo que debemos ser optimistas.
Esto se debe a que están seguros de que los mercados tendrán un papel contundente, mediante la inversión en nuevas tecnologías, que acelerará el proceso. Por supuesto que los mercados no tienen relación alguna con el tema de la justicia.
Poco se ha dicho sobre la fuerza real para el cambio: los ciudadanos que en todas partes del mundo, han realizado acciones en el espacio público para exigir que los gobiernos actúen antes de que sea demasiado tarde.
Todas estas acciones de los ciudadanos comenzaron con la declaración Límite para el Crecimiento, del Club de Roma, en 1972. Se ha tardado casi 50 años para que los líderes políticos a acepten que el problema existe.
En ese entonces teníamos datos innegables de olas récord de calor, derretimiento de glaciares, desiertos en expansión, intensificación de huracanes. Pero eso no fue suficiente para contar con la atención de esos líderes políticos para escuchar a la realidad y a las personas, para así alcanzar un acuerdo. En 2009, esto era todavía objeto de debate en Copenhague. Tuvimos que esperar hasta 2015...
París abre ahora un camino para la humanidad. En 2050 podremos saber en cuántos grados habremos sobrepasado nuestro clima normal. Lo que si ya se puede afirmar con seguridad es que el deterioro creciente del planeta aumentará la sensación de inseguridad en la que ya vivimos: el terrorismo es sólo el último golpe.
Mientras los gobiernos sigan esperando que el mercado haga su trabajo, la desafección de los ciudadanos sólo crecerá. El premio Nobel Paul Krugman ha escrito una columna, "Empoderar la fealdad", donde reflexiona sobre los Trumps y los Le Pen, que están aumentando. "Esta fealdad ha sido posible debido a la clase dirigente tradicional, que ahora reacciona tan horrorizada por la apariencia que están tomando los acontecimientos... ahora se enfrentan al monstruo que ayudaron a crear".
Pero no debemos olvidar que se trata de salir de un proceso similar que los "Hombres de la Providencia" han creado y del que se han hecho cargo los gobiernos democráticos. Hemos vivido durante los últimos 20 años, tras la caída del Muro de Berlín, en una era de codicia descontrolada.
Ahora estamos entrando en un período de temor e inseguridad, que en nuestra vida se han añadido a la codicia ya arraigada.
Debemos estar de acuerdo en que el miedo y la codicia no son pilares de la democracia...
* Roberto Savio es Periodista italo-argentino. Co-fundador y ex Director General de Inter Press Service (IPS). En los últimos años también fundó Other News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”. Other News.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
La gran promesa de París debilitada por sórdidas cuestiones económicas
Por George Monbiot
Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García.
En comparación con lo que podría haber sido, se trata de un milagro. En comparación con lo que debería haber sido, se trata de un desastre.En el estrecho marco dentro del cual han tenido lugar las conversaciones por el clima de Naciones Unidas en París, el borrador obtenido es un gran éxito. El alivio de las delegaciones y las felicitaciones que ellas mismas se han hecho al saludar el texto final reconocen el fracaso de Copenhague de hace seis años, cuando las conversaciones superaron todos los tiempos previstos antes del fiasco final. El acuerdo de París todavía está aguardando la aprobación formal, pero el límite de 1,5 ºC de calentamiento global al que se aspiraba, después de que esta exigencia fuese rechazada durante tantos años, puede ser visto –siempre dentro de este marco– como una rotunda victoria. En este sentido y en otros, el texto final tiene más fuerza que la que muchos pensaban.
Desde fuera de ese marco, el texto tiene otra apariencia. Yo dudo que cualquiera de los negociadores crea que como resultado de las conversaciones el calentamiento global no superará los 1,5 ºC. Tal como lo reconoce el preámbulo del acuerdo y a la vista de la debilidad de las promesas que los gobiernos llevaron a París, incluso el límite de 2 ºC es tremendamente ambicioso. Aunque algunos países negociaron con buena fe, es probable que los resultados reales nos conduzcan una crisis climática peligrosa para todos, y letal para muchos. Nuestros gobiernos hablan de no cargar con una deuda a las generaciones futuras; pero han acordado justamente cargar a nuestros sucesores con una herencia mucho más peligrosa: el dióxido de carbono procedente de la continua quema de combustibles fósiles y, en el largo plazo, el impacto que esto producirá en el clima del planeta Tierra.
Con un calentamiento de 2 ºC, grandes zonas del mundo serán menos habitables. Es probable que los habitantes de esas regiones se enfrentarán a fenómenos extremos: peores sequías en algunos lugares, peores inundaciones en otros, tormentas más intensas y, posiblemente, graves disminuciones en la provisión de alimentos. Numerosas islas y zonas de costa marítima de muchas partes del mundo corren el peligro de desaparecer bajo el agua.
Una combinación de acidificación del agua del mar, muerte de colonias de corales y derretimiento del hielo ártico harían colapsar las cadenas tróficas marinas. En tierra, las selvas tropicales retrocederían, los ríos se secarían y aumentaría la desertización. La extinción en masa podría ser el sello distintivo de nuestra época. Tal como fue definido por los delegados con sus aplausos, este es el aspecto que tendrá el éxito.
E, incluso en sus propios términos, ¿qué aspecto tendría el fracaso? Bueno, el fracaso también es posible. En tanto los primeros borradores especificaban fechas y porcentajes, el texto final solo apunta a “alcanzar el pico de emisión de gases de efecto invernadero tan pronto como sea posible”. Esto puede significar tanto cualquier cosa como nada.
Para ser justos, el fracaso no pertenece a las conversaciones de París, sino a la totalidad del proceso. Un calentamiento máximo de 1,5 ºC, hoy día una aspiración y un objetivo improbables, era absolutamente realizable en 1995, cuanto tuvo lugar, en Berlín, la primera conferencia por el clima de Naciones Unidas. Han pasado 20 años de indecisiones provocadas por la acción –directa, encubierta y a menudo siniestramente descarada– por parte del lobby de las corporaciones de los combustibles fósiles junto con la escasa disposición de los gobiernos para explicar a sus votantes que el pensamiento a corto plazo –u oportunista– tiene consecuencias en el largo plazo. Todo esto ha hecho que la ventana de oportunidad esté ahora casi cerrada. Las conversaciones de París han sido las mejores que ha habido hasta ahora. En sí mismo, esto es una terrible acusación.
Con todo lo progresista que pueda ser el resultado de la COP21 en comparación con todo lo anterior, nos deja con un acuerdo –cómicamente– chueco. Mientras que la mayor parte de las negociaciones relacionadas con otras situaciones en el mundo buscan resolver ambos extremos del problema, la de Naciones Unidas referida a la cuestión climática se ha centrado exclusivamente en el consumo de los combustibles fósiles, pero se ha desentendido de su producción.
En París, los delegados han acordado solemnemente la disminución de la demanda de estos combustibles, mientras que cada uno de los países productores trata de maximizar su suministro. Incluso, el gobierno de Reino Unido se ha impuesto una obligación legal –con la Ley de Infraestructuras de 2015– para “maximizar la reactivación económica” del sector productor de crudo y gas de Reino Unido. La extracción de combustibles fósiles es un hecho fuerte. Pero el acuerdo de París está lleno de hechos débiles: promesas que pueden olvidarse o deshilacharse. Mientras los gobiernos no se comprometan a dejar los combustibles fósiles donde están –es decir, bajo tierra–, continuarán debilitando el acuerdo al que acaban de llegar.
Con Barck Obama en la Casa Blanca y un gobierno que todo lo controla supervisando las negociaciones en París, el acuerdo es todo lo bueno que es posible conseguir en estos tiempos. Ninguno de los posibles sucesores del presidente de Estados Unidos mostrará tanto compromiso. En países como Reino Unido, las grandes promesas en el extranjero son debilitadas por las sórdidas reducciones de gastos en casa. Cualquier cosa que pase a partir de ahora no será vista con buenos ojos por las próximas generaciones.
Por lo tanto, sí, dejemos que los delegados se feliciten unos a otros por un acuerdo que es mejor que el que podía esperarse. Y dejémosles que lo suavicen con un pedido de disculpas a todos aquellos que serán traicionados por él.
jueves, 10 de diciembre de 2015
La última oportunidad, en París
Por Eduardo Febbro
“¿Podemos aún salvar el planeta?” La pregunta, a toda página, la formula la última edición de Le Monde en vísperas del inicio de la COP 21, que se celebra en Francia entre el 30-N y el 11-D. Los 195 jefes de Estado pertenecientes a los países firmantes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático buscarán en París un acrobático acuerdo para disminuir las emisiones de efecto invernadero que destruyen al planeta. Nada parece más difícil, ni más hipotético. Varios frentes se cruzan en esta mega cumbre: los países en vías de desarrollo y los emergentes se confrontan a las grandes potencias contaminantes (Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia). Y las potencias entre sí se confrontan en torno del carácter vinculante o no de las decisiones que se adopten en París.
Ya antes que una batalla entre potencias sucias y promotores de la salvación de lo que nos queda de planeta, la cumbre se convirtió en una pugna entre la sociedad civil y el Estado francés. Los atentados terroristas de 13 de noviembre –130 muertos, 350 heridos– condujeron a la adopción del Estado de Emergencia, una medida que prohíbe muchas cosas, sobre todo las manifestaciones, y le da a los organismos de seguridad derechos astronómicos y sin control. Los imperativos de seguridad llevaron a que se anule la manifestación prevista para este domingo 29 y que, también, se prohíba todo tipo de manifestaciones. Esto ha dejado afuera a la sociedad civil que pensaba marcar su postura en las calles. El ministro francés de Interior, Bernard Cazeneuve, admitió también que 24 militantes ecologistas considerados “activistas peligrosos” se encuentren actualmente en arresto domiciliario. El lector apreciará el abuso implícito en la forma de hacer pasar a un militante ecologista con el mismo perfil de peligrosidad que un terrorista asesino.
Sin dudas, el Estado francés quiere evitar que se repitan los graves accidentes que marcaron la cumbre del clima de Copenhague en 2009, cuando decenas de miles de personas se opusieron con furia al escandaloso espectáculo que dio la comunidad internacional. Se habían reunido para salvar al planeta y lo único que hicieron los países industrializados fue salvar sus intereses, es decir, no aprobar ningún texto vinculante, ni la más mínima medida o programa de protección. De hecho, la COP 21 de París retoma los trabajos allí donde los dejó Copenhague. Las potencias, principalmente Estados Unidos y China, habían logrado dejar afuera a Naciones Unidas. Entre 2009 y 2015 se logró que la ONU recobrara su papel preponderante en este ciclo.
El fantasma de Kioto
El objeto central de la COP 21 consiste en reemplazar al difunto protocolo de Kioto para empezar a aplicar uno nuevo a partir de 2020. El protocolo de Kioto, firmado en 1997, había fijado los objetivos que debían cumplir los países desarrollados para reducir la emisión de gases contaminantes. Kioto fue un fracaso y un éxito. Fracaso porque sólo 37 Estados del mundo aceptaron las medidas vinculantes. Las grandes potencias emisoras de gases, Estados Unidos y China por ejemplo, no lo aplicaron –Estados Unidos ni siquiera lo ratificó–. El éxito está en que allí donde se llevó a la práctica al pie de la letra, el protocolo de Kioto superó la meta inicial del 5 por ciento y la reducción de gases alcanzó el 22 por ciento. Sin embargo, el fracaso volvió a cerrar el camino de la salvación. Como las potencias mundiales no lo aplicaron, la emisión de gases se incrementó en 24 por ciento entre 2000 y 2010.
París es entonces un momento clave. Para muchos, la COP 21 es considerada como “la última oportunidad” de hacer algo realmente serio por el planeta. “En el cambio climático se juega el destino de la humanidad “, dice Christiana Figueres, la secretaria ejecutiva de la ONU a cargo del cambio climático. “París 2015 es una fecha casi fatal”, repiten a coro responsables de toda índole. Lejos de generar un consenso para preservar la humanidad, el cambio climático es objeto de una guerra interna en el capitalismo donde se combaten dos visiones: una, industrial, liberal y mercantilista pone en tela de juicio la realidad del cambio climático, otra, algo más global y responsable, pone el acento en la destrucción que el aumento de la temperatura acarrea en la tierra. Dentro de ese antagonismo entra otro: el que opone a los países más industrializados responsables supremos del calentamiento global y de las emisiones de gases de efecto invernadero con los países menos desarrollados, a quienes se les exige un esfuerzo similar al de las potencias contaminantes con escasas compensaciones.
La intención, en París, es que los 195 países firmantes implementen medidas para atenuar las emisiones de gases contaminantes y fijen un marco para la próxima gran conferencia del clima que se llevará a cabo en 2020, con la cual se reemplazará definitivamente el protocolo de Kioto. Como se puede apreciar, el mundo juega con la seguridad climática como con una bomba de tiempo. Varios organismos internacionales ya consideran que París y sus acciones preparatorias llegan demasiado tarde. Un estudio elaborado por el Climate Action Tracker (CAT, organización científica independiente con sede en Londres), advierte de que los planes de acción climática presentados hasta ahora por los países miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático no evitarían que el calentamiento global del planeta llegue a los 2,7 ºC. En la capital francesa se busca que, a finales del siglo, la temperatura global no sobrepase los 2 grados. Con lo cual, la cruzada a favor de una temperatura salvadora está perdida. Los científicos del IPCC (Panel Internacional del Cambio Climático, un organismo dependiente de la ONU) alegan que si se continúa con el ritmo actual, la temperatura global ascenderá entre 3,7 y 4,8 grados para 2100.
La diferencia entre la cumbre COP 21 y el protocolo de Kioto radica en que no se obligará a que los países reduzcan de manera obligada sus emisiones de CO2. El esquema que se ha presentado es el voluntario, es decir, cada país presenta sus propios compromisos. 170 naciones del mundo adelantaron hasta ahora sus propuestas. La ONU calcula que las llamadas “medidas voluntarias” fijadas para el horizonte 2025-2030 elevarán la temperatura a un pico de 2,7 grados. De todas formas, todos son conscientes de que, hasta 2030, la temperatura no disminuirá.
El gran salto al vacío de la COP 21 está en el carácter vinculante del acuerdo. La Unión Europea pugna por un texto que, al menos, tenga capítulos vinculantes. Estados Unidos pone trabas, sobre todo legislativas. Es altamente probable que el Congreso y el Senado norteamericanos rechacen cualquier tratado vinculante. El carácter vinculatorio del tratado es el objeto de todas las controversias. Muchos países pueden hacer fracasar la cumbre al negarse a firmarlo. Y no es todo. El otro contenido polémico son las medidas de compensación destinadas a los países más pobres que deben adaptarse al cambio climático. Desde 2020 comenzará a funcionar el llamado Fondo Verde del clima. Dotado de 100.000 millones de dólares, el Fondo compensará lo que ciertos países pierden al adaptarse a la tragedia climática. Esto es, en sí, un absurdo, porque numerosos países en vías de desarrollo sufren ya de manera drástica los estragos del clima destruido por el club de potencias contaminantes. Como decía un indígena de Papúa invitado a Francia, Mundlya Kepanga, “si se sigue destruyendo la naturaleza, todo esto existirá sólo en sus museos”.
El precio del fracaso
Si el mundo fracasa en tomar medidas contra el cambio climático, la humanidad quedará confrontada a fenómenos que van desde una crisis de refugiados a la inundación de ciudades costeras, pasando por olas de calor y sequías, advierten los científicos. Los representantes de 195 países intentarán alcanzar en París un acuerdo universal que permita limitar el calentamiento del planeta a 2 ºC para evitar esos dramáticos efectos.
Aumento de temperaturas: Si no se toman medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura de la Tierra aumentará probablemente en unos 4 ºC respecto de la era preindustrial de aquí a fin de siglo. Si las emisiones continúan al ritmo actual, el calentamiento del planeta conduciría a un “riesgo muy alto” de impactos “graves, extensos e irreversibles”, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).
Elevación del nivel del mar: De aquí a 2100, el nivel del mar se elevaría entre 26 y 82 centímetros respecto del período 1986-2005, según el IPCC. Esa elevación se debe en particular al derretimiento del hielo polar de Groenlandia y Antártida, más rápido que de costumbre, y al hecho de que los mares se están calentando. Con un alza de 2 grados centígrados de la temperatura mundial, zonas actualmente pobladas por 280 millones de personas quedarían bajo el agua, según Climate Central, un centro de investigación con sede en Estados Unidos.
Fenómenos meteorológicos extremos: Lluvias torrenciales, olas de frío o de calor extremos podrían ser más frecuentes y más intensas a causa del calentamiento. Ciertos fenómenos extremos, como las tempestades de nieve mortíferas en el Himalaya y las lluvias torrenciales en Sudamérica, se agravaron a causa del recalentamiento. Los científicos indican sin embargo que el cambio climático no puede ser considerado responsable de todas las olas de calor y huracanes violentos.
Sequías e inundaciones: El calentamiento del planeta podría provocar largas sequías e inundaciones devastadoras. Los científicos piensan que un planeta más caliente tendrá menos precipitaciones en forma de nevadas que liberan agua lentamente a medida que se funde. Tendrá en cambio más precipitaciones en forma de lluvias. Las fuertes lluvias pueden provocar inundaciones que obliguen a las poblaciones a huir de su casa ya abandonar sus cultivos.
Crisis humanitaria: El cambio climático puede engendrar enfermedades, destruir cosechas y lanzar gente a la pobreza. Los conflictos provocados por la penuria de agua o rendimientos agrícolas más pobres podrían provocar guerras o migraciones masivas. Los habitantes de islas como las Maldivas, en el Índico, o las Filipinas, podrían convertirse en refugiados climáticos obligados a escapar de su casa para protegerse de las crecidas. Las poblaciones pobres del planeta ya padecen olas de calor, sequías e inundaciones a causa de su dependencia de la tierra y de la falta de servicios públicos de calidad.
Los enemigos del clima
Son 195 los países que buscarán alcanzar un acuerdo sobre el clima en la conferencia de París para limitar a 2 ºC el calentamiento del planeta y sus dramáticas consecuencias. A continuación algunos elementos clave del fenómeno, según datos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la ONU.
Gases de efecto invernadero (GEI): El efecto invernadero es un fenómeno natural resultante de la absorción y reflexión por ciertos gases de la atmósfera de una parte de la radiación infrarroja de la Tierra, que retiene de esa forma el calor. Este fenómeno es acentuado por la liberación más importante en la atmósfera de gases resultantes de la actividad humana, que provocan un calentamiento acelerado del clima. El dióxido de carbono (CO2) es el principal gas de efecto invernadero de origen antrópico (76 por ciento de las emisiones). Los otros son el metano (16 por ciento), el protóxido de nitrógeno (6 por ciento) y los gases fluorados (2 por ciento). Cada gas tiene una capacidad diferente para retener el calor.
Emisiones de GEI: Las emisiones de GEI son más elevadas que nunca. En 2010, alcanzaron 49 gigatoneladas de CO2 equivalente. El alza de las emisiones se acelera: +2,2 por ciento por año entre 2000 y 2010, contra +1,3 por ciento por año entre 1970 y 2000. Las energías fósiles y la industria representaron 78 por ciento de las emisiones entre 1970 y 2010. Los sectores de actividad que más emiten GEI son la producción de energía (35 por ciento), agricultura y forestación (24 por ciento), industria (21 por ciento), transportes (14 por ciento), construcción (6 por ciento). Los principales países emisores son China (alrededor de 24 por ciento), Estados Unidos (15,5 por ciento), la Unión Europea (11 por ciento), India (6,5 por ciento), Rusia (5 por ciento).
Concentración en la atmósfera: Las concentraciones actuales de GEI son las más elevadas registradas en 800.000 años. La concentración media de los GEI era de 430 ppm CO2eq (CO2 equivalente en partes por millón) en 2011. Para tener más probabilidades (entre 66 y 100 por ciento) de limitar el alza de temperatura global a 2 ºC, esa concentración no debe superar 450 ppm CO2eq hacia 2100.
Alza en temperaturas: El promedio global en la superficie del planeta subió 1 ºC entre 1880 y 2015. El alza no es homogénea: es más importante en los continentes y en los polos. Las tres últimas décadas fueron sucesivamente las más calurosas desde 1850. La temperatura en la superficie de los océanos se elevó 0,11 ºC por década entre 1971 y 2010.
Explosión demográfica mundial: La aceleración de las emisiones entre 1970 y 2010 coincidió con una explosión demográfica mundial. La población del planeta se duplicó en ese período, pasando de 3.600 millones de seres humanos a 7.000 millones, según cifras de la ONU.
Evolución de las emisiones: El IPCC imaginó cuatro escenarios: en ausencia de nuevas medidas para reducir las emisiones, el alza global de las temperaturas alcanzará probablemente entre 3,7 y 4,8 ºC a fin de siglo XXI respecto de 1850-1900. El umbral de 2 ºC implica que las emisiones acumuladas no superen 2.900 Gt de CO2. Implica reducir entre 40 y 70 por ciento las emisiones de GEI de aquí a 2050 (en relación con 2010) y hacerlas desaparecer en 2100. Reducir fuertemente las emisiones exige inversiones de varios cientos de miles de millones de dólares por año de aquí a 2030.
martes, 8 de diciembre de 2015
Clima de guerra
Por Silvia Ribeiro *
Del 30 de noviembre al 11 de diciembre se reúne en París la 21 Conferencia de las Partes de la Convención de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP21, CMNUCC), en la que se anuncia un nuevo acuerdo global para combatirlo. En otro artículo explico que esto no es lo que sucederá en realidad. (Crónica de un desastre climático anunciado, La Jornada, 14/11/15). Por el contrario, se consolidará un sistema voluntario y decidido a nivel nacional en el que los compromisos que los países dicen asumir nos aseguran que el calentamiento global llegará a niveles dramáticos desde 2050 y en adelante, posiblemente duplicando a 2100 el máximo de 2 grados C, que siendo grave, es lo que la ONU acordó como máximo aumento tolerable.
Los bombazos con cientos de muertos y heridos el 13 de noviembre en París cambiaron violentamente el escenario exterior, pero dentro de la COP21 todo sigue como estaba. El gobierno francés aprovechó este lamentable y grave contexto para cancelar muchas marchas y actos públicos de protesta sobre los negocios del clima, alegando que sólo podría garantizar la asistencia oficial a la COP21. Pero no canceló actos deportivos, mercados navideños y otras concentraciones públicas por el estilo. Sería absurdo pensar que los atentados fueron para impedir las protestas –a las que se esperaban decenas de miles de personas, algunas muy ordenadas, otras más desafiantes–, pero fueron útiles para ilegalizarlas.
A la par de un fuerte recorte de libertades civiles contra la gente común en Francia, el gobierno de ese país, junto a Estados Unidos, bombardea salvajemente y escala la guerra en Siria, con muchas pérdidas civiles reportadas o no, supuestamente para combatir al Estado Islámico (EI). Curiosamente no atacan las instalaciones petroleras que controla el EI en Siria, lo cual podría cortar una fuente de su sustento. Al mismo tiempo, Turquía, tradicional aliado de Estados Unidos, derribó en circunstancias más que confusas, un avión de Rusia en la frontera con Siria, pese a ser un país que también combate bélicamente al EI. El derribo sucedió casualmente cuando Rusia planteó colaborar con Francia contra el EI, acercamiento incómodo para Estados Unidos por su conflicto geopolítico y económico con Rusia. Para muchos observadores, también porque Estados Unidos está en el origen de lo que ahora se llama Estado Islámico, apoyando grupos armados en la región y creando las causas para su surgimiento. Un factor resbaladizo que entra y sale de la escena internacional en momentos claves para Estados Unidos, como sucedió antes con Osama Bin Laden.
Todo converge en exacerbar la guerra, que va más allá de Siria, y en crear un ambiente tenso y represivo para los ciudadanos, justificando la imposición de Leyes Patriotas modelo Washington. Podrían parecer datos aislados, pero están conectados, no sólo en términos represivos y geopolíticos, también con el cambio climático, sus causas e impactos.
Collin Kelley e investigadores del Lamont-Doherty Earth Institute de la Universidad de Columbia publicaron en marzo de 2015 en Proceedings of the National Academy of Sciences de Estados Unidos, un artículo que muestra que el cambio climático global fue causante de la intensa sequía que asoló Siria en 2007-2010, los tres años más secos de los que se tiene registro, situación que precedió los levantamientos y conflictos armados desde 2011. La región sufría sequías, pero no tan extremas y prolongadas. Murieron todas las cosechas y 80 por ciento del ganado pastoril, se terminaron las semillas y más de 1.5 millones de campesinos tuvieron que emigrar a las ciudades. No afirman que los levantamientos son consecuencia directa del cambio climático, pero sí un factor que los exarcerbó gravemente.
Al mismo tiempo, las fuerzas armadas y las guerras son uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero, y por tanto causantes de ese cambio climático. Las sangrientas guerras por petróleo y por control de los territorios que lo tienen –como Siria– son un monstruo que se muerde la cola. Guerras por petróleo que causa el cambio climático, petróleo que sostiene las guerras que se exacerban con el caos climático y demandan más petróleo.
Nick Buxton, del Transnational Institute, llama a las fuerzas armadas el elefante blanco en París: en el texto de negociación de la COP21, nunca se menciona la palabra militar. Sin embargo, el Departamento de Defensa (DoD) de Estados Unidos es el mayor consumidor de petróleo y emisor de gases de efecto invernadero de Estados Unidos, país que a su vez es el principal emisor histórico global y consume 25 por ciento de la energía en el mundo. Aún así, sus fuerzas armadas no reportan emisiones. En 1997, durante la negociación del Protocolo de Kyoto, Estados Unidos consiguió que se declare el consumo y emisiones de las fuerzas armadas un tema de seguridad nacional, que no se puede limitar ni reportar. A pesar de que si se compara el consumo de petróleo sólo del DoD con el consumo total por país, sólo 35 países superan ese volumen.
Las piezas del juego están más visibles que nunca, pero la COP 21 no las discutirá. Por el contrario, los principales causantes del cambio climático –empresas petroleras, agronegocios y otras– estarán sentados entre las delegaciones oficiales y en nombre de la seguridad (nacional, militar, climática, alimentaria), aprobarán que se siga consumiendo petróleo y emitiendo gases, lo cual afirman será compensado con mercados de carbono y riesgosas tecnologías como nuclear y geoingeniería. Claro que necesitan acallar las protestas: apagan el fuego con gasolina.
* Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC
lunes, 7 de diciembre de 2015
La diplomacia de Hollande ha nacido muerta
Por Rafael Poch
El Presidente francés, François Hollande, despliega estos días una enorme actividad encaminada a forjar esa “gran y única coalición” contra el Estado Islámico que los bárbaros atentados de París le han inspirado. El lunes recibió a David Cameron en París, el martes se encontró con Obama en Washington, ayer cenó con Merkel en el Elíseo y hoy recibe a Matteo Renzi antes de salir para Moscú a entrevistarse con Vladimir Putin. Esta actividad será inútil.
El motivo es que tal ofensiva no tiene la menor posibilidad ni intención de abordar el principal problema del momento: el sostén al enemigo declarado por parte de los Estados amigos del Golfo y de potencias de la OTAN, particularmente Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Turquía. La propia OTAN, como tal, está mucho más preocupada por los “avances” rusos -los insólitos desafíos militares de Moscú, primero en Ucrania y ahora en Siria- que por el Estado Islámico que militarmente no es gran cosa.
El viernes, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad la resolución francesa que llama a “redoblar y coordinar esfuerzos para prevenir y suprimir los actos terroristas cometidos por el Estado Islámico así como el Frente Al Nusra y los demás individuos, grupos, proyectos y entidades asociados con Al Qaeda y otros grupos terroristas”. Esa voluntad nace muerta mientras no se ponga orden en la coalición occidental. Y el problema es que eso no puede hacerse sin desestabilizar toda la geopolítica de occidente en la primera región energética del mundo.
En Siria hay tres fuerzas que combaten al espectro señalado por la resolución de la ONU: el régimen de Asad, dictatorial y sanguinario, los rebeldes kurdos y la aviación rusa. Las potencias occidentales y sus amigos del Golfo son hostiles a los tres; el cambio de régimen en Damasco ha sido hasta ahora la prioridad occidental, los rebeldes kurdos son bombardeados por Turquía, y el derribo del avión ruso y los apoyos que ha recibido en Bruselas y Washington, hablan por si solo. Y eso en la hipótesis más optimista de que no hubiera un acuerdo previo de Turquía con la OTAN respecto al derribo del avión.
Para quienes definen la estrategia belicista en Bruselas y Washington -que son los mismos- que Rusia se haya metido en el avispero sirio y que el ejercito de Asad avance posiciones gracias a ello, es mucho peor que el Estado Islámico. Respecto a Turquía y los amigos del Golfo, basta con echar un vistazo al documentado informe de Nafeez Ahmed, un conocido periodista británico de The Guardian, para comprender el alcance de la broma.
Turquía ha proporcionado miles de pasaportes falsos al Estado Islámico, incluido a sus brigadistas europeos que entran y salen de la UE como Pedro por su casa, como se ha demostrado trágicamente en París. Turquía ha permitido el tránsito de columnas islamistas por su territorio para atacar a los kurdos en la ciudad siria de Serekaniye, informó el año pasado Newsweek. “Comandantes del Estado islámico nos decían que no temiéramos nada porque había una plena cooperación con los turcos”, explicó un técnico de esa organización citado por el semanario. En los tribunales y diarios turcos, son abrumadoras las pruebas y testimonios de esa complicidad, tanto en tráfico de armas, como de personas y de petróleo a lo largo de la frontera. El periodista Ahu Ozyurt del diario Hurriyet ha explicado su “conmoción” al conocer los sentimientos pro Estado Islámico de los “pesos pesados del AKP -el partido de Erdogan- en Ankara. “Son como nosotros, luchando contra siete grandes potencias en la guerra de independencia”, señalaba uno de ellos. “Prefiero tener al Estado Islámico de vecino que no al PKK”, el partido kurdo, decía otro, citado en el mencionado informe de Nafeez Ahmed.
Mientras las modernas armas antitanque occidentales y la financiación llegan al Estado Islámico y otras franquicias integristas a través de los amigos del Golfo, y mientras el petróleo y las personas circulan a través de la frontera turca, en Occidente se asombran por la resistencia y la expansión del proclamado enemigo, cuya logística y economía cuenta con complicidades tan flagrantes como inconfesables. En el Bundestag la vicepresidenta Claudia Roth, una partidaria de las “intervenciones militares humanitarias” se asombra de que la OTAN haya consentido a Turquía el entrenamiento y la transferencia de armas para los guerrilleros integristas. Cuando en septiembre del año pasado, en la comisión militar del Senado de Estados Unidos se le preguntó al entonces militar número uno del país si algún Estado árabe “aceptaba” al Estado Islámico, la respuesta del General Martin Dempsey, presidente del Estado Mayor Conjunto, fue meridiana: “conozco a grandes Estados árabes que lo financian”.
El martes en Washington Hollande propuso a Barack Obama que se selle la frontera turco-siria, un propósito elemental dada la situación, pero el Presidente de Estados Unidos no estuvo nada receptivo al respecto. Su mensaje general, además de defender el derribo del avión ruso, fue que Rusia no puede ser un “socio fiable” mientras apoye a Bashar el Asad.
“Detrás de la idea de una “gran y única coalición” contra el Estado Islámico que Hollande abrazó en su marcial discurso de Versalles del día 16, “está la voluntad de los rusos de primar sobre los americanos en Europa y dividir a la OTAN”, advierte un experto americano en declaraciones a Le Figaro. La lógica de bloque, de hacer pagar caro a Moscú su desafío militar -en Ucrania y en Siria- pesa en Washington mucho más que cualquier veleidad de coalición. Ante estas señales el propio Hollande vacila. Su visita de hoy a Moscú, significativamente la última de la serie, no aportará nada.
Sin sus amigos, sus cómplices y sus flujos, en y desde Turquía, Arabia Saudita y Qatar, el Estado Islámico no tendría gran cosa que hacer. El problema de la OTAN es que no puede actuar de verdad contra el Estado Islámico sin fortalecer a Asad y a los rusos, lo que aún incrementa más la ambigüedad.
Un estudio de la Rand Corporation de Estados Unidos, institución estrechamente vinculada al complejo militar-industrial, evocaba en 2008 así el nudo de la aparente incongruencia: tras evocar la “fuerte dependencia” que las economías de los países industrializados tienen del petróleo de Oriente Medio, concluía que, “Estados Unidos tiene motivos para mantener la estabilidad y buenas relaciones” con esos países. Naturalmente, siempre y cuando estén en el cuadro de la geopolítica occidental.
No era el caso de Siria, que se alineó con un proyecto energético ruso-iraní, negándose a firmar en 2009 el proyecto de oleoducto para llevar crudo saudí hasta Turquía. En lugar de eso Asad firmó en 2011 un acuerdo de 10.000 millones para otro oleoducto desde Irán-Iraq hasta el Mediterráneo (es decir hasta la Unión Europea), vía Siria, con participación de Gazprom el gran consorcio energético ruso. Eso eran palabras mayores que invitaban a Europa hacia una mayor autonomía internacional, algo a evitar. Hoy el acuerdo nuclear de Occidente con Irán abre de par en par la puerta a ese proyecto.
Fue entonces, en 2011, cuando empezaron los problemas para Asad. 250.000 muertos después, todos bombardean un país que ya ha dejado de existir, generando ese tipo de desolación material que es el caldo de cultivo para nuevos y futuros monstruos.
Las víctimas de París son inseparables del más de millón de muertos que se ha cobrado hasta ahora la desastrosa serie de guerras emprendidas después del 11-S neoyorkino.“Formamos parte del terrorismo porque en Oriente Medio vendemos armas y libramos guerras petroleras y gasísticas”, dice Oskar Lafontaine. “Hasta que los Obama, Merkel y Hollande no comprendan que las madres de Afganistán, Iraq, Siria, Yemen, y de todos los lugares en los que la “comunidad de valores Occidental” promueve guerras, lloran a sus hijos igual que las de París, no estaremos en situación de luchar contra el terrorismo”, dice Lafontaine.
“La causa del terrorismo está en las guerras entre potencias para controlar una zona del mundo en la que se produce una riqueza inmensa », dijo ayer Jean-Luc Mélenchon en el Parlamento Europeo.
Así que, de momento, no va a ser la coalición de Hollande contra el Estado Islámico, sino la tensión entre potencias animada por el Imperio del Caos, lo que tiene un buen futuro en Siria. Hasta el próximo desastre.
martes, 1 de diciembre de 2015
"La seguridad total no existe pero la vigilancia masiva sí"
Ignacio Ramonet dirigió durante 18 años Le Monde Diplomatique, uno de los medios más prestigiosos del mundo y principal tribuna del movimiento altermundista. Afincado en Francia, este periodista español que actualmente dirige LeMondeDiplo, la versión española del citado mensual, contempla cómo el Gobierno de François Hollande aprueba un recorte de libertades y una prórroga de tres meses del estado de emergencia intentando fortalecer las capacidades de sus fuerzas de seguridad.
Para el autor de El imperio de la vigilancia (Ediciones Galileo), los gobiernos “no pueden garantizar la seguridad total”. Sin embargo, “el estado de emergencia supone un abandono de las libertades democráticas y republicanas”, mientras que “hoy en día hay instrumentos para vigilarnos a todos”. Una vigilancia que, además, “es ineficaz”. Es la tesis de Ramonet en su nuevo libro, convertida casi en premonición, puesto que se publicó el jueves 12 de noviembre. Un día después tuvieron lugar los atentados yihadistas que han empujado a la “intimidada” sociedad francesa a no criticar las medidas propuestas por Hollande. Para Ramonet, es un error.
- ¿Aceptará la sociedad francesa, que tradicionalmente ha defendido sus derechos de forma férrea, el cambio de menos libertad por más seguridad?
- Estamos en el momento más emocional. Los atentados se produjeron el pasado viernes, y desde entonces se han ido sabiendo los detalles de lo que ha ocurrido, con los testimonios de gente que ha vivido un infierno. En este momento el Estado puede pedirle prácticamente lo que quiera a su sociedad y ésta está en condiciones de otorgarlo.
Acabamos de ver como el presidente ha conseguido una unión nacional en plena campaña electoral para las elecciones del 6 de diciembre. Ha logrado aprobar una serie de medidas, algunas de ellas propuestas por la derecha además, en medio de un unanimismo general. Cuando ocurren monstruosidades como la de París las sociedades se intimidan, apenas ha habido críticas contra la prórroga del estado de emergencia, que supone un abandono de las libertades democráticas y republicanas. En mi libro hablo de lo que pasó tras el 11-S cuando EEUU promulgó la Patriot Act con esta misma idea, un contrato con los ciudadanos: aceptad perder un poco de vuestras libertades y yo os voy a garantizar una mayor seguridad. El problema es que la Patriot Act todavía está vigente.
- ¿Supone la vigilancia más seguridad?
- No, la vigilancia masiva ha demostrado que no es eficaz. La seguridad total no existe, aunque obviamente los gobernantes no lo puedan decir, sobre todo en este momento. Lo que le pide la sociedad al gobernante es seguridad absoluta, y es lo que éste promete. Pero la seguridad absoluta no existe. Y en particular frente a grupos terroristas.
En cambio la vigilancia masiva sí que existe. Lo comprobamos tras las revelaciones de Edward Snowden. Hoy en día hay instrumentos para vigilarnos a todos. Es una especie de coacción: yo te doy seguridad total pero permíteme que te vigile totalmente. Porque mientras ellos pueden vigilarte, en cambio no te van a poder garantizar la seguridad total.
- ¿Deben las sociedades aceptar ese canje?
- ¡Claro que no! Ése es todo el sentido del libro que acabo de publicar. El problema es que en este momento es muy difícil emitir críticas, porque si lo haces apareces como un aliado de los terroristas.
- ¿Cuál es la alternativa a la vigilancia?
- La vigilancia es legítima. Es perfectamente legítimo que un Gobierno vigile. En la medida en que lo haga de manera democrática, es decir, por orden de un juez y con un control democrático. Si un juez determina que una persona debe ser vigilada, hay que vigilarla. La cuestión no está en oponerse a toda vigilancia, el problema es que lo que se practica ahora es una vigilancia masiva y clandestina. El principio es “vigilamos a todo el mundo para poder, el día de mañana, identificar a aquellos que puedan cometer un atentado”. Estamos perdiendo libertades sin que esto se haya debatido lo suficiente, o discutiéndolo en un marco emocional muy determinado.
Francia promulgó una ley en mayo que permite la interceptación y escucha de conversaciones por parte de los servicios secretos sin que haya control judicial. Y se hizo en la emoción de los atentados de enero contra Charlie Hebdó. Solo debe autorizarlo el primer ministro, Manuel Valls. ¡Pero el primer ministro no es un magistrado! No es el poder judicial, es un político, es el poder ejecutivo.
- La herramienta para la vigilancia masiva es Internet, que permite un registro exhaustivo de todos nuestros movimientos y conversaciones. ¿Se puede decir que ya hemos perdido la libertad en la red?
- Cuando surgió Internet era un ambiente de libertad, porque democratizaba el acceso a la información. Sin embargo hoy se ha centralizado. El 99% de las personas que utilizan Internet recurren casi inevitablemente a una de las grandes cinco empresas digitales: a Google, a Apple, a Facebook, a Amazon o a Microsoft.
Hoy cuando utilizas Internet estás entrando por ese cuello de botella que permite a las autoridades tener acceso a todos tus datos, primero porque estas empresas se lo pasan al Gobierno de EEUU por ley, y segundo porque los estados han puesto en marcha sus propios sistemas de vigilancia. Hoy es mucho más seguro enviar una carta por correo que enviar un e-mail. La carta no la vigila nadie, en cambio cualquier comunicación digital deja una huella, los metadatos. Desde dónde te comunicas, con quién te comunicas, cuánto tiempo duró ese comunicado, cuándo se produjo… Toda una serie de datos con los que se puede hacer una especie de galaxia de todos tus contactos y conocimientos, un verdadero atlas de ti mismo. Sin que tú sepas lo que dice.
Aunque se graban, escuchar conversaciones es muy complicado porque hay que poner alguien allí a escucharlas. Sin embargo estos datos se recolectan automáticamente, de forma masiva, de todos nosotros.
- EEUU tiene acceso directo a esos datos gracias a las empresas que nombra. ¿Cree que existe un neocolonialismo en Internet? ¿Que la red, que aparenta ser abierta y supranacional, es un territorio controlado por EEUU?
- Está controlado por estas empresas americanas. En el libro por ejemplo publico un informe de la CIA al respecto, “El mundo en 2030”. Dice que de aquí a 2030, precisamente uno de los peligros para EEUU es que estas cinco empresas logren tener mayor poderío en términos de información que el propio Gobierno de EEUU, que la propia Administración estadounidense. No hablamos de imperialismo norteamericano, sino del dominio de empresas que efectivamente son estadounidenses.
- ¿Dominamos la tecnología o la tecnología nos domina a nosotros?
- El problema es que hoy ya no podemos pasar de la tecnología. Sería muy difícil hacer todo lo que hacemos sin Internet. La pregunta es legítima. A día de hoy, yo creo que la respuesta es que la tecnología nos domina a nosotros, no podemos desconectarnos.
- Usted alaba en su libro a los “lanzadores de alertas”. Denomina “héroes” a personas como Julian Assange o Edward Snowden. Sin embargo, las alertas que han lanzado no han calado en la sociedad, muy poca gente ha tomado conciencia o modificado sus costumbres.
- Exacto. Ésa es una realidad. A la mayoría de la gente le da igual el estado de vigilancia, no les molesta. La prueba: ¿de qué vive Facebook? De los datos que nosotros ponemos voluntariamente, no nos los arranca.
Lo que colectivamente la sociedad dice con su comportamiento es que el que se moleste porque se le vigile es que algo debe querer esconder. Y si quiere esconder algo es porque, como dice Assange, es a uno de los cuatro caballeros del infocalipsis: o es un traficante de droga, o es un pedófilo, o es un tipo que está huyendo del fisco, o es un terrorista. Si yo no soy nada de esas cuatro cosas qué me importa a mí que me vigilen, no tengo nada que ocultar. Esta es la problemática.
El problema es cuando los gobiernos empiezan a hacer uso de esa información en tu contra, estamos todos desnudos ante ello. Es la distopía de 1984. Los europeos lo vemos como algo muy lejano, pero es algo que ya está pasando en Irán o Arabia Saudí, con gobiernos que persiguen a la disidencia.
- ¿Estamos fracasando los periodistas a la hora de comunicar ese peligro?
- Yo creo que no, porque aunque quizá los periodistas tengan mayor sensibilidad, es la sociedad la que no acaba de tomar conciencia. La sociedad no valora suficientemente el heroísmo de gente como Assange. ¿Quiénes son las personas más perseguidas del mundo? Es Assange, es Snowden, es Chelsea Manning, condenada a 30 años de cárcel por haber revelado crímenes que no había que ocultar. Assange lleva tres años encerrado en la embajada de Ecuador en Londres y Snowden está exiliado en Rusia. ¿Y qué es lo que han hecho que merezca tal persecución? Demostrar que nos vigilan. Denunciar un atentado contra nuestras libertades.
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