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lunes, 16 de mayo de 2011

Educar para transformar la conciencia

 Vos el Soberano

Por Juan Almendares

A Raúl Leis insigne educador de América Latina


“Dice Paulo Freire en una de sus cartas: somos activos ,

curiosos, transformadores, capaces de correr riesgos y de ir más allá. Y

o pienso que ese es el desafío de la interacción de la educación popular y los movimientos sociales”

Raúl Leis

La gran maestra de América Latina es la historia de los procesos de lucha por la emancipación de los pueblos.. Asimilar y reflexionar críticamente a través de la vida, las lecciones de la historia es esencial para construir nuestro futuro.

Las instituciones educativas o académicas se desnaturalizan cuando se alejan de la realidad social y carecen de un posicionamiento crítico, participativo frente a la destrucción progresiva de la Madre Tierra, las violaciones a los derechos humanos; y estár ausentes en la defensa de la cultura en la construcción de la paz .

El golpe militar hondureño y el proceso sociopolítico posterior a este acontecimiento nos enseñó que para ejercer la hegemonía del poder de clase fue necesario en forma urgente el control del agua, alimentos, energía, la comunicación, la banca , el comercio, y desde luego; la educación publica , privada o religiosa.

La educación es uno de los aparatos ideológicos fundamentales del Estado. Las fuerzas golpistas lo demostraron al intentar dividir, desprestigiar y desarticular el movimiento magisterial nacional mediante una guerra mediática multimillonaria, el terror, asesinato de maestras, maestros y vulnerar los fondos de la pensión y seguridad social de los educadores.

La respuesta masiva popular contra el golpe militar fue inmediata y se expresó a través de las manifestaciones que llegaron en algunos casos a sobrepasar el millón de personas.

A la resistencia se le plantea dos retos ineludibles : la defensa de la educación pública y del movimiento magisterial; y como desarrollar creativamente la educación popular como un componente fundamental.

No solo se trata de resistir sino como desarrollar creativamente la organización, movilización y sobre todo transformar la conciencia social e histórica para lograr los objetivos trazados: retorno del Presidente Manuel Zelaya y los exiliados; convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, Refundar el Estado de Honduras y el respeto a los derechos humanos y ambientales

A nuestro juicio la educación para organizar, resistir, movilizar y transformar es una tarea emergente en Honduras; lo emergente en el sentido de urgencia y con el fin de lograr de un cambio cualitativo en la transformación de la conciencia social e histórica

Decía Raúl Leis: “Si logramos formar, ayudar a formar y formarnos a partir de ellos (ellas ), porque también nosotros nos formamos con los sujetos populares , en una perspectiva de un sujeto activo , curioso, transformador, arriesgado, pero arriesgado en el buen sentido e la palabra y con una capacidad de mirar mas allá de visualizar estratégicamente de transformar el mundo avanzando en este camino”

Partiendo del hecho de mi limitada formación pedagógica, me permito de la manera mas sencilla, humilde y respetuosa hacer la siguiente reflexión dos años después del golpe militar.

La esencia de la educación es desarrollar la conciencia individual y colectiva, los sentimientos de amor , solidaridad humana y planetaria mediante la reflexión, investigación la participación activa en los procesos de transformación de la realidad; construcción de la paz y la justicia ambiental y social

La educación tiene como objetivo central lograr la emancipación del ser humano integral y la autodeterminación de los pueblos de cualquier sistema opresivo, enajenante que históricamente se ha fundamentado en la acumulación histórica del capital y que no respeta los derechos humanos y planetarios.

La verdadera educación popular no puede ni debe ser vertical , autoritaria. La horizontalidad es la corresponsabilidad del educando y el educador sin jerarquías ni subordinaciones en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Es decir todos enseñamos y aprendemos; sin importar el grado de educación formal e informal.

El diálogo y debate entre la dirigencia y la base debe seer critico , reflexivo y constructivo y la toma de decisiones debe ser colectiva participativa. En otras palabras el respeto debe ser mutuo tanto de la base como de la dirigencia.

La inmediatez de la injusta realidad: miseria , hambre y enfermedad nos entra por los ojos, oídos, por los sentimientos y por esa percepción de totalidad que genera la solidaridad con el dolor y sufrimiento.

Lo visible de la inmediatez es el camino para llegar a la esencia ,es parte ; sin embargo no es la esencia misma del fenómeno.

La asimilación y transformación de la realidad es a través de la praxis social de un colectivo comprometido con el proceso de emancipación.

No se trata de que cada uno de nosotros se transforme primero para cambiar después la realidad por el contrario no podemos cambiar nuestra esencia sin la participación activa en la construcción social unitaria total de un mundo diverso de paz justicia, solidaridad humana y planetaria.

Debemos valorar las experiencias previas e históricas de nuestros educadores populares , celebradores de la palabra, del movimiento social y los académicos comprometidos realizando intercambios y diálogos entre los saberes, conocimientos científicos y técnicas que sean inseparables de la vida y cuya aplicación no tenga como fundamento la opresión económica social y cultural de nuestros pueblos

Si partimos de la idea del movimiento material , espiritual y cultural del mundo no debemos olvidar que los pueblos no solo viven de esperanzas o de las construcciones del falso poder.

La resistencia ha logrado llenar el vacío de la esperanza del pueblo hondureño y ser el Frente Nacional de Resistencia Popular el movimiento histórico mas significativo de Honduras en el siglo XXI.

Sin embargo es necesario partir de la vida cotidiana y solidarizarse cada día mas con la satisfacción de las necesidades materiales: alimentos, agua salud, vivienda, educación, transporte y comunicación que son inseparables de las culturales y espirituales : religiosas y no religiosas.

El golpe militar produjo la desconfianza del pueblo en las estructuras del poder económico, militar jurídico religioso y mediático por el asalto al poder y a la unidad histórica de los pueblos de America Latina(ruptura con la solidaridad medica, educativa y alfabetizadora de Cuba y la Alianza Bolivariana de Nuestra América (ALBA).

Recuperar la memoria histórica de los y las mártires , verdaderos héroes y heroínas de Honduras y América Latina. Defender los derechos de los pueblos originarios , indígenas misquitos, y garifunas, campesinos a la Madre Tierra, el Agua y el Territorio .

Construir nuestra propia verdad e historia. Analizar el contexto y la geopolítica . el conflicto de clases y el poder de la clase dominante y dirigente y los derechos de genero , mujer y diversidad sexual deben ser prioridad

Educar a partir de la realidad histórica concreta de la injusticia, el asalto a la naturaleza y sociedad por las invasiones militares tecnológicas y de explotación( banano, madera, minerales, camarones , transgénicos (Monsanto ) y agrocombustibles.

Nunca olvidar que la forma y la esencia de la pedagogía de la transformación se fundamenta en el amor, la solidaridad y la liberación de los y las oprimidas por la unidad y respeto a la dignidad histórica de los pueblos de America Latina ahora e históricamente avasallados por la agresión del nuevo y viejo imperialismo.

Ser transformadores es ser incorruptibles al sistema dominante y tomas posición y riesgos y participar solidariamente en los procesos de emancipación de América Latina y el mundo.

miércoles, 27 de abril de 2011

¿Por qué "no aprenden" los niños?: El fracaso de las política educativas neoliberales

Rebelión

Por Andrés Núñez Leites

Advertencia
El título evoca una frase del sentido común docente en enseñanza primaria del Uruguay y requiere algunas aclaraciones. Su uso obedece a la fuerza semiótica implicada en tanto pauta simbólica que guía a los actores concretos y que es a su vez el signo de una decepción instalada en el trabajo pedagógico y en el discurso político-pedagógico neoliberal que estigmatiza a los docentes. Pero se hace necesario precisar algunas cosas, que como hemos de desarrollar un poco más en el resto del artículo, aquí apenas mencionaremos de modo introductorio. La frase sustantiva "los niños" refiere a una universalidad falsa, y remite a una también falsa asociación entre igualdad de acceso a la educación pública e igualdad de oportunidades. Los niños de las escuelas públicas -por no compararlos con los niños de los colegios privados- tienen variado origen socio-cultural y ello determina claramente variaciones en su desempeño académico. "Los niños" que "no aprenden" son aquellos cuyas condiciones familiares son más desfavorables económicamente, cuya familia tiene una estabilidad vincular baja, cuyas espectativas de logro son menores, cuyo grado de violencia familiar interna es mayor y menor la cultura escrita, es decir, los hijos de las familias desplazadas por esa exitosa estrategia burguesa de la guerra de clases que llamamos neoliberalismo o corporativismo. Y finalmente "no aprenden" es una evaluación engañosa, también instalada radicalmente en nuestro sistema educativo, y que no da cuenta de una especificación imprescindible: no aprenden todo lo esperado por los docentes y sus autoridades, en el grado y la forma esperada, de acuerdo a parámetros clasistas dominantes.

I. Los niños “no aprenden” porque están desnutridos
De 2003 a 2010, la variación moderadamente positiva de algunos indicadores referidos al empleo y la pobreza no han podido ocultar dos cosas: que la pobreza permanece como un núcleo duro, de entre el 10% y el 15% de los hogares urbanos (1)(2)(3). Esto puede leerse en varios sentidos, y uno de ellos es que la estrategia político-económica de acumulación de capital ha permanecido incambiada. El neoliberalismo, impuesto a sangre y fuego por la dictadura 1973-1985 ha sido retomado una y otra vez por los gobiernos democráticos, incluido los de "izquierda", dejando la misma secuela de pobreza y sus consecuencias. Entre ellas, la desnutrición infantil no ha mostrado grandes variaciones, a pesar de las esperanzas que en ese sentido se había fomentado desde la izquierda, y a pesar también de las rabietas gubernamentales generadas por los informes de organismos internacionales que continúan mostrando que la situación en Uruguay no ha cambiado (4)(5)(6) sustancialmente, situándose en un 5% de los niños menores de 5 años el caso de problemas asociados a la desnutrición crónica moderada y grave (bajo peso, poca talla, emaciación) y en un 2% los casos asociados a la desnutrición crónica grave (incluído en el 5% anterior). Estos indicadores además se vuelven más graves si vamos al tramo entre 1 y 2 años de edad, y si especificamos el retraso de la talla en relación con la edad, llegando al 14%, siempre en el caso de niños nacidos en hospitales públicos. Agreguemos a esto que estamos hablando de un país donde entre el 45% y el 48% de los niños nacen por debajo de la línea de la pobreza.

Podemos afirmar que la pobreza de los niños en Uruguay es un factor determinante en la performance que luego tienen en el sistema educativo. La pobreza implica un conjunto de factores que inciden claramente de modo desventajoso en los aprendizajes. Y uno de ellos, apenas uno, es la desnutrición. Particularmente la desnutrición temprana disminuye la capacidad de aprendizaje de los niños, según ha sido demostrado en diversas investigaciones (7). Aquí conviene disgregar dos aspectos: aún si los impactos de los programas de "seguridad alimentaria" llevados adelante por los gobiernos de "izquierda" desde 2005 hasta la fecha hubieran tenido el impacto esperado, esto no resuelve el hecho que un porcentaje importante de los niños escolares sufrieron el impacto de esa desnutrición en sus primeros años de vida. Pero en realidad sabemos, por las fuentes que mencionamos antes, que la situación de desnutrición infantil no ha variado sustancialmente.

Otro aspecto a considerar y que es válido para las generalizaciones de toda la nota, es que la idea de "línea de la pobreza" es en sí absurda si se lleva su análisis más allá de la voluntad de comparación diacrónica del estado de una formación social. Es decir, los problemas que atribuímos a los niños y adolescentes de las familias pobres, se extienden en buen grado "hacia arriba" en la pirámide social, abarcando las clases medias bajas, mayoritarias dentro de la población, sea que estas se consideren con indicadores de la economía liberal, como la línea de ingreso, con relativizaciones tales como las "necesidades básicas insatisfechas" o con indicadores más estructurales como podría ser la ubicación en las relaciones de producción. Por ejemplo, si bien los ingresos son superiores a los de las familias pobres, los grupos familiares cuya estabilidad está signada por una pertenencia profesional al trabajo en servicios donde la inestabilidad laboral es la norma -más allá incluso de la bonanza o crisis económica-, muestran afectaciones de orden psicológico derivadas de la precariedad de los vínculos, el miedo al desempleo, el discurso pesimista de los adultos, la agresividad y la frustración existencial. Esto lo saben los educadores del área no formal: muchas veces los niños con más problemas de conducta no pertenecen a los sectores que se acostumbra a definir como "pobres" sino a sectores medios-bajos.

II. Los niños “no aprenden” porque sus familias son víctimas de la guerra de clases emprendida por la política económica ortodoxa, neoliberal o corporativa
Hemos dicho en varios lugares, siguiendo los planteos de Bourdieu, que el neoliberalismo es mucho más que una política económica basada en unos pocos axiomas dogmáticamente asumidos por gobiernos de derecha e izquierda de hoy, tales como la flexibilidad de las relaciones laborales, la contención de la inversión pública, la benevolencia impositiva ante las grandes corporaciones, la implantación de impuestos regresivos concentradores de la riqueza (como el IVA y el IRPF en Uruguay), la primarización de la producción, la extranjerización de la tierra en favor del neo-extractivismo (agua, trigo, celulosa, carne, minería de cielo abierto, etc.), políticas de baja inflación y control del tipo de cambio a partir de la compra/venta de dólares y el consiguiente (enorme) endeudamiento público, por mencionar algunas. El neoliberalismo es además un programa para la desarticulación de las redes sociales que puedan funcionar como algún modo de resistencia a la extensión de la mercantilización de la vida social de modo universal y capilar. Es decir que las políticas neoliberales (no sólo económicas por lo antedicho), perciben como obstáculos al desarrollo a las organizaciones sociales, sindicales, indígenas, campesinas, barriales, que introducen formas de intercambio de valor no mediados por la producción de mercancía, o incluso aquellas que simplemente establecen pautas de producción y/o consumo de mercancías alejadas del ideal productivista (mayor consumo, mayor producción, mayor PBI, etc.).

Durante el último tercio de la dictadura militar uruguaya (de 1981 en delante) surgieron, o cabe decir, florecieron organizaciones sociales como las que antes mencionamos, signadas por la solidaridad de los vínculos. Los partidos de izquierda, y muy especialmente el Frente Amplio, capitalizaron esa movilización social a través de sus militantes, quienes en la mayoría de los casos espontánea y sinceramente (y en varios casos como delegados más o menos encubiertos, o sea como soldados del aparato partidario) se volcaron a la militancia social, ayudando a fortalecer las organizaciones populares. Sin embargo, ese fortalecimiento que hubiera sido imposible (por cuestión numérica y también por pautas culturales) sin la militancia masiva de la izquierda frenteamplista, llevaba en sí la semilla de su destrucción: la fidelidad de la militancia ante el partido. Esa fidelidad fue sabiamente aprovechada por la elite partidaria (de clase social media-alta y alta, mientras la militancia es principalmente de clases trabajadoras), que utilizó la implantación militante en las redes sociales para contener la conflictividad contra las clases dominantes. Esa contención se hizo ostensible (y ominosa...) en 2002, cuando la caída de la estrategia de acumulación del gobierno derechista-liberal (Batlle) y la salida de la policía a la calle a contener los saqueos de supermercados ante la percepción de la inminencia del hambre, hacía inviable la continuidad del gobierno del momento: es así que las líneas jerárquicas de la izquierda salieron a promover entre sus militantes la idea de la necesidad de la paz social para que la izquierda llegara al gobierno, porque si había disturbios, posiblemente hubiera un golpe de estado de derecha. Es así que la militancia de izquierda salió a promover las huertas orgánicas, y otras solucciones de producción local, para luego abandonar estos proyectos con la llegada de la izquierda en el poder. Otro daño clave que sufrieron algunas formas de organización colectiva de los sectores más pobres, como las ollas populares, fue la decisión política (una difícil investigación podría determinar responsabilidades personales privadas y públicas e institucionales, pero a mi modo de ver, la politología debería mirar a los actores sociales beneficiados como pista sustancial) de la implantación de la pasta base de cocaína, una droga barata, de bajísima calidad, muy adictiva, euforizante y por ello adaptada al estado mental (depresión, pérdida de sentido existencial, frustración ante el no acceso al consumo estimulado televisivamente) de los jóvenes de las clases más pauperizadas, capaz además, de generar una lucrativa economía ilegal que terminó por sustituír soluciones socialmente más sanas como las ollas populares. En todo este marco de desestructuración de la débil sociedad civil uruguaya (débil por dependencia partidaria y falta de sentido propio entonces, y ahora además por la escasez de actitivistas) el cuadro se completa con el giro neoliberal de la izquierda, que de un discurso socialdemócrata pasó a uno neoliberal de tercera vía (es decir: políticas de ajuste estructural e hiperexplotación de los trabajadores + asistencia social a los más pobres, en aras de la seguridad y la contención de los conflictos sociales), que incorporó y resignificó los slogans tradicionales de la izquierda. Llegaba, en 2005, la hora de que los izquierdistas de base se fueran a su casa, ya que el "gobierno popular" (como llamaban al comienzo los comunistas al gobierno de Vázquez) se encargaría de todo. Y bien se encargó, pero en un sentido contrario a los intereses de las clases trabajadoras y desempleadas. En último análisis, el triunfo electoral de la izquierda jalonó el triunfo político, económico y cultural del neoliberalismo en el Uruguay.

Pero vayamos al día a día de las familias de las clases trabajadoras y de las desempleadas o con empleo precario. La no resistencia al neoliberalismo ha hecho que, a pesar de vivir un contexto de crecimiento del PBI o PIB, las ganancias se concentren en las clases poseedoras de los medios de producción, de un modo nunca tan acentuado. En la vida cotidiana de los pobres, esto se traduce en jornadas que largamente exceden las 8 horas exigidas por ley, que ignoran el pago de horas extras, en las cuales el desprecio por los trabajadores está dado por su disponibilidad de oferta, por su carácter intercambiable. El 70% de los trabajadores, proclaman orgullosos los gobernantes de izquierda, no pagan impuesto a la renta (que no es a la renta sino a los ingresos de los trabajadores) porque ganan menos de 500 dólares mensuales, lo cual debería ser un motivo más bien de vergüenza, ya que significa que la mayoría enorme de esas personas que el estado no reconoce como pobres (porque ganan más de 250 dólares mensuales...) viven en la pobreza. Agreguemos a esto que la flexibilización de las relaciones laborales y la consolidación del "contrato a término" como figura normal en la relación empresario/trabajador (y ahora estado/funcionario) ha hecho que en sucesivas encuestas aparezca una y otra vez el hecho que más de las 3/4 partes de los trabajadores no logre conservar su empleo por más de 2 ó 3 años. Mucho más grave es la situación de los desempleados, que realizan lo que aquí llamamos "changas" o trabajos en negro de cortísima duración (en días...) y poca paga. Esta inseguridad e inestabilidad se traduce en núcleos familiares con bajos ingresos, en condiciones de vivienda paupérrimas, con vestimenta de baja calidad, una dieta insuficiente, dificultades para mantener vínculos estables (cuando las finanzas no ayudan, las parejas se disuelven), estrés y enfermedades vinculadas a la misma así como a la mala nutrición y la falta de ejercicio físico. La política económica neoliberal tiene consecuencias directas sobre la salud de la población más pobre y especialmente sobre la salud mental, extendiéndose masivamente la depresión, el alcoholismo y los trastornos de conducta de los niños, por decir ejemplos. Además, la falta de tiempo cronológico para atender a los niños (por la hiperexplotación) es reforzada por la falta de un estado y un tiempo mental requeridos: la pobreza de hoy implica el rompimiento de las rutinas familiares y del tiempo compartido tradicional (desayuno, almuerzo, hacer los deberes con los niños, llevarlos a jugar a la plaza, leerles un cuento o ver una película infantil con ellos). Entre la desnutrición, el estrés, la inestabilidad vincular, laboral y de vivienda, y la falta de tiempo con los niños, estos pierden la plataforma familiar sobre la cual se sustenta el desarrollo de su lenguaje, su lógica y en general su inteligencia. ¡Esto no quiere decir que los niños no aprendan o dejen de ser inteligentes ni mucho menos! Pero sí que ese desarrollo de la inteligencia asume una modalidad y un rumbo problemáticos que en cualquier caso están en discordancia con los requerimientos de la educación formal.

III. Los niños “no aprenden” porque hay una inadecuación entre su estructura de percepción y la requerida por el trabajo pedagógico racional 
Aparentemente estaríamos aquí, según ha sido pensado en distintos lugares y con distintos sentidos políticos, ante un problema teóricamente sencillo: las generaciones nuevas (yo diría por lo menos de los nacidos en los 1990s en delante) socializadas en la percepción de lo que puede denominarse textos audiovisuales (películas, series animadas, videojuegos, fotografías, etc.), cuyo dinamismo (por ejemplo una imagen estándar en televisión cambia cada 4 ó 5 segundos, y ese umbral es menor aún en los videos comerciales y ni que hablar en los videos musicales de música pop de raíz anglosajona; incluso los audiovisuales lingüísticamente más elaborados como los informativos, a nivel internacional, se basan en un patrón de 15 segundos por noticia) es vertiginoso, tendrían un habitus intelectual -en el sentido de modalidad de percepción-interpretación- acoplado a esa velocidad de los medios audiovisuales. El corolario didáctico pudo verse ya en los 1990: superabundancia de imágenes en los libros de texto, reducción de los textos escritos a un mínimo "soportable" (1 párrafo, 2 ó 3), reintroducción en el aula de materiales didácticos en video (y digo reintroducción porque ya hubo un intento de revolución didáctica con el VHS en los 1980s, y si esto fuese una entrevista, el lector encontraría entre corchetes la palabra "risas"), y adquirió carácter grotesco y fetichista ahora con el "Plan Ceibal", es decir, la versión local del One Laptop Per Child (OLPC), basado en el modelo 1 a 1 (una computadora por niño). El Plan Ceibal es un fracaso y un fraude pedagógico rotundo del mismo grado que su éxito político-electoral. La decadencia del modelo puede verse en el desplazamiento del discurso de sus funcionarios, que hablaban inicialmente de "revolución pedagógica" y actualmente de "democratización tecnológica"; entre el primer disparate y el segundo hay una brecha que coloca a los docentes en la picota: el santo gobierno distribuye una herramienta excelente (?!) y el resultado pedagógico depende de la aceptación y creatividad docente. Volvamos con esto al razonamiento general: tornar los materiales didácticos e incluso la estructura de las actividades en el aula escolar más cercanas al mundo audiovisual e informático para solucionar la inadecuación entre la estructura de percepción de los niños y el trabajo pedagógico no soluciona nada, o soluciona poco; dicho en otros términos: vuelve a la escuela algo más amena y hasta divertida, pero elimina o minimiza su función educativa.

Decir que "los niños" tienen una estructura perceptiva (y mental en general) diferente a las generaciones anteriores, incidida radicalmente por el mundo audiovisual y más recientemente informático es cierto, pero requiere el matiz del análisis de clase. Vea el lector que ningún colegio de clase media y alta prescinde de la enseñanza disciplinante de la lectura y la escritura de textos extensos y complejos, repudia las técnicas memorísticas, la exposición oral de temas ni la elaboración de ensayos, por mencionar algunas actividades clásicas de la pedagogía moderna occidental. Los niños de clases medias y altas miran las mismas películas, series animadas y juegan los mismos videogames que los niños de familias pobres, pero no se apropian de ellos del mismo modo. ¿Por qué? Porque el capital cultural de sus familias es diferente. Si tuviera que elegir a modo de indicador una variable que los diferencia diría sin lugar a dudas el dominio de la escritura (en el sentido de lectua y escritura, de lenguaje escrito). ¿Por qué ese indicador? Porque el dominio de esa compleja actividad intelectual se asocia a una estructura mental igualmente compleja, a una capacidad desarrollada de retención en la memoria, al despliegue y recursividad amplia de imágenes mentales, al conocimiento más o menos consciente de estructuras textuales y gramaticales, al manejo de discursos teóricos y en general a cierto "conocimiento del mundo". Para que los niños desarrollen estas capacidades ligadas a la escritura necesitan un medio estimulante (presencia en abundancia de material escrito y sobre todo una práctica familiar de la escritura como medio de comunicación) y la presencia de adultos que acompañen desde la primera infancia el aprendizaje de los niños, que lo problematicen y lo puedan comprender al menos parcialmente. Ocurre que para los niños pobres la escuela es posiblemente el único lugar donde tienen un contacto con la escritura como medio de comuniación, registro y metacognición. Quitarles esa oportunidad es quitarles la escritura.

Lo anterior no quiere decir que haya que dejar de lado los medios audiovisuales y la informática como medios didácticos. De ningún modo. Quiere decir sí, que hay que quitarles el halo sagrado que los ha investido el oportunismo político de izquierda y de derecha. Los textos escritos presentados y trabajados de manera escalonada o gradual y producidos del mismo modo hacen a la estructuración de una mentalidad racional capaz de comprender mejor la realidad circundante. No es curioso que sean demagogos de clases altas los que propongan combatir el aburrimiento de la escuela despojándola de saberes supuestamente obsoletos y transformándolas en lugares de "transmisión de valores" (los valores de propiedad privada y respeto por la autoridad que quieren imponer los aventajados del statu quo), orientados a la preparación para "el mundo laboral" (convirtiéndolos en flexibles y sometibles empleados, dispuestos a soportar la variabilidad absoluta de esta economía-casino) a través de la "socialización" (idem) y el desarrollo de "competencias cognitivas" basadas en el procesamiento de información (input/output de data precodificada en lugar del ideal humanista de la libertad intelectual y la conciencia crítica): se trata de una política de distribución asimétrica de la escritura y más en general de la capacidad de abstracción y pensamiento lógico, cuyas fórmulas pedagógicas tienen un resultado devastador en las clases populares.

Entonces: la inadecuación entre el mundo de la vida de los niños, particularmente la inadecuación de los tipos de texto que se manejan en el medio familiar y escolar y específicamente en el caso de las familias pobres es efectivamente un escollo para el aprendizaje. Pero esta situación no se soluciona alivianando la enseñanza del peso de la escritura y su disciplina mental inherente, convirtiéndola en un collage de imágenes y sensaciones atractivas, sino investigando y buscando nuevas formas de enseñar la lengua escrita, capital cultural indispensable para comprender y producir discurso incluso en forma audiovisual. Esto si pensamos en un horizonte de relaciones de poder menos asimétricas, y también a sabiendas que dicha nivelación es imposible llevarla a cabo exclusivamente desde el sistema educativo si el modo de producción no hace otra cosa que profundizar la desigualdad.

IV. Los niños “no aprenden” porque el constructivismo tecnicista les impide incorporar estructuras conceptuales (discursos) sólidos y coherentes 
Es un muy interesante objeto de investigación sociológica la volubilidad teórica de las elites que deciden las grandes estrategias de discurso y de poder en el área educativa. Por un lado hay un corrimiento del poder de donde emanan las grandes decisiones pedagógicas a partir de los años 1970s y definitivamente desde los 1990s, que ha llevado a que las principales decisiones pasen a ser formuladas explícitamente desde los representantes del poder económico, principalmente financiero (de acuerdo a la estrategia hegemónica de acumulación capitalista que permite a algunos hablar de "capitalismo financiero"), tales como los ministros de economía o los congresos internacionales de educación en que los grandes empresarios mundiales le dictan a los representantes de los países del tercer mundo el perfil de trabajadores que requiere su afán de lucro (detrás de la metáfora del desarrollo). Con el adverbio "explícitamente" quiero decir que normalmente las políticas educativas, en el marco de cualquier sistema social mínimamente integrado, se acoplan a esa estrategia hegemónica de producción (en nuestro caso de mercancías), para generar personas adaptables al sistema económico y esto no requiere necesariamente una planificación sino que puede incluso darse de modo espontáneo o por lo menos sin una planificación centralizada. La autonomía relativa de los sistemas educativos en los estados modernos obedece principalmente a un intento de resguardo político-ideológico, y si bien las autoridades son nombradas directamente por el partido político en el gobierno y el presupuesto también es decidido por aquél, algunos resguardos legales y la propia dimensión del aparato burocrático funcionaron históricamente como un mínimo dispositivo de atenuación de esa relación de poder. La conciencia de este problema en el plano de los representantes del gobierno puede verse en los sucesivos (y crecientemente exitosos) intentos por disminuir esa de por sí mínima autonomía, por ejemplo introduciendo operadores políticos en los órganos de decisión en educación, o atacando la autonomía universitaria, como es el caso actual del Uruguay. Ese mínimo grado de autonomía de la enseñanza, y la consiguiente escasa libertad de cátedra, asociadas a las ideologías de la izquierda sesentista han permitido el surgimiento de discursos que de algún modo han intentado contrapesar la incidencia del poder económico en la enseñanza, enarbolando la bandera del "pensamiento crítico" y en general del humanismo democrático, apuntando a un modelo de ser humano que sea algo más que una tuerca de la maquinaria económica e integre cierta capacidad de pensar el mundo y transformarlo, por ejemplo a través del conocimiento de la historia, la filosofía y las artes. Mientras escribo esta nota resuenan los ecos de las contradicciones del gobierno de Mujica en Uruguay: mientras el presidente en su discurso inaugural habló de una educación para el trabajo y la convivencia (slogan de la derecha conservadora actual), alguna autoridad nombrada por el mismo partido político del presidente habló de educar "más allá de la economía" apuntando al carácter integral de las personas (el slogan de la izquierda tradicional sería "educar para la emancipación" pero hoy ya nadie se atrevería si quiere conservar su cargo).

Lo anterior para decir que hay un debate en el sistema educativo en el cual puedo decir con seguridad que la posición hegemónica (desde la mitad de los 1990s) es la del actual presidente, pero aún resiste la posición humanista, por llamarla de algún modo. La postura hegemónica, formar para el mercado laboral, tiene a su favor el aparato administrativo (incluyendo el poder de la evaluación de los centros educativos y sus docentes) y algo no desdeñable: la socialización de varias generaciones de docentes en el "discurso único" del neoliberalismo educativo en los años 1990s. La resistencia a esa posición tiene algunas voces sindicales (sobre todo en la educacion secundaria) y la libertad de conciencia de los docentes de modo individual. Nótese que la nueva jugada del gobierno es pagar por "productividad" a los docentes, lo cual es simultáneo a la creación de sistemas de evaluación (casi)externos, para evitar la protección de los docentes, y esto limitará aún más su autonomía pedagógica, disminuyendo la oposición a la postura gubernamental en materia de educación a través del mecanismo de la evaluación, precisamente la dimensión más política de la política educativa llevada a los centros educativos: resistirse equivaldrá a ser mal evaluado y ganar menor sueldo (piense el lector no uruguayo, que un docente de educación primaria gana en Uruguay menos de 1/3 de lo que el propio estado considera "canasta básica").

Ahora bien, la "educación para el trabajo" es más que un slogan: es una política educativa que hace sistema con la política económica neoliberal, preprando los "sujetos" que el sistema económico dominado por el sector financiero necesita. En términos administrativos, implica el recurso a la "administración estratégica", que lejos de cualquier pudor democrático, implica la compartimentación de la información y el escalonamiento de las medidas de reforma, tratando la oposición como obstáculo. Implica también un mayor grado de responsabilización de los establecimientos educativos por sus resultados, haciendo abstracción del entorno social en que se desempeñan, en una especie de "descentralización centralizadora" en la cual los docentes hacen el trabajo "manual" (aplicación de políticas decididas por una elite central) y se hacen responsables por los resultados aunque no controlen ni por asomo la totalidad de sus variables. Es interesante registrar la plasticidad de términos tales como "participación" y "descentralización", así como de modalidades de interacción como "salas docentes" y "consejos de participación", ya que en este contexto pueden ayudar a encubrir en realidad tendencias centralizadoras y representativas y a legitimar políticas clasistas contrarias a los intereses de los docentes, alumnos y familias principalmente de las clases más desfavorecidas por el "capitalismo financiero".

En el plano didáctico, la "educación para el trabajo" se traduce en una interpretación de cómo aprenden niños y adolescentes y cómo deben enseñar los docentes, que propongo llamar "constructivismo tecnicista" para ligarlo a las teorías estadounidenses del procesamiento de la información -que establecen una analogía entre el cerebro y el ordenador- y diferenciarlo del constructivismo piagetiano o vigotskiano europeo. Para el constructivismo tecnicista, como para el constructivismo en general, se aprende sobre la base de lo que ya se sabe (lo que algunos semiólogos denominan "ground semiótico"), y la tarea del docente consiste en adecuar los contenidos curriculares a las estructuras lingüísticas y más en general mentales de los estudiantes. Obviamente éste es un esquema simplísimo que no hace honor a teorías muy sofisticadas inspiradas en el materialismo dialéctico como la de Piaget o la de Vigotsky, pero sirve a fines de la explicación de mi hipótesis. El aprendizaje procedería entonces, como dice Pierce, por "irritación": cuando una estructura cognitiva no es capaz de asir un objeto, es decir, explicar una cosa, o más aún entra en contradicción con las características del objeto (conflicto cognitivo), debe modificarse y re-equilibrarse en un nivel superior. Las visiones más radicales de esta perspectiva identifican aprendizaje y superación de conflictos cognitivos, mientras que las más complejas admiten la posibilidad de desarrollos "dentro" de una estructura dada vía repetición, asociación y memoria. Pero la versión tecnicista del constructivismo da un paso adelante (hacia el vacío...) y convierte lo que puede denominarse como separación analítica estructura mental/objeto en separación real y aún más: analiza y descompone las estructuras cognitivas en una serie de "competencias cognitivas" o habilidades transferibles entre distintas situaciones y campos disciplinarios que a su vez se componen de sub-competencias. Los docentes de enseñanza primaria han naturalizado así la evaluación por medio de indicadores que "desarman" lo que puede ser por ejemplo los sistemas lógico-matemáticos en competencias como "resolución de problemas", que a su vez se componen de habilidades de menor rango tales como: seleccionar información, ordenarla, elegir el procedimiento adecuado para procesarla, analizar la pertinencia del resultado. Por supuesto que con finalidades analíticas pueden pensarse así los procesos mentales, pero algo muy distinto es suponer que "son" así y transferir esa noción al campo didáctico: el resultado patético de la escuela primaria en los años 1990 (y su continuidad parcial en la actualidad) tiene que ver en parte con el descrédito de las secuencias lógicas internas de cada discurso académico en aras de enseñar in abstracto esas habilidades o técnicas. De un modo más sencillo: si lo único importante es la enseñanza de habilidades o técnicas para el desarrollo de competencias cognitivas los contenidos concretos palidecen. Ya no importa, por ejemplo, el conocimiento de secuencias hechos históricos concretos, sino la comprensión de procesos abstractos tales como "reforma" o "revolución" o "dictadura" y las contrastaciones entre "cambios y continuidades". Así, me tocó dictar un curso de "formación ciudadana" en tercer año de secundaria y enseñar el sistema político republicano a chicos que nunca habían oído hablar de la revolución francesa. Con el triunfo de la izquierda y las contradicciones entre posiciones que más arriba mencionaba, hay un retorno parcial a la jerarquización de los discursos disciplinarios. Es importante tener en cuenta que el constructivismo tecnicista aplicado a niños y jóvenes de clases medias y altas en cuyo medio familiar se enseña y se provee de un ground semiótico potente puede tener resultados moderadamente aceptables, pero que esa misma perspectiva aplicada en contextos de pobreza económica y cultural, es un despojo, porque le quita a los estudiantes su oportunidad de tener contacto con una serie inestimable de objetos culturales. En realidad, toda la teoría constructivista aplicada al campo pedagógico es aceptable si se comprende que esas habilidades abstractas, transferibles, sólo existen en términos analíticos, asociadas siempre a contenidos concretos y sólo se desarrollan cabalmente a través del conocimiento de los discursos de cada disciplina. Esto es: para saber de historia es necesario conocer secuencias concretas de hechos históricos, reformas particulares, revoluciones con nombre y apellido, conocer además filosofía de la historia, discursos teóricos que vinculen variables históricas para explicar hechos. Del mismo modo en ciencias naturales: se puede estudiar fisicoquímica y quimicofísica pero a nivel de licenciatura y posgrado, porque primero hay que dedicar años a estudiar física y química por separado, con sus paradigmas y discursos específicos. De lo contrario promovemos la formación de hábiles usuarios de Google y de diccionarios, pero no personas con conocimiento teórico, que a esta altura es innecesario decir que es algo bastante más complejo y arduo que el procesamiento de información. Educar para el trabajo implica en realidad educar para un tipo de trabajo sin conciencia: un trabajador con habilidad para comprender y procesar información, flexibilidad para cambiar de función y empleo, pero incapaz de comprender la lógica del sistema productivo en el que está inserto. Un paso más en la expropiación de la totalidad del proceso productivo que mencionara Marx al referirse al pasaje del artesanado al proletariado industrial.

La responsabilidad que cabe a los docentes, me atrevo a decir, tiene que ver, sobre todo en enseñanza primaria, pero también en buena medida en secundaria, por la dificultad para la conformación de núcleos autónomos de investigación pedagógica y análisis teórico, capaces de construir discursos alternativos de oposición a la pedagogía neoliberal. Si criticamos la política económica del gobierno pero no logramos verla en acción en su traducción didáctica y nos plegamos acríticamente algunas veces y con renuencias no demasiado fundadas otras a las directivas de las jerarquías del sistema de enseñanza, nuestra oposición al neoliberalismo se reduce en los hechos a nada.

V. Los niños “no aprenden” por la pérdida de valor social del maestro y la escuela 
El magisterio y el profesorado nunca fueron profesiones tenidas en alta estima, si las comparamos con otras como las "profesiones liberales". Ello por lo menos por tres motivos: por ser carreras elegidas masivamente por etudiantes de clases medias bajas y clases populares, por implicar una formación académica débil y por deparar sueldos bajos. El nivel de valoración depende del punto de vista de quien valore, por lo que será mayor cuanto menor sea el nivel económico y cultural del observador. Esta regla requiere de muchas disgresiones sobre las que no quiero detenerme, pero sí afirmar que más allá de las mismas, la posmodernidad como proceso cultural vino a dar el golpe de gracia a la ya mala percepción social de la profesión. En términos muy generales, la ausencia de sentidos históricos fuertes, la inestabilidad laboral endémica y la normalización del "estado de crisis" han hecho caer el valor de los adultos ante los niños, que ahora los perciben desorientados e indefensos ante un mundo incomprensible. Los maestros no escapan a la generalidad de esta constatación.

El hecho anterior está imbricado con el debilitamiento de la disciplina. La escuela moderna producía "cuerpos dóciles" para la fábrica y la oficina, seres obedientes y respetuosos de las normas, esa modalidad de sujeción se apoyaba en técnicas de socialización que tendían a crear en los sujetos una voluntad fuerte en el sentido nietzscheano, capaz de clasificar los estímulos ambientales y elegir sólo los concordantes con un sentido de vida que generalmente coincidía con la carrera profesional: posponer el placer y sublimar el deseo hacia la obtención de bienes socialmente valorados. Esa disciplina era respaldada por un conjunto de normas y sanciones para controlar a los díscolos: la escuela no era un juego. La escuela posmoderna evoca la disciplina pero como simulacro: lejos de la "ortopedia social" (como Foucault denominaba a las sanciones disciplinantes que consistían en reforzar la productividad del sujeto) las "promociones sociales" (atribución de certificaciones por contemplación del bajo capital cultural de la familia del niño) devalúan los títulos escolares y más lo hace la constatación del desempleo o el empleo inestable e hiperexplotado como futuro: en la era global el capitalismo no requiere el pleno empleo sino lo contrario.

No obstante debilitado el mito burgués del desarrollo inclusivo (que la política de simulacro izquierdista y derechista busca sostener como fundamento del consenso social a pesar del dominio técnico -en el sentido de comprensión de las tendencias sociales por parte de la elite- que muestra que la estrategia de acumulación neoliberal conduce a la exclusión y criminalización masiva de los pobres) el desarrollismo como ideología moderna ha sobrevivido y se ha reactualizado por su capacidad sinérgica cohesiva y desmovilizadora de las organizaciones de las clases populares. En términos de percepción social de la educación como proceso institucional, se ha traducido en una reproducción del fetiche tecnológico (y su burda promesa de aprendizaje mágicamente veloz por el acceso a internet...) y con él la percepción de la educación dialógica como modalidad lenta y obsoleta.

El Plan Ceibal, es decir la imposición autoritaria del modelo "one laptop per child" (OLPC son las siglas de la gran ONG de la derecha neoconservadora estadounidense que promueve el reparto de laptops de baja calidad para redimir de la pobreza a los niños del "tercer mundo") cuya discordancia con las condiciones materiales y los patrones culturales de las familias más pobres hace que aún con toda la inversión económica y el esfuerzo técnico realizado, en las escuelas de los barrios pobres normalmente no funciona por lo menos 1/3 del total de máquinas, y ese tercio corresponde no casualmente a los niños de familias más económica y culturalmente marginadas por el capitalismo neoliberal, es la expresión superlativa del fetiche tecnológico en educación. Se repartieron máquinas de mala calidad y se mal-entrenó a los docentes en cursos de bajo costo y calidad, para obtener un resultado pedagógico entre escasamente positivo y francamente negativo dependiendo de varibles como el interés del docente y el contexto económico familiar e institucional. Pero la percepción social general fue altamente positiva, rindiendo un rédito electoral acorde a las caras visibles de la administración izquierdista progresista neoliberal. El fetiche tecnológico en la enseñanza colabora en la devaluación de la percepción social de la función docente, a partir de la excesiva valoración del autoaprendizaje infantil y la confusión entre habilidad en el manejo de la máquina y conocimiento de la misma y los contenidos culturales que vehiculiza, por no mencionar el control del sistema operativo, los programas y la lógica del procesamiento de datos. La "brecha digital" no se soluciona en un contexto de creciente desigualdad social y en cualquier caso el camino no es el simple reparto de hardware y softwar empaquetados y opacos (violando la filosofía del software libre con que fueron hechos muchos de los programas basados en Linux que utiliza el sistema operativo de las XO) sino promoviendo el aprendizaje de la programación y el control activo del sistema y el software en relación con las necesidades y características de cada comunidad específica.

Finalmente, la autoridad del maestro como educador decae por la selección de los docentes como chivos expiatorios de la frustración popular por las expectativas frustradas de igualdad económica y ascenso social generalizado sembró la izquierda neoliberal para desplazar a la derecha neoliberal (para luego, desde el gobierno, imponer una política económica concentradora de la riqueza). El paso de la mayor inversión financiera en el sistema de educación pública durante el primer gobieno de izquierda y el intervencionismo culpabilizador de los docentes en el segundo se explica como una flagrante inversión idealista de causas y consecuencias. Es decir, puede encontrarse aspectos disfuncionales en relación con los fines pedagógicos explícitos del estado en el funcionamiento institucional y en el desempeño de los docentes, sin dudas, pero la variable explicativa más influyente es la decadencia del modo de vida de las familias pobres y de las clases medias bajas. Ahora bien, el discurso gubernamental que culpabiliza a los docentes tiene en realidad la función de distraer la atención pública de las políticas económicas regresivas y enajenantes (neocoloniales) y enfocarla en el sistema educativo. De paso se deslegitima la resistencia (de por sí escasa e ideológicamente a la deriva) de los docentes organizados y se aprovecha para lograr lo que la derecha neoliberal no consiguió: reconfigurar el sistema de educación pública en clave empresarial y neoliberal, sometiéndolo a las señales del mercado y promoviendo la construcción masiva de unas subjetividades ideológicamente desarmadas y markéticamente (más) controlables.

VI. Los niños “no aprenden” porque no perciben un futuro venturoso para sí 
Proponemos una noción de "inteligencia" que lejos de sostenerse -como ocurre en la mayoría de los trabajos teóricos- exclusivamente en procesos biológicos (como agenciamiento anatómico/funcional del sistema nervioso y la consiguiente capacidad de selección de señales de un organismo en aras de su adaptación) o psicológicos (como estructuras cognitivas dinámicas capaces de integrar datos de lo real en sistemas de significación previa, estructurarse y reestructurarse de modo crecientemente abstracto) integre otros dos subsistemas de la acción social: el social y el cultural. La inteligencia así entendida se muestra como capacidad de comprensión y discernimiento, resolución de problemas y adaptación a la dinámica del entorno, sobre la base de la interrelación entre un sistema orgánico (el cuerpo), un sistema psíquico (la mente), un sistema de posiciones en el campo social (sociedad) y una serie de pautas simbólicas de orientación (cultura). Apoyándonos en esta definición de inteligencia, podemos pensar, para hacer hincapié en los factores normalmente relegados a la hora de pensar el fenómeno, que además de los aspectos biológicos y psíquicos con que generalmente se piensa la capacidad de pensar, es en las características de la sociedad en que viven nuestros niños y la cultura como entramado simbólico a partir del cual hacen sentido sus opciones y acciones, que deben buscarse también los límites y potencialidades que expliquen su capacidad para inteligir lo real.

Si vamos a los aspectos referidos a las posiciones implicadas en el sistema social, no es difícil asociar las modificaciones del modo de producción capitalista en las últimas décadas y la decadencia de las clases medias bajas y trabajadoras, con la pérdida de la capacidad de abstracción, autocontrol y disciplina que observamos los docentes en las aulas de primaria y secundaria. La larga desestructuración del "Estado de Bienestar" batllista y de sus políticas redistributivas de recursos económicos, oportunidades educativas y laborales, signadas por el clientelismo partidario tradicional y la orientación del lucro capitalista hacia el desarrollo del mercado interno, significó y sigue significando la precarización de la situación laboral de los padres de la mayoría de los niños que asisten a las escuelas públicas, en un país donde la pobreza es principalmente infantil. Precarización que no viene dada por un descenso de las ganancias totales de la economía -por el contrario, el PIB no ha dejado de crecer, sobre todo en la "era progresista"- sino porque la economía se ha primarizado y la posición relativa de trabajadores y empleados ha venido empeorando progresivamente, colocándolos en una dinámica de empleo provisorio característica del neoliberalismo, estrategia de lucha de clases y acumulación capitalista que convierte a la economía en un gran casino donde los grandes concentradores del capital utilizan a los estados y a sus gobiernos como agentes para facilitar la circulación de flujos de inversión fundados en la obtención de máximas ganancias y la capacidad de desinvertirse rápidamente si estas disminuyen. Como mencionábamos en notas anteriores esto se traduce en la vida cotidiana de las personas en una situación laboral inestable, siempre precaria, dinámica y riesgosa. Los planes se vuelven de corto plazo y las aspiraciones familiares mucho más concretas. Esto se refleja en una forma de pensar mucho más concreta que en la era de la "meritocracia" y resignifica al sistema educativo en términos de rentabilidad laboral futura. Para las clases medias detentadoras del capital simbólico que actualmente es el eje de la acumulación capitalista apoyada en los sistemas de intercambio de datos, marketing e información, la situación funciona como estímulo estresante a la autoexigencia, formación permanente y arduo trabajo intelectual. Para las clases perdedoras de este juego, las clases medias bajas y trabajadoras, esto se traduce en una situación social marcada por la desazón y la percepción justificada de escasez de oportunidades. Se desinfla entonces la "illusio" en el sistema educativo, ya no percibido como el medio ideal para el ascenso social. Al mismo tiempo la mayor parte de la demanda laboral no está asociada a la cultura general que dicho sistema promueve (o promovía antes de las reformas neoliberales) sino a la posesión de saberes técnicos mínimos y específicos.

En términos culturales, hay que señalar una tendencia estructural de la posmodernidad, asociada a los cambios que señalamos en el párrafo anterior, que tienen que ver con modificaciones de la infraestructura del modo de producción capitalista: la pérdida de los grandes relatos modernos de emancipación política y personal a través de las revoluciones socialistas y las reformas socialdemócratas y también la dilución del ensueño liberal de una sociedad capaz de satisfacer universalmente el deseo de consumo de mercancías a través del "libre" juego de los capitales en el mercado. Ni socialismo ni capitalismo integrador: la cultura consumista y cortoplacista del neoliberalismo refleja la asunción colectiva de una realidad social "salvaje" en la cual la sociedad se polariza entre integrados a los estratos favorecidos del mercado laboral y personas que no pueden acceder a él, que al mismo tiempo son depositarios del odio y el temor social. La exclusión y la insatisfacción estructurales, de largo plazo, abarcando por lo menos dos o tres generaciones, ambienta la emergencia de contraculturas de la delincuencia, como fenómeno integrador-en-la-exclusión, con un sistema de pautas culturales diferenciado del socialmente legítimo, con una rentabilidad económica superior al sometimiento obrero y capaz de dotar de soporte a la identidad de cientos y miles de jóvenes y adultos. La cultura de la delincuencia, que refuerza en modo circular y vicioso la construcción mediática de un "enemigo interno" con rostro de joven y delincuente, es refractaria del sistema educativo, que no tiene mucho que aportar a esa estrategia personal y familiar de supervivencia en tiempos del neoliberalismo. Para los integrados en los escalones menos ventajosos del capitalismo actual, la educación pública se parece más a un ritual casi sin sentido (o apenas con el sentido de guardería y resguardo para los niños, según el modelo de Escuelas de Tiempo Completo) que a un medio para el progreso. Entonces tanto para la plebe proletarizada como para la plebe no proletarizada, la escuela no es percibida como un espacio de dotación de capital cultural relevante. El inmediatismo promovido tanto por la estructura productiva del sistema capitalista como por su manifestación mass-mediática y markética, y su promoción obscena de la satisfacción de las necesidades personales vía consumo de mercancías suntuarias (ropa, teléfonos celulares, etc.), sumado a la hiperkinesis de la hipnosis masiva de la TV, son los venenos más eficaces contra cualquier intento de educación formal de las clases sociales desplazadas por el neoliberalismo.

Esta situación social y cultural en la época de la economía-casino, lleva a que el futuro aparezca para nuestros niños y jóvenes como una proyección por lo menos problemática. La embriaguez del mercado y el consumo no logran sustituir la necesidad humana de una ilusión de futuro venturoso plausible. Y un comentario cuya enunciación aquí es ineludible es que el uso que la izquierda política ha dado de esta necesidad de esperanza y sensación de capacidad colectiva de logro para acceder al poder y la posterior decepción de expectativas debida a la continuidad de la política económica neoliberal, fuertemente concentradora y excluyente -más allá de políticas sociales de contención de la pobreza más extrema- no ha hecho otra cosa que potenciar ese no-futuro, que limita drásticamente la capacidad de abstracción de la mayoría de la población. La vitalidad orgánica de las personas y su salud mental, su inteligencia, la energía que ponen en el trabajo intelectual, está asociada a la participación en procesos sociales de desarrollo personal y familiar, y a la adopción de pautas culturales positivas, esperanzadoras e ilusorias pero no delirantes sino apoyadas en posibilidades materiales concretas. Las posibilidades de realización personal y familiar y su percepción subjetiva son el motor no reconocido de la disposición de los estudiantes para el aprendizaje escolar.

VII. Los niños no aprenden porque se ensaya con ellos falsas soluciones pedagógicas 
Decir "falsas" es casi una atrocidad epistemológica, pero el uso del término en este caso obedece a la buena fuerza de la costumbre; del mismo modo que decimos "El sol sale". En realidad lo que hay que diferenciar son los fines explicitados en el discurso de políticos y administradores del estado que imponen las políticas educativas y sus fines concretos, debiendo medirse estos últimos no por lo que aquellos dicen sino por sus efectos prácticos.

En las páginas anteriores hemos intentado una mirada sociológica a las determinantes de los tendencialmente descendentes resultados educativos en la educación pública uruguaya, mencionando una serie de factores que tienen que ver con lo orgánico, psicológico, cultural y social, pero que -esta es nuestra hipótesis más importante- se derivan principalmente de una serie de decisiones y tendencias en política económica que culminan con el desastre que conocemos como "neoliberalismo", el que, siguiendo a Bourdieu, hemos dicho en repetidas ocasiones no se agota a un paquete de medidas económicas reaccionarias para enriquecer a los ricos sino que abarca una discreta utopía de desarticulación de las resistencias sociales, de los espacios sociales no capitalizados, y el consecuente objetivo de la explotación sin resistencias de los trabajadores y, agrego yo, de la naturaleza. Decíamos que el neoliberalismo ha convertido la desnutrición y malnutrición infantil en un fenómeno extendido en nuestra población, y en la medida que ha precarizado, inestabilizado y vuelto incontrolable el entorno existencial material de las clases medias bajas, los trabajadores y los desempleados, ha tornado inestables los vínculos familiares, ha socavado las bases de la estabilidad psíquica de los pobres, muy especialmente de los niños, ha esparcido una cultura inmediatista y consumista -refractaria de la disciplina y la voluntad fuerte que requiere la carrera escolar y el trabajo intelectual en general.

Pero: ¿cuál ha sido la respuesta de las elites gobernantes, tanto de derecha como de izquierda neoliberalizada? En el discurso de asunción del presidente Mujica puede leerse una buena síntesis: "De la educación dependen buena parte de las potencialidades productivas de un país. Pero también depende la futura aptitud de nuestra gente para la convivencia cotidiana."(8) He ahí los dos elementos que han sido el eje de las políticas neoliberales en educación. Por un lado el eje de adaptación a las "demandas del mercado", eufemismo para referirse al sometimiento de la escuela a las pretensiones de inversión de los grandes conglomerados de capital, y por otro el vano intento de reducir la violencia y la delictividad a través del sistema educativo formal, cuando sus causas debieran ser buscadas (y modificadas) en la propia estrategia económica hegemónica.

"Educar para el trabajo" es una frase que suscita un consenso casi unánime para el público en general, pero que implica una serie de connotaciones antihumanistas que son inaceptables desde cualquier perspectiva que tenga la emancipación de las personas y colectivos humanos como horizonte. En el plano administrativo, la educación para el trabajo se traduce en un sistema de evaluación empresarial en que el producto aprendizajes (medido con instrumentos cuantitativos que generan datos internacionalizables) se convierte en la medida de eficiencia del sistema y crecientemente en la medida de eficiencia del trabajo docente y su consiguiente salario; implica también una serie de políticas desconcentradoras de la implementación de políticas decididas central y autoritariamente, que se presentan como una tendencia democratizadora y descentralizadora, tendiente a adaptar los establecimientos escolares a su entorno concreto, pero que en los hechos son descentralizadoras de la responsabilidad y la cristiana culpa por los magros resultados, y que no van acompañadas de una profesionalización colectiva capaz de generar soluciones nuevas sino orientadas a la aplicación de políticas educativas ya empaquetadas. En el plano pedagógico, el neoliberalismo ha preconizado la interpretación conductista del constructivismo, la versión más cercana a las teorías del "procesamiento de la información" que al constructivismo marxista de Piaget y más aún Vigotsky -aunque se los cite hasta el cansancio de modo empobrecido y descontextualizado. Comienza entonces el reinado del "aprendizaje a partir de la resolución de problemas", la reificación de la noción de "competencias cognitivas" como habilidades puramente técnicas de raciocinio, capaces de transferirse de un contexto a otro y -lo más cuestionable- enseñables en sí sin atender suficientemente a la lógica interna de las disciplinas y sus discursos teóricos, algo que contrasta con milenios de experiencia educativa pero que se armoniza perfectamente con la destrucción de la cultura general de las familias pobres y la generación de obreros capaces de resolver problemas técnicos mínimos sin conocer la totalidad del proceso productivo ni comprender la sociedad que los rodea. Una vez más, pero en otro grado y con otra sutileza, la expropiación de saberes a los trabajadores. En comparación, el autoritarismo vareliano, clasista y menospreciador de las culturas y lenguas populares, parece una política mucho más humanista por sus efectos en la construcción de ciudadanía republicana.

Pero la gran preocupación del manual neoliberal para la educación pública, jerárquicamente por encima del interés de formar trabajadores obedientes y técnicamente sensibles, es la corrección de la conducta. A la violencia delictiva que se normaliza como socialización alternativa y alterativa, asociada a circuitos económicos ilegales (robo y tráfico de mercancías robadas, venta de drogas ilegales fuertemente adictivas y de bajo precio y calidad) más rentables que el sometimiento a la hiperexplotación del trabajo, se responde derivando en la escuela pública el papel de contención de las conductas de niños y adolescentes. Configuraciones psíquicas alteradas por la inestabilidad familiar, el hambre, la inestabilidad laboral, la violencia estatal represiva, el desprecio pregonado desde los medios de comunicación, entre otros factores, generan conductas antisociales -según los valores de las clases medias-. En la medida que las familias no logran establecer límites para encauzar la energía vital de los niños, se pretende que la escuela lo haga. Pero como -afortunadamente, permítaseme decir- la legislación vigente no permite castigos físicos ni humillaciones morales -que son la manera de limitar las conductas de los niños en la gran mayoría de las familias empobrecidas de nuestra región-, se recurre a una solución casi risible: la "educación en valores"; se trata ahora de mostrar a los niños cómo se resuelven los conflictos sin recurrir a la violencia, cómo se cuida a los compañeros y se respeta a los maestros de un modo amable y sin insultos. Pero la estructura institucional escolar es dictatorial, y se parece mucho, demasiado, a la de un cuartel, con sus líneas de mando, sus sobre-exigencias de rendimiento, sus órdenes y menosprecio por las jerarquías inferiores. Parece improbable enseñar democracia en dictadura, y si la enseñanza de valores no pasa por el recurso de la puesta en práctica de dispositivos democráticos y participativos que involucren a los niños, a sus familias y a los docentes, que se refieran a los problemas concretos que los rodean pero a partir del aprendizaje de la lógica más general, histórica, económica, clasista, que genera dichos problemas, el único destino es el fracaso. Y ese fracaso será utilizado para deteriorar cíclicamente la condición laboral de los docentes y su capacidad de resistencia al neoliberalismo educativo, en lo que es un círculo vicioso para docentes y niños, pero virtuoso para los administradores de los intereses capitalistas en el estado y particularmente en educación. Por otra parte, las políticas educativas participativas cercanas a la tradición latinoamericana de la educación popular y de la educación anarquista que mencionamos recién, y que serían la forma de convertir la "educación en valores" en algo más que un discurrir autoritario que impone valores de las clases medias a las clases desposeídas, en algo más que un análisis ético centrado en problemas ficticios o reales pero muy puntuales y descontextualizados, y hacerla referirse, incluyendo las consecuencias prácticas y políticas de esto, al contexto real del desarrollo de las necesidades humanas de los niños, sus familias y sus comunidades, romperían los diques de contención institucional de la escuela y desafiarían la hegemonía política del estado. En cambio veremos, en los siguientes años, el avance de la imposición de una educación cuyo eje será la socialización pasiva y conformista de los niños y jóvenes.

Es importante reconocer que el discurso pedagógico neoliberal ha tenido un desarrollo plástico, icorporando las viejas banderas de la izquierda pedagógica (participación, descentralización, libertad de expresión, pensamiento crítico, pedagogía crítica) pero las ha hecho funcionar en un dispositivo neoliberal cuyos efectos -que delatan la verdadera intención de las políticas a cuya eficacia material colabora la eficacia simbólica de aquél discurso- son la concentración de las decisiones, la pérdida de autonomía de los centros educativos y de los docentes individualmente, su desprofesionalización y pérdida de autoestima (y de estima de la comunidad barrial), la decadencia de los niveles de aprendizaje de los niños y su perfilamiento futuro como ciudadanos con una cultura general empobrecida, socializados en el consumo de mercancías, en el trabajo para otros y en la obediencia a la autoridad.

Andrés Núñez Leites. Maestro y Sociólogo
Fuente: http://elvichadero.blogspot.com

Notas

(1) Instituto Nacional de Estadística (Uruguay), "Evolución de la pobreza por el método del ingreso. 1986-2001" En http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:Q7Y1JdCbyXIJ:www.ine.gub.uy/biblioteca/pobreza/Evoluci%C3%B3n%2520de%2520la%2520pobreza%2520en%2520el%2520Uruguay.pdf+pobreza&cd=3&hl=pt-BR&ct=clnk

(2) Instituto Nacional de Estadística (Uruguay), "Estimación de la pobreza por el método del ingreso. 2009" En http://www.ine.gub.uy/biblioteca/pobreza/Publicacion%20Estimaciones%20de%20Pobreza%20por%20el%20Metodo%20del%20Ingreso%202008.pdf

(3) Nótese que no pretendemos siquiera entrar en la discusión acerca de la conveniencia, claramente cuestionable, del uso de los niveles de ingreso como indicador de pobreza, con la asunción implícita de una teoría económica liberal que asocia la pobreza con la capacidad de acceso a ciertas mercancías, y no con la situación estructural en las relaciones de producción, particularmente en cuanto a la propiedad/gestión de los medios de producción de la riqueza. En suma, un método de cálculo de la pobreza que es "benévolo" en sus resultados.

(4) Diario La República (Uruguay), "UNICEF alertó sobre avance de la desnutrición en Uruguay", 14/06/2003. En: http://www.larepublica.com.uy/politica/116963-unicef-alerto-sobre-avance-de-la-desnutricion-en-uruguay

(5) World Health Organization, "World Health Statistics 2010. Progress in the health-related Millennium Development Goals (MDGs)." 2010. En http://www.who.int/whosis/whostat/2010/en/index.html

(6) United Nations Children's Fund (UNICEF), "Panorama: Uruguay". Diciembre, 2010. En http://www.unicef.org/spanish/infobycountry/uruguay_statistics.html#64

(7) Di Iorio, S. N; Ortale, M. S; Rodrigo, M. A., "Pobreza, desarrollo psicológico y escolaridad en niños que padecieron desnutrición temprana". 1997. En el sitio de Biblioteca Virtual em Saúde, http://bases.bireme.br/cgi-bin/wxislind.exe/iah/online/?IsisScript=iah/iah.xis&src=google&base=LILACS〈=p&nextAction=lnk&exprSearch=284346&indexSearch=ID

(8) Mujica, José, "Discurso de asunción ante el Parlamento". 1/3/2010. En el sitio de Constitución Web, http://constitucionweb.blogspot.com/2010/03/discurso-de-asuncion-como-presidente-de.html

miércoles, 9 de marzo de 2011

Del derecho a criticar. Del deber de no mentir al criticar


Vos el Soberano

Por Paulo Freire

El derecho a criticar y el deber, al criticar, de no faltar a la verdad para apoyar nuestra crítica, es un imperativo ético de la más alta importancia en el proceso de aprendizaje de nuestra democracia.

Es preciso aceptar la crítica seria, fundada, que recibimos, de un lado, como esencial en el avance de la práctica y de la reflexión teórica, de otro, en el crecimiento necesario del sujeto criticado. De ahí que, al ser criticados, por más que no nos agrade, si la crítica es correcta, fundamentada, hecha éticamente, no tenemos forma de dejar de aceptarla, rectificando así nuestra posición anterior. Asumir la crítica implica, por tanto, reconocer que ella nos convence, parcial o totalmente, de que estábamos incurriendo en equívoco o error que merecía ser corregido o superado.

Esto significa que tenemos que aceptar algo obvio: que nuestros análisis de los hechos, de las cosas, que nuestras reflexiones, que nuestras propuestas, que nuestra comprensión del mundo, que nuestra manera de pensar, de hacer política, de sentir la belleza o la fealdad, las injusticias, que nada de eso es unánimemente aceptado o rechazado. Esto significa, fundamentalmente, reconocer que es imposible estar en el mundo, haciendo cosas, influyendo, interviniendo, sin ser criticado.

Pero, a pesar de la obviedad de lo que acabo de decir, esto es, de que es imposible agradar a griegos y a troyanos, quien hace algo tiene que ejercitar la humildad antes de comenzar a aparecer en función de lo que empezó a hacer. Vivida auténticamente, la humildad calma, pacifica los posibles ímpetus de intolerancia de nuestra vanidad frente a la crítica, incluso justa, que recibimos.

No es posible, por otro lado, ejercer el derecho a criticar, en términos constructivos, pretendiendo tener en el criticar un testimonio educativo, sin encarnar una posición rigurosamente ética. Así, el derecho a la práctica de criticar exige de quien lo asume el cumplimiento minucioso de ciertos deberes que, si no son observados, retirar la validez y la eficacia de la crítica. Deberes con relación al autor que criticamos y deberes con relación a los lectores de nuestros textos críticos. Deberes, en el fondo, también con relación a nosotros mismos.

El primero de ellos es no mentir. No mentir sobre lo criticado, no mentir a los lectores ni a nosotros. Nos podemos equivocar, podemos errar. Mentir, nunca.

Otro deber es procurar, con rigor, conocer el objeto de nuestra crítica. No es ético ni riguroso criticar lo que no conocemos. No puedo basar mi crítica en el pensamiento de A o de B, en lo que oí decir de A y de B, ni siquiera en lo que apenas leí sobre A y B, sino en lo que yo mismo leí, en lo que yo mismo indagué acerca de su pensamiento. Está claro que, para criticar positiva o negativamente el pensamiento de A o de B, me es importante también saber lo que de ellos dicen otros autores. Esto, sin embargo, no basta.

La exigencia de conocer el pensamiento que se ha de criticar no depende de que nos gusto o no la persona cuyo pensamiento analizamos.

¿Cómo criticar un texto que ni siquiera leí, basado apenas en la manía que tengo al autor o a la autora o porque José y María me dijeran que el autor del texto es espontaneísta? Que tenemos derecho a sentir manía de la gente no hay duda. Es obvio también. El derecho que tengo de tener manía a María o a José no se puede extender, sin embargo, al mentir sobre él o sobre ella. No puedo decir, por ejemplo, sin probarlo, que José y María dijeron que puede haber práctica educativa sin contenidos. En primer lugar, esta afirmación es una falsedad histórica. Nunca hubo ni hay educación sin contenidos. Segundo, si digo esto de José y de María, subrayando por tanto su error, sin probar que ellos, de verdad, hicieron tal afirmación, miento en relación a José y María, miento en relación a mí mismo y continúo trabajando contra la democracia, que no se construye falseando la verdad.

Si mi disposición por A o por B provoca en mí un malestar que va más allá de los límites, o que invalida o, como mínimo, dificulta que los lea, tengo el deber de optar por una posición de silencio frente a los que escriben. Y debo también criticarme por no ser capaz de superar mis malestares personales. Lo que no puedo es engrosar la lista de los que hablan por hablar, por lo que oyen decir, y a veces hasta sin ninguna resistencia afectiva a quien critica. Por el contrario, están los que inclusive se dicen amigos del intelectual criticado pero que grabarán, como cliché inmutable, frases hechas que se repiten con aires de enorme sabiduría. Insisto en que la falta de estos no está en el hecho de criticar a un amigo. No hay pecado ninguno en criticar a un amigo si lo hacemos éticamente.

Una vez leí, en un texto crítico de mi trabajo, que soy poco riguroso en el tratamiento de los temas. En cierto momento, por una razón que ya no recuerdo, el crítico citó un extracto de Pedagogía del Oprimido con un error lamentable que se venía repitiendo en diferentes reimpresiones. “La invasión de la praxis” en lugar de “La inversión de la praxis”. Me impresionó que un intelectual, que sorprende la falta de rigor en otro, no perciba cuán poco riguroso es al citar semejante sinsentido: “la invasión de la praxis”. Y no como prueba de mi falta de rigor.

Falta de rigor, ese intelectual subraya el poco rigor de otro.

El derecho a la crítica exige también del crítico un saber que debe ir más allá del saber acerca del objeto directo de la crítica. Saber indispensablemente para la rigurosidad del crítico.

Otro deber ético de quien critica es dejar claro a sus lectores que su crítica abarca un texto apenas del autor criticado o toda su obra, todo su pensamiento.

Si el autor criticado escribe varios trabajos, al criticar uno de ellos, no podemos decir que la crítica es a su pensamiento como totalidad, a no ser que, conociendo la totalidad, estemos convencidos de esto. Reitero: lo que no es posible es leer uno entre diez textos y extender a los nueve restantes la crítica hecha a uno, antes de analizar rigurosamente los demás.

La eticidad del trabajo intelectual no me permite la irresponsabilidad de ser imprudente en la apreciación de la producción de los otros. Como dije antes, puedo errar, me puedo equivocar o confundirme en mi análisis pero no puedo distorsionar el pensamiento que estudio y critico. No puedo decir que el autor que critico dijo Y si él dijo M y yo estoy seguro de que él dijo M.

No puedo criticar por pura envidia o por pura rabia simplemente para figurar.

Es inadmisible que, entre intelectuales de buen nivel, escuchemos afirmaciones como ésta:
-¿Ha leído usted hay un trabajo reciente de ese autor que usted critica tan duramente?
-No. Y me produce irritación de quien lo ha leído.

Este discurso niega totalmente al intelectual que lo hace. Peor todavía: este discurso en nada contribuye a la formación ético-científica de los alumnos o alumnas de tal intelectual.

Recientemente escuché de una alumna en tono sufrido, cuánto la decepcionara haber oído del profesor en quien confiaba referencias críticas sobre cierto intelectual fundadas casi en el “me dijeron” o en el “es esto lo que se dice”.

Los profesores no enseñamos meros contenidos. A través de la enseñanza de estos, enseñamos también a pensar críticamente, si somos progresistas y enseñamos para nosotros; por eso mismo, no es de depositar paquetes en la conciencia vacía de los educandos.

Nuestro testimonio de seriedad en las citas o en las referencias que hacemos de autores de quienes estamos en desacuerdo o con quienes coincidimos o, por el contrario, nuestra irresponsabilidad en el tratamiento de los temas y de los autores, todo esto puede interferir de manera negativa o positiva en la formación permanente de los educandos.

De un estudiante brasileño que estaba haciendo su doctorado en París oí, años atrás, lo siguiente: “Aprendí recientemente la significación profunda de las citas. Estaba discutiendo un pequeño texto con mi orientador en el que se hacía una cita de Merleau-Ponty. El profesor hizo un gesto de pausa y me hizo dos preguntas:

-¿Usted ha leído, por lo menos, el capítulo entero del que extrajo la cita?
-¿Usted está seguro de que necesita hacer esta cita?

“En verdad”, dije a mi amigo, “no había leído a Ponty y, desafiado por las preguntas del orientador, fui al texto de Merleau, revisé el mío y percibí que la cita era innecesaria”.

Citar, realmente, no puede ser una pura exhibición intelectual o remedio para la inseguridad. Leer un libro, por ejemplo, en la traducción brasileña, por no dominar suficientemente la lengua materna del autor, para hacer la cita en lengua materna es procedimiento poco ético y nada respetable. Citar no puede ser, tampoco, artificio, a través del cual alargamos nuestro texto con retales de textos de otros.

Creo que es urgente, entre nosotros, superar este mal hábito que es, en el fondo, un testimonio deformante, de criticar, de minimizar a un autor, de imputarle afirmaciones que jamás hizo o distorsionar las que realmente hizo. Y de hacerlo con seriedad y certeza tales que pudieran dejar en duda hasta al autor injustamente criticado. En cierto momento del proceso los críticos se apoyan apenas en lo que oyen y no en lo que leen o investigan.

La crítica fácil, ligera, se arrastra irresponsable y, no raramente, se pierde en el tiempo. De repente, se oye todavía de algunos de estos críticos perdidos en el tiempo, como presencias negativas, que Freire es idealista. Que la concienciación en su obra es la mejor prueba de su ilusión subjetivista. No leyeron un texto de 1970 en que discuto detenidamente este problema, otro de 1974, ambos publicados por la Editorial Paz e Tierra en 1975, en Ação cultural para a liberdade e outros escritos. No leyeron una serie de ensayos, de entrevistas, de libros dialógicos aparecidos en los años 80 y, más recientemente, Pedagogia da esperança, um reencontró com a Pedagogia do oprimido, que Paz e Terra acaba de publicar. No leyeron igualmente A educação na cidade, publicación de Cortez, de diciembre de 1991.

No es que piense que deba ser leído por todos. ¡No! Pero sí por aquel que, criticándome, no puede sustraerse a la lectura de lo que critica.

El derecho incontestable a criticar exige de quien lo ejerce el deber de no mentir.

lunes, 28 de febrero de 2011

“No sirve que en las escuelas haya clases de computación”


Página/12

Por Mariana Carbajal

Es argentina y está radicada en Estados Unidos desde que emigró tras la Noche de los Bastones Largos. Ahora asesora en el país al programa oficial de distribución de netbooks a estudiantes. Aquí evalúa ese plan, analiza cómo debe cambiar la dinámica en las escuelas con la utilización de las computadoras y advierte cuáles son los nuevos desafíos para padres y docentes.

Entrevista con Nira Sabelli, una de las principales especialistas en tecnologías y aprendizaje en los Estados Unidos
– ¿Cómo llegó a la ciencia?
– Me llamo Nora porque mi padre estaba muy entusiasmado con la obra de Ibsen y había leído Casa de Muñecas, donde la protagonista es una mujer que se da cuenta de que tiene que ser inteligente e independiente si quiere ser buena madre. Por ese personaje me puso Nora. Mi padre me ayudó y me apoyó muchísimo con la ciencia. El era contador, y había querido ser matemático pero con la depresión del ’30 se tuvo que poner a trabajar y no pudo.

– ¿Con las nuevas tecnologías cambió el sentido del saber?
– Absolutamente. Le voy a dar un ejemplo: yo ya tengo mis años y con los años vienen algunas molestias. Antes de ir al médico, yo voy a Internet y averiguo todo lo que puedo respecto de ese tipo de síntoma que tengo. Entonces, cuando voy al médico ya sé qué preguntar. Es totalmente distinto. Y eso pasa con todas las cosas. Cuando uno va a comprar algo, primero va a Internet y se fija dónde existe, qué precios tiene, qué condiciones, qué diferencias hay y después decide dónde ir a comprarlo. El acceso a la información es mucho más general y público que lo que era antes. No hay tanta diferencia entre el especialista y el laico. El usuario es un productor al mismo tiempo. Es una democratización del acceso a la información enorme. Lo que hay que tener cuidado es de preparar a la gente para evaluar la información. Aquello sobre lo cual hay que educar evoluciona al mismo tiempo que evolucionan las herramientas para vivir, para trabajar.

– Pero todavía hay amplios sectores excluidos del acceso a las nuevas tecnologías...
– Sí y no. Le voy a dar casos de Estados Unidos y de Africa. De aquí no tengo. Si uno habla de tecnologías como computadoras, sí. Pero si uno habla de tecnología como teléfono celular, ya casi no existe. En Africa hay países que casi no tienen infraestructura de caminos y mucha gente no tiene dirección, o mejor dicho, su dirección es el número de teléfono portátil. En Estados Unidos las máquinas para juegos son muy baratas. La gente de pocos recursos en general tiene acceso a games machines que pueden ser utilizadas como entrada a la computación, y hay accesorios que se pueden agregar a la televisión, que no son muy caros, que permiten entrar a Internet. Es cierto, hay mucha gente que está aislada de ese acceso a la información, pero no es una cuestión insoluble, no es como si hubiera de proveer de grandes recursos y computadoras. Lo único que hace falta es dar electricidad. Con los teléfonos celulares que existen en este momento hay acceso a cualquier cosa.

– ¿Qué le parece el programa Conectar-Igualdad?
– Lo que es muy interesante de Conectar-Igualdad es que potencia o empodera a los estudiantes y los maestros –en inglés diría empower– para que accedan a la información ellos mismos y la manejen, que es una manera de crear una capacidad de cambio en el sistema muy diferente de la tradicional de preparar al maestro para que dé información.

– ¿Basta con entregar computadoras?
– Por supuesto que no. Cuando la gente me pregunta si las computadoras ayudan a la educación, yo lo que les pregunto es si el lápiz ayuda a la educación. ¿Ayuda? Depende de cómo se use. Lo mismo sucede con la tecnología. Cuando empezaron a aparecer las computadoras en Estados Unidos hace ya unos cuarenta años, hubo un investigador que hizo un estudio muy interesante: encontró que en las escuelas de muchos recursos, donde los chicos pertenecían a familias más bien pudientes y la escuela tenía recursos, los chicos aprendían a programar las máquinas. En las de pocos recursos, había máquinas –porque había un programa por el cual se entregaban PC a escuelas carenciadas– pero se usaban para que los chicos practicaran conocimientos básicos, es decir, la máquina los controlaba a ellos. En las escuelas de muchos recursos, los estudiantes tenían el control de las computadoras. Este ejemplo muestra la diferencia de cómo hay que usar las computadoras. En el programa Conectar-Igualdad, la gente entiende que hay que potenciar al usuario, y fundamentalmente profesionalizar al maestro.

– ¿Qué tipo de capacitación necesitan los docentes?
– Por empezar, saber usar la máquina. No es muy difícil, ése no es un problema. Lo que más necesitan son ejemplos y apoyos para saber cómo usarla en la enseñanza, que no es lo mismo que usarla para la comunicación. Cuando la gente habla de las competencias del siglo XXI, habla de competencias de comunicación. Son las cosas que saben los chicos que usan los teléfonos portátiles. Pero para utilizar la computadora en la enseñanza tienen que aprender una nueva pedagogía y algo muy importante, para lo cual necesitan apoyo institucional, que es entender cuál es su rol: no es proveer de información a los alumnos sino ayudarlos a interpretar la información y a darle un contexto en el cual integrarla. Es decir, el docente ya no se para al frente y da una clase para la cual aprendió de memoria lo que leyó en un libro, sino que simplemente tiene que sentirse lo suficientemente cómodo como para que cuando el chico le hace una pregunta, le da la respuesta, o la va a buscar o le dice: “Mañana te digo”. Y eso depende de que el director de la escuela entienda cuál es el cambio. Hay ejemplos muy interesantes en Estados Unidos. Los padres como los directores tienen unas expectativas de lo que es un aula bien manejada: tradicionalmente, es aquella en la que los chicos están sentados y callados, escuchan y toman notas. En las aulas de la nueva pedagogía, donde los chicos están más en control de su aprendizaje, están muchísimo más entusiasmados. ¿Qué pasa cuando los chicos están entusiasmados? Hablan y hacen ruido. A veces, los directores y los padres dicen: “Los chicos no están aprendiendo y el maestro no está haciendo nada”. Al contrario. Lo que pasa es que la gente espera que el maestro enseñe pero no que el chico aprenda. Y hay que pasar el énfasis a que el chico aprenda y el maestro –y también el padre– lo ayude a aprender.

– ¿Cómo debería cambiar la dinámica de la clase, entonces?
– Todos los maestros saben que cuando los chicos están interesados, aprenden. Y la tecnología les interesa a los chicos. El buscar las cosas que a ellos les interesan los hace pasar más tiempo estudiando. Hay estudios que han demostrado –y a mí me parece genial–, que cuando los chicos empiezan a usar bien la tecnología para hacer sus investigaciones, para buscar cosas, para conectarse con otros chicos, aumenta el número de libros que sacan de la biblioteca.

– ¿Por qué? ¿Cómo es eso?
– Porque tienen interés en saber. Y al mismo tiempo escriben mucho mejor. Cuando escriben, muchas veces es para conectarse con otros chicos, por eso les interesa que los otros los entiendan. Si los otros chicos no les entienden empiezan a preocuparse por dónde va la coma. Antes, por ejemplo, si mis hijos escribían bien, lo que obtenían era que su mamá los felicitara. Lo peor que les podía pasar es que el maestro me dijera que escribían bien porque entonces, yo, su mamá, los avergonzaba delante de mis amigos, diciendo cosas sobre su escritura. Es decir, es una cuestión de interés y motivación. No se puede forzar a la gente a aprender.

– En muchos colegios en la Argentina, todavía el alumnado tiene clase de computación un par de horas por semana, como una materia específica. ¿Qué opina al respecto?
– Eso es lo que no hay que hacer. No tiene que haber clase de computación. No hay una clase de lápiz, ni de diccionario. ¿Por qué, entonces, va a haber una clase de un método de acceder a la información? La matemática aplicada tiene que ver con acceso e interpretación de datos. Sin calculadora es muy difícil hacer una suma de más de diez números. ¿Por qué no ver qué pasa con una suma de más de 40 números? El detalle puede hacerlo la máquina, el concepto y la interpretación es lo que tiene que hacer el estudiante y el maestro. No puede ser que la computadora se use por diez minutos al final del día a modo de premio. Eso no sirve para nada: es lo mismo que darles un caramelo. Por eso, lo importante en el programa Conectar-Igualdad es darles la máquina para que los chicos se la lleven a la casa, la usen allí, aprendan las cosas con sus hermanos y sus padres, y los maestros, también se las lleven a sus hogares, para hablar con sus hijos.

– A veces, a los padres de los nativos digitales les resulta difícil balancear el uso hogareño que hacen los chicos de las pantallas y otras actividades como el deporte. ¿Qué aconseja?
– Como todas las cosas se debe resolver con sentido común. A los chicos les interesa la tecnología. Le voy a contar algo que leí que no tiene nada que ver con esto. Familias de inmigrantes llegaban hace muchos años a Estados Unidos de lugares donde no había teléfonos. Entonces, cuando sonaba el aparato era un desastre porque pensaban que sólo se llamaba para dar malas noticias. Llevó tiempo hasta que los padres se acostumbraran a que los amigos llamaban por teléfono a los chicos, y que el teléfono era una forma muy distinta de comunicarse a la carta. Bueno, esto es lo mismo. Los chicos usan la computadora para conectarse con otros chicos. Si están todo el tiempo haciendo juegos individuales está mal. Si las usan para conectarse con otros chicos, siempre y cuando salgan después a hablar con otros chicos, está muy bien. En estos momentos, en una ciudad cercana a donde yo vivo hay un problema con los celulares en las aulas. Hay cuatro puntos de vista. A los maestros les molesta porque no saben qué está haciendo el chico con su teléfono y los quieren sacar; la dirección de la escuela dice que no se pueden tener; los padres se oponen porque es una manera que tienen de ponerse en contacto con sus hijos, de saber dónde están, y que están bien; y los chicos dicen: “¿Cómo no vamos a tener teléfonos? Si la maestra me hace una pregunta y no entiendo, yo voy y busco en Internet, hago un cálculo, me ayuda a entender qué está pasando en el aula”. Y también es cierto que si la madre o un amigo les mandan un mensaje, lo miran. Las reglas de uso no se han establecido porque es muy nuevo.

– En Argentina, en general, está prohibido tenerlos o usarlos en el aula.
– Yo creo que no es necesariamente lo mejor, porque uno quiere que si tiene que hacer un cálculo, lo hagan bien. No tienen que hacer todo de memoria. El tema es poner las reglas. Eso lleva tiempo.

– ¿Cómo debería reflejarse la incorporación de las nuevas tecnologías en la enseñanza del siglo XXI?
– Cambió la ciencia, cambió el acceso a la información. ¿Cuál es la definición de alfabetización científica? Lo que la gente tiene que saber para poder hablar con el experto. Yo no tengo que saber hacer física pero tengo que saber suficiente de física como para entender qué le pasa a mi auto cuando voy a hablar con el mecánico. Una cosa, entonces, es el acceso a la información, evaluarla. La información no es más una cuestión que está seleccionada en una enciclopedia. La información existe positiva y negativa en la web. ¿A quién se le tiene confianza en la web? ¿A quién no? ¿Cómo se interpreta? Eso es algo que hay que aprender. Otra cosa: habría que enseñar los modelos de simulación que se están utilizando para encontrar soluciones a los problemas sociales, ambientales, económicos que hay en la sociedad, para que la gente haga su propia experiencia. El problema fundamental que tiene la educación actual es que la gente aprende de memoria algo que se resolvió hace más de un siglo, y no tiene manera de relacionarse con la ciencia que está viviendo en este momento. Y eso no tiene que ser así porque existe la tecnología que permite a cualquier persona entender qué es un experimento. No es una cuestión sólo de tecnología: es una manera de pensar.

– ¿Qué se sabe del impacto de las nuevas tecnologías en el aprendizaje?
– Le voy a contar sobre un estudio muy interesante. El Consejo de las Escuelas de las grandes ciudades está formado por los superintendentes de los sistemas escolares de Miami, Chicago, Nueva York, entre otras ciudades importantes. Ellos realizaron un estudio muy bueno: tomaron en cada ciudad dos grupos de escuelas, apareadas por datos demográficos. A todas las escuelas les dieron CD Rom con enciclopedias y la misma preparación a los maestros. El estudio se hizo cuando las computadoras todavía no eran portátiles y estaban fijas en las aulas. A la mitad de las escuelas en cada ciudad les dieron acceso a Internet, a la otra mitad, no. Paralelamente contrataron a unos diez expertos en evaluar composiciones escolares. A los chicos les dieron tres meses para escribir un ensayo sobre Martin Luther King. Las escuelas tenían en su mayoría alumnado negro. Al cabo de los tres meses, mezclaron los ensayos y se los dieron a los expertos para que los calificaran. En general, los ensayos eran parecidos, pero había un par de aspectos que los diferenciaban. Los de los chicos que habían tenido acceso a Internet mostraban el aspecto positivo y negativo en relación con la temática, y además, su propia posición. Lo que hicieron los chicos fue aprender, no memorizar qué había hecho Martin Luther King, que es lo que les daba la enciclopedia. En la web encontraron a los racistas y tuvieron que desarrollar sus propios argumentos en contra de ellos. Es una manera de pensar mucho más profunda. Lo mismo pasa en la ciencia. Lo que se sabe es que si uno le da el mismo examen a chicos que utilizaron máquinas y a aquellos que no, puede ver que aprendieron lo mismo. Pero si uno hace preguntas más profundas, entonces ve la diferencia. Si uno no mide lo apropiado, no encuentra ningún avance. Hay estudios que dicen que las computadoras no hacen nada en la educación. Pero se basan en usar la computadora diez minutos dos veces por semana. Por supuesto, eso no hace nada. El punto es usar bien las máquinas en la pedagogía. Un estudio muy interesante que apoyamos desde la National Science Foundation –el equivalente al Conicet– era un grupo que hizo una investigación en las escuelas que usaban bien las computadoras. Estudiaron qué hacían bien los maestros en esas escuelas, en un montón de estados y luego sacaron un libro con las mejores prácticas. Una me quedó muy grabada. Tenga en cuenta que correspondía a una escuela con estudiantes negros. La maestra decía: “Yo mucho de tecnología no sé pero cuando tengo un problema en la clase con la computadora pregunto por un IBM, Important Black Men, y un chico me lo resuelve”. Con esta estrategia, que juega con el nombre de la empresa, hay valorización del estudiante y del conocimiento, y a la vez el maestro tiene claro que su obligación es ayudar y enseñar y no resolver un problema técnico, que lo puede resolver el chico que tiene mucha más facilidad con la tecnología. Un problema extendido es que los periodistas no profundizan su conocimiento sobre ciertas cosas. En Estados Unidos, por ejemplo, hablan de los tests estandarizados, que todo el mundo en las escuelas y fuera de ellas sabe que no son suficientes para evaluar si los chicos aprendieron cosas que importan. Es lo mismo que pasaba con los ensayos que le comenté: lo que hay que evaluar es cómo piensa el chico. Eso es lo importante.

– Finalmente, ¿le sirvió la ciencia para ser independiente?
– Absolutamente (se ríe).