martes, 30 de mayo de 2017

La política exterior de Trump, ¿incoherente o impredecible?



Por Immanuel Wallerstein

El presidente Donald Trump parece tener una política exterior que cambia constantemente. Muchos analistas han documentado que publica una cosa en Twitter y unas cuantas horas después dice o hace algo diferente.

Esta repetida incertidumbre acerca de lo que piensa o pretende hacer ha sido profundamente desconcertante para casi todo mundo. Al interior de Estados Unidos sus principales colaboradores designados parecen asumir posiciones que son diferentes de las de él. Y en cualquier caso, no se les previene de los virajes en la línea de acción. Aun algunos de sus más fieles simpatizantes populares encuentran los cambios confusos (aunque no encuentren razón para dejar de respaldarlo).

Fuera de Estados Unidos, presidentes, primeros ministros y diplomáticos parecen perturbarse por la impredictibilidad o la falta de claridad de los puntos de vista de Trump. Esto con frecuencia se expresa de la siguiente forma: Ahora sabemos X, pero esto es una posición táctica. ¿Cuál es la visión de largo alcance de Trump, si es que acaso tiene una?

Si uno se pone en los zapatos de Trump, el cuadro puede ser muy diferente. Primero que nada, si yo Trump, soy impredecible, tengo cierta fuerza extra en mi posición, dado que otros podrán intentar acomodar por adelantado lo que piensan que es mi postura.

Además, la incoherencia de mi posición es un modo de calibrar cuál es la posición que mejor sirve a mis intereses, que implican incrementar mi poder dentro y fuera de Estados Unidos. Mantener mi posición personal y en segundo lugar la de Estados Unidos es mi objetivo primordial. No tengo y no quiero tener una visión de compromiso de largo plazo. No soy un ideólogo, sino una persona que busca una posición de dominación.

Ahora hagamos un viraje a la perspectiva de la mayoría de la población mundial que no son simpatizantes de Trump. De hecho, la mayoría teme la incoherencia de Trump pues, como presidente de Estados Unidos, controla el ejército estadunidense y su terrible armamento. Nosotros, la mayoría, tememos que no se halle en control de sí mismo. Tememos que es egoísta y susceptible, y que pueda lanzar acciones irreversibles en un arranque de irritación.

Por esta razón estaríamos relativamente más felices si de hecho tuviera una visión de largo plazo y, por tanto, un compromiso con ciertas actividades que contrarresten sus arranques de irritación. En suma, queremos que sea coherente. Queremos que se comprometa con algo, sean los derechos humanos o el control de la inmigración. Queremos una mayor certeza.

Así que así está. A casi todo mundo le disgusta la falta de una visión de largo plazo. Casi todos piensan que sería mejor, desde su punto de vista, que tuviera una visión así. Casi todo mundo quiere que sea un ideólogo. El principal disidente de esta esperanza es el mismo Trump.

Personalmente pienso que todo este modo de análisis está de cabeza. Pienso que sería peor, no mejor, si tuviera una visión, un compromiso, una ideología. Déjenme explicar. Tiene que ver con lo que podría minimizar el daño que Trump es capaz de hacer a Estados Unidos y al mundo en su doble capacidad como 1) líder incontrovertido de un movimiento social mundial y 2) presidente electo de Estados Unidos y líder del Partido Republicano.

Estoy interesado en lo que todos podamos hacer para afectar sus decisiones reales. Existen campañas de resistencia, ahora, en Estados Unidos y en otras partes. Hay potencias mundiales importantes (pienso particularmente en China, Rusia e Irán) que buscan forzarlo a modificar sus posiciones.

Hasta donde puedo entender, tanto las campañas de resistencia como los esfuerzos de otras potencias mundiales importantes han tenido, de hecho, un efecto, y lo han conducido, en varios puntos, a modificar su posición. Pienso que estas iniciativas tienen cierta oportunidad de mantener a Estados Unidos sin involucrarse demasiado en el pantano de Medio Oriente. No demasiado, no es cero. Pero reducir el involucramiento es mejor que nada.

La razón por la que estos esfuerzos pudieran forzar una modificación de su posición es precisamente porque no tiene un compromiso firme con nada. Su impredictibilidad es la sola arma que el resto de nosotros tenemos contra el Trump guerrero. Hacerlo menos impredecible significa hacerlo menos abierto al cambio. En cierta forma, esto nos condenaría.

Lo que tenemos que mantener en la mente en los próximos meses son sus ulteriores arreglos con China. La reciente reunión del presidente Xi, de China, y Trump, fue un buen comienzo y es evidencia de la postura que tomé hace poco, de que ambos países se acercarán en vez de alejarse. Debemos observar si se hace algo realmente serio para castigar a Rusia o para romper con las mejoradas relaciones con Irán.

Sospecho que Trump terminará resultando el gran indeciso. Esto, por supuesto, debilitará su posición. Pero hacer cualquier otra cosa debilitará su posición aún más. ¡Hurra por la impredictibilidad!

Traducción: Ramón Vera Herrera

lunes, 29 de mayo de 2017

La impunidad no permite olvidar


Por Sandra Rodríguez

Una vela ilumina la oficina del COFADEH, donde la memoria de los detenidos desparecidos está presente.


Actos durante la Semana del Internacional Detenido Desaparecido, Casa Presidencial 27-05-1992

 Foto: Archivo del COFADEH

En medio de una crisis social en Honduras, donde la impunidad cobija los crímenes de lesa humanidad, se continua denunciando asesinatos de miembros de la Diversidad Sexual, femicidios, ejecuciones extrajudiciales de jóvenes y niños, asesinatos de periodistas, abogados, líderes sociales, detenciones de jóvenes que hacen uso del derecho a la protesta social, criminalización contra defensores de derechos humanos y persisten las detenciones y desapariciones forzadas.
Desde 1982, 16 familias representadas por madres y esposas de detenidos desaparecidos han ido forjando un camino de lucha y exigencia de justicia, el que no ha sido fácil pues han enfrentado ataques, campañas de desprestigio, exclusiones, pero también el cariño y respeto de la sociedad hondureña, que las identificaba con sus pañuelos blancos, rostros serenos, plantones y pancartas en diferentes puntos de la capital hondureña.

El Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras, COFADEH, conmemora en estos días la Semana Internacional del Detenido, instaurada desde 1981 en varios Continentes y en particular en América Latina, durante la última semana de mayo.

En estos días se llevan a cabo diferentes actividades entre ellas, el acompañamiento a la periodista Miriam Mercado, quien jugó un papel importante en la década de los ochentas con la cobertura al tema de la desaparición forzada; entre otras acciones como talleres, exposiciones y un recorrido por la Ruta de la Memoria Histórica con defensores internacionales de derechos humanos, así como se ha hecho con otros grupos que están interesados en el tema.

Pasan las décadas, y se continúa a la espera de saber por el destino de decenas de miles de personas detenidas desaparecidas por diversos Estados nacionales de 1960 al 2000, en el marco de políticas represivas instrumentadas por dictaduras militares bajo la coordinación del imperio estadounidense, en Honduras se dio durante la implementación de la Doctrina de Seguridad Nacional, como ha documentado el COFADEH.
Siempre se va a reiterar que “un pueblo sin memoria está condenado a repetir los mismos errores” no se puede dejar a un lado esas valiosas vidas que dieron todo por un mejor país.

Como lo ha descrito Bertha Oliva, coordinadora general del COFADEH y sobreviviente de la mal llamada “década perdida”, los detenidos desaparecidos, entre ellos su esposo el profesor Tomás Nativí Gálvez (1981), “eran soñadores, ilustres, pensadores, que querían educación, salud, igualdad entre otros derechos para el pueblo hondureño.

En el país, siguen personas que no olvidan a esos héroes y heroínas, la mayoría de madres se han ido de esta vida con la esperanza de volver a abrazar a sus hijos e hijas. Acompañando a otras familias víctimas de este crimen de lesa humanidad, y la situación está peor que en los ochentas, manifestó hace unos meses la presidenta del COFADEH, Liduvina Hernández, quien, por su estado de salud, no puede estar en todas las actividades como en los 80 y 90, buscando a su hijo Enrique López (1982).
Otras se han ido, con la alegría de haber luchado y acompañado este doloroso proceso, y como decía la vice presidenta del COFADEH, Fidelina Borjas, fallecida en mayo del 2009 “otras recogerán los huesos de mi hijo” refiriéndose a Samuel Pérez (1982), en una exhumación en el año de 1995.

Unidas por el dolor

Al principio, cada familiar comienza una búsqueda individual. Luego se encuentra con otros familiares y en las tareas de búsqueda y denuncia se van conformando las diferentes asociaciones de familiares. Con el correr del tiempo, la toma de conciencia de los orígenes de esta forma represiva, de sus fines, la profundización del papel que juega el movimiento de familiares, los lleva a traspasar las fronteras y a intercambiar con otros países latinoamericanos.

La solidaridad sigue presente, haciendo uso de redes sociales se leen y comparten textos donde las personas describen su origen y exigen a quienes saben del paradero de detenidos desaparecidos o sus familiares que hablen, porque en una desaparición forzada siempre habrá alguien que tenga información.

Así mismo, en pertinente que organizaciones defensoras de derechos humanos, grupos y personas afines a esta lucha difundan y denuncien este tipo de hechos, que no se dejen infundir por el temor, porque eso es parte de vencer el miedo y dar con la verdad.

Cada primer viernes del mes, el COFADEH, víctimas y amistades se planta desde hace tres décadas en la plaza de “Los Desaparecidos” recordándole al Estado que tiene una deuda pendiente, el informe que prometió desde el gobierno de Roberto Suazo Córdova (1982-1996), donde decía que pasó con detenidos desaparecidos.

Y al no tener respuesta aun, siguen los rostros de jóvenes, pintados en mantas y presentes en la memoria colectiva de un pueblo que no olvida, más cuando se sigue dando detenciones y desapariciones como la del sindicalista Donatilo Jiménez (2015), Reynaldo Cruz Palma y Elías Muñoz, ambos en 2011.

La desafición forzada también deja una secuela de desintegración familiar, niños sin padre, madres en el exilio y sigue la pregunta ¿Dónde están?

"En Honduras se condena ser joven y pobre"



“Gordo", como es conocido en el ambiente del barrio, pasó más de 5 años en las cárceles de menores, los denominados centros de corrección juveniles administrados por el Estado hondureño. Fue en este lugar que lejos de encontrar la oportunidad de rehabilitarse salió experto en sicariato y asalto.  
Ahora es parte de una banca criminal en una populosa colonia del norte de Honduras. Ese lugar que lo vio nacer, esa colonia que vio como su padre y madre  se separaron, dejándolo bajo el cuido de su ya cansada abuela de más de 70 años, ahora es el territorio que controla para la mara.  
La historia de “Gordo” se da en muchos lugares de Honduras, jóvenes a quienes se les niega sus derechos y cuando cometen faltas son condenados a permanecer internos en centros juveniles que son las mini escuelas del crimen. 
Las leyes hondureñas, al igual que en otros Estados, no permiten el enjuiciamiento de menores de 18 años de edad. Cualquier niño o adolescente que cometa un delito, antes de esa edad, es llevado a los centros de adaptación juvenil, allí existe la obligación de crear programas de rehabilitación que brinden nuevas oportunidades a los menores.  

Reducir edad punible  
Recientemente las declaraciones del presidente Juan Orlando Hernández sorprendieron, al asegurar que era necesario reducir la edad para condenar a los jóvenes. Que de 18 años se debía bajar a los 16, ya que contaban con estadísticas que confirmaban que el 40 por ciento de los crímenes en Honduras eran ejecutados por menores de 18 años.  
Ante las declaraciones del mandatario, quien fue más allá y creó una comisión para revisar la posibilidad de bajar la edad punible, diversos sectores, sobre todo aquellos vinculados a los derechos humanos le recomiendan mejor cumplir con su obligación de crear oportunidades de empleo, educación y fortalecer el sistema de internamiento de menores.  
Para el director de Casa Alianza hablar de la edad punible es un tema importante para la vida del país, pero lamenta la forma tan desatinada y poco responsable de abordar la temática. “En declaraciones con los medios de comunicación el presidente dijo que era necesario castigar a los niños como adultos porque eran responsables del 40 por ciento de los crímenes que suceden en Honduras, hay que decir que el dato es incorrecto, ya que en la actualidad hay más de 18 mil adultos en cárceles y apenas unos 580 en los centros de rehabilitación, eso revela que lo dicho es totalmente mentira”.  
Ruela además recuerda que más del 55 por ciento de los crímenes en Honduras, según datos del Observatorio de la Violencia de la UNAH, se comenten en contra de menores de 18 años de edad, lo que ratifica que la juventud no es la victimaria sino las víctimas de esta realidad de violencia y criminalidad, son a ellos a quienes se les está asesinado, dice el director de esta organización que además de llevar un observatorio de derechos humanos de la juventud, acompaña a menores en riesgo social.  
El rechazo a la propuesta del mandatario Hernández, lo han manifestado también organismos como el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia, UNICEF, quien dijo que si el Estado reduce la edad punible en el país estaría retrocediendo en materia de derechos humanos, al tiempo que se entregaría la educación de la juventud a las “escuelas del crimen”, si son ingresado a las cárceles de adultos.  
Para el director de Casa Alianza, la propuesta del presidente Juan Orlando Hernández es parte del proceso de criminalización que tiene el Estado en contra de una parte de la juventud hondureña. “No es a toda la niñez a la que se estigmatiza, es a los niños, niñas y jóvenes pobres. Cuando un policía o un militar en una colonia donde hay conflicto, en una colonia empobrecida y excluida ve a un joven con un teléfono, los policías asumen que ese celular el joven se lo robó, lo detienen, le quitan la camisa, le toman fotos, lo ponen frente a la pared, se lo llevan si no tiene identificación, en cambio si van a un mall y ven a un joven con el teléfono no lo ven sospecho. En Honduras a la gente se le castiga  y detiene por portación de cara, porque ser pobre es un delito, ser pobre es ser sospechoso, por eso las cárceles están llenas de pobres”,  
José Guadalupe Ruela está convencido que llevar a los niños y jóvenes a las cárceles no es la solución, al contrario la violencia será más grande. “La respuesta está en invertir en prevención, en brindar oportunidades a los jóvenes. Si el gobierno los 8 mil millones de Lempiras que ha gastado de la Tasa de Seguridad, lo invirtiera no en armas, no en militares y mucho menos en equipo blindado, sino en verdaderas oportunidad para la juventud, otra fuera la realidad de Honduras”.  
La actual administración se ha mostrado sorda a los análisis de organizaciones nacionales e internacionales en materia de derechos humanos. Impuso que la Comisión de Justicia Penal iniciara con las “discusiones” sobre el tema con varios sectores de la sociedad. Así se dio el primer espacio con la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia, DINAF, el Gabinete de Prevención, Instituto de la Juventud, Registro Nacional de las Personas, Secretarías de Educación y Salud, Relaciones Exteriores, Finanzas, Desarrollo e Inclusos Social, entre otras.  
La labor de la Comisión de Justicia Penal será redactar un documento que abarque las sugerencias y recomendaciones planteadas por los distintos sectores, el documento deberá ser presentado a más tardar el 02 de junio, allí el gobierno tomará la decisión de reducir la edad para castigar penalmente a los menores.  

Paco Xammar, un jesuita en La Floresta



Por Padre Melo *

Del 9 al 25 de mayo de este año 2017 pasé unas extraordinarias y curiosas vacaciones con Paco Xammar en Tarragona. Con él visité varias ciudades mayoritariamente de Cataluña, pero también la ciudad de Murcia a seis horas en tren al sur de Tarragona, y la ciudad de Zaragoza hacia el sur oeste mientras uno se interna en la península, a una hora y media en un tren con una velocidad de 250 kilómetros por hora.

Paco Xammar es un jesuita de 83 años, con cerca de cinco décadas de vivir en La Floresta, un barrio popular que él mismo contribuyó a construir en la periferia de Tarragona para familias obreras y perseguidas por la dictadura de Franco. Tarragona es una antiquísima ciudad besada por el mar mediterráneo, con todas las huellas de haber sido una poderosa ciudad romana, construida antes de Cristo. En ella y en sus alrededores uno puede descubrir un coliseo y varias villas fortificadas, y por todos sus vericuetos sagrados y profanos, los nativos siguen contando con orgullo provinciano la leyenda que por sus calles y sus mares debió haber pasado San Pablo con su predicación cristiana a cuestas.

Paco Xammar es un jesuita que ha tenido la extraordinaria tarea de abrir e insertar la misión de la Compañía de Jesús y de la Iglesia entre diversos sectores no eclesiásticos y no creyentes, particularmente entre el mundo obrero, el académico, el de los refugiados y migrantes. A finales de la década de los sesenta participó en la fundación del movimiento de curas obreros en España, y a comienzos de la década de los ochentas, participó en l entusiasta decisión de fundar los Comités Óscar Romero, los cuales se extendieron a lo largo de la comunidad catalana y de otras provincias españolas, y luego se abrieron brecha en otros países europeos.

En esos aciagos años centroamericanos, Paco Xammar visitó Nicaragua en donde vivió por cuatro años, luego regresó a su pequeño piso en su barrio La Floresta, y desde entonces invita a diversas personas y grupos para establecer puentes entre Centroamérica y el rico y variado mundo, particularmente el popular, de Cataluña. El Barrio La Floresta ha recibido las visitas de Fernando y Rodolfo Cardenal, Sergio Ramírez, la comunidad del Arenal con Roberto Currie a la cabeza, Joe Mulligan, Jack Warner y su tropa del Teatro La Fragua, Don Pedro Casaldáliga, Pedro Trigo, Chema Tojeira, entre muchos otros.

Eso sí, los invitados quedan impactados por la implacable agenda de recorridos por los comités Óscar Romero, aulas universitarias, grupos de académicos, personajes políticos, centros sociales jesuitas y comunidades de migrantes. “Para exprimirlos les pago el billete”, dice Paco, con su humor a flor de piel. Yo fui invitado por primera vez por Paco Xammar en la primavera de 2010, unos meses después del golpe de Estado en Honduras, y con la visita en la primavera de este año puedo testificar que uno termina exhausto, con más dolor en los huesos que de costumbre, pero con vida y entusiasmo para compartir la experiencia.

Es curioso, Paco Xammar vive solo en su pequeño piso de La Floresta. Solo como jesuita. Pero su vida y su propio piso pasan la vida entera acompañados. Todo mundo saluda a Paco en la calle, todo mundo lo conoce. No lo saludan como a un extraño. Como un Padre extraño. Lo saludan como a uno más del barrio y de la ciudad. Paco está enterado de la vida de toda la población. Sabe de los que han llegado recientemente en la ola migratoria tanto de África como de América central, sabe quiénes están en el paro y quienes han conseguido trabajo. En los días que yo estuve, Paco andaba afanado por conseguir trabajo a una familia hondureña que tuvo que salir de emergencia para salvarse de una muerte ingrata, luego de que el resto de sus familiares había sido asesinado en una de las colonias de la zona metropolitana del Valle de Sula, en el norte hondureño.

Es curioso, Paco Xammar vive solo como jesuita, y tenía yo varias décadas de no haber vivido la experiencia profunda de una comunidad jesuita como la he tenido en estos pocos días que conviví con este hombre de arrugas y canas octagenarias y con andar, mirar, bromear, soñar y compromiso de una persona de treinta o cuarenta años. Paco vive solo desde hace muchos años, y expresa un cariño a la Compañía de Jesús como si viviera en una comunidad con todos los jesuitas del mundo. Eso sí, con una clara opción por la inserción y por el compromiso social con las poblaciones oprimidas y excluidas de la tierra.

Paco Xammar vive solo en La Floresta. Y en los días que compartí con él nunca escuché una palabra resentida, no sentí una expresión de amargura en sus reflexiones ni un reclamo egoísta a la Compañía de Jesús. Eso sí, una cosa es un reclamo resentido, y otra muy distinta es su firme crítica a una institucionalidad que se sostiene con frecuencia por costumbre o por tradición, y con alguna regularidad impide la apertura y compromiso a la auténtica misión en la periferia de la sociedad. Lamenta que los jóvenes jesuitas no se caractericen primordialmente por su compromiso con la misión de la Compañía desde la periferia. Y cuestiona de frente a la autoridad en la Compañía por arropar a los pocos jóvenes dentro de la institucionalidad, con el argumento de que son pocos y hay que cuidarlos. Y los condena a ser pobres jesuitas cargadores de piedras y tradiciones obsoletas, atrapados en un mundo que se cierra al mundo real por donde sopla el espíritu y en donde se hace sentir el paso de Dios por nuestra historia.

Acompañé a Paco Xammar a una visita a una comunidad jesuita clásica en el centro de Barcelona. Yo iba atento para ver su comportamiento. No despegué mi vista de su rostro ni distraje mi oído para saber escucharlo. Nada distinto, era el mismo Paco Xammar de La Floresta, alegre, platicador, interesado en la vida y trabajo de los demás, interesado en escuchar más que en contar sus aventuras y hazañas. Un jesuita más entre todos los jesuitas. Escuché luego a algunos de ellos, y pude descubrir el cariño y respeto que tienen a este jesuita que viviendo en la periferia de la sociedad no hace alarde de su compromiso. No hace sentir que es más, ni hace sentir que es menos que los otros jesuitas. Su vida es la de una persona común y corriente, con una vocación de jesuita que a sus 83 años conduce el mismo vetusto vehículo de los años ochenta y asume la austeridad del común de los mortales que tiene que sudar la gota gorda para ganarse su comida y pagar sus cuentas mensuales.

Hacía muchos años que no sentía esa alegre sensación de vivir mi vocación de jesuita con otro jesuita, en el caso de Paco, situado en la estricta periferia de este mundo, aun viviendo en el mal llamado primer mundo. Tan audaz para cuestionar al gobierno central de Madrid y lanzar al viento su propuesta por la independencia catalana como para preparar con diligencia una formidable comida para compartirla con sus compañeros en la angostura, casi extrema de su cocina.

Así lo hizo a mi regreso de Zaragoza. “Te prepararé comida especial”, me dijo con su mirada de niño travieso. Nos sentamos a la mesa, destapó la mejor botella de vino que vendría guardando de tiempos inmemoriables, sirvió la ensalada y el pan, y cuando correspondía lo fuerte de la comida, muy a lo lejos sentí el sabor a salmón en el plato fuerte que se había convertido en carbón por el olvido de Paco de haber apagado el horno en el momento oportuno.

Me ha entristecido la riqueza que pierde la Compañía de Jesús de no entregar jóvenes vocaciones para que sean acompañados por este jesuita de carta cabal y de andar siempre ligero. “Paco –le pregunté, como sin importarme, viendo para otro lado--, ¿si ocurriera un milagro y de pronto te convirtieras en un jovencito en el siglo veintiuno, qué decisión tomarías en tu vida?”. Paco elevó una sonrisa, y simulando el mismo descuido que yo simulé, miró para otro lado, y como queriendo decir cualquier tontería, me dijo: “Haría lo mismo. Volvería a entrar a la Compañía y me iría a abrir camino entre los refugiados y migrantes africanos y centroamericanos”.

Su espontánea respuesta me obligó a callar y a verme a mí mismo. Entonces pensé y me pregunté, y si yo tuviera ese mismo milagro, qué haría. No se lo dije, seguro que a Paco no le gustaría. Pero si volviera por un golpe de milagro a ser un joven, no sé, me gustaría encontrarme con un jesuita de 83 años, radical en su misión, austero en su manera de vivir, en plena apertura con el mundo no eclesiástico, especialmente el no creyente, que vive en su casa en un barrio popular en la periferia de una ciudad cualquiera del mundo, con su amplia y sana sonrisa, crítico inclaudicable del sistema productor de desigualdades y violencia, amoroso y crítico de la institucionalidad de la Compañía, solidario con gente de carne y hueso, comprometido hasta el tuétano con la transformación de la sociedad, con la fe puesta en el amor de Dios desde su preferencia en los pobres.

Cuánto desearía ser joven, incluso con todos los despistes, para ingresar en la Compañía de Jesús y querer ser hoy en esta azarosa década del siglo veintiuno como el jesuita catalán Paco Xammar.

Fuente

Fotografía principal: Flickr Juan Antonio Segal. Licencia Creative Commons

Ismael Moreno, SJ. Sacerdote jesuita director del ERIC y Radio Progreso, obras de la Compañía de Jesús en Honduras

Vuelta de campana de la derecha


Rebelión

Por Eduardo Montes de Oca

En una suerte de vuelta de campana, la flamante ola derechista en América Latina –ver los gobiernos de Mauricio Macri, en Argentina, y de Michel Temer, en Brasil– no ha demorado en aplicar el duro ajuste fiscal conocido de antaño en la zona, con las consabidas consecuencias económicas y sociales.

Desde Página 12, el sociólogo Emir Sader apunta que, para su propósito, los reaccionarios tuvieron que recomponer el viejo diagnóstico según el cual los problemas son el “fruto” de gastos excesivos del Estado. Algo evidentemente desmentido por la praxis, porque en esas mismas naciones, no lo olvidemos, los gabinetes progresistas respondieron a los torvos efectos de la crisis internacional iniciada en 2008 con orientaciones diametralmente opuestas a las vigentes: aplicaron medidas anticíclicas.

“Con ello pudieron sacar rápidamente a las economías de la recesión, volver a crecer, superar el desempleo y retomar la dinámica de expansión económica con distribución de renta, que permitió el momento más virtuoso de la historia de esos y de otros países del continente en este siglo”.

El pensamiento sofístico intenta inculcar la idea de que la extrema situación actual resulta generada por el modelo que en verdad mejor funcionó, amplía el intelectual, para acotar: “Dicen que se habría gastado demasiado. Que los gastos en políticas sociales serían la causa del desequilibrio de las cuentas públicas. No las altísimas tasas de interés, no el pago de las deudas interna y externa, no la evasión de impuestos, no los paraísos fiscales, no los subsidios a los grandes empresarios, no la especulación financiera.

“En realidad, la derecha vuelve para destruir lo que fue construido a lo largo de este siglo en los países donde logra, por una u otra vía, volver al gobierno. Su agenda es estrictamente negativa: privatización de propiedades públicas, menos recursos para políticas sociales, menos derechos para los trabajadores, más recesión, más desempleo. Más Estados Unidos en el continente y menos integración regional”.

Para eso se han echado a un lado –¿hasta cuándo y hasta dónde?– las armas desembozadas, simplemente porque desde hace tiempo, como recuerda Aurelio Alonso en su libro El laberinto tras la caída del muro (La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006), “la aplicación del modelo neoliberal encontró más funcionalidad en la dinámica electoral del sistema democrático representativo que en las dictaduras militares. Este es un dato necesario para no caer en la trampa de creer que la democratización vivida es un producto generoso y natural de la lógica del capital. Para la máquina de poder del capital se hace más factible enfrentar la crisis de gobernabilidad mediante el entendido de que la vía electoral proveerá soluciones. La alternancia no solo reporta virtudes; también contribuye a reducir el papel del Estado en las economías nacionales. Esta funcionalidad explicaría por sí sola que la dependencia neoliberal, particularmente en América Latina, optara por la adopción de formas democráticas”.

¿Por qué, al fin y al cabo, buen segmento de la ciudadanía se inclinó por lo de antaño en estos casos?

Puede que encontremos una pauta en el propio Alonso, para quien una (otra) paradoja consiste en que las dinámicas del Sistema hacen coincidir a menudo el incremento de la presencia de la izquierda en esferas de decisión con momentos muy regresivos en lo que se refiere a la distribución de los ingresos (lo que no sucedió mientras el precio de las materias primas, principal renglón exportador del área, se mantuvo en la comba celeste) y en el empobrecimiento (relativo) de la población.

Pero ubicándonos vigorosamente en el presente, el analista Andrés Mora Ramírez trae a colación, en ALAI, que la Comisión Económica para América Latina (Cepal) acaba de publicar un valioso informe en el que ahonda en el análisis de algunas dimensiones o “ejes estructurantes de la profunda y persistente desigualdad social que caracteriza a nuestra región, a saber: la condición socioeconómica (la clase social); las desigualdades étnicas y raciales y su relación con las desigualdades de género; las desigualdades a lo largo del ciclo de vida, y las desigualdades territoriales”.

Conforme a Mora, la divulgación del documento arriba en un momento oportuno, ya que, “en un contexto regional signado por el avance de la restauración conservadora y neoliberal”, las acciones políticas y económicas de las fuerzas de derecha otra vez en el poder –“unos por la vía de las elecciones y otros por el golpismo de nuevo patrón– amenazan seriamente la sostenibilidad de los avances en materia de desarrollo social y humano alcanzados durante los últimos 15 años, especialmente por los gobiernos progresistas y nacional-populares”.

La Cepal reconoce que la reducción del desnivel alcanzado en períodos recientes tuvo un fuerte componente de voluntad y decisión estratégica, en un contexto económico favorable a la América Latina, toda vez que “los gobiernos de los países de la región dieron una alta prioridad a los objetivos de desarrollo social y promovieron políticas activas de carácter redistributivo e incluyente”.

En efecto, entre los años 2000 y 2014 la penuria disminuyó sustancialmente, al pasar de 43,9 por ciento a 28,2; en tanto que la indigencia se comprimió de 19,3 a 11,8, en virtud del “aumento de los ingresos de los hogares a causa de la mejora del mercado de trabajo (disminución de la tasa de desocupación, aumento de los ingresos laborales e incremento de la formalización y de la participación laboral de las mujeres) y por la expansión del gasto público social y de las políticas de lucha contra la pobreza, entre ellas, las transferencias monetarias”.

Sin embargo, esto todavía no es suficiente, y se requieren cambios de más raigales repercusiones en nuestras sociedades. “Como muestra la experiencia histórica y reciente de América Latina y el Caribe –dice el estudio–, si bien el crecimiento económico es un factor fundamental para la reducción de la pobreza, la desigualdad puede limitar significativamente ese proceso. Sin un cambio en la distribución del ingreso, incluso los altos niveles de crecimiento son insuficientes para reducir la pobreza en forma sostenible”.

Cual proyectil lanzado al centro mismo de la situación en algunos Estados, precisamente los de la “vuelta de campana”, la Cepal formula ocho recomendaciones -a manera de desafíos- para las administraciones: 1) articular la política económica, la ambiental y la social; 2) “desarrollar políticas públicas con enfoque de derechos y ciudadanía social, esto es, que todas las personas, por el solo hecho de ser parte de la sociedad, tienen pleno derecho a acceder al bienestar social”; 3) construir políticas de desarrollo bajo el principio de universalidad sensible a las diferencias, “para romper las barreras de acceso a los servicios sociales y al bienestar que enfrentan las personas que se encuentran en condiciones de pobreza o vulnerabilidad, las mujeres, los afrodescendientes, los pueblos indígenas, las personas que residen en áreas rezagadas, las personas con discapacidad y los migrantes, así como los niños, los jóvenes y los ancianos”; asimismo, 4) “el fortalecimiento de la institucionalidad social, con miras a reforzar la sostenibilidad de las políticas sociales como políticas de Estado y no solo de gobierno”; 5) la promoción de la cohesión territorial por medio de políticas sociales; 6) la mejora en las bases de datos y los indicadores estadísticos para la toma de decisiones; 7) la protección del gasto social y el resguardo de los ingresos tributarios frente a “una élite activa y con poder de veto” que se opone sistemáticamente al pago de impuesto; y por último, y 8) la necesidad de “transitar de la cultura del privilegio a una cultura de la igualdad”.

Loable empeño el de la mencionada entidad. Ahora, deviene archiconocido que las buenas intenciones quedan precisamente en amagos si no cuentan con el soporte material, con el sujeto que las pondrá en práctica, en este caso las masas, verdad de perogrullo que no vadeamos, para abocarnos a una interrogante que se formula en voz alta el antes mencionado Sader:

“¿Cómo deben reaccionar las fuerzas populares frente a esa ofensiva conservadora?”.

Y seguimos comulgando con él cuando se responde que, antes que todo, buscando el más amplio proceso de toma de conciencia, movilización y organización de las víctimas de las políticas de los “nuevos-viejos” gobiernos.

Sin eso no será posible revertir la coyuntura. En segundo lugar, apostilla, ir tras la más amplia unidad de las fuerzas opositoras, tomando como línea divisoria entre los dos campos precisamente al modelo neoliberal. Igualmente, realizar “un balance del pasado reciente, pero valorando todo lo conquistado como paso previo a la crítica de los errores”. Y “reconquistar la hegemonía de los valores que han llevado a los gobiernos progresistas a ser elegidos por la mayoría. Reelaborar los temas de la justicia social, de la democracia política, de la soberanía nacional, entre tantos otros, en los términos actuales, después de los avances de la derecha”.

Dentro del imprescindible plano de lucha ideológica, que acompaña a la política, conforme a nuestra fuente, habría que reimponer como objetivos fundamentales el desarrollo económico con distribución de renta, después de desarticular las falsedades con las que la derecha retorna a algunos países de América Latina.

Esto, si no queremos “marearnos” hasta sucumbir con tanta vuelta de campana.


¿Vendrán los portaaviones yanquis a reposicionar a la derecha en AL?


Rebelión

Por Lilliam Oviedo

Es momento de definición: mientras la derecha latinoamericana solicita sin recato el aumento de la presencia militar y el afianzamiento del control político imperialista, los cancilleres de los países del ALBA-TCP se dan cita en La Habana (lunes 10 de abril) para apoyar al avance político en Venezuela y rechazar la amenaza y la agresión del poder hegemónico.
La tarea de ratificar la declaración final de la XIV Cumbre (Caracas, marzo 2017) y el objetivo de condenar la agresión imperialista son motivos suficientes para apoyar el XV Consejo Político de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América - Tratado de Libre Comercio de los Pueblos, ALBA-TCP.

La derecha latinoamericana, tutelada por el poder estadounidense, se plantea objetivos contrarios a los que mueven al ALBA-TCP, y, en el cuadragésimo séptimo período de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos programado para los días 19, 20 y 21 de junio, ratificará su apoyo a las políticas neoliberales y al intervencionismo.

El canciller de México, Luis Videgaray planteó el tema central: “Fortaleciendo el Diálogo y la Concertación para la Prosperidad”.

Claro, la meta de Videgaray, igual que la de los cancilleres de Brasil, Paraguay y Argentina y, por supuesto, la de Luis Almagro, es lograr que a la misma no asista Delcy Rodríguez u otro canciller chavista sino algún personero de la derecha dispuesto a decir “Yes, Sir”.

Se apoyan en la manipulación mediática para asumir estas posiciones sin tener que decir en qué momento la derecha venezolana se hizo amiga de las mayorías.

Cifras oficiales de 1991 señalan que, en ese momento, en Venezuela el 43.7 por ciento de la población vivía en situación de pobreza y un 40 por ciento estaba cerca de ello. Eso explica en parte los estallidos de febrero de 1989 y la acción militar contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992 (Hugo Chávez se cubrió de gloria). Los disturbios se produjeron tras el anuncio de nuevos ajustes neoliberales dispuestos por Carlos Andrés Pérez a tres semanas de tomar posesión para un nuevo período de gobierno.

Es esa derecha de metralla y ajustes la que hoy atiende a su ambición de poder y no a los intereses del pueblo venezolano al implantar una guerra económica contra el gobierno constitucional.

Lo que es preciso criticar al gobierno de Venezuela y particularmente a Nicolás Maduro y a sus colaboradores cercanos, es la vacilación para arrebatar a esa derecha saqueadora y sembradora de miseria el control económico que aún conserva y, peor aún, la negativa a colocarse a la vanguardia disponiéndose a dirigir al pueblo en la realización de esa ineludible tarea.

Si la derecha mantiene tan importante cuota de poder, la seguirá usando contra el pueblo, y, por supuesto, contra el gobierno que tiene la marca de Hugo Chávez.

Gentilicios aparte, se trata de la derecha

Son venezolanos el gobernador opositor Henrique Capriles y el legislador Julio Borges, presidente de la Asamblea, pero se reunieron con Luis Almagro dando apariencia de legitimidad a su quehacer injerencista.

Julio Borges se reunió con el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, B ob Corker (republicano por Tennessee) y el senador senador Ben Cardin (demócrata, por Maryland, y reconocido como conservador).

En un momento en que el gobierno encabezado por Donald Trump realiza bombardeos en Siria y amenaza con hacer lo mismo en Corea del Norte, ellos buscan el apoyo del poder estadounidense y el aumento de las sanciones contra Venezuela.

No vacilan al hacerle daño al pueblo de Venezuela y menos en comprometer la soberanía de su país. ¡Vaya demócratas los que recibieron el espaldarazo de Obama y hoy son homenajeados por los legisladores más cercanos a Donald Trump! ¿Desde cuándo son sinónimos democracia y entreguismo?

Dominicanos…

Dado que, ciertamente, no se trata de gentilicios, cabe destacar que, aunque el 28 de marzo el Gobierno dominicano votó en la OEA contra el proyecto de imponer una agenda política en Venezuela, asumió una posición tibia el 3 de abril al permitir (se limitó a abstenerse) que se aprobara por consenso una resolución en la cual se afirma que el Gobierno de Venezuela actúa de manera ilegal.

Previo a la sesión del 28 de marzo, el ultraderechista senador Marco Rubio (yanqui de origen cubano pronunció frases amenazantes advirtiendo a los gobiernos de Haití, República Dominicana y El Salvador que un voto a favor de Venezuela podía restarles apoyo estadounidense para algunos proyectos.

En República Dominicana y Haití no hay gobiernos de izquierda (ni siquiera de izquierda moderada como en El Salvador), pero la relación con Venezuela a través de Petrocaribe es de vital importancia. Ante el proteccionismo preconizado por Trump y su entorno, esta relación cobra importancia.

De lo que se trata, pues, es de aniquilar la influencia de Venezuela y anular su papel en la búsqueda de la integración en América Latina.

Exigirles a Danilo Medina y a su canciller, el acaudalado empresario Miguel Vargas, que no acepten el chantaje para presentarse de rodillas en la Asamblea General en junio próximo, es necesario, sobre todo en un momento en que Estados Unidos exhibe el uso de la fuerza.

No hay que olvidar que en el año 2000 la gestión (también del Partido de la Liberación Dominicana) de Leonel Fernández, comprometió a República Dominicana al enviar policías a Kosovo en supuesta misión de paz y reconstrucción tras los bombardeos en Yugoslavia.

Igualmente, hay que destacar que ha sido infame la postura del senador Adriano Espaillat en torno a Venezuela.

Adriano Espaillat, primer dominicano electo en el Congreso estadounidense (tomó posesión en enero 2017 como diputado por el Distrito Congresual 13, de Nueva York), se ha sumado a la campaña contra Venezuela.

En febrero pasado, junto a Ted Cruz, Robert Menéndez, Marco Rubio e Ileana Ros-Lehtinen, escribió una carta a Donald Trump exigiéndole tomar acciones contra el gobierno de Venezuela.

En diciembre, había firmado un documento junto a Marco Rubio, Bob Menéndez, Ileana Ros-Lehtinen y otros legisladores rechazando la abstención de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de Estados Unidos cuando fue aprobada la resolución 2334 que condenó los asentamientos israelíes en territorios palestinos. Entendían que debió vetarla.

Analistas dominicanos (Luis M. Rodríguez, por ejemplo, califica como desafortunado su desempeño en política exterior) han condenado estas acciones.

¿Acaso colocándose junto a los sectores más retrógrados y a la derecha de gobiernos que no son de izquierda, Espaillat pretende convertirse en protegido del poder estadounidense? ¡Retorcimiento de la peor especie!

Ultraderecha y derecha con el uso de la fuerza

A la vista de todos, está la acción de la derecha en Ecuador, dispuesta a desconocer los resultados electorales e invocando a sus tutores en Estados Unidos para colocar en la presidencia al banquero Guillermo Lasso, quien fue derrotado por la promesa de continuidad y ampliación de las conquistas sociales que encarna Lenin Moreno.

Usar el poder mediático para manipular la opinión pública, la estafa política para engañar a los pueblos y la fuerza de las armas para obligarlos a renunciar a sus más preciadas conquistas (en Argentina y en Brasil, por ejemplo) es parte del quehacer definitorio de la derecha continental.

Si tiene que recurrir a las más descaradas formas de intervención imperialista y a las más sucias negociaciones a espaldas de los pueblos, no vacila en hacerlo.

Por eso, en la actual coyuntura cobran particular importancia mecanismos como el ALBA- TCP y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, CELAC.

Es momento de definición, y esto obliga a fortalecer los mecanismos de integración y de solidaridad y a buscar formas innovadoras de llegar a la subjetividad de los pueblos para activar sus fuerzas… Al ataque imperialista hay que oponer conciencia, organización y firmeza… Por Venezuela, por América, por las víctimas del poder hegemónico en cualquier zona del mundo…

Desmovilizar a Estados Unidos



Por Tom Engelhardt **

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Una nación hecha por la guerra y una ciudadanía deshecha por ella

Últimamente, en días sucesivos, vi dos exposiciones en museos que mostraban algo del perdido mundo estadounidense y parecían inquietantemente relevantes en la Era Trump. La primera, ‘Hippie Modernism’ (Modernismo hippie), una exploración en la contracultura de los sesenta y setenta del pasado siglo (con pósters densos y psicodélicos), era bastante poco adecuada para el Museo de Arte de Berkeley. Me sorprendió que la exposición incluyera algunos artilugios provenientes de un movimiento crucial –para mi visión no demasiado contracultural– de aquellos años: las enormes manifestaciones contra la guerra que tomaron la calle a mediados de los sesenta, sacudieron al país y nunca acabaron de marcharse hasta que, en 1973, las últimas unidades de combate de Estados Unidos fueron finalmente retiradas de Vietnam. En la muestra había un póster con la bandera de Estados Unidos invertida; sus barras estaban representadas por unos fusiles rojos y sus estrellas eran aviones de combate de color azul; había otro en el que se veía un soldado estadounidense con el fusil colgando del hombro de manera poco formal. La leyenda en el póster aún tiene relevancia en una época en que nuestras eternas guerras continúan regresando a la patria: “La violencia en el extranjero engendra la violencia en casa”. Amen, hermano.

Al día siguiente, fui a un pequeño museo y centro de informaciones en memoria de ‘Rosita, la remachadora’, en un parque nacional en Richmond (California), sobre la bahía de San Francisco. En ese lugar, durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores de la enorme planta Ford montaban tanques, mientras el cercano astillero del complejo Henry Kaiser botaba en promedio un barco –de la clase Liberty o Victory– cada día. Casi tres cuartos de siglo después, esto sigue siendo algo alucinante. En la vista al centro de información me enteré de que en aquellos años, en las gradas de esos astilleros se batió el récord de construir un barco de carga, de la proa a la popa, en apenas menos de cinco días.

¿Qué fue lo que hizo posible que se estableciera ese récord y esa productividad en un Estados Unidos en guerra? Todo eso sucedió, principalmente porque de pronto se le abrieron de par en par las puertas a la población activa de Estados Unidos, no solo a Rosita, la famosa remachadora, y a tantas otras mujeres que hasta entonces sus oportunidades habían estado limitadas en gran parte a las tareas de mujeres, como marcaban los estereotipos, sino también a los afroamericanos, los estadounidenses de ascendencia china, los más mayores, los minusválidos; prácticamente a todos (excepto a los estadounidenses de origen japonés, que fueron internados en campos de concentración) que anteriormente habían estado excluidos o menospreciados, un sector social de un país con el que ya no volvería a codearse durante décadas.

Del mismo modo, el vasto movimiento contra la guerra de los sesenta y setenta del siglo pasado contenía una inesperada muestra representativa de Estados Unidos, en la que aparecían los estudiantes de clase media y los veteranos de la clase trabajadora llegados directamente de los campos de batalla del Sudeste de Asia. Tanto la fuerza de trabajo de los años de la Segunda Guerra Mundial como los movimientos de protesta de sus hijos eran –cada cual con su estilo– maravillas ciudadanas de ese momento estadounidense. Eran materiales extraños en un país en el que todavía se creía que su gente estaba llamada a desempeñar un papel decisivo y en el que el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo todavía no sonaba como una carcajada trasnochada. Después de haber visto en las exposiciones vislumbres de dos impulsos de compromiso cívico, de repente me di cuenta de que mi familia (como tantas otras familias estadounidenses) había sido profundamente afectada por cada uno de esos momentos movilizadores; uno en apoyo de una guerra y el otro para oponerse a ella.

Inmediatamente después del ataque japonés a Pearl Harbour, mi padre se alistó en el ejército del aire de Estados Unidos. Sería oficial de operaciones en la primera unidad de comandos aéreos en Birmania. Mi madre se unió a la movilización interior convirtiéndose en la presidenta de la Comisión de Artistas del Departamento de Teatro de EEUU, que entre otras cosas, planificaba espectáculos para los hombres y las mujeres en armas. En todos los aspectos, la de mis padres fue una guerra de movilización de los ciudadanos, desde aquellos que martilleaban remaches, como hacía Rosita, hasta las “huertas para la Victoria” en el patio trasero de la casa (llego a haber más de 20 millones de estas huertas) que surgieron en todo EEUU y tuvieron un papel importante en la alimentación de la población en un momento de conflicto mundial. Y después estuvieron las emisiones de bonos de guerra para una de las cuales mi madre –descrita en un anuncio como la “muy conocida caricaturista de las estrellas del teatro y el cine”– aceptó dibujar “una caricatura de quien comprara un bono de 500 o más dólares”.

La Segunda Guerra Mundial fue claramente una guerra de los ciudadanos. Yo nací en 1944, justo cuando se estaba alcanzando el punto culminante del enfrentamiento. Dos décadas más tarde, mi versión de semejante movilización me tomó por sorpresa. En mi juventud, yo soñé con servir a mi país como funcionario de departamento de Estado y representarlo en el extranjero. En un país que todavía tenía un ejército de ciudadanos y un servicio militar obligatorio, nunca se me pasó por la mente que en algún momento yo podía cumplir mi deber formando parte de las fuerzas armadas. En esos años, no preví que mi “deber” pudiera llegar a ser implicarme en una movilización contra la guerra. Pero que un ciudadano estadounidense debiera preocuparse de las guerras combatidas por su país y por qué lo hace estaba en nuestro inconsciente. Esto quería decir que esas guerras eran nuestra responsabilidad.

Si mi país peleaba alguna guerra infernal en una tierra lejana, matando a miles y miles de campesinos, parecía completamente normal –de hecho, un deber– reaccionar ante ello como lo hicieron tantos estadounidenses en las fuerzas armadas –incluso llevando símbolos de la paz en plana batalla o creando publicaciones antibélicas en su propia base militar, y sobre todo uniéndose a la oposición cuando todavía estaban en ese ejército de ciudadanos. El horror de aquella guerra también me movilizó a mí, que no formaba parte de las fuerzas armadas. Aun así, todavía recuerdo que cuando marchaba en Washington junto con otros cientos de miles de manifestantes, nunca se me ocurrió –ni siquiera cuando Richard Nixon estaba en la Casa Blanca– que un presidente de Estados Unidos no escuchara la voz de la ciudadanía movilizada.

Hay algo más. Cada uno de esos momentos movilizadores, con sus peculiaridades, demostraron ser un inconfundible relato de un triunfo estadounidense: La victoria en la Segunda Guerra Mundial, que había dejado literalmente en ruinas a las tres formas de fascismo –la alemana, la italiana y la japonesa– al mismo tiempo que había convertido a Estados Unidos en una superpotencia mundial; y la derrota de Vietnam, que puso en cuestión la capacidad destructiva de esa superpotencia, gracias en parte a la acción combinada de los ciudadanos del ejército en rebeldía y de un ejército de ciudadanos.

Los objetos de teflón* de nuestro mundo estadounidense

En todos los sentidos, desde entonces, la victoria ha desaparecido –perdida en acción–; esto, durante décadas (con apenas un breve momento de respiro) implica la idea misma de que los estadounidenses tienen algún tipo de deber cuando se trata de las guerras en las que su país elige presentar batalla. En nuestra época, la guerra, al igual que el presupuesto del Pentágono y el poder cada día mayor del estado de la seguridad nacional, ha sido vacunada contra el virus de la participación ciudadana, por lo tanto contra cualquier forma significativa de crítica o resistencia. Es un proceso que vale la pena considerar ya que nos recuerda que en Estados Unidos estamos verdaderamente en una nueva era, ya sea la de los plutócratas, administrada por los plutócratas y para los plutócratas o la de los generales, administrada por los generales y para los generales –aunque, claramente, no la del pueblo, administrada por el pueblo y para el pueblo–.

Después de todo, durante más de 15 años, las fuerzas armadas de Estados Unidos han estado combatiendo guerras fracasadas o a punto de estarlo –enfrentamientos que solo parecen propagar el fenómeno (el terrorismo) que supuestamente deben erradicar– en Afganistán, en Iraq, más recientemente en Siria, intermitentemente en Yemen y otros sitios en todo el Gran Oriente Medio y regiones de África. En las últimas semanas, la población civil de esas tierras distantes ha visto cómo mueren cada vez más personas (sin que eso mereciera –como sucede periódicamente desde hace unos años– demasiada atención aquí, en casa). Mientras tanto, los generales de Trump han estado intensificando calladamente esas guerras. Cientos, posiblemente miles, de soldados estadounidenses adicionales y unidades de operaciones especiales están siendo enviados a Siria, Iraq y la vecina Kuwait (sobre estos movimientos de tropas, el Pentágono ya no proporciona cifras, ni siquiera aproximadas); los ataques aéreos estadounidenses se han incrementado en toda la región; el comando de EEUU en Afganistán pide refuerzos; los ataques de EEUU con drones han establecido un nuevo récord de intensidad en Yemen; Somalia puede ser el próximo objetivo de misiones e intensificación; y todo parece indicar que Irán ya está en la mira de Washington. En este contexto, vale la pena señalar que aun con la significativa presencia en la calle de grupos de manifestantes contrarios a Trump, ninguno de ellos encara la cuestión de las guerras de Estados Unidos.

Gran parte de lo que está sucediendo era razonablemente previsible desde que Donald Trump –un hombre al que le preocupan poco los detalles de los temas que plantea, desde el cuidado de la salud a las campañas de bombardeo– nombrara a generales que ya se habían implicado profundamente en las desastrosas guerras de Estados Unidos, ya fuera en su planificación y su supervisión como en la formulación de la política exterior en general (a estas alturas, el departamento de Estado de Rex Tillerson ha sido relegado a algo cercano a la insignificancia). En respuesta, muchos en los medios y otros sitios empiezan a tratar a esos generales como si fuesen los únicos ‘adultos’ en el espacio Trump. De ser así, decididamente se engañan. ¿Por qué, entonces, estarían intensificando sus guerras de un modo tan conocido para quienes hayan estado prestando atención durante los últimos 15 años, esto es, recurriendo una vez más a lo que no ha funcionado en todos esos años? ¿Quién no siente cierto escalofrío cuando la palabra “oleada” comienza a asociarse otra vez con la posibilidad de mandar a Afganistán a algunos miles más de soldados estadounidenses? Después de todo, con 15 años de penosas lecciones, ya sabemos cómo acaba esta historia. La pregunta es: ¿por qué no lo saben los generales?

Y aquí surge otra pregunta que debería uno hacerse (y no la hace) en el siglo XXI de Estados Unidos. ¿Por qué un esfuerzo bélico que ya ha costado billones de dólares al contribuyente de este país no supone la menor movilización del pueblo de EEUU? ¿Nada de impuesto de guerra, bonos de guerra, apoyo a la guerra, huertas para la victoria, algún tipo de sacrificio o, en esta cuestión, una crítica seria, manifestaciones o resistencia? Tal como de verdad ha sido desde Vietnam, tanto la guerra como la seguridad nacional de Estados Unidos son cuestiones que deben dejarse a los profesionales, aunque hayan demostrado un evidente amateurismo.

Y aún hay otra pregunta: con un movimiento de oposición preparándose para los temas nacionales, ¿continuarán nuestras guerras, las fuerzas armadas y el sistema de la seguridad nacional siendo los objetos de teflón de nuestro mundo estadounidense? ¿Por qué, con la única excepción del presidente Trump (y en su caso, solo cuando se mencionan las agencias de seguridad que han tratado con él), nadie –salvo pequeños grupos de veteranos contra la guerra y un número minúsculo de activistas tan resueltos como los anteriores– cuestiona el estado de seguridad nacional, aunque sus actividades puedan crear un vasto abanico de estados fallidos y un infierno de movimientos terroristas y poblaciones sin contención?

La era de la desmovilización

En el caso de las guerras estadounidenses, hay una historia que explica cómo acabamos en esta situación. No existen dudas de que comenzó en los últimos años de la guerra de Vietnam, cuando el alto comando de EEUU –resistido por unas fuerzas armadas en estado de virtual sublevación– decidió que debía acabarse con el servicio militar obligatorio. Lo que se necesitaba, creyeron los altos jefes, era un ejército de “voluntarios” (que, para ellos, significaba unas fuerzas armadas en las que no hubiera cuestionamiento alguno).

En 1973, el presidente Nixon accedió y puso fin al servicio militar obligatorio, el primer paso hacia la recuperación del control de un ejército de ciudadanos rebeldes y una población díscola. En las décadas siguientes, las fuerzas armadas serían transformadas en algo cercano a una legión extranjera de Estados Unidos –aunque muy pocas personas usarían estas palabras–. Además, en los años que siguieron al 11-S, ese ejército de voluntarios empezó a albergar en su seno a una segunda fuerza armada, mucho más secreta, de 70.000 militares: el Comando de Operaciones Especiales. Miembros de este cuerpo de elite –al que podría considerarse el ejército privado del presidente– son habitualmente enviados a destinos en cualquier lugar del mundo para adiestrar legiones extranjeras y cometer acciones que, en el mejor de los casos, son a medias conocidas por el pueblo estadounidense.

En esos años, buena parte de los estadounidenses ha sido convencida de que el secretismo es un aspecto fundamental de la seguridad nacional; que lo que sepamos acabará haciéndonos daño; y que la ignorancia del funcionamiento de nuestro propio Estado –sumido hoy en la penumbra del secretismo– nos protege del “terror”. En otras palabras: el conocimiento es peligroso y la ignorancia, seguridad. Sin embargo, tan orwalliano como puede sonar, esto se ha convertido en lo normal en el Estados Unidos del siglo XXI.

Que el gobierno deba tener el poder de vigilarnos en estos momentos es apenas un dato de la realidad; que nosotros debamos tener el poder de vigilar (o simplemente controlar) a nuestro propio gobierno es un lujo de otros tiempos. Esto ha demostrado ser una fórmula eficaz para arribar a la desmovilización que define a esta época, aunque encaje bastante mal con cualquier descripción normal del funcionamiento de una democracia o con la hoy excesivamente anticuada creencia de que una sociedad informada (en contraposición a una sociedad no informada, o incluso desinformada) es decisiva para el funcionamiento de tal gobierno.

Por otra parte, mientras los más altos funcionarios de la administración Bush lanzaban su Guerra Global Contra el Terror después del 11-S, seguían obsesionados por los recuerdos de la movilización por Vietnam. Ansiaban unas guerras en las que no hubiera periodistas curiosos, ni horribles recuentos de bajas, ni bolsas con cadáveres volviendo a casa que provocarían manifestaciones ciudadanas. En su mente, para el público estadounidense solo habría dos papeles disponibles. El primero respondía a la memorable exhortación del presidente George W. Bush: “Ir a Disney World, en Florida, con vuestra familia y disfrutar de la vida del modo que nosotros queremos que se disfrute” –en otras palabras, ir a comprar al centro comercial–. El segundo, era agradecer eternamente y elogiar a los “guerreros” estadounidenses por sus hazañas y sacrificio. Para mejor o para peor (invariablemente, acabaría siendo para peor), sus guerras debían ser sin pueblo y libradas en tierras remotas, de modo que no alteraran la vida de Estados Unidos, otra fantasía de nuestra época.

La cobertura mediática de estas guerras debía ser cuidadosamente controlada: periodistas “incrustados” en las unidades militares; las bajas (estadounidenses) mantenidas en el menor número posible; y las propias acciones militares realizadas en secreto, “inteligentes” y cada vez más robóticas (de ahí, los drones) con la muerte centrada exclusivamente en el enemigo. En resumen, la guerra “a la americana” debía transformarse en algo inimaginablemente aséptico y distante (es decir, si uno vive a miles de kilómetros de ella y puede comprar a lo loco). Además, el recuerdo de los ataques del 11-S ayudó a hacer potable cualquier cosa que Estados Unidos hiciera a partir de entonces.

En esos años, la consecuencia en casa sería una época de desmovilización. La única excepción –tal vez sea la que algún día intrigue a los historiadores– serían los pocos meses anteriores a la invasión de Iraq por parte de la administración Bush, cuando cientos de miles de estadounidenses (millones, en el mundo) de repente salieron a la calle para manifestarse una y otra vez. Sin embargo, eso acabó con la invasión misma y frente a un gobierno resuelto a no escuchar.

Aún está por verse si acaso en el Estados Unidos de Trump, con esa sensación de pérdida de vigor de la desmovilización, la política guerrera estadounidense y la de privilegiar a las fuerzas armadas volvieran a convertirse en el blanco de la movilización popular. ¿O acaso Donald Trump y sus generales de teflón tendrán las manos libres para hacer lo que se les antoje en el extranjero, pase lo que pase en casa?

En muchos sentidos, desde su fundación Estados Unidos ha sido una nación hecha por las guerras. En este siglo, la pregunta es: ¿podrían su ciudadanía y su forma de gobierno ser deshechas por ellas?

Nota:

* Todos conocemos el teflón, ese recubrimiento plástico en sartenes y otros utensilios de cocina que evita que se peguen las comidas. Ronald Reagan, que supo ser presidente de Estados Unidos, fue llamado “el presidente de teflón” porque nada de lo que hizo le afectó nunca. (N. del T.)

** Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World


sábado, 27 de mayo de 2017

¿Dónde estás Roger?



Por Sandra Rodríguez y Cesario Padilla*

En las movilizaciones sociales, el nombre de Roger González grita desde las paredes.

"Tengo la lengua pegada al paladar
de tanto repetir
tu nombre al viento.
Mis manos envejecen tocando
portones insensibles
que me ofrecen silencios por respuesta…”.
Fragmento del poema ¿Dónde estás Roger?, escrito por su madre, Elvia Zelaya.

“Toda la noche del 19 de abril de 1988, me levantaba a cada rato a ver si había vuelto, él tenía su cuarto y había un vidrio que dejaba ver su cama,  pero la cama estaba tendida”.

Esa fecha quedó guardada para siempre en la memoria, reflejo del párrafo anterior, de doña Elvia Zelaya. Ella esperaba todas las noches a su hijo Roger Samuel Gonzales Zelaya, estudiante de secundaria, y ya no volvió.

Gonzales Zelaya era alumno del Instituto Técnico de Administración de Empresas (INTAE), por ende, militaba en la Federación de Estudiantes de segunda Enseñanza “Carlos Virgilio Zúniga” (FESE- CVZ). Tenía 24 años al momento de su desaparición, el 19 de abril de 1988.

El líder estudiantil fue detenido a inmediaciones de la tienda Larach & Cía, costado oeste del parque Central de Tegucigalpa, en horas del mediodía por dos hombres y una mujer.

Uno de estos testimonios, que respaldan el Informe preliminar sobre desapariciones forzadas en el país (1980-1993) “Los hechos hablan por sí mismos”, elaborado por el primer Comisionado Nacional de los Derechos Humanos (CONADEH), Leo Valladares Lanza, describe los hechos con los que se conoce la detención y posterior desaparición de Roger:

“Iba vestido de pantalón ‘jeans azul´, camisa kaqui… Llevaba un maletín de cuero y dos mochilas. La chumpa la llevaba amarrada al maletín. Delante de Roger, caminaba un individuo que es agente de la Dirección Nacional de Investigaciones (DNI) y a quien conozco porque nos ha perseguido a los dirigentes estudiantiles democráticos, se trata de un hombre fornido, de 30 años, pelo rizo y bigote ‘raleado’. Atrás de Roger iba otro hombre, también agente del DNI… Como el bus donde me conducía no hizo parada en la estación del Parque Central, no pude advertirle a Roger sobre el peligro que le acechaba. Soy de las personas que vio a Roger antes de su desaparecimiento… desde entonces, el muchacho no ha vuelto a su hogar, ni a su colegio, ni a su centro de trabajo”.

Doña Elvia recuerda los últimos días de su hijo en casa. “Él estaba mal del estómago, creo que era nervios, él sabía que lo andaban siguiendo, fíjese que una vez hasta lo iba a mandar a poner un suero, y ahí quedó ese suero”.

Allí comenzaron los recuerdos de su ausencia.

“Doña Elvia, se llevaron a Roger”


En los recuerdos de doña Elvia, está el nombre de Natalia. Quien al día siguiente de la desaparición de Roger llegó a la casa “… era la novia, decían. Llegó y me dijo se “llevaron a Roger”.

No entendía nada de eso, y le dije que ¿qué se hacía entonces? y me dijo, a eso vengo a llevarla para que vayamos la CODEH (Comité por la defensa de los Derechos Humanos, dirigido entonces por Ramón Custodio López, donde encontró el apoyo de la defensora de derechos humanos Bertha Oliva y el abogado Óscar Aníbal Puerto) y ya no lo volví a ver.

Sus captores negaron en un inicio tenerlo bajo su custodia, como consta en el informe “Los hechos hablan por sí mismos”, primer informe nacional y oficial sobre las desapariciones forzadas en Honduras desde 1980 a 1993.

De acuerdo a recortes de prensa, sobre la cobertura de los medios de comunicación a los diferentes casos de desaparición forzada, uno de ellos muestra un fragmento de las declaraciones ofrecidas por el portavoz de las Fuerzas Armadas de Honduras (FF. AA), Manuel Enrique Suárez Benavides, en las que aseguran la detención de Roger González.

“Conocemos sobre la detención de ese muchacho, reconocemos que sí fue detenido por la Fuerza de Seguridad Pública, pero hasta allí llega nuestro conocimiento”, expuso Suárez Benavides a un diario capitalino el 30 de abril de 1988, 11 días después de la desaparición del líder estudiantil.

Un afán de negar su paradero surgió dos días antes de la publicación en mención. El Mayor Manuel Antonio Urbina, portavoz de la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP), afirmó que Roger no fue detenido “el interés es detenerlo para llevarlo a los tribunales a fin de que se aplique la ley, porque se sabe que es responsable directo de los daños ocasionados en el consulado norteamericano –en Tegucigalpa-“.

Los primeros días de doña Elvia durante la desaparición de Roger

Sin saber con claridad que es lo que sucedía, la madre de Roger llegó a las oficinas del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (COFADEH), organización que surgió en 1982, debido a la desaparición forzada de líderes sociales, víctimas de la implementación de la Doctrina de Seguridad Nacional, hace tres décadas.

COFADEH era la trinchera de reuniones de un grupo de estudiantes, donde Roger era el líder, recordó Nohemy Pérez, una de las fundadoras del Comité. Ahí llegaba siempre con mucha alegría e ideas para organizar el movimiento estudiantil, nosotros no podíamos creer que él fuera víctima de desaparición.

Entre sus compañeros recuerda a Sergio Rivera, Andrés Martínez y “La China”, como le decían a una jovencita. Aquellas reuniones donde nos poníamos de acuerdo para ir hacer “pegas” y visitar colegios, ahora eran para abrazase, llorar y promover la búsqueda con la interrogante ¿Dónde está Roger?

El Cofadeh en su 34 aniversario de fundación, reconoció la labor histórica de Puerto, doña Elvia lo saluda.

Al recordar esos días, doña Elvia exclamó ¡Ay no, ni quiera Dios! le agradezco al licenciado Puerto (Óscar Aníbal Puerto), el me acompañaba a todos lados, en los batallones, metiendo Habeas Corpus, me cruzaba de la calle.

Puerto, el histórico defensor de derechos humanos, ha manifestado que el Estado de Honduras tiene una deuda pendiente con las familias de los detenidos desaparecidos, papel que ha asumido el COFADEH, dando protección y ayuda las víctimas.

“Ellos creen que ganaron desapareciendo a gente, perdieron, perdieron la credibilidad histórica, el amor de sus compatriotas, la piedad cristiana y la razón del ser humano”, declaró el abogado, quien describe a los detenidos- desaparecidos como “la fina flor de Honduras, no eran personas afectas al odio, sino que al contrario las desparecieron por amar demasiado al pueblo”.

Y en esa tristeza, continuó doña Elvia, me iba para el COFADEH, cuando estaba allá por Los Dolores, (barrio de Tegucigalpa), “por eso no me gusta hablar de esto, porque es volver a revivir, es muy duro no saber dónde quedaron los huesos de mi hijo”.

En el COFADEH la esperaba los abrazos de ánimo de otras madres, esposas, hermanas e hijos de detenidos desaparecidos, allí conoció a Albertina Rodríguez, Liduvina Hernández, Fidelina Borjas, Natalia Méndez, Cristina Montes, Rina de Morales, también las familias Velásquez, Nativí, Lanza, Pérez-Alemán y Godínez-Cruz, mencionó Nohemy, hermana del detenido desaparecido Samuel Pérez (1982).

Roger González, fue señalado por participar en la quema de la embajada de los Estados Unidos de América en Tegucigalpa, el 07 de abril de ese mismo año, durante una protesta social liderada por estudiantes, en la defensa de la soberanía y dignidad nacional, debido a la extradición de Juan Ramón Mata Ballesteros, vinculado de haber participado en la muerte del agente de la Administración para el Control de Drogas (DEA), por sus siglas en inglés, Enrique Camarena Salazar.

Propulsoras de huelgas de hambre

La madre de Róger Gonzalez, permaneció 23 días en huelga de hambre, con el acompañamiento de amigos y familiares. Foto: Archivo COFADEH

Para exigir el retorno de su hijo, doña Elvia apoyada de las madres de detenidos-desparecidos, se distinguían en la plaza central Gral. “Francisco Morazán” de Tegucigalpa, con sus pañuelos blancos, en lo que fue la primera huelga de hambre por exigencia del respeto de los derechos humanos.

En mayo de 1988, días después de la desaparición de Roger, amistades y familiares se unieron a la manifestación que duró 23 días en el Parque Central de Tegucigalpa; donde se rodeaba la imagen de Morazán, con música, proclamas, poesías y todo tipo de exigencia por verdad y justicia.

Ése fue el escenario, mismo que vio por última vez a Roger González Zelaya, ante la Catedral Metropolita, testigo mudo en una época de terror.

Siempre había personas en la huelga de hambre, se consideró si doña Elvia podía participar, estaba muy afectada física y emocionalmente -detalló Nohemy- pero ella fue la que abanderaba la lucha, finalmente se suspendió porque se enfermó.

Otra muestra de Movimiento Popular hacia la huelga de hambre que encabezó la madre de Róger Gonzalez. Foto: Archivo del profesor Sergio Rivera, compañero de lucha de Róger.

El ambiente de la huelga era una batalla de vida o muerte, hubo una gigantesca movilización del Comité Coordinador de Organizaciones Populares (CCOP) y de los estudiantes del secundaria, la  Escuela Superior del Profesorado (hoy Universidad Pedagógica) y Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), para acompañar el levantamiento de la huelga.
“Ese fue el día más triste”, habíamos perdido al “flaco” y pudo ser cualquiera de nosotros, expresó su compañero y amigo, Sergio Rivera.

A la madre de Roger, siempre se le ve en las actividades del COFADEH, en los 30 de Agosto (Día Nacional del Detenido Desaparecido), en los 30 de Noviembre (Aniversario del COFADEH), en los plantones del primer viernes de cada mes que le recuerdan al Estado que tiene una deuda pendiente con las víctimas de violaciones de lesa humanidad. Por su estado de salud asiste con menos frecuencia, pero sabe que allí está su familia, y encuentra el rostro de su hijo en pancartas, mantas, afiches y la historia que exige justicia.

Y es que era la mamá de un muchacho común y corriente que estudiaba y trabajaba, como lo compartió un día antes del 29 aniversario de su desaparición, cuando pasó por la oficina del Comité, donde inicia “La Ruta de la Memoria Histórica -ahora situado en el barrio La Plazuela-, ella iba para la Catedral, donde como es costumbre manda ofrecer una misa por su muchacho.

Hoy Roger tuviera 52 años, era el menor de seis hermanos, el consentido de la familia y tenía una buena relación con todos, no peleaba. La única vez que su madre lo miró ebrio, se enojó y lo regañó, recordó la señora.

“Un hijo es un privilegio para una madre, es lo mejor; sólo porque tenía sus ideas diferentes, me lo quitaron, se lo llevaron, no tuve ni siquiera el gusto de enterrarlo, porque cuando la madre entierra a su hijo, sabe que le va ir a poner una flor al cementerio, lo va ir a visitar ahí, pero ni eso”.

Ese privilegio de doña Elvia, le fue arrebatado hace 29 años. No volvieron a ver al cipote de la pañoleta rojinegra, al flaco, como lo conocían sus compañeros de juventud y lucha. Aquí surgió una pregunta, desde la sed de justicia de una madre ¿Dónde estás Roger?

  • Periodista y Defensor de la Educación Pública Universitaria en Honduras