sábado, 28 de marzo de 2015

Zelaya: "La Honduras posgolpe de Estado no la deseo en Venezuela"



En entrevista exclusiva para el programa Migrantes y Migración, transmitido por La Radio del Sur, el coordinador general del Partido Libertad y Refundación (LibRe), José Manuel Zelaya ofreció palabras acerca de los oscuros tiempos que ha vivido la nación centroamericana luego del golpe de Estado perpetrado en 2009.

“Honduras hoy está viviendo el post golpe de estado, no le deseo yo lo mismo a Venezuela, Honduras se ha convertido hoy en el país más endeudado, de mayor pobreza, y con los índices de mortalidad más altos del mundo” aseveró el expresidente de Honduras, José Manuel Zelaya.

En entrevista exclusiva para el programa Migrantes y Migración, transmitido por La Radio del Sur, el coordinador general del Partido Libertad y Refundación (LibRe), José Manuel Zelaya ofreció palabras acerca de los oscuros tiempos que ha vivido la nación centroamericana luego del golpe de Estado perpetrado en 2009.

“Los golpistas tuvieron dos grandes errores, el primero, frenar un proceso socialista, gran error, y el segundo, entregarle a la administración del comando sur de los Estados Unidos la administración de Honduras” reflexionó Zelaya al tiempo que aseguró que el presidente actual de Honduras es John Kerry, “ahora se acatan las órdenes directas del despacho de los EE.UU” afirmó.

Asimismo, el expresidente hondureño indicó que el crimen organizado, el narcotráfico, los carteles, el paso a la droga y los grupos paramilitares, es el saldo que ha dejado la injerencia dirigida desde EE.UU, “en resumen, están llevando a cabo la desarticulación de la Patria” dijo.

“Mientras no se corrija el modelo económico capitalista neoliberal, con el camino del socialismo, no se podrá detener el incremento de la violencia, pobreza, migración, droga y corrupción” sostuvo.

Acerca de las amenazas de parte del Gobierno estadounidense a la soberanía de Venezuela manifestó que poco a poco la relación de EEUU con América Latina se deteriora más, gracias a las políticas injerencias del presidente de EE.UU, Barack Obama, a lo cual refirió que “ahora estamos peor que cuando Bush”.

“Obama ha mantenido una política equivocada hacia América Latina y ahora con este decreto solo demuestra el carácter imperialista antidemocrático y agresivo contra nuestros procesos populares como el de Chávez y ahora el de Nicolás Maduro con la Revolución Bolivariana” sentenció Zelaya.

Aseguró que América Latina está unida para respaldar y defender a Venezuela y al Gobierno Constitucional de Nicolás Maduro el cual se cubre con la sangre Bolivariana y Sandinista que no dejará de correr por amenazas imperialistas.

Finalmente, hizo un llamado de conciencia y apoyo al Pueblo venezolano y manifestó su respaldo absoluto a la Patria Bolivariana ante cualquiera que fuesen las circunstancias, “ustedes no pueden caer en eso, no se dejen que no están solos, los estamos acompañando de cuerpo alma y corazón , y si tenemos que trasladarnos a Venezuela para defender la Patria, ahí estaremos todos los latinoamericanos dispuestos a derramar nuestra propia sangre en pro de la defensa de las futuras generaciones que es la que representa la Revolución Bolivariana".

Pueblo indígena Lenca entre el abandono, la pobreza y el despojo



Pueblo indígena Lenca entre abandono, pobreza y despojo

Comunidades Lencas ubicadas en el occidente hondureño,  son víctimas de la marginación,  discriminación,  despojo de sus bienes y formas de vida,  de acuerdo a los resultados del informe denominado "Nueve diagnósticos de aproximación sobre la situación de 81 comunidades", presentado esta semana en Tegucigalpa. 

“El estudio se desarrolló en las comunidades de los departamentos de La Paz, Intibucá, Lempira y Santa Bárbara y se hizo en  las comunidades Lencas, que mantienen su militancia en el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), en el marco de sus 22 años de lucha que cumpliremos el próximo 27 de marzo”. 

Lo anterior lo  aseguró Berta Cáceres, coordinadora general del COPINH, quién además recordó que la trayectoria implica procesos firmes en defensa de la vida, bienes comunes y de la naturaleza, territorios, agua, espiritualidad, salud, educación, derechos colectivos e individuales del Pueblo Lenca. 

“Desde la conquista, el despojo y la miseria pone su huella en una constante en la vida social de los indígenas hondureños. Sin embargo en pleno siglo XXI esto ha tomado otros rostros y  otras formas, pero nadie de la clase política en nuestro país, quiere admitir que hay una corriente subterránea permanente de políticas sistemáticas de genocidio de los pueblos indígenas”, indicó Berta Cáceres, del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH). 

Abandono y entrega 

De acuerdo al informe: las carreteras son malísimas, al igual que los caminos de acceso. Parece cumplirse en un 95% una sentencia que apuntaría que mientras más Lenca es una comunidad peor es el estado de sus caminos y carreteras de acceso.

Siguiendo la lógica de abandono por parte del Estado las comunidades en su generalidad carecen de servicios de saneamiento y de servicio de agua. Cuando hay servicio de agua es porque la comunidad lo ha desarrollado como un proyecto a su cuenta. 

Los proyectos del modelo depredador como hidroeléctricas, minas, ciudades modelo, bases militares, etc. han incrementado la crisis y conflictividades por el agua y hay una disputa en las comunidades relacionada con el derecho humano al agua frente a la privatización y a las imposiciones trasnacionales y de los organismos financieros, ponen en peligro el precario acceso al agua que tienen la mayoría de comunidades.

Más del 70% de las comunidades consultadas no tienen acceso a la energía eléctrica. Las que tienen acceso al servicio generalmente son las que están más cerca de las zonas urbanas o la carretera. 


Salud y educación

“La consulta que se desarrolló en 81 de las 200 comunidades  reveló que  los centros de salud y las escuelas se encuentran a grandes distancias de muchos de sus beneficiados y beneficiadas. Hay una política de privilegio urbano y de discriminación a la ruralidad que coloca los centros de salud y las escuelas en poblaciones centro, dejando en desventaja a los más distantes”, manifestó Berta Cáceres.  

Según el estudio: los hospitales y los colegios de educación secundaria están ubicados en las cabeceras departamentales para un uso mayoritariamente mestizo. Los centros de salud y las escuelas se encuentran a grandes distancias de muchos de sus beneficiados y beneficiadas. 

Hay una política de privilegio urbano y de discriminación a la ruralidad que coloca los centros de salud y las escuelas en poblaciones centro, dejando en desventaja a los más distantes. Los hospitales y los colegios de educación secundaria están ubicados en las cabeceras departamentales para un uso mayoritariamente mestizo.    

Problemas 

Berta Cáceres, indicó que el Estado sigue afectando al pueblo Lenca, incumpliendo sus obligaciones básicas. Esta es una conducta, crónica, histórica y sostenida que con altibajos de intensidad se ha mantenido durante toda la república. 

“Hay referencias a la violencia provocada o resultante de la injerencia de terratenientes y transnacionales. Durante los grupos de trabajo se reportaron casos como en río Blanco en el que las personas participantes señalaron que las relaciones entre río Blanco y las otras cuatro comunidades han sido estrechas y fraternas”. 

Sin embargo el testimonio de las y los integrantes del grupo de trabajo en Río Blanco es que las relaciones con El Barrial y con Valle de Ángeles se han deteriorado profundamente a causa de que estas dos comunidades están, en términos generales a favor del proyecto hidroeléctrico, en tanto Río Blanco se ha opuesto enérgicamente, según el estudio.

A contraparte, expresan que las relaciones con San Bartolomé y la Unión se han estrechado a causa de la oposición al proyecto hidroeléctrico ya que las tres comunidades se “han unido en la lucha”. 

“El Estado y las transnacionales también ejercen violencia directa contra las comunidades y las personas Lencas. Para el caso se cuenta en Río Blanco el asesinato de don Tomás García el 15 de julio de 2013 a manos de un militar que fue sobreseído por el juzgado correspondiente. Este militar también dio un balazo en la espalda al hijo de don Tomás, Allan”, indicó el investigador Fabricio Herrera, uno de los encargados del estudio. 

Manifestó que en 2014 se produjo el asesinato del niño Maycol Rodríguez, de 15 años, quien desapareció el 8 de octubre de  de 2014. El hermano de Maycol, William Jacobo Rodríguez había sido asesinado con anterioridad el 25 de mayo de 2014. Actualmente hay dos niños más, hermanos  de Maycol y William, bajo amenaza de muerte. 

“La acumulación por despojo es el motor del neo-liberalismo que aspira a mercantilizar todos los elementos de la naturaleza y del mundo e incluso del universo: todos los recursos, tierras, aguas, aire, animales, plantas, minerales, paisajes y sobre todo la gente pueden y deben ser mercantilizados”, concluyó Berta Cáceres.

Honduras: Desarticulación de la hidroeléctrica estatal



Por Maximiliano Fuentes

Una crisis construida
La Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE) atraviesa una enorme y profunda crisis financiera. Las razones son varias, en gran medida por la deficiente administración de los últimos gobiernos de turno, donde la empresa ha sido utilizada para incorporar a los correligionarios a quienes se debe favores políticos por haber participado de manera militante en las campañas electorales, también a familiares y amigos personales de los funcionarios administradores, que por cierto, son quienes devengan los salarios más ostentosos.

Por otro lado, los últimos dos gobiernos se han encargado de beneficiar de manera profunda a los dueños de las empresas térmicas. Para asegurar su enorme acumulación de ganancias se han firmado contratos leoninos con amplias ventajas, aún cuando el costo de kilovatio sea extremadamente elevado. Los distintos gobiernos estarán condicionados a continuar favoreciendo a las empresas que producen energía térmica.

De una u otra manera, esta política de Estado de favorecer a determinados sectores de la burguesía hondureña, en este caso a los empresarios de la energía (por cierto el sector más favorecido en los últimos dos gobiernos, junto a la burguesía financiera), ha condicionado enormemente los altos costos de la energía en el país, aun cuando los precios de los carburantes durante el mes de enero registraron caídas estrepitosas en el mercado internacional.

Honduras, por su situación geográfica, podría producir energía eléctrica desde otras fuentes. Por ejemplo, se han instado en diversas zonas del país varios parques eólicos, los cuales solo producen un pequeño porcentaje de energía de acuerdo a su capacidad instalada. Por otro lado, la Planta Hidroeléctrica Francisco Morazán, en su momento una de las principales plantas generadoras de energía de la región centroamericana, tan solo produce, debido a sus fallas estructurales, una pequeña fracción de su capacidad de producción. Resulta paradójico que desde hace algunos años se licitó la reparación de la planta y la misma se ha visto retrasada por la enorme conveniencia de los grupos de poder inmersos en el negocio de la producción de energía. Por lo anterior, se evidencia que la crisis por la que atraviesa la estatal eléctrica ha sido construida para favorecer ampliamente a los intereses de los grupos élites.

La crisis de la estatal la han absorbido los trabajadores
La crisis financiera de la ENEE ha sido absorbida por los miles de trabajadores que deben de destinar una buena porción del raquítico salario para pagar la energía que se consume en los hogares de Honduras. A los grandes deudores, aquellos que consumen grandes cantidades de energía y que se encuentran morosos con el Estado se les continúa prestando el servicio y se hace omisión de sus deudas.

Por otro lado, la política violatoria de derechos humanos, civiles y constitucionales del gobierno de Juan Orlando Hernández ha provocado miles de despidos de los trabajadores de la estatal hidroeléctrica, lo que ha provocado un enorme problema para las familias de los compañeros, dado que al no recibir ingresos se les obliga a degradar su condición de vida.

Por otro lado, parte de los requisitos establecidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para la erogación del préstamo era la restructuración de la empresa, lo que se traduce en despidos masivos, pérdidas de las conquistas sociales y laborales; y desde luego, el aumento constante de las tarifas de energía, las cuales deberán de ser asumidas por los trabajadores y el pueblo hondureño.

Recientemente el gobierno ha aprobado emplear los recursos de los trabajadores, aquellos que destinados a través de los distintos institutos de previsión para asegurar la jubilación, para invertir en proyectos de generación de energía. Este tipo de acciones atentan contra las distintas normativas de previsión, dado que ninguna institución gubernamental puede hacer uso del dinero de los trabajadores sin su consentimiento. Como en todo negocio, se corre el riesgo de no lograr lo esperado por una caída de los precios o simplemente por asegurar una administración eficiente del proceso, lo que provocaría un descalabro financiero en los institutos de previsión y con ello no se permitiría pagar las pensiones de los futuros jubilados.

Para enterrar Vietnam, lanzar la guerra interminable



Por Christian Appy *

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Introducción Nick Turse 
De pronto apareció él, montado en la parte trasera de un camión, sus brazos alzados al cielo con sus puños apretados. No podía creer lo que veían mis ojos. Era Ho Chi Min, el padre fundador del Vietnam moderno... y sostenía unas pesas. 
Era en 2010, en vísperas del 35º aniversario de la caída de Saigon –a pesar de lo cual, en Vietnam se lo conoce como Día de la Liberación– y ya se estaba preparando para una celebración mayor: un gran desfile, fuegos artificiales, todo el tinglado. Aparentemente, aquella carroza, adornada con los anillos olímpicos, había sido diseñada para que los espectadores vietnamitas se entusiasmaran con el ejercicio físico y el culturismo, a pesar de que ningún reputado entrenador físico del mundo enseñaría la forma de tenerse en pie con los hombros apretados que ese “Tío Ho” de cartón piedra mostraba sobre ese camión. 
A veces, los países conmemoran sus victorias guerreras de extrañas maneras. Ninguna como la que estaba viviendo de primera mano. Yo me crié en el despertar de la guerra de Vietnam, por eso –como todos los estadounidenses desde el final de la Segunda Guerra Mundial– nunca fui testigo de la celebración de una victoria importante. Tal vez, en algún sitio alguien conmemorara los triunfos obtenidos en la diminuta isla de Grenada o contra las minimalistas fuerzas de Panamá. Ha habido, parece, celebraciones por la guerra del Golfo antes de que estuviera claro que la intromisión en Iraq se convertiría en el eterno descalabro estadounidense, sin embargo no me han impresionado.  
En cambio, lo que recuerdo era otro tipo de celebración: un anuncio televisivo lleno de divagaciones con el eslogan “Amanece otra vez en Estados Unidos” que formaba parte de la campaña presidencial de Ronald Reagan. Una nación que había quedado renqueante gracias al verdadero Tío Ho, una industria en declive y un montón de políticas pobremente concebidas que estaban siendo recuperadas por un político en jefe en la Oficina Oval que prometía una dorada grandeza; Hollywood y las empresas de juguetes estaban encantados. Para mí, esto significaba enardecidos momentos viendo Rambo y “el soldado Joe” y Amanecer rojo. Rocky se enfrentaba con un enorme Superman soviético, el campeón de boxeo de Imperio del Mal, y lo destrozaba. El presidente perdió la chaveta con la expresión “Star Wars”, de la trilogía de George Lucas, y la pegó en su dispendiosa, fantástica y tan criticada defensa de la “frontera alta”. “Si me perdonáis que os robe una línea de la película”, dijo Reagan, “la Fuerza está con nosotros.” Y si el señor Gorbachev no echa abajo ese muro –ya sabéis, el de Berlín– bueno, el señor Reagan lo hará polvo con un misil MX. Eran tiempos de celebración que me recuerdan estos de ahora, pero ¿qué estábamos celebrando, exactamente? 
Me llevó años desentrañar lo que había vivido, entender cómo se había deformado el mundo entero debido a la guerra de EEUU en Vietnam y a la reacción que siguió a aquella derrota. Solo empecé a figurármelo, ¡cuidaos!, después de haber procesado el hecho de que esas distorsiones no acabaron con la era Reagan que viví en mi infancia. Pero ¿qué quería decir todo eso?  
Afortunadamente, Christian Appy, con su estupenda historia oral de la guerra de Vietnam – Patriots–, me ayudó a abrir los ojos. En su nuevo logro histórico, American Reckoning: The Vietnam War and Our National Identity, él fue aún un poco más allá y expuso un sorprendente abanico de recursos, desde documentos del Pentágono y canciones de Bruce Springsteen hasta un olvidado éxito editorial y la fantasía del piloto de Top Gun, protagonizada por Tom Cruise. En su trabajo, se esfuerza explicando de qué modo los estadounidenses se encontraron involucrados en una guerra en Vietnam, cómo transformó esta guerra la cultura de Estados Unidos y determinó a nuestra sociedad desde los cincuenta del siglo pasado hasta apenas la semana pasada. ¿Cómo fue que una cruzada idealista para salvar a los desdichados asiáticos de los impíos comunistas acabó en un baño de sangre “made in USA”. ¿Y cómo respondimos? En American Reckoning..., apelando a fuentes hasta entonces ignoradas y a su manera única de analizar las cosas, Appy hace estallar el mito del excepcionalismo estadounidense de una forma verdaderamente original. 
Hoy, él examina las lecciones de Vietnam y avanza aún más en cuanto a que la deliberada amnesia social acerca de lo que hicimos en ese país allanó el camino que conducía a una era de guerra interminable. Sabiendo que la predicción del futuro es muy arriesgada, él es un pronosticador en el que confío en relación con la mala interpretación que Washington ha hecho continuamente de la guerra de Vietnam: lo último que el lector quiere en su vida es una carroza que lleva a un George H.W. Bush en una pose de lucha sumo en el aniversario del final de la guerra de Golfo, ni tampoco a su hijo hinchando sus bíceps para conmemorar el comienzo de la guerra de Iraq que siguió a aquella. Aunque penosamente, nuestra tercera ronda en Iraq comparte muchos de los contrastes de nuestros ardores bélicos de los cincuenta del siglo XX en Vietnam, entonces rechacemos también la carroza que pasea a un animoso Obama con el mentón alzado. 
Hasta que Estados Unidos no asuma de verdad la desastrosa realidad de la guerra de Vietnam, es muy difícil imaginar que Washington dé un paso más allá de la acostumbrada cuota de fracasadas políticas y fiascos militares en el extranjero. Abrir un ejemplar de American Reckoning... sería un gran primer paso en la dirección contraria. 
* * *

De cómo agradecer al veterano significa ignorar lo que ha pasado 
La de los sesenta –aquella década extraordinaria– está celebrando su 50º aniversario una vez cada año. ¡Feliz cumpleaños, 1965! Aunque, ¿cómo conmemoráis vosotros la guerra de Vietnam, la catástrofe más señalada de la época? Después de todo, nuestro gobierno llevó a cabo esa brutal e indiscriminada guerra sobre la base de pretextos falsos, mucho después de que la mayoría de los ciudadanos la objetara, y no logró ninguno de sus declarados objetivos. Murieron más de 58.000 estadounidenses junto con más de cuatro millones de vietnamitas, laosianos y camboyanos. 
Entonces, ¿qué escribiremos en la invitación a la fiesta? Seguramente, ya sabéis la respuesta. Lo hemos estado ensayando durante décadas. Dejad a un lado cualquier recuerdo molesto de la guerra y sencillamente decid: “Honremos a nuestros veteranos soldados por su servicio y sacrificio”. 
Para tener un poco de perspectiva sobre el 50º aniversario, consideremos esto: estamos ahora tan lejos de los sesenta como lo estaba el joven Bob Dylan de Teddy Roosevelt. Para los estudiantes de hoy, la Era de Acuario es historia antigua. La mayor parte de sus padres ni siquiera estarían vivos en 1965 cuando el presidente Lyndon Johnson empezó la gran escalada de la guerra de Vietnam, dando inicio al bombardeo cotidiano del país entero, el norte y el sur, y puso en pie de guerra a un enorme ejército de más de medio millón de soldados. 
En las décadas después de Vietnam, nuestra cultura enterró gran parte de la historia que alguna vez fue considerada esencial para cualquier debate sobre la más polémica de todas las guerras de Estados Unidos y de la que poco ha quedado de su sustancia. Aun así, bastante extrañamente, la mayor parte de los 180 estudiantes que asistieron cada año a mis clases sobre la guerra de Vietnam llegaban con una profunda curiosidad. Parecían tener la sensación de que el tema era como el oscuro secreto de familia que por fin podría ser revelado. Lo que la mayoría de ellos sabía era que los sesenta, los años de la guerra, fueron unos “tiempos agitados”. En cuanto a Vietnam, tenían muy pocas referencias culturales o geográficas, lo que no debería ser sorprendente. Incluso Hollywood –ese poderoso modelador de la memoria histórica– hacía tiempo que había dejado de rodar películas sobre Vietnam. Algunos de mis estudiantes se habían topado con viejos filmes como Apocalipsis now y Platoon, y era raro que al menos alguno de ellos hubiera visto cualquiera de los candentes documentales filmados durante la guerra, In the Year of the Pig y Hearts and Minds. Semejante reliquias, de profundo sentido antibélico, sencillamente desaparecieron de la memoria popular al mismo tiempo que lo hacía el propio movimiento contra la guerra. 
Por otro lado, existe una ventaja en el hecho de que los estudiantes lleguen a la primera clase sin fuertes convicciones en relación con la guerra. Esto significa que pueden sorprenderse, incluso escandalizarse, cuando se enteran de las desgarradores realidades de la guerra; es en ese momento cuando comienza la verdadera educación. Por ejemplo, muchos estudiantes se asombran cuando descubren que el gobierno de EEUU, que vive proclamando su deseo de propagar la democracia, en realidad, en 1956, bloqueó la reunificación de Vietnam –sancionada internacionalmente– por la enorme certeza que tenía de que el líder de los comunistas vietnamitas, Ho Chi, Minh, sería el ganador absoluto. 
Su asombro es todavía mayor cuando se enteran de la creación de una “zona sin restricción de fuego”, y el derramamiento de sangre y caos desencadenado por las fuerzas estadounidenses en las zonas rurales de Vietnam del sur. Sin embargo, nada les horrorizó más que los detalles de la masacre de My Lai en la que una unidad de infantería de EEUU mató a boca de jarro a más de 500 civiles sudvietamitas desarmados que no ofrecían resistencia –la mayor parte de ellos mujeres, niños y ancianos–, en una ataque que se extendió durante cuatro horas el 16 de marzo de 1968. En secundaria, me dijeron varios estudiantes, de My Lai no se habla. 
Una tragedia ‘estadounidense’ 
No penséis que los jóvenes estudiantes son el fruto de una historia de encubrimiento relacionada con la guerra de Vietnam. Muchos estadounidenses de más edad han sido también afectados por décadas de tergiversación y revisión diseñadas para hacer potable un récord increíblemente sucio. El primer paso en este proceso de limpieza fue lavar la memoria tanto como fuese posible y comenzó incluso antes del colapso del régimen de Saigon respaldado por EEUU en 1975. Una semana antes de la caída de Saigon, el presidente Gerald Ford ya estaba exhortando a los ciudadanos a que olvidaran una guerra que “en lo que concierne a Estados Unidos, está terminada”. Se necesitaba una especie de amnesia inducida, sugirió, para “recuperar el orgullo existente antes de Vietnam”. 
En ese momento, el olvido tenía todo el sentido del mundo, ya que parecía inimaginable, incluso para el presidente, que EEUU pudiera encontrar alguna vez una manera positiva de recordar la guerra; esto no es nada sorprendente. Aparte de unos pocos indefendibles responsables políticos como Walt Rostow y Henry Kssinger, prácticamente todos, cualquiera fuera su filiación política, creían que había sido un absoluto desastre. Por ejemplo, en 1971, un notable 58 por ciento de la población dijo a los encuestadores que pensaba que la guerra era “inmoral”, una palabra que la mayoría de los estadounidenses nunca había aplicado a las guerras de EEUU. 
¡Qué rápido que cambian los tiempos! Apenas 10 años después, los estadounidenses ya habían encontrado una atrayente fórmula para recordar la guerra. Resultó ser bastante sencilla: centrarnos en nosotros, no en ellos, y convenir que la guerra fue sobre todo una tragedia estadounidense. Ya estaba bien de preocuparse por el daño que EEUU había infligido a Vietnam y centrarse en el que nos habíamos hecho a nosotros mismos. Bastante pronto, el presidente Ronald Reagan y sus seguidores ya estaban proclamando que la guerra había sido un desastre principalmente porque había debilitado el orgullo y el patriotismo de los estadounidenses, y eso inhibía el deseo nacional de proyectar su poder en el mundo. Bajo el mando de Reagan “Vietnam” se convirtió en un llamado aglutinador alrededor tanto de un renacido nacionalismo como del militarismo. 
A pesar de que los progresistas y los moderados no “compraron” el punto de vista de que la de Vietnam había sido una guerra “noble” y que se podía ganar, en general apoyaron una creencia cada vez mayor de que al final se sustituirían con éxito las persistentes perspectivas y enfoques pacifistas en lugar de darse un proceso “curativo” nacional. En el meollo de ese novedoso credo estaba la idea de que nuestros veteranos eran las principales víctimas de la guerra y de que sus heridas eran en buena parte una consecuencia del maltrato recibido por parte de los manifestantes contra la guerra a su regreso del campo de batalla para encontrarse con un poco acogedor frente interior. Ciertamente, llegó a ser un artículo de fe que el aspecto más vergonzoso de la guerra de Vietnam había sido el fracaso nacional en el momento de acoger y honrar a sus soldados de regreso. 
Por supuesto, había algo de verdad en la creencia centrada en el “veterano-víctima”. De hecho, los veteranos de Vietnam fueron horriblemente maltratados. Sin embargo, el maltratador principal fue su propio gobierno, que primero les mintió sobre las causas y la naturaleza de la guerra, les envió después a combatir a favor de un régimen impopular y dictatorial en una tierra en la que eran vistos por casi todo el mundo como extranjeros invasores. Finalmente, a su regreso, el gobierno falló y tampoco les proporcionó el debido apoyo ni beneficio alguno. 
Los dueños de la industria de Estados Unidos también tienen la culpa. Fueron reacios a contratarles o formarles para que encontraran un puesto de trabajo, en muchos casos asustados por la crudeza de los estereotipos que los medios de los años setenta les asignaron: veteranos mal de la cabeza, drogadictos y violentos. Tampoco las tradicionales organizaciones de veteranos, como American Legion o Veterans of Foreing Wars recibieron cálidamente a quienes volvían a casa desde una guerra profundadamente cuestionada e impopular llena de soldados desilusionados. 
El movimiento pacifista arrojado al cubo de la basura de la historia 
Sin embargo, en los ochenta, los estadounidenses más culpabilizados por el maltrato infligido a los veteranos de Vietnam fueron los activistas contrarios a la guerra de la década anterior. Olvidad esto; en sus últimos años el movimiento pacifista fue a menudo liderado e integrado por veteranos contrarios a la guerra. De acuerdo con un dominante mito de la posguerra, era normal que los veteranos que volvían a casa desde Vietnam fueran acusados de “asesinar a niños” y de escupir a los manifestantes. La historia de los escupitajos –ferozmente exagerada, si no completamente inventada– ayudo a reforzar el ala derecha de los políticos estadounidenses en la época post-Vietnam. Fue la manera de mostrar a la población el trato injusto que recibía el “honor” de los veteranos, al mismo tiempo que se deshonraba a los millones de personas que había trabajado con fervor para traerlos vivos y salvos desde el teatro de la guerra. De este modo, el más extraordinario movimiento pacifista que se recuerde fue desacreditado y arrojado al cubo de la basura de la historia. 
Mientras tanto, ocurrió algo novedoso. Los estadounidenses empezaron a tratar a quienes habían servido en las fuerzas armadas como héroes por definición, sin que importara qué habían hecho en realidad. Este fenómeno apareció por primera vez en un contexto completamente diferente. En enero de 1981, cuando diplomáticos de EEUU y otro personal fueron finalmente liberados después de 444 días de cautiverio en Irán, los ex rehenes fueron recibidos como héroes por la gente mayor. Hubo una fiesta en la Casa Blanca, desfiles triunfales, concesión de abonos para encuentros deportivos profesionales, lo se os ocurra. Este acontecimiento ha quedado registrado como la primera definición del nuevo “heroísmo”. Los estadounidenses habían creído una vez de los verdaderos héroes asumían grandes riesgos en nombre de nobles ideales. Ahora, concedían ese estatus a unas cuantas personas que lo único que habían hecho era sobrevivir a una experiencia terrible. 
En 1982, cuando se inauguró el Memorial de lo Veteranos de Vietnam en Washington, se había formado un consenso alrededor de la idea de que, más allá de lo que pensaran sobre la guerra de Vietnam, todos los estadounidenses debían honrar a los veteranos que habían peleado en ella, sin que importara qué había hecho cada uno de ellos. Quienes pensaron el Memorial se ocuparon de persuadir al público de que era posible “separar a los guerreros de la guerra”. Tal como demostró tan vividamente el muro de negro granito del Memorial, es posible honrar a los veteranos sin analizar la guerra en la que habían combatido. En los años siguientes, esta cantinela sería repetida tan a menudo que se convirtió en una de las piedras fundamentales de la cultura. Un ejemplo típico de esto es el anuncio que en 1985, en el 10º aniversario del final de la guerra, difundió el contratista de la defensa United Technologies: “Dejemos que otros usen esta ocasión para explicar por qué estuvimos allí, qué conseguimos, qué fue mal y quién estaba en lo cierto. Nosotros solo procuramos centrar la atención en aquellos que sirvieron... Ellos no lucharon para apoderarse de un territorio ni por la gloria nacional ni por su riqueza personal: lucharon solo porque fueron llamados a servir... más allá de cualquier rabia que persista en nuestra conciencia... no olvidemos a los veteranos de Vietnam”. 
Desde los atentados del 11-S, la ritualización del apoyo a las tropas y veteranos –con más simbolismo que sustancia– se ha hecho aún más ordinaria: cintas amarillas, saludos de recibimiento en los aeropuertos, ceremonias de bienvenida, autopistas recordatorias, conciertos benéficos y partidos de baseball. Mediante todo esto, políticos, celebridades y atletas, nos recuerdan constantemente que nunca hemos hecho lo suficiente para mostrar nuestro respaldo. 
Tal vez algunos veteranos de verdad encuentren significado y sustento en nuestro interminable agradecimiento, pero hay otros que lo encuentran vacío y degradante. El “noble veterano” es un estereotipo tan reduccionista como el de “veterano loco”; los repetidos y vacuos gestos de gratitud matan cualquier posibilidad real de diálogo y debate. “Gracias por tu servicio” no nos exige nada, mientras que “Por favor, cuéntame sobre tu servicio [durante la guerra]” podría hacerlo; bien es cierto que entonces podríamos tener algunas horas perturbadoras. Como ha señalado Rory Fanning, veterano con dos periodos de servicio en Afganistán, “En parte, usamos la palabra héroe porque hace que nos sintamos bien y en parte porque así les cerramos la boca a los soldados... Decirle gracias al héroe desalienta el disenso; es por esta razón que la burocracia militar se ceba en esa palabra”. 
Trece años conmemorando a los guerreros 
A pesar de que una mayoría de estadounidenses han acabado rechazando las guerras de Afganistán e Iraq en una proporción casi tan alta como en la época de la guerra de Vietnam, la actual asociación refleja entre servicio militar y “nuestra libertad” inhibe reflexionar sobre las políticas altamente militaristas que Washington aplica en todo el mundo. Así, en 2012, con la aprobación y la financiación del Congreso, el Pentágono empezó a institucionalizar esas “¡gracias!” relacionadas con Vietnam con su “Conmemoración del 50º aniversario de la guerra de Vietnam”, que costará muchos millones de dólares. Se trata de una celebración de agradecimiento programada para que dure 13 años, hasta 2025, aunque el acento está puesto en el periodo que va entre el Día de los Caídos de 2015 y el Día del Veterano de 2017. 
No se sorprenda el lector al saber que el objetivo número uno del Pentágono es “agradecer y honrar a los veteranos de la guerra de Vietnam” en “asociación” con más de 10.000 corporaciones y grupos locales que “patrocinarán actos en los pueblos y ciudades para enaltecer a los veteranos de Vietnam, a su familia y a quienes estuvieron prisioneros o desaparecieron en acción”. Otros objetivos serán “rendir homenaje a la contribución realizada en el frente interior” (no, presumiblemente, la de los activistas por la paz) y “poner de relieve los avances tecnológicos, científicos y médicos relacionados con investigaciones militares llevadas a cabo durante la guerra de Vietnam (cuesta mucho imaginar si entre estos avances se incluyen el desarrollo del defoliante llamado Agente Naranja o el mejoramiento de las bombas de racimo). 
Dado que el Pentágono se da cuenta de que por más que lo intente es completamente imposible “separar el guerrero de la guerra”, también se procura “proporcionar al público estadounidense material exacto y experiencias interactivas que ayudarán a que todos entiendan mejor y valoren el servicio prestado por nuestros veteranos de Vietnam y la historia del compromiso de Estados Unidos en la guerra de Vietnam”. Sin embargo, resulta que la “exactitud” y el “agradecimiento” solo pueden servir si se limpia de incidentes indignos esa historia y se excluye a todos aquellos que la menosprecian, entre ellos los miles de soldados estadounidenses que acabaron tan asqueados de la guerra que se volvieron contra sus oficiales, evitaron o rechazaron las misiones de combate, desertaron en cifras récord y crearon el movimiento de soldados y veteranos en contra de la guerra más activo de nuestra historia. 
El más ambicioso de los “recursos educativos” ofrecidos en la página web de la conmemoración de la guerra de Vietnam “es una línea del tiempo interactiva”. Como han demostrado algunos historiadores, esa cabalgata histórica no es más que una obra maestra de desproporción, distorsión y omisión. Por ejemplo, con apenas tres breves frases da cuanta de las “muertes” en My Lai (la palabra “masacre” no aparece) y dice que el oficial al mando de la compañía Charlie durante al ataque a la aldea, el teniente William Calley, fue “condenado a prisión perpetua” sin agregar que el presidente Richard Nixon le concedió la libertad condicional cuando solo había cumplido tres años y medio de arresto domiciliario. 
La desesperante descripción elude la pregunta más obvia y embarazosa: ¿Cómo pudo suceder algo así? En cambio, está convenientemente dejada caer en una página que incluye largas citas oficiales de siete soldados de EEUU que recibieron sendas medallas al honor. El hecho de que el senador Robert Kennedy, contrario a la guerra, entrara en la carrera presidencial el mismo día de la masacre de My Lai nunca se ha mencionado, tampoco su asesinato tres meses más tarde, ni el de Martin Luther King, solo unas semanas después de May Lai, un acontecimiento que provocó amargos y sangrientos enfrentamientos raciales en bases militares estadounidenses de Vietnam del Sur y en todo el mundo. 
No debería dejarse de mencionar que el mismo gobierno que está gastando 65 millones de dólares para recordar a los veteranos de la otrora vilipendiada guerra ha fallado a la hora de proporcionarles el adecuado cuidado sanitario. En 201, salieron a la luz las noticias de que la Administración de los Veteranos tenía a unos 100.000 de ellos en espera de una atención médica y que algunos hospitales de esa Administración estaban procurando cubrir sus enormes demoras. Se estima que 22 veteranos se suicidan cada día; según un estudio; entre los veteranos de Iraq y Afganistán la tasa de suicidios supera en un 50 por ciento la de sus pares civiles. 
La conmemoración del aniversario que organiza el Pentágono ha disparado algunas acaloradas discusiones en grupos como Veteranos por la Paz y la Comisión para la Conmemoración de la Paz con Vietnam (Tom Hayden es uno de sus fundadores). Ambas organizaciones están proyectando celebraciones alternativas diseñadas para incluir en ellas la perspectiva pacifista, una vez tan popular y hoy visiblemente ausente de la memoria colectiva. Es posible que de iniciativas como estas surja la primera reevaluación crítica y pública de la guerra, una reevaluación que cuestione las cuatro décadas de revisión cosmética. 
Desgraciadamente, en nuestro mundo estadounidense en guerra permanente del siglo XXI, hacer un refrito de Vietnam a muchos puede resultarles irrelevante o redundante. De ser así, lo más probable es que ni la conmemoración del Pentágono ni las contra-conmemoraciones pacifistas consigan hacerse ver demasiado. Tal vez el legado más dañino de la era post-Vietnam sea la forma en que los estadounidenses han aprendido a vivir en un interminable “estado de guerra” sin que la guerra forme parte de la conciencia cotidiana. Mientras, en el mejor de los casos, el apoyo público a las políticas guerreras de Washington sea débil, son pocos los que comparten la fe en la paz de la época de Vietnam que puedan desafiar a una máquina de hacer guerras que parece tener vida propia. 
El año pasado, fuerzas estadounidenses de operaciones especiales llevaron a cabo misiones militares secretas en 133 países y la tendencia es que en 2015 superen su récord. Sin embargo esta entrega de altos vuelos pasa completamente desapercibida por los grandes medios y la mayoría de la población. Confiamos en el 1 por ciento de los ciudadanos “para proteger nuestras libertades” en aproximadamente el 70 por ciento de los países del planeta y en casa; todo lo que se nos pide es un ocasional “gracias por los servicios prestados” a unas personas que no conocemos y que no malgastemos nuestro precioso tiempo pensando en sus guerras. 
Desde la guerra de Vietnam, el Pentágono y sus apologistas, aprendieron lecciones fundamentales sobre cómo bruñir, tergiversar y enterrar la verdad. Los resultados han sido devastadores. La creación de una tragedia estadounidense a partir de la vivida por los vietnamitas ha allanado el camino para otras muchas tragedias semejantes, desde Afaganistán a Iraq, desde Pakistán a Yemen y –como sugiere la historia– las que todavía están por aparecer, sin duda en algunos de esos 133 países. 
* Christian Appy , profesor de historia en la Universidad de Massachusetts, es autor de tres libros sobre la guerra de Vietnam, entre ellos el recientemente publicado American Reckoning: The Vietnam War and Our National Identity (Viking). 

La bandera roja y la tricolor



Por Alain Badiou

Hoy en día, el mundo en su totalidad está dominado por el signo del capitalismo global, sometido a la oligarquía internacional que lo regenta y sujeto a la abstracción monetaria como única figura reconocida de la universalidad.
En este contexto desesperante se escenifica una especie de representación histórica engañosa. Sobre la trama general de “Occidente” –patria del capitalismo dominante y civilizado– contra “el Islamismo” –referente del terrorismo sanguinario– aparecen, de un lado, bandas asesinas o individuos armados hasta los dientes que esgrimen, para hacerse respetar, el cadáver de algún Dios; del otro, en nombre de los derechos humanos y la democracia, salvajes expediciones militares internacionales que destruyen Estados enteros (Yugoslavia, Irak, Libia, Afganistán, Sudán, Congo, Mali, República Centroafricana) y causan millares de víctimas sin conseguir nada más que negociar, con los bandidos más corruptos, una paz precaria en torno a pozos, minas, recursos alimenticios y enclaves donde prosperan las grandes empresas.
Es falso presentar estas guerras y sus repercusiones criminales como la contradicción principal del mundo contemporáneo, aquella que iluminaría el fondo de las cosas. Los soldados y policías de la “guerra antiterrorista”, las bandas armadas que reivindican un Islam mortífero y todos y cada uno de los Estados pertenecen hoy a un mismo mundo: el capitalismo depredador.
Dentro de este mundo unificado, diversas identidades artificiales, cada una creyéndose superior a las otras, construyen sus pequeños territorios de dominación local. Hay diversas versiones de un mismo mundo real donde los intereses de los agentes siempre coinciden: la versión liberal de Occidente, la versión autoritaria y nacionalista de China o de la Rusia de Putin, la versión teocrática de los Emiratos, la versión fascistoide de las bandas armadas… En todas partes las poblaciones son llamadas a defender unánimemente la versión que el poder local sostiene.
Esto será así hasta que el verdadero universalismo –la toma de las riendas del destino de la humanidad por la propia humanidad y, por tanto, la nueva y decisiva encarnación histórico-política de la Idea comunista– despliegue su nueva potencia a escala mundial, anulando de paso el sometimiento de los Estados a la oligarquía de los propietarios y sus siervos, la abstracción monetaria y, finalmente, las identidades y contra-identidades que desatan las pasiones y desembocan en la muerte.
Identidad francesa: la “República” En esta guerra de identidades, Francia intenta distinguirse con un tótem de su invención: la “República democrática y laica”, o “el pacto republicano”. Este tótem refuerza el orden parlamentario establecido en Francia –al menos desde su acto fundacional, a saber: la masacre, en 1871, por los Adolphe Thiers, Jules Ferry, Jules Favre y otras vedettes de la izquierda “republicana”, de veinte mil obreros en las calles de París.
Este “pacto republicano” al que se han sumado tantos ex-izquierdistas, entre ellos Charlie Hebdo, siempre ha sospechado que se tramaban cosas espantosas en los suburbios, en las fábricas de las afueras, en los bares sombríos de los arrabales. La República siempre ha llenado las prisiones, bajo incontables pretextos, de los sospechosos jóvenes mal educados que allí vivían. También ella, la República, ha multiplicado las masacres y nuevas formas de esclavitud que requiere el mantenimiento del orden en el Imperio colonial. Un Imperio sanguinario que habría encontrado un referente fundamental en las declaraciones del propio Jules Ferry –decididamente un activista del pacto republicano– y su exaltación de la “ misión civilizadora” de Francia.
Ahora bien, hay que resaltar que un número considerable de jóvenes que habitan nuestras banlieues, más allá de sus actividades sospechosas y su falta flagrante de educación (es extraño que la famosa Escuela republicana no haya podido, según parece, obtener nada, aunque no llega a convencerse de que es por su culpa y no por culpa de los estudiantes), tienen padres proletarios de origen africano o ellos mismos han venido de África para sobrevivir y, en consecuencia, a menudo profesan la religión musulmana. A la vez proletarios y colonizados, en suma. Dos razones para desconfiar y tomar serias medidas represivas al respecto.
Supongamos que es usted un joven negro o un joven con aspecto árabe, o incluso una joven mujer que ha decidido –queriendo ser rebelde, porque está prohibido– cubrirse el pelo. Pues bien, tiene usted entonces nueve o diez veces más posibilidades de ser frecuentemente detenido en la calle por nuestra policía democrática y ser retenido en una comisaría que si usted tuviera el aspecto de un “francés”, lo que quiere decir, tan solo, tener la fisionomía de alguien que no es probablemente ni proletario, ni ex-colonizado. Ni musulmán.
Charlie Hebdo, de algún modo, no hacía más que seguir el juego a estos usos policiales, con el estilo “divertido” de los chistes con connotación sexual. Tampoco esto es demasiado nuevo. No hay más que ver las obscenidades de Voltaire sobre Juana de Arco: su Doncella de Orléans es, sin duda, digna de Charlie Hebdo. Por sí solo, este poema guarro dirigido contra una heroína sublimemente cristiana permite decir que las verdaderas y sólidas luces del pensamiento crítico no están en absoluto ilustradas por este Voltaire de baja estofa.
Al respecto, es reveladora la sensatez de Robespierre cuando condenaba a todos aquellos que llevaban a cabo violencias antirreligiosas en el seno de la Revolución, no obteniendo así más que deserción popular y guerra civil. Ello nos invita a considerar que lo que divide a la opinión democrática francesa es estar –sabiéndolo o no– o bien del lado constantemente progresista y realmente demócrata de Rousseau, o bien del lado del negociante pícaro, del rico especulador escéptico y hedonista que estaba, como el genio malvado, alojado dentro de aquel Voltaire, por lo demás capaz de auténticos combates en otras ocasiones.
El crimen de tipo fascista ¿Y qué hay de los tres jóvenes franceses que enseguida fueron abatidos por la policía? Yo diría que cometieron lo que hay que denominar un crimen de tipo fascista. Con ello me refiero a un crimen que tiene tres características.
En primer lugar está dirigido, no es arbitrario, porque su motivación es ideológica, de carácter fascistoide, es decir estrictamente identitaria: nacional, racial, comunitaria, tradicionalista, religiosa… En estas circunstancias, los asesinos son antisemitas. A menudo el crimen fascista apunta a publicistas, periodistas, intelectuales o escritores que los asesinos consideran representantes del bando contrario. En estas circunstancias, Charlie Hebdo.
En segundo lugar, es un crimen de una violencia extrema, asumida, espectacular, porque aspira a imponer la idea de una determinación fría y absoluta, que por lo demás incluye, de forma suicida, la probabilidad de la muerte de los propios asesinos. Es el aspecto “¡Viva la muerte!”, el rasgo nihilista de estas acciones.
En tercer lugar, el crimen tiene la intención –por su enormidad, su efecto sorpresa y su carácter de excepción– de crear en el Estado y la opinión pública una sensación de terror que alimente, a su vez, reacciones incontroladas, totalmente volcadas en una contra-identidad vengativa, que a ojos de los criminales y sus jefes justificarán, por simetría, el atentado sangriento. Esto es precisamente lo que ha ocurrido. En ese sentido, el crimen fascista ha supuesto una especie de victoria.
El Estado y la opinión Desde el principio, el Estado se ha volcado en una utilización desmesurada y extremadamente peligrosa del crimen fascista, porque lo ha inscrito en el registro de la guerra mundial de identidades. Al “musulmán fanático” se ha opuesto sin vergüenza el buen francés demócrata.
La confusión ha llegado al colmo cuando hemos visto que el Estado convocaba, de manera perfectamente autoritaria, a manifestarse. Es casi como si Manuel Valls hubiera pensado en encarcelar a quienes no fueron a las concentraciones o como si se hubiera exhortado a la población, una vez manifestada su obediencia identitaria bajo la bandera tricolor, a esconderse en sus casas o a desempolvar el uniforme de reservista y partir hacia Siria a toque de corneta.
Tanto es así que, en el momento más bajo de su popularidad, nuestros dirigentes han podido, gracias a tres fascistas descarriados que no hubieran alcanzado a imaginar tal victoria, desfilar ante más de un millón de personas al mismo tiempo aterrorizadas por los “musulmanes” y alimentadas por las vitaminas de la democracia, del pacto republicano y de la soberbia grandeza de Francia.
En cuanto a la “libertad de expresión”, ¡hablemos de ella! La manifestación afirmaba, al contrario, con gran refuerzo de banderas tricolores, que ser francés es que todos tengan, bajo la batuta del Estado, la misma opinión. Era prácticamente imposible, durante esos días, expresarse sobre lo que sucedía de un modo que no consistiera en complacerse con nuestras libertades, con nuestra República, en maldecir la corrupción de nuestra identidad por los jóvenes proletarios musulmanes y las chicas horriblemente cubiertas por el velo, y en prepararse virilmente para la “guerra contra el terrorismo”. Incluso llegó a escucharse el siguiente grito, admirable por su libertad expresiva: “todos somos policías”.
En realidad, es muy normal que la norma en nuestro país sea la del pensamiento único y la sumisión timorata. La libertad en general, incluyendo la de pensamiento, expresión, acción, la de la vida misma, ¿consiste hoy en devenir unánimemente auxiliares de policía para batir a unas decenas de reclutas fascistas, en la delación universal de sospechosos barbudos o con velo y en la sospecha constante sobre las sombrías banlieues, herederas de los arrabales donde antaño se masacró a los partidarios de la Comuna? ¿O bien el esfuerzo central de la emancipación, de la libertad pública, debe ser actuar en común con el mayor número posible de jóvenes proletarios de estos barrios, con el mayor número de chicas, con o sin velo, eso no importa, en el marco de una política nueva, que no se refiera a ninguna identidad (“los proletarios no tienen patria”) y que anticipe la figura igualitaria de una humanidad que finalmente se haga cargo de su propio destino? ¿Una política que aspire racionalmente a desprendernos, al fin, de nuestros verdaderos y despiadados amos, los adinerados regentes de nuestro destino?
Desde hace mucho tiempo ha habido en Francia dos tipos de manifestaciones: unas bajo la bandera roja, otras bajo la bandera tricolor. Créanme: incluso para acabar con las pequeñas bandas fascistas identitarias y asesinas –ya sean las que reivindican formas sectarias de la religión musulmana, la identidad nacional francesa o la superioridad occidental–, las banderas tricolores, dirigidas y utilizadas por nuestros amos, no son eficaces. Son las otras, las rojas, las que hay que traer de vuelta.
Este artículo apareció en el diario Le Monde el 27 de enero. Se publica ahora en eldiario.es gracias a la amable autorización de su autor. La versión completa, publicada por primera vez en Mediapart, puede leerse también en castellano en este PDF. 
Traducción: Pablo La Parra Pérez
Sobre la filosofía política de Alain Badiou, en el diario.es puede leerse "Un tiempo de revueltas", por Amador Fernández-Savater

viernes, 27 de marzo de 2015

Honduras: Una larga historia de violencia



Cada día, la población hondureña se ha acostumbrado a desayunar, almorzar y cenar con noticias manchadas de sangre. Asesinatos de mujeres y jóvenes se han normalizado y la población receptora y víctima en potencia, justifica y se paraliza por el temor. Esto no es de ahora, dice el analista Fabricio Herrera; estamos en un momento de rebote, en que la pelota de violencia bajó en un momento pero de un solo impulso se elevó y son pocos los interesados en bajarla. 

Herrera cree que para explicar la alta tasa de homicidios de ahora, que ha colocado a Honduras como el país más violento del mundo, hay que tener una visión integral de seguridad y una lectura histórica desde el momento de la colonización. Plantea que la sociedad aun carga con estrés postraumático de las guerras antiguas. 

“Veamos por ejemplo el trastorno por estrés postraumático, tomando en consideración desde la conquista, fue una invasión a través de la guerra y trajo la muerte, violaciones y desapariciones; la gente tuvo que ver como violaban y asesinaban a su pueblo”, explica Herrera.

Luego -continúa el investigador- llegó la colonia. Un periodo de dominación. Después el tiempo de la república en que las guerras centroamericanas dejaron miles de muertos con la intervención de los piratas, británicos y norteamericanos. 

Al actual momento le antecedió el siglo XX en que la guerra por el poder político se desató con el Partido Nacional y el Partido Liberal, a quien Herrera llama las primeras maras por esa lucha territorial que los caracterizó en ese momento. 

En ese mismo siglo se dio la dictadura de 17 años de Tiburcio Carías Andino, el periodo de “encierro, destierro, entierro”. La dictadura se extendió con el gobierno de Gálvez hasta que se da el primer golpe de Estado en 1957 que precede a una dictadura militar larga hasta 1980 solo con dos excepciones, cuatro años de gobierno entre Ramón Villeda Morales (3) y Ramón Ernesto Cruz (1). A este periodo le siguieron puros gobiernos militares y militarizados como el de Suazo Córdoba y el de Azcona. Callejas inaugura una nueva forma de gobierno en 1990, menos militarizada y más al servicio de los poderes económicos y la geopolítica de Estados Unidos con la implementación del neoliberalismo. 

Muchos opinan que ahora vivimos el inicio de una dictadura que arrecia el neoliberalismo y que vive de la necrofilia.  

¿Dictadura?

Herrera planteó en esta entrevista para la Asociación de Medios Católicos de Honduras, que existen 6 elementos que prueban que actualmente el país se rige bajo una dictadura y que esto tiene relación directa con la barbarie que se vive en las calles.

Apuntó:

1.Concentración de poder en una sola persona. Lo dicen las leyes que aprobó Juan Orlando Hernández. Coloca en indefensión a la gente, quien no puede denunciar porque todas las autoridades responden a su figura. 

2.Militarización: se concentra todo el poder en grupos élites, y se militarizan los procesos de entrega del territorio como las Zonas Especiales de Desarrollo, explotación minera, etc. 

3.Represión política. Mediatizar la ideologización de las protestas, movimientos populares y oposición política lleva a la represión posterior y violencia.  

4.Criminalización conducida por los medios de comunicación en el caso de campesinos, indígenas y mujeres.

5.Terrorismo judicial

6.La total negación de la libertad de expresión a la gente. 

Dice Herrera que la falta de democracia tiene relación directa con la violencia que abunda en los rincones de Honduras. “Cuando se hace una revisión de los países que tienen mayor participación democrática, cuales son los que tienen mayor transparencia en las finanzas y comportamiento del Estado, mejor distribución de la riqueza, mayor desarrollo humano, vamos a encontrar 11 países; los germanos (Alemania y Austria), los ingleses (Inglaterra, Nueva Zelanda, Australia) , los nórdicos (Noruega, Finlandia, Suecia) y Japón.  Con una visión penal distinta a la nuestra, sin enfocarse en militarizar. 

Si se toman los 4 casos más exitosos en América en los últimos 10 años: Boston, Massachusets; San Diego, California; Santa Fe, Bogotá y Santa Tecla, El Salvador va a encontrar la misma fórmula, ellos bajaron en 70 puntos la tasa de homicidios en el primer año de aplicación de una política pública de desarrollo humano y democracia.”


Una joven de 15 años cuya circulación se limita por una lucha territorial de maras o pandillas, un joven de 14 años que no puede seguir estudiando por falta de recursos económicos y cuando busca trabajo no encuentra, son pocos ejemplos de una sociedad cautiva cuya vida no está en sus propias manos ni sus decisiones son libres.  Herrera dice que la violencia se origina de la falta de participación de las personas en tomar decisiones en su propia vida, de la intromisión de un Estado sumamente autoritario y pocas oportunidades de desarrollo.

“Si hacemos una línea histórica de violencia, vamos a encontrar incluso momentos hace 80 años, donde la tasa de homicidios semanal era altísima, la violencia no se ha querido resolver, ni por el Estado, ni las ONGS, ni los académicos. Todos los que intervienen en el tema de seguridad toman esta crisis como si es una excepción de la regla pero no hay nada nuevo, solamente han cambiado las dinámicas y tiene que ver también con la ruptura en 2009 después de un golpe de Estado”, explicó.

Las nuevas dinámicas fortalecidas con viejas prácticas

La corrupción de los gobiernos, la politización infiltrada hasta en los procesos de investigación criminal y la relación de interdependencia entre los poderes económicos y políticos han llevado de crisis en crisis a Honduras a través de la historia.

Una nueva dinámica de violencia, por ejemplo, es el narcotráfico que desde el asesinato de Pablo Escobar en la Colombia de 1993 se consolidó cuando Honduras formó parte de la nueva ruta del tráfico que trazaron los herederos del imperio de la coca. 

El actual gobierno de Honduras ha mediatizado sus supuestas acciones contra el narcotráfico al cual, además culpa de los altos índices de asesinato junto a otras formas de crimen organizado que se vinculan como las maras y pandillas y bandas criminales. 

Para Herrera, hay muchas preguntas que hay que hacerse. “¿Quién está capturando a estas personas no está vinculado al narco? Con Alfredo Landaverde discutimos en un momento esto. Por ejemplo aquí aterrizan avionetas con cargamentos, pero ¿quiénes tienen los radares?  Aquí es hablar de altos líderes de los Cobras, policías, militares y alcaldes vinculados.” 

Como indica el sacerdote jesuita Ismael Moreno en su artículo Así terminó el reinado del cartel de Los Cachiros, “la criminalidad en Honduras, el país al que llaman el más violento del mundo, está estrechamente ligada al narcotráfico. La situación en Honduras se le ha ido de las manos a Estados Unidos, que ha puesto en marcha una versión del Plan Colombia, que incluyó una militarización de aquel país y una negociación con los grandes capos colombianos de la droga, un plan que Estados Unidos presenta como un gran éxito de su política exterior… La Alianza para la Prosperidad de los tres países del Triángulo Norte centroamericano tiene que ver con la versión del Plan Colombia que quieren para Honduras. Pero, estando tan atravesada la sociedad hondureña por el crimen organizado, por sus causas y por sus efectos, tal vez estos planes llegan demasiado tarde”. 

Herrera cree que aquí se debe discutir la doble moral de Estados Unidos con sus políticas hacia el país. Es claro, que aunque el gobierno mediatiza este proceso como logro propio, todo ha sido maquinado en el país del norte, destino principal de la droga que deja su paso sangriento por Centroamérica. 

“Estados Unidos busca una solución militar contra el narco porque a ellos les da control sobre los Estados. No hay un seguimiento de la droga que entra a EEUU porque solo llegan los mapas a la frontera México-EEUU. Y hay registros históricos de involucramiento de autoridades norteamericanas como es el caso Camarena que vincula a la CIA, (Agencia Central de Inteligencia), el caso de Irán Contras que vinculó drogas, personas israelitas que ahora están en el país estuvieron vinculados al tráfico de 10 millones en cocaína por el cual el general Rosa Bueso guarda prisión todavía. Han vinculado en otros casos a Oscar Alvares Martínez, lo publicó La Tribuna y ha dado vueltas por internet cuando se le vio saliendo de West Point  en tráfico de drogas. Estamos en una lucha de control de narco-estado con intervención de EEUU”, dijo. 

Para Herrera, las extradiciones son expresión de quedar bien con Estados Unidos y terminar con las posibilidades de resolver el problema.

¿Violencia dirigida o generalizada?

Para contestar esta pregunta se requiere de algo que actualmente es el eslabón débil de todo el sistema en Honduras: la investigación criminal. 

El ex director de Medicina Forense y especialista en criminología, Dennis Castro Bobadilla apunta que la escasez en medidas integrales y orientadas a una acción científica contra el delito, se debe a la terquedad y el sectarismo político. 

“Cuando un país somete a la política vernácula un tema como estos, suceden estos efectos. Esto no es de partidos, es un problema de nación donde todos debemos participar, pero la mayor parte de los que ocupan cargos están rodeados de la improvisación, de personas sin conocimiento ni experiencia, eso está más que a la vista”, dijo.

Cada asesinato lleva consigo una explicación de las autoridades encargadas de la seguridad del país, y esta explicación generalmente culpabiliza a la víctima para despejar la pregunta que planteábamos antes, y deducir, antes de investigar, que los hechos son dirigidos y no generalizados. Es decir, que las víctimas prácticamente se buscaron esa muerte y nadie más que los involucrados en crímenes puede ser el blanco de las balas.

“Se ha desarrollado una parte mediática sobre la acción delictiva del narcotráfico pero hemos dejado de lado la criminalidad corriente, lo que es el diario vivir de la nación, que está tomando territorio en nuestro país, incrementándose gracias a la falta de registro de miembros o exmiembros de los cuerpos de seguridad del Estado que se quedan en las ciudades, sin ocupación, que nadie sabe dónde están y luego se los ve involucrados en hechos que son impresionantes”.

Si no hay investigación científica del delito, la impunidad criminal que hay en Honduras es tan grande, que da paso a lo que está ocurriendo en la actualidad, dijo el ex director de Medicina Forense. 

Bobadilla cuenta una anécdota para demostrar cómo la politización pudre todas las estructuras. Cuenta que una dirección de Medicina Forense está dirigida por dos hermanos, uno subordinado del otro solamente por cuello político. “Las evidencias deben ser estudiadas por un verdadero forense, no por alguien que está en el cargo por estómago, la gente que tiene que estar debe ser científica, no parientes y este desorden de nepotismo en los cargos de investigación criminal no puede seguir en el país. Esta población de Honduras está postrada por esta circunstancia, Honduras tiene recurso humano valiosísimo pero desintegrado porque los espacios de cargos públicos están reservados a familias exclusivas”, expresó Bobadilla recordando que además la estrategia de militarización ante la falta de investigación responde al populismo penal punitivo vendido como solución desde Colombia.

Este populismo radica en la parte mediática, por eso cada vez que sucede un crimen salen los militares, disminuyen las acciones en el código procesal penal, destituyen jueces, y comienzan a llenar cárceles. 

Aunque hubo procesos de reforma a la seguridad pública, fueron desviados y controlados directamente por el presidente y de esas decisiones concentradas nacen organismos como la Fuerza de Seguridad Interinstitucional (Fusina) que en vez de especializar la investigación la unifica en una sola unidad militarizada. 

“Con Fusina nos están dando atol con el dedo y lo estamos comiendo. Este gobierno no está haciendo cambio cultural positivo, más bien está planteando la guerra. Hay para chalecos, balas, carros para militares, pero no para salud y educación. ¿Quiénes se benefician? El Cohep (Consejo Hondureño de la Empresa Privada), las empresas quienes también lavan el dinero del narcotráfico y los bancos. Todo esto porque no lo investigan, estos que toman decisiones en términos de seguridad están involucrados”, dice al respecto Fabricio Herrera.

Herrera además apunta que las decisiones son claramente tomadas para beneficiar a quienes ostentan el poder absoluto en Honduras. Por ejemplo, la salida del director de la Policía, Ramón Sabillón respondió, según algunos analistas a la operación que dio con la captura de los hermanos Valle, famosos narcotraficantes del occidente del país. Y que los nuevos nombramientos en la Secretaría de Seguridad respondían a este sector oscuro que estuvo en desacuerdo con esa captura. 

Por otro lado, Herrera cuestiona además el nombramiento del general retirado, Julián Pacheco Tinoco, como titular de la Secretaría de Seguridad, un militar que antes estuvo en la Dirección Nacional de Investigación e Inteligencia. Tinoco es el hombre del poder de la información. 

“Si uno toma el acta de seguridad nacional de EEUU de 1947 cuando ellos se reconfiguran después de la II Guerra Mundial, todas las entidades de investigación del Estado, y se crea la CIA, la NSA, agencias que nos han perjudicado mucho a los latinoamericanos. Ahora cuando usted ve los paquetes de leyes que metió Juan Orlando Hernández al Congreso siendo presidente de este poder usted va a encontrar un clon, en el acta de EEUU se crea la dirección nacional de inteligencia, y aquí se crea la dirección nacional de inteligencia e investigación, DNII esa fue la que dirigió Julián Pacheco, esto nos da la pauta de donde viene ese enlatado”, explica Herrera. 

La doctrina de seguridad nacional se ha reactivado y tiene como objetivo tener la población desideologizada y despolitizada reprimida a fin que los grupos de poder puedan operar en beneficio de las grandes trasnacionales y EEUU, a eso responde toda la estructura, según este analista. 

Reformas

Después de los últimos hechos violentos que además han sido vendidos una y otra vez a través de los grandes medios de comunicación magnificando el terror, el gobierno de Juan Orlando Hernández ha llamado a reformar legislaciones: el artículo 332 del Código Penal llamado “Ley antimaras” que se creó durante el periodo gubernamental de Ricardo Maduro en 2002 y la Ley de portación de armas, que el año pasado organizaciones de sociedad civil pidieron reformar pero no tuvieron resultado.  

En este último caso, el presidente de comisión de Defensa del Congreso Nacional, David Chávez explica que la reforma implica reglamentar la portación de armas de modo que al momento de sacar un permiso haya un sistema que diga si la persona tiene antecedentes penales, si pasa las pruebas psicológicas, toxicológicas, y saber si la persona es apta para portar un arma. Mientras que aún se está consensuando si sigue en manos de las FFAA este negocio. 

Por su parte, el diputado Walter Banegas, del Partido Anticorrupción (PAC), expresó que “las reformas tienen que enfocarse en las personas que portan las armas y no la cantidad de armas a portar. Debido a la misma ilegalidad de la portación no sabemos cuántas armas hay. Hemos exigido que la política del Estado debe enfocarse en la prevención y no la represión”.

También el diputado Rassel Tomé, del partido Libertad y Refundación expresó que “se necesitan políticas que combatan la causa de la criminalidad y no la consecuencia. La causa es la exclusión, la pobreza, la situación de jóvenes que no tienen un empleo. Me dice usted que van a destinar 300 millones de lempiras para un centro penal en Santa Bárbara y cuánto están invirtiendo para mobiliario, pupitres y nuevas escuelas. La ONU ha establecido que todos los países que han implementado políticas de mano dura han fracasado”.

Además Juan Orlando Hernández esta semana envió al Congreso Nacional una solicitud de reformas al artículo 332 del Código Penal, porque considera que dicha normativa no está siendo efectiva en los castigos para los grupos criminales.

A criterio de los analistas en derechos humanos y en temas de seguridad, el mandatario debe socializar con los distintos sectores las propuestas de reformas, pero también debe de enfocarse en programas que eviten el involucramiento de los jóvenes en las maras, pandillas y otros grupos criminales.

Juan Almendarez, del Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación de las víctimas de la Tortura (CPTRT) dijo que “sería muy importante precisar cuál es la política criminal de Estado que generalmente no se precisa, hasta ahora ha consistido en una política inquisitiva, persecutoria y con tendencia represiva”. 

También el director del Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos (Ciprodeh), Wilfredo Méndez declaró que “aquí hay que desarrollar paralelamente a la lucha férrea contra las maras y pandillas y sobre todo contra sus liderazgos que es donde claramente hay que hacer los golpes, la prevención para que jóvenes en riesgo social no entren en esta situación, hay un llamado a la iglesia, a los padres y madres de familia, a la sociedad y al gobierno, por algo tenemos estas condiciones porque dejamos de hacer mucho, la reflexión es no meter a la cárcel a los jóvenes porque en eso se va todo el país preso, es evitar que la juventud caiga en una situación que comprometa su vida y la de los demás”.

Analistas han coincidido en que la reforma al 332 que se dio en el gobierno de Maduro, además de dar luz verde a ejecuciones extrajudiciales por parte de entes del Estado y las masacres de jóvenes, desató en las organizaciones criminales un recrudecimiento de la violencia. Con el 332 las maras y pandillas se reestructuraron y comenzaron a operar con mayor poder desde centros penales que por sus malas condiciones se convirtieron en escuelas del crimen y en los barrios comenzaron a actuar más en la clandestinidad, encerrando las comunidades y dejando en el silencio a las víctimas. 

Los crímenes en el país obedecen a que el gobierno sigue con el mismo comportamiento. Medidas que han aumentado la impunidad. “Cuando la impunidad es un paraguas, entonces el crimen y la violencia encuentra un respaldo, las elites políticas y económicas ligadas al crimen organizado son un mal ejemplo para el crimen común en función de que la estructura estatal no funciona  para castigar”, dijo Méndez. 

Por su parte el forense Bobadilla dice que “la investigación criminal no tiene un nivel de prosperidad porque el nivel de corrupción con el que fueron nombrados el fiscal general, el fiscal adjunto, el ministro de seguridad, lógicamente tiene una influencia en la tomas de decisiones, mientras no tengamos una administración publica comprometida con acabar la corrupción, todo seguirá siendo lo mismo”.

Para Herrera, estamos viviendo los efectos naturales de una lógica simplista del actual gobierno llena de prejuicios en términos de seguridad, que ha llevado a errar. 

Y Herrera plantea que la violencia es generada intencionalmente: “Toda la población es blanco de la violencia, se juegan muchas cosas, hay un Estado corrupto que se beneficia mucho de la inseguridad. Siempre han ganado en término de terror, los que toman decisiones ganan poder y dinero en que exista una situación sin solución en el tema de seguridad, ellos permiten incluso masacres, asesinatos a extraños para mantener la atmosfera de terror, en lo político ganan en la estabilización después del golpe de Estado que les permita aplicar la represión para que personas que son peligrosas sean víctimas de asesinato y que esto sea catalogado como violencia común”.

“La sociedad civil está vendida, incluyendo dentro de Derechos Humanos, vendida al sistema, al régimen o atemorizada debajo de la mesa. Y un movimiento social lleno de dictadorcitos que impiden hacer acciones para que ya no haya violencia y refundar el Estado”, Herrera plantea cambiar la historia. “Perder el miedo, organizarnos y asumir nuestra responsabilidad como dueños de este país”, concluyó. 


Centroamérica: Como en los viejos tiempos


Dana Frank


EE.UU. tiene que dejar de canalizar fondos hacia Honduras y debe comenzar a tratar a su presidente como el gobernante corrupto que realmente es.

Por Dana Frank

Mientras que el verano pasado estallaba el debate público en torno a los niños indocumentados y no acompañados que llegaban a la frontera de Estados Unidos, el nuevo Presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, de pronto surgió como una figura heroica en los medios de EE.UU. – retratado como un dedicado servidor público, comprometido con la protección de los niños de su país, al tiempo que promueve su economía y aborda con valentía su crisis de seguridad. La revista TIME incluso publicó una extensa entrevista “exclusiva” con él en julio de 2014, plasmando a Hernández como un noble luchador contra el crimen.
Pero, muy al contrario, Hernández está impulsando una peligrosa militarización de la policía nacional y al mismo tiempo se niega a enfrentar la vasta corrupción inmanente a la fuerza policial. En los últimos seis años ha demostrado ser un hampón aterrador. Ahora, poco más de un año desde el inicio de su presidencia, es evidente que está perpetuando una crisis de derechos humanos sin aliento, mientras que ampara un pantano de corrupción y de crimen organizado, en el que están enmarañados los niveles más altos de su gobierno.

No obstante, a pesar de abrumadoras pruebas que delatan el peligroso historial de Hernández en materia de derechos humanos y seguridad, el gobierno de Obama ha decidido hacer firme el apoyo a su régimen, e incluso aclamarlo. Actualmente, hay un caudal de fondos de desarrollo, de seguridad y económicos hacia Honduras, y la Casa Blanca no escatima esfuerzos para presionar por cientos de millones más – incluso al tiempo que Hernández consolida su poder de una forma tal que la oposición unida ya la califica de  dictadura.

Aunque, por una parte, Obama ha logrado un avance estelar con respecto a Cuba –finalmente abriendo paso a las relaciones diplomáticas y señalando una disposición a darle la espalda a la rigidez de la Guerra Fría– en Honduras, por la otra, está enviando un mensaje muy diferente y peligroso para la región: que Estados Unidos está dispuesto a respaldar con entusiasmo a un régimen represivo, con el fin de consolidar y ampliar su poderío militar y económico.

El gobierno de Obama se está haciendo la vista gorda ante lo que sucede en Honduras, optando por apuntalar a Hernández, conforme a un patrón que replica trágicamente el apoyo brindado a regímenes represivos en América Central a lo largo del siglo XX, por parte de EE.UU.

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Juan Orlando Hernández ha acopiado un sórdido historial, tanto como un miembro del Congreso de larga data, como desde que ejerce la presidencia. En junio de 2009, presidió una comisión del Congreso clave que sancionó el golpe militar mediante el cual fue derrocado el presidente democráticamente electo, Manuel Zelaya.

En diciembre de 2012, cuando Hernández era presidente del Congreso, éste depuso a cuatro jueces de la Corte Suprema y en 2013 dirigió el nombramiento ilegal de un nuevo Fiscal General. Desde ese entonces, ha obligado a todos los diarios del país a seguir su línea, y su Partido Nacional ha silenciado en gran parte a la oposición en el Congreso hondureño, al no permitir los debates y al adueñarse de la composición anteriormente bipartidista de las comisiones.

Hasta la elección que lo colocó en su cargo se vio empañada por los informes de los observadores internacionales de la compra conspicua de votos, la intimidación violenta de los electores, los opacos procedimientos de escrutinio, y el asesinato de más de 30 disidentes y activistas de la oposición política durante la campaña electoral. Hernández ahora controla casi todas las riendas institucionales de poder en el país. Y desde que asumió la presidencia en enero de 2014, ha consolidado su poder mediante una serie de amenazas y maniobras maquiavélicas que hacen que House of Cards luzca como una fiesta de cumpleaños de algún alumno de cuarto grado.

La política hondureña ha estado profundamente enturbiada por la corrupción y los abusos, desde hace mucho tiempo. Plagada de narcotraficantes, de crimen organizado y pandillas, el sistema político del país se ve secuestrado por un puñado de familias de la elite, que durante décadas han controlado sus medios de comunicación y la mayor parte de sus recursos económicos. Pero el golpe de 2009 le abrió la puerta en grande a la criminalidad. Zelaya, electo en el 2006 y de por sí un integrante de la élite tradicional, había girado ligeramente a la izquierda, apoyando un aumento en el salario mínimo, la compra de petróleo a Venezuela, y frenando las tomas de poder mediante la privatización en Honduras. Cuando en abril de 2009 quiso hacer que una encuesta de opinión pasara las urnas el mes de junio de ese año –de forma completamente legal – para consultar a los electores si estaban de acuerdo con la convocatoria a una asamblea constituyente, sus opositores aprovecharon la oportunidad para denunciar de la nada que lo estaba haciendo para poder obtener un segundo mandato. El 28 de junio de 2009, el ejército metió a Zelaya en un avión, sin más que sus piyamas y lo botó en Costa Rica.

El golpe de Estado, un acto criminal en sí mismo, dejó como secuela la degeneración casi completa del Estado de derecho. Grandes porciones del poder judicial, la fiscalía, y sectores del Congreso están ahora plagadas de corrupción y vinculados con el crimen organizado y el narcotráfico, según las acusaciones. En diciembre, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos confirmó una tasa de impunidad impresionante, del 95 a 98 por ciento.

La corrupción policial, ya extensa antes del golpe, se ha amplificado dramáticamente desde entonces, y continúa sin cesar bajo el mandato de Hernández. En el 2011, la policía asesinó al hijo de Julieta Castellanos, la presidenta de la universidad más grande del país. En el 2013, la Associated Press reveló que el director nacional de la policía, Juan Carlos “El Tigre” Bonilla, supuestamente contratado para limpiar a la policía, era él mismo un documentado líder de un escuadrón de la muerte entre 1998 y 2002, cuando las políticas de “mano dura” intentaban acabar con las pandillas, mediante la amplia represión de sus supuestos miembros. En el 2013, la AP documentó además la ocurrencia de asesinatos actuales, por parte de escuadrones de la muerte de la policía hondureña. Ya para agosto del 2013, una comisión gubernamental encargada de la limpieza de la policía admitió que el 70 por ciento de la policía “era insalvable”. InSight Crime, una fundación que rastrea el crimen organizado, con sede en Washington, informó en un Resumen ejecutivo del 2014 que “una serie de poderosos grupos locales, conectados a las élites políticas y económicas (…) administran la mayor parte de las actividades del hampa en el país; los cuales han penetrado profundamente a la policía hondureña “.

La respuesta por parte del gobierno de Honduras a la profunda corrupción de la policía ha sido encomendar a los militares hacerse cargo de la policía a nivel nacional, a pesar de la prohibición expresa de la Constitución acerca de la participación militar en las labores policiales, excepto en casos de emergencia. Desde principios del 2012, el antecesor de Hernández, Lobo, inició el despliegue de militares para patrullar las grandes ciudades y para el resguardo de aeropuertos, cárceles y zonas turísticas. Los militares incluso se hicieron cargo de barrios enteros, aterrorizando a sus residentes.

Hernández procedió a ampliar agresivamente la militarización iniciada por Lobo, basando su campaña del 2013 en la promesa de “un soldado en cada esquina”, y una vez en el cargo, impuso una línea de mando militar sobre un amplio costado de la función policial interna. En el 2013, dirigió la creación de una nueva policía militar, en rápida expansión, que hoy día cuenta con al menos 3.000 funcionarios que responden directamente al ejército, y que actualmente no sólo resguardan las cárceles, los aeropuertos, y las zonas residenciales, sino también las escuelas, los autobuses y las alcabalas que están en todas partes, a lo largo de las carreteras. El 15 de diciembre, Hernández nombró a Julián Pacheco Tinoco, el director de la inteligencia militar, como su nuevo ministro de seguridad, responsable de supervisar la policía, a pesar de que Pacheco era un general en funciones para ese entonces. De forma más agresiva aún, Hernández recientemente instó al Congreso de Honduras a modificar la Constitución para poder legalizar su policía militar, aunque sin éxito.

La nueva policía militar de Hernández ha afianzado rápidamente su propio historial aterrador de abusos contra los derechos humanos. El 8 de mayo, según Amnistía Internacional, un vehículo de la seguridad del Estado embistió deliberadamente el coche estacionado de José Guadalupe Ruelas, director de Casa Alianza y el defensor de niños más notable del país, quien acababa de criticar al gobierno por no proteger a los niños, al tiempo que denunciaba que la corrupción y la impunidad impedían la ejecución de múltiples leyes. Los policías militares luego lo arrestaron y lo golpearon brutalmente. Cinco días más tarde, rodearon, golpearon con porras, agredieron con gas lacrimógeno y expulsaron a 35 congresistas del partido de la oposición, LIBRE, de la sala plenaria del Congreso. El 22 de noviembre, una joven que esperaba su autobús a las afueras de San Pedro Sula fue presuntamente secuestrada y luego violada por ocho miembros de la policía militar. Nadie ha sido arrestado o enjuiciado en ninguno de estos casos.

Una desnuda celebración cultural del militarismo también se está propagando. El pasado Día de la Independencia, el 15 de septiembre de 2014, los canales de televisión y los periódicos exhibían batutas, desfiles de niños pequeños, y un estadio lleno de padres e hijos que vitoreaban, mientras que unidad tras unidad de las fuerzas armadas y de la policía militar desfilaba al unísono, con muchos de sus rostros recubiertos de máscaras negras. Quizás de forma más alarmante, un nuevo programa oficial llamado “Guardianes de la Patria” se ha puesto en marcha para adoctrinar explícitamente a niños entre 5 y 15 años de edad, en la cultura y los valores militares; del cual ya han salido graduados 1.500.

En la medida que ha desplegado todo lo anterior, Hernández es una figura mucho más brutal y maquiavélica que su antecesor, y ha dedicado su tiempo hasta ahora como Presidente a consolidar con puño de hierro un gobierno unipartidista. El único poder del Estado que no controla por completo es el Congreso, donde se enfrenta a una oposición feroz – pero que casi siempre se ve frustrada por una serie de maniobras que violan los reglamentos y las normas históricas. Su Partido Nacional sólo cuenta con 48 de un total de 128 escaños, mientras que un nuevo partido de centro-izquierda, LIBRE, y dos partidos de extrema derecha, el tradicional Partido Liberal y el nuevo Partido Anticorrupción, controlan casi todo el resto. El partido de Hernández, sin embargo, admite poco debate. El 28 de diciembre, los otros tres partidos grandes, junto a un pequeño partido adicional, emitieron una declaración conjunta sin precedentes que declara la unidad “contra la instalación de la dictadura y en defensa de la ciudadanía y sus derechos garantizados por la Constitución”.

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Si el vicioso historial antidemocrático del régimen de Hernández está tan claramente documentado, entonces ¿por qué el gobierno de Obama aclama al régimen y se hace la vista gorda con respecto a su militarización y abuso de los derechos humanos? La Casa Blanca, al parecer, está fijando agresivamente su apoyo al actual gobierno de Honduras, con el fin de consolidar y ampliar la presencia militar de Estados Unidos en Centroamérica, al tiempo que sirve a los intereses de las corporaciones trasnacionales en la región.

Después del golpe militar de 2009, Estados Unidos maniobró agresivamente para estabilizar y consolidar el régimen post-golpe de Estado, con el fin de garantizar un gobierno leal a los Estados Unidos y a los intereses de las corporaciones; y para enviarle un mensaje a los gobiernos  de centro-izquierda y de izquierda, electos democráticamente, que habían llegado al poder en América Latina en los 15 años anteriores, de que podían ser los próximos. La financiación de la policía y del ejército de Honduras por parte de Estados Unidos aumentó en los años sucesivos, bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico – el cual, de hecho, ha florecido en el festín de criminalidad inaugurado por el golpe.

La crisis de los niños no acompañados en la frontera, en lugar de poner en vilo el apoyo estadounidense a un régimen destructivo, ha dado lugar a una relación aún más estrecha entre Estados Unidos y el gobierno de Honduras, junto a un posible aumento en la financiación destinada al régimen y a los intereses de élite que de éste se benefician. Las cifras exactas para los años 2014 y 2015 no están disponibles –los fondos de seguridad de Estados Unidos son poco transparentes–, pero en el 2013, Estados Unidos le proporcionó al menos $ 27 millones al ejército y a la policía de Honduras; un aumento con respecto a cada uno de los tres años anteriores. El 29 de enero, la Casa Blanca solicitó la abrumadora cantidad de $ 1 mil millones nuevos, en ayuda a Centroamérica, de los cuales una gran parte está destinada a Honduras y a sus fuerzas de seguridad.

El Congreso de Estados Unidos, por el contrario, ha criticado enérgica y repetidamente el apoyo del gobierno de Obama al régimen y sus fuerzas de seguridad, a la luz de los abusos contra los derechos humanos. Veintiún senadores, encabezados por Benjamin Cardin (miembro del partido demócrata por el estado de Maryland), firmaron una carta en junio de 2013, dirigida al secretario de Estado John Kerry, en la que cuestionaban el apoyo a la policía y al ejército de Honduras. En mayo de 2014, 108 miembros de la Cámara de Representantes, encabezados por la representante Jan Schakowsky (miembro del partido demócrata por el estado de Illinois), firmaron una carta manifestando su rechazo  al apoyo brindado por el Departamento de Estado a las fuerzas de seguridad hondureñas. La Ley Orgánica de Asignaciones Consolidadas del presente año 2015, por el cuarto año consecutivo, coloca condiciones de derechos humanos sobre parte de la ayuda destinada a la policía y al ejército de Honduras. Últimamente, en las audiencias del 25 de febrero ante la Comisión de Asignaciones y la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, el senador Cardin y el senador Patrick Leahy (miembro del partido demócrata por el estado de Vermont) cuestionaron con firmeza la promoción por parte del Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, del nuevo plan de financiación para Centroamérica.

En cambio, los altos cargos militares y diplomáticos de Estados Unidos se han hecho eco del blanqueo, por parte de la gestión, de los abusos en materia de derechos humanos. El comandante John Kelly, del Comando Sur de Estados Unidos, sostuvo el 2 de junio que el compromiso del gobierno de Honduras en su lucha contra el crimen era “impresionante” y que su labor durante los primeros meses de la presidencia de Hernández fue “increíble”. El embajador estadounidense James Nealon, que arribó en agosto directamente de una misión de dos años junto a Kelly, aún no ha dicho ni pío públicamente para protestar la militarización o la corrupción de la policía. En su primera entrevista pública, optó por elogiar a Hernández por su “magnífico” discurso reciente en las Naciones Unidas. Su anuncio en ocasión del Día Internacional de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre, enumeró los diversos sectores con los que se había reunido, pero no hizo referencia concreta alguna a los problemas dentro de Honduras relativos a los derechos humanos.

En colaboración con los gobiernos de El Salvador y de Guatemala, Hernández ha venido promoviendo agresivamente un “Plan de la Alianza para la Prosperidad en el Triángulo del Norte” que data de septiembre del 2014. Elaborado de forma conjunta con el Banco Interamericano de Desarrollo, el plan propone abordar la crisis económica de la región, al igual que la violencia generalizada. No obstante, su contenido real apenas agravará los problemas, ya que se centra en el desarrollo de infraestructura para aupar a los propios sectores económicos que actualmente ofrecen empleos con sueldos de miseria, en las zonas francas de exportación y en turismo.

Por lo general, el plan privilegia a la misma elite y a los intereses corporativos trasnacionales cuyas políticas y prácticas han engendrado la crisis de pobreza e inseguridad que la propuesta pretende solventar. No hace mención alguna de los graves problemas que vive Honduras; no sólo la actual militarización del país, sino también la naturaleza unipartidista del gobierno, los despidos masivos de empleados de gobierno por parte de la gestión de Hernández. Tal vez de forma más preocupante todavía, apenas menciona brevemente la cuestión de los derechos humanos, con respecto a la trata de personas y de las prisiones – omitiendo por completo la crisis de derechos humanos generalizada en el país luego del golpe de Estado, que incluye la represión de periodistas, las personas LGBTI, los campesinos, los pueblos indígenas y afro-indígenas, las mujeres, y la oposición, por no hablar de los abusos cometidos por el gobierno en sí – todo lo cual ha sido documentado exhaustivamente por observadores hondureños e internacionales de derechos humanos.

El plan incluso apuntala la infraestructura para el denominado proyecto de “Ciudades Modelo” en la región Choluteca del Golfo de Fonseca: una aterradora propuesta híper-neoliberal que deroga por completo la Constitución de Honduras y el Estado de derecho en el país, puesto que los promotores tendrían la libertad de redactar sus propias leyes y suscribir tratados con las potencias extranjeras. Las leyes de Honduras ni siquiera aplicarían. Grover Norquist, el líder del Tea Party, ocupa un puesto en el comité superior facultado para supervisar el proyecto; el cual está compuesto de 21 integrantes, de los cuales apenas tres son hondureños. La participación de Norquist y la de otros consejeros experimentados de la extrema derecha estadounidense es simplemente una indicación de la forma en que los inversionistas neoliberales internacionales y la prensa de negocios de Estados Unidos han estado salivando ante la idea de las Ciudades Modelo.

Las instituciones financieras internacionales también le han ofrecido su apoyo al gobierno de Honduras. A principios de diciembre, el FMI anunció un nuevo préstamo de $ 188,6 millones a Honduras y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) le ofreció un préstamo de $ 110 millones. En conjunto, los préstamos son un salvavidas para el gobierno de Hernández, que se encuentra al borde de la quiebra, mientras que agravan el empobrecimiento de los trabajadores del gobierno, mediante los despidos y las privatizaciones masivas, expresamente decretadas, y que incluyen la venta de la compañía telefónica estatal, las empresas eléctricas y el puerto. Justo cuando se anunciaron los préstamos, el gobierno de Honduras declaró que en el 2015 se proponía despedir a 7.000 más trabajadores públicos, como parte de una reducción del 30 por ciento en los gastos.

Una parte de los nuevos fondos de Estados Unidos también están destinados a programas en el terreno en Honduras, para hacerle frente a las pandillas y al crimen organizado. Pero la eficacia de dichos proyectos, por muy bien intencionados que sean, no se logra dilucidar; pues en la ausencia de una limpieza completa de la policía –incluyendo su alta jerarquía– o de un repliegue de los militares, suelen aterrizar en un campo magnético desregulado de corrupción, crimen, abusos de derechos humanos, amenazas, extorsiones y asesinatos.

En términos más generales, es necesario hacer una distinción entre los programas financiados por EE.UU. y su política. Mientras que decenas de millones de dólares en fondos de desarrollo, entre otros, fluyen hacia Honduras para tratar síntomas, la política del gobierno de Obama, a mayor escala, es de apoyar al propio régimen que –de diversas maneras– es responsable de amparar, originar y arreciar los problemas que dichos programas pretenden resolver.

La política de EEUU hacia Honduras parece estar conducida por intereses estratégicos de orden mayor, en su empeño de hacer retroceder a los gobiernos de centro-izquierda e izquierda que han llegado al poder democráticamente durante los últimos 20 años en Latinoamérica. Estados Unidos también busca mantener bajo su llave a la base aérea Soto Cano en Honduras y está ampliando su presencia militar directa en la región. El mensaje inequívoco que Obama, Kerry y el Departamento de Defensa están enviando, sin embargo, es que Estados Unidos acoge con agrado una alianza cada vez más profunda con un peligroso hampón atornillado, que se ha dotado de poderes dictatoriales — mientras que promueve un modelo económico neoliberal, cuyos efectos devastadores ya están más que comprobados, no solo para Honduras, sino para toda Centroamérica, el hemisferio y más allá. Del mismo modo que Obama ha dado un gran paso hacia adelante en Cuba, en otros términos, está enviando una señal mucho más aterradora en Honduras.

La gestión de Obama debe distanciarse en seguida y de forma pública de Hernández y de su régimen. Debe desistir de exaltar a Hernández y exigir que las fuerzas armadas sean sustraídas de las funciones policiales domésticas, recortando igualmente toda ayuda financiera militar y policial por parte de EEUU. Debe cuestionar el financiamiento a Honduras por parte del FMI y del BID, también reevaluar el Tratado de Libre Comercio Estados Unidos-Centro América (CAFTA-DR), el cual ha sido dañino para la economía hondureña, según lo confirman la Federación Americana de Trabajadores y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO).

De forma más positiva, urge que Estados Unidos le brinde su apoyo contundente a una comisión contra la impunidad patrocinada por la ONU, inspirada de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, y se asegure de que dicha comisión permanezca libre de la influencia de Hernández. El modelo del gobierno de Obama para el desarrollo económico debería poner el acento en los derechos laborales, promover un sector industrial variado que genere buenos empleos, calificados y con remuneración digna, al igual que apoyar un desarrollo sostenible de la agricultura, que respalde el derecho a la tierra de los campesinos y de los pueblos indígenas. Ante todo, Estados Unidos debe replantearse su rol en Honduras: en defensa de los derechos humanos y de la justicia social, en vez de en su contra.